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domingo 12 de abril de 2009
NOVELA “LEJOS EN EL TIEMPO” - VERSIÓN PARA SURAMÉRICA
- Hoy es el primer día de primavera. - anunció Soledad.
Era el 21 de septiembre de 1976. Soledad y sus padres, Andrés y Matilde Bianchi, estaban desayunando en el living de su chalé, en el barrio Palermo de Buenos Aires.
Seis meses atrás, el 24 de marzo, los comandantes en jefe del ejército, general Jorge Rafael Videla, de la armada, almirante Emilio Eduardo Massera y de la fuerza aérea, brigadier Orlando Ramón Agosti con un golpe de estado habían destituido a la presidenta Isabelita Perón instaurando una junta militar, de la que Videla había sido designado presidente. Los golpistas habían declarado el estado de sitio, disuelto el parlamento, removido a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, suspendido la constitución y las actividades políticas y sindicales. El nuevo gobierno militar había obtenido el apoyo, en algunos casos entusiasta, en otros resignado, de muchas fuerzas políticas y de los medios de comunicación y había sido reconocido oficialmente por la mayoría del episcopado argentino y por casi todas las otras naciones.
Desde el inicio del siglo en la Argentina los régimenes civiles y las dictaduras militares se alternaban de continuo, por lo cual el último golpe no había suscitado particulares preocupaciones en la población. Además el gobierno presidido por la viuda de Juan Perón, sucedida a su marido en 1974, había sido fuertemente debilitado por una grave crisis económica y por una guerrilla interna desencadenada por dos grupos armados: los Montoneros, que se inspiraban en las ideas socialistas de Perón y el Ejército Revolucionario del Pueblo, que representaba la izquierda más radical. Un amplio sector de la sociedad, constituido sobre todo por las clases empresariales y más acomodadas, ponía muchas esperanzas en el Proceso de Reorganización Nacional elaborado por la junta, cuyos objetivos principales eran debelar el terrorismo, restablecer la seguridad y el orden social, defender los valores de la moral cristiana y sanear la economía.
- ¿Puedo irme a estudiar a casa de Luisa después de las lecciones? - preguntó Soledad.
- Está bien pero no tardes. - le recomendó su padre.
- Prometo que regresaré antes de las cinco.
Andrés abrigaba mucha confianza en su hija, que siempre se había demostrado obediente y juiciosa. Soledad cursaba el bachillerato en letras y era su orgullo. Tenía dieciocho años, rasgos delicados, la tez clara, el pelo largo, castaño y liso y una mirada dulcísima.
Andrés y Matilde eran empleados estatales y como millones de sus connacionales tenían orígenes italianos: sus familias habían emigrado a la Argentina de Lombardia en los años ’20. Los padres de Andrés, partidos con escasos recursos de Meda, en Buenos Aires habían abierto una pequeña fábrica de muebles, gracias a la cual habían podido hacer estudiar a sus dos hijos hasta la licenciatura. El padre de Matilde, en cambio, un ingeniero nacido en Erba, había fondado una de las más renombradas empresas constructoras de la capital.
Soledad se levantó y dio un beso a sus padres.
- Me voy si no pierdo el colectivo. - dijo corriendo fuera de la habitación.
Mientras Soledad iba al colegio, en un departamento de un elegante condominio del barrio Retiro Gustavo Gutiérrez, coronel del ejército, desayunaba con su esposa Susan y su hijo David, de cinco años.
Gutiérrez tenía cuarenta años, rasgos marcados y los ojos y los cabellos negros azabache, heredados de sus antepasados españoles. Su mujer, de diez años más joven, tenía el pelo rubio, la piel diáfana y los ojos azules.
- Esta noche ¿vemos la televisión juntos? - le preguntó David a su padre.
- No es posible. Hoy tengo que hacer horas extras y volveré tarde a casa, cuando tú ya estarás en la cama.
- ¡No! - exclamó David poniendo hocicos.
- Ningún berrinche. No lo tolero.
- Mamá dice que tú haces un trabajo importante.
- Muy importante. Doy caza a los malos y los capturo, como los shérifs en las películas de vaqueros.
- No des detalles. - intervino Susan - El niño es demasiado pequeño para entender y el único resultado que obtienes es asustarlo.
En el rostro del oficial apareció una expresión de asco. El hombre maldijo el día en que se había enamorado de su esposa. La había conocido seis años atrás, con ocasión de un curso de adiestramiento en los Estados Unidos, en Florida. Había sido un flechazo por ambos y tres meses después se habían casado. Susan pertenecía a una adinerada familia católica de la alta burguesía. De una belleza celestial, se parecía a un hadita buena y gentil. Ya durante la luna de miel, pero, se había transformado en una pérfida bruja. Moralista hasta rozar el fanatismo, hacía tragedias interminables por una simple palabrota. Para ella las apariencias eran más importantes que cada otra cosa. Cuando había nacido David, nueve meses después de la boda, se había puesto aún más intransigente e insoportable. Para evitar las quejas de su mujer Gutiérrez en casa tenía que reprimir constantemente su temperamento irascible y impetuoso. Por suerte tenía su trabajo. En la oficina estaba libre de ser él mismo sin censuras y podía desahogar sobre sus subordinados la bronca acumulada entre las paredes domésticas.
El coronel se limpió la boca con la servilleta.
- Me voy. - dijo tirando la servilleta sobre la mesa.
Luego se levantó de un brinco y con pasos rápidos salió de casa.
Regresando de la escuela Soledad y su compañera de clase Luisa pasaron delante de la entrada de un cementificio, precisamente mientras por la cancela estaba saliendo un pequeño grupo de obreros.
- ¡Está ahí! - exclamó Soledad en voz baja, ruborizandose al ver a un chico sobre los veinte años bastante delgado, de mediana estatura y de pelo castaño rizado.
- ¿Te decides o no a saludarlo? - la exhortó Luisa.
- Me avergüenzo. Él tiene que tomar la iniciativa.
- Si es tímido como tú nunca lo hará. Ahora le pregunto qué hora es.
- ¡No! ¡Por favor!
El chico se acercó a las dos jóvenes y se dirigió a Soledad.
- ¡Hola!
Soledad continuó caminando. El chico la siguió, la superó y se le colocó delante para pararla.
- Podrías dignarte a devolver mi saludo. - le dijo - ¿O te sientes demasiado superior a un pobre obrero como yo?
- Yo no te conozco. - replicó Soledad incómoda.
- ¿Cómo no? Llevamos un mes viéndonos todos los días cuando yo salgo de la fábrica y tú del colegio.
Luisa se alejó velozmente, con la excusa que tenía que ir a una cita con el dentista. El chico aprovechó para ofrecerse de acompañar a casa a Soledad.
- A pie, porque el auto no lo tengo.
La joven, aunque titubeante, consintió.
- Está bien.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad... ¿Y tú ?
- Gabriel... Gabriel y Soledad. Suena bien.
El cielo azul estaba límpido. El aire estaba tibio. Las frondas de los árboles susurraban, agitadas por una brisa liviana.
Gabriel propuso a Soledad de dar un paseo en un gran parque que costeaba la calle. En un día tan bonito era una lástima estar encerrados en casa. Ella rechazó su invitación.
- No puedo. Tengo que estudiar.
Gabriel no se dio por vencido y entró en el parque, incitándola:
- ¡Dale! ¡Ven!
Soledad lo alcanzó y se aventuraron juntos entre jacarandás y palmeras y prados bien cuidados. Después de una inmersión de casi una hora en la naturaleza, los dos jóvenes se sentaron en un banco, delante de un pequeño lago artificial.
- Mis padres viven en el campo y cultivan la tierra. - empezó a contar Gabriel - Hasta los dieciséis años yo también trabajé en los campos, luego me trasladé a Buenos Aires para ser obrero. Desde este año concurro al colegio nocturno porque no quiero quedarme un ignorante por siempre.
- Tú no eres para nada ignorante... Debe ser duro trabajar y estudiar al mismo tiempo.
- ¡Ya! Además tengo también otra actividad que me absorbe mucho.
- ¿Cuál?
- Debo confesarte algo. No lo digas a nadie. Soy un revolucionario comunista.
- ¿Qué?
El término revolucionario alarmó a Soledad. La política no la interesaba y la atemorizaba la presencia en su escuela de asociaciones estudiantiles que hablaban de lucha armada y cambios drásticos en la sociedad.
- Bromeaba. - dijo Gabriel - Sólo soy afiliado al sindicato. Me bato para que sean respetados los derechos de los trabajadores, no pongo bombas en los cuarteles.
- No se bromea sobre ciertos argumentos.
- Tienes razón. Discúlpame... El dueño de mi fábrica nos considera los obreros algo más que esclavos. Yo soy el único que se rebela a sus abusos. En cambio mis colegas soportan todo sin resollar. Pero los comprendo. Hoy en día se debe estar muy atento a lo que dice. Sólo por haber expresado sus opiniones, decenas de personas fueron eliminadas.
- ¿Dónde? ¿Aquí en la Argentina?
- Sí.
- No lo sabía.
- No eres la única. La mayor parte de la gente ignora, o finge ignorar, que desde cuando Videla ha llegado a ser presidente comenzó una verdadera persecución hacia la oposición. Quieren hacernos desaparecer. Los militares van por la noche a las casas de los militantes políticos y los raptan, llevándose los documentos, las fotografías, los vestidos, incluso los muebles. Luego las autoridades tratan de convencer a los parientes de los secuestrados que sus seres queridos se alejaron voluntariamente. Pero no es todo. Los pocos afortunados que volvieron contaron que fueron encerrados en prisiones secretas y torturados por días.
Soledad se sintió invadir por una sutil angustia.
- ¡Es terrible! Nunca hablaron de esto en el telediario.
- Y nunca lo harán. Los medios de comunicación son controlados por el gobierno, que es el principal responsable de estas atrocidades.
- ¡Basta ya! Ya no quiero sentir estas cosas.
Soledad estaba trastornada.
- Discúlpame. Debía habérmelo imaginado que mis palabras te asustarían. Desgraciadamente es todo verdadero.
- Podría acontecerte a ti también.
- ¿Te sentiría?
- Sí. Mucho.
- ¿Quieres venir a cenar a mi casa? No pienses mal. No vivo solo. Me hospeda un colega casado.
- Mis padres no me permiten salir por la tarde. Son muy aprensivos conmigo.
- ¿Eres hija única?
- Sí. ¿Tú tienes hermanos?
- Una hermana y un hermano mayores que mí, ya casados. Ellos también viven en Buenos Aires... Pronto me convertiré en tío. Mi hermana está embarazada de dos meses. Espero que dé a luz a un varón.
- Vosotros hombres sólo deseáis a varones. A mí en cambio me gustaría tener una niña.
- A mí también. Pero el primogénito tiene que ser un varón... Di a los tuyos que vas al cine con una amiga.
- Es mejor que no.
- ¿No te fías de mí?
- ¿Por qué no debería fiarme?
- Entonces llámalos.
Gabriel y Soledad se dirigieron hacia un teléfono público. La joven entró en la cabina y discó un número.
- Mamá, ¿puedo ir al cine con Luisa, esta noche?... Estudiamos todo el día... Sólo por esta noche. ¡Por favor!... Intenta convencerlo... Quédate tranquila. No me sucederá nada. ¡Chau!
Soledad salió de la cabina con una sonrisa radiosa.
- Dijeron que sí.
Gabriel la llevó de la mano. Después de pocos pasos se paró y la besó delicadamente sobre los labios. Soledad le devolvió su beso. En aquel momento el chico sintió que había encontrado a la compañera que cada hombre busca: la con la que formar una familia y compartir el camino de la vida.
Gabriel habitaba en una humilde vivienda con el techo de chapa y enlucida sólo en el interior. El colega que lo hospedaba tenía dos hijos, un varón de cuatro años y una niña de seis. Su esposa se desempeñaba como empleada doméstica. Soledad sintió cierta incomodidad al compartir la misma mesa con personas desconocidas y tan diferentes de ella: no estaba acostumbrada.
Después de haber cenado Gabriel y Soledad se encerraron en el cuarto del joven y pasaron media hora besándose, hasta que en Soledad prevaleció la sensatez.
- Ahora tengo que irme. Es tardísimo. Si mis padres descubren que estoy aquí contigo no me dejarán más salir de casa.
- Quédate todavía un rato. - le dijo Gabriel tratando de desabrocharle la blusa.
Ella se apartó de su abrazo.
- ¡No! No me siento todavía lista para hacer ciertas cosas. Apenas nos conocemos.
- Estamos juntos desde un mes.
- No es verdad.
- Me has gustado desde el primer momento en que te vi.
- Tú también.
- Entonces estamos juntos desde un mes.
Soledad consideraba la que apenas había nacido con Gabriel su primera relación importante. Siempre había tenido filas de admiradores, por los que se dejaba cortejar por vanidad, concediéndoles a lo más algún casto beso, pero ninguno de sus pretendientes nunca le había hecho palpitar fuerte el corazón como Gabriel. La diferencia de clase no constituía un problema. Sus padres no tenían prejuicios hacia los pobres y nunca se opondrían a su casamiento. Y además Gabriel estaba estudiando para egresar y ella le ayudaría a buscar un trabajo mejor.
Desde la cocina llegaron golpes y gritos. De repente la puerta se abrió y cuatro individuos armados de pistola irrumpieron en el cuarto.
- ¿Eres tú Gabriel Díaz? - preguntó uno de ellos.
- Sí. Ella no tiene nada que ver. Tomen sólo a mí.
Los cuatro hombres esposaron a Gabriel y Soledad de modo brutal y les vendaron los ojos. Gabriel intentó una reacción y gritó:
- ¡No la toquen!
Como castigo recibió un puñetazo en el abdomen. Luego a él y Soledad los arrastraron a la calle y los hicieron tumbar en el fondo de un Ford Falcon verde que partió a toda velocidad. Mientras tanto otras personas saquearon la casa y cargaron los objetos robados, de los que hacían parte los muebles también, en un furgón.
- Gabriel, ¿te hicieron daño? - preguntó Soledad, aterrada y aturdida.
- No te preocupes. Estoy bien. - le dijo el chico para tranquilizarla.
Uno de los secuestradores los acalló amenazando:
- ¡Silencio! u os mato a ambos.
Tres Ford Falcon verdes entraron en el garaje subterráneo de una gran construcción de color marrón oscuro, bajo y escuadrado. Los primeros dos transportaban al colega de Gabriel, su esposa y sus dos hijos. El último transportaba a Gabriel y Soledad.
Diez hombres armados condujeron a los cautivos a lo largo de los pasillos del edificio. La escasa iluminación y el mobiliario vetusto conferían al entorno una atmósfera lúgubre.
En la habitación donde fue hecho entrar Gabriel estaba Gutiérrez, sentado a un escritorio. Una fotografía enmarcada del presidente Videla y un retrato de la Virgen descollaban en el muro, a la espalda del coronel.
Mientras la puerta de su oficina se cerraba, Gutiérrez dijo con una sonrisa amenazadora:
- De ti me ocupo yo, muchacho.
Soledad fue llevada a otra habitación e interrogada con tono duro por un hombre con el uniforme de teniente del ejército.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad Bianchi.
- ¿Cuál es tu nombre de guerra?
- No entiendo. Debe haber habido un error. Yo y Gabriel no hicimos nada malo.
- ¿Cómo se llaman los amigos de tu chico? ¿Dónde se encuentran?
- No conozco a los amigos de Gabriel.
- Si quieres salir de aquí tienes que decirnos todo lo que sabes.
- Yo no sé nada.
El teniente se puso a los hombros de Soledad y le sacó la venda. La joven vio una mesa metálica rectangular en cuyos bordes estaban fijadas unas cuerdas y poco lejos un mueble bajo sobre el que estaba apoyado un generador de corriente eléctrica.
- Mira qué te espera si no hablas. Ésa es una picana. Ahora te ato a la mesa y te hago ver cómo funciona.
La puerta se abrió y entraron dos individuos sobre los cuarenta años con el uniforme de sargento. Uno, apodado Rubio, era achaparrado, con la tez aceitunada y una gran cabellera teñida de rubio platino. El otro, apodado Ramón, larguirucho y de una palidez cadavérica, tenía las mejillas picadas de acné y ralo pelo castaño.
- Tenemos la orden de llevar a la detenida a una celda. - dijo el Rubio.
- ¡Lástima! - exclamó el teniente - Me divertiría con ella.
El Rubio y Ramón colocaron de nuevo la venda a Soledad y la condujeron a un tabuco sucio y sin ventanas. Luego le arrancaron la ropa de encima. Ella gritó y se debatió con todas sus fuerzas, pero en vano, y no pudo impedir que la violaran. Después de diez minutos los dos militares salieron de la celda carcajeándose. Soledad en cambio, acurrucada en el suelo, sollozaba desesperada. La joven recordó las palabras de Gabriel en el parque y entendió: se había convertido en una desaparecida.
Soledad no sabía que se encontraba en un almacén de propiedad del ejército transformado en uno de los 500 centros ilegales de detención en los que eran recluidos los opositores políticos. Ignoraba que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ejército, fuerza aérea, marina y policía federal habían sellado un pacto criminal para eliminar a quienquiera podía representar una voz de disenso a los tráficos turbios de la junta. En realidad la guerrilla había sido casi completamente derrotada ya durante el gobierno de Isabelita Perón por la Alianza Anticomunista Argentina, apodada Triple A, una organización paramilitar fundada en junio de 1973 por José Daniel López Rega, el más estrecho colaborador de Perón y luego de su esposa. Los golpistas interpretaban el papel de los que sacarían la Argentina de sus problemas sociales y económicos, pero su único fin era apropiarse de los puntos clave del poder y enriquecerse.
El centro en que Soledad había sido encerrada se llamaba El Circo.
El director de El Circo era el coronel Gustavo Gutiérrez, apodado Lobo por sus hombres.
Entrampada entre las macizas paredes de El Circo, Soledad pasó del desaliento a la total abulia. Estaba todo el día sentada en el suelo, con la mirada fija en el vacío, sin hablar, comiendo y bebiendo casi nada, indiferente a todo, también a los gritos y a los lamentos que provenían de las celdas adyacentes a la suya. Tampoco descubrir que estaba embarazada sacudió su apatía.
Extrañamente los militares le ahorraban el trato a base de golpizas e insultos que les infligían a los demás detenidos. También el Rubio y Ramón, después del primer día, ya no la habían violado, aunque seguían dirigiéndole piropos vulgares. Además le habían sacado las esposas y la venda, a condición de que nunca los mirara a la cara.
Por tres meses Soledad compartió su celda con otra chica, con la que intercambió poquísimas palabras. Luego su compañera fue trasladada a una cárcel legal.
En El Circo valían las mismas reglas de los otros centros clandestinos de detención. Entrando en esos lugares, generalmente ubicados en el interior de escuelas militares, cuarteles y comisarías, los desaparecidos perdían su identidad y se convertían en un número. No podían decirle a nadie su nombre, siempre estaban vendados o encapuchados y cada día padecían torturas y sevicias sexuales. Después de tres meses de permanencia los mataban. Para no suscitar en ellos sospechas, mientras los llevaban al lugar de la ejecución los carceleros les hacían creer que los estaban trasladando a un penitenciario legal.
Despojar a los desaparecidos de cada su haber era la regla para los militares, que a menudo peleaban furiosamamente a la hora de repartirse el botín. Los presos políticos que poseían propiedades inmobiliarias eran obligados a registrarlas a nombre de sus verdugos.
Los hijos de los desaparecidos eran llevados a un orfanato, o bien eran encarcelados y torturados para constreñir a sus padres a confesar, y en algunos casos morían. Los que eran muy pequeños y los nacidos en prisión eran adoptados por miembros de las fuerzas armadas y de la policía.
Recorriendo el pasillo, David sintió voces procedentes del salón. Impulsado por la curiosidad, el niño miró dentro de la habitación, a través de la puerta quedada entornada. Su madre estaba sentada en un sillón, rígida e impasible. Frente a ella, en un sofá, estaban sentados un hombre y una mujer que nunca había visto.
- Usted es nuestra última esperanza, señora Gutiérrez. - dijo la mujer - Llamamos a todas las puertas, inútilmente. Le suplico, pida a su marido que interceda por nuestra hija. Soledad nunca se ha ocupado de política. Fue arrestada por error.
Andrés y Matilde Bianchi, después de una extenuante e infructuosa búsqueda antes entre los amigos y los compañeros de escuela de su hija, luego en todos los hospitales de Buenos Aires, por fin habían descubierto que la desaparición de Soledad era ligada a la actividad sindical de Gabriel y era obra de las fuerzas armadas. Entonces habían presentado un hábeas corpus en el juzgado, que había sido rechazado, y se habían dirigido a cualquiera institución que pudiera ayudarlos a hallar a la chica: del Ministerio del Interior al Arzobispado, de la Embajada de Italia a la Nunciatura italiana. Sólo habían conseguido rechazos y mentiras, hasta que una conocida les había aconsejado que contactaran a una amiga suya, esposa de un coronel del ejército.
- No puedo ayudarles. Lo siento. - dijo Susan con frialdad.
Matilde empezó a llorar silenciosamente, luego se enjugó las lágrimas con una mano. David entró en el salón y se le acercó.
- ¡David! Vete a jugar en tu cuarto. - le mandó su madre.
- ¿Por qué lloras? - preguntó David, asombrado y al mismo tiempo disgustado.
- Porque se llevaron a mi niña.
Cuando los Bianchi se hubieron ido Susan le ordenó a su hijo que no referiera nunca a nadie, tampoco a su papá, lo que apenas había visto y oído. David obedeció, pero la imagen del rostro transido de dolor de la desconocida le quedaría grabada indeleblemente en la memoria por el resto de su vida.
El Rubió se fue a dar parte a su jefe junto a Ramón.
- Me felicito con vosotros. ¡Un trabajo excelente! - dijo Gutiérrez con un tono impregnado de ironía a los dos sargentos - Capturasteis a la persona equivocada y Carlitos logró escapar.
- Ésos dos se semejan como gotas de agua y tienen también el mismo auto. - se justificó el Rubio.
- No busques excusas, ¡hijo de puta! - estalló el coronel - Ocho meses de investigaciones tirados al retrete. Sois dos pelotudos incapaces. Si continuáis así os hago echar del ejército a patadas en el culo.
Además de considerarlo un imbécil, al igual que todos los otros suboficiales, Gutiérrez sentía repulsión hacia el Rubio. Se le revolvía el estomago a la vista de sus adiposidades desbordantes, de su monstruosa papada, de su uniforme perennemente manchada de sudor, de sus ridículos cabellos, que se había teñido de rubio para parecerse a un famoso divo de las telenovelas.
- ¿El prisionero lo liberamos? - preguntó Ramón.
- No. Se convirtió en un testigo incómodo. Tenerlo aquí por un rato y luego eliminarlo.
Al improviso la puerta se abrió de par en par y un hombre con bata blanca entró en la habitación preguntando en voz alta:
- ¿Dónde está el buró barroco?
- ¡Fuera! - les ordenó Gutiérrez con rabia reprimida al Rubio y a Ramón, quienes volaron.
El coronel nunca se había llevado bien con el doctor Francesco Salvio: lo consideraba una espía y un lameculos, un individuo mezquino, traidor y malévolo, siempre pronto a arrear con todo lo que le caía entre las manos.
- No se permita nunca más entrar en mi oficina sin llamar. El buró lo tomó el teniente Contreras.
Salvio protestó.
- Ese mueble era mío. Lo había prometido a mi esposa. No es justo que usted siempre se tome las cosas más lindas o las venda a sus amigos. Yo también tengo mis derechos.
- Esta cárcel la dirijo yo. A mí me corresponde establecer la utilización y el destino de los bienes secuestrados a los terroristas. Le aconsejo no darme problemas, de lo contrario me veré constreñido a tomar medidas disciplinarias hacia usted. Haga su trabajo y basta, doctor... A propósito de trabajo, ¿cómo está Soledad Bianchi?
- Está muy débil. Rechaza la comida. Quiere dejarse morir.
- Morirá cuando yo lo decida.
- ¿A quién dará al bebé?
- Al mejor oferente. Yo no regalo nada a nadie.
- Lo sé. ¿Ya recibió propuestas?
- Sí, y algunas eran realmente interesantes. Pero pienso que podría sacar mucho más. La chica es deliciosa y parirá de seguro a un hijo sano y precioso.
- Si se parecerá a su padre no será muy precioso. El Rubio y Ramón son repugnantes.
- Creía que Bianchi ya estaba embarazada cuando llegó aquí.
El doctor Salvio sonrió malignamente.
- No, absolutamente no. - dijo negando con la cabeza - Le contaron trolas.
Luego emitió un suspiro.
- Mi querido coronel, lo siento por usted pero temo que deberá conformarse con una suma muy inferior a la que esperaba. Si va a nacer un pequeño monstruo, como es probable, será difícil colocarlo en el mercado. También ofreciéndolo a precios tirados.
El coronel apretó los puños. Sus ojos llameaban como los de un toro embravecido.
Sólo fue la perspectiva de ser despedido a retenerlo de arremeter contra Salvio.
- Levántate y sígueme sin protestar. Tienes que ser trasladada a otra prisión. - le intimó el Rubio a Soledad.
Después de haberla guiada a lo largo de los pasillos de El Circo, el sargento vendó a la joven y la hizo tumbar en el fondo de un auto. Luego se sentó en el asiento trasero. El coche, manejado por un colega suyo, se puso en marcha y salió del patio del edificio, embocando una calle muy traficada y llena de gente. Después de cerca de media hora el vehículo llegó a una plaza desierta y se paró. El Rubio levantó a Soledad por el pelo y la empujó fuera del auto, haciéndola caer a tierra. El coche volvió a partir y se alejó. Soledad se quitó la venda y se miró alrededor, confusa y asustada. Después de algunos minutos llegó a la plaza otro vehículo, que se paró cerca de ella. Los dos ocupantes se bajaron. Eran sus padres.
- ¡Mamá! - exclamó Soledad.
- ¡Soledad! No temas. No te llevarán más. - le alentó su madre, abrazándola.
- No me encuentro bien. ¡El niño! ¡Está por nacer!
Los Bianchi subieron a su auto y se precipitaron en el primer hospital que encontraron a lo largo de la calle.
Pocas horas después Soledad yacía en una cama de un departamento de maternidad, débil y dolorida. Los sufrimientos del parto la habían extenuado.
- Apenas vimos al bebé. Es guapísimo. - le dijo su madre.
- ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo dejaron libre?
- No sabemos nada de él.
Soledad cerró los ojos y se esforzó para no pensar en nada. Durante su breve estancia en el hospital, con el pretexto que se sentía cansada, nunca amamantó ni tomó en brazos a su hijo.
El día en que a Soledad le dieron el alta su padre, acompañandola a casa, estacionó el coche delante de un edificio popular y le anunció con cierta incomodidad:
- Ahora habitamos aquí.
Subido las escaleras hasta el tercer piso, los Bianchi entraron en un pequeño departamento decorado modestamente. Soledad se miró alrededor asombrada.
- Ven al dormitorio a ver qué bonita cuna compramos por el niño. - la invitó su madre, que tenía en brazos a su nietito recién nacido.
- ¿Nuestra casa, nuestros muebles? - preguntó la chica.
- La tomó un militar, junto a todos nuestros ahorros, a cambio de tu excarcelación. - la informó Andrés tristemente.
- ¿Por qué Gabriel no fue liberado?
- No lo sabemos.
- No me queda nada de mi Gabriel, tampoco una fotografía. - dijo Soledad con la voz quebrada por el llanto.
Matilde trató de confortarla.
- Te queda su hijo.
- ¡Ése no es su hijo! ¡No lo quiero! ¡Llevarlos! ¡No lo quiero! - gritó Soledad, abandonándose a una crisis histérica.
- No hagas así. Es tu niño.
- ¡Lo odio!
El militar que había hecho excarcelar a Soledad era Gutiérrez. El coronel se había dirigido a las únicas personas dispuestas a desembolsar cualquier cifra para obtener al hijo de la joven: sus abuelos. Habría preferido hacer negocios con gente de su mismo entorno, pero nadie quería a los niños feos y morochos. Corría el riesgo de deber reembolsar el dinero ganado, o en el mejor de los casos de conceder un considerable descuento sobre la mercancía. Por lo tanto había decido ir sobre seguro contactando a los Bianchi.
Andrés y Matilde miraron a su nieto, quien dormía plácidamente en su cuna. La mujer embozó la sábana y la manta al pequeño, luego ella y su marido alcanzaron a su hija, tendida sobre el sofá del living.
- Nosotros vamos a trabajar. No hagas esfuerzos. Estás todavía muy débil. - le recomendó a Soledad su padre.
- ¿Por qué no pruebas a amamantar al niño? - le preguntó su madre. - La leche es tan cara.
- Si no tenemos bastante plata para mantenerlo llevarlo a un orfanato. No creo que cuando Gabriel vuelva querrá cuidarlo. - replicó ella secamente.
En cuanto la puerta de casa se cerró a la espalda de Andrés y Matilde, Soledad se levantó del sofá y se pusó un par de zapatos y un gabán. Luego, después de haberse asomado a una ventana para controlar que los suyos se hubieran alejado, salió del departamento, en busca de noticias de su novio.
El empresario de Gabriel se mostró contento de que el joven hubiera desaparecido.
- No tenía ganas de trabajar. Y instigaba a los demás obreros contra mí. Se habrá ido a vivir al mar junto con una bella chica. - le dijo con crueldad a Soledad, haciéndola huir en lágrimas.
El hombre no agradecía la presencia de enlaces sindicales en su fábrica porque quería ser libre de explotar a sus dependientes cómo y cuánto le gustaba. Él había sido quien había hecho secuestrar a Gabriel denunciándolo a los militares como un hostigador marxista. En prueba de gratitud por su contribución a la lucha contra el terrorismo Gutiérrez se había convertido en el amante de su esposa. Sucesivamente lo haría secuestrar y torturar por quince días. Luego lo constreñiría a venderle su fábrica por una suma irrisoria y por fin lo daría como comida a los chanchos.
Cuando Soledad, después de años, se enteró de su muerte horrible sintió un vivo placer.
Al final de la mañana Soledad entró en el confesionario de la iglesia de San José y entrevio el perfil de un hombre de alrededor de treinta años, de contextura robusta, con la barba y el pelo rojo. La joven se sentía angustiada y agotada. Había transcurrido cuatro horas atraviesando en balde la ciudad de una parte a otra. Parecía que a Gabriel se lo hubiera tragado la tierra.
- Necesito su ayuda para hallar a mi novio, padre Renzo. - dijo Soledad - Hace nueve meses fuimos secuestrados. En la prisión a la que nos llevaron habían capellanes del ejército como usted.
- ¿Capellanes del ejército? ¿Estás segura? ¿Les viste personalmente? - le preguntó el sacerdote.
- No, pero otros detenidos hablaron con ellos. Quizás usted los conozca.
- Creo que no... ¿Cuál es el nombre de guerra de tu novio?
- No tiene un nombre de guerra.
- ¿Qué hizo?
- Nada. Gabriel es un bueno chico.
- Entonces ¿por qué fue arrestado?
- No lo sé. Probablemente lo tomaron por otra persona.
- Mi querida hija, si no me cuentas la verdad no puedo ayudarte. Para conseguir localizar a tu novio tengo que conocer su nombre de guerra, los nombres de sus compañeros, los lugares donde se reunían.
- Gabriel no es un terrorista. Le ruego, me ayude. Ya no sé a quién más recurrir. Tengo un hijo con él.
- Se precisará mucho dinero.
- Ya no tenemos plata.
- Entonces temo que no podré hacer nada por ti.
Después del coloquio con el padre Renzo Soledad volvió a su casa. Desde la planta bajo oyó los chillidos de un recién nacido. En el descansillo de su departamento la esperaba una mujer rolliza con la piel marchita, que la atacó:
- Es toda la mañana que el bebé llora. No se deja a una criatura tan pequeña sola por todas estas horas. La próxima vez que sucede llamo a la policía.
Soledad no contestó, sacó un manojo de llaves de su cartera, abrió la puerta y entró en casa. Luego se fue directamente al dormitorio y se acercó a la cuna. El rostro de su hijo estaba contrato en una mueca dolorosa. Sus manitas apretaban el puño.
- ¡Deja! ¡Deja de llorar! ¡Me molestas! ¡Deja! - gritó la chica.
El niño siguió chillando a voz en cuello.
- ¡Soledad! - exclamó Matilde abriendo la puerta, regresando del trabajo junto a su esposo - La vecina me dijo que esta mañana saliste.
Con su gran estupor, Andrés y Matilde encontraron a su hija sentada en el sofá, amamantando a su niño.
En Soledad el amor era más fuerte que el odio.
- No preocuparos. - dijo la joven - Ya no dejaré solo a mi pequeñito. Mirar cuánto chupa. Lloraba porque tenía hambre, pobrecito.
- Debemos pensar en el bautismo. ¿Cómo quieres llamarlo? - le preguntó Matilde.
- Gabriel. Como su padre.
Soledad se puso de repente triste.
- Tengo mucho miedo a que se lo lleven.
- Quédate tranquila. Nadie te hará más mal, ni a ti ni a tu hijo. - le dijo Andrés.
- Hasta que los militares estarán en el poder nunca me sentiré tranquila.
Soledad se dedicó a su hijo con abnegación, sin cuidarse de los chismes y de las maledicencias que su condición de madre soltera suscitaba en la sociedad. El pequeño Gabriel fue apodado Gael. A menudo, mientras lo bañaba o le cambiaba el pañal, Soledad decía suspirando:
- Querría que Gabriel estuviera aquí conmigo, ahora.
La chica sufría terriblemente por no poder compartir con el hombre que amaba el crecimiento de su hijo: su primera sonrisa, su primera palabra, su primer dientito.
En cuanto logró descubrir la dirección de los padres de Gabriel, llevó al niño a conocerlos. Después de un largo viaje en colectivo a través de las extensiones inmensas y monótonas de la Pampa, llegó a un soñoliento pueblito de 297 habitantes llamado Coros. De taxi tampoco la sombra, pero afortunadamente la transportó un hombre a la guía de un carrito remolcado por un caballo. La vieja casa de los Díaz, de un solo piso y con el revoque celeste, se encontraba en campo abierto y se alcanzaba recorriendo una callejuela de tierra. Soledad vio el primero a Osvaldo Díaz, a lo lejos, regando un campo de trigo bajo el sol ardiente. Llamó a la puerta y le vino a abrir una mujer de mediana edad.
- Yo soy la compañera de Gabriel. Éste es su hijo. - se presentó.
Mariana Díaz hizo acomodarse a Soledad en el mísero living y llamó a su esposo.
Los Díaz eran gente humilde e inculta pero de buen corazón. Su rostro estaba profundamente marcado por la fatiga y el sufrimiento.
Osvaldo hablaba lentamente, con tono sumiso y monocorde.
- También otros dos hijos nuestros, Leonor e Víctor, desaparecieron. Trabajaban en una fábrica textil de la capital. Leonor estaba embarazada de siete meses... Sus colegas dicen que se los han llevado los militares... Fastidiaban porque estaban comprometidos en el sindicato.
Antes de que repartiera, Mariana le regaló a Soledad una fotografía de Gabriel, sonriente durante la fiesta por su vigésimo cumpleaños. Por mucho tiempo Soledad conservaría esa imagen como una reliquia.
Sin nunca parar de pensar en Gabriel y de buscarlo, Soledad terminó el secundario y se matriculó en la facultad de Filosofia y Letras. Para no pesar demasiado sobre el balance familiar trabajaba como dependienta en una librería.
Un jueves de junio de 1978, mientras en el país se estaban desenvolviendo los campeonatos mundiales de fútbol, Soledad llevó a Gael a ver la Plaza de Mayo. En la plaza más importante y famosa de Buenos Aires, sede del palacio presidencial, la célebre Casa Rosada, al cuyo balcón se asomaba Evita Perón para hablar a los descamisados, la joven asistió a una extraña escena. Un numeroso grupo de mujeres sobre los cincuenta años, con la cabeza cubierta de un pañuelo blanco, estaba desfilando silenciosamente alrededor del Obelisco. Unos policías golpearon a las mujeres con porras y azuzaron a doberman contra ellas para asustarles y hacerles ir, pero las manifestantes no parecían decididas a abandonar el campo. Tampoco cedieron cuando los policías lanzaron los gases lacrimógenos.
Al disolverse del cortejo Soledad, impulsada por la curiosidad, se acercó a una de las manifestantes y le preguntó cuál era el motivo que les empujaba a actuar de aquel modo. Ana Roth, así se llamaba su interlocutora, le explicó que a todas aquellas señoras les unía la misma suerte: sus hijos habían desaparecido después de haber sido secuestrados por miembros de las fuerzas armadas. Desde el 30 de abril de 1977, cada jueves, se encontraban en la Plaza de Mayo pidiendo al gobierno la restitución de sus seres queridos, cuyos nombres estaban escritos sobre el pañuelo que llevaban en la cabeza. Desde el principio habían padecido maltratos de parte de la policía, pero en aquel período las agresiones se habían vuelto aún más violentas: la Argentina se encontraba al centro de la atención mundial por los campeonatos de fútbol y su presencia desprestigiaba la junta militar.
Gracias a Ana Roth, Soledad se puso en contacto con varias organizaciones de partidarios de los derechos humanos que se batían para llevar la cuestión de los desaparecidos a la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Contra el parecer de sus padres, preocupados por su incolumidad, la chica comenzó a participar en demostraciones de protesta frente a la Casa Rosada. A menudo la policía atacaba a los manifestantes con los gases lacrimógenos y los perros para dispersarlos. Aunque aterrorizada por las porras de los policías y por los dientes rechinados de los doberman, Soledad levantaba un cartel con la foto de Gabriel, esperando que sus esfuerzos no serían vanos. Durante los cortejos a menudo sufría contusiones y heridas, pero nunca pensó en renunciar a su lucha.
Entre Soledad y Ana Roth nació una grande amistad. Ana era una mujer tenaz y combativa. Se había unido a las Madres de Plaza de Mayo porque su hija Marlene había sido raptada un año y medio atrás junto a su marido y a su niña de tres semanas. Era judía, pero ya no iba a la sinagoga porque todos los rabinos a los que había pedido ayuda la habían acusado de no ser una buena madre y habían sentenciado que su hija se había metido en líos a causa de la educación permisiva y liberal que había recibido.
Ana se apegó mucho a Soledad. Era protectora y atenta con ella y durante las cargas de la policía le daba ánimo y la espoleaba a resistir.
Además que con Ana Roth Soledad entabló amistades también con otros familiares de desaparecidos. Entre ellos había un estudiante simpático y bonito que empezó a cortejarla discretamente. Se llamaba Marcelo Castro y buscaba a su hermana Teresa, militante en la Juventud Universitaria Peronista. Un día, después de una reunión en la casa de una de las Madres, Marcelo se declaró abiertamente a Soledad.
- Yo te quiero como a un hermano, pero no podrá nunca haber nada entre nosotros, porque amo a Gabriel. - le dijo la joven, dolida por herirlo.
Marcelo, decepcionado por su rechazo, se despidió tristemente. Mientras se aprestaba a irse Ana le pidió que la llevara con el coche. Marcelo y Ana salieron juntos. Aquélla fue la última vez que Soledad los vio. Cuando supo que durante el trayecto hacia la casa de la mujer habían sido secuestrados por una patota de militares lloró por una semana entera. El remordimiento por haber hecho sufrir a Marcelo no se aplacó en ella hasta el día en que, de la ventanilla de un colectivo, divisó al hombre caminar tranquilamente por la Avenida Santa Fe con encima el uniforme de teniente de la marina.
En realidad Marcelo Castro nunca había existido. Sólo era el personaje interpretado por el capitán de navío Joseph Bertin, ahora promovido al grado de teniente, para infiltrarse entre los parientes de los desaparecidos, controlar sus acciones de cerca y eliminar a los sujetos considerados más peligrosos, como Ana Roth.
Habían pasado tres años desde el rapto de Soledad. El número de los desaparecidos aumentaba de día en día, así como lo de los fallecidos en choques con las fuerzas armadas. Los secuestros, que al inicio de la dictadura ocurrían casi siempre por la noche, ahora se desarrollaban a cualquier hora y en cualquier lugar: calles, casas, escuelas, oficinas, bares, iglesias. Algunos desaparecidos, una pequeña minoría, después de algún mes de cautiverio eran excarcelados o trasladados a institutos penitenciarios legales para que, contando los horrores de los que habían sido testigos, contribuyeran a difundir el miedo en la sociedad. Los militares, por la desaparición y las amenazas, habían impuesto en todo el país un clima de terror. Los familiares de los desaparecidos se sentían desesperados e impotentes porque la policía no tomaba en consideración sus denuncias y los magistrados rechazaban sus hábeas curpus. Además, muchos de ellos eran estafados por militares y civiles sin escrúpulos que se hacían entregar cifras considerables con la falsa promesa que harían volver a casa a sus seres queridos.
Una tarde de septiembre, Soledad y su madre llevaron a Gael a jugar en el parque de la Plaza San Martín. Como a menudo hacía, la joven le enseñó a su hijo una fotografía de Gabriel y le preguntó:
- ¿Quién es éste?
- ¡Papá! ¡Papá! - contestó el niño prontamente.
- ¡Es tu papá!
Soledad vio acercarse a un hombre con el uniforme de coronel del ejército. Era Gutiérrez, en compañía de su esposa y de su hijo. David reconoció en Matilde Bianchi a la desconocida llorante que se había ido una vez a su casa. El muchachito le dio una caricia a Gael y le preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Gael. - contestó el pequeño con una sonrisa.
Soledad tomó en brazos bruscamente a su hijo y gritó:
- ¡No lo toques! ¡No debes tocarlo!
Mientras se alejaba agarrado a Soledad Gael siguió mirando a David. David también lo miraba, con un aire afligido. Para consolarlo la señora Gutiérrez le dijo:
- No llores, corazoncito. Todas las mamás son celosas de sus niños.
Soledad estaba indignada y desalentada.
- Los militares son cada vez más prepotentes y arrogantes. Las personas continúan desapareciendo y nadie hace nada. La televisión y los periódicos no hablan de eso. El partido comunista calla. A la comunidad internacional se le da un bledo lo que está ocurriendo en la Argentina. Tampoco el papa quiere ayudarnos.
Soledad no comprendía el silencio de los medios de comunicación. No comprendía por qué el partido comunista soviético no denunciaba públicamente las persecuciones a las que los militantes argentinos eran sometidos. No comprendía por qué el pontífice Juan Pablo II no quería cumplir con el compromiso tomado por su predecesor Pablo VI de recibir una delegación de las Madres de Plaza de Mayo. No comprendía por qué los argentinos toleraban sin protestar que miles de sus connacionales fueran raptados y tenidos prisioneros por los militares.
Soledad aún no sabía que la junta militar había estipulado relaciones comerciales con muchos estados, entre los que la Unión Soviética, a la cual vendía carne y trigo, lo que explicaba el silencio del partido comunista soviético y de tantas otras naciones respecto a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en la Argentina.
Los Estados Unidos también tenían su parte de responsabilidad en la tragedia de los desaparecidos. En los años '70 la Cia, temiendo una expansión del comunismo en el Cono Sur, había favorecido la formación de régimenes totalitarios de derecha en aquella área geográfica con el envío de armas y dinero. Además los golpistas argentinos, así como los chilenos, habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares estadounidenses de Panamá y Florida.
- Verás que pronto las cosas cambiarán. No debemos estrecharnos de ánimo. - le dijo Matilde a su hija.
Luego le reveló que el coronel encontrado en el parque era el militar que se había ofrecido como intermediario por su liberación.
A partir del fin de los años ’70, los argentinos adquirieron una actitud muy crítica hacia la junta militar, que no había sido capaz de solucionar los problemas económicos del país y había generado violencia y terror en la sociedad. El creciente descontento popular, las primeras demostraciones de masas contra el régimen y las protestas por las violaciones a los derechos humanos que comenzaron a llegar de los otros estados y de la Santa Sede causaron un cambio a nivel político. En marzo de 1981 nació una nueva junta, presidida por el general Roberto Eduardo Viola junto al almirante Armando Lambruschini y al brigadier Omar Rubén Graffigna. En diciembre del mismo año hubo una nueva alternación en las cumbres del poder. El mando presidencial le pasó al general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien fue flanqueado por el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.
Galtieri, en la tentativa de hacerles recobrar a los militares la credibilidad que habían perdido, el 2 de abril de 1982 inició un conflicto contra Gran Bretaña para adueñarse de las islas Falklands, llamadas Malvinas por los argentinos. Las Falklands, territorio británico de ultramar, eran objeto de contienda entre Argentina y Reino Unido desde 1833. Dada su posición servían a ambas las naciones como base logística para las futuras actividades de explotación de los recursos naturales de la Antártida. Los hielos del Polo Sur, en efecto, guardaban inmensas riquezas: metales preciados, diamantes, yacimientos de petróleo, carbón y gas.
Galtieri estaba seguro del apoyo de los Estados Unidos, que pero no intervinieron. Después de haberlas ayudado por años, el gobierno de Washinghton había decidido sacar su sostén a las dictaduras de Latinoamérica, temiendo una remontada del comunismo como reacción a la corrupción y a la violencia de los militares. Además la primera ministra inglesa Margaret Thatcher, más que nunca decidida a no dejarse arrebatar sus preciosas islas, pidió la colaboración de Chile, gobernado por el general golpista Augusto Pinochet.
Flanqueada secretamente por las fuerzas armadas chilenas, la marina británica infligió golpes durísimos a las desprevenidas, desorganizadas y mal pertrechadas tropas argentinas, que perdieron a 649 hombres, la mayoría de los cuales soldados rasos y conscriptos, y contaron a 1.068 heridos. Entre los últimos estaba el teniente de navío Joseph Bertin, cuyo crucero, el General Belgrano, había sido golpeado a traición y hundido por dos torpedos enemigos mientras navegaba en una zona que Gran Bretaña había oficialmente excluido de las operaciones bélicas.
Después de 74 días de guerra, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez declaró la rendición. Los altos mandos militares argentinos, no queriendo admitir sus incumplimientos, atribuyeron las causas de la derrota a la ineptitud y a la cobardía de sus subordinados.
Los ex combatientes de las Malvinas, muchos de los cuales habían quedado mutilados, tuvieron que esperar diez años antes de que les fuera asignada una pensión estatal. A causa de los traumas psicológicos padecidos durante los combates y de la discriminación social que sufrieron a su retorno a la patria, 350 de ellos se suicidaron. Tantos se pusieron deprimidos, alcohólicos o drogadictos.
El desastre de las Malvinas provocó una oleada de protestas populares que aceleró de modo vertiginoso el fin de la dictadura. El primero de julio de 1982 el general Galtieri fue reemplazado por el general Reynaldo Benito Bignone. Éste, dadose cuenta de que la junta ya no gozaba de algún consenso interior ni de aliados exteriores, convocó libres elecciones para el octubre del año siguiente. Antes de dejar su cargo, para asegurarles a los militares la impunidad hizo destruir los archivos que contenían informaciones sobre las actividades represivas ilegales. Además, en marzo de 1983 promulgó la ley de Autoamnistia, que extinguía cada acción penal que pudiera derivar de actos de terrorismo y dirigidos a la lucha al terrorismo.
Se concluyó así un septenio que en los manuales de historia fue muy pronto definido el período de la “guerra sucia” y del “terrorismo de estado”. Entre 1976 y 1983 en Argentina 15.000 civiles habían sido fusilados en enfrentamientos con las fuerzas armadas. 9.000 disidentes políticos habían sido detenidos y encerrados en cárceles legales por períodos más o menos largos. 1.500.000 opositores del régimen para salvarse la vida habían sido obligados a irse en exilio al extranjero. 30.000 personas habían desaparecido.
En diciembre de 1983 el recién elegido presidente del gobierno democrático, el radical Raúl Alfonsín, anuló la ley de Autoamnistia y decretó que la magistratura civil juzgara a los jefes de las tres juntas que habían liderado la Argentina entre 1976 y 1982. Era la primera vez en la historia del país y de Suramerica que dictadores terminaban al banquillo en un aula de tribunal.
El juicio a las juntas empezó el 22 de abril de 1985. Las deposiciones de 833 testigos develaron al mundo entero los crímenes aberrantes cometidos por las fuerzas armadas con la complicidad de la policía y de muchos civiles, religiosos y magistrados. Unos 2.300 militares eran culpables de millares de homicidios, secuestros de persona, torturas, violencias sexuales, robos, extorsiones. Las víctimas no eran sólo guerrilleros comunistas. La mayor parte de los desaparecidos eran individuos que se empeñaban pacíficamente para construir una sociedad más justa y solidaria. Entre ellos habían sindicalistas, intelectuales, estudiantes, periodistas, obreros, artistas, monjas y sacerdotes pertenecientes a los sectores más progresistas de la iglesia. Tantos habían sido raptados por error o por venganza personal.
Durante el juicio los imputados justificaron el uso de los secuestros y de las detenciones ilegales sosteniendo que habían actuado en un contexto de guerra civil. Sin mostrar el mínimo arrepentimiento, se defendieron con vehemencia y soberbia, atribuyendo las sevicias y los asesinatos a los excesos y al sadismo de pocos subordinados.
Soledad estaba sentada entre el público que llenaba la Sala de Audiencias de la Cámara Federal cuando, el 9 de diciembre de 1985, el juez Léon Arslanian, a las 17 y 49, comenzó a leer la sentencia. De los imputados sólo estaba presente Graffigna, imperturbable. Los otros esperaban que se cumpliera su suerte en sus celdas. En un clima tensisímo, Arslanian infligió penas mucho menos severas de las pedidas por el fiscal Julio César Strassera: cadena perpetua por Videla y Massera; diecisiete años a Viola, ocho años a Lambruschini, cuatro años y seis meses a Agosti; absolución para Galtieri, Graffigna, Anaya e Lami Dozo.
Las protestas no faltaron y las Madres de Plaza de Mayo abandonaron el aula indignadas antes del fin de la sesión.
La magistratura no entendía limitarse a juzgar a los jerarcas: el punto treinta de la sentencia contra los jefes de las juntas estableció que debían ser procesados también los otros militares involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Más de 500 oficiales y suboficiales, entre los cuales estaba el coronel Gutiérrez, fueron incriminados.
Como era previsible las fuerzas armadas, para interrumpir el curso de la justicia, ejercieron fuertísimas presiones sobre el gobierno y el parlamento, para conjurar el peligro de un nuevo golpe de estado, en diciembre de 1986 fue constreñido a promulgar la ley de Punto Final, que impedía la apertura de nuevos procedimientos a cargo de los militares y de los civiles que todavía no habían sido enjuiciados.
En el living de Soledad sonó el teléfono. La joven, que se encontraba en compañía de su madre, se llevó el auricular a la oreja. Desde el otro cabo del hilo le llegó la voz de un hombre, fría y sin acento.
- Ésta es la última advertencia. Si mañana te presentas en el juicio, no reverás nunca más a tu hijo.
El día siguiente Soledad habría tenido que deponer contra Gutiérrez y las intimidaciones, que duraban desde hacía meses, se habían intensificado.
La chica colgó el auricular y dijo:
- Las acostumbradas amenazas.
- ¿Estás todavía convencida de que quieres testimoniar? - le preguntó Matilde.
- Sí. Es la única posibilidad que me queda para obligar al coronel Gutiérrez a revelar dónde tiene encerrado a Gabriel. ¿Por qué no lo entiendes?
- ¿Y si Gabriel hubiera muerto? No es justo seguir teniendo al niño segregado en casa. Gael necesita frecuentar a sus amigos, ir al colegio, estar al aire libre.
Para cortar el discurso Soledad se fue al dormitorio, donde su hijo estaba jugando con unos coches de juguete. A pesar de los problemas y de las preocupaciones que su familia tenía que afrontar cotidianamente, Gael siempre estaba alegre y sereno.
- ¿Quién había en el teléfono? - le preguntó el niño a Soledad.
- Una señora que se había equivocado de número. - contestó ella, luego tomó un coche de juguete y lo hizo zumbar por la habitación.
Cuando tomó asiento en el banquillo de los testigos, Soledad pensó que por fin había llegado la hora de la verdad. Gutiérrez, puesto frente a la evidencia de los hechos, admitiría sus culpas. Entre el público estaban presentes Andrés Bianchi y la esposa y el hijo del coronel. En el banquillo de los acusados Gutiérrez, el pelo peinado hacia atrás y reluciente de brillantina, fumaba habanos ostentando la expresión seráfica y satisfecha de un turista extendido sobre una tumbona en la ribera del mar. Su abogado defensor, en cambio, descartaba y chupaba ruidosamente un caramelo tras el otro.
Con tono calmo Soledad hizo su deposición y concluyó:
- Esto es todo lo que sé. Espero que mi testimonio les será útil a ustedes y que el coronel Gutiérrez sea condenado a la cadena perpetua por sus crímenes.
- Esa mujer es una mentirosa. - le dijo Susan a David - No entiendo por qué tu padre quiere hacerte asistir a toda costa a este espectáculo indecente.
Aunque su sonrisa insolente no se modificó de un milímetro, Gutiérrez dentro de si estaba lleno de odio y arrepentido de no haber hecho desollar viva a Soledad cuando había tenido la ocasión.
Durante el juicio Gutiérrez rechazó cada acusación y negó haber visto a Gabriel. La decepción de Soledad fue grande, sin embargo la chica siguió buscando a su compañero con tal obstinación que un día Matilde, viendola escribir el enésimo aviso, perdió la paciencia.
- Gastas toda la plata que ganas en anuncios y llamadas. - le dijo - En diez años de búsquedas no conseguiste nada. Tienes que resignarte. Pasó demasiado tiempo. Gabriel no volverá nunca más.
- No es verdad. - rebatió Soledad - Estoy segura de que todavía está vivo. Quizás se encuentre en un hospital sin memoria y espera que alguien vaya a recogerlo.
- Piensa en el niño. Tu hijo necesita a un padre.
- Gael ya lo tiene un padre. La verdad es que tú no quieres que halle a Gabriel porque es pobre y no estudió.
- ¡Soledad! Acepta la realidad. Eres todavía joven y linda. No es justo que renuncies al amor y al matrimonio para perseguir una ilusión.
- Es inútil que insistas. Gabriel fue y será el único hombre de mi vida. Yo no dejaré nunca de buscarlo y continuaré esperándolo hasta el último de mis días.
Matilde habló con voz firme y sin emoción.
- Siento ser tan dura, pero debo hacerlo por tu bien. Los desaparecidos están todos muertos.
Un terrible presentimiento hizo helar la sangre en las venas de Soledad: no volvería a ver a Gabriel nunca más.
Si bien pocos habían tenido el coraje para testimoniar contra él, Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo no pasó un solo día en la cárcel pues las violentas protestas de una parte de las fuerzas armadas impidieron que la sentencia llegara a ser ejecutiva. Bajo la guía del teniente coronel Aldo Rico los militares más extremistas, apodados carapintadas por el rostro ennegrecido con el betún, se atrincheraron en los cuarteles, amenazando con desencadenar una guerra civil si no hubiera sido acogida su solicitud de anular los juicios contra sus colegas ya en curso antes de la entrada en vigencia de la ley de Punto Final. Esta vez también el presidente Alfonsín fue obligado a doblarse. En junio de 1987 la ley de Obediencia Debida sancionó la caducidad de cada cargas pendiente contra suboficiales y oficiales hasta el grado de coronel que hubieran actuado cumpliendo órdenes impuestos por sus superiores. Gutiérrez entraba en esa casuística y su pena fue suspendida.
Soledad, asomada a la ventana del living, lanzó una mirada velada de melancolía a la única fotografía de Gabriel que poseía, desteñida por el transcurrir del tiempo, y pensó en los breves pero intensos momentos felices que había vivido junto al chico. Más allá de los vidrios se extendía por kilómetros y kilómetros la ciudad de Buenos Aires, hormigueante de personas y automóviles.
Soledad no lograba aceptar que los que se habían llevado a su Gabriel quedaran impunes. Seguía esperando que los desaparecidos todavía estuvieran vivos y se encontraran en prisiones secretas, usados como rehenes por los militares aún detenidos para obtenir la amnistía. Se ilusionaba que un día no lejano todos los desaparecidos serían liberados y que Gabriel volvería a ella.
El teléfono sonó.
- ¿Usted es la Señora Soledad Bianchi? - preguntó una voz masculina.
- Sí. Soy yo.
- Mi nombre es Juan Miguel Guerra. Llamo por ese anuncio.
Soledad rogó que no se tratara de un mitómane.
- ¿Sabe algo de Gabriel?
- Es un dependiente mío.
- ¿Está bien? Me lo pase. Quiero hablarle.
- No, no es posible. Es un tipo extraño. Me lo mandaron de un manicomio. No tiene amigos. Siempre está sólo. De su pasado nunca habla. Si le digo que lo están buscando hay el riesgo que escapes. Venga usted a encontrarlo en persona.
- ¿Cuál es su dirección?
- Ushuaia, en Patagonia.
Soledad se subió al primer avión disponible con destino a la Patagonia. Desembarcó en el aeropuerto de la ciudad de Ushuaia, en la extremidad meridional de la Argentina, y se hizo llevar por un taxi delante de la cancela de un chalé de madera. Se fue a abrirle Miguel Angel Guerra, que la acogió cordialmente.
- ¡Bienvenida en la Tierra del Fuego!
Guerra, un pescador de mediana edad, la acompañó a un patio interior de la vivienda, donde un hombre, de espaldas, estaba reparando una red para pescar. Soledad lo reconoció enseguida por el peinado rizoso: era Gabriel.
- Aquí hay una señora quien quiere hablar contigo. - dijo Guerra y enseguida se alejó.
Gabriel se volvió y al ver a Soledad palideció.
- ¿Te acuerdas de mí? - le preguntó Soledad - Nos conocimos hace diez años.
El chico no contestó y apartó la mirada.
- ¿Por qué nuca me diste noticias tuyas?
- Pensaba que tú me odiabas. Por culpa mía te hicieron mal.
La voz de Gabriel estaba flébil.
- Tú no tienes ninguna culpa.
- En todos estos años siempre pensé en ti, cada instante. Nunca intenté contactarte porque tenía miedo a que tú me rechazaras, que me acusaras de haberte arruinado la vida.
- ¿Cómo podría rechazarte? Yo te amo.
Gabriel volvió tímidamente la cara hacia Soledad y la miró incrédulo.
- ¿De verdad? - balbuceó.
Soledad lo abrazó, estrechándose fuerte a él.
- ¡Amor mío! Sabía que estabas vivo. Aunque todos me decían que debía resignarme nunca paré de buscarte.
- En cambio yo estaba convencido de que te había perdido por siempre.
- Ahora que nos encontramos de nuevo jamás nadie nos separará.
Gabriel y Soledad alcanzaron a pie las aguas gélidas del Canal de Beagle, que lamía la ciudad al sur. Soplaba un fuerte viento. A sus hombros se erguían las cimas irregulares de las montañas nevadas. Sobre los escollos se movían torpemente otarias y cormoranes.
Con los ojos fijos hacia el horizonte, Gabriel revivió los momentos más penosos de su cautiverio.
- Apenas llegados a El Circo los militares me prometieron que si hubiera colaborado no te habrían torturado.
Gabriel recordó la sonrisa inquietante de Gutiérrez, su voz meliflua y sutilmente amenazadora que decía:
- Yo estoy aquí para ayudarte. Piensa en mí como a un padre que trata de reconducir a su hijo al buen camino. Piensa en tu novia, así joven, así linda.
- Hice los nombres de todos mis compañeros del sindicato... Habría sido dispuesto a cualquier cosa para salvarte. Sabía que me estaban controlando. Nunca habría debido implicarte.
- Ahora todo pasó. No te atormentes más.
- Un día conseguí un permiso para encontrarte, pero cuando descubrí que estabas embarazada no tuve el ánimo para entrar en tu celda. - continuó Gabriel - Después de tres años me liberaron y partí para la Patagonia... Nunca supe en dónde acabaron las personas que traicioné.
- No puedes continuar así. Debes enfrentar la realidad y volver a vivir. - lo exhortó Soledad.
- Cuéntame todo.
- Tus hermanos también fueron raptados por los militares. De ellos no hay más noticias desde hache muchos años. Sólo sabemos que tu hermana en la cárcel dio a luz a un varón... Tus padres fallecieron a pocos meses de distancia el uno de la otra, en 1980.
- ¿Y mi colega?
- No reapareció más, ni él ni su esposa y sus hijos.
- Y... ¿el niño?
- Se llama Gabriel como tú, pero todos lo llaman Gael. Le dije que eres su padre. No tuve corazón para contarle la verdad.
- Háblame de él.
- Es un muchachito cariñoso y muy simpático. Sé que todas las mamás piensan que sus hijos son especiales, pero él lo es realmente.
Soledad sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía de Gael y se la enseñó a Gabriel.
- Ésta es su foto. El 19 de junio cumplió diez años... Si no hubiera sido por Gael, nunca habría logrado seguir adelante todo este tiempo sin ti.
- No creo que seré capaz de cuidarlo. Yo estoy enfermo. Pasé ocho meses en un hospital psiquiátrico.
- Serás el mejor padre del mundo.
Soledad abrazó a Gabriel.
- ¡Amor mío! Ahora ya no estás solo. Recomenzaremos otra vez todo, nosotros dos con nuestro niño. Nos casaremos. Tendremos otros hijos. ¡Verás! Encontraremos a tu nieto y lo llevaremos a vivir con nosotros. Él y Gael crecerán como hermanos.
Se fueron a dormir en la vivienda de Gabriel. Más que de una vivienda se trataba de una especie de chabola dotada de un minúsculo baño y decorada con una cama individual, un armario, un hornillo de gas, una mesa y una silla. Una pequeña ventana enmarcaba un pedazo de cielo en el que brillaba una sutil raja de luna, circundada por una miríada de estrellas.
Soledad quitó un camisón de su maleta y le ordenó a Gabriel que se volviera. Gabriel obedeció y se metió debajo de las mantas.
Soledad se desvistió, se puso el camisón y ella también se acostó.
- Estaremos algo incómodos en una cama tan pequeña. - dijo Gabriel, a disgusto como su compañera.
- Es muy frío, aquí.
- Casi estamos en Antártida... Todavía no te pregunté qué hiciste en estos años.
- Desde aquel maldito día en que nos secuestraron mi vida y aquella de mis padres cambió completamente. El coronel Gutiérrez nos llevó todo. Ya no soy la jovencita rica y mimada que conociste hace once años.
- Eres aún más linda de entonces.
Soledad bajó la mirada y sonrió.
- No es verdad.
- ¿Tuviste otros hombres?
- No. Nunca habría podido traicionarte.
- Te amo.
- Yo también te amo tanto.
Gabriel y Soledad se abrazaron y pasaron toda la noche estrechados, por fin unidos y felices después de diez años y diez meses de sufrimientos.
En Buenos Aires Gael, Andrés y Matilde esperaban a Gabriel y Soledad con impaciencia. En cuanto vio a Gabriel, Gael se le colgó del cuello.
- ¡Papá! - gritó eufórico - ¿Quedarás aquí con nosotros por siempre?
- Por siempre.
Gael observó a Gabriel con atención.
- Yo no me parezco a ti.
- Te pareces a mi hermano Víctor.
Gael tomó un álbum de fotografías y se echó a hojearlo, enseñándole las fotos a Gabriel. Ya desde sus primeros meses de vida, Soledad le había tomado centenares de fotografías para inmortalizar cada su cambio, cada fase de su crecimiento.
- ¡Mira! Aquí mamá me amamantaba.
- Esta foto siempre la tendré conmigo, en mi billetera.
- Aquí estaba con tu mamá y tu papá.
Gabriel miró una fotografía que retrataba a sus padres junto a Soledad y Gael y se conmovio.
- ¿Padeces las cosquillas? - le preguntó Gael.
- No.
- No te creo.
Gael empezó a cosquillearle.
- ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Por favor! - imploró Gabriel riendo.
- Ya hicieron amistad. Espero que se lleven bien. - pensó Soledad.
- ¿Me haces ver tus fotos? - le preguntó Gael a Gabriel.
- No tengo ninguna.
- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Papá vivía mucho lejos de Buenos Aires, en Patagonia. - dijo Soledad.
- ¿En Patagonia? ¡Qué bueno! A mí también me gustaría irme.
- Nunca me buscó porque las personas malas que nos secuestraron le hicieron creer que yo había muerto.
- El almuerzo está listo. - anunció Matilde - Gabriel, tu sitio está a la cabecera de la mesa. Ahora eres tú el jefe de la familia.
Gabriel se conmovió de nuevo.
- Yo os agradezco. Sois todos así gentiles conmigo. Me parece que estoy en un sueño.
Soledad le acarició el pelo.
- No es un sueño. Es la realidad.
Por amor a Soledad Andrés y Matilde acogieron a Gabriel en su casa como un hijo, aunque habrían preferido a un yerno con una buena posición social. Gabriel y Soledad se casaron un domingo de agosto de 1987. El día siguiente iniciaron los trámites para hacer cambiar el apellido de Gael de Bianchi en Díaz.
Aunque nunca lo confesó, Soledad era celosa de la relación de confianza que se había creado entre su hijo y Gabriel. Se sentía exclusa cuando los dos se apartaban para hablar de las que ellos llamaban cosas de hombres y estaba segura de que el niño le escondía secretos que sólo le revelaba a su padre.
Gabriel, por su parte, no le regañaba nunca a Gael y le dejaba hacer todo lo que él quería. Era Andrés Bianchi quien revestía el papel de la figura paterna con autoridad para su nieto.
Gutiérrez sacó del armario su uniforme, que siempre ejercía un gran atractivo en las mujeres. Él y su esposa se estaban preparando para ir a cenar al restaurante con amigos.
- Gustavo, es mejor que no lleves más el uniforme fuera del horario de trabajo.
Las palabras de Susan amoscaron al coronel.
- ¿Y por qué?
- Últimamente los militares son algo malmirados.
- ¿Por quién?
- Por la gente.
A Gutiérrez se le exaltó la cólera.
- ¡La gente! ¡La gente! ¡Siempre la gente!
- ¡No grites! ¡Te sienten todos!
- De ahora en adelante llevaré el uniforme día y noche. También lo llevaré en vez del pijama.
- ¡Gustavo!
- ¿Qué carajo me quedo para hacer en esta casa de mierda? Prefiero la muerte antes que vivir así.
David se tapó las orejas con las manos para no sentir más los gritos de su padre, que retumbaban por toda la casa.
El chico había crecido entre las peleas y los contrastes continuos de sus viejos, agudizados después del fin de la dictadura, cuando las fuerzas armadas habían sido empapelados y Gutiérrez había comenzado a perder, lentamente pero inexorablemente, el poder que tenía durante la junta militar. Separación o divorcio: ni pensarlo. El coronel sabía bien que su consorte, con la amante del lujo y de las comodidades que era, buscaría de cada modo depredarlo de todos sus haberes, incluso los calzoncillos. Sin contar con que David se quedaría completamente en sus manos. Ya no abrigaba muchas esperanzas de que su hijo cambiara y del adolescente tímido e inseguro que era se transformara en un verdadero hombre. Pero un vislumbre de ilusión todavía le quedaba. Y en todo caso se habría recobrado seguramente con sus nietos.
Un sábado por la tarde, después de un paseo en el centro, Gabriel, Soledad y Gael se fueron a un bar de la calle Florida. Gael apenas había comenzado a comer una copa de helado cuando en el local entraron Gustavo, Susan y David Gutiérrez.
- Hay Soledad Bianchi. Nos ha visto. - bisbiseó Susan al enterarse de que Soledad la estaba mirando fijo.
El coronel se sentó a una mesa y ordenó con tono imperioso:
- ¡Sentaros!
Su mujer y su hijo tomaron asiento junto a él.
Todos los clientes del bar se volvieron para mirar a Gutiérrez, provocando la incomodidad de David y de su madre.
- A pesar de que no me dejas llevar el uniforme me reconocen lo mismo. Soy una persona famosa. - constató el coronel. Luego levantó la voz, para hacerse sentir por todos.
- Quien no agradece mi presencia no está obligado a quedarse.
- ¡Gustavo! - exclamó Susan con desaprobación.
Soledad con gestos nerviosos hurgò en su cartera, sacó de la plata de su billetera y la tiró sobre la mesa.
- ¡Vayámonos! - dijo levantándose.
- ¡Pues si todavía no he terminado el helado! - protestó Gael.
- Te compraré otro. No estaremos un minuto más en la misma habitación con un criminal.
Gabriel y Gael se levantaron. Soledad hizo volver a su hijo hacia Gutiérrez, quien ostentaba una sonrisa socarrona.
- Observa con atención a ese hombre, Gael. El coronel Gustavo Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo gracias a la ley de Obediencia Debida, en vez de pudrirse en una cárcel para el resto de sus días está completamente libre. Observa su cara y no la olvides nunca. ¡Ésa es la cara de un asesino, un torturador, un ladrón!
Gabriel, Soledad y Gael salieron del local, enseguida imitados por los otros clientes del bar.
- ¡Puta! - exclamó el coronel.
- ¡No digas obscenidades delante del niño! - le regañó su esposa.
- Yo digo lo que me da la gana.
- Es la tercera vez que nos humillan en un local público. No soporto más el desprecio que nos rodea.
- Es un problema tuyo. Me importa un carajo lo que piensan de mí.
- El niño sufre por esta situación.
Gutiérrez ya no logró contener la ira.
- ¿Y tú crees que yo no sufro? Me maté por el trabajo, arriesgué la vida miles de veces por mi país y como recompensa intentaron meterme en chirona.
- Lo sé, pero...
- Lo sabes pero se te da un bledo. Lo único que cuenta para ti es David. Tiene dieciséis años y lo consideras todavía un niño. Lo proteges de todo y de todos. No querías ni siquiera que asistiera al juicio.
- ¡Baja la voz! El camarero nos está mirando.
- No hay nada que me pone cabreado más que tu ipocresía. No hagas esto porque no está bien. No hagas aquello si no te critican. No maltrates a los domésticos si no luego hablan mal de nosotros. No bosteces durante la misa. No digas palabrotas. No grites. Los vecinos nos sienten. ¡Qué se jodan los vecinos!
- ¡Papá! ¡Basta ya! - suplicó David, exasperado.
- Tú siempre estás de parte de tu madre.
- ¡Cálmate! - dijo Susan.
- ¿Qué tendría que hacer para complacerte? ¿Despedirme del ejército, cambiar de nombre, camuflarme con pelucas y bigotes falsos?
- Yo sólo deseo defender a David de la maldad de la gente. Podríamos trasladarnos al extranjero y iniciar una nueva actividad. Montar una tienda...
- Y ser tenderos.
- O comprar una fábrica. La plata no nos falta.
- ¡No! Quítate esa idea de la cabeza. No dejaré nunca la Argentina.
- Lo haré yo con el niño. Estoy resuelta a todo por el bien de mi hijo. También a pedir la separación.
Después de un largo silencio, el coronel preguntó:
- ¡Vamos a ver! ¿Adónde tienes la intención de irte?
- A los Estados Unidos, cerca de mi familia.
- ¡No! Tus parientes no los quiero más ver ni en fotografía.
- Entonces vámonos a otro lugar cualquiera. Pero lejos de aquí.
A distancia de algunos meses de aquella tarde de noviembre de 1987, Soledad vino en conocimiento de que el coronel Gutiérrez había dejado el país con su esposa y su hijo.
Los años pasaron. En marzo de 1988 la Corte Suprema se pronunció a favor de la constitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, contra las que habían apelado los organismos defensores de los derechos humanos.
Sobre la joven democracia argentina seguía cerniendose la amenaza constante de los militares. Los carapintadas, esta vez capitaneados por el coronel Mohammed Alí Seineldín, fueron protagonistas de nuevas sublevaciones, reprimidas con grandes pérdidas humanas por las fuerzas armadas fieles al gobierno. El sucesor del presidente Alfonsín, Carlos Saúl Menem, exponente del Partido Justicialista, entre octubre de 1989 y diciembre de 1990 firmó once decretos de indulto, que tuvieron como efecto la liberación de los carapintadas rebeldes y de todos los altos mandos militares condenados por los crímenes de la dictadura todavía detenidos.
Los indultos de Menem permitieron a los planificadores del exterminio de 30.000 personas de volver tranquilamente a su casa después de haber descontado sólo cuatro años de cárcel, pero no pudieron impedir que los horrores de la guerra sucia continuaran haciendo discutir.
Poco a poco salió a luz que la junta militar había hecho negocios con muchos países americanos y europeos y se descubrió que los golpistas argentinos habían colaborado con los servicios secretos estadounidenses, franceses e israelís.
Sobre los métodos utilizados por las fuerzas armadas para deshacerse de los cuerpos de los prisioneros políticos surgieron detalles escalofriantes. A cierto punto los cementerios ya no habían logrado contener los cadáveres de los desaparecidos, que eran enterrados en fosas comunes como nn. Para solucionar el problema, la marina había ideado los vuelos de la muerte: 4.500 entre hombres y mujeres habían sido cargados en aviones y arrojados con vida al Río de La Plata, el río sobre el cual sorge Buenos Aires, muriendo ahogados o a causa del impacto con el agua.
En 1991 y en 1994 fueron aprobadas dos leyes de indemnización para los parientes de los desaparecidos y para los ex presos políticos, pero sus verdugos siguieron en libertad. Una cuestión jurídica pero quedaba abierta. El delito de apropiación de menor no era contemplado en las leyes de amnistía y en los indultos. En 1998 82 militares fueron detenidos con la acusación de haber secuestrado a los hijos de los desaparecidos. Entre ellos estaban Videla y Massera, que obtuvieron la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad. Mientras tanto, de los unos 500 niños adoptados ilegalmente por los militares y los policías ya habían sido localizadas algunas decenas.
Los de Menem fueron años de radicales reformas neoliberales en campo económico. El presidente privatizó las principales empresas de servicios e industrias estatales y introdujo una nueva divisa, el peso, equiparándolo al dólar estadounidense. Además aumentó de cinco a nueve el número de los miembros de la Corte Suprema, transformando el máximo tribunal en un instrumento de legitimación de su obra política. Durante los dos mandatos de Menem la tasa de inflación se mantuvo baja y la economía creció, pero la grande deuda exterior y la corrupción imperante desembocaron a fines de los años '90 en una grave crisis económica.
En 1999 fue elegido presidente Fernando De la Rúa, del Partido de la Alianza entre radicales e izquierda, quien fracasó en el intento de sacar el país de la recesión. Temiendo la abolición de la paridad entre peso y dólar, los argentinos comenzaron a retirar su dinero de los bancos, trasladándolo al extranjero. Para contener la pérdida de capitales, a principios de diciembre de 2001 el ministro de Economía Domingo Cavallo impuso restricciones que limitaban drásticamente el acceso a los depósitos bancarios privados y a los sueldos. El conjunto de esas restricciones, que afectaron sobre todo la clase media, fue apodado “corralito”. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga general, a la cual siguieron otras demostraciones en las principales ciudades del país. El presidente proclamó el estado de sitio y hizo reprimir el disenso popular por la policía, que mató a 33 personas. La indignación fue tal que De la Rúa, sintiéndose políticamente aislado, renunció y huyó de la Casa de Gobierno en helicóptero. Después de dos semanas, el primero de enero de 2002, el Congreso nombró nuevo presidente al peronista Eduardo Duhalde.
En los meses siguientes la devaluación del peso y la bancarrota del estado argentino provocaron enfrentamientos entre desocupados y policía y otras dos víctimas. La pobreza se difundió en todas las provincias. Los casos de desnutrición infantil crecieron y los medicamentos empezaron a escasear. La mayor parte de la gente protestaba por las calles de modo pacífico, percutiendo cacerolas con tapaderas, cazos y cucharas.
Gael también tomaba parte en las marchas de los caceroleros. El corralito y la abolición del cambio a tasa fija habían bastante perjudicado a su familia, demediando los pocos ahorros que había logrado acumular con grandes sacrificios. A pesar de las estrecheces económicas en las que siempre había vivido y las recurrentes crisis depresivas de su padre, Gael tenía un carácter extrovertido, vivaracho y optimista. Su único dolor era lo de no haber todavía logrado hallar a su primo, el hijo de la hermana de Gabriel raptado por los militares. Cursaba la Escuela de Bellas Artes y desde la edad de dieciocho años se desempeñaba como almacenero en un supermercado. En el poco tiempo libre que le quedaba participaba en las actividades de la asociación Hijos, constituida por los hijos de los desaparecidos, de los prisioneros políticos, de los asesinados y de los exiliados víctimas de la última dictadura. No se echaba nunca atrás cuando se debía hacer una manifestación de protesta o un escrache, es decir un acto de repudio público, frente a la casa de un ex represor. Afortunadamente se parecía a su madre y no había heredado ningún rasgo somático de su verdadero padre.
Gabriel tenía el pelo entrecano, pero conservaba una cara de muchachito, sólo rayada por unas arrugas. Tomaba regularmente antidepresivos y como consecuencia su expresión siempre era atontada. Se sentía un fracasado porque no trabajaba y eran su esposa y sus suegros los que lo mantenían.
Soledad, después de la licenciatura en Letras, había encontrado una colocación de profesora en un colegio privado. Físicamente se quedaba todavía muy linda, sólo más madura. No había logrado tener otros hijos con Gabriel, y éste era uno de los más grandes dolores de su vida.
La situación económica y social cada día más dramática llevó a Gael y Soledad a la decisión de emigrar al extranjero junto a Gabriel. Irían a vivir en Italia. En Milán residían algunos primos de Andrés que se habían ofrecido para ayudarlos a encontrar una casa y un trabajo, por lo cual resolvieron establecerse en la capital lombarda. Si todo hubiera ido bien, más adelante Andrés y Matilde también los alcanzarían.
Para obtener la ciudadanía italiana indispensable para la expatriación Soledad y Gael tuvieron que esperar horas y horas en cola en el atestadísimo Consulado Italiano en Buenos Aires. Eran millares los argentinos oriundos italianos como ellos que esperaban encontrar en su patria de origen nuevas oportunidades y un futuro mejor.
En Italia los Díaz alquilaron una vivienda de dos piezas de 50 metros cuadrados incrustada en los 60 departamentos que componían un enorme edificio color ratón de la periferia de Milán.
Soledad fue contratada en una casa de reposo. Cuidaba a los ancianos y hacía limpiezas durante las horas nocturnas. Al contrario de su madre, Gael no conseguí encontrar una ocupación estable. Como tantos otros inmigrados, trabajaba ocasionalmente y en negro. Por un rato hizo el albañil y el lavaplatos en un restaurante, luego comenzó a repartir octavillas publicitarias. El chico era frustrado porque ganaba poquísimo. Aunque su sueño era ser artista se habría conformado con un puesto de obrero o de dependiente de comercio, con tal que le asegurara un sueldo cierto. Además estaba preocupado por su madre: temía que la mujer se cansara demasiado trabajando por la noche y que se enfermara.
Gael estaba preocupado por su padre también. Gabriel en efecto no se encontraba bien en Italia, a menudo tenía pesadillas y añoraba mucho a sus suegros.
Una fría y oscura mañana de un viernes de enero de 2003 Gael se fue a distribuir octavillas en un elegante barrio residencial de la ciudad. Llovía a cántaros, con violentas ráfagas de viento que estremecían los paraguas. Las luces amarillas del las farolas todavía estaban encendidas cuando Gael embocó una larga avenida costeada por dos hileras de arces desnudos y con el aire espectral. Llegado delante del buzón de un gran chalé señorial al lado de la avenida, se agachó para abrir la bolsa con ruedas llena de folletos que arrastraba. En aquel mismo instante la cancela automática del chalé se abrió de par en par y del jardín salió un auto negro de gran cilindrada que se alejó zumbando, pasando sobre un gigantesco agujero del asfalto y salpicandole encima una gran cantidad de agua.
Después de pocos segundos del jardín salió otro coche de gran cilindrada de color azul oscuro, a velocidad menos alta. Gael fue invertido de nuevo por el agua sucia del charco y imprecó en voz alta.
Un hombre de unos treinta años en saco y corbata se bajó del vehículo y abrió un paraguas para protegerse de la lluvia. Sin dejarle el tiempo de hablar, Gael lo atacó:
- ¿Quién te crees que eres? No tienes ningún respeto por los peatones. Sólo porque viajas en un auto grande como un portaaviones ¿te sientes el patrón de la calle?
- Disculpa. No lo hice adrede. Estaba distraído.
Gael sacó de la bolsa un folleto ensopado.
- Mira mis volantes. Están para tirarlos a la basura.
- Si quieres te doy ropa seca.
- Es el mínimo que tú puedas hacer.
- Vamos a mi casa.
- Tú eres argentino como yo, ¿verdad? Se siente por la tonada.
- Mi padre es argentino. En cambio mi madre había nacido en los Estados Unidos. Yo tengo la doble ciudadanía.
- ¿Tu madre ya no está entre nosotros?
- No. Murió en un accidente de tránsito, hace dos años.
- Lo siento... Yo también tengo la doble ciudadanía pues mis bisabuelos maternos eran lombardos. Es gracias a ella que pude venir a vivir en Italia. En Argentina la crisis económica llevó al hambre a millones de personas y va de mal en peor. Todos los que tienen la posibilidad emigran.
Gael y el propietario del chalé atravesaron un jardín de imponentes magnolias seculares. El terreno estaba cubierto de grava perfectamente nivelada. Una senda de piedras de corte irregular conducía a una escalinata encima de la cual se recortaba una puerta de madera taraceada. Al final del jardín, a la derecha, había una piscina con el trampolín.
Entraron en un amplío salón, dejando huellas mojadas sobre el parquet con las tablas dispuestas a toldilla de barco. El entorno, a causa de los muebles antiguos y del sofá de terciopelo con el mismo color granate de las cortinas, era algo tétrico. Una chimenea apagada emanaba una agradable tibieza. Al centro del cielorraso descollaba una araña con dieciséis brazos de vidrio de Murano.
- ¡Ésta no es una casa! ¡Es un palacio real! - exclamó Gael, impresionado por todo aquel lujo - Debes de estar podrido de dinero. ¿Cuál es tu trabajo?
Era el 21 de septiembre de 1976. Soledad y sus padres, Andrés y Matilde Bianchi, estaban desayunando en el living de su chalé, en el barrio Palermo de Buenos Aires.
Seis meses atrás, el 24 de marzo, los comandantes en jefe del ejército, general Jorge Rafael Videla, de la armada, almirante Emilio Eduardo Massera y de la fuerza aérea, brigadier Orlando Ramón Agosti con un golpe de estado habían destituido a la presidenta Isabelita Perón instaurando una junta militar, de la que Videla había sido designado presidente. Los golpistas habían declarado el estado de sitio, disuelto el parlamento, removido a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, suspendido la constitución y las actividades políticas y sindicales. El nuevo gobierno militar había obtenido el apoyo, en algunos casos entusiasta, en otros resignado, de muchas fuerzas políticas y de los medios de comunicación y había sido reconocido oficialmente por la mayoría del episcopado argentino y por casi todas las otras naciones.
Desde el inicio del siglo en la Argentina los régimenes civiles y las dictaduras militares se alternaban de continuo, por lo cual el último golpe no había suscitado particulares preocupaciones en la población. Además el gobierno presidido por la viuda de Juan Perón, sucedida a su marido en 1974, había sido fuertemente debilitado por una grave crisis económica y por una guerrilla interna desencadenada por dos grupos armados: los Montoneros, que se inspiraban en las ideas socialistas de Perón y el Ejército Revolucionario del Pueblo, que representaba la izquierda más radical. Un amplio sector de la sociedad, constituido sobre todo por las clases empresariales y más acomodadas, ponía muchas esperanzas en el Proceso de Reorganización Nacional elaborado por la junta, cuyos objetivos principales eran debelar el terrorismo, restablecer la seguridad y el orden social, defender los valores de la moral cristiana y sanear la economía.
- ¿Puedo irme a estudiar a casa de Luisa después de las lecciones? - preguntó Soledad.
- Está bien pero no tardes. - le recomendó su padre.
- Prometo que regresaré antes de las cinco.
Andrés abrigaba mucha confianza en su hija, que siempre se había demostrado obediente y juiciosa. Soledad cursaba el bachillerato en letras y era su orgullo. Tenía dieciocho años, rasgos delicados, la tez clara, el pelo largo, castaño y liso y una mirada dulcísima.
Andrés y Matilde eran empleados estatales y como millones de sus connacionales tenían orígenes italianos: sus familias habían emigrado a la Argentina de Lombardia en los años ’20. Los padres de Andrés, partidos con escasos recursos de Meda, en Buenos Aires habían abierto una pequeña fábrica de muebles, gracias a la cual habían podido hacer estudiar a sus dos hijos hasta la licenciatura. El padre de Matilde, en cambio, un ingeniero nacido en Erba, había fondado una de las más renombradas empresas constructoras de la capital.
Soledad se levantó y dio un beso a sus padres.
- Me voy si no pierdo el colectivo. - dijo corriendo fuera de la habitación.
Mientras Soledad iba al colegio, en un departamento de un elegante condominio del barrio Retiro Gustavo Gutiérrez, coronel del ejército, desayunaba con su esposa Susan y su hijo David, de cinco años.
Gutiérrez tenía cuarenta años, rasgos marcados y los ojos y los cabellos negros azabache, heredados de sus antepasados españoles. Su mujer, de diez años más joven, tenía el pelo rubio, la piel diáfana y los ojos azules.
- Esta noche ¿vemos la televisión juntos? - le preguntó David a su padre.
- No es posible. Hoy tengo que hacer horas extras y volveré tarde a casa, cuando tú ya estarás en la cama.
- ¡No! - exclamó David poniendo hocicos.
- Ningún berrinche. No lo tolero.
- Mamá dice que tú haces un trabajo importante.
- Muy importante. Doy caza a los malos y los capturo, como los shérifs en las películas de vaqueros.
- No des detalles. - intervino Susan - El niño es demasiado pequeño para entender y el único resultado que obtienes es asustarlo.
En el rostro del oficial apareció una expresión de asco. El hombre maldijo el día en que se había enamorado de su esposa. La había conocido seis años atrás, con ocasión de un curso de adiestramiento en los Estados Unidos, en Florida. Había sido un flechazo por ambos y tres meses después se habían casado. Susan pertenecía a una adinerada familia católica de la alta burguesía. De una belleza celestial, se parecía a un hadita buena y gentil. Ya durante la luna de miel, pero, se había transformado en una pérfida bruja. Moralista hasta rozar el fanatismo, hacía tragedias interminables por una simple palabrota. Para ella las apariencias eran más importantes que cada otra cosa. Cuando había nacido David, nueve meses después de la boda, se había puesto aún más intransigente e insoportable. Para evitar las quejas de su mujer Gutiérrez en casa tenía que reprimir constantemente su temperamento irascible y impetuoso. Por suerte tenía su trabajo. En la oficina estaba libre de ser él mismo sin censuras y podía desahogar sobre sus subordinados la bronca acumulada entre las paredes domésticas.
El coronel se limpió la boca con la servilleta.
- Me voy. - dijo tirando la servilleta sobre la mesa.
Luego se levantó de un brinco y con pasos rápidos salió de casa.
Regresando de la escuela Soledad y su compañera de clase Luisa pasaron delante de la entrada de un cementificio, precisamente mientras por la cancela estaba saliendo un pequeño grupo de obreros.
- ¡Está ahí! - exclamó Soledad en voz baja, ruborizandose al ver a un chico sobre los veinte años bastante delgado, de mediana estatura y de pelo castaño rizado.
- ¿Te decides o no a saludarlo? - la exhortó Luisa.
- Me avergüenzo. Él tiene que tomar la iniciativa.
- Si es tímido como tú nunca lo hará. Ahora le pregunto qué hora es.
- ¡No! ¡Por favor!
El chico se acercó a las dos jóvenes y se dirigió a Soledad.
- ¡Hola!
Soledad continuó caminando. El chico la siguió, la superó y se le colocó delante para pararla.
- Podrías dignarte a devolver mi saludo. - le dijo - ¿O te sientes demasiado superior a un pobre obrero como yo?
- Yo no te conozco. - replicó Soledad incómoda.
- ¿Cómo no? Llevamos un mes viéndonos todos los días cuando yo salgo de la fábrica y tú del colegio.
Luisa se alejó velozmente, con la excusa que tenía que ir a una cita con el dentista. El chico aprovechó para ofrecerse de acompañar a casa a Soledad.
- A pie, porque el auto no lo tengo.
La joven, aunque titubeante, consintió.
- Está bien.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad... ¿Y tú ?
- Gabriel... Gabriel y Soledad. Suena bien.
El cielo azul estaba límpido. El aire estaba tibio. Las frondas de los árboles susurraban, agitadas por una brisa liviana.
Gabriel propuso a Soledad de dar un paseo en un gran parque que costeaba la calle. En un día tan bonito era una lástima estar encerrados en casa. Ella rechazó su invitación.
- No puedo. Tengo que estudiar.
Gabriel no se dio por vencido y entró en el parque, incitándola:
- ¡Dale! ¡Ven!
Soledad lo alcanzó y se aventuraron juntos entre jacarandás y palmeras y prados bien cuidados. Después de una inmersión de casi una hora en la naturaleza, los dos jóvenes se sentaron en un banco, delante de un pequeño lago artificial.
- Mis padres viven en el campo y cultivan la tierra. - empezó a contar Gabriel - Hasta los dieciséis años yo también trabajé en los campos, luego me trasladé a Buenos Aires para ser obrero. Desde este año concurro al colegio nocturno porque no quiero quedarme un ignorante por siempre.
- Tú no eres para nada ignorante... Debe ser duro trabajar y estudiar al mismo tiempo.
- ¡Ya! Además tengo también otra actividad que me absorbe mucho.
- ¿Cuál?
- Debo confesarte algo. No lo digas a nadie. Soy un revolucionario comunista.
- ¿Qué?
El término revolucionario alarmó a Soledad. La política no la interesaba y la atemorizaba la presencia en su escuela de asociaciones estudiantiles que hablaban de lucha armada y cambios drásticos en la sociedad.
- Bromeaba. - dijo Gabriel - Sólo soy afiliado al sindicato. Me bato para que sean respetados los derechos de los trabajadores, no pongo bombas en los cuarteles.
- No se bromea sobre ciertos argumentos.
- Tienes razón. Discúlpame... El dueño de mi fábrica nos considera los obreros algo más que esclavos. Yo soy el único que se rebela a sus abusos. En cambio mis colegas soportan todo sin resollar. Pero los comprendo. Hoy en día se debe estar muy atento a lo que dice. Sólo por haber expresado sus opiniones, decenas de personas fueron eliminadas.
- ¿Dónde? ¿Aquí en la Argentina?
- Sí.
- No lo sabía.
- No eres la única. La mayor parte de la gente ignora, o finge ignorar, que desde cuando Videla ha llegado a ser presidente comenzó una verdadera persecución hacia la oposición. Quieren hacernos desaparecer. Los militares van por la noche a las casas de los militantes políticos y los raptan, llevándose los documentos, las fotografías, los vestidos, incluso los muebles. Luego las autoridades tratan de convencer a los parientes de los secuestrados que sus seres queridos se alejaron voluntariamente. Pero no es todo. Los pocos afortunados que volvieron contaron que fueron encerrados en prisiones secretas y torturados por días.
Soledad se sintió invadir por una sutil angustia.
- ¡Es terrible! Nunca hablaron de esto en el telediario.
- Y nunca lo harán. Los medios de comunicación son controlados por el gobierno, que es el principal responsable de estas atrocidades.
- ¡Basta ya! Ya no quiero sentir estas cosas.
Soledad estaba trastornada.
- Discúlpame. Debía habérmelo imaginado que mis palabras te asustarían. Desgraciadamente es todo verdadero.
- Podría acontecerte a ti también.
- ¿Te sentiría?
- Sí. Mucho.
- ¿Quieres venir a cenar a mi casa? No pienses mal. No vivo solo. Me hospeda un colega casado.
- Mis padres no me permiten salir por la tarde. Son muy aprensivos conmigo.
- ¿Eres hija única?
- Sí. ¿Tú tienes hermanos?
- Una hermana y un hermano mayores que mí, ya casados. Ellos también viven en Buenos Aires... Pronto me convertiré en tío. Mi hermana está embarazada de dos meses. Espero que dé a luz a un varón.
- Vosotros hombres sólo deseáis a varones. A mí en cambio me gustaría tener una niña.
- A mí también. Pero el primogénito tiene que ser un varón... Di a los tuyos que vas al cine con una amiga.
- Es mejor que no.
- ¿No te fías de mí?
- ¿Por qué no debería fiarme?
- Entonces llámalos.
Gabriel y Soledad se dirigieron hacia un teléfono público. La joven entró en la cabina y discó un número.
- Mamá, ¿puedo ir al cine con Luisa, esta noche?... Estudiamos todo el día... Sólo por esta noche. ¡Por favor!... Intenta convencerlo... Quédate tranquila. No me sucederá nada. ¡Chau!
Soledad salió de la cabina con una sonrisa radiosa.
- Dijeron que sí.
Gabriel la llevó de la mano. Después de pocos pasos se paró y la besó delicadamente sobre los labios. Soledad le devolvió su beso. En aquel momento el chico sintió que había encontrado a la compañera que cada hombre busca: la con la que formar una familia y compartir el camino de la vida.
Gabriel habitaba en una humilde vivienda con el techo de chapa y enlucida sólo en el interior. El colega que lo hospedaba tenía dos hijos, un varón de cuatro años y una niña de seis. Su esposa se desempeñaba como empleada doméstica. Soledad sintió cierta incomodidad al compartir la misma mesa con personas desconocidas y tan diferentes de ella: no estaba acostumbrada.
Después de haber cenado Gabriel y Soledad se encerraron en el cuarto del joven y pasaron media hora besándose, hasta que en Soledad prevaleció la sensatez.
- Ahora tengo que irme. Es tardísimo. Si mis padres descubren que estoy aquí contigo no me dejarán más salir de casa.
- Quédate todavía un rato. - le dijo Gabriel tratando de desabrocharle la blusa.
Ella se apartó de su abrazo.
- ¡No! No me siento todavía lista para hacer ciertas cosas. Apenas nos conocemos.
- Estamos juntos desde un mes.
- No es verdad.
- Me has gustado desde el primer momento en que te vi.
- Tú también.
- Entonces estamos juntos desde un mes.
Soledad consideraba la que apenas había nacido con Gabriel su primera relación importante. Siempre había tenido filas de admiradores, por los que se dejaba cortejar por vanidad, concediéndoles a lo más algún casto beso, pero ninguno de sus pretendientes nunca le había hecho palpitar fuerte el corazón como Gabriel. La diferencia de clase no constituía un problema. Sus padres no tenían prejuicios hacia los pobres y nunca se opondrían a su casamiento. Y además Gabriel estaba estudiando para egresar y ella le ayudaría a buscar un trabajo mejor.
Desde la cocina llegaron golpes y gritos. De repente la puerta se abrió y cuatro individuos armados de pistola irrumpieron en el cuarto.
- ¿Eres tú Gabriel Díaz? - preguntó uno de ellos.
- Sí. Ella no tiene nada que ver. Tomen sólo a mí.
Los cuatro hombres esposaron a Gabriel y Soledad de modo brutal y les vendaron los ojos. Gabriel intentó una reacción y gritó:
- ¡No la toquen!
Como castigo recibió un puñetazo en el abdomen. Luego a él y Soledad los arrastraron a la calle y los hicieron tumbar en el fondo de un Ford Falcon verde que partió a toda velocidad. Mientras tanto otras personas saquearon la casa y cargaron los objetos robados, de los que hacían parte los muebles también, en un furgón.
- Gabriel, ¿te hicieron daño? - preguntó Soledad, aterrada y aturdida.
- No te preocupes. Estoy bien. - le dijo el chico para tranquilizarla.
Uno de los secuestradores los acalló amenazando:
- ¡Silencio! u os mato a ambos.
Tres Ford Falcon verdes entraron en el garaje subterráneo de una gran construcción de color marrón oscuro, bajo y escuadrado. Los primeros dos transportaban al colega de Gabriel, su esposa y sus dos hijos. El último transportaba a Gabriel y Soledad.
Diez hombres armados condujeron a los cautivos a lo largo de los pasillos del edificio. La escasa iluminación y el mobiliario vetusto conferían al entorno una atmósfera lúgubre.
En la habitación donde fue hecho entrar Gabriel estaba Gutiérrez, sentado a un escritorio. Una fotografía enmarcada del presidente Videla y un retrato de la Virgen descollaban en el muro, a la espalda del coronel.
Mientras la puerta de su oficina se cerraba, Gutiérrez dijo con una sonrisa amenazadora:
- De ti me ocupo yo, muchacho.
Soledad fue llevada a otra habitación e interrogada con tono duro por un hombre con el uniforme de teniente del ejército.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad Bianchi.
- ¿Cuál es tu nombre de guerra?
- No entiendo. Debe haber habido un error. Yo y Gabriel no hicimos nada malo.
- ¿Cómo se llaman los amigos de tu chico? ¿Dónde se encuentran?
- No conozco a los amigos de Gabriel.
- Si quieres salir de aquí tienes que decirnos todo lo que sabes.
- Yo no sé nada.
El teniente se puso a los hombros de Soledad y le sacó la venda. La joven vio una mesa metálica rectangular en cuyos bordes estaban fijadas unas cuerdas y poco lejos un mueble bajo sobre el que estaba apoyado un generador de corriente eléctrica.
- Mira qué te espera si no hablas. Ésa es una picana. Ahora te ato a la mesa y te hago ver cómo funciona.
La puerta se abrió y entraron dos individuos sobre los cuarenta años con el uniforme de sargento. Uno, apodado Rubio, era achaparrado, con la tez aceitunada y una gran cabellera teñida de rubio platino. El otro, apodado Ramón, larguirucho y de una palidez cadavérica, tenía las mejillas picadas de acné y ralo pelo castaño.
- Tenemos la orden de llevar a la detenida a una celda. - dijo el Rubio.
- ¡Lástima! - exclamó el teniente - Me divertiría con ella.
El Rubio y Ramón colocaron de nuevo la venda a Soledad y la condujeron a un tabuco sucio y sin ventanas. Luego le arrancaron la ropa de encima. Ella gritó y se debatió con todas sus fuerzas, pero en vano, y no pudo impedir que la violaran. Después de diez minutos los dos militares salieron de la celda carcajeándose. Soledad en cambio, acurrucada en el suelo, sollozaba desesperada. La joven recordó las palabras de Gabriel en el parque y entendió: se había convertido en una desaparecida.
Soledad no sabía que se encontraba en un almacén de propiedad del ejército transformado en uno de los 500 centros ilegales de detención en los que eran recluidos los opositores políticos. Ignoraba que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ejército, fuerza aérea, marina y policía federal habían sellado un pacto criminal para eliminar a quienquiera podía representar una voz de disenso a los tráficos turbios de la junta. En realidad la guerrilla había sido casi completamente derrotada ya durante el gobierno de Isabelita Perón por la Alianza Anticomunista Argentina, apodada Triple A, una organización paramilitar fundada en junio de 1973 por José Daniel López Rega, el más estrecho colaborador de Perón y luego de su esposa. Los golpistas interpretaban el papel de los que sacarían la Argentina de sus problemas sociales y económicos, pero su único fin era apropiarse de los puntos clave del poder y enriquecerse.
El centro en que Soledad había sido encerrada se llamaba El Circo.
El director de El Circo era el coronel Gustavo Gutiérrez, apodado Lobo por sus hombres.
Entrampada entre las macizas paredes de El Circo, Soledad pasó del desaliento a la total abulia. Estaba todo el día sentada en el suelo, con la mirada fija en el vacío, sin hablar, comiendo y bebiendo casi nada, indiferente a todo, también a los gritos y a los lamentos que provenían de las celdas adyacentes a la suya. Tampoco descubrir que estaba embarazada sacudió su apatía.
Extrañamente los militares le ahorraban el trato a base de golpizas e insultos que les infligían a los demás detenidos. También el Rubio y Ramón, después del primer día, ya no la habían violado, aunque seguían dirigiéndole piropos vulgares. Además le habían sacado las esposas y la venda, a condición de que nunca los mirara a la cara.
Por tres meses Soledad compartió su celda con otra chica, con la que intercambió poquísimas palabras. Luego su compañera fue trasladada a una cárcel legal.
En El Circo valían las mismas reglas de los otros centros clandestinos de detención. Entrando en esos lugares, generalmente ubicados en el interior de escuelas militares, cuarteles y comisarías, los desaparecidos perdían su identidad y se convertían en un número. No podían decirle a nadie su nombre, siempre estaban vendados o encapuchados y cada día padecían torturas y sevicias sexuales. Después de tres meses de permanencia los mataban. Para no suscitar en ellos sospechas, mientras los llevaban al lugar de la ejecución los carceleros les hacían creer que los estaban trasladando a un penitenciario legal.
Despojar a los desaparecidos de cada su haber era la regla para los militares, que a menudo peleaban furiosamamente a la hora de repartirse el botín. Los presos políticos que poseían propiedades inmobiliarias eran obligados a registrarlas a nombre de sus verdugos.
Los hijos de los desaparecidos eran llevados a un orfanato, o bien eran encarcelados y torturados para constreñir a sus padres a confesar, y en algunos casos morían. Los que eran muy pequeños y los nacidos en prisión eran adoptados por miembros de las fuerzas armadas y de la policía.
Recorriendo el pasillo, David sintió voces procedentes del salón. Impulsado por la curiosidad, el niño miró dentro de la habitación, a través de la puerta quedada entornada. Su madre estaba sentada en un sillón, rígida e impasible. Frente a ella, en un sofá, estaban sentados un hombre y una mujer que nunca había visto.
- Usted es nuestra última esperanza, señora Gutiérrez. - dijo la mujer - Llamamos a todas las puertas, inútilmente. Le suplico, pida a su marido que interceda por nuestra hija. Soledad nunca se ha ocupado de política. Fue arrestada por error.
Andrés y Matilde Bianchi, después de una extenuante e infructuosa búsqueda antes entre los amigos y los compañeros de escuela de su hija, luego en todos los hospitales de Buenos Aires, por fin habían descubierto que la desaparición de Soledad era ligada a la actividad sindical de Gabriel y era obra de las fuerzas armadas. Entonces habían presentado un hábeas corpus en el juzgado, que había sido rechazado, y se habían dirigido a cualquiera institución que pudiera ayudarlos a hallar a la chica: del Ministerio del Interior al Arzobispado, de la Embajada de Italia a la Nunciatura italiana. Sólo habían conseguido rechazos y mentiras, hasta que una conocida les había aconsejado que contactaran a una amiga suya, esposa de un coronel del ejército.
- No puedo ayudarles. Lo siento. - dijo Susan con frialdad.
Matilde empezó a llorar silenciosamente, luego se enjugó las lágrimas con una mano. David entró en el salón y se le acercó.
- ¡David! Vete a jugar en tu cuarto. - le mandó su madre.
- ¿Por qué lloras? - preguntó David, asombrado y al mismo tiempo disgustado.
- Porque se llevaron a mi niña.
Cuando los Bianchi se hubieron ido Susan le ordenó a su hijo que no referiera nunca a nadie, tampoco a su papá, lo que apenas había visto y oído. David obedeció, pero la imagen del rostro transido de dolor de la desconocida le quedaría grabada indeleblemente en la memoria por el resto de su vida.
El Rubió se fue a dar parte a su jefe junto a Ramón.
- Me felicito con vosotros. ¡Un trabajo excelente! - dijo Gutiérrez con un tono impregnado de ironía a los dos sargentos - Capturasteis a la persona equivocada y Carlitos logró escapar.
- Ésos dos se semejan como gotas de agua y tienen también el mismo auto. - se justificó el Rubio.
- No busques excusas, ¡hijo de puta! - estalló el coronel - Ocho meses de investigaciones tirados al retrete. Sois dos pelotudos incapaces. Si continuáis así os hago echar del ejército a patadas en el culo.
Además de considerarlo un imbécil, al igual que todos los otros suboficiales, Gutiérrez sentía repulsión hacia el Rubio. Se le revolvía el estomago a la vista de sus adiposidades desbordantes, de su monstruosa papada, de su uniforme perennemente manchada de sudor, de sus ridículos cabellos, que se había teñido de rubio para parecerse a un famoso divo de las telenovelas.
- ¿El prisionero lo liberamos? - preguntó Ramón.
- No. Se convirtió en un testigo incómodo. Tenerlo aquí por un rato y luego eliminarlo.
Al improviso la puerta se abrió de par en par y un hombre con bata blanca entró en la habitación preguntando en voz alta:
- ¿Dónde está el buró barroco?
- ¡Fuera! - les ordenó Gutiérrez con rabia reprimida al Rubio y a Ramón, quienes volaron.
El coronel nunca se había llevado bien con el doctor Francesco Salvio: lo consideraba una espía y un lameculos, un individuo mezquino, traidor y malévolo, siempre pronto a arrear con todo lo que le caía entre las manos.
- No se permita nunca más entrar en mi oficina sin llamar. El buró lo tomó el teniente Contreras.
Salvio protestó.
- Ese mueble era mío. Lo había prometido a mi esposa. No es justo que usted siempre se tome las cosas más lindas o las venda a sus amigos. Yo también tengo mis derechos.
- Esta cárcel la dirijo yo. A mí me corresponde establecer la utilización y el destino de los bienes secuestrados a los terroristas. Le aconsejo no darme problemas, de lo contrario me veré constreñido a tomar medidas disciplinarias hacia usted. Haga su trabajo y basta, doctor... A propósito de trabajo, ¿cómo está Soledad Bianchi?
- Está muy débil. Rechaza la comida. Quiere dejarse morir.
- Morirá cuando yo lo decida.
- ¿A quién dará al bebé?
- Al mejor oferente. Yo no regalo nada a nadie.
- Lo sé. ¿Ya recibió propuestas?
- Sí, y algunas eran realmente interesantes. Pero pienso que podría sacar mucho más. La chica es deliciosa y parirá de seguro a un hijo sano y precioso.
- Si se parecerá a su padre no será muy precioso. El Rubio y Ramón son repugnantes.
- Creía que Bianchi ya estaba embarazada cuando llegó aquí.
El doctor Salvio sonrió malignamente.
- No, absolutamente no. - dijo negando con la cabeza - Le contaron trolas.
Luego emitió un suspiro.
- Mi querido coronel, lo siento por usted pero temo que deberá conformarse con una suma muy inferior a la que esperaba. Si va a nacer un pequeño monstruo, como es probable, será difícil colocarlo en el mercado. También ofreciéndolo a precios tirados.
El coronel apretó los puños. Sus ojos llameaban como los de un toro embravecido.
Sólo fue la perspectiva de ser despedido a retenerlo de arremeter contra Salvio.
- Levántate y sígueme sin protestar. Tienes que ser trasladada a otra prisión. - le intimó el Rubio a Soledad.
Después de haberla guiada a lo largo de los pasillos de El Circo, el sargento vendó a la joven y la hizo tumbar en el fondo de un auto. Luego se sentó en el asiento trasero. El coche, manejado por un colega suyo, se puso en marcha y salió del patio del edificio, embocando una calle muy traficada y llena de gente. Después de cerca de media hora el vehículo llegó a una plaza desierta y se paró. El Rubio levantó a Soledad por el pelo y la empujó fuera del auto, haciéndola caer a tierra. El coche volvió a partir y se alejó. Soledad se quitó la venda y se miró alrededor, confusa y asustada. Después de algunos minutos llegó a la plaza otro vehículo, que se paró cerca de ella. Los dos ocupantes se bajaron. Eran sus padres.
- ¡Mamá! - exclamó Soledad.
- ¡Soledad! No temas. No te llevarán más. - le alentó su madre, abrazándola.
- No me encuentro bien. ¡El niño! ¡Está por nacer!
Los Bianchi subieron a su auto y se precipitaron en el primer hospital que encontraron a lo largo de la calle.
Pocas horas después Soledad yacía en una cama de un departamento de maternidad, débil y dolorida. Los sufrimientos del parto la habían extenuado.
- Apenas vimos al bebé. Es guapísimo. - le dijo su madre.
- ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo dejaron libre?
- No sabemos nada de él.
Soledad cerró los ojos y se esforzó para no pensar en nada. Durante su breve estancia en el hospital, con el pretexto que se sentía cansada, nunca amamantó ni tomó en brazos a su hijo.
El día en que a Soledad le dieron el alta su padre, acompañandola a casa, estacionó el coche delante de un edificio popular y le anunció con cierta incomodidad:
- Ahora habitamos aquí.
Subido las escaleras hasta el tercer piso, los Bianchi entraron en un pequeño departamento decorado modestamente. Soledad se miró alrededor asombrada.
- Ven al dormitorio a ver qué bonita cuna compramos por el niño. - la invitó su madre, que tenía en brazos a su nietito recién nacido.
- ¿Nuestra casa, nuestros muebles? - preguntó la chica.
- La tomó un militar, junto a todos nuestros ahorros, a cambio de tu excarcelación. - la informó Andrés tristemente.
- ¿Por qué Gabriel no fue liberado?
- No lo sabemos.
- No me queda nada de mi Gabriel, tampoco una fotografía. - dijo Soledad con la voz quebrada por el llanto.
Matilde trató de confortarla.
- Te queda su hijo.
- ¡Ése no es su hijo! ¡No lo quiero! ¡Llevarlos! ¡No lo quiero! - gritó Soledad, abandonándose a una crisis histérica.
- No hagas así. Es tu niño.
- ¡Lo odio!
El militar que había hecho excarcelar a Soledad era Gutiérrez. El coronel se había dirigido a las únicas personas dispuestas a desembolsar cualquier cifra para obtener al hijo de la joven: sus abuelos. Habría preferido hacer negocios con gente de su mismo entorno, pero nadie quería a los niños feos y morochos. Corría el riesgo de deber reembolsar el dinero ganado, o en el mejor de los casos de conceder un considerable descuento sobre la mercancía. Por lo tanto había decido ir sobre seguro contactando a los Bianchi.
Andrés y Matilde miraron a su nieto, quien dormía plácidamente en su cuna. La mujer embozó la sábana y la manta al pequeño, luego ella y su marido alcanzaron a su hija, tendida sobre el sofá del living.
- Nosotros vamos a trabajar. No hagas esfuerzos. Estás todavía muy débil. - le recomendó a Soledad su padre.
- ¿Por qué no pruebas a amamantar al niño? - le preguntó su madre. - La leche es tan cara.
- Si no tenemos bastante plata para mantenerlo llevarlo a un orfanato. No creo que cuando Gabriel vuelva querrá cuidarlo. - replicó ella secamente.
En cuanto la puerta de casa se cerró a la espalda de Andrés y Matilde, Soledad se levantó del sofá y se pusó un par de zapatos y un gabán. Luego, después de haberse asomado a una ventana para controlar que los suyos se hubieran alejado, salió del departamento, en busca de noticias de su novio.
El empresario de Gabriel se mostró contento de que el joven hubiera desaparecido.
- No tenía ganas de trabajar. Y instigaba a los demás obreros contra mí. Se habrá ido a vivir al mar junto con una bella chica. - le dijo con crueldad a Soledad, haciéndola huir en lágrimas.
El hombre no agradecía la presencia de enlaces sindicales en su fábrica porque quería ser libre de explotar a sus dependientes cómo y cuánto le gustaba. Él había sido quien había hecho secuestrar a Gabriel denunciándolo a los militares como un hostigador marxista. En prueba de gratitud por su contribución a la lucha contra el terrorismo Gutiérrez se había convertido en el amante de su esposa. Sucesivamente lo haría secuestrar y torturar por quince días. Luego lo constreñiría a venderle su fábrica por una suma irrisoria y por fin lo daría como comida a los chanchos.
Cuando Soledad, después de años, se enteró de su muerte horrible sintió un vivo placer.
Al final de la mañana Soledad entró en el confesionario de la iglesia de San José y entrevio el perfil de un hombre de alrededor de treinta años, de contextura robusta, con la barba y el pelo rojo. La joven se sentía angustiada y agotada. Había transcurrido cuatro horas atraviesando en balde la ciudad de una parte a otra. Parecía que a Gabriel se lo hubiera tragado la tierra.
- Necesito su ayuda para hallar a mi novio, padre Renzo. - dijo Soledad - Hace nueve meses fuimos secuestrados. En la prisión a la que nos llevaron habían capellanes del ejército como usted.
- ¿Capellanes del ejército? ¿Estás segura? ¿Les viste personalmente? - le preguntó el sacerdote.
- No, pero otros detenidos hablaron con ellos. Quizás usted los conozca.
- Creo que no... ¿Cuál es el nombre de guerra de tu novio?
- No tiene un nombre de guerra.
- ¿Qué hizo?
- Nada. Gabriel es un bueno chico.
- Entonces ¿por qué fue arrestado?
- No lo sé. Probablemente lo tomaron por otra persona.
- Mi querida hija, si no me cuentas la verdad no puedo ayudarte. Para conseguir localizar a tu novio tengo que conocer su nombre de guerra, los nombres de sus compañeros, los lugares donde se reunían.
- Gabriel no es un terrorista. Le ruego, me ayude. Ya no sé a quién más recurrir. Tengo un hijo con él.
- Se precisará mucho dinero.
- Ya no tenemos plata.
- Entonces temo que no podré hacer nada por ti.
Después del coloquio con el padre Renzo Soledad volvió a su casa. Desde la planta bajo oyó los chillidos de un recién nacido. En el descansillo de su departamento la esperaba una mujer rolliza con la piel marchita, que la atacó:
- Es toda la mañana que el bebé llora. No se deja a una criatura tan pequeña sola por todas estas horas. La próxima vez que sucede llamo a la policía.
Soledad no contestó, sacó un manojo de llaves de su cartera, abrió la puerta y entró en casa. Luego se fue directamente al dormitorio y se acercó a la cuna. El rostro de su hijo estaba contrato en una mueca dolorosa. Sus manitas apretaban el puño.
- ¡Deja! ¡Deja de llorar! ¡Me molestas! ¡Deja! - gritó la chica.
El niño siguió chillando a voz en cuello.
- ¡Soledad! - exclamó Matilde abriendo la puerta, regresando del trabajo junto a su esposo - La vecina me dijo que esta mañana saliste.
Con su gran estupor, Andrés y Matilde encontraron a su hija sentada en el sofá, amamantando a su niño.
En Soledad el amor era más fuerte que el odio.
- No preocuparos. - dijo la joven - Ya no dejaré solo a mi pequeñito. Mirar cuánto chupa. Lloraba porque tenía hambre, pobrecito.
- Debemos pensar en el bautismo. ¿Cómo quieres llamarlo? - le preguntó Matilde.
- Gabriel. Como su padre.
Soledad se puso de repente triste.
- Tengo mucho miedo a que se lo lleven.
- Quédate tranquila. Nadie te hará más mal, ni a ti ni a tu hijo. - le dijo Andrés.
- Hasta que los militares estarán en el poder nunca me sentiré tranquila.
Soledad se dedicó a su hijo con abnegación, sin cuidarse de los chismes y de las maledicencias que su condición de madre soltera suscitaba en la sociedad. El pequeño Gabriel fue apodado Gael. A menudo, mientras lo bañaba o le cambiaba el pañal, Soledad decía suspirando:
- Querría que Gabriel estuviera aquí conmigo, ahora.
La chica sufría terriblemente por no poder compartir con el hombre que amaba el crecimiento de su hijo: su primera sonrisa, su primera palabra, su primer dientito.
En cuanto logró descubrir la dirección de los padres de Gabriel, llevó al niño a conocerlos. Después de un largo viaje en colectivo a través de las extensiones inmensas y monótonas de la Pampa, llegó a un soñoliento pueblito de 297 habitantes llamado Coros. De taxi tampoco la sombra, pero afortunadamente la transportó un hombre a la guía de un carrito remolcado por un caballo. La vieja casa de los Díaz, de un solo piso y con el revoque celeste, se encontraba en campo abierto y se alcanzaba recorriendo una callejuela de tierra. Soledad vio el primero a Osvaldo Díaz, a lo lejos, regando un campo de trigo bajo el sol ardiente. Llamó a la puerta y le vino a abrir una mujer de mediana edad.
- Yo soy la compañera de Gabriel. Éste es su hijo. - se presentó.
Mariana Díaz hizo acomodarse a Soledad en el mísero living y llamó a su esposo.
Los Díaz eran gente humilde e inculta pero de buen corazón. Su rostro estaba profundamente marcado por la fatiga y el sufrimiento.
Osvaldo hablaba lentamente, con tono sumiso y monocorde.
- También otros dos hijos nuestros, Leonor e Víctor, desaparecieron. Trabajaban en una fábrica textil de la capital. Leonor estaba embarazada de siete meses... Sus colegas dicen que se los han llevado los militares... Fastidiaban porque estaban comprometidos en el sindicato.
Antes de que repartiera, Mariana le regaló a Soledad una fotografía de Gabriel, sonriente durante la fiesta por su vigésimo cumpleaños. Por mucho tiempo Soledad conservaría esa imagen como una reliquia.
Sin nunca parar de pensar en Gabriel y de buscarlo, Soledad terminó el secundario y se matriculó en la facultad de Filosofia y Letras. Para no pesar demasiado sobre el balance familiar trabajaba como dependienta en una librería.
Un jueves de junio de 1978, mientras en el país se estaban desenvolviendo los campeonatos mundiales de fútbol, Soledad llevó a Gael a ver la Plaza de Mayo. En la plaza más importante y famosa de Buenos Aires, sede del palacio presidencial, la célebre Casa Rosada, al cuyo balcón se asomaba Evita Perón para hablar a los descamisados, la joven asistió a una extraña escena. Un numeroso grupo de mujeres sobre los cincuenta años, con la cabeza cubierta de un pañuelo blanco, estaba desfilando silenciosamente alrededor del Obelisco. Unos policías golpearon a las mujeres con porras y azuzaron a doberman contra ellas para asustarles y hacerles ir, pero las manifestantes no parecían decididas a abandonar el campo. Tampoco cedieron cuando los policías lanzaron los gases lacrimógenos.
Al disolverse del cortejo Soledad, impulsada por la curiosidad, se acercó a una de las manifestantes y le preguntó cuál era el motivo que les empujaba a actuar de aquel modo. Ana Roth, así se llamaba su interlocutora, le explicó que a todas aquellas señoras les unía la misma suerte: sus hijos habían desaparecido después de haber sido secuestrados por miembros de las fuerzas armadas. Desde el 30 de abril de 1977, cada jueves, se encontraban en la Plaza de Mayo pidiendo al gobierno la restitución de sus seres queridos, cuyos nombres estaban escritos sobre el pañuelo que llevaban en la cabeza. Desde el principio habían padecido maltratos de parte de la policía, pero en aquel período las agresiones se habían vuelto aún más violentas: la Argentina se encontraba al centro de la atención mundial por los campeonatos de fútbol y su presencia desprestigiaba la junta militar.
Gracias a Ana Roth, Soledad se puso en contacto con varias organizaciones de partidarios de los derechos humanos que se batían para llevar la cuestión de los desaparecidos a la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Contra el parecer de sus padres, preocupados por su incolumidad, la chica comenzó a participar en demostraciones de protesta frente a la Casa Rosada. A menudo la policía atacaba a los manifestantes con los gases lacrimógenos y los perros para dispersarlos. Aunque aterrorizada por las porras de los policías y por los dientes rechinados de los doberman, Soledad levantaba un cartel con la foto de Gabriel, esperando que sus esfuerzos no serían vanos. Durante los cortejos a menudo sufría contusiones y heridas, pero nunca pensó en renunciar a su lucha.
Entre Soledad y Ana Roth nació una grande amistad. Ana era una mujer tenaz y combativa. Se había unido a las Madres de Plaza de Mayo porque su hija Marlene había sido raptada un año y medio atrás junto a su marido y a su niña de tres semanas. Era judía, pero ya no iba a la sinagoga porque todos los rabinos a los que había pedido ayuda la habían acusado de no ser una buena madre y habían sentenciado que su hija se había metido en líos a causa de la educación permisiva y liberal que había recibido.
Ana se apegó mucho a Soledad. Era protectora y atenta con ella y durante las cargas de la policía le daba ánimo y la espoleaba a resistir.
Además que con Ana Roth Soledad entabló amistades también con otros familiares de desaparecidos. Entre ellos había un estudiante simpático y bonito que empezó a cortejarla discretamente. Se llamaba Marcelo Castro y buscaba a su hermana Teresa, militante en la Juventud Universitaria Peronista. Un día, después de una reunión en la casa de una de las Madres, Marcelo se declaró abiertamente a Soledad.
- Yo te quiero como a un hermano, pero no podrá nunca haber nada entre nosotros, porque amo a Gabriel. - le dijo la joven, dolida por herirlo.
Marcelo, decepcionado por su rechazo, se despidió tristemente. Mientras se aprestaba a irse Ana le pidió que la llevara con el coche. Marcelo y Ana salieron juntos. Aquélla fue la última vez que Soledad los vio. Cuando supo que durante el trayecto hacia la casa de la mujer habían sido secuestrados por una patota de militares lloró por una semana entera. El remordimiento por haber hecho sufrir a Marcelo no se aplacó en ella hasta el día en que, de la ventanilla de un colectivo, divisó al hombre caminar tranquilamente por la Avenida Santa Fe con encima el uniforme de teniente de la marina.
En realidad Marcelo Castro nunca había existido. Sólo era el personaje interpretado por el capitán de navío Joseph Bertin, ahora promovido al grado de teniente, para infiltrarse entre los parientes de los desaparecidos, controlar sus acciones de cerca y eliminar a los sujetos considerados más peligrosos, como Ana Roth.
Habían pasado tres años desde el rapto de Soledad. El número de los desaparecidos aumentaba de día en día, así como lo de los fallecidos en choques con las fuerzas armadas. Los secuestros, que al inicio de la dictadura ocurrían casi siempre por la noche, ahora se desarrollaban a cualquier hora y en cualquier lugar: calles, casas, escuelas, oficinas, bares, iglesias. Algunos desaparecidos, una pequeña minoría, después de algún mes de cautiverio eran excarcelados o trasladados a institutos penitenciarios legales para que, contando los horrores de los que habían sido testigos, contribuyeran a difundir el miedo en la sociedad. Los militares, por la desaparición y las amenazas, habían impuesto en todo el país un clima de terror. Los familiares de los desaparecidos se sentían desesperados e impotentes porque la policía no tomaba en consideración sus denuncias y los magistrados rechazaban sus hábeas curpus. Además, muchos de ellos eran estafados por militares y civiles sin escrúpulos que se hacían entregar cifras considerables con la falsa promesa que harían volver a casa a sus seres queridos.
Una tarde de septiembre, Soledad y su madre llevaron a Gael a jugar en el parque de la Plaza San Martín. Como a menudo hacía, la joven le enseñó a su hijo una fotografía de Gabriel y le preguntó:
- ¿Quién es éste?
- ¡Papá! ¡Papá! - contestó el niño prontamente.
- ¡Es tu papá!
Soledad vio acercarse a un hombre con el uniforme de coronel del ejército. Era Gutiérrez, en compañía de su esposa y de su hijo. David reconoció en Matilde Bianchi a la desconocida llorante que se había ido una vez a su casa. El muchachito le dio una caricia a Gael y le preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Gael. - contestó el pequeño con una sonrisa.
Soledad tomó en brazos bruscamente a su hijo y gritó:
- ¡No lo toques! ¡No debes tocarlo!
Mientras se alejaba agarrado a Soledad Gael siguió mirando a David. David también lo miraba, con un aire afligido. Para consolarlo la señora Gutiérrez le dijo:
- No llores, corazoncito. Todas las mamás son celosas de sus niños.
Soledad estaba indignada y desalentada.
- Los militares son cada vez más prepotentes y arrogantes. Las personas continúan desapareciendo y nadie hace nada. La televisión y los periódicos no hablan de eso. El partido comunista calla. A la comunidad internacional se le da un bledo lo que está ocurriendo en la Argentina. Tampoco el papa quiere ayudarnos.
Soledad no comprendía el silencio de los medios de comunicación. No comprendía por qué el partido comunista soviético no denunciaba públicamente las persecuciones a las que los militantes argentinos eran sometidos. No comprendía por qué el pontífice Juan Pablo II no quería cumplir con el compromiso tomado por su predecesor Pablo VI de recibir una delegación de las Madres de Plaza de Mayo. No comprendía por qué los argentinos toleraban sin protestar que miles de sus connacionales fueran raptados y tenidos prisioneros por los militares.
Soledad aún no sabía que la junta militar había estipulado relaciones comerciales con muchos estados, entre los que la Unión Soviética, a la cual vendía carne y trigo, lo que explicaba el silencio del partido comunista soviético y de tantas otras naciones respecto a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en la Argentina.
Los Estados Unidos también tenían su parte de responsabilidad en la tragedia de los desaparecidos. En los años '70 la Cia, temiendo una expansión del comunismo en el Cono Sur, había favorecido la formación de régimenes totalitarios de derecha en aquella área geográfica con el envío de armas y dinero. Además los golpistas argentinos, así como los chilenos, habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares estadounidenses de Panamá y Florida.
- Verás que pronto las cosas cambiarán. No debemos estrecharnos de ánimo. - le dijo Matilde a su hija.
Luego le reveló que el coronel encontrado en el parque era el militar que se había ofrecido como intermediario por su liberación.
A partir del fin de los años ’70, los argentinos adquirieron una actitud muy crítica hacia la junta militar, que no había sido capaz de solucionar los problemas económicos del país y había generado violencia y terror en la sociedad. El creciente descontento popular, las primeras demostraciones de masas contra el régimen y las protestas por las violaciones a los derechos humanos que comenzaron a llegar de los otros estados y de la Santa Sede causaron un cambio a nivel político. En marzo de 1981 nació una nueva junta, presidida por el general Roberto Eduardo Viola junto al almirante Armando Lambruschini y al brigadier Omar Rubén Graffigna. En diciembre del mismo año hubo una nueva alternación en las cumbres del poder. El mando presidencial le pasó al general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien fue flanqueado por el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.
Galtieri, en la tentativa de hacerles recobrar a los militares la credibilidad que habían perdido, el 2 de abril de 1982 inició un conflicto contra Gran Bretaña para adueñarse de las islas Falklands, llamadas Malvinas por los argentinos. Las Falklands, territorio británico de ultramar, eran objeto de contienda entre Argentina y Reino Unido desde 1833. Dada su posición servían a ambas las naciones como base logística para las futuras actividades de explotación de los recursos naturales de la Antártida. Los hielos del Polo Sur, en efecto, guardaban inmensas riquezas: metales preciados, diamantes, yacimientos de petróleo, carbón y gas.
Galtieri estaba seguro del apoyo de los Estados Unidos, que pero no intervinieron. Después de haberlas ayudado por años, el gobierno de Washinghton había decidido sacar su sostén a las dictaduras de Latinoamérica, temiendo una remontada del comunismo como reacción a la corrupción y a la violencia de los militares. Además la primera ministra inglesa Margaret Thatcher, más que nunca decidida a no dejarse arrebatar sus preciosas islas, pidió la colaboración de Chile, gobernado por el general golpista Augusto Pinochet.
Flanqueada secretamente por las fuerzas armadas chilenas, la marina británica infligió golpes durísimos a las desprevenidas, desorganizadas y mal pertrechadas tropas argentinas, que perdieron a 649 hombres, la mayoría de los cuales soldados rasos y conscriptos, y contaron a 1.068 heridos. Entre los últimos estaba el teniente de navío Joseph Bertin, cuyo crucero, el General Belgrano, había sido golpeado a traición y hundido por dos torpedos enemigos mientras navegaba en una zona que Gran Bretaña había oficialmente excluido de las operaciones bélicas.
Después de 74 días de guerra, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez declaró la rendición. Los altos mandos militares argentinos, no queriendo admitir sus incumplimientos, atribuyeron las causas de la derrota a la ineptitud y a la cobardía de sus subordinados.
Los ex combatientes de las Malvinas, muchos de los cuales habían quedado mutilados, tuvieron que esperar diez años antes de que les fuera asignada una pensión estatal. A causa de los traumas psicológicos padecidos durante los combates y de la discriminación social que sufrieron a su retorno a la patria, 350 de ellos se suicidaron. Tantos se pusieron deprimidos, alcohólicos o drogadictos.
El desastre de las Malvinas provocó una oleada de protestas populares que aceleró de modo vertiginoso el fin de la dictadura. El primero de julio de 1982 el general Galtieri fue reemplazado por el general Reynaldo Benito Bignone. Éste, dadose cuenta de que la junta ya no gozaba de algún consenso interior ni de aliados exteriores, convocó libres elecciones para el octubre del año siguiente. Antes de dejar su cargo, para asegurarles a los militares la impunidad hizo destruir los archivos que contenían informaciones sobre las actividades represivas ilegales. Además, en marzo de 1983 promulgó la ley de Autoamnistia, que extinguía cada acción penal que pudiera derivar de actos de terrorismo y dirigidos a la lucha al terrorismo.
Se concluyó así un septenio que en los manuales de historia fue muy pronto definido el período de la “guerra sucia” y del “terrorismo de estado”. Entre 1976 y 1983 en Argentina 15.000 civiles habían sido fusilados en enfrentamientos con las fuerzas armadas. 9.000 disidentes políticos habían sido detenidos y encerrados en cárceles legales por períodos más o menos largos. 1.500.000 opositores del régimen para salvarse la vida habían sido obligados a irse en exilio al extranjero. 30.000 personas habían desaparecido.
En diciembre de 1983 el recién elegido presidente del gobierno democrático, el radical Raúl Alfonsín, anuló la ley de Autoamnistia y decretó que la magistratura civil juzgara a los jefes de las tres juntas que habían liderado la Argentina entre 1976 y 1982. Era la primera vez en la historia del país y de Suramerica que dictadores terminaban al banquillo en un aula de tribunal.
El juicio a las juntas empezó el 22 de abril de 1985. Las deposiciones de 833 testigos develaron al mundo entero los crímenes aberrantes cometidos por las fuerzas armadas con la complicidad de la policía y de muchos civiles, religiosos y magistrados. Unos 2.300 militares eran culpables de millares de homicidios, secuestros de persona, torturas, violencias sexuales, robos, extorsiones. Las víctimas no eran sólo guerrilleros comunistas. La mayor parte de los desaparecidos eran individuos que se empeñaban pacíficamente para construir una sociedad más justa y solidaria. Entre ellos habían sindicalistas, intelectuales, estudiantes, periodistas, obreros, artistas, monjas y sacerdotes pertenecientes a los sectores más progresistas de la iglesia. Tantos habían sido raptados por error o por venganza personal.
Durante el juicio los imputados justificaron el uso de los secuestros y de las detenciones ilegales sosteniendo que habían actuado en un contexto de guerra civil. Sin mostrar el mínimo arrepentimiento, se defendieron con vehemencia y soberbia, atribuyendo las sevicias y los asesinatos a los excesos y al sadismo de pocos subordinados.
Soledad estaba sentada entre el público que llenaba la Sala de Audiencias de la Cámara Federal cuando, el 9 de diciembre de 1985, el juez Léon Arslanian, a las 17 y 49, comenzó a leer la sentencia. De los imputados sólo estaba presente Graffigna, imperturbable. Los otros esperaban que se cumpliera su suerte en sus celdas. En un clima tensisímo, Arslanian infligió penas mucho menos severas de las pedidas por el fiscal Julio César Strassera: cadena perpetua por Videla y Massera; diecisiete años a Viola, ocho años a Lambruschini, cuatro años y seis meses a Agosti; absolución para Galtieri, Graffigna, Anaya e Lami Dozo.
Las protestas no faltaron y las Madres de Plaza de Mayo abandonaron el aula indignadas antes del fin de la sesión.
La magistratura no entendía limitarse a juzgar a los jerarcas: el punto treinta de la sentencia contra los jefes de las juntas estableció que debían ser procesados también los otros militares involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Más de 500 oficiales y suboficiales, entre los cuales estaba el coronel Gutiérrez, fueron incriminados.
Como era previsible las fuerzas armadas, para interrumpir el curso de la justicia, ejercieron fuertísimas presiones sobre el gobierno y el parlamento, para conjurar el peligro de un nuevo golpe de estado, en diciembre de 1986 fue constreñido a promulgar la ley de Punto Final, que impedía la apertura de nuevos procedimientos a cargo de los militares y de los civiles que todavía no habían sido enjuiciados.
En el living de Soledad sonó el teléfono. La joven, que se encontraba en compañía de su madre, se llevó el auricular a la oreja. Desde el otro cabo del hilo le llegó la voz de un hombre, fría y sin acento.
- Ésta es la última advertencia. Si mañana te presentas en el juicio, no reverás nunca más a tu hijo.
El día siguiente Soledad habría tenido que deponer contra Gutiérrez y las intimidaciones, que duraban desde hacía meses, se habían intensificado.
La chica colgó el auricular y dijo:
- Las acostumbradas amenazas.
- ¿Estás todavía convencida de que quieres testimoniar? - le preguntó Matilde.
- Sí. Es la única posibilidad que me queda para obligar al coronel Gutiérrez a revelar dónde tiene encerrado a Gabriel. ¿Por qué no lo entiendes?
- ¿Y si Gabriel hubiera muerto? No es justo seguir teniendo al niño segregado en casa. Gael necesita frecuentar a sus amigos, ir al colegio, estar al aire libre.
Para cortar el discurso Soledad se fue al dormitorio, donde su hijo estaba jugando con unos coches de juguete. A pesar de los problemas y de las preocupaciones que su familia tenía que afrontar cotidianamente, Gael siempre estaba alegre y sereno.
- ¿Quién había en el teléfono? - le preguntó el niño a Soledad.
- Una señora que se había equivocado de número. - contestó ella, luego tomó un coche de juguete y lo hizo zumbar por la habitación.
Cuando tomó asiento en el banquillo de los testigos, Soledad pensó que por fin había llegado la hora de la verdad. Gutiérrez, puesto frente a la evidencia de los hechos, admitiría sus culpas. Entre el público estaban presentes Andrés Bianchi y la esposa y el hijo del coronel. En el banquillo de los acusados Gutiérrez, el pelo peinado hacia atrás y reluciente de brillantina, fumaba habanos ostentando la expresión seráfica y satisfecha de un turista extendido sobre una tumbona en la ribera del mar. Su abogado defensor, en cambio, descartaba y chupaba ruidosamente un caramelo tras el otro.
Con tono calmo Soledad hizo su deposición y concluyó:
- Esto es todo lo que sé. Espero que mi testimonio les será útil a ustedes y que el coronel Gutiérrez sea condenado a la cadena perpetua por sus crímenes.
- Esa mujer es una mentirosa. - le dijo Susan a David - No entiendo por qué tu padre quiere hacerte asistir a toda costa a este espectáculo indecente.
Aunque su sonrisa insolente no se modificó de un milímetro, Gutiérrez dentro de si estaba lleno de odio y arrepentido de no haber hecho desollar viva a Soledad cuando había tenido la ocasión.
Durante el juicio Gutiérrez rechazó cada acusación y negó haber visto a Gabriel. La decepción de Soledad fue grande, sin embargo la chica siguió buscando a su compañero con tal obstinación que un día Matilde, viendola escribir el enésimo aviso, perdió la paciencia.
- Gastas toda la plata que ganas en anuncios y llamadas. - le dijo - En diez años de búsquedas no conseguiste nada. Tienes que resignarte. Pasó demasiado tiempo. Gabriel no volverá nunca más.
- No es verdad. - rebatió Soledad - Estoy segura de que todavía está vivo. Quizás se encuentre en un hospital sin memoria y espera que alguien vaya a recogerlo.
- Piensa en el niño. Tu hijo necesita a un padre.
- Gael ya lo tiene un padre. La verdad es que tú no quieres que halle a Gabriel porque es pobre y no estudió.
- ¡Soledad! Acepta la realidad. Eres todavía joven y linda. No es justo que renuncies al amor y al matrimonio para perseguir una ilusión.
- Es inútil que insistas. Gabriel fue y será el único hombre de mi vida. Yo no dejaré nunca de buscarlo y continuaré esperándolo hasta el último de mis días.
Matilde habló con voz firme y sin emoción.
- Siento ser tan dura, pero debo hacerlo por tu bien. Los desaparecidos están todos muertos.
Un terrible presentimiento hizo helar la sangre en las venas de Soledad: no volvería a ver a Gabriel nunca más.
Si bien pocos habían tenido el coraje para testimoniar contra él, Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo no pasó un solo día en la cárcel pues las violentas protestas de una parte de las fuerzas armadas impidieron que la sentencia llegara a ser ejecutiva. Bajo la guía del teniente coronel Aldo Rico los militares más extremistas, apodados carapintadas por el rostro ennegrecido con el betún, se atrincheraron en los cuarteles, amenazando con desencadenar una guerra civil si no hubiera sido acogida su solicitud de anular los juicios contra sus colegas ya en curso antes de la entrada en vigencia de la ley de Punto Final. Esta vez también el presidente Alfonsín fue obligado a doblarse. En junio de 1987 la ley de Obediencia Debida sancionó la caducidad de cada cargas pendiente contra suboficiales y oficiales hasta el grado de coronel que hubieran actuado cumpliendo órdenes impuestos por sus superiores. Gutiérrez entraba en esa casuística y su pena fue suspendida.
Soledad, asomada a la ventana del living, lanzó una mirada velada de melancolía a la única fotografía de Gabriel que poseía, desteñida por el transcurrir del tiempo, y pensó en los breves pero intensos momentos felices que había vivido junto al chico. Más allá de los vidrios se extendía por kilómetros y kilómetros la ciudad de Buenos Aires, hormigueante de personas y automóviles.
Soledad no lograba aceptar que los que se habían llevado a su Gabriel quedaran impunes. Seguía esperando que los desaparecidos todavía estuvieran vivos y se encontraran en prisiones secretas, usados como rehenes por los militares aún detenidos para obtenir la amnistía. Se ilusionaba que un día no lejano todos los desaparecidos serían liberados y que Gabriel volvería a ella.
El teléfono sonó.
- ¿Usted es la Señora Soledad Bianchi? - preguntó una voz masculina.
- Sí. Soy yo.
- Mi nombre es Juan Miguel Guerra. Llamo por ese anuncio.
Soledad rogó que no se tratara de un mitómane.
- ¿Sabe algo de Gabriel?
- Es un dependiente mío.
- ¿Está bien? Me lo pase. Quiero hablarle.
- No, no es posible. Es un tipo extraño. Me lo mandaron de un manicomio. No tiene amigos. Siempre está sólo. De su pasado nunca habla. Si le digo que lo están buscando hay el riesgo que escapes. Venga usted a encontrarlo en persona.
- ¿Cuál es su dirección?
- Ushuaia, en Patagonia.
Soledad se subió al primer avión disponible con destino a la Patagonia. Desembarcó en el aeropuerto de la ciudad de Ushuaia, en la extremidad meridional de la Argentina, y se hizo llevar por un taxi delante de la cancela de un chalé de madera. Se fue a abrirle Miguel Angel Guerra, que la acogió cordialmente.
- ¡Bienvenida en la Tierra del Fuego!
Guerra, un pescador de mediana edad, la acompañó a un patio interior de la vivienda, donde un hombre, de espaldas, estaba reparando una red para pescar. Soledad lo reconoció enseguida por el peinado rizoso: era Gabriel.
- Aquí hay una señora quien quiere hablar contigo. - dijo Guerra y enseguida se alejó.
Gabriel se volvió y al ver a Soledad palideció.
- ¿Te acuerdas de mí? - le preguntó Soledad - Nos conocimos hace diez años.
El chico no contestó y apartó la mirada.
- ¿Por qué nuca me diste noticias tuyas?
- Pensaba que tú me odiabas. Por culpa mía te hicieron mal.
La voz de Gabriel estaba flébil.
- Tú no tienes ninguna culpa.
- En todos estos años siempre pensé en ti, cada instante. Nunca intenté contactarte porque tenía miedo a que tú me rechazaras, que me acusaras de haberte arruinado la vida.
- ¿Cómo podría rechazarte? Yo te amo.
Gabriel volvió tímidamente la cara hacia Soledad y la miró incrédulo.
- ¿De verdad? - balbuceó.
Soledad lo abrazó, estrechándose fuerte a él.
- ¡Amor mío! Sabía que estabas vivo. Aunque todos me decían que debía resignarme nunca paré de buscarte.
- En cambio yo estaba convencido de que te había perdido por siempre.
- Ahora que nos encontramos de nuevo jamás nadie nos separará.
Gabriel y Soledad alcanzaron a pie las aguas gélidas del Canal de Beagle, que lamía la ciudad al sur. Soplaba un fuerte viento. A sus hombros se erguían las cimas irregulares de las montañas nevadas. Sobre los escollos se movían torpemente otarias y cormoranes.
Con los ojos fijos hacia el horizonte, Gabriel revivió los momentos más penosos de su cautiverio.
- Apenas llegados a El Circo los militares me prometieron que si hubiera colaborado no te habrían torturado.
Gabriel recordó la sonrisa inquietante de Gutiérrez, su voz meliflua y sutilmente amenazadora que decía:
- Yo estoy aquí para ayudarte. Piensa en mí como a un padre que trata de reconducir a su hijo al buen camino. Piensa en tu novia, así joven, así linda.
- Hice los nombres de todos mis compañeros del sindicato... Habría sido dispuesto a cualquier cosa para salvarte. Sabía que me estaban controlando. Nunca habría debido implicarte.
- Ahora todo pasó. No te atormentes más.
- Un día conseguí un permiso para encontrarte, pero cuando descubrí que estabas embarazada no tuve el ánimo para entrar en tu celda. - continuó Gabriel - Después de tres años me liberaron y partí para la Patagonia... Nunca supe en dónde acabaron las personas que traicioné.
- No puedes continuar así. Debes enfrentar la realidad y volver a vivir. - lo exhortó Soledad.
- Cuéntame todo.
- Tus hermanos también fueron raptados por los militares. De ellos no hay más noticias desde hache muchos años. Sólo sabemos que tu hermana en la cárcel dio a luz a un varón... Tus padres fallecieron a pocos meses de distancia el uno de la otra, en 1980.
- ¿Y mi colega?
- No reapareció más, ni él ni su esposa y sus hijos.
- Y... ¿el niño?
- Se llama Gabriel como tú, pero todos lo llaman Gael. Le dije que eres su padre. No tuve corazón para contarle la verdad.
- Háblame de él.
- Es un muchachito cariñoso y muy simpático. Sé que todas las mamás piensan que sus hijos son especiales, pero él lo es realmente.
Soledad sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía de Gael y se la enseñó a Gabriel.
- Ésta es su foto. El 19 de junio cumplió diez años... Si no hubiera sido por Gael, nunca habría logrado seguir adelante todo este tiempo sin ti.
- No creo que seré capaz de cuidarlo. Yo estoy enfermo. Pasé ocho meses en un hospital psiquiátrico.
- Serás el mejor padre del mundo.
Soledad abrazó a Gabriel.
- ¡Amor mío! Ahora ya no estás solo. Recomenzaremos otra vez todo, nosotros dos con nuestro niño. Nos casaremos. Tendremos otros hijos. ¡Verás! Encontraremos a tu nieto y lo llevaremos a vivir con nosotros. Él y Gael crecerán como hermanos.
Se fueron a dormir en la vivienda de Gabriel. Más que de una vivienda se trataba de una especie de chabola dotada de un minúsculo baño y decorada con una cama individual, un armario, un hornillo de gas, una mesa y una silla. Una pequeña ventana enmarcaba un pedazo de cielo en el que brillaba una sutil raja de luna, circundada por una miríada de estrellas.
Soledad quitó un camisón de su maleta y le ordenó a Gabriel que se volviera. Gabriel obedeció y se metió debajo de las mantas.
Soledad se desvistió, se puso el camisón y ella también se acostó.
- Estaremos algo incómodos en una cama tan pequeña. - dijo Gabriel, a disgusto como su compañera.
- Es muy frío, aquí.
- Casi estamos en Antártida... Todavía no te pregunté qué hiciste en estos años.
- Desde aquel maldito día en que nos secuestraron mi vida y aquella de mis padres cambió completamente. El coronel Gutiérrez nos llevó todo. Ya no soy la jovencita rica y mimada que conociste hace once años.
- Eres aún más linda de entonces.
Soledad bajó la mirada y sonrió.
- No es verdad.
- ¿Tuviste otros hombres?
- No. Nunca habría podido traicionarte.
- Te amo.
- Yo también te amo tanto.
Gabriel y Soledad se abrazaron y pasaron toda la noche estrechados, por fin unidos y felices después de diez años y diez meses de sufrimientos.
En Buenos Aires Gael, Andrés y Matilde esperaban a Gabriel y Soledad con impaciencia. En cuanto vio a Gabriel, Gael se le colgó del cuello.
- ¡Papá! - gritó eufórico - ¿Quedarás aquí con nosotros por siempre?
- Por siempre.
Gael observó a Gabriel con atención.
- Yo no me parezco a ti.
- Te pareces a mi hermano Víctor.
Gael tomó un álbum de fotografías y se echó a hojearlo, enseñándole las fotos a Gabriel. Ya desde sus primeros meses de vida, Soledad le había tomado centenares de fotografías para inmortalizar cada su cambio, cada fase de su crecimiento.
- ¡Mira! Aquí mamá me amamantaba.
- Esta foto siempre la tendré conmigo, en mi billetera.
- Aquí estaba con tu mamá y tu papá.
Gabriel miró una fotografía que retrataba a sus padres junto a Soledad y Gael y se conmovio.
- ¿Padeces las cosquillas? - le preguntó Gael.
- No.
- No te creo.
Gael empezó a cosquillearle.
- ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Por favor! - imploró Gabriel riendo.
- Ya hicieron amistad. Espero que se lleven bien. - pensó Soledad.
- ¿Me haces ver tus fotos? - le preguntó Gael a Gabriel.
- No tengo ninguna.
- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Papá vivía mucho lejos de Buenos Aires, en Patagonia. - dijo Soledad.
- ¿En Patagonia? ¡Qué bueno! A mí también me gustaría irme.
- Nunca me buscó porque las personas malas que nos secuestraron le hicieron creer que yo había muerto.
- El almuerzo está listo. - anunció Matilde - Gabriel, tu sitio está a la cabecera de la mesa. Ahora eres tú el jefe de la familia.
Gabriel se conmovió de nuevo.
- Yo os agradezco. Sois todos así gentiles conmigo. Me parece que estoy en un sueño.
Soledad le acarició el pelo.
- No es un sueño. Es la realidad.
Por amor a Soledad Andrés y Matilde acogieron a Gabriel en su casa como un hijo, aunque habrían preferido a un yerno con una buena posición social. Gabriel y Soledad se casaron un domingo de agosto de 1987. El día siguiente iniciaron los trámites para hacer cambiar el apellido de Gael de Bianchi en Díaz.
Aunque nunca lo confesó, Soledad era celosa de la relación de confianza que se había creado entre su hijo y Gabriel. Se sentía exclusa cuando los dos se apartaban para hablar de las que ellos llamaban cosas de hombres y estaba segura de que el niño le escondía secretos que sólo le revelaba a su padre.
Gabriel, por su parte, no le regañaba nunca a Gael y le dejaba hacer todo lo que él quería. Era Andrés Bianchi quien revestía el papel de la figura paterna con autoridad para su nieto.
Gutiérrez sacó del armario su uniforme, que siempre ejercía un gran atractivo en las mujeres. Él y su esposa se estaban preparando para ir a cenar al restaurante con amigos.
- Gustavo, es mejor que no lleves más el uniforme fuera del horario de trabajo.
Las palabras de Susan amoscaron al coronel.
- ¿Y por qué?
- Últimamente los militares son algo malmirados.
- ¿Por quién?
- Por la gente.
A Gutiérrez se le exaltó la cólera.
- ¡La gente! ¡La gente! ¡Siempre la gente!
- ¡No grites! ¡Te sienten todos!
- De ahora en adelante llevaré el uniforme día y noche. También lo llevaré en vez del pijama.
- ¡Gustavo!
- ¿Qué carajo me quedo para hacer en esta casa de mierda? Prefiero la muerte antes que vivir así.
David se tapó las orejas con las manos para no sentir más los gritos de su padre, que retumbaban por toda la casa.
El chico había crecido entre las peleas y los contrastes continuos de sus viejos, agudizados después del fin de la dictadura, cuando las fuerzas armadas habían sido empapelados y Gutiérrez había comenzado a perder, lentamente pero inexorablemente, el poder que tenía durante la junta militar. Separación o divorcio: ni pensarlo. El coronel sabía bien que su consorte, con la amante del lujo y de las comodidades que era, buscaría de cada modo depredarlo de todos sus haberes, incluso los calzoncillos. Sin contar con que David se quedaría completamente en sus manos. Ya no abrigaba muchas esperanzas de que su hijo cambiara y del adolescente tímido e inseguro que era se transformara en un verdadero hombre. Pero un vislumbre de ilusión todavía le quedaba. Y en todo caso se habría recobrado seguramente con sus nietos.
Un sábado por la tarde, después de un paseo en el centro, Gabriel, Soledad y Gael se fueron a un bar de la calle Florida. Gael apenas había comenzado a comer una copa de helado cuando en el local entraron Gustavo, Susan y David Gutiérrez.
- Hay Soledad Bianchi. Nos ha visto. - bisbiseó Susan al enterarse de que Soledad la estaba mirando fijo.
El coronel se sentó a una mesa y ordenó con tono imperioso:
- ¡Sentaros!
Su mujer y su hijo tomaron asiento junto a él.
Todos los clientes del bar se volvieron para mirar a Gutiérrez, provocando la incomodidad de David y de su madre.
- A pesar de que no me dejas llevar el uniforme me reconocen lo mismo. Soy una persona famosa. - constató el coronel. Luego levantó la voz, para hacerse sentir por todos.
- Quien no agradece mi presencia no está obligado a quedarse.
- ¡Gustavo! - exclamó Susan con desaprobación.
Soledad con gestos nerviosos hurgò en su cartera, sacó de la plata de su billetera y la tiró sobre la mesa.
- ¡Vayámonos! - dijo levantándose.
- ¡Pues si todavía no he terminado el helado! - protestó Gael.
- Te compraré otro. No estaremos un minuto más en la misma habitación con un criminal.
Gabriel y Gael se levantaron. Soledad hizo volver a su hijo hacia Gutiérrez, quien ostentaba una sonrisa socarrona.
- Observa con atención a ese hombre, Gael. El coronel Gustavo Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo gracias a la ley de Obediencia Debida, en vez de pudrirse en una cárcel para el resto de sus días está completamente libre. Observa su cara y no la olvides nunca. ¡Ésa es la cara de un asesino, un torturador, un ladrón!
Gabriel, Soledad y Gael salieron del local, enseguida imitados por los otros clientes del bar.
- ¡Puta! - exclamó el coronel.
- ¡No digas obscenidades delante del niño! - le regañó su esposa.
- Yo digo lo que me da la gana.
- Es la tercera vez que nos humillan en un local público. No soporto más el desprecio que nos rodea.
- Es un problema tuyo. Me importa un carajo lo que piensan de mí.
- El niño sufre por esta situación.
Gutiérrez ya no logró contener la ira.
- ¿Y tú crees que yo no sufro? Me maté por el trabajo, arriesgué la vida miles de veces por mi país y como recompensa intentaron meterme en chirona.
- Lo sé, pero...
- Lo sabes pero se te da un bledo. Lo único que cuenta para ti es David. Tiene dieciséis años y lo consideras todavía un niño. Lo proteges de todo y de todos. No querías ni siquiera que asistiera al juicio.
- ¡Baja la voz! El camarero nos está mirando.
- No hay nada que me pone cabreado más que tu ipocresía. No hagas esto porque no está bien. No hagas aquello si no te critican. No maltrates a los domésticos si no luego hablan mal de nosotros. No bosteces durante la misa. No digas palabrotas. No grites. Los vecinos nos sienten. ¡Qué se jodan los vecinos!
- ¡Papá! ¡Basta ya! - suplicó David, exasperado.
- Tú siempre estás de parte de tu madre.
- ¡Cálmate! - dijo Susan.
- ¿Qué tendría que hacer para complacerte? ¿Despedirme del ejército, cambiar de nombre, camuflarme con pelucas y bigotes falsos?
- Yo sólo deseo defender a David de la maldad de la gente. Podríamos trasladarnos al extranjero y iniciar una nueva actividad. Montar una tienda...
- Y ser tenderos.
- O comprar una fábrica. La plata no nos falta.
- ¡No! Quítate esa idea de la cabeza. No dejaré nunca la Argentina.
- Lo haré yo con el niño. Estoy resuelta a todo por el bien de mi hijo. También a pedir la separación.
Después de un largo silencio, el coronel preguntó:
- ¡Vamos a ver! ¿Adónde tienes la intención de irte?
- A los Estados Unidos, cerca de mi familia.
- ¡No! Tus parientes no los quiero más ver ni en fotografía.
- Entonces vámonos a otro lugar cualquiera. Pero lejos de aquí.
A distancia de algunos meses de aquella tarde de noviembre de 1987, Soledad vino en conocimiento de que el coronel Gutiérrez había dejado el país con su esposa y su hijo.
Los años pasaron. En marzo de 1988 la Corte Suprema se pronunció a favor de la constitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, contra las que habían apelado los organismos defensores de los derechos humanos.
Sobre la joven democracia argentina seguía cerniendose la amenaza constante de los militares. Los carapintadas, esta vez capitaneados por el coronel Mohammed Alí Seineldín, fueron protagonistas de nuevas sublevaciones, reprimidas con grandes pérdidas humanas por las fuerzas armadas fieles al gobierno. El sucesor del presidente Alfonsín, Carlos Saúl Menem, exponente del Partido Justicialista, entre octubre de 1989 y diciembre de 1990 firmó once decretos de indulto, que tuvieron como efecto la liberación de los carapintadas rebeldes y de todos los altos mandos militares condenados por los crímenes de la dictadura todavía detenidos.
Los indultos de Menem permitieron a los planificadores del exterminio de 30.000 personas de volver tranquilamente a su casa después de haber descontado sólo cuatro años de cárcel, pero no pudieron impedir que los horrores de la guerra sucia continuaran haciendo discutir.
Poco a poco salió a luz que la junta militar había hecho negocios con muchos países americanos y europeos y se descubrió que los golpistas argentinos habían colaborado con los servicios secretos estadounidenses, franceses e israelís.
Sobre los métodos utilizados por las fuerzas armadas para deshacerse de los cuerpos de los prisioneros políticos surgieron detalles escalofriantes. A cierto punto los cementerios ya no habían logrado contener los cadáveres de los desaparecidos, que eran enterrados en fosas comunes como nn. Para solucionar el problema, la marina había ideado los vuelos de la muerte: 4.500 entre hombres y mujeres habían sido cargados en aviones y arrojados con vida al Río de La Plata, el río sobre el cual sorge Buenos Aires, muriendo ahogados o a causa del impacto con el agua.
En 1991 y en 1994 fueron aprobadas dos leyes de indemnización para los parientes de los desaparecidos y para los ex presos políticos, pero sus verdugos siguieron en libertad. Una cuestión jurídica pero quedaba abierta. El delito de apropiación de menor no era contemplado en las leyes de amnistía y en los indultos. En 1998 82 militares fueron detenidos con la acusación de haber secuestrado a los hijos de los desaparecidos. Entre ellos estaban Videla y Massera, que obtuvieron la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad. Mientras tanto, de los unos 500 niños adoptados ilegalmente por los militares y los policías ya habían sido localizadas algunas decenas.
Los de Menem fueron años de radicales reformas neoliberales en campo económico. El presidente privatizó las principales empresas de servicios e industrias estatales y introdujo una nueva divisa, el peso, equiparándolo al dólar estadounidense. Además aumentó de cinco a nueve el número de los miembros de la Corte Suprema, transformando el máximo tribunal en un instrumento de legitimación de su obra política. Durante los dos mandatos de Menem la tasa de inflación se mantuvo baja y la economía creció, pero la grande deuda exterior y la corrupción imperante desembocaron a fines de los años '90 en una grave crisis económica.
En 1999 fue elegido presidente Fernando De la Rúa, del Partido de la Alianza entre radicales e izquierda, quien fracasó en el intento de sacar el país de la recesión. Temiendo la abolición de la paridad entre peso y dólar, los argentinos comenzaron a retirar su dinero de los bancos, trasladándolo al extranjero. Para contener la pérdida de capitales, a principios de diciembre de 2001 el ministro de Economía Domingo Cavallo impuso restricciones que limitaban drásticamente el acceso a los depósitos bancarios privados y a los sueldos. El conjunto de esas restricciones, que afectaron sobre todo la clase media, fue apodado “corralito”. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga general, a la cual siguieron otras demostraciones en las principales ciudades del país. El presidente proclamó el estado de sitio y hizo reprimir el disenso popular por la policía, que mató a 33 personas. La indignación fue tal que De la Rúa, sintiéndose políticamente aislado, renunció y huyó de la Casa de Gobierno en helicóptero. Después de dos semanas, el primero de enero de 2002, el Congreso nombró nuevo presidente al peronista Eduardo Duhalde.
En los meses siguientes la devaluación del peso y la bancarrota del estado argentino provocaron enfrentamientos entre desocupados y policía y otras dos víctimas. La pobreza se difundió en todas las provincias. Los casos de desnutrición infantil crecieron y los medicamentos empezaron a escasear. La mayor parte de la gente protestaba por las calles de modo pacífico, percutiendo cacerolas con tapaderas, cazos y cucharas.
Gael también tomaba parte en las marchas de los caceroleros. El corralito y la abolición del cambio a tasa fija habían bastante perjudicado a su familia, demediando los pocos ahorros que había logrado acumular con grandes sacrificios. A pesar de las estrecheces económicas en las que siempre había vivido y las recurrentes crisis depresivas de su padre, Gael tenía un carácter extrovertido, vivaracho y optimista. Su único dolor era lo de no haber todavía logrado hallar a su primo, el hijo de la hermana de Gabriel raptado por los militares. Cursaba la Escuela de Bellas Artes y desde la edad de dieciocho años se desempeñaba como almacenero en un supermercado. En el poco tiempo libre que le quedaba participaba en las actividades de la asociación Hijos, constituida por los hijos de los desaparecidos, de los prisioneros políticos, de los asesinados y de los exiliados víctimas de la última dictadura. No se echaba nunca atrás cuando se debía hacer una manifestación de protesta o un escrache, es decir un acto de repudio público, frente a la casa de un ex represor. Afortunadamente se parecía a su madre y no había heredado ningún rasgo somático de su verdadero padre.
Gabriel tenía el pelo entrecano, pero conservaba una cara de muchachito, sólo rayada por unas arrugas. Tomaba regularmente antidepresivos y como consecuencia su expresión siempre era atontada. Se sentía un fracasado porque no trabajaba y eran su esposa y sus suegros los que lo mantenían.
Soledad, después de la licenciatura en Letras, había encontrado una colocación de profesora en un colegio privado. Físicamente se quedaba todavía muy linda, sólo más madura. No había logrado tener otros hijos con Gabriel, y éste era uno de los más grandes dolores de su vida.
La situación económica y social cada día más dramática llevó a Gael y Soledad a la decisión de emigrar al extranjero junto a Gabriel. Irían a vivir en Italia. En Milán residían algunos primos de Andrés que se habían ofrecido para ayudarlos a encontrar una casa y un trabajo, por lo cual resolvieron establecerse en la capital lombarda. Si todo hubiera ido bien, más adelante Andrés y Matilde también los alcanzarían.
Para obtener la ciudadanía italiana indispensable para la expatriación Soledad y Gael tuvieron que esperar horas y horas en cola en el atestadísimo Consulado Italiano en Buenos Aires. Eran millares los argentinos oriundos italianos como ellos que esperaban encontrar en su patria de origen nuevas oportunidades y un futuro mejor.
En Italia los Díaz alquilaron una vivienda de dos piezas de 50 metros cuadrados incrustada en los 60 departamentos que componían un enorme edificio color ratón de la periferia de Milán.
Soledad fue contratada en una casa de reposo. Cuidaba a los ancianos y hacía limpiezas durante las horas nocturnas. Al contrario de su madre, Gael no conseguí encontrar una ocupación estable. Como tantos otros inmigrados, trabajaba ocasionalmente y en negro. Por un rato hizo el albañil y el lavaplatos en un restaurante, luego comenzó a repartir octavillas publicitarias. El chico era frustrado porque ganaba poquísimo. Aunque su sueño era ser artista se habría conformado con un puesto de obrero o de dependiente de comercio, con tal que le asegurara un sueldo cierto. Además estaba preocupado por su madre: temía que la mujer se cansara demasiado trabajando por la noche y que se enfermara.
Gael estaba preocupado por su padre también. Gabriel en efecto no se encontraba bien en Italia, a menudo tenía pesadillas y añoraba mucho a sus suegros.
Una fría y oscura mañana de un viernes de enero de 2003 Gael se fue a distribuir octavillas en un elegante barrio residencial de la ciudad. Llovía a cántaros, con violentas ráfagas de viento que estremecían los paraguas. Las luces amarillas del las farolas todavía estaban encendidas cuando Gael embocó una larga avenida costeada por dos hileras de arces desnudos y con el aire espectral. Llegado delante del buzón de un gran chalé señorial al lado de la avenida, se agachó para abrir la bolsa con ruedas llena de folletos que arrastraba. En aquel mismo instante la cancela automática del chalé se abrió de par en par y del jardín salió un auto negro de gran cilindrada que se alejó zumbando, pasando sobre un gigantesco agujero del asfalto y salpicandole encima una gran cantidad de agua.
Después de pocos segundos del jardín salió otro coche de gran cilindrada de color azul oscuro, a velocidad menos alta. Gael fue invertido de nuevo por el agua sucia del charco y imprecó en voz alta.
Un hombre de unos treinta años en saco y corbata se bajó del vehículo y abrió un paraguas para protegerse de la lluvia. Sin dejarle el tiempo de hablar, Gael lo atacó:
- ¿Quién te crees que eres? No tienes ningún respeto por los peatones. Sólo porque viajas en un auto grande como un portaaviones ¿te sientes el patrón de la calle?
- Disculpa. No lo hice adrede. Estaba distraído.
Gael sacó de la bolsa un folleto ensopado.
- Mira mis volantes. Están para tirarlos a la basura.
- Si quieres te doy ropa seca.
- Es el mínimo que tú puedas hacer.
- Vamos a mi casa.
- Tú eres argentino como yo, ¿verdad? Se siente por la tonada.
- Mi padre es argentino. En cambio mi madre había nacido en los Estados Unidos. Yo tengo la doble ciudadanía.
- ¿Tu madre ya no está entre nosotros?
- No. Murió en un accidente de tránsito, hace dos años.
- Lo siento... Yo también tengo la doble ciudadanía pues mis bisabuelos maternos eran lombardos. Es gracias a ella que pude venir a vivir en Italia. En Argentina la crisis económica llevó al hambre a millones de personas y va de mal en peor. Todos los que tienen la posibilidad emigran.
Gael y el propietario del chalé atravesaron un jardín de imponentes magnolias seculares. El terreno estaba cubierto de grava perfectamente nivelada. Una senda de piedras de corte irregular conducía a una escalinata encima de la cual se recortaba una puerta de madera taraceada. Al final del jardín, a la derecha, había una piscina con el trampolín.
Entraron en un amplío salón, dejando huellas mojadas sobre el parquet con las tablas dispuestas a toldilla de barco. El entorno, a causa de los muebles antiguos y del sofá de terciopelo con el mismo color granate de las cortinas, era algo tétrico. Una chimenea apagada emanaba una agradable tibieza. Al centro del cielorraso descollaba una araña con dieciséis brazos de vidrio de Murano.
- ¡Ésta no es una casa! ¡Es un palacio real! - exclamó Gael, impresionado por todo aquel lujo - Debes de estar podrido de dinero. ¿Cuál es tu trabajo?
- Soy directivo en una empresa informática.
- ¿Y la empresa es tuya?
- Sí.
- Lo imaginaba. ¿Cuánto cuesta tu auto? ¿50.000 euros?
- No. 40.000.
- ¡Vaya! Yo no tengo ni siquiera la plata para comprarme un ciclomotor usado.
- Mi cuarto se encuentra en el piso superior.
Una ancha escalera de mármol beis claro lustroso comunicaba el salón con los dormitorios. Aquél donde entraron era muy luminoso y en estilo moderno. Del exterior provenía el ruido del chaparrón. Riachuelos de agua corrían a lo largo de los vidrios de las dos ventanas.
Gael se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. El dueño de casa tomó del suelo su ropa y la llevó a un baño contiguo. Luego volvió a la habitación y le dio una toalla.
Gael empezó a secarse y continuó con las preguntas.
- ¿Llevas mucho en Italia?
- Quince años.
- Yo y mis viejos estamos aquí desde hace sólo tres meses. Yo todavía no encontré un empleo fijo. En cambio mi madre, aunque es licenciada en Letras, hace de sirvienta en una casa de reposo por una miseria. Desgraciadamente en este país no reconocen nuestros títulos de estudio.
- ¿Y tu padre?
- Padece de depresión. No está en condiciones de trabajar.
- La depresión es una patología muy común, hoy día.
- ¡Ya!... Aunque reparto folletos publicitarios, en realidad yo soy un artista.
- ¿De verdad?
- Sí. Pinto, escribo, creo esculturas. Toco también la guitarra eléctrica en un grupo rock. Los sabados y los domingos vendo mis obras en los mercadillos. Pero no logro mantenerme con mi arte. Todavía no soy bastante conocido. Para ganar algo más me adapto a hacer trabajitos precarios y mal pagados, como repartir volantes.
- ¿Qué tipo de arte es el tuyo?
- Es difícil de explicar. Tendrías que verlo para entender. Mañana estoy en la feria de Senigallia.
Al improviso una voz masculina tronó desde el salón:
- ¡David! ¿Dónde estás?
- ¡Mi padre! - exclamó el dueño de casa, y se precipitó fuera de la habitación cerrando la puerta.
Tratando de no hacer ruido, Gael entornó la puerta de pocos centímetros. Mirando a través de las columnas de la balaustrada vio al recién llegado. A pesar de que lo había encontrado una sola vez quince años atrás lo reconoció enseguida: era Gutiérrez. Envejecido, engordado, casi calvo, pero con el mismo porte miltar que tenía cuando llevaba el uniforme de coronel del ejército argentino.
- ¿Qué haces todavía aquí? - le preguntó Gutiérrez a su hijo, que contestó incómodo:
- Estaba buscando unos documentos importantes para llevar a la oficina.
Gael cerró la puerta.
- Se fue. Había olvidado en casa los cigarrillos. - dijo David regresando a su cuarto.
Gael lo miró con hostilidad.
- He aquí donde os habíais metido. En Italia dándoos la gran vida.
David pareció sorprendido.
- ¿Te dicen algo los nombres Gabriel Díaz y Soledad Banchi?
David, enmudecido, no contestó.
- Son mis padres, dos sobrevivientes de El Circo, el campo de concentración dirigido por tu viejo durante la dictadura.
Con gran incomodidad, David dijo:
- Tengo que irme a trabajar. Tengo una reunión dentro de media hora.
- ¿Tú crees que es justo que los responsables de la muerte de 30.000 personas hayan quedado impunes, mientras sus víctimas no tienen ni siquiera una tumba donde sus parientes puedan llorarlos?
- Pasaron tantos años.
David tomó 50 euros en una billetera que tenía en el bolsillo interno de su chaqueta y los alargó a Gael.
- Éstos son por tus volantes.
Gael reaccionó gritando:
- ¡Dáme mi ropa!
David se metió el billete en el bolsillo. Luego se fue a tomar la ropa de Gael en el baño y la apoyó sobre la cama. Gael se vistió.
- Pensaba que tú eras diverso. Espero no volver a verte nunca más. - dijo antes de salir de la habitación dando un portazo.
Quedadose solo, David fue arrollado por una oleada de recuerdos. En su mente pasaron, sobreponiendose, imágenes y escenas de mundos que ya no existían: Matilde Bianchi en lágrimas sentada en el sofá de su casa, Gael niño en el parque, la deposición de Soledad en el juicio contra su padre, el encuentro con la familia Bianchi Díaz en el bar de la calle Florida. El pasado le había visitado inesperadamente, sin preaviso, haciéndole revivir dolores lejanos pero nunca completamente amodorrados.
Gael entró en el centro social Paz, cuyos locales habían sido por muchos años una fábrica de bicicletas. Su amigo Marco estaba dibujando una heladera sobre una pared, mientras un viejo equipo estéreo difundía música rock.
Marco tenía veintidós años y el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Llevaba una chompa deformada, jeans raídos y rasgados y un par de viejas botas.
Gael encendió un porro y por algún minuto fumó en silencio, fruncido, luego dijo:
- Aquí en Milán tendría que habitar uno de mis viejos compañeros del colegio de los tiempos del secundario. Se llama David Gutiérrez.
- ¿David Gutiérrez? - preguntó Marco maravillado.
- ¿Lo conoces?
- No en persona. Sólo me acuesto con su chica.
- ¡No!
- Tienes que ver su cuerpo.
- ¿Qué la impulsa a traicionar a mi amigo con un pobretón como tú? David es el dueño de una fábrica.
- Es verdad. Pero tiene también un pequeño defecto. Es impotente.
- ¡No!
- Bueno, no del todo impotente, casi impotente. Elena me contó que sus relaciones duran pocos segundos, sin preservativo, y que a veces él ni siquiera lo consigue. Fue visitado por muchos médicos, en el extranjero también, pero no solucionó nada. Y además es aburrido, previsible, conformista. Hace todo lo que le ordena su padre. Es un débil, uno de esos tipos dóciles, sumisos, serviles.
- ¿Por qué Elena no lo deja?
- Están novios desde hace cuatro años. Aunque ya no lo ama le tiene cariño.
- ¡Pelotudeces! Para mí ésa sólo quiere su dinero.
Gutiérrez se sentó en el sofá del salón y se puso a hacer zappping, fumando un cigarrillo. Una mujer rubia parecida a su esposa guiñó de la pantalla del televisor, sin suscitar en él alguna reacción, ni agradable ni desagradable. Cuando Susan había muerto el coronel se había propuesto no entablar nunca más otras relaciones sentimentales serias o duraderas.
- Una aventura de vez en cuando está bien. - había pensado - Pero cada uno en su casa y en cuanto empieze a joder le doy boleta.
También había reflexionado:
- A mi edad si quiero una chica joven y linda tengo que pagarla, y esto no me lo puedo tragar. Una vieja la puedo tener gratis, pero a este punto prefiero una partida de póquer con mis amigos. Quizás sea mejor acabar definitivamente con el otro sexo. A fin de cuentas tuve tantas mujeres.
Y le habían venido a la memoria todas las consortes de sus colegas con las que se había concedido un amorío, empujado por su narcisismo y por la frigidez de Susan.
- Están lejos los tiempos de la caza y de las conquistas. - suspiró con pena y añoranza.
David entró en el salón. Por todo el día no había dejado un solo instante de pensar en Gael y en el pasado. Su padre lo acogió regañándolo.
- Siempre vuelves tarde a casa. Sabes que detesto cenar solo.
Gutiérrez no se podía definir un padre cariñoso. Nunca un beso, nunca un abrazo, nunca una caricia. Pero no escatimaba las críticas, también ofensivas. Cuando todavía estaba Susan tenía que retenerse y cuando veía algo que no iba bien la mayor parte de las veces se atrincheraba en un mutismo rencoroso, pero después de la muerte de su esposa por fin había podido empezar a subrayarle a David todo lo que no le gustaba en él.
- Es hora que te haces cortar el pelo. Te pareces a un maricón.
Como un buen militar Gutiérrez estaba convencido de que un verdadero hombre tiene que llevar el pelo cortísimo.
En el Canal 5 apareció la imagen de un cardenal de aspecto afable y sonriente.
- ¡Quién se ve! ¡El cardenal Arnaldo Bucero!
El recuerdo de su último encuentro con el alto prelado, ocurrido cinco años atrás en el aeropuerto de Malpensa, llenó al coronel de cólera mixta con repulsión.
- ¡Cara de culo! Una vez lo encontré en el aeropuerto y fingió que no me reconocía. Aspira a convertirse en papa, el rufián. Por fortuna sus sucios chanchullos para reunir votos son destinados a fracasar miseramente. Nadie le creió cuando renegó de su amistad con el presidente Videla. Si fuera elegido los paladines de los derechos humanos armarían un jaleo y la iglesia católica es demasiado ávida para correr el riesgo de perder a millones de fieles... Mira cómo se pavonea, ese panzón engreído. Debo admitir que la pantomima siempre ha sido su fuerte.
Gutiérrez juntó las manos, bajó la cabeza a un lado, adquirió una expresión contrita y dijo con un tonillo lamentoso:
- ¿Cómo podía saber que aquéllos eran corruptos, malhechores, que mataban a sus adversarios políticos? Enfrente mía siempre tuvieron una conducta integérrima. Nunca sospeché de nada.
Luego bajó las manos y rugió con rabia:
- ¡Judas! ¡Les has dado la espalda a tus hermanos por la púrpura pero la tiara sobre tu pelada nunca la meterás!
Después de haber apagado el televisor con el control remoto, despotricó:
- ¡Vete a tomar por el culo tú, el santo padre y todos los parásitos con el hábito!... Ese saco de mierda me ha amargado la velada.
David estaba desconcertado. Nunca había sentido al coronel hablar de aquel modo. La dictadura siempre había sido un argumento prohibido en casa Gutiérrez. Susan no permitía absolutamente que se hablara de ella y cuando en televisión transmitían reportajes periodísticos o documentales sobre el período de la guerra sucia cambiaba de canal. Sin embargo David había asistido al juicio contra su padre y leía los periódicos, por lo tanto de todad maneras le habían llegado informaciones. El chico sospechaba que sus padres habían utilizado plata sacada a los desaparecidos o a sus familias para comprar la fábrica y el chalé. La cifra que habían debido desembolsar era enorme, también por personas nacidas en familias acomodadas como ellos. Otra duda que lo atenazaba concernía su madre. Se preguntaba si la mujer estaba a oscuras de los crímenes de su marido, o bien era su cómplice consciente y silenciosa.
- ¿Durante la dictadura, mamá...
El coronel interrumpió la pregunta de David, precisando resentido:
- En Argentina nunca hubo una dictadura, sino una junta militar... Nuestro cometido consistía en restablecer y mantener el orden y la seguridad en el país. Las fuerzas armadas no eran una banda de gángster.
- En el período de la... lucha contra el terrorismo ¿mamá tenía conocimiento de tus verdaderas tareas?
El tono de Gutiérrez de resentido se hizo amargo.
- No. Y aunque lo hubiera tenido no le habrían importado un carajo los peligros que yo corría. Estaba ansiosa por las heroínas de los culebrones y su marido se le daba un bledo. Era una mujer ferozmente egocéntrica. Amaba solamente a sí misma.
- ¿Ocurrieron casos en que... te encontraste en la necesidad de... torturar a los presos para inducirlos a confesar?
- No. Yo desempeñé exclusivamente cargos administrativos. No entraba nunca en contacto con los subversivos.
El coronel mintió. No podía contar la verdad. David tenía un carácter demasiado sensible. No habría entendido. Desgraciadamente Susan con su educación absurda lo había arruinado y él para vivir en paz siempre la había dejado hacer lo que le gustaba. Habría querido ser ligado a su hijo por una relación de camaradería, de amistad, de complicidad, pero las circunstancias lo habían impedido.
- ¿Quién autorizaba las torturas en El Circo?
- No se trataba de verdaderas torturas. Las llamaría más bien fuertes presiones psicológicas. Los mismos procedimientos utilizados en todas las comisarías del mundo con los sospechosos.
David sabía que se adentraba en un discurso resbaladizo, pero no le gustaba que le tomaran el pelo.
- Si las torturas no eran admitidas, ¿cómo explicas las fosas llenas de cadáveres de desaparecidos con marcas de fracturas?
Gutiérrez se puso nervioso.
- Yo no debo explicar absolutamente nada. Que tú lo creas o no, en mi sección cada abuso era castigado duramente. Yo siempre traté a los detenidos con humanidad. Eran los suboficiales quienes los golpeaban, y a menudo causaban su muerte. Lo hacían a escondidas de sus superiores, para divertirse... Los suboficiales eran incontrolables. Esa gentuza violenta e insubordinada, sin educación ni cultura, además de desacreditar la junta militar nos hizo perder las Malvinas. ¿Cómo se puede ganar una guerra con un ejército de cabezas de chorlito y gallinas? ¡Tropel de incapaces! Y hasta dicen que los abandonaron. ¡Pretenden beneficios, resarcimientos! ¡Yo sé lo que les daría!... Nunca quisiste enfrentar ciertas cuestiones. ¿Por qué lo haces ahora?
- Comenzaste tú, cuando viste ese cardenal en televisión. De todos modos, si esta cosa te malhumora cambiamos de tema.
- Es mejor. Ocupémonos de cosas más importantes. ¿Cómo va la refacción de tu departamento? Ahora que la casa está casi lista te decidirás por fin a establecer la fecha de la boda. Sabes que no veo la hora de llegar a ser abuelo.
- En este período yo y Elena estamos muy ocupados con el trabajo. No tenemos tiempo para organizar la ceremonia.
La voz del coronel se puso rencorosa.
- ¡Siempre pretextos! Sigues aplazando de mes en mes. Ya no me queda mucho tiempo para gozarme a mis nietos. ¿Qué carajo esperas a casarte y hacer hijos? ¿Qué yo reviente?
David bajó la cabeza.
- Mañana voy a hablar con Elena.
Gutiérrez sintió un profundo desprecio. Ese hijo tan diverso de él, así flexible, así claro de piel y de pelo como su madre, lo sentía extraño y molesto.
Sabado por la mañana David fue a buscar a Elena en auto a las diez. Elena tenía veinticinco años y un físico de modelo que amaba poner en evidencia vistiéndose y maquillándose llamativamente.
- ¿Qué programas tienes para hoy? - preguntó la chica.
David, absorto en sus pensamientos, no contestó. Su mente estaba vagando lejos en el tiempo. No lograba no pensar en el pasado, a todo el mal que su padre les había hecho a Gael y a su familia. Los sentimientos de culpa lo destrozaban.
- ¡David! ¿Me escuchas?
David se sobresaltó.
- Te pregunté qué programas tienes para hoy. ¿En qué estabas pensando?
- En nada... ¿Por qué no vamos a la feria de Senigallia?
- ¿A la feria de Senigallia? ¿Te has vuelto loco?
David pronunció la frase instintivamente, sin prever las consecuencias que arrancarían de esto.
- Sólo era una propuesta. Creía que era una idea original para pasar una tarde diferente de las demás. Últimamente vamos siempre a los mismos sitios.
- Si para ti es importante vámonos.
En la feria de Senigallia había mucha gente, pese al mal tiempo. En el cielo, detrás de una cortina de nubes gris, se asomaba la silueta de un pequeño pálido sol. El asfalto estaba todavía lustroso y mojado por la lluvia de los días precedentes. Las personas se apretaban encima los abrigos y las bufandas para protegerse del frío cortante del invierno. En aquella confusión Elena, acostumbrada a hacer adquisiciones en las boutiques más exclusivas, estaba bastante fastidiada.
Sobre el tenderete de Gael estaban expuestos cuadros y esculturas que revelaban un discreto talento artístico. Gabriel estaba sentado en un taburete, con su usual mirada vacua. Soledad estaba de pie junto a él. En el suelo, al lado del puesto, estaban apoyadas algunas esculturas que se parecían vagamente a unas jirafas.
Gael le mostró a su madre un dvd que le había apenas comprado a otro vendedor ambulante.
- ¡Lo encontré! Hace tanto que lo buscaba.
- “La noche de los lápices”.
- Lástima que en nuestra casa no hay un reproductor de dvd.
- En cuanto podamos nos compraremos uno.
Gael quedó muy sorprendido cuando David y Elena se pararon delante de su tenderete.
- ¿Qué representan esas esculturas? - preguntó David acercándose al grupo de jirafas.
Gael lo alcanzó.
- Son jirafas.
- Quisiera hablar contigo. Pero no aquí, en un lugar menos atestado de gente. - dijo David en voz baja.
- Nunca me habría esperado que vendrías.
- En mi oficina, el lunes.
- ¿A qué hora?
- Cuando eres cómodo.
David sacó del bolsillo de su chaquetón una tarjeta de visita y se la pasó furtivamente a Gael.
- Ésta es mi dirección, junto con el número de mi celular. - susurró.
Luego levantó el tono de voz.
- Compro la más pequeña.
Gael se metió la tarjeta en un bolsillo de los pantalones.
- Son 150 euros.
- ¿Qué? - exclamó Elena.
David sacó 150 euros de su billetera y se los alargó a Gael, que en cambio le dio la jirafa junto al dvd.
- Éste es un obsequio. Es una película basada en la verdadera historia de siete estudiantes argentinos raptados y asesinados por los militares durante la dictadura.
- Gracias. Esta noche voy a verla. ¡Hasta luego, Gael!
- ¿Cómo sabes mi nombre?
- Lo recordaba. Nosostros ya nos conocimos, hace muchos años, en Argentina. ¡Chau!
En cuanto David y Elena se hubieron alejado, Soledad le preguntó a Gael:
- ¿Por qué le diste el dvd?
- Ése es el hijo del coronel Gutiérrez. Habita él también en Milán con su viejo. Su madre murió en un accidente de auto hace dos años.
Soledad se inquietó.
- ¿Le dijiste quiénes somos?
- No.
- Si vuelves a verlo evítalo. No quiero tener problemas con Gutiérrez. Papá se encuentra mal y necesita tranquilidad.
David y Elena continuaron su paseo entre los tenderetes. La chica no lograba resignarse.
- ¡150 euros por una estatuilla de 20 centímetros! ¿Compraste ese horror por qué te gusta o por qué querías hacer la caridad a esos tres pelagatos?
- Me ha venido un fuerte dolor de cabeza. Volvemos a casa.
- Sí, vámonos. No aguanto más en toda esta escualidez... Tú, en cambio, a lo que parece te encuentras en tu medio.
- ¡Para de rezongar como una mujerzuela histérica! ¡Me has cansado! - estalló David.
Elena quedó a boca abierta, incrédula frente a su primero arrebato de intolerancia en cuatro años de noviazgo.
- ¿Qué te pasa?
David calló.
- Hoy estás raro.
David y Elena transcurrieron el resto del día en un restaurante a la moda y luego en la casa de una pareja de amigos antipáticos y esnobes. A David le parecía que estaba en un entorno desconocido entre extraños, cuyas voces resonaban innaturales y lejanas. Era una sensación horrible. Mientras los demás discutían animadamente de banalidades hizo un balance de su vida opaca, insignificante y monótona: era desastrosa en todos los frentes. Y el porvenir se anunciaba aún más miserable que el presente.
A la una de la noche regresaron a sus respectivas viviendas. David posó la jirafa sobre su velador, se acostó y, aprovechando el echo que su padre aún estaba fuera con sus amigos, se puso a mirar el dvd que le había regalado Gael. A media hora del inicio de la película Gutiérrez entró de repente en su cuarto, preguntándole:
- ¡Entonces! ¿Fijasteis la fecha?
David aferró velozmente el control remoto apoyado sobre las mantas y apagó el televisor. El coronel se chamuscó y le lanzó una mirada penetrante.
- ¿Por qué apagaste? Enciende. Yo también quiero ver.
David se ruborizó y permaneció inmóvil.
- ¡Ah, he comprendido! - exclamó Gutiérrez con un centelleo malicioso en los ojos - Te he pescado con las manos en la masa. Estabas mirando una cinta pornográfica. No eres tan perfecto como intentas hacer creer.
- Es una película histórica.
- ¡Sí, histórica! ¿No te da vergüenza? Esas suciedades no se miran... ¡se hacen! ¡Si yo tuviera tu edad!
El coronel notó la escultura de Gael y la observó con curiosidad.
- ¿Qué es ese garabato?
- Es una jirafa. La compré en un mercadillo.
- ¿Cuánto la pagaste?
David titubeó algunos segundos antes de contestar.
- 50 euros.
- Como de costumbre te jodieron.
- Es una obra de Gael Díaz... ¿Recuerdas a la familia Bianchi Díaz?
- ¡Pues claro que la recuerdo! Soledad Bianchi fue una de mis acusadoras más encarnizadas, en el juicio. Y mientras lanzaba lodo y calumnias sobre mí los hijos de puta de los jueces le sonreían complacidos. No me atrevo a pensar en cuantos inocentes habrían ido en prisión, si el parlamento no hubiera puesto fin a las persecuciones de la magistratura con las leyes de amnistía.
- Hay jueces que consideran esas leyes inconstitucionales. En los últimos tiempos hicieron detener a muchos militares que habían sido beneficiados con ellas.
David se refería a los magistrados Gabriel Cavallo, Claudio Bonadío y Reinaldo Rubén Rodríguez. El primero que había declarado la incostitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida había sido Cavallo en marzo de 2001, seguido por Bonadío en octubre del mismo año y por Rodríguez en agosto de 2002.
- A mí no me toman ni muerto. ¡Pelotudos! Yo sabría como hacerle bajar el copete a esa canalla.
- ¿Te acuerdas también del marido de Soledad?
- Ése era una de mis joyas. Una perla. Si todos hubieran sido como él habríamos exterminado la guerrilla en un mes.
- ¿Qué quieres decir?
- Que era un traidor. No entiendes nada de nada. Eres duro de mollera.
- ¿Por traidor quieres decir un colaborador?
- Quiero decir una espía. Para salvar a su chica denunció a media Argentina. Cuando salió de El Circo se escondió en Patagonia, donde acabó en un manicomio, hasta que esa loca se fue a tomarlo. ¡A la fuerza! Le servía un padre para su bastardo.
- ¿Qué bastardo?
- El mocoso que tuvo con un sargento que trabajaba en la cárcel.
- ¿Soledad Bianchi fue violada?
Gutiérrez se dio cuenta de que había metido la pata, pero remedió enseguida.
- Una sola vez. Naturalmente cuando descubrí que se había ocurrido ese vergonzoso episodio tomé enseguida medidas disciplinarias muy severas contra el culpable. Ya te lo dije que los suboficiales estaban al mismo nivel de las bestias. Ignorantes, toscos, violentos. No había manera de tenerlos a raya. Hacían lo que querían.
- Los Díaz vinieron a habitar en Italia. Creo que la pasan muy mal económicamente. El padre es un deprimido crónico y no puede trabajar.
- No es un deprimido crónico. Está loco.
- El hijo es un artista, pero para mantenerse reparte folletos publicitarios.
- ¿Un artista? Entonces es maricón. Artistas, peluqueros, estilistas, curas, son todos maricones. El problema no es el Sida. La verdadera peste de los últimos veinte años se llama mariconería. ¡Ah, en qué tiempos vivimos! Cuando yo era joven no había tantos pervertidos y los pocos que había se escondían. Ahora en cambio desfilan en las calles y se exhiben en televisión.
- ¿Por qué odias tanto a los homosexuales?
- ¿Qué clase de pregunta es ésta? ¿Te parece normal que un hombre lo meta en el culo y en la boca a otro hombre? Me dan ganas de vomitar sólo si lo pienso.
David se quedó en silencio, con una expresión contrariada. El coronel bufó.
- ¡Qué joda! Cada vez que hablo de maricones, negros o judíos me toca chuparme tu cara torva por una semana. Yo seré racista pero ni siquiera tú eres un santo, querido mío. Tú eres la prueba viviente de que la respetabilidad es la máscara detrás de la que se esconden los porcachones. Te escandalizas por mi lenguaje chocarrero...
Con un gesto de sorpresa Gutiérrez agarró el control remoto de las manos de su hijo y concluyó, con una sonrisa irónica:
- Y miras las películas porno a escondidas.
Luego encendió el televisor, tropezandose con una escena de tortura con la corriente eléctrica. Su sonrisa se apagó.
- ¿Qué carajo es esto?
- “La noche de los lápices”, del regista Olivera. - dijo David con incomodidad - Me la dio Gael junto a la escultura... Por demasiado tiempo preferí no saber. Ahora siento la exigencia de conocer la verdad hasta el fondo.
- ¿Qué verdad? ¿La de una película de propaganda comunista desleal y facciosa? ¿La verdad de los terroristas?
- Yo opino que tenemos la obligación de escuchar también su versión de los hechos.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
David no contestó.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? - gritó el coronel, en una explosión de furia reprimida - ¡Idiota! ¿Te se secó el cerebro? Dilapidé un dineral para hacerte frecuentar las más prestigiosas escuelas del mundo y al final te convirtiste en un deficiente. Es mejor que me vaya antes de que te rompa esa porquería de jirafa que compraste en la cabeza.
Gutiérrez, cárdeno, salió del cuarto dando un portazo. La mañana siguiente durante el desayuno no le dirigió una sola palabra a su hijo, ni lo dignó de una ojeada. Para desahogarse se fue a entrenarse en el polígono, pero tampoco acribillando a balazos decenas de siluetas logró eliminar toda la bronca que le hervía en el cuerpo.
Gael entró en un establecimiento de la zona industrial de Milán sobre cuya fachada resaltaba el letrero Syntec. En la recepción esperaba a los clientes una mujer joven y atrayente.
- Tengo una cita con David Gutiérrez.
- ¿Usted es el Señor?
- Gael Díaz.
La empleada descolgó el teléfono, marcó un número y anunció:
- ¡Ingeniero! El Señor Díaz ha llegado.
Luego colgó el auricular y se levantó.
- Le acompaño al ingeniero. - dijo encaminándose a lo largo de un pasillo al que daban las puertas abiertas o entornadas de numerosas oficinas, iluminadas por la luz fría y blanquecina de los neones.
Gael la siguió, mirando de reojo a los dependientes atareados a la computadora o con la cabeza gacha sobre el escritorio. La atmósfera que se respiraba era de orden, puntualidad y eficiencia.
La empleada llamó a una puerta cerrada al final del pasillo.
- ¡Adelante! - dijo David.
Gael entró en el despacho con una actitud desconfiada. David lo invitó a sentarse.
- Siéntate.
- No. Me quedo de pie.
Bastante incómodo, David pronunció un breve discurso que se había preparado durante la noche.
- Te pido disculpas por la manera de reaccionar que tuve el otro día en mi casa. No tenía palabras. Me sentía a disgusto... Es necesario que tú sepas que considero el período de la última dictadura militar en Argentina una página negra de la historia, una tragedia terrible que espero que no se repita nunca más.
- ¿Me hiciste venir aquí sólo para decirme esto?
- No. Un cliente nuestro está buscando a empleados administrativos y me he permitido señalarle tu nombre y el de tu madre. Si me dejas vuestros datos os haré contactar para una entrevista.
- ¿No hay sitio para nosotros en tu empresa?
David tuvo una breve vacilación.
- Por el momento el personal está al completo.
- La verdad es que si nos contratas y tu viejo se entera se arma un berenjenal.
- Me gustaría mucho dar una ayuda económica a tu familia.
- No queremos tu limosna.
- No se trata de limosna sino de un acto de reparación.
- No puede haber ninguna reparación. Los muertos no resucitan y las cicatrices de las torturas no se borran.
Gael alcanzó la puerta.
- ¡Gael, espera! Vi la película que me regalaste.
Gael se paró.
- Me sirvió para comprender tantas cosas... En mi casa nunca hablábamos de la dictadura. Mi madre no quería.
Gael se volvió hacia David y dijo:
- Tengo muchos libros sobre ese argumento. ¿Te interesan?
- Sí, gracias.
- ¡Chau!
- ¡Chau!
Por todo el día David fue presa de una fuerte inquietud. La agitación en él era tal que llegó a desear de dejar plantado a todos y todo y huirse a una isla desierta en medio del océano. Lejos, lejísimo de sus problemas, de su padre, de Elena, de la Syntec, de Gael. Contrariamente a sus costumbres salió muy pronto del trabajo, a las 19. La ciudad estaba envuelta por una espesa capa de niebla. Mientras manejaba en el tráfico tuvo la tentación de irse al aeropuerto y subirse al primer vuelo disponible con destino al Caribe. Allà, sin pensar en nada, transcurriría las horas dejándose mecer por las olas calientes del mar o reposándose a la sombra de una palma en la playa. Contemplaría maravillosos cielos en el ocaso, estriados de rosa y de violeta, sentado en una roca y se dormiría sobre la arena, bajo la bóveda estrellada de las Antillas.
David siguió fantaseando con los ojos abiertos hasta su llegada a casa. En el salón encontró a Gael.
- ¿Te asusté? - le preguntó el chico viéndolo estremecerse - No entré por la ventana. Me abrió la puerta la mucama... Como un verdadero ricachón explotador argentino te tomaste una boliviana.
- Es mi padre quien elije a los domésticos. - se justificó David.
Gael le enseñó dos libros que tenía entre las manos. Les había tomado prestados en una biblioteca.
- Éstos son los libros que me pediste.
- Apóyalos nomás sobre la mesa.
- Esta tarde fui a tu oficina para dártelos, pero no estabas.
- Podías dejarlos a mi secretaria.
Gael se encogió de hombros.
- Abría pasado por esta zona de todos modos por trabajo.
- Tal vez sea preferible que te vayas. Mi padre volverá por momentos.
- ¿Y qué?
Gutiérrez entró en el salón. Al ver los libros sobre la mesa intuyó enseguida que Gael era el hijo de Soledad Bianchi y se endureció.
- ¡Vete! ¡No te quiero en mi casa! - le intimó al joven con tono irritado.
- Ésta es también la casa de David.
- Gael, por favor, ándate ahora. - dijo David, en la inútil tentativa de evitar lo peor.
El coronel arrojó los libros a tierra.
- ¡Me limpio el culo con tus libros!
- ¡Papá! ¡Por favor! - imploró David.
- Tu viejo tiene miedo a que tú descubras la verdad.
- Mi hijo sabe todo. Eres tú quien debe tener miedo a la verdad. Estoy seguro de que nadie te contó que Gabriel Díaz fue internado en un manicomio.
- Ya lo sabía.
La actitud de Gael era de desafío.
- ¿Sabías también que era un traidor y que se volvió loco por el remordimiento? No tuvimos ni siquiera necesidad de torturarlo. Denunció espontáneamente a todos sus compañeros del sindicato. ¡Un admirable ejemplo de fervor revolucionario!
- ¡Papá! ¡Basta ya!
- ¡No! Me provocó él. Ahora viene lo mejor. Gabriel Díaz no es tu verdadero padre. Tu madre fue violada por mis hombres y quedó embarazada de ti. Cuando supo que esperaba un hijo quería morir. No comía y no bebía más. Ella te odiaba.
- No es verdad. - dijo Gael con voz trémula.
- Si no me crees pregúntalo a los interesados directos. Me he divertido bastante. ¡Vete! ¡No quiero ver tu cara de maricón por el resto de mi vida!
El coronel lanzó lejos los libros de historia con una patada.
- ¡Y llévate tu inmundicia!
Gael estaba como paralizado.
- Pensabas que eras listo, ¿no? Pero yo soy más listo que tú.
Gael corrió fuera del salón y se precipitó en la calle, desvaneciéndose en la niebla densa. Después de haber tratado vanamente de alcanzarlo, David enfrentó a su padre.
- ¿Por qué lo hiciste? Díme por qué lo hiciste.
- Y tú díme por qué dejaste que el hijo de una peligrosa pareja de terroristas se colara en nuestra casa.
- Los padres de Gael no eran terroristas. Y aunque lo hubieran sido, no tenías ningún derecho a segregarlos en un centro clandestino de detención.
Gutiérrez a duras penas se retuvo para no propinarle cachetadas a David. No lo había nunca pegado. Si lo hubiera hecho Susan le habría saltado encima con el ímpetu de un tigre en defensa de su cachorro en peligro.
- ¡Pues cállate, sabelotodo de mala muerte! ¿Qué conoces tú de la real situación política de los años ‘70 en la Argentina? Antes tu madre siempre te escondió la verdad, para protegerte, decía ella, y ahora ese chico metido te llenó la cabeza de trápalas y estupideces. Y tú le creiste enseguida, como un pobre mentecato.
- Gael no dice mentiras.
- ¿Ah, no? ¿Entonces el mentiroso soy yo?... ¡No te quedes ahí plantado como un memo! ¡Respóndeme! ¡Di lo que piensas! ¿Eres un hombre o un muñeco?
David siguió callando, mirando fijo tercamente los reflejos cobrizos del parquet.
- ¡Qué hijo flojo me ha tocado! ¡Blandengue!... El terrorismo era una amenaza para la democracia y yo nunca me arrepentiré de haber hecho de todo para combatirlo. Cualquier medio es lícito con tal que vencer al enemigo. Tú esas cosas no puedes entenderlas porque eres un pusilánime. Aquéllos como tú durante las guerras se quedan pacíficos y contentos en sus casitas y dejan el trabajo sucio a los demás. En la época del gobierno de Videla mientras yo arriesgaba cada día que me explotara una bomba debajo del culo vosotros pasabais vuestro tiempo mirando los partidos de fútbol y los culebrones. La Argentina estaba por caer en manos de los comunistas y vosotros continuabais conduciendo vuestras existencias insulsas y ociosas sin preocupaciones. Total, de dar caza a los guerrilleros se encargaba el ejército. Luego, cuando la economía empezó a ir mal, transformasteis a los militares en chivos expiatorios, llenándoos la boca de bellas palabras: derechos civiles, elecciones libres, justicia, nunca más. Con un cinismo repugnante escupíais encima de los que hasta pocos meses antes considerabais los defensores de la patria, llamándolos asesinos. Yo nunca me alardeé de haber logrado impedir decenas de atentados salvando centenares de vidas humanas. Me conformaba con la satisfacción de haber cumplido con mi deber de soldado. No pretendía ni honores ni medallas. Sólo me esperaba algo de reconocimiento y respeto. En cambio no recibí más que insultos. Por esto me fui de mi país.
- Actuaste mal tratando a Gael de ese modo.
Las palabras de David hicieron montar en cólera al coronel.
- ¡Para de juzgarme! No hay sitio para los amigos de los terroristas en esta casa. ¡Mete tu ropa en una maleta y vete!
David tomó los libros de Gael del suelo y los puso en su maletín.
- En cuanto a mi plata ¡olvídala! Mañana por la mañana me voy al notario y te desheredo. A mi muerte no tendrás ni un centavo.
David salió de casa. Los gritos de su padre lo alcanzaron hasta en el jardín.
- ¡Tampoco vengas a suplicarme de rodillas no entrarás nunca más en esta casa!
Gael se sentó delante de una computadora del centro social y comenzó a navegar en internet. Sobre el monitor, bajo el título “Torturadores argentinos”, apareció una serie de fotografías de hombres, entre las que la de Gutiérrez con el uniforme. Un click sobre la foto del coronel y la imagen creció hasta ocupar la entera pantalla.
David entró en el local y se le acercó a Gael. Localizarlo no había sido fácil: había debido contactar ocho agencias de distribución de octavillas antes de encontrar aquélla por la que trabajaba. La empleada que había contestado por teléfono le había dado la dirección del centro social Paz.
- Quisiera aclarar algunas cosas.
Gael siguió mirando el monitor.
- No tenemos nada que aclarar.
- La otra tarde, cuando te pedi que te fueras, sólo intentaba evitar que encontraras a mi padre. Por experiencia personal sé que puede llegar a ser muy agresivo y cruel cuando se enfada.
- Entonces ¿por qué a los treinta años y pico todavía habitas con él?
- Desde el día en que peleasteis me trasladé a otro departamento y no volví a verlo.
- ¡Vete! Éste no es un lugar por ti. Es una madriguera de comunistas. Vuelve al palacio que te compraste con la plata de mis abuelos.
- Yo no tengo culpa de lo que hizo mi padre. - dijo David.
Saliendo, el chico encontró una sorpresa desagradable: su auto estaba completamente cubierto de pintadas y dibujos colorados.
Después de pocos minutos que David se hubo ido Elena entró en el local y se le acercó a Marco, que estaba discutiendo de música con un grupo de senegaleses. Los dos se dijeron algo, luego se desplazaron a un rincón apartado. Impulsado por la curiosidad, Gael los siguió y escuchó a escondidas su conversación.
Comenzó a hablar ella, con tono inquisidor.
- ¿Por qué no me llamaste?
- Tenía que estudiar. - contestó él con actitud evasiva.
- ¿Tomaste una decisión?
- Todavía no. Estoy confuso. Dáme tiempo.
- No hay más tiempo. Ya estoy al segundo mes.
Marco se quedó en silencio por algunos instantes, luego sentenció:
- Entre nosotros no funcionaría. Somos demasiado diversos.
- ¿Y el niño?
- No lo sé. No lo sé. - dijo negando con la cabeza el joven - Mira tú.
- ¡Eres un bastardo! Querría no haberte encontrado nunca.
- No te hagas la víctima. ¿Piensas que no lo he comprendido? Tú no quedaste embarazada por descuido. Querías atraparme. Pero te fue mal. Yo no estoy disponible. Ándate a tu novio impotente.
Elena entendió que era inútil insistir y se fue.
Vuelto a sus amigos, Marco comentó:
- Estaba convencida de que nos casaríamos. Está loca.
David almorzó con Elena en un restaurante cerca de la empresa de cosméticos en la que la chica trabajaba como encargada de las relaciones públicas. Al final de la comida, después de haberse dado ánimo, dijo con tono decidido:
- ¡Elena! Ya no existe ningún diálogo entre nosotros. Cuando somos juntos siempre estás de mal humor. Parece casi que yo te fastidio. No podemos continuar así.
Justamente cuando creía que estaba a punto de deshacerse de una carga le cayó sobre la cabeza una aún más pesada. En efecto su novia rebatió que era natural que una mujer en sus condiciones fuera nerviosa y irritable y le anunció con una sonrisa deslumbrante que esperaba un bebé.
David se quedó tan trastornado que cuando Elena le preguntó si le estaba bien el 2 de marzo como fecha de la boda contestó que sí sin objetar. La noticia del embarazo de Elena lo hizo sumirse en una profunda desesperación. No quería casarse con una persona que no amaba y mucho meno quería tener un hijo, pero se sentía obligado a hacerlo. La vida le parecía una jaula de la que sólo la muerte podía liberarlo. ¡Si sólo hubiera tenido la fuerza para acabarla!
Regresado a su despacho se dejó caer sobre la silla, aniquilado. Por toda la tarde, entre una tarea y la otra, siguió tomándose la cabeza entre las manos y pasándose los dedos en el pelo, como por quitarse de encima los problemas que lo agobiaban.
A las nueve de la noche, volviendo a casa del trabajo, vio a Gael, las manos en los bolsillos de los jeans, apoyado contra el muro del condominio en que habitaba. En vez de dirigirse hacia los garajes paró su auto y bajó el vidrio al lado del pasajero. Gael se asomó a la ventanilla.
- Tengo que hablarte.
- Sube.
Gael se sentó en el coche y sin preámbulos dijo:
- Tu novia te traiciona con un amigo mío y espera un hijo de él.
David no tuvo alguna reacción.
- Que quede claro. No te estoy haciendo un favor. Es que no tolero ciertas hipocresías burguesas... Ahora me voy. ¡Chau!
- ¡Espera! Te acompaño a casa.
- No. Tomo el colectivo.
- ¿Dónde habitas?
- En Ponte Lambro.
Mientras David manejaba rumbo a la periferia de Milán su padre estaba sentado en un sillón del salón delante del televisor apagado, paladeando un licor. Bajo el resplandor rojizo de la única lámpara encendida la figura de Gutiérrez, sumida en pensamientos sombríos, parecía inquietante y siniestra. Cuando en la habitación entró la empleada doméstica, avisando que por aquel día había terminado y que volvería a su casa, el coronel tampoco se percató.
David estacionó su auto en el patio del edificio de Gael. Sin decidirse a bajarse, Gael le preguntó:
- ¿Amas mucho a Elena?
- No la he amado nunca.
- Lo dices sólo porque te traicionó.
- Yo nunca la he amado a ella y ella nunca me ha amado a mí.
- Entonces ¿por qué os juntasteis?
- Por... razones de imagen.
- Quién sabe cuántos ligues tuviste. Las chicas están ciegas por los tipos como tú: ricos, con el fuera de serie.
- No me interesan los ligues. Sólo tuve cuatro novias oficiales. No soy un seductor.
Gael abrió tanto ojo.
- En toda tu vida ¿sólo te acostaste con cuatro mujeres?
- ¿Tú con cuántas te acostaste?
- No sé. Treinta... Yo te estafé. Mi jirafa no valía 150 euros.
- Para mí les valía. Tú posees un talento extraordinario.
- Lástima que hasta ahora nadie se haya percatado. Me considero un artista incompredido... Siento que te dije todas esas cosas malas. No las pensaba en serio. Bueno, un poquito las pensaba. Exageré. El hecho es que desde que me peleé con Gutiérrez me siento como un perro. Pasé días tremendos, teniéndome todo adentro, sin poder desahogarme con ninguno.
- ¿No hablaste con los tuyos?
- No. Ya tenemos muchos problemas. Con lo poco que ganamos a duras penas logramos sobrevivir. Mi viejo siempre está triste y deprimido. Y como si todo esto ya no fuera tanto nos desahuciaron. Tenemos seis meses de tiempo para encontrar otra casa. Con los precios que hay no sé dónde iremos a parar... Estoy harto de ser pobre... Sube a mi departamento un rato. Quiero hacerte ver algo.
David y Gael se bajaron del coche.
- Prepárate para la escalada. - dijo Gael - Vivo en el quinto piso, sin ascensor.
El edificio en el que vivía Gael había sido construido en los años '60. Ya en el vestíbulo se era asaltados por una sensación de miseria y deterioro. Los buzones o tenían los vidrios rotos o no tenían más vidrios. La escalera era iluminada por la luz tenue de pequeños plafones cubiertos de polvo. David y Gael entraron en un cuarto que servía al mismo tiempo de living y de cocina. David notó que los muebles eran viejos y mal reducidos, las cortinas raídas, las paredes sucias, las baldosas del suelo desteñidas. Gael le enseño un cuadro que representaba un ser monstruoso con el cuerpo mitad humano y mitad animal.
- Mi última obra.
- Interesante. ¿Es un monstruo mitológico?
- No. Es tu viejo.
David rompió a reír.
- Tienes razón. Es él. ¿Cómo no lo he reconocido?
- Dáme el chaquetón que te lo cuelgo.
David se quitó el chaquetón y se lo dio a Gael, que lo colgó junto al suyo en un perchero. Luego Gael tomó un libro apoyado sobre la mesa y se lo dio a David.
- Éste lo escribí yo. Es la historia de mis padres... Sentémonos.
El sofá estaba desfondado. David hojeó algunas páginas del libro.
- ¿ Dónde se conocieron los tuyos? - le preguntó Gael.
- En Florida, el estado de mi madre, en 1970. Mi padre se encontraba allí por trabajo.
- ¿Sabes que los golpistas argentinos habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares de Florida y Panamá? Tu padre se había ido a los Estados Unidos para aprender a matar a los comunistas.
- Es probable... ¿Ya propusiste tu novela a alguna editorial?
- La propuse a decenas de editoriales, sin recibir ni una respuesta.
- Házla publicar pagando de tu bolsillo.
- ¿Dónde encuentro la plata?
- Financio yo toda la operación.
- Te costará mucho.
- No importa. Hace tanto que tengo gana de lanzarme en nuevas aventuras. Nunca he amado mi trabajo. Mi padre lo eligió por mí, me lo impuso sin ni siquiera preguntarme cuáles eran mis aspiraciones.
- ¿Cuáles eran tus aspiraciones?
- Ser abogado.
David nunca se había atrevido a decir a sus padres que le habría gustado estudiar jurisprudencia. Gutiérrez detestaba a los abogados, sobre todo a causa de los honorarios que había debido pagar para hacerse defender en el juicio.
- Esas sanguijuelas me han descarnado vivo. ¡Pandilla de bribones! - solía repetir.
En la voz de David se percibió una vena de arrepentimiento.
- Pero ya es tarde.
- No es tarde. Sólo tienes treinta años. Aún estás a tiempo para cambiar tu vida y realizar tus sueños.
- Por ahora pensemos en tu novela.
- Podríamos también abrir una galería de arte.
- Del alquiler y las autorizaciones me encargo yo. Tú ocúpate de encontrar un local adecuado y las obras que expondremos.
- Ya tengo mis cuadros y mis esculturas. Además me gustaría ayudar a jóvenes artistas del tercer mundo a hacerse conocer.
Al improviso se oyó la voz de Gabriel que gritaba:
- ¡Soledad! ¡Soledad! ¡El niño!
- Es mi viejo. Está teniendo una pesadilla. Todas las noches sueña que mi madre es raptada por los militares.
Gael se precipitó en el dormitorio y comenzó a sacudir a Gabriel, que se debatía convulsamente entre las sábanas.
- ¡Papá! ¡Despiértate! ¡Despiértate! Sólo es una pesadilla. Mamá se encuentra bien.
Gabriel se despertó, sudado y confuso.
- ¿Dónde está Soledad?
- Mamá está al trabajo.
- Es mejor que me vaya. - dijo David en la puerta.
- No. Quédate. Dentro de poco vuelve a dormir.
David se sentó en el sofá. Después de unos minutos Gabriel tomó de nuevo el sueño y Gael volvió al living, sentándose junto a David.
- ¿Se tranquilizó?
- Sí. Ahora duerme... Mi viejo no consigue curarse de la depresión... Me gustaría tanto poder hacer algo por él... Tal vez si halláramos a su nieto se sentiría mejor... Mi primo nació en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Mi tía Leonor lo alumbró en abril de 1977. Hicimos de todo para encontrarlo, pero fue inútil.
- Me dijiste que tus abuelos maternos se quedaron en Argentina.
- Sí. Apenas encuentremos una buena colocación vendrán a vivir con nosotros en Italia. Sólo nos hablamos una vez a la semana pues las llamadas al extranjero son muy costosas... En mi casa la plata siempre ha sido poca... ¿Sabes qué me da más rabia? Qué los militares que reducieron a mi padre en este estado, violaron a mi madre, y robaron a mis abuelos, quedaron libres e impunes.
Gael vio que sus palabras habían puesto incómodo a David y dijo:
- Yo no la tengo tomada contigo. Tú no eres como tu padre.
David se levantó.
- Es muy tarde. Tengo que irme.
- Antes de que hayas llegado a casa es el amanecer. Te conviene quedarte a dormir aquí. Hay el espacio.
Gael transformó el sofá en una cama matrimonial. David habría preferido volver a su departamento, pero para no parecer maleducado se le acostó al lado. Estaba tan cansado que, a pesar del malestar, en pocos minutos cayó en un sueño profundo.
Al regreso del trabajo, la sorpresa de Soledad fue grande al encontrar a David y Gael dormidos en el sofá-cama. Alzó la persiana enrollable de la ventana y los dos chicos se despertaron.
- ¡Hola! ¿Te acuerdas de David? - le preguntó Gael adormilado.
David y Gael se levantaron. La presencia de David, más que irritar a Soledad, la turbaba, porque desde cuando lo habían visto en la feria de Senigallia Gael hablaba de él continuamente.
Del dormitorio llegó Gabriel, en pijama y despeinado, arrastrando las pantuflas. Soledad le dio un beso en la mejilla.
- Ándate a vestirte. Esta mañana tenemos invitados para el desayuno.
- Papá, él es David Gutiérrez. Nos hemos convertido en amigos. - dijo Gael.
- ¡Hola, David! Gael siempre habla de ti.
Gabriel volvió al dormitorio. Mientras Gael ponía la mesa, Soledad vertió algunas gotas de una medicina en un vaso y metió el vaso delante del plato de la cabecera de la mesa.
- ¿Papá tuvo otra vez pesadillas? - se informó.
- Sí, pero volvió a dormir enseguida.
Gabriel, vestido de manera descuidada, regresó al cuarto y se sentó a la cabecera de la mesa. Soledad, David y Gael también tomaron asiento y empezaron a comer.
- Bebe la medicina. - le dijo Soledad a su marido, acariciandole el pelo - Estás todo despeinado... Luego te haces la barba.
- ¡No! - dijo él, desganado.
- Sí.
- ¿Qué dice Gael de mí? - preguntó David.
- Que eres un pelotudo capitalista. - contestó Gabriel, con candor desarmante.
- ¡Gabriel! - exclamó Soledad, incómoda.
La escena divirtió bastante a Gael, que le pasó un bollo a su amigo.
- Tómate otro bollo.
- ¿Me estás atiborrando para decirme luego que soy un gordo chancho burgués? - hipotizó David.
- ¿Vamos a dar un paseo, más tarde? - le propuso Soledad a Gabriel.
- No.
- ¿Por qué no? Salir te sentaría bien. Siempre estás encerrado en casa. Eres perezoso.
Gael interrumpió a sus padres.
- Tengo que dar un anuncio. Yo y David fundamos una sociedad. Él pone la plata, yo mi ingenio. Para comenzar publicaremos mi novela y abriremos una galería de arte. Luego veremos.
Soledad le preguntó a David con aprensión:
- ¿Tu padre está de acuerdo?
- ¿Qué tiene que ver su padre? - intervino Gael.
David contestó con decisión:
- Que lo esté o no, no voy a renunciar a nuestros proyectos.
- Piénsalo bien.
David miró su reloj de pulsera y se levantó.
- Son las ocho. Si no me doy prisa llegaré tarde al trabajo.
- Los jefes pueden presentarse en la oficina a cualquier hora. - le hizo notar Gael.
- No los jefes como yo... ¿Me prestas tu novela?
Gael le dio su libro a David, que ya se había puesto el chaquetón.
- Cuando hayas terminado de leerla házme saber tu opinión.
Los dos jóvenes salieron al descansillo.
- ¿Con tu novia qué tienes intención de hacer? - preguntó Gael.
- Prefiero esperar algún día. Esta semana Elena se someterá a varios exámenes.
- Si mi novia me traicionara y estuviera embarazada de otro hombre la mandaría al diablo sin pensarlo dos veces.
- ¡Chau!
- ¡Chau! ¡Buen trabajo!
En la escalera la luz natural de la mañana ponía de relieve los muros rebozados por huellas negras y los peldaños incrustados de suciedad. También fuera del edificio cundía el deterioro. El patio con el asfalto lleno de agujeros era un depósito de viejos automóviles, ciclomotores desvencijados y bicicletas herrumbrosas.
Parecía todo absurdo e irreal.
Con un respiro de alivio David vio que su coche había salido indemne de las correrías nocturnas de los gamberros. Sobre de él el cielo estaba plomizo y alrededor de él el aire estaba gélido. Al pensamiento que Gael era obligado a vivir en un lugar semejante la tristeza se apoderó de él.
David estaba concentrado en la lectura de un informe cuando de repente la puerta de su despacho se abrió y en el umbral apareció Gutiérrez.
- ¡Hola! Pasaba por esta zona y he aprovechado para hacer una escapada a la fábrica. ¿Estás atareado?
- No. Entra nomás. Siéntate.
El coronel se sentó enfrente de su hijo. Los dos hombres estaban ambos con espinas. Fue Gutiérrez quien rompió el hielo.
- ¿Cómo te va?
- Bastante bien.
- Todavía no fuiste a hacerte cortar el pelo.
- No tuve el tiempo.
El coronel se cansó enseguida de soslayar y fue al grano.
- Supe que tú y Elena os casaréis. Pronto serás papá... Siento que es un varón... ¡Qué emoción llegar a ser abuelo! Estoy fuera de mí de alegría. ¿Ya elegisteis el nombre de vuestro hijo?
- Todavía no.
- Pensaba que lo llamaríais como yo.
David entendió que su padre había dado el primer paso para reanudar las relaciones con él porque quería a su hijo: siempre había deseado a un nieto para exhibirlo a amigos y conocidos. Entonces se le pasó por la mente una idea.
- Necesito una gauchada. Querría que tú localizara a un niño raptado por los militares. Nació en abril de 1977 en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Su madre se llamaba Leonor Díaz.
- ¿Era pariente de Gael Díaz, presumo?
- Sí. Era su tía.
- No conozco a nadie en la armada.
- Pero todavía tienes muchos amigos en el ejército y en la policía también.
- Ahora son todos viejos agilipollados. Es imposible que se acuerden de hechos de hace casi treinta años.
- Sé que existen archivos secretos, en alguna parte.
- Ésta es otra invención de los comunistas. Nunca existió ningún archivo secreto sobre los desaparecidos. ¡Cómo puedes creer en ciertas patrañas!
- ¿Entonces no quieres ayudarme?
- Pasó demasiado tiempo.
Era más que evidente que Gutiérrez no entendía ceder. De impulso, David dijo con tono perentorio:
- Si no me procuras la información que te pedí, te impediré ver a mi hijo. No te invitaré ni siquiera a mi casamiento.
- ¿Es un chantaje?
David asintió con firmeza.
- Sí.
- ¿Qué te has metido en la cabeza? ¿Hacerme pasar por un traidor?
- Tienes que elegir entre pasar por un traidor y renunciar a tu nieto.
Era la primera vez que David hablaba con tanta determinación a su padre. Él mismo se asombró de su osadía.
Para mí es una obligación moral hallar al primo de Gael.
- Pues ¡qué obligación moral del carajo! - estalló el coronel - Hablas como un jodido beato. Tú no te das mínimamente cuenta de qué patético eres. Así me hubiera dado un soponcio el día que para contentar a tu madre te mandé a estudiar a los salesianos. Debería denunciarlos de lesiones en el cerebro, a esos curas de mierda.
La aversión de Gutiérrez hacia los religiosos católicos se remontaba a muchos años atrás. Primero había habido el cambio de casaca del cardenal Bucero, su gran amigo, hermano masón y compañero de juerga en los locales nocturnos de Recoleta. Luego los salesianos habían transformado a su hijo en un moralista fanático como su madre.
- Es tiempo perdido intentar explicarte en qué apuro me estás metiendo... En cuanto sepa algo cierto te lo comunicaré. Ahora estarás satisfecho. - concluyó tajante el coronel.
La primera cosa que Gutiérrez hizo volviendo a casa fue llamar a su viejo amigo Raúl Sánchez, ex director del Club Naval de 1976 a 1979, con el pretexto de informarse de su salud. El almirante ante todo le describió los preliminares y las secuelas de la intervención a la próstata que apenas había sufrido, sin ahorrarle el menor detalle. Luego le magnificó las cualidades de su último ligue, una espléndida mujer de cincuenta y cuatros años.
Sánchez, al contrario de Gutiérrez, no había renunciado a las conquistas amorosas. Y para alcanzar su objetivo no reparaba en gastos. Siempre había sido un coleccionista de aventuras. Le gustaban todos los tipos de mujeres: jóvenes, viejas, lindas, feas, gordas, flacas, altas, bajas, ricas, pobres.
A la edad de 72 años estaba convencido de que todavía era un hombre atrayente, dotado de una inteligencia aguda y de una conversación brillante. Las señoras no tenían ninguna excusa válida para negarse a ir a la cama con él al menos una vez.
- Me dijo que soy el hombre más fascinante que nunca haya conocido. - se jactó el almirante.
- Esperemos que cuando te quitarás la ropa y te quedarás en calzoncillos ella no cambie de idea, al ver a un viejastro flácido y decrépito. - pensó divertido el coronel.
Después de media hora Gutiérrez no aguantaba más escuchar, pero se impuso resistir por el bien de su nieto. Su sacrificio no fue vano ya que después del aburridísimo informe clínico-sentimental logró descubrir en pocos segundos lo que le importaba saber sin comprometerse.
- ¡Qué pequeño es el mundo! - exclamó - ¿Sabes a quién encontré aquí en Milán? Un prisionero de El Circo. Gabriel Díaz, el loco. Te hablé de él una vez.
- No me acuerdo.
- Su hermana Leonor estaba contigo en el Club Naval. Estaba embarazada.
- De Leonor Díaz me acuerdo bien.
- Esperaba una niña que luego vendiste al teniente Ruffo.
- Te equivocas, Gustavo. Esperaba un varón que le regalé a mi prima Noemí.
- ¡Muy linda mujer tu prima!
- De joven era linda. Ahora está hecha un loro. El tiempo destruye todo.
- ¡Cojudo! Es fácil joderte. - se regodeó dentro de sí el coronel. Luego continuó la conversación como si nada.
- ¿Y tu cuñado Enrique? ¿Le pusieron la cadera artificial?
Gael no tardó mucho en encontrar un sitio para transformar en galería de arte. Como David le había repetido muchas veces que el precio no era un problema, pudo permitirse elegir un gran negocio desalquilado en una zona central de Milán.
Un sábado por la tarde Gabriel y Soledad visitaron el local. David aprovechó la ocasión para comunicarles que había descubierto dónde se encontraba el sobrino de Gabriel. El chico vivía en la ciudad de Azul, en la Pampa, con los que creía sus padres, Rodrigo y Noemí Camára, quienes lo habían adoptado a través de un pariente almirante. Por el momento no sabía más, pero había encargado a un investigador que hiciera búsquedas y en los próximos días podría seguramente darles otras informaciones.
La noticia trastornó mucho a los Díaz.
- No veo la hora de ir a la Argentina a conocer a mi primo. - dijo Gael.
- Cuando quieras reservo los boletos de avión.
- Házlo enseguida.
- Os pueden hospedar los abuelos. - sugirió Soledad.
- Su casa es pequeña. En un hotel estaremos más cómodos.
- Hay otras novedades. - añadió David - Antes de partir os devolveré la suma que fue pagada para el rescate de Soledad. Revaluada y con los intereses, claramente.
Gael estaba entusiasta. Pronto conociría a su primo y ahora que ya no tenían problemas de dinero sus abuelos se trasladarían a Italia. Su familia estaba por reunirse.
- Vosotros lo creéis todo fácil, como si Gutiérrez no existiera.
Soledad estaba preocupada por la reacción que podría tener el coronel.
- Quédate tranquila. Mi padre no nos pondrá ningún obstáculo. - le aseguró David.
Gael esperó que sus viejos volvieran a casa para preguntarle a David cómo lo había logrado.
David le contó que había amenazado a su padre con no hacerle ver a su nieto si no hubiera hallado a su primo.
Había otra cosa que le interesaba a Gael.
- ¿La dejaste?
- Todavía no.
- ¿No será que aunque no quieres admitirlo estás enamorado de ella?
- No. Esta noche voy a hablarle.
Para David enfrentar a Elena fue menos complicado que lo que pensaba. Ella en un primer momento negó todo, luego, puesta entre la espada y la pared, le rogó que la perdonara. Él fue comprensivo pero inflexible y rompió el noviazgo.
También decirlo a su padre fue para David menos difícil que lo previsto. Al principio el coronel se enfureció y como un volcán en erupción vomitó una avalancha de insultos y amenazas hacia Elena, incluso el augurio de que genere a un hijo mongólico. Luego juró que no se arruinaría los últimos años de vida por culpa de una puta y se calmó.
Dos días antes de la salida David puso al corriente a Gutiérrez que viajaría a la Argentina con Gael, asegurándole que actuaría con la máxima prudencia. Quien denunciaría a los Camára sería la Asociación de las Abuelas de Plaza de Mayo y su nombre no aparecería en ninguna acta oficial.
El coronel le deseó buen viaje con una mueca sarcástica.
En una decena de horas David y Gael pasaron del frío invernal de Milán a la quemazón veraniega de Buenos Aires. Del aeropuerto se fueron directamente a la casa de los padres de Soledad. Andrés y Matilde no lograban comprender por qué querían alojarse en un hotel y intentaron en vano convencerlos a quedarse con ellos.
Por fin, a las nueve de la tarde, entraron en la habitación que habían reservado en un elegante hotel de la Avenida de Mayo. Gael se desvistió y se acostó. David fue al baño y llamó a su padre con el celular.
- Apenas llegué al hotel. El viaje fue bien. - empezó.
- El médico dice que tengo úlcera. - lo informó Gutiérrez con acritud.
- Lo siento.
- Tú me hiciste enfermar. Yo ya no vivo por el terror a que nuestro nombre acabe en la boca de todos.
- Ya te dije que la denuncia contra los Camára será presentada por las Abuelas de Plaza de Mayo.
David estaba demasiado cansado para resistir ulteriormente una conversación de aquel tenor y se despidió.
- Te llamo mañana. ¡Chau!
Vuelto al cuarto se quitó la ropa, se metió bajo las sábanas y apagó la luz. Después de algún minuto Gael encendió la lámpara de su velador y le apoyó una mano en una cadera.
- No logro dormir. - dijo.
Aunque asustado por lo que podría acontecer, David no se movió.
Gael sabía que debía actuar con cautela y lo besó dulcemente, con los labios entornados. Luego lo atrajo sobre de si, continuando besándolo, le levantó la camiseta y le acarició los hombros y la espalda. Conociendo sus problemas no le pidió que usara el preservativo.
- Nunca me acosté con un hombre. - le reveló.
- Tampoco yo.
Hacía tiempo que Gael esperaba aquel momento. El encuentro con el hijo del coronel Gutiérrez había hecho aflorar en su alma pulsiones nuevas. Al principio había sentido atracción física por David, luego, frecuentándolo, había descubierto que a pesar de que eran diferentísimos, en el carácter, en el aspecto y en el vestuario, se encontraba bien junto a él y había comprendido que lo amaba. Antes de conocerlo nunca había manifestado tendencias homosexuales, pero tampoco nunca se había enamorado de ninguna a mujer.
Cuando Gael le puso las manos en el eslip, David comenzó a agitarse.
- No lo consigo. No lo consigo. No lo consigo. - murmuró abatido.
Luego se sentó y volvió la cabeza hacia la ventana, para rehuir la mirada de Gael.
- No te preocupes. A mí también me ocurrió. A todos les ocurre. Es la emoción.
- No es la emoción. Yo sufro de impotencia. Me hice curar por especialistas de medio mundo, sin ningún resultado. Ya probé con todo: psicoterapia, fármacos de cualquier tipo... ¿Entiendes ahora por qué Elena me traicionaba? Es inútil iniciar una historia que no tiene porvenir. Deja estar.
Gael tomó la cara de David entre las manos.
- Irá todo bien.
Se durmieron abrazados. La mañana después se despertaron casi contemporaneamente. La habitación estaba inundada por la luz del sol, caliente y deslumbrante. Se quedaron a deleitarse en la cama por un rato, hasta que David se levantó y dijo que iba a ducharse. Después de unos minutos Gael lo alcanzó en el baño. David al principio se sintió incómodo, luego se acostumbró a su presencia.
Gael estaba seguro de que David se curaría completamente de la impotencia. Aunque reventaba por hacer sexo con él, decidió que no forzaría los tiempos: por ahora no iría más allá de los besos y las caricias.
Por una semana David y Gael recorrieron a lo largo y a lo ancho Buenos Aires, saboreando de nuevo los colores, los olores y los sonidos de la ciudad en la que habían nacido. David volvió a ver los lugares que habían marcado su infancia y su adolescencia y encontró a amigos y conocidos que no veía desde hacía años. Gael lo llevó donde un tiempo surgía El circo. El viejo centro ilegal de detención había sido vendido por el ejército a los particulares, quienes lo habían en parte demolido, en parte transformado en un taller textil. En los locales en los que Gutiérrez hacía torturar a los opositores del régimen, ahora inmigrados bolivianos clandestinos trabajaban doce horas al día a cambio de un puñado de pesos.
Un día, frente a la Casa Rosada, David y Gael se dieron con un grupo de veteranos de las Malvinas que protestaban para conseguir la revaluación de la pensión que les había concedido el presidente Menem.
El más aguerrido en reivindicar sus derechos era un ex teniente de la marina que durante el hundimiento del General Belgrano había perdido un brazo y un pie. Para demostrarle su solidaridad Gael le apretó la mano, sin saber que el hombre era un antiguo conocido de su madre, es decir Joseph Bertin, alias Marcelo Castro.
En otra ocasión David y Gael, sentados a una mesa cerca de la vidriera de un bar de la Avenida de Mayo, asistieron a un cortejo de organizaciones de izquierda. Los manifestantes desfilaban rumbo a la sede del Congreso levantando carteles y pancartas y gritando frases contra el gobierno.
Un anciano cliente del bar, demacrado y amojamado, expresó en voz alta su contrariedad.
- ¡Ablandahigos! ¡Mequetrefes! La policía tedría que intervenir y llevarlos a todos a la cárcel.
Un transeúnte de unos setenta años empezó a despotricar contra los manifestantes, gesticulando animadamente. Un joven se separó del cortejo y le tiró un puñetazo en la cara. Una camarera comentó:
- Ese viejo era un milico. Lo vi en televisión. Se hacía llamar Rubio. Les ha insultado y ellos han reaccionado. ¡Le está bien empleado!
- ¿Por qué no va a defenderlo? - le preguntó Gael al cliente que había hablado antes.
- ¡Se lo ha buscado! ¡Que se la arregle solo! A mí me importan mis dientes.
Otros manifestantes agredieron al Rubio con patadas y empujones. El hombre, tambaleante y con la boca llena de sangre, se refugió dentro del bar, precipitándose en el baño.
Un gruppo de personas del cortejo siguieron al Rubio en el bar, seguidos a su vez por una decena de policías. Los uniformados lograron con mucha dificultad escoltar al ex represor fuera del local y subirlo a una de sus camionetas, que se alejó entre patadas y escupitajos.
- En vez de detenirlo la policía lo protege... El Rubio trabajaba en El Circo. Podría ser él mi padre. - constató Gael, amargado.
David tuvo el impulso de abrazar a su compañero y de consolarlo, pero se retuvo de hacerlo para no escandalizar a los presentes.
Azul, la ciudad de los Camára, se encontraba en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital. David y Gael la alcanzaron en auto. Durante el trayecto a través de llanos que parecían no acabar nunca vieron enormes manadas de ganado que apacentaban. De vez en cuando se cruzaban con un gaucho a caballo.
En Azul muchos edificios tenían la fachada en estilo europeo. En la plaza central se erguían una catedral neogótica y un teatro de arquitectura neoclásica. Al norte de la ciudad corría el río Azul, en torno al que había sido construido un gran parque con un club de remo, un balneario y un campo de polo.
A los hoteles del centro David y Gael prefirieron un estancia que hospedaba a turistas en los alrededores de la ciudad. Su habitación tenía una terraza que daba a la llanura y una ventana asomada a un un patio engalanado de plantas y flores perfumadas.
En la cama, antes de dormirse, David recordó que una vez su padre habría querido llevarlo consigo en la Pampa, a la caza de ciervos y jabalíes, pero su madre se había opuesto taxativamente. Susan era un tipo tradicionalista y rutinario y le gustaba transcurrir las vacaciones siempre en los mismos sitios: Mar del Plata y San Martín de los Andes. Lugares de veraneo ideales por las familias burguesas, frecuentadas por hordas de turistas, detestados por Gutiérrez. Para relajarse el coronel a menudo se concedía partidas de caza con sus amigos, en las cuales en cambio, con su gran pena, David no podía participar.
En la espera de encontrar a los Camára David y Gael decidieron visitar Coros, la aldea natal de Gabriel. Partieron por la mañana temprano. El sol estaba bajo sobre el horizonte y parecía una gran pelota anaranjada.
- Cuando mi primo descubra la verdad no querrá más ver a los Camára. - dijo Gael durante el viaje.
- No es así simple.
- ¿Cómo podría continuar viviendo con los cómplices de los que mataron a sus padres?
David no contestó.
- Yo no sabía que era gay antes de conocerte.
- Yo lo descubrí a los quince años.
- ¿Te confiaste con alguien?
- Sólo con un cura que era también mi profesor de matemáticas.
- ¿Qué reacción tuvo el cura? ¿Estaba escandalizado?
- No. Al contrario. Fue muy comprensivo. Al final del coloquio me recomendó: “Por caridad, no se lo cuentes a tu padre. Sería capaz de hacerte lobotomizar”.
David y Gael rompieron a reír fragorosamente.
- Las novias que tuve servían para esconder mi omosexualidad a los ojos de la gente.
Ahora se advertía mucha amargura en las palabras de David: siempre había vivido su condición con grande vergüenza y por años había debido escuchar las chanzas de mal gusto de su padre sobre los gay sin reaccionar.
Gael sintió una gran compasión por él y le acarició una mejilla.
David reflexionó que estaba afortundo al tener un compañero como Gael. Nadie había sido nunca tan cariñoso hacia él. Su madre, más que darle cariño, lo sofocaba con sus atenciones de manía y sus preocupaciones exageradas, tanto que cuando había muerto, además que por un dolor devastador, había sido invadido por un incontenible sentido de liberación. En un primer momento Gael le había aparecido como un muchachito descarado y provocador, pero luego se había revelado mucho más serio y maduro de lo que pareciera. David sentía que Gael era sincero con él y que nunca lo traicionaría.
En la única plaza de Coros, delimitada por una iglesia decrépita, seis casas, una fonda con el letrero torcido y una polvorosa tienda de comestibles, flotaba una atmósfera de incuria y desolación. Todo alrededor se extendía la Pampa inconmensurable, sembrada de estancias aisladas.
La fonda "José Luis" era sucia y sin aire condicionado. El tabernero, un hombrachón chorreante de sudor que se taponaba de continuo la cara con un pañuelo, les sirvió a David y a Gael un asado semicarbonizado con una guarnición de verduras recocidas y insípidas.
Después de haber almorzado, David y Gael se fueron al pequeño cementerio del pueblito y recorrieron sus sendas desiertas bajo el sol alto de la primera tarde. El calor mixto con la humedad era asfixiante. La tumba que buscaban estaba recubierta de tierra y de hierbajos, señal de un abandono decenal. Sobre la lápida sin fotografías estaban grabados los nombres y las fechas de nacimiento y de muerte de los padres de Gabriel: Osvaldo Díaz 1920-1980 y Mariana González 1930-1980.
Gael pensó que a diferencia de sus abuelos sus tíos nunca tendrían una tumba. Sus restos probablemente estaban esparcidos en alguna fosa común. O quizás se encontraban sobre el fondo del Río de La Plata, junto a los de millares de otros desaparecidos.
La casa en la que Gabriel había vivido hasta la edad de dieciséis años estaba ahora hecha una ruina. Profundas grietas surcaban las paredes desconchadas y el poco revoque quedado, originariamente celeste, era casi completamente desteñido. A través de los vidrios de las ventanas, cubiertos por una espesa capa de polvo, se podían entrever enormes telarañas pendientes del techo.
- Quiero ver cómo es adentro. Echemos la puerta abajo. - dijo Gael.
- ¿Estás bromeando? Nos arrestarán.
- Aquí no habita más ninguno desde hace años... Yo empujo hacia esta parte y tú hacia la otra.
David consintió con reluctancia, sólo para no pasar por el que siempre dice no.
Las bisagras de la vieja puerta cedieron al primero espaldarazo. Antes rodaron a tierra, luego se ayudaron a levantarse recíprocamente, riendo como niños que apenas han hecho una travesura.
- ¿Todo bien?
- Parece que sí.
En la euforia del momento Gael, convencido de que había llegado el momento justo, unió sus labios a los de David y lo besó como todavía no había hecho, sin frenar su deseo. Luego le desabrochó los pantalones, diciendo que allí nadie los podía ver. David se retrajo.
- ¡No!
- ¿Por qué? Suéltate.
- Es inútil.
David tenía los ojos bajos, mortificado.
- Discúlpame. No quería forzarte.
- No es culpa tuya.
Detrás de la casa había un terreno baldío.
- En este campo sembraban el trigo. - dijo Gael para romper la tensión - Debemos comenzar a pensar en el futuro, en donde iremos a habitar.
- No podemos ir a vivir en la misma casa.
- ¿Por cuál razón?
- Mi padre nunca lo aceptaría. Él desprecia a los gay. Si revelara públicamente mi homosexualidad ya no querría tener nada que ver conmigo... Trata de entender. Mi padre es todo lo que me queda de mi familia. No tengo corazón para cortar las relaciones con él.
- Habría debido esperarmelo... Yo creía que iríamos a habitar juntos. Quería formar una familia contigo.
- Yo pensaba que tú también...
- ¿Qué? ¿Qué yo también me conformara con una relación clandestina?
- Vivimos en la misma ciudad. Podemos vernos todos los días.
- ¿Fingiendo que sólo somos amigos? Tal vez encontrando a una novia para guardar las apariencias.
Gael aferró a David por los hombros y casi lo suplicó.
- Yo te amo. No dejes que tu padre siga condicionando tu vida.
- No puedo.
- Díme al menos que lo pensarás.
- No. No puedo. - repitió David.
- Es mejor acabarla aquí. Cuando volvamos a Italia cada uno se irá por su calle.
Gael alcanzó el coche. David lo siguió y sólo logró decir:
- Lo siento.
El cielo se oscureció al improviso. El sol desapareció detras de un capa de nubes grises. No se echó a llover, pero durante todas las tres horas que emplearon para regresar a la estancia el fragor del trueno resonó amenazador a lo lejos.
Después de la discusión en el campo detrás de la vieja casa de Gabriel, entre David y Gael bajó un muro de frialdad y de silencio. Apenas se dirigíian la palabra, y sólo por lo estrictamente necesario. En la cama se volvían la espalda todo el tiempo y no se duchaban más juntos. David sobre todo sufría la situación. Era Gael quien lo evitaba.
El encuentro con los Camára tuvo lugar en una habitación de un despacho de abogado de Azul, en una tarde bochornosa y soleada. Rodrigo Camára y su esposa Noemí eran dos individuos bastante grotescos. La mujer, con un pesado maquillaje, parecía embalsamada: culpa según algunos, mérito según otros, de un renombrado cirugiano plástico de Córdoba. El hombre lucía un penoso emparrado de varias mechas trenzadas.
Los Camára eran emprendedores agrícolas: poseían millares de hectáreas de terreno, destinados al cultivo cerealista. Vivían en un grande estancia y tenían decenas de dependientes.
- ¿Qué quieren de mí y mi esposa? - empezó Camára - ¿Por qué nos pidieron que nos reuniéramos en este despacho de abogado?
David y Gael habían resuelto que sólo David hablaría, mientras Gael escucharía.
- Ayer por la mañana fue presentada una denuncia de robo de menor contra ustedes. Por el bien de Pablo, les aconsejo que le conten la verdad sobre su nacimiento, antes de que la descubra por la televisión y los periódicos.
Las palabras de David golpearon a los Camára con la violencia inesperada de un rayo. Los dos pensaban que habían sido contactados a causa de la herencia de una anciana tía que se disputaban desde hece meses con el resto de su familia.
- Pablo es nuestro hijo, no lo raptamos, yo lo parí. Hay las fotos de cuando estaba embarazada, los exámenes médicos, los certificados de la clínica donde nació. - dijo Noemí Camára.
- Es todo falso. No será difícil demostrarlo.
- Mi marido no es un militar. Eran los militares y los policías los que raptaban a los hijos de los desaparecidos. Están cometiendo un error.
- No, señora. El error lo cometió usted hace muchos años... Es inútil que neguen. Recogimos demasiadas pruebas. Les conviene colaborar con la justicia, así obtendrán una condena leve.
Rodrigo Camára intervino en la discusión, con una actitud arrogante.
- Les conviene a ustedes dejarnos en páz si no quieren acabar mal. Tenemos muchos conocidos encumbrados que pueden hacer estancar cualquier investigación de la magistratura y dar una lección a quien se entromete en los asuntos de los demás.
- Ninguno de sus amigos encumbrados les ayudará. Los militares comprometidos con la dictadura ya no tienen el poder que tenían en el pasado y la magistratura ya no sufre su condicionamiento como un tiempo... Confesen. Y asuman sus responsabilidades.
Rodrigo Camára no rebatió. La perspectiva de pasar los siguientes seis o siete años entre aulas de tribunal y celdas penitenciarias lo angustiaba hasta quitarle el respiro. Se sentía como si un peñasco le estuviera aplastando el pecho.
Noemí Camára volvió con la memoria a veintiséis años atrás, cuando, harta de sentirse echar en cara por su marido su esterilidad, había decidido dirigirse a su primo Raúl para obtener a un niño que habría hecho pasar como suyo. Su primo, almirante de la marina militar, una vez le había contado que los hijos de los subversivo eran separados de sus familias, para evitar que se volvieran delincuentes como sus padres. La mujer se había auto convencido que hacerse confiar al hijo de un terrorista no era un expediente para esquivar la restrictiva ley sobre las adopciones vigente en la época en la Argentina: era una buena acción, un servicio hecho por la colectividad, y por encima a su muerte el chico heredaría una montaña de dinero.
Por seis meses había fingido que estaba embarazada, luego se había hecho internar en una clínica de Buenos Aires, donde unos médicos y empleados complacientes habían certificado el nacimiento de su primogénito: un varón de tres quilos y ocho hectogramos de peso. Había vuelto a casa teniendo en brazos al recién nacido que su primo Raúl le había hecho llevar a escondidas a la clínica, después de haberlo arrancado a su madre. Ella y Rodrigo se habían apegado enseguida al niño, que, por un caso afortunado de la suerte, se le parecía vagamente. Desde entonces dudas, virajes, remordimientos: tampoco uno.
David y Gael se levantaron. Antes de salir David concluyó:
- Refieran a Pablo que su primo Gael desea encontrarlo. Nos veremos en el tribunal.
Los Camára fueron incriminados de apropiación de menor y falsificación de documento público. Considerado la cantidad de pruebas en su contra, el juez federal al frente de la causa dispusó la prisión preventiva de ambos.
Cuando dos policías escoltaron a los Camára fuera del despacho del magistrado otros dos policías acompañaron adentro del despacho a un hombre en vestidura talar. Se trataba del sacerdote al que Soledad había pedido ayuda para hallar a Gabriel. Su pelo se había encanecido, pero su barba todavía era roja.
El Padre Renzo, con la promesa de interceder para hacer liberar a sus seres queridos, había estafado notables cifras de dinero a muchos parientes de desaparecidos, acumulando una fortuna, que había invertido en casinos. Pero no era por esto que había sido detenido. Ante la justicia tenía que responder de delitos mucho más graves: secuestros de persona, torturas y homicidios cometidos durante la última dictadura, en complicidad con los militares.
Un numeroso grupo de fotógrafos, periodistas y camarógrafos siguió a los Camára mientras recorrían el pasillo del tribunal, dirigidos hacia la salida, y les sometió a una ráfaga de preguntas.
- Señora Camára, ¿cómo se encuentra?
- ¿Cómo reaccionó su hijo a la noticia que no son sus verdaderos padres?
En el pasillo también estaba Pablo, junto a su novia. El chico tenía una mirada transida. Los Camára no habían encontrado el ánimo para revelarle que era hijo de desaparecidos: lo había descubierto el día de su arrresto.
- Mi primo está destruido. - dijo Gael - Tal vez hubiera sido mejor dejar las cosas como estaban.
David le alentó.
- No debes sentirte en culpa. Pablo tenía el derecho a conocer la verdad.
La cronista de una emisora local, acompañada por un camarógrafo, acosó de preguntas al primo de Gael.
- ¿Usted es Pablo Camára? ¿Cuál es su estado de ánimo en este momento?
- No tengo nada para decir.
- ¿Qué prueba respecto a las personas que la adoptaron ilegalmente? ¿Piensa que un día podrá perdonarlos?
- No tengo nada para decir.
- ¿Ya encontró a su familia biológica?
- ¡Basta ya!
David y Gael se acercaron a la periodista.
- ¡Se vaya! - le intimó David. Pero la mujer estaba tenaz.
- ¿Ustedes quiénes son? ¿Parientes de los verdaderos padres o de los adoptivos?
- Si no te vas te hago tragar el micrófono! - la amenazó Gael, logrando por fin que ella se alejara. Luego se presentó tímidamente a su primo.
- ¡Hola! Yo soy Gael.
Pablo también estaba intimidado.
- ¡Hola!
Gael indicó con la cabeza a David.
- Él es mi amigo David.
Intervino la novia de Pablo.
- ¿No me presentas a tu primo?
- Ella es Denise, mi chica.
- Casi es hora de almorzar. ¿Queréis venir a comer con nosotros? - les propuso Denise a David y a Gael.
- ¡Con mucho gusto!
Gael y Pablo transcurrieron juntos una entera semana, conociéndose y hablando del pasado y del presente. El día de los saludos Pablo dijo que no podía abandonar a sus viejos porque ellos lo habían criado y siempre lo habían tratado bien.
Gael, visiblemente decepcionado, se despidió de su primo abrazándolo, esperando que cambiara de idea.
Manejando hacia la estancia se le llenaron los ojos de lágrimas. David estaba disgustado por él, pero comprendía perfectamente lo que estaba pasando Pablo. Era difícil librarse del condicionamiento de un padre prepotente y violento, como era el suyo y como probablemente era también Rodrigo Camára.
En la habitación inmersa en la penumbra, a través de los postigos cerrados, filtraba un solo rayo de sol.
- Me está bien estar contigo con tus condiciones.
Las palabras de Gael le llegaron a David inesperadas, mientras preparaban las maletas.
Viendo su incomodidad, Gael añadió:
- No es necesario que tú digas nada.
Y volvió a reponer la ropa.
Las cosas se habían arreglado, no como habrían querido, pero eran de nuevo una pareja.
Después de la cena se fueron a la terraza para admirar por última vez el panorama, en el fresco de la tarde.
El espectáculo de la Pampa silenciosa y ilimitada serenó sus ánimos.
David pasó un brazo en torno a los hombros de Gael y lo atrajo a si. Gael se le estrechó aún más. Se quedaron amartelados largo rato, mientras la luz del crepúsculo descoloraba lentamente en el negro de la noche. Tenían muchas cosas para decirse, pero aquel abrazo interminable las puso superfluas.
En la madrugada David fue invadido por la gana de hacer sexo. Empujado por un ardor que nunca había sentido besó a su compañero, que le daba la espalda, en el cuello, despertándolo. Sintiendo su erección Gael se quitó el eslip, se metió boca abajo y abrió las piernas. David le entró adentro sin demasiada fatiga. No duró mucho. Al final se abandonaron supinos en la cama, afanosos. En cuanto recobraron algunas fuerzas se acercaron el uno al otro. Gael apoyó la cabeza en un hombro de David y David le dio un beso en la frente, un beso que era al mismo tiempo una demostración de cariño y de gratitud.
Gabriel, Soledad, Gael, Andrés y Matilde se fueron a vivir todos juntos en un departamento alquilado en un barrio central de Milán, cerca del edificio en donde vivía David.
Gael no necesitó decirle a su familia que amaba a David. Fue Soledad quien afrontó la cuestión.
- ¿Tú y David iréis a vivir juntos? - le preguntó, con leve incomodidad.
- No. - contestó Gael
- Pensábamos que...
- Preferimos que nadie sepa de nosotros dos.
Viendo sus miradas serenas, Gael comprendió que sus padres y sus abuelos habían aceptado su relación con David sin traumas.
En realidad Soledad, Andrés y Matilde habían quedado bastante turbados por la descubierta de la omosexualidad de Gael, pero por amor al chico habían decidido esconder su desconcierto. Para Soledad era duro sobretodo aceptar el pensamiento que nunca tendría nietitos. Solo Gabriel, que siempre había tenido una mentalidad bastante abierta, había aceptado la cosa como si fuera la más natural del mundo. Pero, en el fondo, a él también le dolía no poder tener nietos.
Después de muchos virajes, David decidió confesar la verdad a su padre. No teniendo el ánimo para hablarle personalmente, le entregó una carta en la que le contaba que se había enterado de que era homosexual durante la adolescencia y que él y Gael se habían enamorado y le aseguraba que se portaría de modo que ninguno viniera en conocimiento de su unión con otro hombre.
Después de haber leído la carta Gutiérrez se quedó pedrificado, el rostro tenso y contracto semejante a una máscara torva, hasta que su hijo le dijo:
- En breve abriremos una galería de arte. Me gustaría mucho si vinieras a visitarla.
El coronel no profirió palabra. Frente a su mutismo impenetrable, David no pudo hacer otra cosa que saludarlo y irse.
David continuó trabajando diez horas al día en la Syntec. Gael se entregó en cuerpo y alma a decorar la galería de arte y a la publicación de su novela. Se veían a ratos perdidos: después de cenar, el fin de semana. Las veladas las pasaban en el departamento de David. Antes de que el sueño lo venciera, Gael se levantaba de la cama y volvía a su casa. David se sentía en culpa porque entendía que Gael habría querido transcurrir más tiempo junto a él, pero no tenía la fuerza para cambiar las cosas y chocar con su padre.
La galería de arte fue inaugurada en junio. A primeros de agosto Gutiérrez visitó el local durante el horario de cierre.
Frente a la creatividad de cuadros y esculturas de artistas africanos, asiáticos y suramericanos el coronel negó con la cabeza.
- No entiendo de arte contemporánea. No entiendo nada.
- A decir verdad tampoco yo. - admitió David - Estoy contento de que tú hayas aceptado mi invitación.
Gutiérrez esbozó una sonrisa. El retrato que lo inmortalizaba pintado por Gael llamó su atención.
- ¿Qué es éste?
- Una criatura mitológica.
David cambió enseguida de tema. La primera cosa que le vino a la mente fue que en la Argentina apenas había sido nombrado presidente el peronista Néstor Kirchner.
- La Argentina tiene un nuevo presidente. ¿Qué opinas de Kirchner?
- Que es un pelotudo. Con sus insensatas reformas hará caer el país en un abismo.
La pregunta de David no habría podido ser más inoportuna. Kirchner en efecto, desde el día de su elección, se había mostrado determinado a eliminar la impunidad y los privilegios de los que todavía gozaban los militares golpistas. Para demostrar que hacía en serio, en pocas semanas había relevado de su cargo y reemplazado a las cúpulas de las fuerzas armadas y había pasado a retiro a decenas de generales, almirantes y brigadieres. Además, a fines de julio había revocado un decreto de su predecesor De la Rúa que impedía la extradición de los militares argentinos imputados en juzgados extranjeros, consentiendo el arresto de 46 oficiales incriminados por un tribunal de Madrid por la desaparición de personas de nacionalidad española durante la dictadura.
En la firme intención del presidente de renovar la Corte Suprema, haciéndole recuperar la autonomía del poder politico que había perdido durante el gobierno de Menem, Gutiérrez veía segundas intenciones.
- Kirchner es un maldito comunista y quiere vengarse de los militares que mataron a sus amigos terroristas. Primero echará uno a uno a todos los miembros de la Corte Suprema de Justicia y los reemplazará con sus hombres. Una vez obtenido el control absoluto de la Corte hará declarar inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y nos mandará a todos en prisión... ¡Si a las fuerzas armadas hubiera quedado una migaja de orgullo!
David tocò un argumento que le preocupaba bastante.
- El Rubio fue detenido. Lo acusan de haber secuestrado y vendido al hijo de una de las presas de El Circo a otro militar, el capitán Roberto Báez.
Todos los periódicos y los canales de televisión argentinos habían hablado de ese hecho, a causa de una consecuencia trágica. Cuando la policía se había presentado en la casa del matrimonio Báez para arrestarlo, la mujer del capitán por la emoción había tenido un infarto, que la había matado en tres minutos.
- Si el Rubio hiciera tu nombre...
La frase de David se quedó en suspenso.
- No sucedería nada. El Rubio no es más que un miserable sargento y yo un coronel. Aunque me acusara de complicidad ningún juez le creería... ¿Tu socio cómo está?
- Bien. El trabajo le da muchas satisfacciones. En pocos meses vendió casi todas sus obras... La semana que viene será huésped en un famoso programa televisivo para presentar su primera novela.
Gutiérrez hizo un gesto de irritación.
- Carajo, yo no entiendo si tú eres tonto o lo haces adrede porque la tienes tomada conmigo. Me aseguras que serás discreto y luego mandas a tu amiguito a hacerse entrevistar en televisión delante de millones de personas.
La enésima humillación verbal de parte de su padre se puso la gota que colma el vaso. David sintió subirsele adentro un imparable sentido de rebelión y de rabia, que transparentó en su tono de voz.
- No tienes nada que temer. Gael no hablará de su vida privada.
- Él no, ¿pero los periodistas? Podrían hacer investigaciones. Cuando sospechan que hay podredumbre en alguna parte se le lanzan encima como buitres sobre una carroña. Son gusanos asquerosos. Sienten gusto a hurgar en la basura.
- Mis sentimientos no son basura.
- Si se descubre tu historia con el hijo de los Díaz llegaré a ser el hazmerreír de todos mis amigos. No podré más salir de casa.
- ¿Desde cuándo te importa tanto el juicio de tus semejantes? Nunca escondiste tu pasado de represor.
- Yo no era un represor, era un soldado que combatió y venció una guerra para salvar su patria del terrorismo comunista.
- Te da vergüenza tener un hijo homosexual pero no que sobre tu conciencia recaiga la muerte de miles de seres humanos. Según tú amar a una persona de tu mismo sexo es peor que matar, torturar, robar y violar.
- Ya te dije que eran los suboficiales los que maltrataban a los prisioneros. Y yo no podía hacer nada... Tienes que convencer a Gael a renunciar a la entrevista.
- No. No sería justo.
- ¡Eres un ingrato! Yo me desangré para procurarte una posición importante en la sociedad. Te compré una fábrica a costa de grandes sacrificios.
- ¡Sacrificios! ¿Cuánto fue fatigoso constreñir a madres desesperadas a cederte todo a cambio de la vida de sus hijos?
- ¡Para, carajo! Tu moralismo ipocrita me da náuseas. ¡Está bien, confieso! Durante la dictadura hice torturar y matar a centenares de subversivos. Soy un despiadado homicida. Pero tú no eres menos culpable que yo, porque aunque en esa época hubieras sido adulto y consciente de lo que estaba aconteciendo, no habrías movido un dedo para salvar a esa gente. ¡Niégalo si tienes el coraje!
- No lo niego. Soy un vil. Me doy asco solo porque a causa de aquéllos como yo en la Argentina los delincuentes mandonearon por años.
El silencio que bajó entre él y su padre le permitió a David recobrar la calma y concluir con tono tranquilo pero resuelto:
- Aunque me repudies como hijo, no esconderé más el amor que siento por Gael. Y no volveré más a trabajar en la Syntec.
Antes de irse, Gutiérrez dijo con frialdad:
- Te deseo mucho éxito con tu galería. Llámame de vez en cuando. Nos vemos.
Gael se le acercó a David. Había escuchado su discusión col coronel en una habitación contigua.
- ¡Perdóname! ¡Perdóname! - murmuró David, abrazándolo.
De aquel momento su vida tomó otro curso.
Ya no tuvieron secreta su relación. Gael se trasladó a casa de David. David se matriculó en la facultad de Abogacía. Después de algunos meses volaron a los Estados Unidos, donde adoptaron a un recién nacido de origen hispano a quien llamaron Gabriel y apodaron Gabi para distinguirlo de su abuelo.
David en un principio quedó algo trastornado por la llegada de Gabi: no lograba darse cuenta de que aquella criatura frágil e indefensa era su hijo y se sentía inadecuado como padre. Gael había tenido que insistir mucho para convencerlo a adoptar a un niño. David, en efecto, pensaba que una pareja de gay no era apta para criar a un hijo, porque ofrecía un modelo de padres de un solo sexo, excluyendo la figura materna. Luego, pero, viendo que Gabi crecía sereno y equilibrado, cambiaría de opinión.
Gabriel se apegó a Gabi de manera casi morbosa. Pasaba horas y horas jugando con él, mimándolo o mirándolo dormir. Por la noche se levantaba de la cama varias veces para controlar que respirara bien. En breve tiempo sus condiciones psicológicas mejoraron notablemente. Cuidar a su nieto era para él una terapia que tenía lejos las crisis depresivas.
A fines del año Pablo se fue a Italia para conocer a Gabriel. Gael se sintió como si se hubiera tomado la revancha cuando su primo le confió que sus relaciones con los Camára ya no eran las de antes. El descubrimiento del modo en que había sido adoptado lo había alejado de ellos y había abierto en él una herida que difícilmente se cerraría.
David aprobó sus primeros exámenes universitarios con el máximo de las notas. A menudo el chico pensaba qué opresiva e insoportable habría sido su existencia si la suerte no le hubiera hecho encontrar a Gael. Siguió frecuentando a su padre por el sentido del deber, evitando escrupulosamente hablarle de su relación con su compañero. Fue el coronel quien aludió a la cuestión.
- ¿ En la pareja, tú eres el hombre o la mujer? - preguntó una vez a quemarropa.
David, con un hilo de voz, le contestó "El hombre".
Él comentó cáustico:
- Al menos eso.
Y no volvió nunca más al argumento.
Col pasar de los meses los encuentros entre David y Gutiérrez se pusieron cada vez más fríos, breves y esporádicos, hasta que, después de que la Syntec fue vendida por 10 millones de euros, se interrumpieron definitivamente. Sin embargo David, contra cada lógica, siguió abrigando la ilusión que su viejo un día cambiaría, volviéndose, si no un padre, al menos un abuelo cariñoso.
A consecuencia de la plena confesión de los Camára el almirante Sánchez fue detenido. Por razones de salud le otorgaron enseguida el arresto domiciliario, del que se evadió muchas veces para ir a divertirse en los locales nocturnos con sus amigos.
La cerimonia de conmemoración del 28ø aniversario del inicio de la dictadura en Argentina, el 24 de marzo de 2004, fue caracterizada principalmente por dos eventos. Antes, en el Colegio Militar de Buenos Aires, en presencia del presidente de la república Néstor Kirchner y de los altos mandos militares, el Comandante en Jefe del Ejército Roberto Bendini subió a un banquito y quitó de una pared donde estaban colgadas las fotografías de los directores del colegio los retratos de los ex presidentes Videla y Bignone. Luego Kirchner pidió públicamente perdón por los crímenes cometidos por el estado durante la dictadura y anunció que la Esma, la Escuela de Mecánica de la Armada, sede de uno de los mayores centros clandestinos de detención, sería transformada en un museo de la memoria.
- ¡Hemos caído muy bajo! - dijo Gutiérrez a regañadientes mientras delante de sus ojos cargados de livor pasaban las imágenes más significativas de la ceremonia propuestas por el telediario - Las fuerzas armadas se han hundido en la mierda. Kirchner ha reducido a los oficiales en pinches a su servicio... ¿Por qué nadie se rebela? Los argentinos se han convertido en un hatajo de borregos.
Desde el día en que había asumido en la Casa Rosada Kirchner ya había inferido muchas humillaciones a los militares golpistas. La más grande remontaba a agosto de 2003, cuando la Cámara y el Senado, impulsados por el presidente, habían anulado las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, obligando de este modo la Corte Suprema de Justicia, el único órgano institucional con la facultad para abrogar una ley, a pronunciarse sobre su constitucionalidad.
Aunque David nunca llevò a Gabi a su casa, Gutiérrez vio lo mismo al niño. Era otoño avanzado. El coronel estaba atravesando el parque de la calle Solari junto a dos amigos. En el aire, empujadas por el viento, revoloteaban las hojas secas que caían de las ramas de los árboles.
Ocurrió todo en un puñado de segundos.
Una serie de sonoras y alegres risitas infantiles precedieron la visión de Gabi que trotaba alrededor de los chorros de una fuente, seguido por David y Gael.
Gutiérrez, térreo, cambió enseguida de dirección y aceleró el paso. Sus amigos tuvieron que recurrir a todas sus fuerzas para no romper a reír.
A la vergüenza inicial en el ánimo del coronel sucedió un rencor feroz hacia su hijo, que no le había nunca dado ninguna satisfacción y lo había cubierto de ridículo frente a toda la ciudad.
Desde la Argentina cada día llegaban malas noticias para Gutiérrez, excepto el hecho que la economía lentamente se estaba reactivando.
El proceso de renovación de la Corte Suprema procedía rápidamente. En catorce meses tres miembros del máximo tribunal, para evitar un juicio politico, fueron obligados a renunciar. Uno fue destituido por mal desempeño en sus funciones. Sus cargos, quedados vacantes, fueron ocupados por juristas agradables al presidente Kirchner.
Los militares involucrados en los crímenes de la dictadura estaban cada vez más en dificultad. La sociedad los marginaba y un número cada vez grande de magistrados apelaba a la incostitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final para poder encarcelarlos. La abrogación de esas dos leyes sólo era cuestión de tiempo. La Corte Suprema, a pesar de las presiones de Kirchner, oficialmente aún no había tomado una decisión sobre ese asunto y mostraba que no agradecía las interferencias del presidente. Pero el coronel estaba convencido de que era todo un fingimiento para hacer creer a la opinión pública que el poder judicial era independiente del poder político. En realidad los miembros del máximo tribunal, sometidos a Kirchner que les había hecho nombrar, ya tenían lista la sentencia de incostitucionalidad de las leyes de amnistía y dentro de poco la darían a conocer.
Gutiérrez se preguntaba cuál sería su suerte. ¿Padecería un nuevo juicio o se pondría ejecutiva su condena a veinte años de cárcel? Y luego siempre había la incógnita del Rubio y del capitán Báez. ¿Hasta cuándo funcionarían sus amenazas de hacerlos matar si no hubieran tenido la boca cerrada? El coronel no se sentía más al seguro en Italia. Temía que la magistratura habría concedido su extradición, si algún juez argentino la hubiera solicitado.
También el humor y el físico de Gutiérrez ya no eran los de un tiempo: la garra y el vigor con los que siempre había enfrentado la vida lo estaban lentamente abandonando. El coronel estaba deprimido y habría trompeado a quien decía que la vejez era el periodo más bueno de la existencia humana. ¿Qué había de bueno en tener la dentadura postiza y llevar el pañal? Envejecer es una desventura, pensaba. Tu cuerpo se deforma y tienes dolores por todas partes. Los jóvenes no te consideran. Las mujeres si eres rico sólo se juntan contigo para esquilmarte la cuenta en el banco. Si eres pobre ni te veen. Los hijos no esperan otra cosa que te mueras para apropiarse de tu herencia. Un viejo no es nada para nadie.
Gutiérrez se sentía cansado. No aspiraba a más que a algo de paz y serenidad. Las madres de Plaza de Mayo y el presidente argentino comenzaron a atormentarlo mientras dormía. Kirchner le aparecía en sueño con el morro de un gran ratón con los ojitos malévolos, las Madres con el semblante de viejas brujas desdentadas y arrugadas.
A envenenar la vida del coronel contribuyó también considerablemente la noticia que en la Argentina su viejo colega Francesco Salvio había publicado un libro de memorias titulado “Mis días en el infierno de El Circo”. Subtítulo: “Las sobrecogedoras revelaciones de un ex medico torturador arrepentido”. El primer capítulo estaba enteramente dedicado a él, el sádico y malvado coronel Gustavo Gutiérrez, y lo pintaba como una fiera infernal, sedienta de sangre y famélica de dinero.
El 23 de mayo de 2005 el juicio contra los Camára y el almirante Sánchez se concluyó con una condena a cinco años y seis meses de reclusión para ambos los cónyuges. Noemí Camára obtuvo la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad, así que sus amigos descubrieron que tenía seis años más de los que declaraba. El almirante Sánchez befó la justicia muriendo de cáncer de próstata el día antes del veredicto.
La noticia que Gutiérrez esperaba desde hacía mucho tiempo llegó oficialmente el 14 de junio de 2005, en el 23ø aniversario de la deshonrosa y humillante derrota de las Malvinas, pero estaba en el aire desde hacía semanas. La Corte Suprema argentina había declarado inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, consintiendo la reapertura de los juicios contra alrededor de 400 entre militares y policías involucrados en los crímenes de la dictadura, de los que sólo el diez por ciento aún en actividad. 157 ex represores ya estaban detenidos o cumplían detención domiciliaria por motivos de edad.
El coronel sabía que, a diferencia del pasado, las fuerzas armadas no intervendrían para obstaculizar la justicia. Las viejas generaciones eran demasiado aisladas y debilitadas. Las nuevas eran fieles al presidente.
Gutiérrez casi vomitó al sentir al comandante en jefe del ejército Bendini comentar:
- Anular los indultos tiene que ser el paso que sigue. Yo ya lo expresé muchas veces: hay que juzgar y condenar a los responsables, no sea cosa que vayan presos los subtenientes y los de mayor jerarquía queden en libertad.
Cuando en Canal 13 apareció Kirchner el coronel apagó el televisor.
- ¿Y la empresa es tuya?
- Sí.
- Lo imaginaba. ¿Cuánto cuesta tu auto? ¿50.000 euros?
- No. 40.000.
- ¡Vaya! Yo no tengo ni siquiera la plata para comprarme un ciclomotor usado.
- Mi cuarto se encuentra en el piso superior.
Una ancha escalera de mármol beis claro lustroso comunicaba el salón con los dormitorios. Aquél donde entraron era muy luminoso y en estilo moderno. Del exterior provenía el ruido del chaparrón. Riachuelos de agua corrían a lo largo de los vidrios de las dos ventanas.
Gael se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. El dueño de casa tomó del suelo su ropa y la llevó a un baño contiguo. Luego volvió a la habitación y le dio una toalla.
Gael empezó a secarse y continuó con las preguntas.
- ¿Llevas mucho en Italia?
- Quince años.
- Yo y mis viejos estamos aquí desde hace sólo tres meses. Yo todavía no encontré un empleo fijo. En cambio mi madre, aunque es licenciada en Letras, hace de sirvienta en una casa de reposo por una miseria. Desgraciadamente en este país no reconocen nuestros títulos de estudio.
- ¿Y tu padre?
- Padece de depresión. No está en condiciones de trabajar.
- La depresión es una patología muy común, hoy día.
- ¡Ya!... Aunque reparto folletos publicitarios, en realidad yo soy un artista.
- ¿De verdad?
- Sí. Pinto, escribo, creo esculturas. Toco también la guitarra eléctrica en un grupo rock. Los sabados y los domingos vendo mis obras en los mercadillos. Pero no logro mantenerme con mi arte. Todavía no soy bastante conocido. Para ganar algo más me adapto a hacer trabajitos precarios y mal pagados, como repartir volantes.
- ¿Qué tipo de arte es el tuyo?
- Es difícil de explicar. Tendrías que verlo para entender. Mañana estoy en la feria de Senigallia.
Al improviso una voz masculina tronó desde el salón:
- ¡David! ¿Dónde estás?
- ¡Mi padre! - exclamó el dueño de casa, y se precipitó fuera de la habitación cerrando la puerta.
Tratando de no hacer ruido, Gael entornó la puerta de pocos centímetros. Mirando a través de las columnas de la balaustrada vio al recién llegado. A pesar de que lo había encontrado una sola vez quince años atrás lo reconoció enseguida: era Gutiérrez. Envejecido, engordado, casi calvo, pero con el mismo porte miltar que tenía cuando llevaba el uniforme de coronel del ejército argentino.
- ¿Qué haces todavía aquí? - le preguntó Gutiérrez a su hijo, que contestó incómodo:
- Estaba buscando unos documentos importantes para llevar a la oficina.
Gael cerró la puerta.
- Se fue. Había olvidado en casa los cigarrillos. - dijo David regresando a su cuarto.
Gael lo miró con hostilidad.
- He aquí donde os habíais metido. En Italia dándoos la gran vida.
David pareció sorprendido.
- ¿Te dicen algo los nombres Gabriel Díaz y Soledad Banchi?
David, enmudecido, no contestó.
- Son mis padres, dos sobrevivientes de El Circo, el campo de concentración dirigido por tu viejo durante la dictadura.
Con gran incomodidad, David dijo:
- Tengo que irme a trabajar. Tengo una reunión dentro de media hora.
- ¿Tú crees que es justo que los responsables de la muerte de 30.000 personas hayan quedado impunes, mientras sus víctimas no tienen ni siquiera una tumba donde sus parientes puedan llorarlos?
- Pasaron tantos años.
David tomó 50 euros en una billetera que tenía en el bolsillo interno de su chaqueta y los alargó a Gael.
- Éstos son por tus volantes.
Gael reaccionó gritando:
- ¡Dáme mi ropa!
David se metió el billete en el bolsillo. Luego se fue a tomar la ropa de Gael en el baño y la apoyó sobre la cama. Gael se vistió.
- Pensaba que tú eras diverso. Espero no volver a verte nunca más. - dijo antes de salir de la habitación dando un portazo.
Quedadose solo, David fue arrollado por una oleada de recuerdos. En su mente pasaron, sobreponiendose, imágenes y escenas de mundos que ya no existían: Matilde Bianchi en lágrimas sentada en el sofá de su casa, Gael niño en el parque, la deposición de Soledad en el juicio contra su padre, el encuentro con la familia Bianchi Díaz en el bar de la calle Florida. El pasado le había visitado inesperadamente, sin preaviso, haciéndole revivir dolores lejanos pero nunca completamente amodorrados.
Gael entró en el centro social Paz, cuyos locales habían sido por muchos años una fábrica de bicicletas. Su amigo Marco estaba dibujando una heladera sobre una pared, mientras un viejo equipo estéreo difundía música rock.
Marco tenía veintidós años y el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Llevaba una chompa deformada, jeans raídos y rasgados y un par de viejas botas.
Gael encendió un porro y por algún minuto fumó en silencio, fruncido, luego dijo:
- Aquí en Milán tendría que habitar uno de mis viejos compañeros del colegio de los tiempos del secundario. Se llama David Gutiérrez.
- ¿David Gutiérrez? - preguntó Marco maravillado.
- ¿Lo conoces?
- No en persona. Sólo me acuesto con su chica.
- ¡No!
- Tienes que ver su cuerpo.
- ¿Qué la impulsa a traicionar a mi amigo con un pobretón como tú? David es el dueño de una fábrica.
- Es verdad. Pero tiene también un pequeño defecto. Es impotente.
- ¡No!
- Bueno, no del todo impotente, casi impotente. Elena me contó que sus relaciones duran pocos segundos, sin preservativo, y que a veces él ni siquiera lo consigue. Fue visitado por muchos médicos, en el extranjero también, pero no solucionó nada. Y además es aburrido, previsible, conformista. Hace todo lo que le ordena su padre. Es un débil, uno de esos tipos dóciles, sumisos, serviles.
- ¿Por qué Elena no lo deja?
- Están novios desde hace cuatro años. Aunque ya no lo ama le tiene cariño.
- ¡Pelotudeces! Para mí ésa sólo quiere su dinero.
Gutiérrez se sentó en el sofá del salón y se puso a hacer zappping, fumando un cigarrillo. Una mujer rubia parecida a su esposa guiñó de la pantalla del televisor, sin suscitar en él alguna reacción, ni agradable ni desagradable. Cuando Susan había muerto el coronel se había propuesto no entablar nunca más otras relaciones sentimentales serias o duraderas.
- Una aventura de vez en cuando está bien. - había pensado - Pero cada uno en su casa y en cuanto empieze a joder le doy boleta.
También había reflexionado:
- A mi edad si quiero una chica joven y linda tengo que pagarla, y esto no me lo puedo tragar. Una vieja la puedo tener gratis, pero a este punto prefiero una partida de póquer con mis amigos. Quizás sea mejor acabar definitivamente con el otro sexo. A fin de cuentas tuve tantas mujeres.
Y le habían venido a la memoria todas las consortes de sus colegas con las que se había concedido un amorío, empujado por su narcisismo y por la frigidez de Susan.
- Están lejos los tiempos de la caza y de las conquistas. - suspiró con pena y añoranza.
David entró en el salón. Por todo el día no había dejado un solo instante de pensar en Gael y en el pasado. Su padre lo acogió regañándolo.
- Siempre vuelves tarde a casa. Sabes que detesto cenar solo.
Gutiérrez no se podía definir un padre cariñoso. Nunca un beso, nunca un abrazo, nunca una caricia. Pero no escatimaba las críticas, también ofensivas. Cuando todavía estaba Susan tenía que retenerse y cuando veía algo que no iba bien la mayor parte de las veces se atrincheraba en un mutismo rencoroso, pero después de la muerte de su esposa por fin había podido empezar a subrayarle a David todo lo que no le gustaba en él.
- Es hora que te haces cortar el pelo. Te pareces a un maricón.
Como un buen militar Gutiérrez estaba convencido de que un verdadero hombre tiene que llevar el pelo cortísimo.
En el Canal 5 apareció la imagen de un cardenal de aspecto afable y sonriente.
- ¡Quién se ve! ¡El cardenal Arnaldo Bucero!
El recuerdo de su último encuentro con el alto prelado, ocurrido cinco años atrás en el aeropuerto de Malpensa, llenó al coronel de cólera mixta con repulsión.
- ¡Cara de culo! Una vez lo encontré en el aeropuerto y fingió que no me reconocía. Aspira a convertirse en papa, el rufián. Por fortuna sus sucios chanchullos para reunir votos son destinados a fracasar miseramente. Nadie le creió cuando renegó de su amistad con el presidente Videla. Si fuera elegido los paladines de los derechos humanos armarían un jaleo y la iglesia católica es demasiado ávida para correr el riesgo de perder a millones de fieles... Mira cómo se pavonea, ese panzón engreído. Debo admitir que la pantomima siempre ha sido su fuerte.
Gutiérrez juntó las manos, bajó la cabeza a un lado, adquirió una expresión contrita y dijo con un tonillo lamentoso:
- ¿Cómo podía saber que aquéllos eran corruptos, malhechores, que mataban a sus adversarios políticos? Enfrente mía siempre tuvieron una conducta integérrima. Nunca sospeché de nada.
Luego bajó las manos y rugió con rabia:
- ¡Judas! ¡Les has dado la espalda a tus hermanos por la púrpura pero la tiara sobre tu pelada nunca la meterás!
Después de haber apagado el televisor con el control remoto, despotricó:
- ¡Vete a tomar por el culo tú, el santo padre y todos los parásitos con el hábito!... Ese saco de mierda me ha amargado la velada.
David estaba desconcertado. Nunca había sentido al coronel hablar de aquel modo. La dictadura siempre había sido un argumento prohibido en casa Gutiérrez. Susan no permitía absolutamente que se hablara de ella y cuando en televisión transmitían reportajes periodísticos o documentales sobre el período de la guerra sucia cambiaba de canal. Sin embargo David había asistido al juicio contra su padre y leía los periódicos, por lo tanto de todad maneras le habían llegado informaciones. El chico sospechaba que sus padres habían utilizado plata sacada a los desaparecidos o a sus familias para comprar la fábrica y el chalé. La cifra que habían debido desembolsar era enorme, también por personas nacidas en familias acomodadas como ellos. Otra duda que lo atenazaba concernía su madre. Se preguntaba si la mujer estaba a oscuras de los crímenes de su marido, o bien era su cómplice consciente y silenciosa.
- ¿Durante la dictadura, mamá...
El coronel interrumpió la pregunta de David, precisando resentido:
- En Argentina nunca hubo una dictadura, sino una junta militar... Nuestro cometido consistía en restablecer y mantener el orden y la seguridad en el país. Las fuerzas armadas no eran una banda de gángster.
- En el período de la... lucha contra el terrorismo ¿mamá tenía conocimiento de tus verdaderas tareas?
El tono de Gutiérrez de resentido se hizo amargo.
- No. Y aunque lo hubiera tenido no le habrían importado un carajo los peligros que yo corría. Estaba ansiosa por las heroínas de los culebrones y su marido se le daba un bledo. Era una mujer ferozmente egocéntrica. Amaba solamente a sí misma.
- ¿Ocurrieron casos en que... te encontraste en la necesidad de... torturar a los presos para inducirlos a confesar?
- No. Yo desempeñé exclusivamente cargos administrativos. No entraba nunca en contacto con los subversivos.
El coronel mintió. No podía contar la verdad. David tenía un carácter demasiado sensible. No habría entendido. Desgraciadamente Susan con su educación absurda lo había arruinado y él para vivir en paz siempre la había dejado hacer lo que le gustaba. Habría querido ser ligado a su hijo por una relación de camaradería, de amistad, de complicidad, pero las circunstancias lo habían impedido.
- ¿Quién autorizaba las torturas en El Circo?
- No se trataba de verdaderas torturas. Las llamaría más bien fuertes presiones psicológicas. Los mismos procedimientos utilizados en todas las comisarías del mundo con los sospechosos.
David sabía que se adentraba en un discurso resbaladizo, pero no le gustaba que le tomaran el pelo.
- Si las torturas no eran admitidas, ¿cómo explicas las fosas llenas de cadáveres de desaparecidos con marcas de fracturas?
Gutiérrez se puso nervioso.
- Yo no debo explicar absolutamente nada. Que tú lo creas o no, en mi sección cada abuso era castigado duramente. Yo siempre traté a los detenidos con humanidad. Eran los suboficiales quienes los golpeaban, y a menudo causaban su muerte. Lo hacían a escondidas de sus superiores, para divertirse... Los suboficiales eran incontrolables. Esa gentuza violenta e insubordinada, sin educación ni cultura, además de desacreditar la junta militar nos hizo perder las Malvinas. ¿Cómo se puede ganar una guerra con un ejército de cabezas de chorlito y gallinas? ¡Tropel de incapaces! Y hasta dicen que los abandonaron. ¡Pretenden beneficios, resarcimientos! ¡Yo sé lo que les daría!... Nunca quisiste enfrentar ciertas cuestiones. ¿Por qué lo haces ahora?
- Comenzaste tú, cuando viste ese cardenal en televisión. De todos modos, si esta cosa te malhumora cambiamos de tema.
- Es mejor. Ocupémonos de cosas más importantes. ¿Cómo va la refacción de tu departamento? Ahora que la casa está casi lista te decidirás por fin a establecer la fecha de la boda. Sabes que no veo la hora de llegar a ser abuelo.
- En este período yo y Elena estamos muy ocupados con el trabajo. No tenemos tiempo para organizar la ceremonia.
La voz del coronel se puso rencorosa.
- ¡Siempre pretextos! Sigues aplazando de mes en mes. Ya no me queda mucho tiempo para gozarme a mis nietos. ¿Qué carajo esperas a casarte y hacer hijos? ¿Qué yo reviente?
David bajó la cabeza.
- Mañana voy a hablar con Elena.
Gutiérrez sintió un profundo desprecio. Ese hijo tan diverso de él, así flexible, así claro de piel y de pelo como su madre, lo sentía extraño y molesto.
Sabado por la mañana David fue a buscar a Elena en auto a las diez. Elena tenía veinticinco años y un físico de modelo que amaba poner en evidencia vistiéndose y maquillándose llamativamente.
- ¿Qué programas tienes para hoy? - preguntó la chica.
David, absorto en sus pensamientos, no contestó. Su mente estaba vagando lejos en el tiempo. No lograba no pensar en el pasado, a todo el mal que su padre les había hecho a Gael y a su familia. Los sentimientos de culpa lo destrozaban.
- ¡David! ¿Me escuchas?
David se sobresaltó.
- Te pregunté qué programas tienes para hoy. ¿En qué estabas pensando?
- En nada... ¿Por qué no vamos a la feria de Senigallia?
- ¿A la feria de Senigallia? ¿Te has vuelto loco?
David pronunció la frase instintivamente, sin prever las consecuencias que arrancarían de esto.
- Sólo era una propuesta. Creía que era una idea original para pasar una tarde diferente de las demás. Últimamente vamos siempre a los mismos sitios.
- Si para ti es importante vámonos.
En la feria de Senigallia había mucha gente, pese al mal tiempo. En el cielo, detrás de una cortina de nubes gris, se asomaba la silueta de un pequeño pálido sol. El asfalto estaba todavía lustroso y mojado por la lluvia de los días precedentes. Las personas se apretaban encima los abrigos y las bufandas para protegerse del frío cortante del invierno. En aquella confusión Elena, acostumbrada a hacer adquisiciones en las boutiques más exclusivas, estaba bastante fastidiada.
Sobre el tenderete de Gael estaban expuestos cuadros y esculturas que revelaban un discreto talento artístico. Gabriel estaba sentado en un taburete, con su usual mirada vacua. Soledad estaba de pie junto a él. En el suelo, al lado del puesto, estaban apoyadas algunas esculturas que se parecían vagamente a unas jirafas.
Gael le mostró a su madre un dvd que le había apenas comprado a otro vendedor ambulante.
- ¡Lo encontré! Hace tanto que lo buscaba.
- “La noche de los lápices”.
- Lástima que en nuestra casa no hay un reproductor de dvd.
- En cuanto podamos nos compraremos uno.
Gael quedó muy sorprendido cuando David y Elena se pararon delante de su tenderete.
- ¿Qué representan esas esculturas? - preguntó David acercándose al grupo de jirafas.
Gael lo alcanzó.
- Son jirafas.
- Quisiera hablar contigo. Pero no aquí, en un lugar menos atestado de gente. - dijo David en voz baja.
- Nunca me habría esperado que vendrías.
- En mi oficina, el lunes.
- ¿A qué hora?
- Cuando eres cómodo.
David sacó del bolsillo de su chaquetón una tarjeta de visita y se la pasó furtivamente a Gael.
- Ésta es mi dirección, junto con el número de mi celular. - susurró.
Luego levantó el tono de voz.
- Compro la más pequeña.
Gael se metió la tarjeta en un bolsillo de los pantalones.
- Son 150 euros.
- ¿Qué? - exclamó Elena.
David sacó 150 euros de su billetera y se los alargó a Gael, que en cambio le dio la jirafa junto al dvd.
- Éste es un obsequio. Es una película basada en la verdadera historia de siete estudiantes argentinos raptados y asesinados por los militares durante la dictadura.
- Gracias. Esta noche voy a verla. ¡Hasta luego, Gael!
- ¿Cómo sabes mi nombre?
- Lo recordaba. Nosostros ya nos conocimos, hace muchos años, en Argentina. ¡Chau!
En cuanto David y Elena se hubieron alejado, Soledad le preguntó a Gael:
- ¿Por qué le diste el dvd?
- Ése es el hijo del coronel Gutiérrez. Habita él también en Milán con su viejo. Su madre murió en un accidente de auto hace dos años.
Soledad se inquietó.
- ¿Le dijiste quiénes somos?
- No.
- Si vuelves a verlo evítalo. No quiero tener problemas con Gutiérrez. Papá se encuentra mal y necesita tranquilidad.
David y Elena continuaron su paseo entre los tenderetes. La chica no lograba resignarse.
- ¡150 euros por una estatuilla de 20 centímetros! ¿Compraste ese horror por qué te gusta o por qué querías hacer la caridad a esos tres pelagatos?
- Me ha venido un fuerte dolor de cabeza. Volvemos a casa.
- Sí, vámonos. No aguanto más en toda esta escualidez... Tú, en cambio, a lo que parece te encuentras en tu medio.
- ¡Para de rezongar como una mujerzuela histérica! ¡Me has cansado! - estalló David.
Elena quedó a boca abierta, incrédula frente a su primero arrebato de intolerancia en cuatro años de noviazgo.
- ¿Qué te pasa?
David calló.
- Hoy estás raro.
David y Elena transcurrieron el resto del día en un restaurante a la moda y luego en la casa de una pareja de amigos antipáticos y esnobes. A David le parecía que estaba en un entorno desconocido entre extraños, cuyas voces resonaban innaturales y lejanas. Era una sensación horrible. Mientras los demás discutían animadamente de banalidades hizo un balance de su vida opaca, insignificante y monótona: era desastrosa en todos los frentes. Y el porvenir se anunciaba aún más miserable que el presente.
A la una de la noche regresaron a sus respectivas viviendas. David posó la jirafa sobre su velador, se acostó y, aprovechando el echo que su padre aún estaba fuera con sus amigos, se puso a mirar el dvd que le había regalado Gael. A media hora del inicio de la película Gutiérrez entró de repente en su cuarto, preguntándole:
- ¡Entonces! ¿Fijasteis la fecha?
David aferró velozmente el control remoto apoyado sobre las mantas y apagó el televisor. El coronel se chamuscó y le lanzó una mirada penetrante.
- ¿Por qué apagaste? Enciende. Yo también quiero ver.
David se ruborizó y permaneció inmóvil.
- ¡Ah, he comprendido! - exclamó Gutiérrez con un centelleo malicioso en los ojos - Te he pescado con las manos en la masa. Estabas mirando una cinta pornográfica. No eres tan perfecto como intentas hacer creer.
- Es una película histórica.
- ¡Sí, histórica! ¿No te da vergüenza? Esas suciedades no se miran... ¡se hacen! ¡Si yo tuviera tu edad!
El coronel notó la escultura de Gael y la observó con curiosidad.
- ¿Qué es ese garabato?
- Es una jirafa. La compré en un mercadillo.
- ¿Cuánto la pagaste?
David titubeó algunos segundos antes de contestar.
- 50 euros.
- Como de costumbre te jodieron.
- Es una obra de Gael Díaz... ¿Recuerdas a la familia Bianchi Díaz?
- ¡Pues claro que la recuerdo! Soledad Bianchi fue una de mis acusadoras más encarnizadas, en el juicio. Y mientras lanzaba lodo y calumnias sobre mí los hijos de puta de los jueces le sonreían complacidos. No me atrevo a pensar en cuantos inocentes habrían ido en prisión, si el parlamento no hubiera puesto fin a las persecuciones de la magistratura con las leyes de amnistía.
- Hay jueces que consideran esas leyes inconstitucionales. En los últimos tiempos hicieron detener a muchos militares que habían sido beneficiados con ellas.
David se refería a los magistrados Gabriel Cavallo, Claudio Bonadío y Reinaldo Rubén Rodríguez. El primero que había declarado la incostitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida había sido Cavallo en marzo de 2001, seguido por Bonadío en octubre del mismo año y por Rodríguez en agosto de 2002.
- A mí no me toman ni muerto. ¡Pelotudos! Yo sabría como hacerle bajar el copete a esa canalla.
- ¿Te acuerdas también del marido de Soledad?
- Ése era una de mis joyas. Una perla. Si todos hubieran sido como él habríamos exterminado la guerrilla en un mes.
- ¿Qué quieres decir?
- Que era un traidor. No entiendes nada de nada. Eres duro de mollera.
- ¿Por traidor quieres decir un colaborador?
- Quiero decir una espía. Para salvar a su chica denunció a media Argentina. Cuando salió de El Circo se escondió en Patagonia, donde acabó en un manicomio, hasta que esa loca se fue a tomarlo. ¡A la fuerza! Le servía un padre para su bastardo.
- ¿Qué bastardo?
- El mocoso que tuvo con un sargento que trabajaba en la cárcel.
- ¿Soledad Bianchi fue violada?
Gutiérrez se dio cuenta de que había metido la pata, pero remedió enseguida.
- Una sola vez. Naturalmente cuando descubrí que se había ocurrido ese vergonzoso episodio tomé enseguida medidas disciplinarias muy severas contra el culpable. Ya te lo dije que los suboficiales estaban al mismo nivel de las bestias. Ignorantes, toscos, violentos. No había manera de tenerlos a raya. Hacían lo que querían.
- Los Díaz vinieron a habitar en Italia. Creo que la pasan muy mal económicamente. El padre es un deprimido crónico y no puede trabajar.
- No es un deprimido crónico. Está loco.
- El hijo es un artista, pero para mantenerse reparte folletos publicitarios.
- ¿Un artista? Entonces es maricón. Artistas, peluqueros, estilistas, curas, son todos maricones. El problema no es el Sida. La verdadera peste de los últimos veinte años se llama mariconería. ¡Ah, en qué tiempos vivimos! Cuando yo era joven no había tantos pervertidos y los pocos que había se escondían. Ahora en cambio desfilan en las calles y se exhiben en televisión.
- ¿Por qué odias tanto a los homosexuales?
- ¿Qué clase de pregunta es ésta? ¿Te parece normal que un hombre lo meta en el culo y en la boca a otro hombre? Me dan ganas de vomitar sólo si lo pienso.
David se quedó en silencio, con una expresión contrariada. El coronel bufó.
- ¡Qué joda! Cada vez que hablo de maricones, negros o judíos me toca chuparme tu cara torva por una semana. Yo seré racista pero ni siquiera tú eres un santo, querido mío. Tú eres la prueba viviente de que la respetabilidad es la máscara detrás de la que se esconden los porcachones. Te escandalizas por mi lenguaje chocarrero...
Con un gesto de sorpresa Gutiérrez agarró el control remoto de las manos de su hijo y concluyó, con una sonrisa irónica:
- Y miras las películas porno a escondidas.
Luego encendió el televisor, tropezandose con una escena de tortura con la corriente eléctrica. Su sonrisa se apagó.
- ¿Qué carajo es esto?
- “La noche de los lápices”, del regista Olivera. - dijo David con incomodidad - Me la dio Gael junto a la escultura... Por demasiado tiempo preferí no saber. Ahora siento la exigencia de conocer la verdad hasta el fondo.
- ¿Qué verdad? ¿La de una película de propaganda comunista desleal y facciosa? ¿La verdad de los terroristas?
- Yo opino que tenemos la obligación de escuchar también su versión de los hechos.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
David no contestó.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? - gritó el coronel, en una explosión de furia reprimida - ¡Idiota! ¿Te se secó el cerebro? Dilapidé un dineral para hacerte frecuentar las más prestigiosas escuelas del mundo y al final te convirtiste en un deficiente. Es mejor que me vaya antes de que te rompa esa porquería de jirafa que compraste en la cabeza.
Gutiérrez, cárdeno, salió del cuarto dando un portazo. La mañana siguiente durante el desayuno no le dirigió una sola palabra a su hijo, ni lo dignó de una ojeada. Para desahogarse se fue a entrenarse en el polígono, pero tampoco acribillando a balazos decenas de siluetas logró eliminar toda la bronca que le hervía en el cuerpo.
Gael entró en un establecimiento de la zona industrial de Milán sobre cuya fachada resaltaba el letrero Syntec. En la recepción esperaba a los clientes una mujer joven y atrayente.
- Tengo una cita con David Gutiérrez.
- ¿Usted es el Señor?
- Gael Díaz.
La empleada descolgó el teléfono, marcó un número y anunció:
- ¡Ingeniero! El Señor Díaz ha llegado.
Luego colgó el auricular y se levantó.
- Le acompaño al ingeniero. - dijo encaminándose a lo largo de un pasillo al que daban las puertas abiertas o entornadas de numerosas oficinas, iluminadas por la luz fría y blanquecina de los neones.
Gael la siguió, mirando de reojo a los dependientes atareados a la computadora o con la cabeza gacha sobre el escritorio. La atmósfera que se respiraba era de orden, puntualidad y eficiencia.
La empleada llamó a una puerta cerrada al final del pasillo.
- ¡Adelante! - dijo David.
Gael entró en el despacho con una actitud desconfiada. David lo invitó a sentarse.
- Siéntate.
- No. Me quedo de pie.
Bastante incómodo, David pronunció un breve discurso que se había preparado durante la noche.
- Te pido disculpas por la manera de reaccionar que tuve el otro día en mi casa. No tenía palabras. Me sentía a disgusto... Es necesario que tú sepas que considero el período de la última dictadura militar en Argentina una página negra de la historia, una tragedia terrible que espero que no se repita nunca más.
- ¿Me hiciste venir aquí sólo para decirme esto?
- No. Un cliente nuestro está buscando a empleados administrativos y me he permitido señalarle tu nombre y el de tu madre. Si me dejas vuestros datos os haré contactar para una entrevista.
- ¿No hay sitio para nosotros en tu empresa?
David tuvo una breve vacilación.
- Por el momento el personal está al completo.
- La verdad es que si nos contratas y tu viejo se entera se arma un berenjenal.
- Me gustaría mucho dar una ayuda económica a tu familia.
- No queremos tu limosna.
- No se trata de limosna sino de un acto de reparación.
- No puede haber ninguna reparación. Los muertos no resucitan y las cicatrices de las torturas no se borran.
Gael alcanzó la puerta.
- ¡Gael, espera! Vi la película que me regalaste.
Gael se paró.
- Me sirvió para comprender tantas cosas... En mi casa nunca hablábamos de la dictadura. Mi madre no quería.
Gael se volvió hacia David y dijo:
- Tengo muchos libros sobre ese argumento. ¿Te interesan?
- Sí, gracias.
- ¡Chau!
- ¡Chau!
Por todo el día David fue presa de una fuerte inquietud. La agitación en él era tal que llegó a desear de dejar plantado a todos y todo y huirse a una isla desierta en medio del océano. Lejos, lejísimo de sus problemas, de su padre, de Elena, de la Syntec, de Gael. Contrariamente a sus costumbres salió muy pronto del trabajo, a las 19. La ciudad estaba envuelta por una espesa capa de niebla. Mientras manejaba en el tráfico tuvo la tentación de irse al aeropuerto y subirse al primer vuelo disponible con destino al Caribe. Allà, sin pensar en nada, transcurriría las horas dejándose mecer por las olas calientes del mar o reposándose a la sombra de una palma en la playa. Contemplaría maravillosos cielos en el ocaso, estriados de rosa y de violeta, sentado en una roca y se dormiría sobre la arena, bajo la bóveda estrellada de las Antillas.
David siguió fantaseando con los ojos abiertos hasta su llegada a casa. En el salón encontró a Gael.
- ¿Te asusté? - le preguntó el chico viéndolo estremecerse - No entré por la ventana. Me abrió la puerta la mucama... Como un verdadero ricachón explotador argentino te tomaste una boliviana.
- Es mi padre quien elije a los domésticos. - se justificó David.
Gael le enseñó dos libros que tenía entre las manos. Les había tomado prestados en una biblioteca.
- Éstos son los libros que me pediste.
- Apóyalos nomás sobre la mesa.
- Esta tarde fui a tu oficina para dártelos, pero no estabas.
- Podías dejarlos a mi secretaria.
Gael se encogió de hombros.
- Abría pasado por esta zona de todos modos por trabajo.
- Tal vez sea preferible que te vayas. Mi padre volverá por momentos.
- ¿Y qué?
Gutiérrez entró en el salón. Al ver los libros sobre la mesa intuyó enseguida que Gael era el hijo de Soledad Bianchi y se endureció.
- ¡Vete! ¡No te quiero en mi casa! - le intimó al joven con tono irritado.
- Ésta es también la casa de David.
- Gael, por favor, ándate ahora. - dijo David, en la inútil tentativa de evitar lo peor.
El coronel arrojó los libros a tierra.
- ¡Me limpio el culo con tus libros!
- ¡Papá! ¡Por favor! - imploró David.
- Tu viejo tiene miedo a que tú descubras la verdad.
- Mi hijo sabe todo. Eres tú quien debe tener miedo a la verdad. Estoy seguro de que nadie te contó que Gabriel Díaz fue internado en un manicomio.
- Ya lo sabía.
La actitud de Gael era de desafío.
- ¿Sabías también que era un traidor y que se volvió loco por el remordimiento? No tuvimos ni siquiera necesidad de torturarlo. Denunció espontáneamente a todos sus compañeros del sindicato. ¡Un admirable ejemplo de fervor revolucionario!
- ¡Papá! ¡Basta ya!
- ¡No! Me provocó él. Ahora viene lo mejor. Gabriel Díaz no es tu verdadero padre. Tu madre fue violada por mis hombres y quedó embarazada de ti. Cuando supo que esperaba un hijo quería morir. No comía y no bebía más. Ella te odiaba.
- No es verdad. - dijo Gael con voz trémula.
- Si no me crees pregúntalo a los interesados directos. Me he divertido bastante. ¡Vete! ¡No quiero ver tu cara de maricón por el resto de mi vida!
El coronel lanzó lejos los libros de historia con una patada.
- ¡Y llévate tu inmundicia!
Gael estaba como paralizado.
- Pensabas que eras listo, ¿no? Pero yo soy más listo que tú.
Gael corrió fuera del salón y se precipitó en la calle, desvaneciéndose en la niebla densa. Después de haber tratado vanamente de alcanzarlo, David enfrentó a su padre.
- ¿Por qué lo hiciste? Díme por qué lo hiciste.
- Y tú díme por qué dejaste que el hijo de una peligrosa pareja de terroristas se colara en nuestra casa.
- Los padres de Gael no eran terroristas. Y aunque lo hubieran sido, no tenías ningún derecho a segregarlos en un centro clandestino de detención.
Gutiérrez a duras penas se retuvo para no propinarle cachetadas a David. No lo había nunca pegado. Si lo hubiera hecho Susan le habría saltado encima con el ímpetu de un tigre en defensa de su cachorro en peligro.
- ¡Pues cállate, sabelotodo de mala muerte! ¿Qué conoces tú de la real situación política de los años ‘70 en la Argentina? Antes tu madre siempre te escondió la verdad, para protegerte, decía ella, y ahora ese chico metido te llenó la cabeza de trápalas y estupideces. Y tú le creiste enseguida, como un pobre mentecato.
- Gael no dice mentiras.
- ¿Ah, no? ¿Entonces el mentiroso soy yo?... ¡No te quedes ahí plantado como un memo! ¡Respóndeme! ¡Di lo que piensas! ¿Eres un hombre o un muñeco?
David siguió callando, mirando fijo tercamente los reflejos cobrizos del parquet.
- ¡Qué hijo flojo me ha tocado! ¡Blandengue!... El terrorismo era una amenaza para la democracia y yo nunca me arrepentiré de haber hecho de todo para combatirlo. Cualquier medio es lícito con tal que vencer al enemigo. Tú esas cosas no puedes entenderlas porque eres un pusilánime. Aquéllos como tú durante las guerras se quedan pacíficos y contentos en sus casitas y dejan el trabajo sucio a los demás. En la época del gobierno de Videla mientras yo arriesgaba cada día que me explotara una bomba debajo del culo vosotros pasabais vuestro tiempo mirando los partidos de fútbol y los culebrones. La Argentina estaba por caer en manos de los comunistas y vosotros continuabais conduciendo vuestras existencias insulsas y ociosas sin preocupaciones. Total, de dar caza a los guerrilleros se encargaba el ejército. Luego, cuando la economía empezó a ir mal, transformasteis a los militares en chivos expiatorios, llenándoos la boca de bellas palabras: derechos civiles, elecciones libres, justicia, nunca más. Con un cinismo repugnante escupíais encima de los que hasta pocos meses antes considerabais los defensores de la patria, llamándolos asesinos. Yo nunca me alardeé de haber logrado impedir decenas de atentados salvando centenares de vidas humanas. Me conformaba con la satisfacción de haber cumplido con mi deber de soldado. No pretendía ni honores ni medallas. Sólo me esperaba algo de reconocimiento y respeto. En cambio no recibí más que insultos. Por esto me fui de mi país.
- Actuaste mal tratando a Gael de ese modo.
Las palabras de David hicieron montar en cólera al coronel.
- ¡Para de juzgarme! No hay sitio para los amigos de los terroristas en esta casa. ¡Mete tu ropa en una maleta y vete!
David tomó los libros de Gael del suelo y los puso en su maletín.
- En cuanto a mi plata ¡olvídala! Mañana por la mañana me voy al notario y te desheredo. A mi muerte no tendrás ni un centavo.
David salió de casa. Los gritos de su padre lo alcanzaron hasta en el jardín.
- ¡Tampoco vengas a suplicarme de rodillas no entrarás nunca más en esta casa!
Gael se sentó delante de una computadora del centro social y comenzó a navegar en internet. Sobre el monitor, bajo el título “Torturadores argentinos”, apareció una serie de fotografías de hombres, entre las que la de Gutiérrez con el uniforme. Un click sobre la foto del coronel y la imagen creció hasta ocupar la entera pantalla.
David entró en el local y se le acercó a Gael. Localizarlo no había sido fácil: había debido contactar ocho agencias de distribución de octavillas antes de encontrar aquélla por la que trabajaba. La empleada que había contestado por teléfono le había dado la dirección del centro social Paz.
- Quisiera aclarar algunas cosas.
Gael siguió mirando el monitor.
- No tenemos nada que aclarar.
- La otra tarde, cuando te pedi que te fueras, sólo intentaba evitar que encontraras a mi padre. Por experiencia personal sé que puede llegar a ser muy agresivo y cruel cuando se enfada.
- Entonces ¿por qué a los treinta años y pico todavía habitas con él?
- Desde el día en que peleasteis me trasladé a otro departamento y no volví a verlo.
- ¡Vete! Éste no es un lugar por ti. Es una madriguera de comunistas. Vuelve al palacio que te compraste con la plata de mis abuelos.
- Yo no tengo culpa de lo que hizo mi padre. - dijo David.
Saliendo, el chico encontró una sorpresa desagradable: su auto estaba completamente cubierto de pintadas y dibujos colorados.
Después de pocos minutos que David se hubo ido Elena entró en el local y se le acercó a Marco, que estaba discutiendo de música con un grupo de senegaleses. Los dos se dijeron algo, luego se desplazaron a un rincón apartado. Impulsado por la curiosidad, Gael los siguió y escuchó a escondidas su conversación.
Comenzó a hablar ella, con tono inquisidor.
- ¿Por qué no me llamaste?
- Tenía que estudiar. - contestó él con actitud evasiva.
- ¿Tomaste una decisión?
- Todavía no. Estoy confuso. Dáme tiempo.
- No hay más tiempo. Ya estoy al segundo mes.
Marco se quedó en silencio por algunos instantes, luego sentenció:
- Entre nosotros no funcionaría. Somos demasiado diversos.
- ¿Y el niño?
- No lo sé. No lo sé. - dijo negando con la cabeza el joven - Mira tú.
- ¡Eres un bastardo! Querría no haberte encontrado nunca.
- No te hagas la víctima. ¿Piensas que no lo he comprendido? Tú no quedaste embarazada por descuido. Querías atraparme. Pero te fue mal. Yo no estoy disponible. Ándate a tu novio impotente.
Elena entendió que era inútil insistir y se fue.
Vuelto a sus amigos, Marco comentó:
- Estaba convencida de que nos casaríamos. Está loca.
David almorzó con Elena en un restaurante cerca de la empresa de cosméticos en la que la chica trabajaba como encargada de las relaciones públicas. Al final de la comida, después de haberse dado ánimo, dijo con tono decidido:
- ¡Elena! Ya no existe ningún diálogo entre nosotros. Cuando somos juntos siempre estás de mal humor. Parece casi que yo te fastidio. No podemos continuar así.
Justamente cuando creía que estaba a punto de deshacerse de una carga le cayó sobre la cabeza una aún más pesada. En efecto su novia rebatió que era natural que una mujer en sus condiciones fuera nerviosa y irritable y le anunció con una sonrisa deslumbrante que esperaba un bebé.
David se quedó tan trastornado que cuando Elena le preguntó si le estaba bien el 2 de marzo como fecha de la boda contestó que sí sin objetar. La noticia del embarazo de Elena lo hizo sumirse en una profunda desesperación. No quería casarse con una persona que no amaba y mucho meno quería tener un hijo, pero se sentía obligado a hacerlo. La vida le parecía una jaula de la que sólo la muerte podía liberarlo. ¡Si sólo hubiera tenido la fuerza para acabarla!
Regresado a su despacho se dejó caer sobre la silla, aniquilado. Por toda la tarde, entre una tarea y la otra, siguió tomándose la cabeza entre las manos y pasándose los dedos en el pelo, como por quitarse de encima los problemas que lo agobiaban.
A las nueve de la noche, volviendo a casa del trabajo, vio a Gael, las manos en los bolsillos de los jeans, apoyado contra el muro del condominio en que habitaba. En vez de dirigirse hacia los garajes paró su auto y bajó el vidrio al lado del pasajero. Gael se asomó a la ventanilla.
- Tengo que hablarte.
- Sube.
Gael se sentó en el coche y sin preámbulos dijo:
- Tu novia te traiciona con un amigo mío y espera un hijo de él.
David no tuvo alguna reacción.
- Que quede claro. No te estoy haciendo un favor. Es que no tolero ciertas hipocresías burguesas... Ahora me voy. ¡Chau!
- ¡Espera! Te acompaño a casa.
- No. Tomo el colectivo.
- ¿Dónde habitas?
- En Ponte Lambro.
Mientras David manejaba rumbo a la periferia de Milán su padre estaba sentado en un sillón del salón delante del televisor apagado, paladeando un licor. Bajo el resplandor rojizo de la única lámpara encendida la figura de Gutiérrez, sumida en pensamientos sombríos, parecía inquietante y siniestra. Cuando en la habitación entró la empleada doméstica, avisando que por aquel día había terminado y que volvería a su casa, el coronel tampoco se percató.
David estacionó su auto en el patio del edificio de Gael. Sin decidirse a bajarse, Gael le preguntó:
- ¿Amas mucho a Elena?
- No la he amado nunca.
- Lo dices sólo porque te traicionó.
- Yo nunca la he amado a ella y ella nunca me ha amado a mí.
- Entonces ¿por qué os juntasteis?
- Por... razones de imagen.
- Quién sabe cuántos ligues tuviste. Las chicas están ciegas por los tipos como tú: ricos, con el fuera de serie.
- No me interesan los ligues. Sólo tuve cuatro novias oficiales. No soy un seductor.
Gael abrió tanto ojo.
- En toda tu vida ¿sólo te acostaste con cuatro mujeres?
- ¿Tú con cuántas te acostaste?
- No sé. Treinta... Yo te estafé. Mi jirafa no valía 150 euros.
- Para mí les valía. Tú posees un talento extraordinario.
- Lástima que hasta ahora nadie se haya percatado. Me considero un artista incompredido... Siento que te dije todas esas cosas malas. No las pensaba en serio. Bueno, un poquito las pensaba. Exageré. El hecho es que desde que me peleé con Gutiérrez me siento como un perro. Pasé días tremendos, teniéndome todo adentro, sin poder desahogarme con ninguno.
- ¿No hablaste con los tuyos?
- No. Ya tenemos muchos problemas. Con lo poco que ganamos a duras penas logramos sobrevivir. Mi viejo siempre está triste y deprimido. Y como si todo esto ya no fuera tanto nos desahuciaron. Tenemos seis meses de tiempo para encontrar otra casa. Con los precios que hay no sé dónde iremos a parar... Estoy harto de ser pobre... Sube a mi departamento un rato. Quiero hacerte ver algo.
David y Gael se bajaron del coche.
- Prepárate para la escalada. - dijo Gael - Vivo en el quinto piso, sin ascensor.
El edificio en el que vivía Gael había sido construido en los años '60. Ya en el vestíbulo se era asaltados por una sensación de miseria y deterioro. Los buzones o tenían los vidrios rotos o no tenían más vidrios. La escalera era iluminada por la luz tenue de pequeños plafones cubiertos de polvo. David y Gael entraron en un cuarto que servía al mismo tiempo de living y de cocina. David notó que los muebles eran viejos y mal reducidos, las cortinas raídas, las paredes sucias, las baldosas del suelo desteñidas. Gael le enseño un cuadro que representaba un ser monstruoso con el cuerpo mitad humano y mitad animal.
- Mi última obra.
- Interesante. ¿Es un monstruo mitológico?
- No. Es tu viejo.
David rompió a reír.
- Tienes razón. Es él. ¿Cómo no lo he reconocido?
- Dáme el chaquetón que te lo cuelgo.
David se quitó el chaquetón y se lo dio a Gael, que lo colgó junto al suyo en un perchero. Luego Gael tomó un libro apoyado sobre la mesa y se lo dio a David.
- Éste lo escribí yo. Es la historia de mis padres... Sentémonos.
El sofá estaba desfondado. David hojeó algunas páginas del libro.
- ¿ Dónde se conocieron los tuyos? - le preguntó Gael.
- En Florida, el estado de mi madre, en 1970. Mi padre se encontraba allí por trabajo.
- ¿Sabes que los golpistas argentinos habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares de Florida y Panamá? Tu padre se había ido a los Estados Unidos para aprender a matar a los comunistas.
- Es probable... ¿Ya propusiste tu novela a alguna editorial?
- La propuse a decenas de editoriales, sin recibir ni una respuesta.
- Házla publicar pagando de tu bolsillo.
- ¿Dónde encuentro la plata?
- Financio yo toda la operación.
- Te costará mucho.
- No importa. Hace tanto que tengo gana de lanzarme en nuevas aventuras. Nunca he amado mi trabajo. Mi padre lo eligió por mí, me lo impuso sin ni siquiera preguntarme cuáles eran mis aspiraciones.
- ¿Cuáles eran tus aspiraciones?
- Ser abogado.
David nunca se había atrevido a decir a sus padres que le habría gustado estudiar jurisprudencia. Gutiérrez detestaba a los abogados, sobre todo a causa de los honorarios que había debido pagar para hacerse defender en el juicio.
- Esas sanguijuelas me han descarnado vivo. ¡Pandilla de bribones! - solía repetir.
En la voz de David se percibió una vena de arrepentimiento.
- Pero ya es tarde.
- No es tarde. Sólo tienes treinta años. Aún estás a tiempo para cambiar tu vida y realizar tus sueños.
- Por ahora pensemos en tu novela.
- Podríamos también abrir una galería de arte.
- Del alquiler y las autorizaciones me encargo yo. Tú ocúpate de encontrar un local adecuado y las obras que expondremos.
- Ya tengo mis cuadros y mis esculturas. Además me gustaría ayudar a jóvenes artistas del tercer mundo a hacerse conocer.
Al improviso se oyó la voz de Gabriel que gritaba:
- ¡Soledad! ¡Soledad! ¡El niño!
- Es mi viejo. Está teniendo una pesadilla. Todas las noches sueña que mi madre es raptada por los militares.
Gael se precipitó en el dormitorio y comenzó a sacudir a Gabriel, que se debatía convulsamente entre las sábanas.
- ¡Papá! ¡Despiértate! ¡Despiértate! Sólo es una pesadilla. Mamá se encuentra bien.
Gabriel se despertó, sudado y confuso.
- ¿Dónde está Soledad?
- Mamá está al trabajo.
- Es mejor que me vaya. - dijo David en la puerta.
- No. Quédate. Dentro de poco vuelve a dormir.
David se sentó en el sofá. Después de unos minutos Gabriel tomó de nuevo el sueño y Gael volvió al living, sentándose junto a David.
- ¿Se tranquilizó?
- Sí. Ahora duerme... Mi viejo no consigue curarse de la depresión... Me gustaría tanto poder hacer algo por él... Tal vez si halláramos a su nieto se sentiría mejor... Mi primo nació en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Mi tía Leonor lo alumbró en abril de 1977. Hicimos de todo para encontrarlo, pero fue inútil.
- Me dijiste que tus abuelos maternos se quedaron en Argentina.
- Sí. Apenas encuentremos una buena colocación vendrán a vivir con nosotros en Italia. Sólo nos hablamos una vez a la semana pues las llamadas al extranjero son muy costosas... En mi casa la plata siempre ha sido poca... ¿Sabes qué me da más rabia? Qué los militares que reducieron a mi padre en este estado, violaron a mi madre, y robaron a mis abuelos, quedaron libres e impunes.
Gael vio que sus palabras habían puesto incómodo a David y dijo:
- Yo no la tengo tomada contigo. Tú no eres como tu padre.
David se levantó.
- Es muy tarde. Tengo que irme.
- Antes de que hayas llegado a casa es el amanecer. Te conviene quedarte a dormir aquí. Hay el espacio.
Gael transformó el sofá en una cama matrimonial. David habría preferido volver a su departamento, pero para no parecer maleducado se le acostó al lado. Estaba tan cansado que, a pesar del malestar, en pocos minutos cayó en un sueño profundo.
Al regreso del trabajo, la sorpresa de Soledad fue grande al encontrar a David y Gael dormidos en el sofá-cama. Alzó la persiana enrollable de la ventana y los dos chicos se despertaron.
- ¡Hola! ¿Te acuerdas de David? - le preguntó Gael adormilado.
David y Gael se levantaron. La presencia de David, más que irritar a Soledad, la turbaba, porque desde cuando lo habían visto en la feria de Senigallia Gael hablaba de él continuamente.
Del dormitorio llegó Gabriel, en pijama y despeinado, arrastrando las pantuflas. Soledad le dio un beso en la mejilla.
- Ándate a vestirte. Esta mañana tenemos invitados para el desayuno.
- Papá, él es David Gutiérrez. Nos hemos convertido en amigos. - dijo Gael.
- ¡Hola, David! Gael siempre habla de ti.
Gabriel volvió al dormitorio. Mientras Gael ponía la mesa, Soledad vertió algunas gotas de una medicina en un vaso y metió el vaso delante del plato de la cabecera de la mesa.
- ¿Papá tuvo otra vez pesadillas? - se informó.
- Sí, pero volvió a dormir enseguida.
Gabriel, vestido de manera descuidada, regresó al cuarto y se sentó a la cabecera de la mesa. Soledad, David y Gael también tomaron asiento y empezaron a comer.
- Bebe la medicina. - le dijo Soledad a su marido, acariciandole el pelo - Estás todo despeinado... Luego te haces la barba.
- ¡No! - dijo él, desganado.
- Sí.
- ¿Qué dice Gael de mí? - preguntó David.
- Que eres un pelotudo capitalista. - contestó Gabriel, con candor desarmante.
- ¡Gabriel! - exclamó Soledad, incómoda.
La escena divirtió bastante a Gael, que le pasó un bollo a su amigo.
- Tómate otro bollo.
- ¿Me estás atiborrando para decirme luego que soy un gordo chancho burgués? - hipotizó David.
- ¿Vamos a dar un paseo, más tarde? - le propuso Soledad a Gabriel.
- No.
- ¿Por qué no? Salir te sentaría bien. Siempre estás encerrado en casa. Eres perezoso.
Gael interrumpió a sus padres.
- Tengo que dar un anuncio. Yo y David fundamos una sociedad. Él pone la plata, yo mi ingenio. Para comenzar publicaremos mi novela y abriremos una galería de arte. Luego veremos.
Soledad le preguntó a David con aprensión:
- ¿Tu padre está de acuerdo?
- ¿Qué tiene que ver su padre? - intervino Gael.
David contestó con decisión:
- Que lo esté o no, no voy a renunciar a nuestros proyectos.
- Piénsalo bien.
David miró su reloj de pulsera y se levantó.
- Son las ocho. Si no me doy prisa llegaré tarde al trabajo.
- Los jefes pueden presentarse en la oficina a cualquier hora. - le hizo notar Gael.
- No los jefes como yo... ¿Me prestas tu novela?
Gael le dio su libro a David, que ya se había puesto el chaquetón.
- Cuando hayas terminado de leerla házme saber tu opinión.
Los dos jóvenes salieron al descansillo.
- ¿Con tu novia qué tienes intención de hacer? - preguntó Gael.
- Prefiero esperar algún día. Esta semana Elena se someterá a varios exámenes.
- Si mi novia me traicionara y estuviera embarazada de otro hombre la mandaría al diablo sin pensarlo dos veces.
- ¡Chau!
- ¡Chau! ¡Buen trabajo!
En la escalera la luz natural de la mañana ponía de relieve los muros rebozados por huellas negras y los peldaños incrustados de suciedad. También fuera del edificio cundía el deterioro. El patio con el asfalto lleno de agujeros era un depósito de viejos automóviles, ciclomotores desvencijados y bicicletas herrumbrosas.
Parecía todo absurdo e irreal.
Con un respiro de alivio David vio que su coche había salido indemne de las correrías nocturnas de los gamberros. Sobre de él el cielo estaba plomizo y alrededor de él el aire estaba gélido. Al pensamiento que Gael era obligado a vivir en un lugar semejante la tristeza se apoderó de él.
David estaba concentrado en la lectura de un informe cuando de repente la puerta de su despacho se abrió y en el umbral apareció Gutiérrez.
- ¡Hola! Pasaba por esta zona y he aprovechado para hacer una escapada a la fábrica. ¿Estás atareado?
- No. Entra nomás. Siéntate.
El coronel se sentó enfrente de su hijo. Los dos hombres estaban ambos con espinas. Fue Gutiérrez quien rompió el hielo.
- ¿Cómo te va?
- Bastante bien.
- Todavía no fuiste a hacerte cortar el pelo.
- No tuve el tiempo.
El coronel se cansó enseguida de soslayar y fue al grano.
- Supe que tú y Elena os casaréis. Pronto serás papá... Siento que es un varón... ¡Qué emoción llegar a ser abuelo! Estoy fuera de mí de alegría. ¿Ya elegisteis el nombre de vuestro hijo?
- Todavía no.
- Pensaba que lo llamaríais como yo.
David entendió que su padre había dado el primer paso para reanudar las relaciones con él porque quería a su hijo: siempre había deseado a un nieto para exhibirlo a amigos y conocidos. Entonces se le pasó por la mente una idea.
- Necesito una gauchada. Querría que tú localizara a un niño raptado por los militares. Nació en abril de 1977 en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Su madre se llamaba Leonor Díaz.
- ¿Era pariente de Gael Díaz, presumo?
- Sí. Era su tía.
- No conozco a nadie en la armada.
- Pero todavía tienes muchos amigos en el ejército y en la policía también.
- Ahora son todos viejos agilipollados. Es imposible que se acuerden de hechos de hace casi treinta años.
- Sé que existen archivos secretos, en alguna parte.
- Ésta es otra invención de los comunistas. Nunca existió ningún archivo secreto sobre los desaparecidos. ¡Cómo puedes creer en ciertas patrañas!
- ¿Entonces no quieres ayudarme?
- Pasó demasiado tiempo.
Era más que evidente que Gutiérrez no entendía ceder. De impulso, David dijo con tono perentorio:
- Si no me procuras la información que te pedí, te impediré ver a mi hijo. No te invitaré ni siquiera a mi casamiento.
- ¿Es un chantaje?
David asintió con firmeza.
- Sí.
- ¿Qué te has metido en la cabeza? ¿Hacerme pasar por un traidor?
- Tienes que elegir entre pasar por un traidor y renunciar a tu nieto.
Era la primera vez que David hablaba con tanta determinación a su padre. Él mismo se asombró de su osadía.
Para mí es una obligación moral hallar al primo de Gael.
- Pues ¡qué obligación moral del carajo! - estalló el coronel - Hablas como un jodido beato. Tú no te das mínimamente cuenta de qué patético eres. Así me hubiera dado un soponcio el día que para contentar a tu madre te mandé a estudiar a los salesianos. Debería denunciarlos de lesiones en el cerebro, a esos curas de mierda.
La aversión de Gutiérrez hacia los religiosos católicos se remontaba a muchos años atrás. Primero había habido el cambio de casaca del cardenal Bucero, su gran amigo, hermano masón y compañero de juerga en los locales nocturnos de Recoleta. Luego los salesianos habían transformado a su hijo en un moralista fanático como su madre.
- Es tiempo perdido intentar explicarte en qué apuro me estás metiendo... En cuanto sepa algo cierto te lo comunicaré. Ahora estarás satisfecho. - concluyó tajante el coronel.
La primera cosa que Gutiérrez hizo volviendo a casa fue llamar a su viejo amigo Raúl Sánchez, ex director del Club Naval de 1976 a 1979, con el pretexto de informarse de su salud. El almirante ante todo le describió los preliminares y las secuelas de la intervención a la próstata que apenas había sufrido, sin ahorrarle el menor detalle. Luego le magnificó las cualidades de su último ligue, una espléndida mujer de cincuenta y cuatros años.
Sánchez, al contrario de Gutiérrez, no había renunciado a las conquistas amorosas. Y para alcanzar su objetivo no reparaba en gastos. Siempre había sido un coleccionista de aventuras. Le gustaban todos los tipos de mujeres: jóvenes, viejas, lindas, feas, gordas, flacas, altas, bajas, ricas, pobres.
A la edad de 72 años estaba convencido de que todavía era un hombre atrayente, dotado de una inteligencia aguda y de una conversación brillante. Las señoras no tenían ninguna excusa válida para negarse a ir a la cama con él al menos una vez.
- Me dijo que soy el hombre más fascinante que nunca haya conocido. - se jactó el almirante.
- Esperemos que cuando te quitarás la ropa y te quedarás en calzoncillos ella no cambie de idea, al ver a un viejastro flácido y decrépito. - pensó divertido el coronel.
Después de media hora Gutiérrez no aguantaba más escuchar, pero se impuso resistir por el bien de su nieto. Su sacrificio no fue vano ya que después del aburridísimo informe clínico-sentimental logró descubrir en pocos segundos lo que le importaba saber sin comprometerse.
- ¡Qué pequeño es el mundo! - exclamó - ¿Sabes a quién encontré aquí en Milán? Un prisionero de El Circo. Gabriel Díaz, el loco. Te hablé de él una vez.
- No me acuerdo.
- Su hermana Leonor estaba contigo en el Club Naval. Estaba embarazada.
- De Leonor Díaz me acuerdo bien.
- Esperaba una niña que luego vendiste al teniente Ruffo.
- Te equivocas, Gustavo. Esperaba un varón que le regalé a mi prima Noemí.
- ¡Muy linda mujer tu prima!
- De joven era linda. Ahora está hecha un loro. El tiempo destruye todo.
- ¡Cojudo! Es fácil joderte. - se regodeó dentro de sí el coronel. Luego continuó la conversación como si nada.
- ¿Y tu cuñado Enrique? ¿Le pusieron la cadera artificial?
Gael no tardó mucho en encontrar un sitio para transformar en galería de arte. Como David le había repetido muchas veces que el precio no era un problema, pudo permitirse elegir un gran negocio desalquilado en una zona central de Milán.
Un sábado por la tarde Gabriel y Soledad visitaron el local. David aprovechó la ocasión para comunicarles que había descubierto dónde se encontraba el sobrino de Gabriel. El chico vivía en la ciudad de Azul, en la Pampa, con los que creía sus padres, Rodrigo y Noemí Camára, quienes lo habían adoptado a través de un pariente almirante. Por el momento no sabía más, pero había encargado a un investigador que hiciera búsquedas y en los próximos días podría seguramente darles otras informaciones.
La noticia trastornó mucho a los Díaz.
- No veo la hora de ir a la Argentina a conocer a mi primo. - dijo Gael.
- Cuando quieras reservo los boletos de avión.
- Házlo enseguida.
- Os pueden hospedar los abuelos. - sugirió Soledad.
- Su casa es pequeña. En un hotel estaremos más cómodos.
- Hay otras novedades. - añadió David - Antes de partir os devolveré la suma que fue pagada para el rescate de Soledad. Revaluada y con los intereses, claramente.
Gael estaba entusiasta. Pronto conociría a su primo y ahora que ya no tenían problemas de dinero sus abuelos se trasladarían a Italia. Su familia estaba por reunirse.
- Vosotros lo creéis todo fácil, como si Gutiérrez no existiera.
Soledad estaba preocupada por la reacción que podría tener el coronel.
- Quédate tranquila. Mi padre no nos pondrá ningún obstáculo. - le aseguró David.
Gael esperó que sus viejos volvieran a casa para preguntarle a David cómo lo había logrado.
David le contó que había amenazado a su padre con no hacerle ver a su nieto si no hubiera hallado a su primo.
Había otra cosa que le interesaba a Gael.
- ¿La dejaste?
- Todavía no.
- ¿No será que aunque no quieres admitirlo estás enamorado de ella?
- No. Esta noche voy a hablarle.
Para David enfrentar a Elena fue menos complicado que lo que pensaba. Ella en un primer momento negó todo, luego, puesta entre la espada y la pared, le rogó que la perdonara. Él fue comprensivo pero inflexible y rompió el noviazgo.
También decirlo a su padre fue para David menos difícil que lo previsto. Al principio el coronel se enfureció y como un volcán en erupción vomitó una avalancha de insultos y amenazas hacia Elena, incluso el augurio de que genere a un hijo mongólico. Luego juró que no se arruinaría los últimos años de vida por culpa de una puta y se calmó.
Dos días antes de la salida David puso al corriente a Gutiérrez que viajaría a la Argentina con Gael, asegurándole que actuaría con la máxima prudencia. Quien denunciaría a los Camára sería la Asociación de las Abuelas de Plaza de Mayo y su nombre no aparecería en ninguna acta oficial.
El coronel le deseó buen viaje con una mueca sarcástica.
En una decena de horas David y Gael pasaron del frío invernal de Milán a la quemazón veraniega de Buenos Aires. Del aeropuerto se fueron directamente a la casa de los padres de Soledad. Andrés y Matilde no lograban comprender por qué querían alojarse en un hotel y intentaron en vano convencerlos a quedarse con ellos.
Por fin, a las nueve de la tarde, entraron en la habitación que habían reservado en un elegante hotel de la Avenida de Mayo. Gael se desvistió y se acostó. David fue al baño y llamó a su padre con el celular.
- Apenas llegué al hotel. El viaje fue bien. - empezó.
- El médico dice que tengo úlcera. - lo informó Gutiérrez con acritud.
- Lo siento.
- Tú me hiciste enfermar. Yo ya no vivo por el terror a que nuestro nombre acabe en la boca de todos.
- Ya te dije que la denuncia contra los Camára será presentada por las Abuelas de Plaza de Mayo.
David estaba demasiado cansado para resistir ulteriormente una conversación de aquel tenor y se despidió.
- Te llamo mañana. ¡Chau!
Vuelto al cuarto se quitó la ropa, se metió bajo las sábanas y apagó la luz. Después de algún minuto Gael encendió la lámpara de su velador y le apoyó una mano en una cadera.
- No logro dormir. - dijo.
Aunque asustado por lo que podría acontecer, David no se movió.
Gael sabía que debía actuar con cautela y lo besó dulcemente, con los labios entornados. Luego lo atrajo sobre de si, continuando besándolo, le levantó la camiseta y le acarició los hombros y la espalda. Conociendo sus problemas no le pidió que usara el preservativo.
- Nunca me acosté con un hombre. - le reveló.
- Tampoco yo.
Hacía tiempo que Gael esperaba aquel momento. El encuentro con el hijo del coronel Gutiérrez había hecho aflorar en su alma pulsiones nuevas. Al principio había sentido atracción física por David, luego, frecuentándolo, había descubierto que a pesar de que eran diferentísimos, en el carácter, en el aspecto y en el vestuario, se encontraba bien junto a él y había comprendido que lo amaba. Antes de conocerlo nunca había manifestado tendencias homosexuales, pero tampoco nunca se había enamorado de ninguna a mujer.
Cuando Gael le puso las manos en el eslip, David comenzó a agitarse.
- No lo consigo. No lo consigo. No lo consigo. - murmuró abatido.
Luego se sentó y volvió la cabeza hacia la ventana, para rehuir la mirada de Gael.
- No te preocupes. A mí también me ocurrió. A todos les ocurre. Es la emoción.
- No es la emoción. Yo sufro de impotencia. Me hice curar por especialistas de medio mundo, sin ningún resultado. Ya probé con todo: psicoterapia, fármacos de cualquier tipo... ¿Entiendes ahora por qué Elena me traicionaba? Es inútil iniciar una historia que no tiene porvenir. Deja estar.
Gael tomó la cara de David entre las manos.
- Irá todo bien.
Se durmieron abrazados. La mañana después se despertaron casi contemporaneamente. La habitación estaba inundada por la luz del sol, caliente y deslumbrante. Se quedaron a deleitarse en la cama por un rato, hasta que David se levantó y dijo que iba a ducharse. Después de unos minutos Gael lo alcanzó en el baño. David al principio se sintió incómodo, luego se acostumbró a su presencia.
Gael estaba seguro de que David se curaría completamente de la impotencia. Aunque reventaba por hacer sexo con él, decidió que no forzaría los tiempos: por ahora no iría más allá de los besos y las caricias.
Por una semana David y Gael recorrieron a lo largo y a lo ancho Buenos Aires, saboreando de nuevo los colores, los olores y los sonidos de la ciudad en la que habían nacido. David volvió a ver los lugares que habían marcado su infancia y su adolescencia y encontró a amigos y conocidos que no veía desde hacía años. Gael lo llevó donde un tiempo surgía El circo. El viejo centro ilegal de detención había sido vendido por el ejército a los particulares, quienes lo habían en parte demolido, en parte transformado en un taller textil. En los locales en los que Gutiérrez hacía torturar a los opositores del régimen, ahora inmigrados bolivianos clandestinos trabajaban doce horas al día a cambio de un puñado de pesos.
Un día, frente a la Casa Rosada, David y Gael se dieron con un grupo de veteranos de las Malvinas que protestaban para conseguir la revaluación de la pensión que les había concedido el presidente Menem.
El más aguerrido en reivindicar sus derechos era un ex teniente de la marina que durante el hundimiento del General Belgrano había perdido un brazo y un pie. Para demostrarle su solidaridad Gael le apretó la mano, sin saber que el hombre era un antiguo conocido de su madre, es decir Joseph Bertin, alias Marcelo Castro.
En otra ocasión David y Gael, sentados a una mesa cerca de la vidriera de un bar de la Avenida de Mayo, asistieron a un cortejo de organizaciones de izquierda. Los manifestantes desfilaban rumbo a la sede del Congreso levantando carteles y pancartas y gritando frases contra el gobierno.
Un anciano cliente del bar, demacrado y amojamado, expresó en voz alta su contrariedad.
- ¡Ablandahigos! ¡Mequetrefes! La policía tedría que intervenir y llevarlos a todos a la cárcel.
Un transeúnte de unos setenta años empezó a despotricar contra los manifestantes, gesticulando animadamente. Un joven se separó del cortejo y le tiró un puñetazo en la cara. Una camarera comentó:
- Ese viejo era un milico. Lo vi en televisión. Se hacía llamar Rubio. Les ha insultado y ellos han reaccionado. ¡Le está bien empleado!
- ¿Por qué no va a defenderlo? - le preguntó Gael al cliente que había hablado antes.
- ¡Se lo ha buscado! ¡Que se la arregle solo! A mí me importan mis dientes.
Otros manifestantes agredieron al Rubio con patadas y empujones. El hombre, tambaleante y con la boca llena de sangre, se refugió dentro del bar, precipitándose en el baño.
Un gruppo de personas del cortejo siguieron al Rubio en el bar, seguidos a su vez por una decena de policías. Los uniformados lograron con mucha dificultad escoltar al ex represor fuera del local y subirlo a una de sus camionetas, que se alejó entre patadas y escupitajos.
- En vez de detenirlo la policía lo protege... El Rubio trabajaba en El Circo. Podría ser él mi padre. - constató Gael, amargado.
David tuvo el impulso de abrazar a su compañero y de consolarlo, pero se retuvo de hacerlo para no escandalizar a los presentes.
Azul, la ciudad de los Camára, se encontraba en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital. David y Gael la alcanzaron en auto. Durante el trayecto a través de llanos que parecían no acabar nunca vieron enormes manadas de ganado que apacentaban. De vez en cuando se cruzaban con un gaucho a caballo.
En Azul muchos edificios tenían la fachada en estilo europeo. En la plaza central se erguían una catedral neogótica y un teatro de arquitectura neoclásica. Al norte de la ciudad corría el río Azul, en torno al que había sido construido un gran parque con un club de remo, un balneario y un campo de polo.
A los hoteles del centro David y Gael prefirieron un estancia que hospedaba a turistas en los alrededores de la ciudad. Su habitación tenía una terraza que daba a la llanura y una ventana asomada a un un patio engalanado de plantas y flores perfumadas.
En la cama, antes de dormirse, David recordó que una vez su padre habría querido llevarlo consigo en la Pampa, a la caza de ciervos y jabalíes, pero su madre se había opuesto taxativamente. Susan era un tipo tradicionalista y rutinario y le gustaba transcurrir las vacaciones siempre en los mismos sitios: Mar del Plata y San Martín de los Andes. Lugares de veraneo ideales por las familias burguesas, frecuentadas por hordas de turistas, detestados por Gutiérrez. Para relajarse el coronel a menudo se concedía partidas de caza con sus amigos, en las cuales en cambio, con su gran pena, David no podía participar.
En la espera de encontrar a los Camára David y Gael decidieron visitar Coros, la aldea natal de Gabriel. Partieron por la mañana temprano. El sol estaba bajo sobre el horizonte y parecía una gran pelota anaranjada.
- Cuando mi primo descubra la verdad no querrá más ver a los Camára. - dijo Gael durante el viaje.
- No es así simple.
- ¿Cómo podría continuar viviendo con los cómplices de los que mataron a sus padres?
David no contestó.
- Yo no sabía que era gay antes de conocerte.
- Yo lo descubrí a los quince años.
- ¿Te confiaste con alguien?
- Sólo con un cura que era también mi profesor de matemáticas.
- ¿Qué reacción tuvo el cura? ¿Estaba escandalizado?
- No. Al contrario. Fue muy comprensivo. Al final del coloquio me recomendó: “Por caridad, no se lo cuentes a tu padre. Sería capaz de hacerte lobotomizar”.
David y Gael rompieron a reír fragorosamente.
- Las novias que tuve servían para esconder mi omosexualidad a los ojos de la gente.
Ahora se advertía mucha amargura en las palabras de David: siempre había vivido su condición con grande vergüenza y por años había debido escuchar las chanzas de mal gusto de su padre sobre los gay sin reaccionar.
Gael sintió una gran compasión por él y le acarició una mejilla.
David reflexionó que estaba afortundo al tener un compañero como Gael. Nadie había sido nunca tan cariñoso hacia él. Su madre, más que darle cariño, lo sofocaba con sus atenciones de manía y sus preocupaciones exageradas, tanto que cuando había muerto, además que por un dolor devastador, había sido invadido por un incontenible sentido de liberación. En un primer momento Gael le había aparecido como un muchachito descarado y provocador, pero luego se había revelado mucho más serio y maduro de lo que pareciera. David sentía que Gael era sincero con él y que nunca lo traicionaría.
En la única plaza de Coros, delimitada por una iglesia decrépita, seis casas, una fonda con el letrero torcido y una polvorosa tienda de comestibles, flotaba una atmósfera de incuria y desolación. Todo alrededor se extendía la Pampa inconmensurable, sembrada de estancias aisladas.
La fonda "José Luis" era sucia y sin aire condicionado. El tabernero, un hombrachón chorreante de sudor que se taponaba de continuo la cara con un pañuelo, les sirvió a David y a Gael un asado semicarbonizado con una guarnición de verduras recocidas y insípidas.
Después de haber almorzado, David y Gael se fueron al pequeño cementerio del pueblito y recorrieron sus sendas desiertas bajo el sol alto de la primera tarde. El calor mixto con la humedad era asfixiante. La tumba que buscaban estaba recubierta de tierra y de hierbajos, señal de un abandono decenal. Sobre la lápida sin fotografías estaban grabados los nombres y las fechas de nacimiento y de muerte de los padres de Gabriel: Osvaldo Díaz 1920-1980 y Mariana González 1930-1980.
Gael pensó que a diferencia de sus abuelos sus tíos nunca tendrían una tumba. Sus restos probablemente estaban esparcidos en alguna fosa común. O quizás se encontraban sobre el fondo del Río de La Plata, junto a los de millares de otros desaparecidos.
La casa en la que Gabriel había vivido hasta la edad de dieciséis años estaba ahora hecha una ruina. Profundas grietas surcaban las paredes desconchadas y el poco revoque quedado, originariamente celeste, era casi completamente desteñido. A través de los vidrios de las ventanas, cubiertos por una espesa capa de polvo, se podían entrever enormes telarañas pendientes del techo.
- Quiero ver cómo es adentro. Echemos la puerta abajo. - dijo Gael.
- ¿Estás bromeando? Nos arrestarán.
- Aquí no habita más ninguno desde hace años... Yo empujo hacia esta parte y tú hacia la otra.
David consintió con reluctancia, sólo para no pasar por el que siempre dice no.
Las bisagras de la vieja puerta cedieron al primero espaldarazo. Antes rodaron a tierra, luego se ayudaron a levantarse recíprocamente, riendo como niños que apenas han hecho una travesura.
- ¿Todo bien?
- Parece que sí.
En la euforia del momento Gael, convencido de que había llegado el momento justo, unió sus labios a los de David y lo besó como todavía no había hecho, sin frenar su deseo. Luego le desabrochó los pantalones, diciendo que allí nadie los podía ver. David se retrajo.
- ¡No!
- ¿Por qué? Suéltate.
- Es inútil.
David tenía los ojos bajos, mortificado.
- Discúlpame. No quería forzarte.
- No es culpa tuya.
Detrás de la casa había un terreno baldío.
- En este campo sembraban el trigo. - dijo Gael para romper la tensión - Debemos comenzar a pensar en el futuro, en donde iremos a habitar.
- No podemos ir a vivir en la misma casa.
- ¿Por cuál razón?
- Mi padre nunca lo aceptaría. Él desprecia a los gay. Si revelara públicamente mi homosexualidad ya no querría tener nada que ver conmigo... Trata de entender. Mi padre es todo lo que me queda de mi familia. No tengo corazón para cortar las relaciones con él.
- Habría debido esperarmelo... Yo creía que iríamos a habitar juntos. Quería formar una familia contigo.
- Yo pensaba que tú también...
- ¿Qué? ¿Qué yo también me conformara con una relación clandestina?
- Vivimos en la misma ciudad. Podemos vernos todos los días.
- ¿Fingiendo que sólo somos amigos? Tal vez encontrando a una novia para guardar las apariencias.
Gael aferró a David por los hombros y casi lo suplicó.
- Yo te amo. No dejes que tu padre siga condicionando tu vida.
- No puedo.
- Díme al menos que lo pensarás.
- No. No puedo. - repitió David.
- Es mejor acabarla aquí. Cuando volvamos a Italia cada uno se irá por su calle.
Gael alcanzó el coche. David lo siguió y sólo logró decir:
- Lo siento.
El cielo se oscureció al improviso. El sol desapareció detras de un capa de nubes grises. No se echó a llover, pero durante todas las tres horas que emplearon para regresar a la estancia el fragor del trueno resonó amenazador a lo lejos.
Después de la discusión en el campo detrás de la vieja casa de Gabriel, entre David y Gael bajó un muro de frialdad y de silencio. Apenas se dirigíian la palabra, y sólo por lo estrictamente necesario. En la cama se volvían la espalda todo el tiempo y no se duchaban más juntos. David sobre todo sufría la situación. Era Gael quien lo evitaba.
El encuentro con los Camára tuvo lugar en una habitación de un despacho de abogado de Azul, en una tarde bochornosa y soleada. Rodrigo Camára y su esposa Noemí eran dos individuos bastante grotescos. La mujer, con un pesado maquillaje, parecía embalsamada: culpa según algunos, mérito según otros, de un renombrado cirugiano plástico de Córdoba. El hombre lucía un penoso emparrado de varias mechas trenzadas.
Los Camára eran emprendedores agrícolas: poseían millares de hectáreas de terreno, destinados al cultivo cerealista. Vivían en un grande estancia y tenían decenas de dependientes.
- ¿Qué quieren de mí y mi esposa? - empezó Camára - ¿Por qué nos pidieron que nos reuniéramos en este despacho de abogado?
David y Gael habían resuelto que sólo David hablaría, mientras Gael escucharía.
- Ayer por la mañana fue presentada una denuncia de robo de menor contra ustedes. Por el bien de Pablo, les aconsejo que le conten la verdad sobre su nacimiento, antes de que la descubra por la televisión y los periódicos.
Las palabras de David golpearon a los Camára con la violencia inesperada de un rayo. Los dos pensaban que habían sido contactados a causa de la herencia de una anciana tía que se disputaban desde hece meses con el resto de su familia.
- Pablo es nuestro hijo, no lo raptamos, yo lo parí. Hay las fotos de cuando estaba embarazada, los exámenes médicos, los certificados de la clínica donde nació. - dijo Noemí Camára.
- Es todo falso. No será difícil demostrarlo.
- Mi marido no es un militar. Eran los militares y los policías los que raptaban a los hijos de los desaparecidos. Están cometiendo un error.
- No, señora. El error lo cometió usted hace muchos años... Es inútil que neguen. Recogimos demasiadas pruebas. Les conviene colaborar con la justicia, así obtendrán una condena leve.
Rodrigo Camára intervino en la discusión, con una actitud arrogante.
- Les conviene a ustedes dejarnos en páz si no quieren acabar mal. Tenemos muchos conocidos encumbrados que pueden hacer estancar cualquier investigación de la magistratura y dar una lección a quien se entromete en los asuntos de los demás.
- Ninguno de sus amigos encumbrados les ayudará. Los militares comprometidos con la dictadura ya no tienen el poder que tenían en el pasado y la magistratura ya no sufre su condicionamiento como un tiempo... Confesen. Y asuman sus responsabilidades.
Rodrigo Camára no rebatió. La perspectiva de pasar los siguientes seis o siete años entre aulas de tribunal y celdas penitenciarias lo angustiaba hasta quitarle el respiro. Se sentía como si un peñasco le estuviera aplastando el pecho.
Noemí Camára volvió con la memoria a veintiséis años atrás, cuando, harta de sentirse echar en cara por su marido su esterilidad, había decidido dirigirse a su primo Raúl para obtener a un niño que habría hecho pasar como suyo. Su primo, almirante de la marina militar, una vez le había contado que los hijos de los subversivo eran separados de sus familias, para evitar que se volvieran delincuentes como sus padres. La mujer se había auto convencido que hacerse confiar al hijo de un terrorista no era un expediente para esquivar la restrictiva ley sobre las adopciones vigente en la época en la Argentina: era una buena acción, un servicio hecho por la colectividad, y por encima a su muerte el chico heredaría una montaña de dinero.
Por seis meses había fingido que estaba embarazada, luego se había hecho internar en una clínica de Buenos Aires, donde unos médicos y empleados complacientes habían certificado el nacimiento de su primogénito: un varón de tres quilos y ocho hectogramos de peso. Había vuelto a casa teniendo en brazos al recién nacido que su primo Raúl le había hecho llevar a escondidas a la clínica, después de haberlo arrancado a su madre. Ella y Rodrigo se habían apegado enseguida al niño, que, por un caso afortunado de la suerte, se le parecía vagamente. Desde entonces dudas, virajes, remordimientos: tampoco uno.
David y Gael se levantaron. Antes de salir David concluyó:
- Refieran a Pablo que su primo Gael desea encontrarlo. Nos veremos en el tribunal.
Los Camára fueron incriminados de apropiación de menor y falsificación de documento público. Considerado la cantidad de pruebas en su contra, el juez federal al frente de la causa dispusó la prisión preventiva de ambos.
Cuando dos policías escoltaron a los Camára fuera del despacho del magistrado otros dos policías acompañaron adentro del despacho a un hombre en vestidura talar. Se trataba del sacerdote al que Soledad había pedido ayuda para hallar a Gabriel. Su pelo se había encanecido, pero su barba todavía era roja.
El Padre Renzo, con la promesa de interceder para hacer liberar a sus seres queridos, había estafado notables cifras de dinero a muchos parientes de desaparecidos, acumulando una fortuna, que había invertido en casinos. Pero no era por esto que había sido detenido. Ante la justicia tenía que responder de delitos mucho más graves: secuestros de persona, torturas y homicidios cometidos durante la última dictadura, en complicidad con los militares.
Un numeroso grupo de fotógrafos, periodistas y camarógrafos siguió a los Camára mientras recorrían el pasillo del tribunal, dirigidos hacia la salida, y les sometió a una ráfaga de preguntas.
- Señora Camára, ¿cómo se encuentra?
- ¿Cómo reaccionó su hijo a la noticia que no son sus verdaderos padres?
En el pasillo también estaba Pablo, junto a su novia. El chico tenía una mirada transida. Los Camára no habían encontrado el ánimo para revelarle que era hijo de desaparecidos: lo había descubierto el día de su arrresto.
- Mi primo está destruido. - dijo Gael - Tal vez hubiera sido mejor dejar las cosas como estaban.
David le alentó.
- No debes sentirte en culpa. Pablo tenía el derecho a conocer la verdad.
La cronista de una emisora local, acompañada por un camarógrafo, acosó de preguntas al primo de Gael.
- ¿Usted es Pablo Camára? ¿Cuál es su estado de ánimo en este momento?
- No tengo nada para decir.
- ¿Qué prueba respecto a las personas que la adoptaron ilegalmente? ¿Piensa que un día podrá perdonarlos?
- No tengo nada para decir.
- ¿Ya encontró a su familia biológica?
- ¡Basta ya!
David y Gael se acercaron a la periodista.
- ¡Se vaya! - le intimó David. Pero la mujer estaba tenaz.
- ¿Ustedes quiénes son? ¿Parientes de los verdaderos padres o de los adoptivos?
- Si no te vas te hago tragar el micrófono! - la amenazó Gael, logrando por fin que ella se alejara. Luego se presentó tímidamente a su primo.
- ¡Hola! Yo soy Gael.
Pablo también estaba intimidado.
- ¡Hola!
Gael indicó con la cabeza a David.
- Él es mi amigo David.
Intervino la novia de Pablo.
- ¿No me presentas a tu primo?
- Ella es Denise, mi chica.
- Casi es hora de almorzar. ¿Queréis venir a comer con nosotros? - les propuso Denise a David y a Gael.
- ¡Con mucho gusto!
Gael y Pablo transcurrieron juntos una entera semana, conociéndose y hablando del pasado y del presente. El día de los saludos Pablo dijo que no podía abandonar a sus viejos porque ellos lo habían criado y siempre lo habían tratado bien.
Gael, visiblemente decepcionado, se despidió de su primo abrazándolo, esperando que cambiara de idea.
Manejando hacia la estancia se le llenaron los ojos de lágrimas. David estaba disgustado por él, pero comprendía perfectamente lo que estaba pasando Pablo. Era difícil librarse del condicionamiento de un padre prepotente y violento, como era el suyo y como probablemente era también Rodrigo Camára.
En la habitación inmersa en la penumbra, a través de los postigos cerrados, filtraba un solo rayo de sol.
- Me está bien estar contigo con tus condiciones.
Las palabras de Gael le llegaron a David inesperadas, mientras preparaban las maletas.
Viendo su incomodidad, Gael añadió:
- No es necesario que tú digas nada.
Y volvió a reponer la ropa.
Las cosas se habían arreglado, no como habrían querido, pero eran de nuevo una pareja.
Después de la cena se fueron a la terraza para admirar por última vez el panorama, en el fresco de la tarde.
El espectáculo de la Pampa silenciosa y ilimitada serenó sus ánimos.
David pasó un brazo en torno a los hombros de Gael y lo atrajo a si. Gael se le estrechó aún más. Se quedaron amartelados largo rato, mientras la luz del crepúsculo descoloraba lentamente en el negro de la noche. Tenían muchas cosas para decirse, pero aquel abrazo interminable las puso superfluas.
En la madrugada David fue invadido por la gana de hacer sexo. Empujado por un ardor que nunca había sentido besó a su compañero, que le daba la espalda, en el cuello, despertándolo. Sintiendo su erección Gael se quitó el eslip, se metió boca abajo y abrió las piernas. David le entró adentro sin demasiada fatiga. No duró mucho. Al final se abandonaron supinos en la cama, afanosos. En cuanto recobraron algunas fuerzas se acercaron el uno al otro. Gael apoyó la cabeza en un hombro de David y David le dio un beso en la frente, un beso que era al mismo tiempo una demostración de cariño y de gratitud.
Gabriel, Soledad, Gael, Andrés y Matilde se fueron a vivir todos juntos en un departamento alquilado en un barrio central de Milán, cerca del edificio en donde vivía David.
Gael no necesitó decirle a su familia que amaba a David. Fue Soledad quien afrontó la cuestión.
- ¿Tú y David iréis a vivir juntos? - le preguntó, con leve incomodidad.
- No. - contestó Gael
- Pensábamos que...
- Preferimos que nadie sepa de nosotros dos.
Viendo sus miradas serenas, Gael comprendió que sus padres y sus abuelos habían aceptado su relación con David sin traumas.
En realidad Soledad, Andrés y Matilde habían quedado bastante turbados por la descubierta de la omosexualidad de Gael, pero por amor al chico habían decidido esconder su desconcierto. Para Soledad era duro sobretodo aceptar el pensamiento que nunca tendría nietitos. Solo Gabriel, que siempre había tenido una mentalidad bastante abierta, había aceptado la cosa como si fuera la más natural del mundo. Pero, en el fondo, a él también le dolía no poder tener nietos.
Después de muchos virajes, David decidió confesar la verdad a su padre. No teniendo el ánimo para hablarle personalmente, le entregó una carta en la que le contaba que se había enterado de que era homosexual durante la adolescencia y que él y Gael se habían enamorado y le aseguraba que se portaría de modo que ninguno viniera en conocimiento de su unión con otro hombre.
Después de haber leído la carta Gutiérrez se quedó pedrificado, el rostro tenso y contracto semejante a una máscara torva, hasta que su hijo le dijo:
- En breve abriremos una galería de arte. Me gustaría mucho si vinieras a visitarla.
El coronel no profirió palabra. Frente a su mutismo impenetrable, David no pudo hacer otra cosa que saludarlo y irse.
David continuó trabajando diez horas al día en la Syntec. Gael se entregó en cuerpo y alma a decorar la galería de arte y a la publicación de su novela. Se veían a ratos perdidos: después de cenar, el fin de semana. Las veladas las pasaban en el departamento de David. Antes de que el sueño lo venciera, Gael se levantaba de la cama y volvía a su casa. David se sentía en culpa porque entendía que Gael habría querido transcurrir más tiempo junto a él, pero no tenía la fuerza para cambiar las cosas y chocar con su padre.
La galería de arte fue inaugurada en junio. A primeros de agosto Gutiérrez visitó el local durante el horario de cierre.
Frente a la creatividad de cuadros y esculturas de artistas africanos, asiáticos y suramericanos el coronel negó con la cabeza.
- No entiendo de arte contemporánea. No entiendo nada.
- A decir verdad tampoco yo. - admitió David - Estoy contento de que tú hayas aceptado mi invitación.
Gutiérrez esbozó una sonrisa. El retrato que lo inmortalizaba pintado por Gael llamó su atención.
- ¿Qué es éste?
- Una criatura mitológica.
David cambió enseguida de tema. La primera cosa que le vino a la mente fue que en la Argentina apenas había sido nombrado presidente el peronista Néstor Kirchner.
- La Argentina tiene un nuevo presidente. ¿Qué opinas de Kirchner?
- Que es un pelotudo. Con sus insensatas reformas hará caer el país en un abismo.
La pregunta de David no habría podido ser más inoportuna. Kirchner en efecto, desde el día de su elección, se había mostrado determinado a eliminar la impunidad y los privilegios de los que todavía gozaban los militares golpistas. Para demostrar que hacía en serio, en pocas semanas había relevado de su cargo y reemplazado a las cúpulas de las fuerzas armadas y había pasado a retiro a decenas de generales, almirantes y brigadieres. Además, a fines de julio había revocado un decreto de su predecesor De la Rúa que impedía la extradición de los militares argentinos imputados en juzgados extranjeros, consentiendo el arresto de 46 oficiales incriminados por un tribunal de Madrid por la desaparición de personas de nacionalidad española durante la dictadura.
En la firme intención del presidente de renovar la Corte Suprema, haciéndole recuperar la autonomía del poder politico que había perdido durante el gobierno de Menem, Gutiérrez veía segundas intenciones.
- Kirchner es un maldito comunista y quiere vengarse de los militares que mataron a sus amigos terroristas. Primero echará uno a uno a todos los miembros de la Corte Suprema de Justicia y los reemplazará con sus hombres. Una vez obtenido el control absoluto de la Corte hará declarar inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y nos mandará a todos en prisión... ¡Si a las fuerzas armadas hubiera quedado una migaja de orgullo!
David tocò un argumento que le preocupaba bastante.
- El Rubio fue detenido. Lo acusan de haber secuestrado y vendido al hijo de una de las presas de El Circo a otro militar, el capitán Roberto Báez.
Todos los periódicos y los canales de televisión argentinos habían hablado de ese hecho, a causa de una consecuencia trágica. Cuando la policía se había presentado en la casa del matrimonio Báez para arrestarlo, la mujer del capitán por la emoción había tenido un infarto, que la había matado en tres minutos.
- Si el Rubio hiciera tu nombre...
La frase de David se quedó en suspenso.
- No sucedería nada. El Rubio no es más que un miserable sargento y yo un coronel. Aunque me acusara de complicidad ningún juez le creería... ¿Tu socio cómo está?
- Bien. El trabajo le da muchas satisfacciones. En pocos meses vendió casi todas sus obras... La semana que viene será huésped en un famoso programa televisivo para presentar su primera novela.
Gutiérrez hizo un gesto de irritación.
- Carajo, yo no entiendo si tú eres tonto o lo haces adrede porque la tienes tomada conmigo. Me aseguras que serás discreto y luego mandas a tu amiguito a hacerse entrevistar en televisión delante de millones de personas.
La enésima humillación verbal de parte de su padre se puso la gota que colma el vaso. David sintió subirsele adentro un imparable sentido de rebelión y de rabia, que transparentó en su tono de voz.
- No tienes nada que temer. Gael no hablará de su vida privada.
- Él no, ¿pero los periodistas? Podrían hacer investigaciones. Cuando sospechan que hay podredumbre en alguna parte se le lanzan encima como buitres sobre una carroña. Son gusanos asquerosos. Sienten gusto a hurgar en la basura.
- Mis sentimientos no son basura.
- Si se descubre tu historia con el hijo de los Díaz llegaré a ser el hazmerreír de todos mis amigos. No podré más salir de casa.
- ¿Desde cuándo te importa tanto el juicio de tus semejantes? Nunca escondiste tu pasado de represor.
- Yo no era un represor, era un soldado que combatió y venció una guerra para salvar su patria del terrorismo comunista.
- Te da vergüenza tener un hijo homosexual pero no que sobre tu conciencia recaiga la muerte de miles de seres humanos. Según tú amar a una persona de tu mismo sexo es peor que matar, torturar, robar y violar.
- Ya te dije que eran los suboficiales los que maltrataban a los prisioneros. Y yo no podía hacer nada... Tienes que convencer a Gael a renunciar a la entrevista.
- No. No sería justo.
- ¡Eres un ingrato! Yo me desangré para procurarte una posición importante en la sociedad. Te compré una fábrica a costa de grandes sacrificios.
- ¡Sacrificios! ¿Cuánto fue fatigoso constreñir a madres desesperadas a cederte todo a cambio de la vida de sus hijos?
- ¡Para, carajo! Tu moralismo ipocrita me da náuseas. ¡Está bien, confieso! Durante la dictadura hice torturar y matar a centenares de subversivos. Soy un despiadado homicida. Pero tú no eres menos culpable que yo, porque aunque en esa época hubieras sido adulto y consciente de lo que estaba aconteciendo, no habrías movido un dedo para salvar a esa gente. ¡Niégalo si tienes el coraje!
- No lo niego. Soy un vil. Me doy asco solo porque a causa de aquéllos como yo en la Argentina los delincuentes mandonearon por años.
El silencio que bajó entre él y su padre le permitió a David recobrar la calma y concluir con tono tranquilo pero resuelto:
- Aunque me repudies como hijo, no esconderé más el amor que siento por Gael. Y no volveré más a trabajar en la Syntec.
Antes de irse, Gutiérrez dijo con frialdad:
- Te deseo mucho éxito con tu galería. Llámame de vez en cuando. Nos vemos.
Gael se le acercó a David. Había escuchado su discusión col coronel en una habitación contigua.
- ¡Perdóname! ¡Perdóname! - murmuró David, abrazándolo.
De aquel momento su vida tomó otro curso.
Ya no tuvieron secreta su relación. Gael se trasladó a casa de David. David se matriculó en la facultad de Abogacía. Después de algunos meses volaron a los Estados Unidos, donde adoptaron a un recién nacido de origen hispano a quien llamaron Gabriel y apodaron Gabi para distinguirlo de su abuelo.
David en un principio quedó algo trastornado por la llegada de Gabi: no lograba darse cuenta de que aquella criatura frágil e indefensa era su hijo y se sentía inadecuado como padre. Gael había tenido que insistir mucho para convencerlo a adoptar a un niño. David, en efecto, pensaba que una pareja de gay no era apta para criar a un hijo, porque ofrecía un modelo de padres de un solo sexo, excluyendo la figura materna. Luego, pero, viendo que Gabi crecía sereno y equilibrado, cambiaría de opinión.
Gabriel se apegó a Gabi de manera casi morbosa. Pasaba horas y horas jugando con él, mimándolo o mirándolo dormir. Por la noche se levantaba de la cama varias veces para controlar que respirara bien. En breve tiempo sus condiciones psicológicas mejoraron notablemente. Cuidar a su nieto era para él una terapia que tenía lejos las crisis depresivas.
A fines del año Pablo se fue a Italia para conocer a Gabriel. Gael se sintió como si se hubiera tomado la revancha cuando su primo le confió que sus relaciones con los Camára ya no eran las de antes. El descubrimiento del modo en que había sido adoptado lo había alejado de ellos y había abierto en él una herida que difícilmente se cerraría.
David aprobó sus primeros exámenes universitarios con el máximo de las notas. A menudo el chico pensaba qué opresiva e insoportable habría sido su existencia si la suerte no le hubiera hecho encontrar a Gael. Siguió frecuentando a su padre por el sentido del deber, evitando escrupulosamente hablarle de su relación con su compañero. Fue el coronel quien aludió a la cuestión.
- ¿ En la pareja, tú eres el hombre o la mujer? - preguntó una vez a quemarropa.
David, con un hilo de voz, le contestó "El hombre".
Él comentó cáustico:
- Al menos eso.
Y no volvió nunca más al argumento.
Col pasar de los meses los encuentros entre David y Gutiérrez se pusieron cada vez más fríos, breves y esporádicos, hasta que, después de que la Syntec fue vendida por 10 millones de euros, se interrumpieron definitivamente. Sin embargo David, contra cada lógica, siguió abrigando la ilusión que su viejo un día cambiaría, volviéndose, si no un padre, al menos un abuelo cariñoso.
A consecuencia de la plena confesión de los Camára el almirante Sánchez fue detenido. Por razones de salud le otorgaron enseguida el arresto domiciliario, del que se evadió muchas veces para ir a divertirse en los locales nocturnos con sus amigos.
La cerimonia de conmemoración del 28ø aniversario del inicio de la dictadura en Argentina, el 24 de marzo de 2004, fue caracterizada principalmente por dos eventos. Antes, en el Colegio Militar de Buenos Aires, en presencia del presidente de la república Néstor Kirchner y de los altos mandos militares, el Comandante en Jefe del Ejército Roberto Bendini subió a un banquito y quitó de una pared donde estaban colgadas las fotografías de los directores del colegio los retratos de los ex presidentes Videla y Bignone. Luego Kirchner pidió públicamente perdón por los crímenes cometidos por el estado durante la dictadura y anunció que la Esma, la Escuela de Mecánica de la Armada, sede de uno de los mayores centros clandestinos de detención, sería transformada en un museo de la memoria.
- ¡Hemos caído muy bajo! - dijo Gutiérrez a regañadientes mientras delante de sus ojos cargados de livor pasaban las imágenes más significativas de la ceremonia propuestas por el telediario - Las fuerzas armadas se han hundido en la mierda. Kirchner ha reducido a los oficiales en pinches a su servicio... ¿Por qué nadie se rebela? Los argentinos se han convertido en un hatajo de borregos.
Desde el día en que había asumido en la Casa Rosada Kirchner ya había inferido muchas humillaciones a los militares golpistas. La más grande remontaba a agosto de 2003, cuando la Cámara y el Senado, impulsados por el presidente, habían anulado las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, obligando de este modo la Corte Suprema de Justicia, el único órgano institucional con la facultad para abrogar una ley, a pronunciarse sobre su constitucionalidad.
Aunque David nunca llevò a Gabi a su casa, Gutiérrez vio lo mismo al niño. Era otoño avanzado. El coronel estaba atravesando el parque de la calle Solari junto a dos amigos. En el aire, empujadas por el viento, revoloteaban las hojas secas que caían de las ramas de los árboles.
Ocurrió todo en un puñado de segundos.
Una serie de sonoras y alegres risitas infantiles precedieron la visión de Gabi que trotaba alrededor de los chorros de una fuente, seguido por David y Gael.
Gutiérrez, térreo, cambió enseguida de dirección y aceleró el paso. Sus amigos tuvieron que recurrir a todas sus fuerzas para no romper a reír.
A la vergüenza inicial en el ánimo del coronel sucedió un rencor feroz hacia su hijo, que no le había nunca dado ninguna satisfacción y lo había cubierto de ridículo frente a toda la ciudad.
Desde la Argentina cada día llegaban malas noticias para Gutiérrez, excepto el hecho que la economía lentamente se estaba reactivando.
El proceso de renovación de la Corte Suprema procedía rápidamente. En catorce meses tres miembros del máximo tribunal, para evitar un juicio politico, fueron obligados a renunciar. Uno fue destituido por mal desempeño en sus funciones. Sus cargos, quedados vacantes, fueron ocupados por juristas agradables al presidente Kirchner.
Los militares involucrados en los crímenes de la dictadura estaban cada vez más en dificultad. La sociedad los marginaba y un número cada vez grande de magistrados apelaba a la incostitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final para poder encarcelarlos. La abrogación de esas dos leyes sólo era cuestión de tiempo. La Corte Suprema, a pesar de las presiones de Kirchner, oficialmente aún no había tomado una decisión sobre ese asunto y mostraba que no agradecía las interferencias del presidente. Pero el coronel estaba convencido de que era todo un fingimiento para hacer creer a la opinión pública que el poder judicial era independiente del poder político. En realidad los miembros del máximo tribunal, sometidos a Kirchner que les había hecho nombrar, ya tenían lista la sentencia de incostitucionalidad de las leyes de amnistía y dentro de poco la darían a conocer.
Gutiérrez se preguntaba cuál sería su suerte. ¿Padecería un nuevo juicio o se pondría ejecutiva su condena a veinte años de cárcel? Y luego siempre había la incógnita del Rubio y del capitán Báez. ¿Hasta cuándo funcionarían sus amenazas de hacerlos matar si no hubieran tenido la boca cerrada? El coronel no se sentía más al seguro en Italia. Temía que la magistratura habría concedido su extradición, si algún juez argentino la hubiera solicitado.
También el humor y el físico de Gutiérrez ya no eran los de un tiempo: la garra y el vigor con los que siempre había enfrentado la vida lo estaban lentamente abandonando. El coronel estaba deprimido y habría trompeado a quien decía que la vejez era el periodo más bueno de la existencia humana. ¿Qué había de bueno en tener la dentadura postiza y llevar el pañal? Envejecer es una desventura, pensaba. Tu cuerpo se deforma y tienes dolores por todas partes. Los jóvenes no te consideran. Las mujeres si eres rico sólo se juntan contigo para esquilmarte la cuenta en el banco. Si eres pobre ni te veen. Los hijos no esperan otra cosa que te mueras para apropiarse de tu herencia. Un viejo no es nada para nadie.
Gutiérrez se sentía cansado. No aspiraba a más que a algo de paz y serenidad. Las madres de Plaza de Mayo y el presidente argentino comenzaron a atormentarlo mientras dormía. Kirchner le aparecía en sueño con el morro de un gran ratón con los ojitos malévolos, las Madres con el semblante de viejas brujas desdentadas y arrugadas.
A envenenar la vida del coronel contribuyó también considerablemente la noticia que en la Argentina su viejo colega Francesco Salvio había publicado un libro de memorias titulado “Mis días en el infierno de El Circo”. Subtítulo: “Las sobrecogedoras revelaciones de un ex medico torturador arrepentido”. El primer capítulo estaba enteramente dedicado a él, el sádico y malvado coronel Gustavo Gutiérrez, y lo pintaba como una fiera infernal, sedienta de sangre y famélica de dinero.
El 23 de mayo de 2005 el juicio contra los Camára y el almirante Sánchez se concluyó con una condena a cinco años y seis meses de reclusión para ambos los cónyuges. Noemí Camára obtuvo la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad, así que sus amigos descubrieron que tenía seis años más de los que declaraba. El almirante Sánchez befó la justicia muriendo de cáncer de próstata el día antes del veredicto.
La noticia que Gutiérrez esperaba desde hacía mucho tiempo llegó oficialmente el 14 de junio de 2005, en el 23ø aniversario de la deshonrosa y humillante derrota de las Malvinas, pero estaba en el aire desde hacía semanas. La Corte Suprema argentina había declarado inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, consintiendo la reapertura de los juicios contra alrededor de 400 entre militares y policías involucrados en los crímenes de la dictadura, de los que sólo el diez por ciento aún en actividad. 157 ex represores ya estaban detenidos o cumplían detención domiciliaria por motivos de edad.
El coronel sabía que, a diferencia del pasado, las fuerzas armadas no intervendrían para obstaculizar la justicia. Las viejas generaciones eran demasiado aisladas y debilitadas. Las nuevas eran fieles al presidente.
Gutiérrez casi vomitó al sentir al comandante en jefe del ejército Bendini comentar:
- Anular los indultos tiene que ser el paso que sigue. Yo ya lo expresé muchas veces: hay que juzgar y condenar a los responsables, no sea cosa que vayan presos los subtenientes y los de mayor jerarquía queden en libertad.
Cuando en Canal 13 apareció Kirchner el coronel apagó el televisor.
NOVELA “LEJOS EN EL TIEMPO” - VERSIÓN PARA ARGENTINA
- Hoy es el primer día de primavera. - anunció Soledad.
Era el 21 de septiembre de 1976. Soledad y sus padres, Andrés y Matilde Bianchi, estaban desayunando en el living de su chalé, en el barrio Palermo de Buenos Aires.
Seis meses atrás, el 24 de marzo, los comandantes en jefe del ejército, general Jorge Rafael Videla, de la armada, almirante Emilio Eduardo Massera y de la fuerza aérea, brigadier Orlando Ramón Agosti con un golpe de estado habían destituido a la presidenta Isabelita Perón instaurando una junta militar, de la que Videla había sido designado presidente. Los golpistas habían declarado el estado de sitio, disuelto el parlamento, removido a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, suspendido la constitución y las actividades políticas y sindicales. El nuevo gobierno militar había obtenido el apoyo, en algunos casos entusiasta, en otros resignado, de muchas fuerzas políticas y de los medios de comunicación y había sido reconocido oficialmente por la mayoría del episcopado argentino y por casi todas las otras naciones.
Desde el inicio del siglo en la Argentina los régimenes civiles y las dictaduras militares se alternaban de continuo, por lo cual el último golpe no había suscitado particulares preocupaciones en la población. Además el gobierno presidido por la viuda de Juan Perón, sucedida a su marido en 1974, había sido fuertemente debilitado por una grave crisis económica y por una guerrilla interna desencadenada por dos grupos armados: los Montoneros, que se inspiraban en las ideas socialistas de Perón y el Ejército Revolucionario del Pueblo, que representaba la izquierda más radical. Un amplio sector de la sociedad, constituido sobre todo por las clases empresariales y más acomodadas, ponía muchas esperanzas en el Proceso de Reorganización Nacional elaborado por la junta, cuyos objetivos principales eran debelar el terrorismo, restablecer la seguridad y el orden social, defender los valores de la moral cristiana y sanear la economía.
- ¿Puedo irme a estudiar a casa de Luisa después de las lecciones? - preguntó Soledad.
- Está bien pero no tardés. - le recomendó su padre.
- Prometo que regresaré antes de las cinco.
Andrés abrigaba mucha confianza en su hija, que siempre se había demostrado obediente y juiciosa. Soledad cursaba el bachillerato en letras y era su orgullo. Tenía dieciocho años, rasgos delicados, la tez clara, el pelo largo, castaño y liso y una mirada dulcísima.
Andrés y Matilde eran empleados estatales y como millones de sus connacionales tenían orígenes italianos: sus familias habían emigrado a la Argentina de Lombardia en los años ’20. Los padres de Andrés, partidos con escasos recursos de Meda, en Buenos Aires habían abierto una pequeña fábrica de muebles, gracias a la cual habían podido hacer estudiar a sus dos hijos hasta la licenciatura. El padre de Matilde, en cambio, un ingeniero nacido en Erba, había fondado una de las más renombradas empresas constructoras de la capital.
Soledad se levantó y dio un beso a sus padres.
- Me voy si no pierdo el colectivo. - dijo corriendo fuera de la habitación.
Mientras Soledad iba al colegio, en un departamento de un elegante condominio del barrio Retiro Gustavo Gutiérrez, coronel del ejército, desayunaba con su esposa Susan y su hijo David, de cinco años.
Gutiérrez tenía cuarenta años, rasgos marcados y los ojos y los cabellos negros azabache, heredados de sus antepasados españoles. Su mujer, de diez años más joven, tenía el pelo rubio, la piel diáfana y los ojos azules.
- Esta noche ¿vemos la televisión juntos? - le preguntó David a su padre.
- No es posible. Hoy tengo que hacer horas extras y volveré tarde a casa, cuando vos ya estarás en la cama.
- ¡No! - exclamó David poniendo hocicos.
- Ningún berrinche. No lo tolero.
- Mamá dice que vos hacés un trabajo importante.
- Muy importante. Doy caza a los malos y los capturo, como los shérifs en las películas de vaqueros.
- No dés detalles. - intervino Susan - El nene es demasiado pequeño para entender y el único resultado que obtenés es asustarlo.
En el rostro del oficial se dibujó una expresión de asco. El hombre maldijo el día en que se había enamorado de su esposa. La había conocido seis años atrás, con ocasión de un curso de adiestramiento en los Estados Unidos, en Florida. Había sido un flechazo por ambos y tres meses después se habían casado. Susan pertenecía a una adinerada familia católica de la alta burguesía. De una belleza celestial, se parecía a un hadita buena y gentil. Ya durante la luna de miel, pero, se había transformado en una pérfida bruja. Moralista hasta rozar el fanatismo, hacía tragedias interminables por una simple palabrota. Para ella las apariencias eran más importantes que cada otra cosa. Cuando había nacido David, nueve meses después de la boda, se había puesto aún más intransigente e insoportable. Para evitar las quejas de su mujer Gutiérrez en casa tenía que reprimir constantemente su temperamento irascible y impetuoso. Por suerte tenía su trabajo. En la oficina estaba libre de ser él mismo sin censuras y podía desahogar sobre sus subordinados la bronca acumulada entre las paredes domésticas.
El coronel se limpió la boca con la servilleta.
- Me voy. - dijo tirando la servilleta sobre la mesa.
Luego se levantó de un brinco y con pasos rápidos salió de casa.
Regresando de la escuela Soledad y su compañera de clase Luisa pasaron delante de la entrada de un cementificio, precisamente mientras por la cancela estaba saliendo un pequeño grupo de obreros.
- ¡Está ahí! - exclamó Soledad en voz baja, ruborizandose al ver a un chico sobre los veinte años bastante delgado, de mediana estatura y de pelo castaño rizado.
- ¿Te decidís o no a saludarlo? - la exhortó Luisa.
- Me avergüenzo. Él tiene que tomar la iniciativa.
- Si es tímido como vos nunca lo hará. Ahora le pregunto qué hora es.
- ¡No! ¡Por favor!
El chico se acercó a las dos jóvenes y se dirigió a Soledad.
- ¡Hola!
Soledad continuó caminando. El chico la siguió, la superó y se le colocó delante para pararla.
- Podrías dignarte a devolver mi saludo. - le dijo - ¿O te sentés demasiado superior a un pobre obrero como yo?
- Yo no te conozco. - replicó Soledad incómoda.
- ¿Cómo no? Llevamos un mes viéndonos todos los días cuando yo salgo de la fábrica y vos del colegio.
Luisa se alejó velozmente, con la excusa que tenía que ir a una cita con el dentista. El chico aprovechó para ofrecerse de acompañar a casa a Soledad.
- A pie, porque el auto no lo tengo.
La joven, aunque titubeante, consintió.
- Está bien.
- ¿Cómo te llamás?
- Soledad... ¿Y vos?
- Gabriel... Gabriel y Soledad. Suena bien.
El cielo azul estaba límpido. El aire estaba tibio. Las frondas de los árboles susurraban, agitadas por una brisa liviana.
Gabriel propuso a Soledad de dar un paseo en un gran parque que costeaba la calle. En un día tan bonito era una lástima estar encerrados en casa. Ella rechazó su invitación.
- No puedo. Tengo que estudiar.
Gabriel no se dio por vencido y entró en el parque, incitándola:
- ¡Dale! ¡Vení!
Soledad lo alcanzó y se aventuraron juntos entre jacarandás y palmeras y prados bien cuidados. Después de una inmersión de casi una hora en la naturaleza, los dos jóvenes se sentaron en un banco, delante de un pequeño lago artificial.
- Mis padres viven en el campo y cultivan la tierra. - empezó a contar Gabriel - Hasta los dieciséis años yo también trabajé en los campos, luego me trasladé a Buenos Aires para ser obrero. Desde este año concurro al colegio nocturno porque no quiero quedarme un ignorante por siempre.
- Vos no sos para nada ignorante... Debe ser duro trabajar y estudiar al mismo tiempo.
- ¡Ya! Además tengo también otra actividad que me absorbe mucho.
- ¿Cuál?
- Debo confesarte algo. No lo digás a nadie. Soy un revolucionario comunista.
- ¿Qué?
El término revolucionario alarmó a Soledad. La política no la interesaba y la atemorizaba la presencia en su escuela de asociaciones estudiantiles que hablaban de lucha armada y cambios drásticos en la sociedad.
- Bromeaba. - dijo Gabriel - Sólo soy afiliado al sindicato. Me bato para que sean respetados los derechos de los trabajadores, no pongo bombas en los cuarteles.
- No se bromea sobre ciertos argumentos.
- Tenés razón. Disculpáme... El dueño de mi fábrica nos considera los obreros algo más que esclavos. Yo soy el único que se rebela a sus abusos. En cambio mis colegas soportan todo sin resollar. Pero los comprendo. Hoy en día se debe estar muy atento a lo que dice. Sólo por haber expresado sus opiniones, decenas de personas fueron eliminadas.
- ¿Dónde? ¿Aquí en la Argentina?
- Sí.
- No lo sabía.
- No sos la única. La mayor parte de la gente ignora, o finge ignorar, que desde cuando Videla ha llegado a ser presidente comenzó una verdadera persecución hacia la oposición. Quieren hacernos desaparecer. Los militares van por la noche a las casas de los militantes políticos y los raptan, llevándose los documentos, las fotografías, los vestidos, incluso los muebles. Luego las autoridades tratan de convencer a los parientes de los secuestrados que sus seres queridos se alejaron voluntariamente. Pero no es todo. Los pocos afortunados que volvieron contaron que fueron encerrados en prisiones secretas y torturados por días.
Soledad se sintió invadir por una sutil angustia.
- ¡Es terrible! Nunca hablaron de esto en el telediario.
- Y nunca lo harán. Los medios de comunicación son controlados por el gobierno, que es el principal responsable de estas atrocidades.
- ¡Basta ya! Ya no quiero sentir estas cosas.
Soledad estaba trastornada.
- Disculpáme. Debía habérmelo imaginado que mis palabras te asustarían. Desgraciadamente es todo verdadero.
- Podría acontecerte a ti también.
- ¿Te sentiría?
- Sí. Mucho.
- ¿Querés venir a cenar a mi casa? No pensés mal. No vivo solo. Me hospeda un colega casado.
- Mis padres no me permiten salir por la tarde. Son muy aprensivos conmigo.
- ¿Sos hija única?
- Sí. ¿Vos tenés hermanos?
- Una hermana y un hermano mayores que mí, ya casados. Ellos también viven en Buenos Aires... Pronto me convertiré en tío. Mi hermana está embarazada de dos meses. Espero que dé a luz a un varón.
- Ustedes hombres sólo desean a varones. A mí en cambio me gustaría tener una nena.
- A mí también. Pero el primogénito tiene que ser un varón... Di a los tuyos que vas al cine con una amiga.
- Es mejor que no.
- ¿No te fíás de mí?
- ¿Por qué no debería fiarme?
- Entonces llamálos.
Gabriel y Soledad se dirigieron hacia un teléfono público. La joven entró en la cabina y discó un número.
- Mamá, ¿puedo ir al cine con Luisa, esta noche?... Estudiamos todo el día... Sólo por esta noche. ¡Por favor!... Intentá convencerlo... Quedáte tranquila. No me sucederá nada. ¡Chau!
Soledad salió de la cabina con una sonrisa radiosa.
- Dijeron que sí.
Gabriel la llevó de la mano. Después de pocos pasos se paró y la besó delicadamente sobre los labios. Soledad le devolvió su beso. En aquel momento el chico sintió que había encontrado a la compañera que cada hombre busca: la con la que formar una familia y compartir el camino de la vida.
Gabriel habitaba en una humilde vivienda con el techo de chapa y enlucida sólo en el interior. El colega que lo hospedaba tenía dos hijos, un varón de cuatro años y una niña de seis. Su esposa se desempeñaba como empleada doméstica. Soledad sintió cierta incomodidad al compartir la misma mesa con personas desconocidas y tan diferentes de ella: no estaba acostumbrada.
Después de haber cenado Gabriel y Soledad se encerraron en el cuarto del joven y pasaron media hora besándose, hasta que en Soledad prevaleció la sensatez.
- Ahora tengo que irme. Es tardísimo. Si mis padres descubren que estoy aquí contigo no me dejarán más salir de casa.
- Quedáte todavía un rato. - le dijo Gabriel tratando de desabrocharle la blusa.
Ella se apartó de su abrazo.
- ¡No! No me siento todavía lista para hacer ciertas cosas. Apenas nos conocemos.
- Estamos juntos desde un mes.
- No es verdad.
- Me has gustado desde el primer momento en que te vi.
- Vos también.
- Entonces estamos juntos desde un mes.
Soledad consideraba la que apenas había nacido con Gabriel su primera relación importante. Siempre había tenido filas de admiradores, por los que se dejaba cortejar por vanidad, concediéndoles a lo más algún casto beso, pero ninguno de sus pretendientes nunca le había hecho palpitar fuerte el corazón como Gabriel. La diferencia de clase no constituía un problema. Sus padres no tenían prejuicios hacia los pobres y nunca se opondrían a su casamiento. Y además Gabriel estaba estudiando para egresar y ella le ayudaría a buscar un trabajo mejor.
Desde la cocina llegaron golpes y gritos. De repente la puerta se abrió y cuatro individuos armados de pistola irrumpieron en el cuarto.
- ¿Sos vos Gabriel Díaz? - preguntó uno de ellos.
- Sí. Ella no tiene nada que ver. Tomen sólo a mí.
Los cuatro hombres esposaron a Gabriel y Soledad de modo brutal y les vendaron los ojos. Gabriel intentó una reacción y gritó:
- ¡No la toquen!
Como castigo recibió un puñetazo en el abdomen. Luego a él y Soledad los arrastraron a la calle y los hicieron tumbar en el fondo de un Ford Falcon verde que partió a toda velocidad. Mientras tanto otras personas saquearon la casa y cargaron los objetos robados, de los que hacían parte los muebles también, en un furgón.
- Gabriel, ¿te hicieron daño? - preguntó Soledad, aterrada y aturdida.
- No te preocupés. Estoy bien. - le dijo el chico para tranquilizarla.
Uno de los secuestradores los acalló amenazando:
- ¡Silencio! o les mato a ambos.
Tres Ford Falcon verdes entraron en el garaje subterráneo de una gran construcción de color marrón oscuro, bajo y escuadrado. Los primeros dos transportaban al colega de Gabriel, su esposa y sus dos hijos. El último transportaba a Gabriel y Soledad.
Diez hombres armados condujeron a los cautivos a lo largo de los pasillos del edificio. La escasa iluminación y el mobiliario vetusto conferían al entorno una atmósfera lúgubre.
En la habitación donde fue hecho entrar Gabriel estaba Gutiérrez, sentado a un escritorio. Una fotografía enmarcada del presidente Videla y un retrato de la Virgen descollaban en el muro, a la espalda del coronel.
Mientras la puerta de su oficina se cerraba, Gutiérrez dijo con una sonrisa amenazadora:
- De ti me ocupo yo, muchacho.
Soledad fue llevada a otra habitación e interrogada con tono duro por un hombre con el uniforme de teniente del ejército.
- ¿Cómo te llamás?
- Soledad Bianchi.
- ¿Cuál es tu nombre de guerra?
- No entiendo. Debe haber habido un error. Yo y Gabriel no hicimos nada malo.
- ¿Cómo se llaman los amigos de tu chico? ¿Dónde se encuentran?
- No conozco a los amigos de Gabriel.
- Si querés salir de aquí tenés que decirnos todo lo que sabés.
- Yo no sé nada.
El teniente se puso a los hombros de Soledad y le sacó la venda. La joven vio una mesa metálica rectangular en cuyos bordes estaban fijadas unas cuerdas y poco lejos un mueble bajo sobre el que estaba apoyado un generador de corriente eléctrica.
- Mirá qué te espera si no hablás. Ésa es una picana. Ahora te ato a la mesa y te hago ver cómo funciona.
La puerta se abrió y entraron dos individuos sobre los cuarenta años con el uniforme de sargento. Uno, apodado Rubio, era achaparrado, con la tez aceitunada y una gran cabellera teñida de rubio platino. El otro, apodado Ramón, larguirucho y de una palidez cadavérica, tenía las mejillas picadas de acné y ralo pelo castaño.
- Tenemos la orden de llevar a la detenida a una celda. - dijo el Rubio.
- ¡Lástima! - exclamó el teniente - Me divertiría con ella.
El Rubio y Ramón colocaron de nuevo la venda a Soledad y la condujeron a un tabuco sucio y sin ventanas. Luego le arrancaron la ropa de encima. Ella gritó y se debatió con todas sus fuerzas, pero en vano, y no pudo impedir que la violaran. Después de diez minutos los dos militares salieron de la celda carcajeándose. Soledad en cambio, acurrucada en el suelo, sollozaba desesperada. La joven recordó las palabras de Gabriel en el parque y entendió: se había convertido en una desaparecida.
Soledad no sabía que se encontraba en un almacén de propiedad del ejército transformado en uno de los 500 centros ilegales de detención en los que eran recluidos los opositores políticos. Ignoraba que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ejército, fuerza aérea, marina y policía federal habían sellado un pacto criminal para eliminar a quienquiera podía representar una voz de disenso a los tráficos turbios de la junta. En realidad la guerrilla había sido casi completamente derrotada ya durante el gobierno de Isabelita Perón por la Alianza Anticomunista Argentina, apodada Triple A, una organización paramilitar fundada en junio de 1973 por José Daniel López Rega, el más estrecho colaborador de Perón y luego de su esposa. Los golpistas interpretaban el papel de los que sacarían la Argentina de sus problemas sociales y económicos, pero su único fin era apropiarse de los puntos clave del poder y enriquecerse.
El centro en que Soledad había sido encerrada se llamaba El Circo.
El director de El Circo era el coronel Gustavo Gutiérrez, apodado Lobo por sus hombres.
Entrampada entre las macizas paredes de El Circo, Soledad pasó del desaliento a la total abulia. Estaba todo el día sentada en el suelo, con la mirada fija en el vacío, sin hablar, comiendo y bebiendo casi nada, indiferente a todo, también a los gritos y a los lamentos que provenían de las celdas adyacentes a la suya. Tampoco descubrir que estaba embarazada sacudió su apatía.
Extrañamente los militares le ahorraban el trato a base de golpizas e insultos que les infligían a los demás detenidos. También el Rubio y Ramón, después del primer día, ya no la habían violado, aunque seguían dirigiéndole piropos vulgares. Además le habían sacado las esposas y la venda, a condición de que nunca los mirara a la cara.
Por tres meses Soledad compartió su celda con otra chica, con la que intercambió poquísimas palabras. Luego su compañera fue trasladada a una cárcel legal.
En El Circo valían las mismas reglas de los otros centros clandestinos de detención. Entrando en esos lugares, generalmente ubicados en el interior de escuelas militares, cuarteles y comisarías, los desaparecidos perdían su identidad y se convertían en un número. No podían decirle a nadie su nombre, siempre estaban vendados o encapuchados y cada día padecían torturas y sevicias sexuales. Después de tres meses de permanencia los mataban. Para no suscitar en ellos sospechas, mientras los llevaban al lugar de la ejecución los carceleros les hacían creer que los estaban trasladando a un penitenciario legal.
Despojar a los desaparecidos de cada su haber era la regla para los militares, que a menudo peleaban furiosamamente a la hora de repartirse el botín. Los presos políticos que poseían propiedades inmobiliarias eran obligados a registrarlas a nombre de sus verdugos.
Los hijos de los desaparecidos eran llevados a un orfanato, o bien eran encarcelados y torturados para constreñir a sus padres a confesar, y en algunos casos morían. Los que eran muy pequeños y los nacidos en prisión eran adoptados por miembros de las fuerzas armadas y de la policía.
Recorriendo el pasillo, David sintió voces procedentes del salón. Impulsado por la curiosidad, el niño miró dentro de la habitación, a través de la puerta quedada entornada. Su madre estaba sentada en un sillón, rígida e impasible. Frente a ella, en un sofá, estaban sentados un hombre y una mujer que nunca había visto.
- Usted es nuestra última esperanza, señora Gutiérrez. - dijo la mujer - Llamamos a todas las puertas, inútilmente. Le suplico, pida a su marido que interceda por nuestra hija. Soledad nunca se ha ocupado de política. Fue arrestada por error.
Andrés y Matilde Bianchi, después de una extenuante e infructuosa búsqueda antes entre los amigos y los compañeros de escuela de su hija, luego en todos los hospitales de Buenos Aires, por fin habían descubierto que la desaparición de Soledad era ligada a la actividad sindical de Gabriel y era obra de las fuerzas armadas. Entonces habían presentado un hábeas corpus en el juzgado, que había sido rechazado, y se habían dirigido a cualquiera institución que pudiera ayudarlos a hallar a la chica: del Ministerio del Interior al Arzobispado, de la Embajada de Italia a la Nunciatura italiana. Sólo habían conseguido rechazos y mentiras, hasta que una conocida les había aconsejado que contactaran a una amiga suya, esposa de un coronel del ejército.
- No puedo ayudarles. Lo siento. - dijo Susan con frialdad.
Matilde empezó a llorar silenciosamente, luego se enjugó las lágrimas con una mano. David entró en el salón y se le acercó.
- ¡David! Véte a jugar en tu cuarto. - le mandó su madre.
- ¿Por qué llorás? - preguntó David, asombrado y al mismo tiempo disgustado.
- Porque se llevaron a mi nena.
Cuando los Bianchi se hubieron ido Susan le ordenó a su hijo que no referiera nunca a nadie, tampoco a su papá, lo que apenas había visto y oído. David obedeció, pero la imagen del rostro transido de dolor de la desconocida le quedaría grabada indeleblemente en la memoria por el resto de su vida.
El Rubió se fue a dar parte a su jefe junto a Ramón.
- Me felicito con ustedes. ¡Un trabajo excelente! - dijo Gutiérrez con un tono impregnado de ironía a los dos sargentos - Capturaron a la persona equivocada y Carlitos logró escapar.
- Ésos dos se semejan como gotas de agua y tienen también el mismo auto. - se justificó el Rubio.
- No busqués excusas, ¡hijo de puta! - estalló el coronel - Ocho meses de investigaciones tirados al retrete. Son dos pelotudos incapaces. Si continúan así les hago echar del ejército a patadas en el culo.
Además de considerarlo un imbécil, al igual que todos los otros suboficiales, Gutiérrez sentía repulsión hacia el Rubio. Se le revolvía el estomago a la vista de sus adiposidades desbordantes, de su monstruosa papada, de su uniforme perennemente manchada de sudor, de sus ridículos cabellos, que se había teñido de rubio para parecerse a un famoso divo de las telenovelas.
- ¿El prisionero lo liberamos? - preguntó Ramón.
- No. Se convirtió en un testigo incómodo. Ténganlo aquí por un rato y luego elimínenlo.
Al improviso la puerta se abrió de par en par y un hombre con bata blanca entró en la habitación preguntando en voz alta:
- ¿Dónde está el buró barroco?
- ¡Fuera! - les ordenó Gutiérrez con rabia reprimida al Rubio y a Ramón, quienes volaron.
El coronel nunca se había llevado bien con el doctor Francesco Salvio: lo consideraba una espía y un lameculos, un individuo mezquino, traidor y malévolo, siempre pronto a arrear con todo lo que le caía entre las manos.
- No se permita nunca más entrar en mi oficina sin llamar. El buró lo tomó el teniente Contreras.
Salvio protestó.
- Ese mueble era mío. Lo había prometido a mi esposa. No es justo que usted siempre se tome las cosas más lindas o las venda a sus amigos. Yo también tengo mis derechos.
- Esta cárcel la dirijo yo. A mí me corresponde establecer la utilización y el destino de los bienes secuestrados a los terroristas. Le aconsejo no darme problemas, de lo contrario me veré constreñido a tomar medidas disciplinarias hacia usted. Haga su trabajo y basta, doctor... A propósito de trabajo, ¿cómo está Soledad Bianchi?
- Está muy débil. Rechaza la comida. Quiere dejarse morir.
- Morirá cuando yo lo decida.
- ¿A quién dará al bebé?
- Al mejor oferente. Yo no regalo nada a nadie.
- Lo sé. ¿Ya recibió propuestas?
- Sí, y algunas eran realmente interesantes. Pero pienso que podría sacar mucho más. La chica es deliciosa y parirá de seguro a un hijo sano y precioso.
- Si se parecerá a su padre no será muy precioso. El Rubio y Ramón son repugnantes.
- Creía que Bianchi ya estaba embarazada cuando llegó aquí.
El doctor Salvio sonrió malignamente.
- No, absolutamente no. - dijo negando con la cabeza - Le contaron trolas.
Luego emitió un suspiro.
- Mi querido coronel, lo siento por usted pero temo que deberá conformarse con una suma muy inferior a la que esperaba. Si va a nacer un pequeño monstruo, como es probable, será difícil colocarlo en el mercado. También ofreciéndolo a precios tirados.
El coronel apretó los puños. Sus ojos llameaban como los de un toro embravecido.
Sólo fue la perspectiva de ser despedido a retenerlo de arremeter contra Salvio.
- Levantáte y seguíme sin protestar. Tenés que ser trasladada a otra prisión. - le intimó el Rubio a Soledad.
Después de haberla guiada a lo largo de los pasillos de El Circo, el sargento vendó a la joven y la hizo tumbar en el fondo de un auto. Luego se sentó en el asiento trasero. El coche, manejado por un colega suyo, se puso en marcha y salió del patio del edificio, embocando una calle muy traficada y llena de gente. Después de cerca de media hora el vehículo llegó a una plaza desierta y se paró. El Rubio levantó a Soledad por el pelo y la empujó fuera del auto, haciéndola caer a tierra. El coche volvió a partir y se alejó. Soledad se quitó la venda y se miró alrededor, confusa y asustada. Después de algunos minutos llegó a la plaza otro vehículo, que se paró cerca de ella. Los dos ocupantes se bajaron. Eran sus padres.
- ¡Mamá! - exclamó Soledad.
- ¡Soledad! No temás. No te llevarán más. - le alentó su madre, abrazándola.
- No me encuentro bien. ¡El nene! ¡Está por nacer!
Los Bianchi subieron a su auto y se precipitaron en el primer hospital que encontraron a lo largo de la calle.
Pocas horas después Soledad yacía en una cama de un departamento de maternidad, débil y dolorida. Los sufrimientos del parto la habían extenuado.
- Apenas vimos al bebé. Es guapísimo. - le dijo su madre.
- ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo dejaron libre?
- No sabemos nada de él.
Soledad cerró los ojos y se esforzó para no pensar en nada. Durante su breve estancia en el hospital, con el pretexto que se sentía cansada, nunca amamantó ni tomó en brazos a su hijo.
El día en que a Soledad le dieron el alta su padre, acompañandola a casa, estacionó el coche delante de un edificio popular y le anunció con cierta incomodidad:
- Ahora habitamos aquí.
Subido las escaleras hasta el tercer piso, los Bianchi entraron en un pequeño departamento decorado modestamente. Soledad se miró alrededor asombrada.
- Vení al dormitorio a ver qué bonita cuna compramos por el nene. - la invitó su madre, que tenía en brazos a su nietito recién nacido.
- ¿Nuestra casa, nuestros muebles? - preguntó la chica.
- La tomó un militar, junto a todos nuestros ahorros, a cambio de tu excarcelación. - la informó Andrés tristemente.
- ¿Por qué Gabriel no fue liberado?
- No lo sabemos.
- No me queda nada de mi Gabriel, tampoco una fotografía. - dijo Soledad con la voz quebrada por el llanto.
Matilde trató de confortarla.
- Te queda su hijo.
- ¡Ése no es su hijo! ¡No lo quiero! ¡Llévenlo! ¡No lo quiero! - gritó Soledad, abandonándose a una crisis histérica.
- No hagás así. Es tu nene.
- ¡Lo odio!
El militar que había hecho excarcelar a Soledad era Gutiérrez. El coronel se había dirigido a las únicas personas dispuestas a desembolsar cualquier cifra para obtener al hijo de la joven: sus abuelos. Habría preferido hacer negocios con gente de su mismo entorno, pero nadie quería a los niños feos y morochos. Corría el riesgo de deber reembolsar el dinero ganado, o en el mejor de los casos de conceder un considerable descuento sobre la mercancía. Por lo tanto había decido ir sobre seguro contactando a los Bianchi.
Andrés y Matilde miraron a su nieto, quien dormía plácidamente en su cuna. La mujer embozó la sábana y la manta al pequeño, luego ella y su marido alcanzaron a su hija, tendida sobre el sofá del living.
- Nosotros vamos a trabajar. No hagás esfuerzos. Estás todavía muy débil. - le recomendó a Soledad su padre.
- ¿Por qué no probás a amamantar al nene? - le preguntó su madre. - La leche es tan cara.
- Si no tenemos bastante plata para mantenerlo llévenlo a un orfanato. No creo que cuando Gabriel vuelva querrá cuidarlo. - replicó ella secamente.
En cuanto la puerta de casa se cerró a la espalda de Andrés y Matilde, Soledad se levantó del sofá y se pusó un par de zapatos y un gabán. Luego, después de haberse asomado a una ventana para controlar que los suyos se hubieran alejado, salió del departamento, en busca de noticias de su novio.
El empresario de Gabriel se mostró contento de que el joven hubiera desaparecido.
- No tenía ganas de trabajar. Y instigaba a los demás obreros contra mí. Se habrá ido a vivir al mar junto con una bella chica. - le dijo con crueldad a Soledad, haciéndola huir en lágrimas.
El hombre no agradecía la presencia de enlaces sindicales en su fábrica porque quería ser libre de explotar a sus dependientes cómo y cuánto le gustaba. Él había sido quien había hecho secuestrar a Gabriel denunciándolo a los militares como un hostigador marxista. En prueba de gratitud por su contribución a la lucha contra el terrorismo Gutiérrez se había convertido en el amante de su esposa. Sucesivamente lo haría secuestrar y torturar por quince días. Luego lo constreñiría a venderle su fábrica por una suma irrisoria y por fin lo daría como comida a los chanchos.
Cuando Soledad, después de años, se enteró de su muerte horrible sintió un vivo placer.
Al final de la mañana Soledad entró en el confesionario de la iglesia de San José y entrevio el perfil de un hombre de alrededor de treinta años, de contextura robusta, con la barba y el pelo rojo. La joven se sentía angustiada y agotada. Había transcurrido cuatro horas atraviesando en balde la ciudad de una parte a otra. Parecía que a Gabriel se lo hubiera tragado la tierra.
- Necesito su ayuda para hallar a mi novio, padre Renzo. - dijo Soledad - Hace nueve meses fuimos secuestrados. En la prisión a la que nos llevaron habían capellanes del ejército como usted.
- ¿Capellanes del ejército? ¿Estás segura? ¿Les viste personalmente? - le preguntó el sacerdote.
- No, pero otros detenidos hablaron con ellos. Quizás usted los conozca.
- Creo que no... ¿Cuál es el nombre de guerra de tu novio?
- No tiene un nombre de guerra.
- ¿Qué hizo?
- Nada. Gabriel es un bueno chico.
- Entonces ¿por qué fue arrestado?
- No lo sé. Probablemente lo tomaron por otra persona.
- Mi querida hija, si no me contás la verdad no puedo ayudarte. Para conseguir localizar a tu novio tengo que conocer su nombre de guerra, los nombres de sus compañeros, los lugares donde se reunían.
- Gabriel no es un terrorista. Le ruego, me ayude. Ya no sé a quién más recurrir. Tengo un hijo con él.
- Se precisará mucho dinero.
- Ya no tenemos plata.
- Entonces temo que no podré hacer nada por ti.
Después del coloquio con el padre Renzo Soledad volvió a su casa. Desde la planta bajo oyó los chillidos de un recién nacido. En el descansillo de su departamento la esperaba una mujer rolliza con la piel marchita, que la atacó:
- Es toda la mañana que el bebé llora. No se deja a una criatura tan pequeña sola por todas estas horas. La próxima vez que sucede llamo a la policía.
Soledad no contestó, sacó un manojo de llaves de su cartera, abrió la puerta y entró en casa. Luego se fue directamente al dormitorio y se acercó a la cuna. El rostro de su hijo estaba contrato en una mueca dolorosa. Sus manitas apretaban el puño.
- ¡Dejá! ¡Dejá de llorar! ¡Me molestás! ¡Dejá! - gritó la chica.
El niño siguió chillando a voz en cuello.
- ¡Soledad! - exclamó Matilde abriendo la puerta, regresando del trabajo junto a su esposo - La vecina me dijo que esta mañana saliste.
Con su gran estupor, Andrés y Matilde encontraron a su hija sentada en el sofá, amamantando a su niño.
En Soledad el amor era más fuerte que el odio.
- No se preocupen. - dijo la joven - Ya no dejaré solo a mi pequeñito. Miren cuánto chupa. Lloraba porque tenía hambre, pobrecito.
- Debemos pensar en el bautismo. ¿Cómo querés llamarlo? - le preguntó Matilde.
- Gabriel. Como su padre.
Soledad se puso de repente triste.
- Tengo mucho miedo a que se lo lleven.
- Quedáte tranquila. Nadie te hará más mal, ni a ti ni a tu hijo. - le dijo Andrés.
- Hasta que los militares estarán en el poder nunca me sentiré tranquila.
Soledad se dedicó a su hijo con abnegación, sin cuidarse de los chismes y de las maledicencias que su condición de madre soltera suscitaba en la sociedad. El pequeño Gabriel fue apodado Gael. A menudo, mientras lo bañaba o le cambiaba el pañal, Soledad decía suspirando:
- Querría que Gabriel estuviera aquí conmigo, ahora.
La chica sufría terriblemente por no poder compartir con el hombre que amaba el crecimiento de su hijo: su primera sonrisa, su primera palabra, su primer dientito.
En cuanto logró descubrir la dirección de los padres de Gabriel, llevó al niño a conocerlos. Después de un largo viaje en colectivo a través de las extensiones inmensas y monótonas de la Pampa, llegó a un soñoliento pueblito de 297 habitantes llamado Coros. De taxi tampoco la sombra, pero afortunadamente la transportó un hombre a la guía de un carrito remolcado por un caballo. La vieja casa de los Díaz, de un solo piso y con el revoque celeste, se encontraba en campo abierto y se alcanzaba recorriendo una callejuela de tierra. Soledad vio el primero a Osvaldo Díaz, a lo lejos, regando un campo de trigo bajo el sol ardiente. Llamó a la puerta y le vino a abrir una mujer de mediana edad.
- Yo soy la compañera de Gabriel. Éste es su hijo. - se presentó.
Mariana Díaz hizo acomodarse a Soledad en el mísero living y llamó a su esposo.
Los Díaz eran gente humilde e inculta pero de buen corazón. Su rostro estaba profundamente marcado por la fatiga y el sufrimiento.
Osvaldo hablaba lentamente, con tono sumiso y monocorde.
- También otros dos hijos nuestros, Leonor e Víctor, desaparecieron. Trabajaban en una fábrica textil de la capital. Leonor estaba embarazada de siete meses... Sus colegas dicen que se los han llevado los militares... Fastidiaban porque estaban comprometidos en el sindicato.
Antes de que repartiera, Mariana le regaló a Soledad una fotografía de Gabriel, sonriente durante la fiesta por su vigésimo cumpleaños. Por mucho tiempo Soledad conservaría esa imagen como una reliquia.
Sin nunca parar de pensar en Gabriel y de buscarlo, Soledad terminó el secundario y se matriculó en la facultad de Filosofia y Letras. Para no pesar demasiado sobre el balance familiar trabajaba como dependienta en una librería.
Un jueves de junio de 1978, mientras en el país se estaban desenvolviendo los campeonatos mundiales de fútbol, Soledad llevó a Gael a ver la Plaza de Mayo. En la plaza más importante y famosa de Buenos Aires, sede del palacio presidencial, la célebre Casa Rosada, al cuyo balcón se asomaba Evita Perón para hablar a los descamisados, la joven asistió a una extraña escena. Un numeroso grupo de mujeres sobre los cincuenta años, con la cabeza cubierta de un pañuelo blanco, estaba desfilando silenciosamente alrededor del Obelisco. Unos policías golpearon a las mujeres con porras y azuzaron a doberman contra ellas para asustarles y hacerles ir, pero las manifestantes no parecían decididas a abandonar el campo. Tampoco cedieron cuando los policías lanzaron los gases lacrimógenos.
Al disolverse del cortejo Soledad, impulsada por la curiosidad, se acercó a una de las manifestantes y le preguntó cuál era el motivo que les empujaba a actuar de aquel modo. Ana Roth, así se llamaba su interlocutora, le explicó que a todas aquellas señoras les unía la misma suerte: sus hijos habían desaparecido después de haber sido secuestrados por miembros de las fuerzas armadas. Desde el 30 de abril de 1977, cada jueves, se encontraban en la Plaza de Mayo pidiendo al gobierno la restitución de sus seres queridos, cuyos nombres estaban escritos sobre el pañuelo que llevaban en la cabeza. Desde el principio habían padecido maltratos de parte de la policía, pero en aquel período las agresiones se habían vuelto aún más violentas: la Argentina se encontraba al centro de la atención mundial por los campeonatos de fútbol y su presencia desprestigiaba la junta militar.
Gracias a Ana Roth, Soledad se puso en contacto con varias organizaciones de partidarios de los derechos humanos que se batían para llevar la cuestión de los desaparecidos a la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Contra el parecer de sus padres, preocupados por su incolumidad, la chica comenzó a participar en demostraciones de protesta frente a la Casa Rosada. A menudo la policía atacaba a los manifestantes con los gases lacrimógenos y los perros para dispersarlos. Aunque aterrorizada por las porras de los policías y por los dientes rechinados de los doberman, Soledad levantaba un cartel con la foto de Gabriel, esperando que sus esfuerzos no serían vanos. Durante los cortejos a menudo sufría contusiones y heridas, pero nunca pensó en renunciar a su lucha.
Entre Soledad y Ana Roth nació una grande amistad. Ana era una mujer tenaz y combativa. Se había unido a las Madres de Plaza de Mayo porque su hija Marlene había sido raptada un año y medio atrás junto a su marido y a su niña de tres semanas. Era judía, pero ya no iba a la sinagoga porque todos los rabinos a los que había pedido ayuda la habían acusado de no ser una buena madre y habían sentenciado que su hija se había metido en líos a causa de la educación permisiva y liberal que había recibido.
Ana se apegó mucho a Soledad. Era protectora y atenta con ella y durante las cargas de la policía le daba ánimo y la espoleaba a resistir.
Además que con Ana Roth Soledad entabló amistades también con otros familiares de desaparecidos. Entre ellos había un estudiante simpático y bonito que empezó a cortejarla discretamente. Se llamaba Marcelo Castro y buscaba a su hermana Teresa, militante en la Juventud Universitaria Peronista. Un día, después de una reunión en la casa de una de las Madres, Marcelo se declaró abiertamente a Soledad.
- Yo te quiero como a un hermano, pero no podrá nunca haber nada entre nosotros, porque amo a Gabriel. - le dijo la joven, dolida por herirlo.
Marcelo, decepcionado por su rechazo, se despidió tristemente. Mientras se aprestaba a irse Ana le pidió que la llevara con el coche. Marcelo y Ana salieron juntos. Aquélla fue la última vez que Soledad los vio. Cuando supo que durante el trayecto hacia la casa de la mujer habían sido secuestrados por una patota de militares lloró por una semana entera. El remordimiento por haber hecho sufrir a Marcelo no se aplacó en ella hasta el día en que, de la ventanilla de un colectivo, divisó al hombre caminar tranquilamente por la Avenida Santa Fe con encima el uniforme de teniente de la marina.
En realidad Marcelo Castro nunca había existido. Sólo era el personaje interpretado por el capitán de navío Joseph Bertin, ahora promovido al grado de teniente, para infiltrarse entre los parientes de los desaparecidos, controlar sus acciones de cerca y eliminar a los sujetos considerados más peligrosos, como Ana Roth.
Habían pasado tres años desde el rapto de Soledad. El número de los desaparecidos aumentaba de día en día, así como lo de los fallecidos en choques con las fuerzas armadas. Los secuestros, que al inicio de la dictadura ocurrían casi siempre por la noche, ahora se desarrollaban a cualquier hora y en cualquier lugar: calles, casas, escuelas, oficinas, bares, iglesias. Algunos desaparecidos, una pequeña minoría, después de algún mes de cautiverio eran excarcelados o trasladados a institutos penitenciarios legales para que, contando los horrores de los que habían sido testigos, contribuyeran a difundir el miedo en la sociedad. Los militares, por la desaparición y las amenazas, habían impuesto en todo el país un clima de terror. Los familiares de los desaparecidos se sentían desesperados e impotentes porque la policía no tomaba en consideración sus denuncias y los magistrados rechazaban sus hábeas curpus. Además, muchos de ellos eran estafados por militares y civiles sin escrúpulos que se hacían entregar cifras considerables con la falsa promesa que harían volver a casa a sus seres queridos.
Una tarde de septiembre, Soledad y su madre llevaron a Gael a jugar en el parque de la Plaza San Martín. Como a menudo hacía, la joven le enseñó a su hijo una fotografía de Gabriel y le preguntó:
- ¿Quién es éste?
- ¡Papá! ¡Papá! - contestó el niño prontamente.
- ¡Es tu papá!
Soledad vio acercarse a un hombre con el uniforme de coronel del ejército. Era Gutiérrez, en compañía de su esposa y de su hijo. David reconoció en Matilde Bianchi a la desconocida llorante que se había ido una vez a su casa. El muchachito le dio una caricia a Gael y le preguntó:
- ¿Cómo te llamás?
- Gael. - contestó el pequeño con una sonrisa.
Soledad tomó en brazos bruscamente a su hijo y gritó:
- ¡No lo toqués! ¡No debés tocarlo!
Mientras se alejaba agarrado a Soledad Gael siguió mirando a David. David también lo miraba, con un aire afligido. Para consolarlo la señora Gutiérrez le dijo:
- No llorés, corazoncito. Todas las mamás son celosas de sus nenes.
Soledad estaba indignada y desalentada.
- Los militares son cada vez más prepotentes y arrogantes. Las personas continúan desapareciendo y nadie hace nada. La televisión y los periódicos no hablan de eso. El partido comunista calla. A la comunidad internacional se le da un bledo lo que está ocurriendo en la Argentina. Tampoco el papa quiere ayudarnos.
Soledad no comprendía el silencio de los medios de comunicación. No comprendía por qué el partido comunista soviético no denunciaba públicamente las persecuciones a las que los militantes argentinos eran sometidos. No comprendía por qué el pontífice Juan Pablo II no quería cumplir con el compromiso tomado por su predecesor Pablo VI de recibir una delegación de las Madres de Plaza de Mayo. No comprendía por qué los argentinos toleraban sin protestar que miles de sus connacionales fueran raptados y tenidos prisioneros por los militares.
Soledad aún no sabía que la junta militar había estipulado relaciones comerciales con muchos estados, entre los que la Unión Soviética, a la cual vendía carne y trigo, lo que explicaba el silencio del partido comunista soviético y de tantas otras naciones respecto a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en la Argentina.
Los Estados Unidos también tenían su parte de responsabilidad en la tragedia de los desaparecidos. En los años '70 la Cia, temiendo una expansión del comunismo en el Cono Sur, había favorecido la formación de régimenes totalitarios de derecha en aquella área geográfica con el envío de armas y dinero. Además los golpistas argentinos, así como los chilenos, habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares estadounidenses de Panamá y Florida.
- Verás que pronto las cosas cambiarán. No debemos estrecharnos de ánimo. - le dijo Matilde a su hija.
Luego le reveló que el coronel encontrado en el parque era el militar que se había ofrecido como intermediario por su liberación.
A partir del fin de los años ’70, los argentinos adquirieron una actitud muy crítica hacia la junta militar, que no había sido capaz de solucionar los problemas económicos del país y había generado violencia y terror en la sociedad. El creciente descontento popular, las primeras demostraciones de masas contra el régimen y las protestas por las violaciones a los derechos humanos que comenzaron a llegar de los otros estados y de la Santa Sede causaron un cambio a nivel político. En marzo de 1981 nació una nueva junta, presidida por el general Roberto Eduardo Viola junto al almirante Armando Lambruschini y al brigadier Omar Rubén Graffigna. En diciembre del mismo año hubo una nueva alternación en las cumbres del poder. El mando presidencial le pasó al general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien fue flanqueado por el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.
Galtieri, en la tentativa de hacerles recobrar a los militares la credibilidad que habían perdido, el 2 de abril de 1982 inició un conflicto contra Gran Bretaña para adueñarse de las islas Falklands, llamadas Malvinas por los argentinos. Las Falklands, territorio británico de ultramar, eran objeto de contienda entre Argentina y Reino Unido desde 1833. Dada su posición servían a ambas las naciones como base logística para las futuras actividades de explotación de los recursos naturales de la Antártida. Los hielos del Polo Sur, en efecto, guardaban inmensas riquezas: metales preciados, diamantes, yacimientos de petróleo, carbón y gas.
Galtieri estaba seguro del apoyo de los Estados Unidos, que pero no intervinieron. Después de haberlas ayudado por años, el gobierno de Washinghton había decidido sacar su sostén a las dictaduras de Latinoamérica, temiendo una remontada del comunismo como reacción a la corrupción y a la violencia de los militares. Además la primera ministra inglesa Margaret Thatcher, más que nunca decidida a no dejarse arrebatar sus preciosas islas, pidió la colaboración de Chile, gobernado por el general golpista Augusto Pinochet.
Flanqueada secretamente por las fuerzas armadas chilenas, la marina británica infligió golpes durísimos a las desprevenidas, desorganizadas y mal pertrechadas tropas argentinas, que perdieron a 649 hombres, la mayoría de los cuales soldados rasos y conscriptos, y contaron a 1.068 heridos. Entre los últimos estaba el teniente de navío Joseph Bertin, cuyo crucero, el General Belgrano, había sido golpeado a traición y hundido por dos torpedos enemigos mientras navegaba en una zona que Gran Bretaña había oficialmente excluido de las operaciones bélicas.
Después de 74 días de guerra, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez declaró la rendición. Los altos mandos militares argentinos, no queriendo admitir sus incumplimientos, atribuyeron las causas de la derrota a la ineptitud y a la cobardía de sus subordinados.
Los ex combatientes de las Malvinas, muchos de los cuales habían quedado mutilados, tuvieron que esperar diez años antes de que les fuera asignada una pensión estatal. A causa de los traumas psicológicos padecidos durante los combates y de la discriminación social que sufrieron a su retorno a la patria, 350 de ellos se suicidaron. Tantos se pusieron deprimidos, alcohólicos o drogadictos.
El desastre de las Malvinas provocó una oleada de protestas populares que aceleró de modo vertiginoso el fin de la dictadura. El primero de julio de 1982 el general Galtieri fue reemplazado por el general Reynaldo Benito Bignone. Éste, dadose cuenta de que la junta ya no gozaba de algún consenso interior ni de aliados exteriores, convocó libres elecciones para el octubre del año siguiente. Antes de dejar su cargo, para asegurarles a los militares la impunidad hizo destruir los archivos que contenían informaciones sobre las actividades represivas ilegales. Además, en marzo de 1983 promulgó la ley de Autoamnistia, que extinguía cada acción penal que pudiera derivar de actos de terrorismo y dirigidos a la lucha al terrorismo.
Se concluyó así un septenio que en los manuales de historia fue muy pronto definido el período de la “guerra sucia” y del “terrorismo de estado”. Entre 1976 y 1983 en Argentina 15.000 civiles habían sido fusilados en enfrentamientos con las fuerzas armadas. 9.000 disidentes políticos habían sido detenidos y encerrados en cárceles legales por períodos más o menos largos. 1.500.000 opositores del régimen para salvarse la vida habían sido obligados a irse en exilio al extranjero. 30.000 personas habían desaparecido.
En diciembre de 1983 el recién elegido presidente del gobierno democrático, el radical Raúl Alfonsín, anuló la ley de Autoamnistia y decretó que la magistratura civil juzgara a los jefes de las tres juntas que habían liderado la Argentina entre 1976 y 1982. Era la primera vez en la historia del país y de Suramerica que dictadores terminaban al banquillo en un aula de tribunal.
El juicio a las juntas empezó el 22 de abril de 1985. Las deposiciones de 833 testigos develaron al mundo entero los crímenes aberrantes cometidos por las fuerzas armadas con la complicidad de la policía y de muchos civiles, religiosos y magistrados. Unos 2.300 militares eran culpables de millares de homicidios, secuestros de persona, torturas, violencias sexuales, robos, extorsiones. Las víctimas no eran sólo guerrilleros comunistas. La mayor parte de los desaparecidos eran individuos que se empeñaban pacíficamente para construir una sociedad más justa y solidaria. Entre ellos habían sindicalistas, intelectuales, estudiantes, periodistas, obreros, artistas, monjas y sacerdotes pertenecientes a los sectores más progresistas de la iglesia. Tantos habían sido raptados por error o por venganza personal.
Durante el juicio los imputados justificaron el uso de los secuestros y de las detenciones ilegales sosteniendo que habían actuado en un contexto de guerra civil. Sin mostrar el mínimo arrepentimiento, se defendieron con vehemencia y soberbia, atribuyendo las sevicias y los asesinatos a los excesos y al sadismo de pocos subordinados.
Soledad estaba sentada entre el público que llenaba la Sala de Audiencias de la Cámara Federal cuando, el 9 de diciembre de 1985, el juez Léon Arslanian, a las 17 y 49, comenzó a leer la sentencia. De los imputados sólo estaba presente Graffigna, imperturbable. Los otros esperaban que se cumpliera su suerte en sus celdas. En un clima tensisímo, Arslanian infligió penas mucho menos severas de las pedidas por el fiscal Julio César Strassera: cadena perpetua por Videla y Massera; diecisiete años a Viola, ocho años a Lambruschini, cuatro años y seis meses a Agosti; absolución para Galtieri, Graffigna, Anaya e Lami Dozo.
Las protestas no faltaron y las Madres de Plaza de Mayo abandonaron el aula indignadas antes del fin de la sesión.
La magistratura no entendía limitarse a juzgar a los jerarcas: el punto treinta de la sentencia contra los jefes de las juntas estableció que debían ser procesados también los otros militares involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Más de 500 oficiales y suboficiales, entre los cuales estaba el coronel Gutiérrez, fueron incriminados.
Como era previsible las fuerzas armadas, para interrumpir el curso de la justicia, ejercieron fuertísimas presiones sobre el gobierno y el parlamento, para conjurar el peligro de un nuevo golpe de estado, en diciembre de 1986 fue constreñido a promulgar la ley de Punto Final, que impedía la apertura de nuevos procedimientos a cargo de los militares y de los civiles que todavía no habían sido enjuiciados.
En el living de Soledad sonó el teléfono. La joven, que se encontraba en compañía de su madre, se llevó el auricular a la oreja. Desde el otro cabo del hilo le llegó la voz de un hombre, fría y sin acento.
- Ésta es la última advertencia. Si mañana te presentás en el juicio, no reverás nunca más a tu hijo.
El día siguiente Soledad habría tenido que deponer contra Gutiérrez y las intimidaciones, que duraban desde hacía meses, se habían intensificado.
La chica colgó el auricular y dijo:
- Las acostumbradas amenazas.
- ¿Estás todavía convencida de que querés testimoniar? - le preguntó Matilde.
- Sí. Es la única posibilidad que me queda para obligar al coronel Gutiérrez a revelar dónde tiene encerrado a Gabriel. ¿Por qué no lo entendés?
- ¿Y si Gabriel hubiera muerto? No es justo seguir teniendo al niño segregado en casa. Gael necesita frecuentar a sus amigos, ir al colegio, estar al aire libre.
Para cortar el discurso Soledad se fue al dormitorio, donde su hijo estaba jugando con unos coches de juguete. A pesar de los problemas y de las preocupaciones que su familia tenía que afrontar cotidianamente, Gael siempre estaba alegre y sereno.
- ¿Quién había en el teléfono? - le preguntó el niño a Soledad.
- Una señora que se había equivocado de número. - contestó ella, luego tomó un coche de juguete y lo hizo zumbar por la habitación.
Cuando tomó asiento en el banquillo de los testigos, Soledad pensó que por fin había llegado la hora de la verdad. Gutiérrez, puesto frente a la evidencia de los hechos, admitiría sus culpas. Entre el público estaban presentes Andrés Bianchi y la esposa y el hijo del coronel. En el banquillo de los acusados Gutiérrez, el pelo peinado hacia atrás y reluciente de brillantina, fumaba habanos ostentando la expresión seráfica y satisfecha de un turista extendido sobre una tumbona en la ribera del mar. Su abogado defensor, en cambio, descartaba y chupaba ruidosamente un caramelo tras el otro.
Con tono calmo Soledad hizo su deposición y concluyó:
- Esto es todo lo que sé. Espero que mi testimonio les será útil a ustedes y que el coronel Gutiérrez sea condenado a la cadena perpetua por sus crímenes.
- Esa mujer es una mentirosa. - le dijo Susan a David - No entiendo por qué tu padre quiere hacerte asistir a toda costa a este espectáculo indecente.
Aunque su sonrisa insolente no se modificó de un milímetro, Gutiérrez dentro de si estaba lleno de odio y arrepentido de no haber hecho desollar viva a Soledad cuando había tenido la ocasión.
Durante el juicio Gutiérrez rechazó cada acusación y negó haber visto a Gabriel. La decepción de Soledad fue grande, sin embargo la chica siguió buscando a su compañero con tal obstinación que un día Matilde, viendola escribir el enésimo aviso, perdió la paciencia.
- Gastás toda la plata que ganás en anuncios y llamadas. - le dijo - En diez años de búsquedas no conseguiste nada. Tenés que resignarte. Pasó demasiado tiempo. Gabriel no volverá nunca más.
- No es verdad. - rebatió Soledad - Estoy segura de que todavía está vivo. Quizás se encuentre en un hospital sin memoria y espera que alguien vaya a recogerlo.
- Pensá en el niño. Tu hijo necesita a un padre.
- Gael ya lo tiene un padre. La verdad es que vos no querés que halle a Gabriel porque es pobre y no estudió.
- ¡Soledad! Aceptá la realidad. Sos todavía joven y linda. No es justo que renuncies al amor y al matrimonio para perseguir una ilusión.
- Es inútil que insistas. Gabriel fue y será el único hombre de mi vida. Yo no dejaré nunca de buscarlo y continuaré esperándolo hasta el último de mis días.
Matilde habló con voz firme y sin emoción.
- Siento ser tan dura, pero debo hacerlo por tu bien. Los desaparecidos están todos muertos.
Un terrible presentimiento hizo helar la sangre en las venas de Soledad: no volvería a ver a Gabriel nunca más.
Si bien pocos habían tenido el coraje para testimoniar contra él, Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo no pasó un solo día en la cárcel pues las violentas protestas de una parte de las fuerzas armadas impidieron que la sentencia llegara a ser ejecutiva. Bajo la guía del teniente coronel Aldo Rico los militares más extremistas, apodados carapintadas por el rostro ennegrecido con el betún, se atrincheraron en los cuarteles, amenazando con desencadenar una guerra civil si no hubiera sido acogida su solicitud de anular los juicios contra sus colegas ya en curso antes de la entrada en vigencia de la ley de Punto Final. Esta vez también el presidente Alfonsín fue obligado a doblarse. En junio de 1987 la ley de Obediencia Debida sancionó la caducidad de cada cargas pendiente contra suboficiales y oficiales hasta el grado de coronel que hubieran actuado cumpliendo órdenes impuestos por sus superiores. Gutiérrez entraba en esa casuística y su pena fue suspendida.
Soledad, asomada a la ventana del living, lanzó una mirada velada de melancolía a la única fotografía de Gabriel que poseía, desteñida por el transcurrir del tiempo, y pensó en los breves pero intensos momentos felices que había vivido junto al chico. Más allá de los vidrios se extendía por kilómetros y kilómetros la ciudad de Buenos Aires, hormigueante de personas y automóviles.
Soledad no lograba aceptar que los que se habían llevado a su Gabriel quedaran impunes. Seguía esperando que los desaparecidos todavía estuvieran vivos y se encontraran en prisiones secretas, usados como rehenes por los militares aún detenidos para obtenir la amnistía. Se ilusionaba que un día no lejano todos los desaparecidos serían liberados y que Gabriel volvería a ella.
El teléfono sonó.
- ¿Usted es la Señora Soledad Bianchi? - preguntó una voz masculina.
- Sí. Soy yo.
- Mi nombre es Juan Miguel Guerra. Llamo por ese anuncio.
Soledad rogó que no se tratara de un mitómane.
- ¿Sabe algo de Gabriel?
- Es un dependiente mío.
- ¿Está bien? Me lo pase. Quiero hablarle.
- No, no es posible. Es un tipo extraño. Me lo mandaron de un manicomio. No tiene amigos. Siempre está sólo. De su pasado nunca habla. Si le digo que lo están buscando hay el riesgo que escapes. Venga usted a encontrarlo en persona.
- ¿Cuál es su dirección?
- Ushuaia, en Patagonia.
Soledad se subió al primer avión disponible con destino a la Patagonia. Desembarcó en el aeropuerto de la ciudad de Ushuaia, en la extremidad meridional de la Argentina, y se hizo llevar por un taxi delante de la cancela de un chalé de madera. Se fue a abrirle Miguel Angel Guerra, que la acogió cordialmente.
- ¡Bienvenida en la Tierra del Fuego!
Guerra, un pescador de mediana edad, la acompañó a un patio interior de la vivienda, donde un hombre, de espaldas, estaba reparando una red para pescar. Soledad lo reconoció enseguida por el peinado rizoso: era Gabriel.
- Aquí hay una señora quien quiere hablar contigo. - dijo Guerra y enseguida se alejó.
Gabriel se volvió y al ver a Soledad palideció.
- ¿Te acordás de mí? - le preguntó Soledad - Nos conocimos hace diez años.
El chico no contestó y apartó la mirada.
- ¿Por qué nuca me diste noticias tuyas?
- Pensaba que vos me odiabas. Por culpa mía te hicieron mal.
La voz de Gabriel estaba flébil.
- Vos no tenés ninguna culpa.
- En todos estos años siempre pensé en ti, cada instante. Nunca intenté contactarte porque tenía miedo a que vos me rechazaras, que me acusaras de haberte arruinado la vida.
- ¿Cómo podría rechazarte? Yo te amo.
Gabriel volvió tímidamente la cara hacia Soledad y la miró incrédulo.
- ¿De verdad? - balbuceó.
Soledad lo abrazó, estrechándose fuerte a él.
- ¡Amor mío! Sabía que estabas vivo. Aunque todos me decían que debía resignarme nunca paré de buscarte.
- En cambio yo estaba convencido de que te había perdido por siempre.
- Ahora que nos encontramos de nuevo jamás nadie nos separará.
Gabriel y Soledad alcanzaron a pie las aguas gélidas del Canal de Beagle, que lamía la ciudad al sur. Soplaba un fuerte viento. A sus hombros se erguían las cimas irregulares de las montañas nevadas. Sobre los escollos se movían torpemente otarias y cormoranes.
Con los ojos fijos hacia el horizonte, Gabriel revivió los momentos más penosos de su cautiverio.
- Apenas llegados a El Circo los militares me prometieron que si hubiera colaborado no te habrían torturado.
Gabriel recordó la sonrisa inquietante de Gutiérrez, su voz meliflua y sutilmente amenazadora que decía:
- Yo estoy aquí para ayudarte. Pensá en mí como a un padre que trata de reconducir a su hijo al buen camino. Pensá en tu novia, así joven, así linda.
- Hice los nombres de todos mis compañeros del sindicato... Habría sido dispuesto a cualquier cosa para salvarte. Sabía que me estaban controlando. Nunca habría debido implicarte.
- Ahora todo pasó. No te atormentés más.
- Un día conseguí un permiso para encontrarte, pero cuando descubrí que estabas embarazada no tuve el ánimo para entrar en tu celda. - continuó Gabriel - Después de tres años me liberaron y partí para la Patagonia... Nunca supe en dónde acabaron las personas que traicioné.
- No podés continuar así. Debés enfrentar la realidad y volver a vivir. - lo exhortó Soledad.
- Contáme todo.
- Tus hermanos también fueron raptados por los militares. De ellos no hay más noticias desde hache muchos años. Sólo sabemos que tu hermana en la cárcel dio a luz a un varón... Tus padres fallecieron a pocos meses de distancia el uno de la otra, en 1980.
- ¿Y mi colega?
- No reapareció más, ni él ni su esposa y sus hijos.
- Y... ¿el nene?
- Se llama Gabriel como vos, pero todos lo llaman Gael. Le dije que sos su padre. No tuve corazón para contarle la verdad.
- Habláme de él.
- Es un muchachito cariñoso y muy simpático. Sé que todas las mamás piensan que sus hijos son especiales, pero él lo es realmente.
Soledad sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía de Gael y se la enseñó a Gabriel.
- Ésta es su foto. El 19 de junio cumplió diez años... Si no hubiera sido por Gael, nunca habría logrado seguir adelante todo este tiempo sin ti.
- No creo que seré capaz de cuidarlo. Yo estoy enfermo. Pasé ocho meses en un hospital psiquiátrico.
- Serás el mejor padre del mundo.
Soledad abrazó a Gabriel.
- ¡Amor mío! Ahora ya no estás solo. Recomenzaremos otra vez todo, nosotros dos con nuestro nene. Nos casaremos. Tendremos otros hijos. ¡Verás! Encontraremos a tu nieto y lo llevaremos a vivir con nosotros. Él y Gael crecerán como hermanos.
Se fueron a dormir en la vivienda de Gabriel. Más que de una vivienda se trataba de una especie de chabola dotada de un minúsculo baño y decorada con una cama individual, un armario, un hornillo de gas, una mesa y una silla. Una pequeña ventana enmarcaba un pedazo de cielo en el que brillaba una sutil raja de luna, circundada por una miríada de estrellas.
Soledad quitó un camisón de su valija y le ordenó a Gabriel que se volviera. Gabriel obedeció y se metió debajo de las mantas.
Soledad se desvistió, se puso el camisón y ella también se acostó.
- Estaremos algo incómodos en una cama tan pequeña. - dijo Gabriel, a disgusto como su compañera.
- Es muy frío, aquí.
- Casi estamos en Antártida... Todavía no te pregunté qué hiciste en estos años.
- Desde aquel maldito día en que nos secuestraron mi vida y aquella de mis padres cambió completamente. El coronel Gutiérrez nos llevó todo. Ya no soy la jovencita rica y mimada que conociste hace once años.
- Sos aún más linda de entonces.
Soledad bajó la mirada y sonrió.
- No es verdad.
- ¿Tuviste otros hombres?
- No. Nunca habría podido traicionarte.
- Te amo.
- Yo también te amo tanto.
Gabriel y Soledad se abrazaron y pasaron toda la noche estrechados, por fin unidos y felices después de diez años y diez meses de sufrimientos.
En Buenos Aires Gael, Andrés y Matilde esperaban a Gabriel y Soledad con impaciencia. En cuanto vio a Gabriel, Gael se le colgó del cuello.
- ¡Papá! - gritó eufórico - ¿Quedarás aquí con nosotros por siempre?
- Por siempre.
Gael observó a Gabriel con atención.
- Yo no me parezco a ti.
- Te parecés a mi hermano Víctor.
Gael tomó un álbum de fotografías y se echó a hojearlo, enseñándole las fotos a Gabriel. Ya desde sus primeros meses de vida, Soledad le había tomado centenares de fotografías para inmortalizar cada su cambio, cada fase de su crecimiento.
- ¡Mirá! Aquí mamá me amamantaba.
- Esta foto siempre la tendré conmigo, en mi billetera.
- Aquí estaba con tu mamá y tu papá.
Gabriel miró una fotografía que retrataba a sus padres junto a Soledad y Gael y se conmovio.
- ¿Padecés las cosquillas? - le preguntó Gael.
- No.
- No te creo.
Gael empezó a cosquillearle.
- ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Por favor! - imploró Gabriel riendo.
- Ya hicieron amistad. Espero que se lleven bien. - pensó Soledad.
- ¿Me hacés ver tus fotos? - le preguntó Gael a Gabriel.
- No tengo ninguna.
- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Papá vivía mucho lejos de Buenos Aires, en Patagonia. - dijo Soledad.
- ¿En Patagonia? ¡Qué bueno! A mí también me gustaría irme.
- Nunca me buscó porque las personas malas que nos secuestraron le hicieron creer que yo había muerto.
- El almuerzo está listo. - anunció Matilde - Gabriel, tu sitio está a la cabecera de la mesa. Ahora sos vos el jefe de la familia.
Gabriel se conmovió de nuevo.
- Yo les agradezco. Son todos así gentiles conmigo. Me parece que estoy en un sueño.
Soledad le acarició el pelo.
- No es un sueño. Es la realidad.
Por amor a Soledad Andrés y Matilde acogieron a Gabriel en su casa como un hijo, aunque habrían preferido a un yerno con una buena posición social. Gabriel y Soledad se casaron un domingo de agosto de 1987. El día siguiente iniciaron los trámites para hacer cambiar el apellido de Gael de Bianchi en Díaz.
Aunque nunca lo confesó, Soledad era celosa de la relación de confianza que se había creado entre su hijo y Gabriel. Se sentía exclusa cuando los dos se apartaban para hablar de las que ellos llamaban cosas de hombres y estaba segura de que el niño le escondía secretos que sólo le revelaba a su padre.
Gabriel, por su parte, no le regañaba nunca a Gael y le dejaba hacer todo lo que él quería. Era Andrés Bianchi quien revestía el papel de la figura paterna con autoridad para su nieto.
Gutiérrez sacó del armario su uniforme, que siempre ejercía un gran atractivo en las mujeres. Él y su esposa se estaban preparando para ir a cenar al restaurante con amigos.
- Gustavo, es mejor que no lleves más el uniforme fuera del horario de trabajo.
Las palabras de Susan amoscaron al coronel.
- ¿Y por qué?
- Últimamente los militares son algo malmirados.
- ¿Por quién?
- Por la gente.
A Gutiérrez se le exaltó la cólera.
- ¡La gente! ¡La gente! ¡Siempre la gente!
- ¡No grités! ¡Te sienten todos!
- De ahora en adelante llevaré el uniforme día y noche. También lo llevaré en vez del pijama.
- ¡Gustavo!
- ¿Qué carajo me quedo para hacer en esta casa de mierda? Prefiero la muerte antes que vivir así.
David se tapó las orejas con las manos para no sentir más los gritos de su padre, que retumbaban por toda la casa.
El chico había crecido entre las peleas y los contrastes continuos de sus viejos, agudizados después del fin de la dictadura, cuando las fuerzas armadas habían sido empapelados y Gutiérrez había comenzado a perder, lentamente pero inexorablemente, el poder que tenía durante la junta militar. Separación o divorcio: ni pensarlo. El coronel sabía bien que su consorte, con la amante del lujo y de las comodidades que era, buscaría de cada modo depredarlo de todos sus haberes, incluso los calzoncillos. Sin contar con que David se quedaría completamente en sus manos. Ya no abrigaba muchas esperanzas de que su hijo cambiara y del adolescente tímido e inseguro que era se transformara en un verdadero hombre. Pero un vislumbre de ilusión todavía le quedaba. Y en todo caso se habría recobrado seguramente con sus nietos.
Un sábado por la tarde, después de un paseo en el centro, Gabriel, Soledad y Gael se fueron a un bar de la calle Florida. Gael apenas había comenzado a comer una copa de helado cuando en el local entraron Gustavo, Susan y David Gutiérrez.
- Hay Soledad Bianchi. Nos ha visto. - bisbiseó Susan al enterarse de que Soledad la estaba mirando fijo.
El coronel se sentó a una mesa y ordenó con tono imperioso:
- ¡Siéntense!
Su mujer y su hijo tomaron asiento junto a él.
Todos los clientes del bar se volvieron para mirar a Gutiérrez, provocando la incomodidad de David y de su madre.
- A pesar de que no me dejás llevar el uniforme me reconocen lo mismo. Soy una persona famosa. - constató el coronel. Luego levantó la voz, para hacerse sentir por todos.
- Quien no agradece mi presencia no está obligado a quedarse.
- ¡Gustavo! - exclamó Susan con desaprobación.
Soledad con gestos nerviosos hurgò en su cartera, sacó de la plata de su billetera y la tiró sobre la mesa.
- ¡Vayámonos! - dijo levantándose.
- ¡Pues si todavía no he terminado el helado! - protestó Gael.
- Te compraré otro. No estaremos un minuto más en la misma habitación con un criminal.
Gabriel y Gael se levantaron. Soledad hizo volver a su hijo hacia Gutiérrez, quien ostentaba una sonrisa socarrona.
- Observá con atención a ese hombre, Gael. El coronel Gustavo Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo gracias a la ley de Obediencia Debida, en vez de pudrirse en una cárcel para el resto de sus días está completamente libre. Observá su cara y no la olvidés nunca. ¡Ésa es la cara de un asesino, un torturador, un ladrón!
Gabriel, Soledad y Gael salieron del local, enseguida imitados por los otros clientes del bar.
- ¡Puta! - exclamó el coronel.
- ¡No digás obscenidades delante del nene! - le regañó su esposa.
- Yo digo lo que me da la gana.
- Es la tercera vez que nos humillan en un local público. No soporto más el desprecio que nos rodea.
- Es un problema tuyo. Me importa un carajo lo que piensan de mí.
- El nene sufre por esta situación.
Gutiérrez ya no logró contener la ira.
- ¿Y vos creés que yo no sufro? Me maté por el trabajo, arriesgué la vida miles de veces por mi país y como recompensa intentaron meterme en chirona.
- Lo sé, pero...
- Lo sabés pero se te da un bledo. Lo único que cuenta para ti es David. Tiene dieciséis años y lo considerás todavía un nene. Lo protegés de todo y de todos. No querías ni siquiera que asistiera al juicio.
- ¡Baja la voz! El mozo nos está mirando.
- No hay nada que me pone cabreado más que tu ipocresía. No hagás esto porque no está bien. No hagás aquello si no te critican. No maltratés a los domésticos si no luego hablan mal de nosotros. No bostecés durante la misa. No digás palabrotas. No grités. Los vecinos nos sienten. ¡Qué se jodan los vecinos!
- ¡Papá! ¡Basta ya! - suplicó David, exasperado.
- Vos siempre estás de parte de tu madre.
- ¡Calmáte! - dijo Susan.
- ¿Qué tendría que hacer para complacerte? ¿Despedirme del ejército, cambiar de nombre, camuflarme con pelucas y bigotes falsos?
- Yo sólo deseo defender a David de la maldad de la gente. Podríamos trasladarnos al extranjero y iniciar una nueva actividad. Montar una tienda...
- Y ser tenderos.
- O comprar una fábrica. La plata no nos falta.
- ¡No! Quitáte esa idea de la cabeza. No dejaré nunca la Argentina.
- Lo haré yo con el nene. Estoy resuelta a todo por el bien de mi hijo. También a pedir la separación.
Después de un largo silencio, el coronel preguntó:
- ¡Vamos a ver! ¿Adónde tenés la intención de irte?
- A los Estados Unidos, cerca de mi familia.
- ¡No! Tus parientes no los quiero más ver ni en fotografía.
- Entonces vámonos a otro lugar cualquiera. Pero lejos de aquí.
A distancia de algunos meses de aquella tarde de noviembre de 1987, Soledad vino en conocimiento de que el coronel Gutiérrez había dejado el país con su esposa y su hijo.
Los años pasaron. En marzo de 1988 la Corte Suprema se pronunció a favor de la constitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, contra las que habían apelado los organismos defensores de los derechos humanos.
Sobre la joven democracia argentina seguía cerniendose la amenaza constante de los militares. Los carapintadas, esta vez capitaneados por el coronel Mohammed Alí Seineldín, fueron protagonistas de nuevas sublevaciones, reprimidas con grandes pérdidas humanas por las fuerzas armadas fieles al gobierno. El sucesor del presidente Alfonsín, Carlos Saúl Menem, exponente del Partido Justicialista, entre octubre de 1989 y diciembre de 1990 firmó once decretos de indulto, que tuvieron como efecto la liberación de los carapintadas rebeldes y de todos los altos mandos militares condenados por los crímenes de la dictadura todavía detenidos.
Los indultos de Menem permitieron a los planificadores del exterminio de 30.000 personas de volver tranquilamente a su casa después de haber descontado sólo cuatro años de cárcel, pero no pudieron impedir que los horrores de la guerra sucia continuaran haciendo discutir.
Poco a poco salió a luz que la junta militar había hecho negocios con muchos países americanos y europeos y se descubrió que los golpistas argentinos habían colaborado con los servicios secretos estadounidenses, franceses e israelís.
Sobre los métodos utilizados por las fuerzas armadas para deshacerse de los cuerpos de los prisioneros políticos surgieron detalles escalofriantes. A cierto punto los cementerios ya no habían logrado contener los cadáveres de los desaparecidos, que eran enterrados en fosas comunes como nn. Para solucionar el problema, la marina había ideado los vuelos de la muerte: 4.500 entre hombres y mujeres habían sido cargados en aviones y arrojados con vida al Río de La Plata, el río sobre el cual sorge Buenos Aires, muriendo ahogados o a causa del impacto con el agua.
En 1991 y en 1994 fueron aprobadas dos leyes de indemnización para los parientes de los desaparecidos y para los ex presos políticos, pero sus verdugos siguieron en libertad. Una cuestión jurídica pero quedaba abierta. El delito de apropiación de menor no era contemplado en las leyes de amnistía y en los indultos. En 1998 82 militares fueron detenidos con la acusación de haber secuestrado a los hijos de los desaparecidos. Entre ellos estaban Videla y Massera, que obtuvieron la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad. Mientras tanto, de los unos 500 niños adoptados ilegalmente por los militares y los policías ya habían sido localizadas algunas decenas.
Los de Menem fueron años de radicales reformas neoliberales en campo económico. El presidente privatizó las principales empresas de servicios e industrias estatales y introdujo una nueva divisa, el peso, equiparándolo al dólar estadounidense. Además aumentó de cinco a nueve el número de los miembros de la Corte Suprema, transformando el máximo tribunal en un instrumento de legitimación de su obra política. Durante los dos mandatos de Menem la tasa de inflación se mantuvo baja y la economía creció, pero la grande deuda exterior y la corrupción imperante desembocaron a fines de los años '90 en una grave crisis económica.
En 1999 fue elegido presidente Fernando De la Rúa, del Partido de la Alianza entre radicales e izquierda, quien fracasó en el intento de sacar el país de la recesión. Temiendo la abolición de la paridad entre peso y dólar, los argentinos comenzaron a retirar su dinero de los bancos, trasladándolo al extranjero. Para contener la pérdida de capitales, a principios de diciembre de 2001 el ministro de Economía Domingo Cavallo impuso restricciones que limitaban drásticamente el acceso a los depósitos bancarios privados y a los sueldos. El conjunto de esas restricciones, que afectaron sobre todo la clase media, fue apodado “corralito”. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga general, a la cual siguieron otras demostraciones en las principales ciudades del país. El presidente proclamó el estado de sitio y hizo reprimir el disenso popular por la policía, que mató a 33 personas. La indignación fue tal que De la Rúa, sintiéndose políticamente aislado, renunció y huyó de la Casa de Gobierno en helicóptero. Después de dos semanas, el primero de enero de 2002, el Congreso nombró nuevo presidente al peronista Eduardo Duhalde.
En los meses siguientes la devaluación del peso y la bancarrota del estado argentino provocaron enfrentamientos entre desocupados y policía y otras dos víctimas. La pobreza se difundió en todas las provincias. Los casos de desnutrición infantil crecieron y los medicamentos empezaron a escasear. La mayor parte de la gente protestaba por las calles de modo pacífico, percutiendo cacerolas con tapaderas, cazos y cucharas.
Gael también tomaba parte en las marchas de los caceroleros. El corralito y la abolición del cambio a tasa fija habían bastante perjudicado a su familia, demediando los pocos ahorros que había logrado acumular con grandes sacrificios. A pesar de las estrecheces económicas en las que siempre había vivido y las recurrentes crisis depresivas de su padre, Gael tenía un carácter extrovertido, vivaracho y optimista. Su único dolor era lo de no haber todavía logrado hallar a su primo, el hijo de la hermana de Gabriel raptado por los militares. Cursaba la Escuela de Bellas Artes y desde la edad de dieciocho años se desempeñaba como almacenero en un supermercado. En el poco tiempo libre que le quedaba participaba en las actividades de la asociación Hijos, constituida por los hijos de los desaparecidos, de los prisioneros políticos, de los asesinados y de los exiliados víctimas de la última dictadura. No se echaba nunca atrás cuando se debía hacer una manifestación de protesta o un escrache, es decir un acto de repudio público, frente a la casa de un ex represor. Afortunadamente se parecía a su madre y no había heredado ningún rasgo somático de su verdadero padre.
Gabriel tenía el pelo entrecano, pero conservaba una cara de muchachito, sólo rayada por unas arrugas. Tomaba regularmente antidepresivos y como consecuencia su expresión siempre era atontada. Se sentía un fracasado porque no trabajaba y eran su esposa y sus suegros los que lo mantenían.
Soledad, después de la licenciatura en Letras, había encontrado una colocación de profesora en un colegio privado. Físicamente se quedaba todavía muy linda, sólo más madura. No había logrado tener otros hijos con Gabriel, y éste era uno de los más grandes dolores de su vida.
La situación económica y social cada día más dramática llevó a Gael y Soledad a la decisión de emigrar al extranjero junto a Gabriel. Irían a vivir en Italia. En Milán residían algunos primos de Andrés que se habían ofrecido para ayudarlos a encontrar una casa y un trabajo, por lo cual resolvieron establecerse en la capital lombarda. Si todo hubiera ido bien, más adelante Andrés y Matilde también los alcanzarían.
Para obtener la ciudadanía italiana indispensable para la expatriación Soledad y Gael tuvieron que esperar horas y horas en cola en el atestadísimo Consulado Italiano en Buenos Aires. Eran millares los argentinos oriundos italianos como ellos que esperaban encontrar en su patria de origen nuevas oportunidades y un futuro mejor.
En Italia los Díaz alquilaron una vivienda de dos piezas de 50 metros cuadrados incrustada en los 60 departamentos que componían un enorme edificio color ratón de la periferia de Milán.
Soledad fue contratada en una casa de reposo. Cuidaba a los ancianos y hacía limpiezas durante las horas nocturnas. Al contrario de su madre, Gael no conseguí encontrar una ocupación estable. Como tantos otros inmigrados, trabajaba ocasionalmente y en negro. Por un rato hizo el albañil y el lavaplatos en un restaurante, luego comenzó a repartir octavillas publicitarias. El chico era frustrado porque ganaba poquísimo. Aunque su sueño era ser artista se habría conformado con un puesto de obrero o de dependiente de comercio, con tal que le asegurara un sueldo cierto. Además estaba preocupado por su madre: temía que la mujer se cansara demasiado trabajando por la noche y que se enfermara.
Gael estaba preocupado por su padre también. Gabriel en efecto no se encontraba bien en Italia, a menudo tenía pesadillas y añoraba mucho a sus suegros.
Una fría y oscura mañana de un viernes de enero de 2003 Gael se fue a distribuir octavillas en un elegante barrio residencial de la ciudad. Llovía a cántaros, con violentas ráfagas de viento que estremecían los paraguas. Las luces amarillas del las farolas todavía estaban encendidas cuando Gael embocó una larga avenida costeada por dos hileras de arces desnudos y con el aire espectral. Llegado delante del buzón de un gran chalé señorial al lado de la avenida, se agachó para abrir la bolsa con ruedas llena de folletos que arrastraba. En aquel mismo instante la cancela automática del chalé se abrió de par en par y del jardín salió un auto negro de gran cilindrada que se alejó zumbando, pasando sobre un gigantesco agujero del asfalto y salpicandole encima una gran cantidad de agua.
Después de pocos segundos del jardín salió otro coche de gran cilindrada de color azul oscuro, a velocidad menos alta. Gael fue invertido de nuevo por el agua sucia del charco y imprecó en voz alta.
Un hombre de unos treinta años en saco y corbata se bajó del vehículo y abrió un paraguas para protegerse de la lluvia. Sin dejarle el tiempo de hablar, Gael lo atacó:
- ¿Quién te creés que sos? No tenés ningún respeto por los peatones. Sólo porque viajás en un auto grande como un portaaviones ¿te sentés el patrón de la calle?
- Disculpa. No lo hice adrede. Estaba distraído.
Gael sacó de la bolsa un folleto ensopado.
- Mirá mis volantes. Están para tirarlos a la basura.
- Si querés te doy ropa seca.
- Es el mínimo que vos puedas hacer.
- Vamos a mi casa.
- Vos sos argentino como yo, ¿verdad? Se siente por la tonada.
- Mi padre es argentino. En cambio mi madre había nacido en los Estados Unidos. Yo tengo la doble ciudadanía.
- ¿Tu madre ya no está entre nosotros?
- No. Murió en un accidente de tránsito, hace dos años.
- Lo siento... Yo también tengo la doble ciudadanía pues mis bisabuelos maternos eran lombardos. Es gracias a ella que pude venir a vivir en Italia. En Argentina la crisis económica llevó al hambre a millones de personas y va de mal en peor. Todos los que tienen la posibilidad emigran.
Gael y el propietario del chalé atravesaron un jardín de imponentes magnolias seculares. El terreno estaba cubierto de grava perfectamente nivelada. Una senda de piedras de corte irregular conducía a una escalinata encima de la cual se recortaba una puerta de madera taraceada. Al final del jardín, a la derecha, había una piscina con el trampolín.
Entraron en un amplío salón, dejando huellas mojadas sobre el parquet con las tablas dispuestas a toldilla de barco. El entorno, a causa de los muebles antiguos y del sofá de terciopelo con el mismo color granate de las cortinas, era algo tétrico. Una chimenea apagada emanaba una agradable tibieza. Al centro del cielorraso descollaba una araña con dieciséis brazos de vidrio de Murano.
- ¡Ésta no es una casa! ¡Es un palacio real! - exclamó Gael, impresionado por todo aquel lujo - Debés de estar podrido de dinero. ¿Cuál es tu trabajo?
Era el 21 de septiembre de 1976. Soledad y sus padres, Andrés y Matilde Bianchi, estaban desayunando en el living de su chalé, en el barrio Palermo de Buenos Aires.
Seis meses atrás, el 24 de marzo, los comandantes en jefe del ejército, general Jorge Rafael Videla, de la armada, almirante Emilio Eduardo Massera y de la fuerza aérea, brigadier Orlando Ramón Agosti con un golpe de estado habían destituido a la presidenta Isabelita Perón instaurando una junta militar, de la que Videla había sido designado presidente. Los golpistas habían declarado el estado de sitio, disuelto el parlamento, removido a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, suspendido la constitución y las actividades políticas y sindicales. El nuevo gobierno militar había obtenido el apoyo, en algunos casos entusiasta, en otros resignado, de muchas fuerzas políticas y de los medios de comunicación y había sido reconocido oficialmente por la mayoría del episcopado argentino y por casi todas las otras naciones.
Desde el inicio del siglo en la Argentina los régimenes civiles y las dictaduras militares se alternaban de continuo, por lo cual el último golpe no había suscitado particulares preocupaciones en la población. Además el gobierno presidido por la viuda de Juan Perón, sucedida a su marido en 1974, había sido fuertemente debilitado por una grave crisis económica y por una guerrilla interna desencadenada por dos grupos armados: los Montoneros, que se inspiraban en las ideas socialistas de Perón y el Ejército Revolucionario del Pueblo, que representaba la izquierda más radical. Un amplio sector de la sociedad, constituido sobre todo por las clases empresariales y más acomodadas, ponía muchas esperanzas en el Proceso de Reorganización Nacional elaborado por la junta, cuyos objetivos principales eran debelar el terrorismo, restablecer la seguridad y el orden social, defender los valores de la moral cristiana y sanear la economía.
- ¿Puedo irme a estudiar a casa de Luisa después de las lecciones? - preguntó Soledad.
- Está bien pero no tardés. - le recomendó su padre.
- Prometo que regresaré antes de las cinco.
Andrés abrigaba mucha confianza en su hija, que siempre se había demostrado obediente y juiciosa. Soledad cursaba el bachillerato en letras y era su orgullo. Tenía dieciocho años, rasgos delicados, la tez clara, el pelo largo, castaño y liso y una mirada dulcísima.
Andrés y Matilde eran empleados estatales y como millones de sus connacionales tenían orígenes italianos: sus familias habían emigrado a la Argentina de Lombardia en los años ’20. Los padres de Andrés, partidos con escasos recursos de Meda, en Buenos Aires habían abierto una pequeña fábrica de muebles, gracias a la cual habían podido hacer estudiar a sus dos hijos hasta la licenciatura. El padre de Matilde, en cambio, un ingeniero nacido en Erba, había fondado una de las más renombradas empresas constructoras de la capital.
Soledad se levantó y dio un beso a sus padres.
- Me voy si no pierdo el colectivo. - dijo corriendo fuera de la habitación.
Mientras Soledad iba al colegio, en un departamento de un elegante condominio del barrio Retiro Gustavo Gutiérrez, coronel del ejército, desayunaba con su esposa Susan y su hijo David, de cinco años.
Gutiérrez tenía cuarenta años, rasgos marcados y los ojos y los cabellos negros azabache, heredados de sus antepasados españoles. Su mujer, de diez años más joven, tenía el pelo rubio, la piel diáfana y los ojos azules.
- Esta noche ¿vemos la televisión juntos? - le preguntó David a su padre.
- No es posible. Hoy tengo que hacer horas extras y volveré tarde a casa, cuando vos ya estarás en la cama.
- ¡No! - exclamó David poniendo hocicos.
- Ningún berrinche. No lo tolero.
- Mamá dice que vos hacés un trabajo importante.
- Muy importante. Doy caza a los malos y los capturo, como los shérifs en las películas de vaqueros.
- No dés detalles. - intervino Susan - El nene es demasiado pequeño para entender y el único resultado que obtenés es asustarlo.
En el rostro del oficial se dibujó una expresión de asco. El hombre maldijo el día en que se había enamorado de su esposa. La había conocido seis años atrás, con ocasión de un curso de adiestramiento en los Estados Unidos, en Florida. Había sido un flechazo por ambos y tres meses después se habían casado. Susan pertenecía a una adinerada familia católica de la alta burguesía. De una belleza celestial, se parecía a un hadita buena y gentil. Ya durante la luna de miel, pero, se había transformado en una pérfida bruja. Moralista hasta rozar el fanatismo, hacía tragedias interminables por una simple palabrota. Para ella las apariencias eran más importantes que cada otra cosa. Cuando había nacido David, nueve meses después de la boda, se había puesto aún más intransigente e insoportable. Para evitar las quejas de su mujer Gutiérrez en casa tenía que reprimir constantemente su temperamento irascible y impetuoso. Por suerte tenía su trabajo. En la oficina estaba libre de ser él mismo sin censuras y podía desahogar sobre sus subordinados la bronca acumulada entre las paredes domésticas.
El coronel se limpió la boca con la servilleta.
- Me voy. - dijo tirando la servilleta sobre la mesa.
Luego se levantó de un brinco y con pasos rápidos salió de casa.
Regresando de la escuela Soledad y su compañera de clase Luisa pasaron delante de la entrada de un cementificio, precisamente mientras por la cancela estaba saliendo un pequeño grupo de obreros.
- ¡Está ahí! - exclamó Soledad en voz baja, ruborizandose al ver a un chico sobre los veinte años bastante delgado, de mediana estatura y de pelo castaño rizado.
- ¿Te decidís o no a saludarlo? - la exhortó Luisa.
- Me avergüenzo. Él tiene que tomar la iniciativa.
- Si es tímido como vos nunca lo hará. Ahora le pregunto qué hora es.
- ¡No! ¡Por favor!
El chico se acercó a las dos jóvenes y se dirigió a Soledad.
- ¡Hola!
Soledad continuó caminando. El chico la siguió, la superó y se le colocó delante para pararla.
- Podrías dignarte a devolver mi saludo. - le dijo - ¿O te sentés demasiado superior a un pobre obrero como yo?
- Yo no te conozco. - replicó Soledad incómoda.
- ¿Cómo no? Llevamos un mes viéndonos todos los días cuando yo salgo de la fábrica y vos del colegio.
Luisa se alejó velozmente, con la excusa que tenía que ir a una cita con el dentista. El chico aprovechó para ofrecerse de acompañar a casa a Soledad.
- A pie, porque el auto no lo tengo.
La joven, aunque titubeante, consintió.
- Está bien.
- ¿Cómo te llamás?
- Soledad... ¿Y vos?
- Gabriel... Gabriel y Soledad. Suena bien.
El cielo azul estaba límpido. El aire estaba tibio. Las frondas de los árboles susurraban, agitadas por una brisa liviana.
Gabriel propuso a Soledad de dar un paseo en un gran parque que costeaba la calle. En un día tan bonito era una lástima estar encerrados en casa. Ella rechazó su invitación.
- No puedo. Tengo que estudiar.
Gabriel no se dio por vencido y entró en el parque, incitándola:
- ¡Dale! ¡Vení!
Soledad lo alcanzó y se aventuraron juntos entre jacarandás y palmeras y prados bien cuidados. Después de una inmersión de casi una hora en la naturaleza, los dos jóvenes se sentaron en un banco, delante de un pequeño lago artificial.
- Mis padres viven en el campo y cultivan la tierra. - empezó a contar Gabriel - Hasta los dieciséis años yo también trabajé en los campos, luego me trasladé a Buenos Aires para ser obrero. Desde este año concurro al colegio nocturno porque no quiero quedarme un ignorante por siempre.
- Vos no sos para nada ignorante... Debe ser duro trabajar y estudiar al mismo tiempo.
- ¡Ya! Además tengo también otra actividad que me absorbe mucho.
- ¿Cuál?
- Debo confesarte algo. No lo digás a nadie. Soy un revolucionario comunista.
- ¿Qué?
El término revolucionario alarmó a Soledad. La política no la interesaba y la atemorizaba la presencia en su escuela de asociaciones estudiantiles que hablaban de lucha armada y cambios drásticos en la sociedad.
- Bromeaba. - dijo Gabriel - Sólo soy afiliado al sindicato. Me bato para que sean respetados los derechos de los trabajadores, no pongo bombas en los cuarteles.
- No se bromea sobre ciertos argumentos.
- Tenés razón. Disculpáme... El dueño de mi fábrica nos considera los obreros algo más que esclavos. Yo soy el único que se rebela a sus abusos. En cambio mis colegas soportan todo sin resollar. Pero los comprendo. Hoy en día se debe estar muy atento a lo que dice. Sólo por haber expresado sus opiniones, decenas de personas fueron eliminadas.
- ¿Dónde? ¿Aquí en la Argentina?
- Sí.
- No lo sabía.
- No sos la única. La mayor parte de la gente ignora, o finge ignorar, que desde cuando Videla ha llegado a ser presidente comenzó una verdadera persecución hacia la oposición. Quieren hacernos desaparecer. Los militares van por la noche a las casas de los militantes políticos y los raptan, llevándose los documentos, las fotografías, los vestidos, incluso los muebles. Luego las autoridades tratan de convencer a los parientes de los secuestrados que sus seres queridos se alejaron voluntariamente. Pero no es todo. Los pocos afortunados que volvieron contaron que fueron encerrados en prisiones secretas y torturados por días.
Soledad se sintió invadir por una sutil angustia.
- ¡Es terrible! Nunca hablaron de esto en el telediario.
- Y nunca lo harán. Los medios de comunicación son controlados por el gobierno, que es el principal responsable de estas atrocidades.
- ¡Basta ya! Ya no quiero sentir estas cosas.
Soledad estaba trastornada.
- Disculpáme. Debía habérmelo imaginado que mis palabras te asustarían. Desgraciadamente es todo verdadero.
- Podría acontecerte a ti también.
- ¿Te sentiría?
- Sí. Mucho.
- ¿Querés venir a cenar a mi casa? No pensés mal. No vivo solo. Me hospeda un colega casado.
- Mis padres no me permiten salir por la tarde. Son muy aprensivos conmigo.
- ¿Sos hija única?
- Sí. ¿Vos tenés hermanos?
- Una hermana y un hermano mayores que mí, ya casados. Ellos también viven en Buenos Aires... Pronto me convertiré en tío. Mi hermana está embarazada de dos meses. Espero que dé a luz a un varón.
- Ustedes hombres sólo desean a varones. A mí en cambio me gustaría tener una nena.
- A mí también. Pero el primogénito tiene que ser un varón... Di a los tuyos que vas al cine con una amiga.
- Es mejor que no.
- ¿No te fíás de mí?
- ¿Por qué no debería fiarme?
- Entonces llamálos.
Gabriel y Soledad se dirigieron hacia un teléfono público. La joven entró en la cabina y discó un número.
- Mamá, ¿puedo ir al cine con Luisa, esta noche?... Estudiamos todo el día... Sólo por esta noche. ¡Por favor!... Intentá convencerlo... Quedáte tranquila. No me sucederá nada. ¡Chau!
Soledad salió de la cabina con una sonrisa radiosa.
- Dijeron que sí.
Gabriel la llevó de la mano. Después de pocos pasos se paró y la besó delicadamente sobre los labios. Soledad le devolvió su beso. En aquel momento el chico sintió que había encontrado a la compañera que cada hombre busca: la con la que formar una familia y compartir el camino de la vida.
Gabriel habitaba en una humilde vivienda con el techo de chapa y enlucida sólo en el interior. El colega que lo hospedaba tenía dos hijos, un varón de cuatro años y una niña de seis. Su esposa se desempeñaba como empleada doméstica. Soledad sintió cierta incomodidad al compartir la misma mesa con personas desconocidas y tan diferentes de ella: no estaba acostumbrada.
Después de haber cenado Gabriel y Soledad se encerraron en el cuarto del joven y pasaron media hora besándose, hasta que en Soledad prevaleció la sensatez.
- Ahora tengo que irme. Es tardísimo. Si mis padres descubren que estoy aquí contigo no me dejarán más salir de casa.
- Quedáte todavía un rato. - le dijo Gabriel tratando de desabrocharle la blusa.
Ella se apartó de su abrazo.
- ¡No! No me siento todavía lista para hacer ciertas cosas. Apenas nos conocemos.
- Estamos juntos desde un mes.
- No es verdad.
- Me has gustado desde el primer momento en que te vi.
- Vos también.
- Entonces estamos juntos desde un mes.
Soledad consideraba la que apenas había nacido con Gabriel su primera relación importante. Siempre había tenido filas de admiradores, por los que se dejaba cortejar por vanidad, concediéndoles a lo más algún casto beso, pero ninguno de sus pretendientes nunca le había hecho palpitar fuerte el corazón como Gabriel. La diferencia de clase no constituía un problema. Sus padres no tenían prejuicios hacia los pobres y nunca se opondrían a su casamiento. Y además Gabriel estaba estudiando para egresar y ella le ayudaría a buscar un trabajo mejor.
Desde la cocina llegaron golpes y gritos. De repente la puerta se abrió y cuatro individuos armados de pistola irrumpieron en el cuarto.
- ¿Sos vos Gabriel Díaz? - preguntó uno de ellos.
- Sí. Ella no tiene nada que ver. Tomen sólo a mí.
Los cuatro hombres esposaron a Gabriel y Soledad de modo brutal y les vendaron los ojos. Gabriel intentó una reacción y gritó:
- ¡No la toquen!
Como castigo recibió un puñetazo en el abdomen. Luego a él y Soledad los arrastraron a la calle y los hicieron tumbar en el fondo de un Ford Falcon verde que partió a toda velocidad. Mientras tanto otras personas saquearon la casa y cargaron los objetos robados, de los que hacían parte los muebles también, en un furgón.
- Gabriel, ¿te hicieron daño? - preguntó Soledad, aterrada y aturdida.
- No te preocupés. Estoy bien. - le dijo el chico para tranquilizarla.
Uno de los secuestradores los acalló amenazando:
- ¡Silencio! o les mato a ambos.
Tres Ford Falcon verdes entraron en el garaje subterráneo de una gran construcción de color marrón oscuro, bajo y escuadrado. Los primeros dos transportaban al colega de Gabriel, su esposa y sus dos hijos. El último transportaba a Gabriel y Soledad.
Diez hombres armados condujeron a los cautivos a lo largo de los pasillos del edificio. La escasa iluminación y el mobiliario vetusto conferían al entorno una atmósfera lúgubre.
En la habitación donde fue hecho entrar Gabriel estaba Gutiérrez, sentado a un escritorio. Una fotografía enmarcada del presidente Videla y un retrato de la Virgen descollaban en el muro, a la espalda del coronel.
Mientras la puerta de su oficina se cerraba, Gutiérrez dijo con una sonrisa amenazadora:
- De ti me ocupo yo, muchacho.
Soledad fue llevada a otra habitación e interrogada con tono duro por un hombre con el uniforme de teniente del ejército.
- ¿Cómo te llamás?
- Soledad Bianchi.
- ¿Cuál es tu nombre de guerra?
- No entiendo. Debe haber habido un error. Yo y Gabriel no hicimos nada malo.
- ¿Cómo se llaman los amigos de tu chico? ¿Dónde se encuentran?
- No conozco a los amigos de Gabriel.
- Si querés salir de aquí tenés que decirnos todo lo que sabés.
- Yo no sé nada.
El teniente se puso a los hombros de Soledad y le sacó la venda. La joven vio una mesa metálica rectangular en cuyos bordes estaban fijadas unas cuerdas y poco lejos un mueble bajo sobre el que estaba apoyado un generador de corriente eléctrica.
- Mirá qué te espera si no hablás. Ésa es una picana. Ahora te ato a la mesa y te hago ver cómo funciona.
La puerta se abrió y entraron dos individuos sobre los cuarenta años con el uniforme de sargento. Uno, apodado Rubio, era achaparrado, con la tez aceitunada y una gran cabellera teñida de rubio platino. El otro, apodado Ramón, larguirucho y de una palidez cadavérica, tenía las mejillas picadas de acné y ralo pelo castaño.
- Tenemos la orden de llevar a la detenida a una celda. - dijo el Rubio.
- ¡Lástima! - exclamó el teniente - Me divertiría con ella.
El Rubio y Ramón colocaron de nuevo la venda a Soledad y la condujeron a un tabuco sucio y sin ventanas. Luego le arrancaron la ropa de encima. Ella gritó y se debatió con todas sus fuerzas, pero en vano, y no pudo impedir que la violaran. Después de diez minutos los dos militares salieron de la celda carcajeándose. Soledad en cambio, acurrucada en el suelo, sollozaba desesperada. La joven recordó las palabras de Gabriel en el parque y entendió: se había convertido en una desaparecida.
Soledad no sabía que se encontraba en un almacén de propiedad del ejército transformado en uno de los 500 centros ilegales de detención en los que eran recluidos los opositores políticos. Ignoraba que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ejército, fuerza aérea, marina y policía federal habían sellado un pacto criminal para eliminar a quienquiera podía representar una voz de disenso a los tráficos turbios de la junta. En realidad la guerrilla había sido casi completamente derrotada ya durante el gobierno de Isabelita Perón por la Alianza Anticomunista Argentina, apodada Triple A, una organización paramilitar fundada en junio de 1973 por José Daniel López Rega, el más estrecho colaborador de Perón y luego de su esposa. Los golpistas interpretaban el papel de los que sacarían la Argentina de sus problemas sociales y económicos, pero su único fin era apropiarse de los puntos clave del poder y enriquecerse.
El centro en que Soledad había sido encerrada se llamaba El Circo.
El director de El Circo era el coronel Gustavo Gutiérrez, apodado Lobo por sus hombres.
Entrampada entre las macizas paredes de El Circo, Soledad pasó del desaliento a la total abulia. Estaba todo el día sentada en el suelo, con la mirada fija en el vacío, sin hablar, comiendo y bebiendo casi nada, indiferente a todo, también a los gritos y a los lamentos que provenían de las celdas adyacentes a la suya. Tampoco descubrir que estaba embarazada sacudió su apatía.
Extrañamente los militares le ahorraban el trato a base de golpizas e insultos que les infligían a los demás detenidos. También el Rubio y Ramón, después del primer día, ya no la habían violado, aunque seguían dirigiéndole piropos vulgares. Además le habían sacado las esposas y la venda, a condición de que nunca los mirara a la cara.
Por tres meses Soledad compartió su celda con otra chica, con la que intercambió poquísimas palabras. Luego su compañera fue trasladada a una cárcel legal.
En El Circo valían las mismas reglas de los otros centros clandestinos de detención. Entrando en esos lugares, generalmente ubicados en el interior de escuelas militares, cuarteles y comisarías, los desaparecidos perdían su identidad y se convertían en un número. No podían decirle a nadie su nombre, siempre estaban vendados o encapuchados y cada día padecían torturas y sevicias sexuales. Después de tres meses de permanencia los mataban. Para no suscitar en ellos sospechas, mientras los llevaban al lugar de la ejecución los carceleros les hacían creer que los estaban trasladando a un penitenciario legal.
Despojar a los desaparecidos de cada su haber era la regla para los militares, que a menudo peleaban furiosamamente a la hora de repartirse el botín. Los presos políticos que poseían propiedades inmobiliarias eran obligados a registrarlas a nombre de sus verdugos.
Los hijos de los desaparecidos eran llevados a un orfanato, o bien eran encarcelados y torturados para constreñir a sus padres a confesar, y en algunos casos morían. Los que eran muy pequeños y los nacidos en prisión eran adoptados por miembros de las fuerzas armadas y de la policía.
Recorriendo el pasillo, David sintió voces procedentes del salón. Impulsado por la curiosidad, el niño miró dentro de la habitación, a través de la puerta quedada entornada. Su madre estaba sentada en un sillón, rígida e impasible. Frente a ella, en un sofá, estaban sentados un hombre y una mujer que nunca había visto.
- Usted es nuestra última esperanza, señora Gutiérrez. - dijo la mujer - Llamamos a todas las puertas, inútilmente. Le suplico, pida a su marido que interceda por nuestra hija. Soledad nunca se ha ocupado de política. Fue arrestada por error.
Andrés y Matilde Bianchi, después de una extenuante e infructuosa búsqueda antes entre los amigos y los compañeros de escuela de su hija, luego en todos los hospitales de Buenos Aires, por fin habían descubierto que la desaparición de Soledad era ligada a la actividad sindical de Gabriel y era obra de las fuerzas armadas. Entonces habían presentado un hábeas corpus en el juzgado, que había sido rechazado, y se habían dirigido a cualquiera institución que pudiera ayudarlos a hallar a la chica: del Ministerio del Interior al Arzobispado, de la Embajada de Italia a la Nunciatura italiana. Sólo habían conseguido rechazos y mentiras, hasta que una conocida les había aconsejado que contactaran a una amiga suya, esposa de un coronel del ejército.
- No puedo ayudarles. Lo siento. - dijo Susan con frialdad.
Matilde empezó a llorar silenciosamente, luego se enjugó las lágrimas con una mano. David entró en el salón y se le acercó.
- ¡David! Véte a jugar en tu cuarto. - le mandó su madre.
- ¿Por qué llorás? - preguntó David, asombrado y al mismo tiempo disgustado.
- Porque se llevaron a mi nena.
Cuando los Bianchi se hubieron ido Susan le ordenó a su hijo que no referiera nunca a nadie, tampoco a su papá, lo que apenas había visto y oído. David obedeció, pero la imagen del rostro transido de dolor de la desconocida le quedaría grabada indeleblemente en la memoria por el resto de su vida.
El Rubió se fue a dar parte a su jefe junto a Ramón.
- Me felicito con ustedes. ¡Un trabajo excelente! - dijo Gutiérrez con un tono impregnado de ironía a los dos sargentos - Capturaron a la persona equivocada y Carlitos logró escapar.
- Ésos dos se semejan como gotas de agua y tienen también el mismo auto. - se justificó el Rubio.
- No busqués excusas, ¡hijo de puta! - estalló el coronel - Ocho meses de investigaciones tirados al retrete. Son dos pelotudos incapaces. Si continúan así les hago echar del ejército a patadas en el culo.
Además de considerarlo un imbécil, al igual que todos los otros suboficiales, Gutiérrez sentía repulsión hacia el Rubio. Se le revolvía el estomago a la vista de sus adiposidades desbordantes, de su monstruosa papada, de su uniforme perennemente manchada de sudor, de sus ridículos cabellos, que se había teñido de rubio para parecerse a un famoso divo de las telenovelas.
- ¿El prisionero lo liberamos? - preguntó Ramón.
- No. Se convirtió en un testigo incómodo. Ténganlo aquí por un rato y luego elimínenlo.
Al improviso la puerta se abrió de par en par y un hombre con bata blanca entró en la habitación preguntando en voz alta:
- ¿Dónde está el buró barroco?
- ¡Fuera! - les ordenó Gutiérrez con rabia reprimida al Rubio y a Ramón, quienes volaron.
El coronel nunca se había llevado bien con el doctor Francesco Salvio: lo consideraba una espía y un lameculos, un individuo mezquino, traidor y malévolo, siempre pronto a arrear con todo lo que le caía entre las manos.
- No se permita nunca más entrar en mi oficina sin llamar. El buró lo tomó el teniente Contreras.
Salvio protestó.
- Ese mueble era mío. Lo había prometido a mi esposa. No es justo que usted siempre se tome las cosas más lindas o las venda a sus amigos. Yo también tengo mis derechos.
- Esta cárcel la dirijo yo. A mí me corresponde establecer la utilización y el destino de los bienes secuestrados a los terroristas. Le aconsejo no darme problemas, de lo contrario me veré constreñido a tomar medidas disciplinarias hacia usted. Haga su trabajo y basta, doctor... A propósito de trabajo, ¿cómo está Soledad Bianchi?
- Está muy débil. Rechaza la comida. Quiere dejarse morir.
- Morirá cuando yo lo decida.
- ¿A quién dará al bebé?
- Al mejor oferente. Yo no regalo nada a nadie.
- Lo sé. ¿Ya recibió propuestas?
- Sí, y algunas eran realmente interesantes. Pero pienso que podría sacar mucho más. La chica es deliciosa y parirá de seguro a un hijo sano y precioso.
- Si se parecerá a su padre no será muy precioso. El Rubio y Ramón son repugnantes.
- Creía que Bianchi ya estaba embarazada cuando llegó aquí.
El doctor Salvio sonrió malignamente.
- No, absolutamente no. - dijo negando con la cabeza - Le contaron trolas.
Luego emitió un suspiro.
- Mi querido coronel, lo siento por usted pero temo que deberá conformarse con una suma muy inferior a la que esperaba. Si va a nacer un pequeño monstruo, como es probable, será difícil colocarlo en el mercado. También ofreciéndolo a precios tirados.
El coronel apretó los puños. Sus ojos llameaban como los de un toro embravecido.
Sólo fue la perspectiva de ser despedido a retenerlo de arremeter contra Salvio.
- Levantáte y seguíme sin protestar. Tenés que ser trasladada a otra prisión. - le intimó el Rubio a Soledad.
Después de haberla guiada a lo largo de los pasillos de El Circo, el sargento vendó a la joven y la hizo tumbar en el fondo de un auto. Luego se sentó en el asiento trasero. El coche, manejado por un colega suyo, se puso en marcha y salió del patio del edificio, embocando una calle muy traficada y llena de gente. Después de cerca de media hora el vehículo llegó a una plaza desierta y se paró. El Rubio levantó a Soledad por el pelo y la empujó fuera del auto, haciéndola caer a tierra. El coche volvió a partir y se alejó. Soledad se quitó la venda y se miró alrededor, confusa y asustada. Después de algunos minutos llegó a la plaza otro vehículo, que se paró cerca de ella. Los dos ocupantes se bajaron. Eran sus padres.
- ¡Mamá! - exclamó Soledad.
- ¡Soledad! No temás. No te llevarán más. - le alentó su madre, abrazándola.
- No me encuentro bien. ¡El nene! ¡Está por nacer!
Los Bianchi subieron a su auto y se precipitaron en el primer hospital que encontraron a lo largo de la calle.
Pocas horas después Soledad yacía en una cama de un departamento de maternidad, débil y dolorida. Los sufrimientos del parto la habían extenuado.
- Apenas vimos al bebé. Es guapísimo. - le dijo su madre.
- ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo dejaron libre?
- No sabemos nada de él.
Soledad cerró los ojos y se esforzó para no pensar en nada. Durante su breve estancia en el hospital, con el pretexto que se sentía cansada, nunca amamantó ni tomó en brazos a su hijo.
El día en que a Soledad le dieron el alta su padre, acompañandola a casa, estacionó el coche delante de un edificio popular y le anunció con cierta incomodidad:
- Ahora habitamos aquí.
Subido las escaleras hasta el tercer piso, los Bianchi entraron en un pequeño departamento decorado modestamente. Soledad se miró alrededor asombrada.
- Vení al dormitorio a ver qué bonita cuna compramos por el nene. - la invitó su madre, que tenía en brazos a su nietito recién nacido.
- ¿Nuestra casa, nuestros muebles? - preguntó la chica.
- La tomó un militar, junto a todos nuestros ahorros, a cambio de tu excarcelación. - la informó Andrés tristemente.
- ¿Por qué Gabriel no fue liberado?
- No lo sabemos.
- No me queda nada de mi Gabriel, tampoco una fotografía. - dijo Soledad con la voz quebrada por el llanto.
Matilde trató de confortarla.
- Te queda su hijo.
- ¡Ése no es su hijo! ¡No lo quiero! ¡Llévenlo! ¡No lo quiero! - gritó Soledad, abandonándose a una crisis histérica.
- No hagás así. Es tu nene.
- ¡Lo odio!
El militar que había hecho excarcelar a Soledad era Gutiérrez. El coronel se había dirigido a las únicas personas dispuestas a desembolsar cualquier cifra para obtener al hijo de la joven: sus abuelos. Habría preferido hacer negocios con gente de su mismo entorno, pero nadie quería a los niños feos y morochos. Corría el riesgo de deber reembolsar el dinero ganado, o en el mejor de los casos de conceder un considerable descuento sobre la mercancía. Por lo tanto había decido ir sobre seguro contactando a los Bianchi.
Andrés y Matilde miraron a su nieto, quien dormía plácidamente en su cuna. La mujer embozó la sábana y la manta al pequeño, luego ella y su marido alcanzaron a su hija, tendida sobre el sofá del living.
- Nosotros vamos a trabajar. No hagás esfuerzos. Estás todavía muy débil. - le recomendó a Soledad su padre.
- ¿Por qué no probás a amamantar al nene? - le preguntó su madre. - La leche es tan cara.
- Si no tenemos bastante plata para mantenerlo llévenlo a un orfanato. No creo que cuando Gabriel vuelva querrá cuidarlo. - replicó ella secamente.
En cuanto la puerta de casa se cerró a la espalda de Andrés y Matilde, Soledad se levantó del sofá y se pusó un par de zapatos y un gabán. Luego, después de haberse asomado a una ventana para controlar que los suyos se hubieran alejado, salió del departamento, en busca de noticias de su novio.
El empresario de Gabriel se mostró contento de que el joven hubiera desaparecido.
- No tenía ganas de trabajar. Y instigaba a los demás obreros contra mí. Se habrá ido a vivir al mar junto con una bella chica. - le dijo con crueldad a Soledad, haciéndola huir en lágrimas.
El hombre no agradecía la presencia de enlaces sindicales en su fábrica porque quería ser libre de explotar a sus dependientes cómo y cuánto le gustaba. Él había sido quien había hecho secuestrar a Gabriel denunciándolo a los militares como un hostigador marxista. En prueba de gratitud por su contribución a la lucha contra el terrorismo Gutiérrez se había convertido en el amante de su esposa. Sucesivamente lo haría secuestrar y torturar por quince días. Luego lo constreñiría a venderle su fábrica por una suma irrisoria y por fin lo daría como comida a los chanchos.
Cuando Soledad, después de años, se enteró de su muerte horrible sintió un vivo placer.
Al final de la mañana Soledad entró en el confesionario de la iglesia de San José y entrevio el perfil de un hombre de alrededor de treinta años, de contextura robusta, con la barba y el pelo rojo. La joven se sentía angustiada y agotada. Había transcurrido cuatro horas atraviesando en balde la ciudad de una parte a otra. Parecía que a Gabriel se lo hubiera tragado la tierra.
- Necesito su ayuda para hallar a mi novio, padre Renzo. - dijo Soledad - Hace nueve meses fuimos secuestrados. En la prisión a la que nos llevaron habían capellanes del ejército como usted.
- ¿Capellanes del ejército? ¿Estás segura? ¿Les viste personalmente? - le preguntó el sacerdote.
- No, pero otros detenidos hablaron con ellos. Quizás usted los conozca.
- Creo que no... ¿Cuál es el nombre de guerra de tu novio?
- No tiene un nombre de guerra.
- ¿Qué hizo?
- Nada. Gabriel es un bueno chico.
- Entonces ¿por qué fue arrestado?
- No lo sé. Probablemente lo tomaron por otra persona.
- Mi querida hija, si no me contás la verdad no puedo ayudarte. Para conseguir localizar a tu novio tengo que conocer su nombre de guerra, los nombres de sus compañeros, los lugares donde se reunían.
- Gabriel no es un terrorista. Le ruego, me ayude. Ya no sé a quién más recurrir. Tengo un hijo con él.
- Se precisará mucho dinero.
- Ya no tenemos plata.
- Entonces temo que no podré hacer nada por ti.
Después del coloquio con el padre Renzo Soledad volvió a su casa. Desde la planta bajo oyó los chillidos de un recién nacido. En el descansillo de su departamento la esperaba una mujer rolliza con la piel marchita, que la atacó:
- Es toda la mañana que el bebé llora. No se deja a una criatura tan pequeña sola por todas estas horas. La próxima vez que sucede llamo a la policía.
Soledad no contestó, sacó un manojo de llaves de su cartera, abrió la puerta y entró en casa. Luego se fue directamente al dormitorio y se acercó a la cuna. El rostro de su hijo estaba contrato en una mueca dolorosa. Sus manitas apretaban el puño.
- ¡Dejá! ¡Dejá de llorar! ¡Me molestás! ¡Dejá! - gritó la chica.
El niño siguió chillando a voz en cuello.
- ¡Soledad! - exclamó Matilde abriendo la puerta, regresando del trabajo junto a su esposo - La vecina me dijo que esta mañana saliste.
Con su gran estupor, Andrés y Matilde encontraron a su hija sentada en el sofá, amamantando a su niño.
En Soledad el amor era más fuerte que el odio.
- No se preocupen. - dijo la joven - Ya no dejaré solo a mi pequeñito. Miren cuánto chupa. Lloraba porque tenía hambre, pobrecito.
- Debemos pensar en el bautismo. ¿Cómo querés llamarlo? - le preguntó Matilde.
- Gabriel. Como su padre.
Soledad se puso de repente triste.
- Tengo mucho miedo a que se lo lleven.
- Quedáte tranquila. Nadie te hará más mal, ni a ti ni a tu hijo. - le dijo Andrés.
- Hasta que los militares estarán en el poder nunca me sentiré tranquila.
Soledad se dedicó a su hijo con abnegación, sin cuidarse de los chismes y de las maledicencias que su condición de madre soltera suscitaba en la sociedad. El pequeño Gabriel fue apodado Gael. A menudo, mientras lo bañaba o le cambiaba el pañal, Soledad decía suspirando:
- Querría que Gabriel estuviera aquí conmigo, ahora.
La chica sufría terriblemente por no poder compartir con el hombre que amaba el crecimiento de su hijo: su primera sonrisa, su primera palabra, su primer dientito.
En cuanto logró descubrir la dirección de los padres de Gabriel, llevó al niño a conocerlos. Después de un largo viaje en colectivo a través de las extensiones inmensas y monótonas de la Pampa, llegó a un soñoliento pueblito de 297 habitantes llamado Coros. De taxi tampoco la sombra, pero afortunadamente la transportó un hombre a la guía de un carrito remolcado por un caballo. La vieja casa de los Díaz, de un solo piso y con el revoque celeste, se encontraba en campo abierto y se alcanzaba recorriendo una callejuela de tierra. Soledad vio el primero a Osvaldo Díaz, a lo lejos, regando un campo de trigo bajo el sol ardiente. Llamó a la puerta y le vino a abrir una mujer de mediana edad.
- Yo soy la compañera de Gabriel. Éste es su hijo. - se presentó.
Mariana Díaz hizo acomodarse a Soledad en el mísero living y llamó a su esposo.
Los Díaz eran gente humilde e inculta pero de buen corazón. Su rostro estaba profundamente marcado por la fatiga y el sufrimiento.
Osvaldo hablaba lentamente, con tono sumiso y monocorde.
- También otros dos hijos nuestros, Leonor e Víctor, desaparecieron. Trabajaban en una fábrica textil de la capital. Leonor estaba embarazada de siete meses... Sus colegas dicen que se los han llevado los militares... Fastidiaban porque estaban comprometidos en el sindicato.
Antes de que repartiera, Mariana le regaló a Soledad una fotografía de Gabriel, sonriente durante la fiesta por su vigésimo cumpleaños. Por mucho tiempo Soledad conservaría esa imagen como una reliquia.
Sin nunca parar de pensar en Gabriel y de buscarlo, Soledad terminó el secundario y se matriculó en la facultad de Filosofia y Letras. Para no pesar demasiado sobre el balance familiar trabajaba como dependienta en una librería.
Un jueves de junio de 1978, mientras en el país se estaban desenvolviendo los campeonatos mundiales de fútbol, Soledad llevó a Gael a ver la Plaza de Mayo. En la plaza más importante y famosa de Buenos Aires, sede del palacio presidencial, la célebre Casa Rosada, al cuyo balcón se asomaba Evita Perón para hablar a los descamisados, la joven asistió a una extraña escena. Un numeroso grupo de mujeres sobre los cincuenta años, con la cabeza cubierta de un pañuelo blanco, estaba desfilando silenciosamente alrededor del Obelisco. Unos policías golpearon a las mujeres con porras y azuzaron a doberman contra ellas para asustarles y hacerles ir, pero las manifestantes no parecían decididas a abandonar el campo. Tampoco cedieron cuando los policías lanzaron los gases lacrimógenos.
Al disolverse del cortejo Soledad, impulsada por la curiosidad, se acercó a una de las manifestantes y le preguntó cuál era el motivo que les empujaba a actuar de aquel modo. Ana Roth, así se llamaba su interlocutora, le explicó que a todas aquellas señoras les unía la misma suerte: sus hijos habían desaparecido después de haber sido secuestrados por miembros de las fuerzas armadas. Desde el 30 de abril de 1977, cada jueves, se encontraban en la Plaza de Mayo pidiendo al gobierno la restitución de sus seres queridos, cuyos nombres estaban escritos sobre el pañuelo que llevaban en la cabeza. Desde el principio habían padecido maltratos de parte de la policía, pero en aquel período las agresiones se habían vuelto aún más violentas: la Argentina se encontraba al centro de la atención mundial por los campeonatos de fútbol y su presencia desprestigiaba la junta militar.
Gracias a Ana Roth, Soledad se puso en contacto con varias organizaciones de partidarios de los derechos humanos que se batían para llevar la cuestión de los desaparecidos a la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Contra el parecer de sus padres, preocupados por su incolumidad, la chica comenzó a participar en demostraciones de protesta frente a la Casa Rosada. A menudo la policía atacaba a los manifestantes con los gases lacrimógenos y los perros para dispersarlos. Aunque aterrorizada por las porras de los policías y por los dientes rechinados de los doberman, Soledad levantaba un cartel con la foto de Gabriel, esperando que sus esfuerzos no serían vanos. Durante los cortejos a menudo sufría contusiones y heridas, pero nunca pensó en renunciar a su lucha.
Entre Soledad y Ana Roth nació una grande amistad. Ana era una mujer tenaz y combativa. Se había unido a las Madres de Plaza de Mayo porque su hija Marlene había sido raptada un año y medio atrás junto a su marido y a su niña de tres semanas. Era judía, pero ya no iba a la sinagoga porque todos los rabinos a los que había pedido ayuda la habían acusado de no ser una buena madre y habían sentenciado que su hija se había metido en líos a causa de la educación permisiva y liberal que había recibido.
Ana se apegó mucho a Soledad. Era protectora y atenta con ella y durante las cargas de la policía le daba ánimo y la espoleaba a resistir.
Además que con Ana Roth Soledad entabló amistades también con otros familiares de desaparecidos. Entre ellos había un estudiante simpático y bonito que empezó a cortejarla discretamente. Se llamaba Marcelo Castro y buscaba a su hermana Teresa, militante en la Juventud Universitaria Peronista. Un día, después de una reunión en la casa de una de las Madres, Marcelo se declaró abiertamente a Soledad.
- Yo te quiero como a un hermano, pero no podrá nunca haber nada entre nosotros, porque amo a Gabriel. - le dijo la joven, dolida por herirlo.
Marcelo, decepcionado por su rechazo, se despidió tristemente. Mientras se aprestaba a irse Ana le pidió que la llevara con el coche. Marcelo y Ana salieron juntos. Aquélla fue la última vez que Soledad los vio. Cuando supo que durante el trayecto hacia la casa de la mujer habían sido secuestrados por una patota de militares lloró por una semana entera. El remordimiento por haber hecho sufrir a Marcelo no se aplacó en ella hasta el día en que, de la ventanilla de un colectivo, divisó al hombre caminar tranquilamente por la Avenida Santa Fe con encima el uniforme de teniente de la marina.
En realidad Marcelo Castro nunca había existido. Sólo era el personaje interpretado por el capitán de navío Joseph Bertin, ahora promovido al grado de teniente, para infiltrarse entre los parientes de los desaparecidos, controlar sus acciones de cerca y eliminar a los sujetos considerados más peligrosos, como Ana Roth.
Habían pasado tres años desde el rapto de Soledad. El número de los desaparecidos aumentaba de día en día, así como lo de los fallecidos en choques con las fuerzas armadas. Los secuestros, que al inicio de la dictadura ocurrían casi siempre por la noche, ahora se desarrollaban a cualquier hora y en cualquier lugar: calles, casas, escuelas, oficinas, bares, iglesias. Algunos desaparecidos, una pequeña minoría, después de algún mes de cautiverio eran excarcelados o trasladados a institutos penitenciarios legales para que, contando los horrores de los que habían sido testigos, contribuyeran a difundir el miedo en la sociedad. Los militares, por la desaparición y las amenazas, habían impuesto en todo el país un clima de terror. Los familiares de los desaparecidos se sentían desesperados e impotentes porque la policía no tomaba en consideración sus denuncias y los magistrados rechazaban sus hábeas curpus. Además, muchos de ellos eran estafados por militares y civiles sin escrúpulos que se hacían entregar cifras considerables con la falsa promesa que harían volver a casa a sus seres queridos.
Una tarde de septiembre, Soledad y su madre llevaron a Gael a jugar en el parque de la Plaza San Martín. Como a menudo hacía, la joven le enseñó a su hijo una fotografía de Gabriel y le preguntó:
- ¿Quién es éste?
- ¡Papá! ¡Papá! - contestó el niño prontamente.
- ¡Es tu papá!
Soledad vio acercarse a un hombre con el uniforme de coronel del ejército. Era Gutiérrez, en compañía de su esposa y de su hijo. David reconoció en Matilde Bianchi a la desconocida llorante que se había ido una vez a su casa. El muchachito le dio una caricia a Gael y le preguntó:
- ¿Cómo te llamás?
- Gael. - contestó el pequeño con una sonrisa.
Soledad tomó en brazos bruscamente a su hijo y gritó:
- ¡No lo toqués! ¡No debés tocarlo!
Mientras se alejaba agarrado a Soledad Gael siguió mirando a David. David también lo miraba, con un aire afligido. Para consolarlo la señora Gutiérrez le dijo:
- No llorés, corazoncito. Todas las mamás son celosas de sus nenes.
Soledad estaba indignada y desalentada.
- Los militares son cada vez más prepotentes y arrogantes. Las personas continúan desapareciendo y nadie hace nada. La televisión y los periódicos no hablan de eso. El partido comunista calla. A la comunidad internacional se le da un bledo lo que está ocurriendo en la Argentina. Tampoco el papa quiere ayudarnos.
Soledad no comprendía el silencio de los medios de comunicación. No comprendía por qué el partido comunista soviético no denunciaba públicamente las persecuciones a las que los militantes argentinos eran sometidos. No comprendía por qué el pontífice Juan Pablo II no quería cumplir con el compromiso tomado por su predecesor Pablo VI de recibir una delegación de las Madres de Plaza de Mayo. No comprendía por qué los argentinos toleraban sin protestar que miles de sus connacionales fueran raptados y tenidos prisioneros por los militares.
Soledad aún no sabía que la junta militar había estipulado relaciones comerciales con muchos estados, entre los que la Unión Soviética, a la cual vendía carne y trigo, lo que explicaba el silencio del partido comunista soviético y de tantas otras naciones respecto a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en la Argentina.
Los Estados Unidos también tenían su parte de responsabilidad en la tragedia de los desaparecidos. En los años '70 la Cia, temiendo una expansión del comunismo en el Cono Sur, había favorecido la formación de régimenes totalitarios de derecha en aquella área geográfica con el envío de armas y dinero. Además los golpistas argentinos, así como los chilenos, habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares estadounidenses de Panamá y Florida.
- Verás que pronto las cosas cambiarán. No debemos estrecharnos de ánimo. - le dijo Matilde a su hija.
Luego le reveló que el coronel encontrado en el parque era el militar que se había ofrecido como intermediario por su liberación.
A partir del fin de los años ’70, los argentinos adquirieron una actitud muy crítica hacia la junta militar, que no había sido capaz de solucionar los problemas económicos del país y había generado violencia y terror en la sociedad. El creciente descontento popular, las primeras demostraciones de masas contra el régimen y las protestas por las violaciones a los derechos humanos que comenzaron a llegar de los otros estados y de la Santa Sede causaron un cambio a nivel político. En marzo de 1981 nació una nueva junta, presidida por el general Roberto Eduardo Viola junto al almirante Armando Lambruschini y al brigadier Omar Rubén Graffigna. En diciembre del mismo año hubo una nueva alternación en las cumbres del poder. El mando presidencial le pasó al general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien fue flanqueado por el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.
Galtieri, en la tentativa de hacerles recobrar a los militares la credibilidad que habían perdido, el 2 de abril de 1982 inició un conflicto contra Gran Bretaña para adueñarse de las islas Falklands, llamadas Malvinas por los argentinos. Las Falklands, territorio británico de ultramar, eran objeto de contienda entre Argentina y Reino Unido desde 1833. Dada su posición servían a ambas las naciones como base logística para las futuras actividades de explotación de los recursos naturales de la Antártida. Los hielos del Polo Sur, en efecto, guardaban inmensas riquezas: metales preciados, diamantes, yacimientos de petróleo, carbón y gas.
Galtieri estaba seguro del apoyo de los Estados Unidos, que pero no intervinieron. Después de haberlas ayudado por años, el gobierno de Washinghton había decidido sacar su sostén a las dictaduras de Latinoamérica, temiendo una remontada del comunismo como reacción a la corrupción y a la violencia de los militares. Además la primera ministra inglesa Margaret Thatcher, más que nunca decidida a no dejarse arrebatar sus preciosas islas, pidió la colaboración de Chile, gobernado por el general golpista Augusto Pinochet.
Flanqueada secretamente por las fuerzas armadas chilenas, la marina británica infligió golpes durísimos a las desprevenidas, desorganizadas y mal pertrechadas tropas argentinas, que perdieron a 649 hombres, la mayoría de los cuales soldados rasos y conscriptos, y contaron a 1.068 heridos. Entre los últimos estaba el teniente de navío Joseph Bertin, cuyo crucero, el General Belgrano, había sido golpeado a traición y hundido por dos torpedos enemigos mientras navegaba en una zona que Gran Bretaña había oficialmente excluido de las operaciones bélicas.
Después de 74 días de guerra, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez declaró la rendición. Los altos mandos militares argentinos, no queriendo admitir sus incumplimientos, atribuyeron las causas de la derrota a la ineptitud y a la cobardía de sus subordinados.
Los ex combatientes de las Malvinas, muchos de los cuales habían quedado mutilados, tuvieron que esperar diez años antes de que les fuera asignada una pensión estatal. A causa de los traumas psicológicos padecidos durante los combates y de la discriminación social que sufrieron a su retorno a la patria, 350 de ellos se suicidaron. Tantos se pusieron deprimidos, alcohólicos o drogadictos.
El desastre de las Malvinas provocó una oleada de protestas populares que aceleró de modo vertiginoso el fin de la dictadura. El primero de julio de 1982 el general Galtieri fue reemplazado por el general Reynaldo Benito Bignone. Éste, dadose cuenta de que la junta ya no gozaba de algún consenso interior ni de aliados exteriores, convocó libres elecciones para el octubre del año siguiente. Antes de dejar su cargo, para asegurarles a los militares la impunidad hizo destruir los archivos que contenían informaciones sobre las actividades represivas ilegales. Además, en marzo de 1983 promulgó la ley de Autoamnistia, que extinguía cada acción penal que pudiera derivar de actos de terrorismo y dirigidos a la lucha al terrorismo.
Se concluyó así un septenio que en los manuales de historia fue muy pronto definido el período de la “guerra sucia” y del “terrorismo de estado”. Entre 1976 y 1983 en Argentina 15.000 civiles habían sido fusilados en enfrentamientos con las fuerzas armadas. 9.000 disidentes políticos habían sido detenidos y encerrados en cárceles legales por períodos más o menos largos. 1.500.000 opositores del régimen para salvarse la vida habían sido obligados a irse en exilio al extranjero. 30.000 personas habían desaparecido.
En diciembre de 1983 el recién elegido presidente del gobierno democrático, el radical Raúl Alfonsín, anuló la ley de Autoamnistia y decretó que la magistratura civil juzgara a los jefes de las tres juntas que habían liderado la Argentina entre 1976 y 1982. Era la primera vez en la historia del país y de Suramerica que dictadores terminaban al banquillo en un aula de tribunal.
El juicio a las juntas empezó el 22 de abril de 1985. Las deposiciones de 833 testigos develaron al mundo entero los crímenes aberrantes cometidos por las fuerzas armadas con la complicidad de la policía y de muchos civiles, religiosos y magistrados. Unos 2.300 militares eran culpables de millares de homicidios, secuestros de persona, torturas, violencias sexuales, robos, extorsiones. Las víctimas no eran sólo guerrilleros comunistas. La mayor parte de los desaparecidos eran individuos que se empeñaban pacíficamente para construir una sociedad más justa y solidaria. Entre ellos habían sindicalistas, intelectuales, estudiantes, periodistas, obreros, artistas, monjas y sacerdotes pertenecientes a los sectores más progresistas de la iglesia. Tantos habían sido raptados por error o por venganza personal.
Durante el juicio los imputados justificaron el uso de los secuestros y de las detenciones ilegales sosteniendo que habían actuado en un contexto de guerra civil. Sin mostrar el mínimo arrepentimiento, se defendieron con vehemencia y soberbia, atribuyendo las sevicias y los asesinatos a los excesos y al sadismo de pocos subordinados.
Soledad estaba sentada entre el público que llenaba la Sala de Audiencias de la Cámara Federal cuando, el 9 de diciembre de 1985, el juez Léon Arslanian, a las 17 y 49, comenzó a leer la sentencia. De los imputados sólo estaba presente Graffigna, imperturbable. Los otros esperaban que se cumpliera su suerte en sus celdas. En un clima tensisímo, Arslanian infligió penas mucho menos severas de las pedidas por el fiscal Julio César Strassera: cadena perpetua por Videla y Massera; diecisiete años a Viola, ocho años a Lambruschini, cuatro años y seis meses a Agosti; absolución para Galtieri, Graffigna, Anaya e Lami Dozo.
Las protestas no faltaron y las Madres de Plaza de Mayo abandonaron el aula indignadas antes del fin de la sesión.
La magistratura no entendía limitarse a juzgar a los jerarcas: el punto treinta de la sentencia contra los jefes de las juntas estableció que debían ser procesados también los otros militares involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Más de 500 oficiales y suboficiales, entre los cuales estaba el coronel Gutiérrez, fueron incriminados.
Como era previsible las fuerzas armadas, para interrumpir el curso de la justicia, ejercieron fuertísimas presiones sobre el gobierno y el parlamento, para conjurar el peligro de un nuevo golpe de estado, en diciembre de 1986 fue constreñido a promulgar la ley de Punto Final, que impedía la apertura de nuevos procedimientos a cargo de los militares y de los civiles que todavía no habían sido enjuiciados.
En el living de Soledad sonó el teléfono. La joven, que se encontraba en compañía de su madre, se llevó el auricular a la oreja. Desde el otro cabo del hilo le llegó la voz de un hombre, fría y sin acento.
- Ésta es la última advertencia. Si mañana te presentás en el juicio, no reverás nunca más a tu hijo.
El día siguiente Soledad habría tenido que deponer contra Gutiérrez y las intimidaciones, que duraban desde hacía meses, se habían intensificado.
La chica colgó el auricular y dijo:
- Las acostumbradas amenazas.
- ¿Estás todavía convencida de que querés testimoniar? - le preguntó Matilde.
- Sí. Es la única posibilidad que me queda para obligar al coronel Gutiérrez a revelar dónde tiene encerrado a Gabriel. ¿Por qué no lo entendés?
- ¿Y si Gabriel hubiera muerto? No es justo seguir teniendo al niño segregado en casa. Gael necesita frecuentar a sus amigos, ir al colegio, estar al aire libre.
Para cortar el discurso Soledad se fue al dormitorio, donde su hijo estaba jugando con unos coches de juguete. A pesar de los problemas y de las preocupaciones que su familia tenía que afrontar cotidianamente, Gael siempre estaba alegre y sereno.
- ¿Quién había en el teléfono? - le preguntó el niño a Soledad.
- Una señora que se había equivocado de número. - contestó ella, luego tomó un coche de juguete y lo hizo zumbar por la habitación.
Cuando tomó asiento en el banquillo de los testigos, Soledad pensó que por fin había llegado la hora de la verdad. Gutiérrez, puesto frente a la evidencia de los hechos, admitiría sus culpas. Entre el público estaban presentes Andrés Bianchi y la esposa y el hijo del coronel. En el banquillo de los acusados Gutiérrez, el pelo peinado hacia atrás y reluciente de brillantina, fumaba habanos ostentando la expresión seráfica y satisfecha de un turista extendido sobre una tumbona en la ribera del mar. Su abogado defensor, en cambio, descartaba y chupaba ruidosamente un caramelo tras el otro.
Con tono calmo Soledad hizo su deposición y concluyó:
- Esto es todo lo que sé. Espero que mi testimonio les será útil a ustedes y que el coronel Gutiérrez sea condenado a la cadena perpetua por sus crímenes.
- Esa mujer es una mentirosa. - le dijo Susan a David - No entiendo por qué tu padre quiere hacerte asistir a toda costa a este espectáculo indecente.
Aunque su sonrisa insolente no se modificó de un milímetro, Gutiérrez dentro de si estaba lleno de odio y arrepentido de no haber hecho desollar viva a Soledad cuando había tenido la ocasión.
Durante el juicio Gutiérrez rechazó cada acusación y negó haber visto a Gabriel. La decepción de Soledad fue grande, sin embargo la chica siguió buscando a su compañero con tal obstinación que un día Matilde, viendola escribir el enésimo aviso, perdió la paciencia.
- Gastás toda la plata que ganás en anuncios y llamadas. - le dijo - En diez años de búsquedas no conseguiste nada. Tenés que resignarte. Pasó demasiado tiempo. Gabriel no volverá nunca más.
- No es verdad. - rebatió Soledad - Estoy segura de que todavía está vivo. Quizás se encuentre en un hospital sin memoria y espera que alguien vaya a recogerlo.
- Pensá en el niño. Tu hijo necesita a un padre.
- Gael ya lo tiene un padre. La verdad es que vos no querés que halle a Gabriel porque es pobre y no estudió.
- ¡Soledad! Aceptá la realidad. Sos todavía joven y linda. No es justo que renuncies al amor y al matrimonio para perseguir una ilusión.
- Es inútil que insistas. Gabriel fue y será el único hombre de mi vida. Yo no dejaré nunca de buscarlo y continuaré esperándolo hasta el último de mis días.
Matilde habló con voz firme y sin emoción.
- Siento ser tan dura, pero debo hacerlo por tu bien. Los desaparecidos están todos muertos.
Un terrible presentimiento hizo helar la sangre en las venas de Soledad: no volvería a ver a Gabriel nunca más.
Si bien pocos habían tenido el coraje para testimoniar contra él, Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo no pasó un solo día en la cárcel pues las violentas protestas de una parte de las fuerzas armadas impidieron que la sentencia llegara a ser ejecutiva. Bajo la guía del teniente coronel Aldo Rico los militares más extremistas, apodados carapintadas por el rostro ennegrecido con el betún, se atrincheraron en los cuarteles, amenazando con desencadenar una guerra civil si no hubiera sido acogida su solicitud de anular los juicios contra sus colegas ya en curso antes de la entrada en vigencia de la ley de Punto Final. Esta vez también el presidente Alfonsín fue obligado a doblarse. En junio de 1987 la ley de Obediencia Debida sancionó la caducidad de cada cargas pendiente contra suboficiales y oficiales hasta el grado de coronel que hubieran actuado cumpliendo órdenes impuestos por sus superiores. Gutiérrez entraba en esa casuística y su pena fue suspendida.
Soledad, asomada a la ventana del living, lanzó una mirada velada de melancolía a la única fotografía de Gabriel que poseía, desteñida por el transcurrir del tiempo, y pensó en los breves pero intensos momentos felices que había vivido junto al chico. Más allá de los vidrios se extendía por kilómetros y kilómetros la ciudad de Buenos Aires, hormigueante de personas y automóviles.
Soledad no lograba aceptar que los que se habían llevado a su Gabriel quedaran impunes. Seguía esperando que los desaparecidos todavía estuvieran vivos y se encontraran en prisiones secretas, usados como rehenes por los militares aún detenidos para obtenir la amnistía. Se ilusionaba que un día no lejano todos los desaparecidos serían liberados y que Gabriel volvería a ella.
El teléfono sonó.
- ¿Usted es la Señora Soledad Bianchi? - preguntó una voz masculina.
- Sí. Soy yo.
- Mi nombre es Juan Miguel Guerra. Llamo por ese anuncio.
Soledad rogó que no se tratara de un mitómane.
- ¿Sabe algo de Gabriel?
- Es un dependiente mío.
- ¿Está bien? Me lo pase. Quiero hablarle.
- No, no es posible. Es un tipo extraño. Me lo mandaron de un manicomio. No tiene amigos. Siempre está sólo. De su pasado nunca habla. Si le digo que lo están buscando hay el riesgo que escapes. Venga usted a encontrarlo en persona.
- ¿Cuál es su dirección?
- Ushuaia, en Patagonia.
Soledad se subió al primer avión disponible con destino a la Patagonia. Desembarcó en el aeropuerto de la ciudad de Ushuaia, en la extremidad meridional de la Argentina, y se hizo llevar por un taxi delante de la cancela de un chalé de madera. Se fue a abrirle Miguel Angel Guerra, que la acogió cordialmente.
- ¡Bienvenida en la Tierra del Fuego!
Guerra, un pescador de mediana edad, la acompañó a un patio interior de la vivienda, donde un hombre, de espaldas, estaba reparando una red para pescar. Soledad lo reconoció enseguida por el peinado rizoso: era Gabriel.
- Aquí hay una señora quien quiere hablar contigo. - dijo Guerra y enseguida se alejó.
Gabriel se volvió y al ver a Soledad palideció.
- ¿Te acordás de mí? - le preguntó Soledad - Nos conocimos hace diez años.
El chico no contestó y apartó la mirada.
- ¿Por qué nuca me diste noticias tuyas?
- Pensaba que vos me odiabas. Por culpa mía te hicieron mal.
La voz de Gabriel estaba flébil.
- Vos no tenés ninguna culpa.
- En todos estos años siempre pensé en ti, cada instante. Nunca intenté contactarte porque tenía miedo a que vos me rechazaras, que me acusaras de haberte arruinado la vida.
- ¿Cómo podría rechazarte? Yo te amo.
Gabriel volvió tímidamente la cara hacia Soledad y la miró incrédulo.
- ¿De verdad? - balbuceó.
Soledad lo abrazó, estrechándose fuerte a él.
- ¡Amor mío! Sabía que estabas vivo. Aunque todos me decían que debía resignarme nunca paré de buscarte.
- En cambio yo estaba convencido de que te había perdido por siempre.
- Ahora que nos encontramos de nuevo jamás nadie nos separará.
Gabriel y Soledad alcanzaron a pie las aguas gélidas del Canal de Beagle, que lamía la ciudad al sur. Soplaba un fuerte viento. A sus hombros se erguían las cimas irregulares de las montañas nevadas. Sobre los escollos se movían torpemente otarias y cormoranes.
Con los ojos fijos hacia el horizonte, Gabriel revivió los momentos más penosos de su cautiverio.
- Apenas llegados a El Circo los militares me prometieron que si hubiera colaborado no te habrían torturado.
Gabriel recordó la sonrisa inquietante de Gutiérrez, su voz meliflua y sutilmente amenazadora que decía:
- Yo estoy aquí para ayudarte. Pensá en mí como a un padre que trata de reconducir a su hijo al buen camino. Pensá en tu novia, así joven, así linda.
- Hice los nombres de todos mis compañeros del sindicato... Habría sido dispuesto a cualquier cosa para salvarte. Sabía que me estaban controlando. Nunca habría debido implicarte.
- Ahora todo pasó. No te atormentés más.
- Un día conseguí un permiso para encontrarte, pero cuando descubrí que estabas embarazada no tuve el ánimo para entrar en tu celda. - continuó Gabriel - Después de tres años me liberaron y partí para la Patagonia... Nunca supe en dónde acabaron las personas que traicioné.
- No podés continuar así. Debés enfrentar la realidad y volver a vivir. - lo exhortó Soledad.
- Contáme todo.
- Tus hermanos también fueron raptados por los militares. De ellos no hay más noticias desde hache muchos años. Sólo sabemos que tu hermana en la cárcel dio a luz a un varón... Tus padres fallecieron a pocos meses de distancia el uno de la otra, en 1980.
- ¿Y mi colega?
- No reapareció más, ni él ni su esposa y sus hijos.
- Y... ¿el nene?
- Se llama Gabriel como vos, pero todos lo llaman Gael. Le dije que sos su padre. No tuve corazón para contarle la verdad.
- Habláme de él.
- Es un muchachito cariñoso y muy simpático. Sé que todas las mamás piensan que sus hijos son especiales, pero él lo es realmente.
Soledad sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía de Gael y se la enseñó a Gabriel.
- Ésta es su foto. El 19 de junio cumplió diez años... Si no hubiera sido por Gael, nunca habría logrado seguir adelante todo este tiempo sin ti.
- No creo que seré capaz de cuidarlo. Yo estoy enfermo. Pasé ocho meses en un hospital psiquiátrico.
- Serás el mejor padre del mundo.
Soledad abrazó a Gabriel.
- ¡Amor mío! Ahora ya no estás solo. Recomenzaremos otra vez todo, nosotros dos con nuestro nene. Nos casaremos. Tendremos otros hijos. ¡Verás! Encontraremos a tu nieto y lo llevaremos a vivir con nosotros. Él y Gael crecerán como hermanos.
Se fueron a dormir en la vivienda de Gabriel. Más que de una vivienda se trataba de una especie de chabola dotada de un minúsculo baño y decorada con una cama individual, un armario, un hornillo de gas, una mesa y una silla. Una pequeña ventana enmarcaba un pedazo de cielo en el que brillaba una sutil raja de luna, circundada por una miríada de estrellas.
Soledad quitó un camisón de su valija y le ordenó a Gabriel que se volviera. Gabriel obedeció y se metió debajo de las mantas.
Soledad se desvistió, se puso el camisón y ella también se acostó.
- Estaremos algo incómodos en una cama tan pequeña. - dijo Gabriel, a disgusto como su compañera.
- Es muy frío, aquí.
- Casi estamos en Antártida... Todavía no te pregunté qué hiciste en estos años.
- Desde aquel maldito día en que nos secuestraron mi vida y aquella de mis padres cambió completamente. El coronel Gutiérrez nos llevó todo. Ya no soy la jovencita rica y mimada que conociste hace once años.
- Sos aún más linda de entonces.
Soledad bajó la mirada y sonrió.
- No es verdad.
- ¿Tuviste otros hombres?
- No. Nunca habría podido traicionarte.
- Te amo.
- Yo también te amo tanto.
Gabriel y Soledad se abrazaron y pasaron toda la noche estrechados, por fin unidos y felices después de diez años y diez meses de sufrimientos.
En Buenos Aires Gael, Andrés y Matilde esperaban a Gabriel y Soledad con impaciencia. En cuanto vio a Gabriel, Gael se le colgó del cuello.
- ¡Papá! - gritó eufórico - ¿Quedarás aquí con nosotros por siempre?
- Por siempre.
Gael observó a Gabriel con atención.
- Yo no me parezco a ti.
- Te parecés a mi hermano Víctor.
Gael tomó un álbum de fotografías y se echó a hojearlo, enseñándole las fotos a Gabriel. Ya desde sus primeros meses de vida, Soledad le había tomado centenares de fotografías para inmortalizar cada su cambio, cada fase de su crecimiento.
- ¡Mirá! Aquí mamá me amamantaba.
- Esta foto siempre la tendré conmigo, en mi billetera.
- Aquí estaba con tu mamá y tu papá.
Gabriel miró una fotografía que retrataba a sus padres junto a Soledad y Gael y se conmovio.
- ¿Padecés las cosquillas? - le preguntó Gael.
- No.
- No te creo.
Gael empezó a cosquillearle.
- ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Por favor! - imploró Gabriel riendo.
- Ya hicieron amistad. Espero que se lleven bien. - pensó Soledad.
- ¿Me hacés ver tus fotos? - le preguntó Gael a Gabriel.
- No tengo ninguna.
- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Papá vivía mucho lejos de Buenos Aires, en Patagonia. - dijo Soledad.
- ¿En Patagonia? ¡Qué bueno! A mí también me gustaría irme.
- Nunca me buscó porque las personas malas que nos secuestraron le hicieron creer que yo había muerto.
- El almuerzo está listo. - anunció Matilde - Gabriel, tu sitio está a la cabecera de la mesa. Ahora sos vos el jefe de la familia.
Gabriel se conmovió de nuevo.
- Yo les agradezco. Son todos así gentiles conmigo. Me parece que estoy en un sueño.
Soledad le acarició el pelo.
- No es un sueño. Es la realidad.
Por amor a Soledad Andrés y Matilde acogieron a Gabriel en su casa como un hijo, aunque habrían preferido a un yerno con una buena posición social. Gabriel y Soledad se casaron un domingo de agosto de 1987. El día siguiente iniciaron los trámites para hacer cambiar el apellido de Gael de Bianchi en Díaz.
Aunque nunca lo confesó, Soledad era celosa de la relación de confianza que se había creado entre su hijo y Gabriel. Se sentía exclusa cuando los dos se apartaban para hablar de las que ellos llamaban cosas de hombres y estaba segura de que el niño le escondía secretos que sólo le revelaba a su padre.
Gabriel, por su parte, no le regañaba nunca a Gael y le dejaba hacer todo lo que él quería. Era Andrés Bianchi quien revestía el papel de la figura paterna con autoridad para su nieto.
Gutiérrez sacó del armario su uniforme, que siempre ejercía un gran atractivo en las mujeres. Él y su esposa se estaban preparando para ir a cenar al restaurante con amigos.
- Gustavo, es mejor que no lleves más el uniforme fuera del horario de trabajo.
Las palabras de Susan amoscaron al coronel.
- ¿Y por qué?
- Últimamente los militares son algo malmirados.
- ¿Por quién?
- Por la gente.
A Gutiérrez se le exaltó la cólera.
- ¡La gente! ¡La gente! ¡Siempre la gente!
- ¡No grités! ¡Te sienten todos!
- De ahora en adelante llevaré el uniforme día y noche. También lo llevaré en vez del pijama.
- ¡Gustavo!
- ¿Qué carajo me quedo para hacer en esta casa de mierda? Prefiero la muerte antes que vivir así.
David se tapó las orejas con las manos para no sentir más los gritos de su padre, que retumbaban por toda la casa.
El chico había crecido entre las peleas y los contrastes continuos de sus viejos, agudizados después del fin de la dictadura, cuando las fuerzas armadas habían sido empapelados y Gutiérrez había comenzado a perder, lentamente pero inexorablemente, el poder que tenía durante la junta militar. Separación o divorcio: ni pensarlo. El coronel sabía bien que su consorte, con la amante del lujo y de las comodidades que era, buscaría de cada modo depredarlo de todos sus haberes, incluso los calzoncillos. Sin contar con que David se quedaría completamente en sus manos. Ya no abrigaba muchas esperanzas de que su hijo cambiara y del adolescente tímido e inseguro que era se transformara en un verdadero hombre. Pero un vislumbre de ilusión todavía le quedaba. Y en todo caso se habría recobrado seguramente con sus nietos.
Un sábado por la tarde, después de un paseo en el centro, Gabriel, Soledad y Gael se fueron a un bar de la calle Florida. Gael apenas había comenzado a comer una copa de helado cuando en el local entraron Gustavo, Susan y David Gutiérrez.
- Hay Soledad Bianchi. Nos ha visto. - bisbiseó Susan al enterarse de que Soledad la estaba mirando fijo.
El coronel se sentó a una mesa y ordenó con tono imperioso:
- ¡Siéntense!
Su mujer y su hijo tomaron asiento junto a él.
Todos los clientes del bar se volvieron para mirar a Gutiérrez, provocando la incomodidad de David y de su madre.
- A pesar de que no me dejás llevar el uniforme me reconocen lo mismo. Soy una persona famosa. - constató el coronel. Luego levantó la voz, para hacerse sentir por todos.
- Quien no agradece mi presencia no está obligado a quedarse.
- ¡Gustavo! - exclamó Susan con desaprobación.
Soledad con gestos nerviosos hurgò en su cartera, sacó de la plata de su billetera y la tiró sobre la mesa.
- ¡Vayámonos! - dijo levantándose.
- ¡Pues si todavía no he terminado el helado! - protestó Gael.
- Te compraré otro. No estaremos un minuto más en la misma habitación con un criminal.
Gabriel y Gael se levantaron. Soledad hizo volver a su hijo hacia Gutiérrez, quien ostentaba una sonrisa socarrona.
- Observá con atención a ese hombre, Gael. El coronel Gustavo Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo gracias a la ley de Obediencia Debida, en vez de pudrirse en una cárcel para el resto de sus días está completamente libre. Observá su cara y no la olvidés nunca. ¡Ésa es la cara de un asesino, un torturador, un ladrón!
Gabriel, Soledad y Gael salieron del local, enseguida imitados por los otros clientes del bar.
- ¡Puta! - exclamó el coronel.
- ¡No digás obscenidades delante del nene! - le regañó su esposa.
- Yo digo lo que me da la gana.
- Es la tercera vez que nos humillan en un local público. No soporto más el desprecio que nos rodea.
- Es un problema tuyo. Me importa un carajo lo que piensan de mí.
- El nene sufre por esta situación.
Gutiérrez ya no logró contener la ira.
- ¿Y vos creés que yo no sufro? Me maté por el trabajo, arriesgué la vida miles de veces por mi país y como recompensa intentaron meterme en chirona.
- Lo sé, pero...
- Lo sabés pero se te da un bledo. Lo único que cuenta para ti es David. Tiene dieciséis años y lo considerás todavía un nene. Lo protegés de todo y de todos. No querías ni siquiera que asistiera al juicio.
- ¡Baja la voz! El mozo nos está mirando.
- No hay nada que me pone cabreado más que tu ipocresía. No hagás esto porque no está bien. No hagás aquello si no te critican. No maltratés a los domésticos si no luego hablan mal de nosotros. No bostecés durante la misa. No digás palabrotas. No grités. Los vecinos nos sienten. ¡Qué se jodan los vecinos!
- ¡Papá! ¡Basta ya! - suplicó David, exasperado.
- Vos siempre estás de parte de tu madre.
- ¡Calmáte! - dijo Susan.
- ¿Qué tendría que hacer para complacerte? ¿Despedirme del ejército, cambiar de nombre, camuflarme con pelucas y bigotes falsos?
- Yo sólo deseo defender a David de la maldad de la gente. Podríamos trasladarnos al extranjero y iniciar una nueva actividad. Montar una tienda...
- Y ser tenderos.
- O comprar una fábrica. La plata no nos falta.
- ¡No! Quitáte esa idea de la cabeza. No dejaré nunca la Argentina.
- Lo haré yo con el nene. Estoy resuelta a todo por el bien de mi hijo. También a pedir la separación.
Después de un largo silencio, el coronel preguntó:
- ¡Vamos a ver! ¿Adónde tenés la intención de irte?
- A los Estados Unidos, cerca de mi familia.
- ¡No! Tus parientes no los quiero más ver ni en fotografía.
- Entonces vámonos a otro lugar cualquiera. Pero lejos de aquí.
A distancia de algunos meses de aquella tarde de noviembre de 1987, Soledad vino en conocimiento de que el coronel Gutiérrez había dejado el país con su esposa y su hijo.
Los años pasaron. En marzo de 1988 la Corte Suprema se pronunció a favor de la constitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, contra las que habían apelado los organismos defensores de los derechos humanos.
Sobre la joven democracia argentina seguía cerniendose la amenaza constante de los militares. Los carapintadas, esta vez capitaneados por el coronel Mohammed Alí Seineldín, fueron protagonistas de nuevas sublevaciones, reprimidas con grandes pérdidas humanas por las fuerzas armadas fieles al gobierno. El sucesor del presidente Alfonsín, Carlos Saúl Menem, exponente del Partido Justicialista, entre octubre de 1989 y diciembre de 1990 firmó once decretos de indulto, que tuvieron como efecto la liberación de los carapintadas rebeldes y de todos los altos mandos militares condenados por los crímenes de la dictadura todavía detenidos.
Los indultos de Menem permitieron a los planificadores del exterminio de 30.000 personas de volver tranquilamente a su casa después de haber descontado sólo cuatro años de cárcel, pero no pudieron impedir que los horrores de la guerra sucia continuaran haciendo discutir.
Poco a poco salió a luz que la junta militar había hecho negocios con muchos países americanos y europeos y se descubrió que los golpistas argentinos habían colaborado con los servicios secretos estadounidenses, franceses e israelís.
Sobre los métodos utilizados por las fuerzas armadas para deshacerse de los cuerpos de los prisioneros políticos surgieron detalles escalofriantes. A cierto punto los cementerios ya no habían logrado contener los cadáveres de los desaparecidos, que eran enterrados en fosas comunes como nn. Para solucionar el problema, la marina había ideado los vuelos de la muerte: 4.500 entre hombres y mujeres habían sido cargados en aviones y arrojados con vida al Río de La Plata, el río sobre el cual sorge Buenos Aires, muriendo ahogados o a causa del impacto con el agua.
En 1991 y en 1994 fueron aprobadas dos leyes de indemnización para los parientes de los desaparecidos y para los ex presos políticos, pero sus verdugos siguieron en libertad. Una cuestión jurídica pero quedaba abierta. El delito de apropiación de menor no era contemplado en las leyes de amnistía y en los indultos. En 1998 82 militares fueron detenidos con la acusación de haber secuestrado a los hijos de los desaparecidos. Entre ellos estaban Videla y Massera, que obtuvieron la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad. Mientras tanto, de los unos 500 niños adoptados ilegalmente por los militares y los policías ya habían sido localizadas algunas decenas.
Los de Menem fueron años de radicales reformas neoliberales en campo económico. El presidente privatizó las principales empresas de servicios e industrias estatales y introdujo una nueva divisa, el peso, equiparándolo al dólar estadounidense. Además aumentó de cinco a nueve el número de los miembros de la Corte Suprema, transformando el máximo tribunal en un instrumento de legitimación de su obra política. Durante los dos mandatos de Menem la tasa de inflación se mantuvo baja y la economía creció, pero la grande deuda exterior y la corrupción imperante desembocaron a fines de los años '90 en una grave crisis económica.
En 1999 fue elegido presidente Fernando De la Rúa, del Partido de la Alianza entre radicales e izquierda, quien fracasó en el intento de sacar el país de la recesión. Temiendo la abolición de la paridad entre peso y dólar, los argentinos comenzaron a retirar su dinero de los bancos, trasladándolo al extranjero. Para contener la pérdida de capitales, a principios de diciembre de 2001 el ministro de Economía Domingo Cavallo impuso restricciones que limitaban drásticamente el acceso a los depósitos bancarios privados y a los sueldos. El conjunto de esas restricciones, que afectaron sobre todo la clase media, fue apodado “corralito”. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga general, a la cual siguieron otras demostraciones en las principales ciudades del país. El presidente proclamó el estado de sitio y hizo reprimir el disenso popular por la policía, que mató a 33 personas. La indignación fue tal que De la Rúa, sintiéndose políticamente aislado, renunció y huyó de la Casa de Gobierno en helicóptero. Después de dos semanas, el primero de enero de 2002, el Congreso nombró nuevo presidente al peronista Eduardo Duhalde.
En los meses siguientes la devaluación del peso y la bancarrota del estado argentino provocaron enfrentamientos entre desocupados y policía y otras dos víctimas. La pobreza se difundió en todas las provincias. Los casos de desnutrición infantil crecieron y los medicamentos empezaron a escasear. La mayor parte de la gente protestaba por las calles de modo pacífico, percutiendo cacerolas con tapaderas, cazos y cucharas.
Gael también tomaba parte en las marchas de los caceroleros. El corralito y la abolición del cambio a tasa fija habían bastante perjudicado a su familia, demediando los pocos ahorros que había logrado acumular con grandes sacrificios. A pesar de las estrecheces económicas en las que siempre había vivido y las recurrentes crisis depresivas de su padre, Gael tenía un carácter extrovertido, vivaracho y optimista. Su único dolor era lo de no haber todavía logrado hallar a su primo, el hijo de la hermana de Gabriel raptado por los militares. Cursaba la Escuela de Bellas Artes y desde la edad de dieciocho años se desempeñaba como almacenero en un supermercado. En el poco tiempo libre que le quedaba participaba en las actividades de la asociación Hijos, constituida por los hijos de los desaparecidos, de los prisioneros políticos, de los asesinados y de los exiliados víctimas de la última dictadura. No se echaba nunca atrás cuando se debía hacer una manifestación de protesta o un escrache, es decir un acto de repudio público, frente a la casa de un ex represor. Afortunadamente se parecía a su madre y no había heredado ningún rasgo somático de su verdadero padre.
Gabriel tenía el pelo entrecano, pero conservaba una cara de muchachito, sólo rayada por unas arrugas. Tomaba regularmente antidepresivos y como consecuencia su expresión siempre era atontada. Se sentía un fracasado porque no trabajaba y eran su esposa y sus suegros los que lo mantenían.
Soledad, después de la licenciatura en Letras, había encontrado una colocación de profesora en un colegio privado. Físicamente se quedaba todavía muy linda, sólo más madura. No había logrado tener otros hijos con Gabriel, y éste era uno de los más grandes dolores de su vida.
La situación económica y social cada día más dramática llevó a Gael y Soledad a la decisión de emigrar al extranjero junto a Gabriel. Irían a vivir en Italia. En Milán residían algunos primos de Andrés que se habían ofrecido para ayudarlos a encontrar una casa y un trabajo, por lo cual resolvieron establecerse en la capital lombarda. Si todo hubiera ido bien, más adelante Andrés y Matilde también los alcanzarían.
Para obtener la ciudadanía italiana indispensable para la expatriación Soledad y Gael tuvieron que esperar horas y horas en cola en el atestadísimo Consulado Italiano en Buenos Aires. Eran millares los argentinos oriundos italianos como ellos que esperaban encontrar en su patria de origen nuevas oportunidades y un futuro mejor.
En Italia los Díaz alquilaron una vivienda de dos piezas de 50 metros cuadrados incrustada en los 60 departamentos que componían un enorme edificio color ratón de la periferia de Milán.
Soledad fue contratada en una casa de reposo. Cuidaba a los ancianos y hacía limpiezas durante las horas nocturnas. Al contrario de su madre, Gael no conseguí encontrar una ocupación estable. Como tantos otros inmigrados, trabajaba ocasionalmente y en negro. Por un rato hizo el albañil y el lavaplatos en un restaurante, luego comenzó a repartir octavillas publicitarias. El chico era frustrado porque ganaba poquísimo. Aunque su sueño era ser artista se habría conformado con un puesto de obrero o de dependiente de comercio, con tal que le asegurara un sueldo cierto. Además estaba preocupado por su madre: temía que la mujer se cansara demasiado trabajando por la noche y que se enfermara.
Gael estaba preocupado por su padre también. Gabriel en efecto no se encontraba bien en Italia, a menudo tenía pesadillas y añoraba mucho a sus suegros.
Una fría y oscura mañana de un viernes de enero de 2003 Gael se fue a distribuir octavillas en un elegante barrio residencial de la ciudad. Llovía a cántaros, con violentas ráfagas de viento que estremecían los paraguas. Las luces amarillas del las farolas todavía estaban encendidas cuando Gael embocó una larga avenida costeada por dos hileras de arces desnudos y con el aire espectral. Llegado delante del buzón de un gran chalé señorial al lado de la avenida, se agachó para abrir la bolsa con ruedas llena de folletos que arrastraba. En aquel mismo instante la cancela automática del chalé se abrió de par en par y del jardín salió un auto negro de gran cilindrada que se alejó zumbando, pasando sobre un gigantesco agujero del asfalto y salpicandole encima una gran cantidad de agua.
Después de pocos segundos del jardín salió otro coche de gran cilindrada de color azul oscuro, a velocidad menos alta. Gael fue invertido de nuevo por el agua sucia del charco y imprecó en voz alta.
Un hombre de unos treinta años en saco y corbata se bajó del vehículo y abrió un paraguas para protegerse de la lluvia. Sin dejarle el tiempo de hablar, Gael lo atacó:
- ¿Quién te creés que sos? No tenés ningún respeto por los peatones. Sólo porque viajás en un auto grande como un portaaviones ¿te sentés el patrón de la calle?
- Disculpa. No lo hice adrede. Estaba distraído.
Gael sacó de la bolsa un folleto ensopado.
- Mirá mis volantes. Están para tirarlos a la basura.
- Si querés te doy ropa seca.
- Es el mínimo que vos puedas hacer.
- Vamos a mi casa.
- Vos sos argentino como yo, ¿verdad? Se siente por la tonada.
- Mi padre es argentino. En cambio mi madre había nacido en los Estados Unidos. Yo tengo la doble ciudadanía.
- ¿Tu madre ya no está entre nosotros?
- No. Murió en un accidente de tránsito, hace dos años.
- Lo siento... Yo también tengo la doble ciudadanía pues mis bisabuelos maternos eran lombardos. Es gracias a ella que pude venir a vivir en Italia. En Argentina la crisis económica llevó al hambre a millones de personas y va de mal en peor. Todos los que tienen la posibilidad emigran.
Gael y el propietario del chalé atravesaron un jardín de imponentes magnolias seculares. El terreno estaba cubierto de grava perfectamente nivelada. Una senda de piedras de corte irregular conducía a una escalinata encima de la cual se recortaba una puerta de madera taraceada. Al final del jardín, a la derecha, había una piscina con el trampolín.
Entraron en un amplío salón, dejando huellas mojadas sobre el parquet con las tablas dispuestas a toldilla de barco. El entorno, a causa de los muebles antiguos y del sofá de terciopelo con el mismo color granate de las cortinas, era algo tétrico. Una chimenea apagada emanaba una agradable tibieza. Al centro del cielorraso descollaba una araña con dieciséis brazos de vidrio de Murano.
- ¡Ésta no es una casa! ¡Es un palacio real! - exclamó Gael, impresionado por todo aquel lujo - Debés de estar podrido de dinero. ¿Cuál es tu trabajo?
- Soy directivo en una empresa informática.
- ¿Y la empresa es tuya?
- Sí.
- Lo imaginaba. ¿Cuánto cuesta tu auto? ¿50.000 euros?
- No. 40.000.
- ¡Vaya! Yo no tengo ni siquiera la plata para comprarme un ciclomotor usado.
- Mi cuarto se encuentra en el piso superior.
Una ancha escalera de mármol beis claro lustroso comunicaba el salón con los dormitorios. Aquél donde entraron era muy luminoso y en estilo moderno. Del exterior provenía el ruido del chaparrón. Riachuelos de agua corrían a lo largo de los vidrios de las dos ventanas.
Gael se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. El dueño de casa tomó del suelo su ropa y la llevó a un baño contiguo. Luego volvió a la habitación y le dio una toalla.
Gael empezó a secarse y continuó con las preguntas.
- ¿Llevás mucho en Italia?
- Quince años.
- Yo y mis viejos estamos aquí desde hace sólo tres meses. Yo todavía no encontré un empleo fijo. En cambio mi madre, aunque es licenciada en Letras, hace de sirvienta en una casa de reposo por una miseria. Desgraciadamente en este país no reconocen nuestros títulos de estudio.
- ¿Y tu padre?
- Padece de depresión. No está en condiciones de trabajar.
- La depresión es una patología muy común, hoy día.
- ¡Ya!... Aunque reparto folletos publicitarios, en realidad yo soy un artista.
- ¿De verdad?
- Sí. Pinto, escribo, creo esculturas. Toco también la guitarra eléctrica en un grupo rock. Los sabados y los domingos vendo mis obras en los mercadillos. Pero no logro mantenerme con mi arte. Todavía no soy bastante conocido. Para ganar algo más me adapto a hacer trabajitos precarios y mal pagados, como repartir volantes.
- ¿Qué tipo de arte es el tuyo?
- Es difícil de explicar. Tendrías que verlo para entender. Mañana estoy en la feria de Senigallia.
Al improviso una voz masculina tronó desde el salón:
- ¡David! ¿Dónde estás?
- ¡Mi padre! - exclamó el dueño de casa, y se precipitó fuera de la habitación cerrando la puerta.
Tratando de no hacer ruido, Gael entornó la puerta de pocos centímetros. Mirando a través de las columnas de la balaustrada vio al recién llegado. A pesar de que lo había encontrado una sola vez quince años atrás lo reconoció enseguida: era Gutiérrez. Envejecido, engordado, casi calvo, pero con el mismo porte miltar que tenía cuando llevaba el uniforme de coronel del ejército argentino.
- ¿Qué hacés todavía aquí? - le preguntó Gutiérrez a su hijo, que contestó incómodo:
- Estaba buscando unos documentos importantes para llevar a la oficina.
Gael cerró la puerta.
- Se fue. Había olvidado en casa los cigarrillos. - dijo David regresando a su cuarto.
Gael lo miró con hostilidad.
- He aquí donde se habían metido. En Italia dándose la gran vida.
David pareció sorprendido.
- ¿Te dicen algo los nombres Gabriel Díaz y Soledad Banchi?
David, enmudecido, no contestó.
- Son mis padres, dos sobrevivientes de El Circo, el campo de concentración dirigido por tu viejo durante la dictadura.
Con gran incomodidad, David dijo:
- Tengo que irme a trabajar. Tengo una reunión dentro de media hora.
- ¿Vos creés que es justo que los responsables de la muerte de 30.000 personas hayan quedado impunes, mientras sus víctimas no tienen ni siquiera una tumba donde sus parientes puedan llorarlos?
- Pasaron tantos años.
David tomó 50 euros en una billetera que tenía en el bolsillo interno de su chaqueta y los alargó a Gael.
- Éstos son por tus volantes.
Gael reaccionó gritando:
- ¡Dáme mi ropa!
David se metió el billete en el bolsillo. Luego se fue a tomar la ropa de Gael en el baño y la apoyó sobre la cama. Gael se vistió.
- Pensaba que vos eras diverso. Espero no volver a verte nunca más. - dijo antes de salir de la habitación dando un portazo.
Quedadose solo, David fue arrollado por una oleada de recuerdos. En su mente pasaron, sobreponiendose, imágenes y escenas de mundos que ya no existían: Matilde Bianchi en lágrimas sentada en el sofá de su casa, Gael niño en el parque, la deposición de Soledad en el juicio contra su padre, el encuentro con la familia Bianchi Díaz en el bar de la calle Florida. El pasado le había visitado inesperadamente, sin preaviso, haciéndole revivir dolores lejanos pero nunca completamente amodorrados.
Gael entró en el centro social Paz, cuyos locales habían sido por muchos años una fábrica de bicicletas. Su amigo Marco estaba dibujando una heladera sobre una pared, mientras un viejo equipo estéreo difundía música rock.
Marco tenía veintidós años y el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Llevaba una chompa deformada, jeans raídos y rasgados y un par de viejas botas.
Gael encendió un porro y por algún minuto se quedó en silencio, fruncido, luego dijo:
- Aquí en Milán tendría que habitar uno de mis viejos compañeros del colegio de los tiempos del secundario. Se llama David Gutiérrez.
- ¿David Gutiérrez? - preguntó Marco maravillado.
- ¿Lo conocés?
- No en persona. Sólo me acuesto con su chica.
- ¡No!
- Tenés que ver su cuerpo.
- ¿Qué la impulsa a traicionar a mi amigo con un pobretón como vos? David es el dueño de una fábrica.
- Es verdad. Pero tiene también un pequeño defecto. Es impotente.
- ¡No!
- Bueno, no del todo impotente, casi impotente. Elena me contó que sus relaciones duran pocos segundos, sin preservativo, y que a veces él ni siquiera lo consigue. Fue visitado por muchos médicos, en el extranjero también, pero no solucionó nada. Y además es aburrido, previsible, conformista. Hace todo lo que le ordena su padre. Es un débil, uno de esos tipos dóciles, sumisos, serviles.
- ¿Por qué Elena no lo deja?
- Están novios desde hace cuatro años. Aunque ya no lo ama le tiene cariño.
- ¡Pelotudeces! Para mí ésa sólo quiere su dinero.
Gutiérrez se sentó en el sofá del salón y se puso a hacer zappping, fumando un cigarrillo. Una mujer rubia parecida a su esposa guiñó de la pantalla del televisor, sin suscitar en él alguna reacción, ni agradable ni desagradable. Cuando Susan había muerto el coronel se había propuesto no entablar nunca más otras relaciones sentimentales serias o duraderas.
- Una aventura de vez en cuando está bien. - había pensado - Pero cada uno en su casa y en cuanto empieze a romper las pelotas le doy boleta.
También había reflexionado:
- A mi edad si quiero una chica joven y linda tengo que pagarla, y esto no me lo puedo tragar. Una vieja la puedo tener gratis, pero a este punto prefiero una partida de póquer con mis amigos. Quizás sea mejor acabar definitivamente con el otro sexo. A fin de cuentas tuve tantas mujeres.
Y le habían venido a la memoria todas las consortes de sus colegas con las que se había concedido un amorío, empujado por su narcisismo y por la frigidez de Susan.
- Están lejos los tiempos de la caza y de las conquistas. - suspiró con pena y añoranza.
David entró en el salón. Por todo el día no había dejado un solo instante de pensar en Gael y en el pasado. Su padre lo acogió regañándolo.
- Siempre volvés tarde a casa. Sabés que detesto cenar solo.
Gutiérrez no se podía definir un padre cariñoso. Nunca un beso, nunca un abrazo, nunca una caricia. Pero no escatimaba las críticas, también ofensivas. Cuando todavía estaba Susan tenía que retenerse y cuando veía algo que no iba bien la mayor parte de las veces se atrincheraba en un mutismo rencoroso, pero después de la muerte de su esposa por fin había podido empezar a subrayarle a David todo lo que no le gustaba en él.
- Es hora que te hacés cortar el pelo. Te parecés a un maricón.
Como un buen militar Gutiérrez estaba convencido de que un verdadero hombre tiene que llevar el pelo cortísimo.
En el Canal 5 apareció la imagen de un cardenal de aspecto afable y sonriente.
- ¡Quién se ve! ¡El cardenal Arnaldo Bucero!
El recuerdo de su último encuentro con el alto prelado, ocurrido cinco años atrás en el aeropuerto de Malpensa, llenó al coronel de cólera mixta con repulsión.
- ¡Cara de culo! Una vez lo encontré en el aeropuerto y fingió que no me reconocía. Aspira a convertirse en papa, el rufián. Por fortuna sus sucios chanchullos para reunir votos son destinados a fracasar miseramente. Nadie le creió cuando renegó de su amistad con el presidente Videla. Si fuera elegido los paladines de los derechos humanos armarían un jaleo y la iglesia católica es demasiado ávida para correr el riesgo de perder a millones de fieles... Mirá cómo se pavonea, ese panzón engreído. Debo admitir que la pantomima siempre ha sido su fuerte.
Gutiérrez juntó las manos, bajó la cabeza a un lado, adquirió una expresión contrita y dijo con un tonillo lamentoso:
- ¿Cómo podía saber que aquéllos eran corruptos, malhechores, que mataban a sus adversarios políticos? Enfrente mía siempre tuvieron una conducta integérrima. Nunca sospeché de nada.
Luego bajó las manos y rugió con rabia:
- ¡Judas! ¡Les has dado la espalda a tus hermanos por la púrpura pero la tiara sobre tu pelada nunca la meterás!
Después de haber apagado el televisor con el control remoto, despotricó:
- ¡Vete a tomar por el culo vos, el santo padre y todos los parásitos con el hábito!... Ese saco de mierda me ha amargado la velada.
David estaba desconcertado. Nunca había sentido al coronel hablar de aquel modo. La dictadura siempre había sido un argumento prohibido en casa Gutiérrez. Susan no permitía absolutamente que se hablara de ella y cuando en televisión transmitían reportajes periodísticos o documentales sobre el período de la guerra sucia cambiaba de canal. Sin embargo David había asistido al juicio contra su padre y leía los periódicos, por lo tanto de todad maneras le habían llegado informaciones. El chico sospechaba que sus padres habían utilizado plata sacada a los desaparecidos o a sus familias para comprar la fábrica y el chalé. La cifra que habían debido desembolsar era enorme, también por personas nacidas en familias acomodadas como ellos. Otra duda que lo atenazaba concernía su madre. Se preguntaba si la mujer estaba a oscuras de los crímenes de su marido, o bien era su cómplice consciente y silenciosa.
- ¿Durante la dictadura, mamá...
El coronel interrumpió la pregunta de David, precisando resentido:
- En Argentina nunca hubo una dictadura, sino una junta militar... Nuestro cometido consistía en restablecer y mantener el orden y la seguridad en el país. Las fuerzas armadas no eran una banda de gángster.
- En el período de la... lucha contra el terrorismo ¿mamá tenía conocimiento de tus verdaderas tareas?
El tono de Gutiérrez de resentido se hizo amargo.
- No. Y aunque lo hubiera tenido no le habrían importado un carajo los peligros que yo corría. Estaba ansiosa por las heroínas de los culebrones y su marido se le daba un bledo. Era una mujer ferozmente egocéntrica. Amaba solamente a sí misma.
- ¿Ocurrieron casos en que... te encontraste en la necesidad de... torturar a los presos para inducirlos a confesar?
- No. Yo desempeñé exclusivamente cargos administrativos. No entraba nunca en contacto con los subversivos.
El coronel mintió. No podía contar la verdad. David tenía un carácter demasiado sensible. No habría entendido. Desgraciadamente Susan con su educación absurda lo había arruinado y él para vivir en paz siempre la había dejado hacer lo que le gustaba. Habría querido ser ligado a su hijo por una relación de camaradería, de amistad, de complicidad, pero las circunstancias lo habían impedido.
- ¿Quién autorizaba las torturas en El Circo?
- No se trataba de verdaderas torturas. Las llamaría más bien fuertes presiones psicológicas. Los mismos procedimientos utilizados en todas las comisarías del mundo con los sospechosos.
David sabía que se adentraba en un discurso resbaladizo, pero no le gustaba que le tomaran el pelo.
- Si las torturas no eran admitidas, ¿cómo explicás las fosas llenas de cadáveres de desaparecidos con marcas de fracturas?
Gutiérrez se puso nervioso.
- Yo no debo explicar absolutamente nada. Que vos lo creas o no, en mi sección cada abuso era castigado duramente. Yo siempre traté a los detenidos con humanidad. Eran los suboficiales quienes los golpeaban, y a menudo causaban su muerte. Lo hacían a escondidas de sus superiores, para divertirse... Los suboficiales eran incontrolables. Esa gentuza violenta e insubordinada, sin educación ni cultura, además de desacreditar la junta militar nos hizo perder las Malvinas. ¿Cómo se puede ganar una guerra con un ejército de cabezas de chorlito y gallinas? ¡Tropel de incapaces! Y hasta dicen que los abandonaron. ¡Pretenden beneficios, resarcimientos! ¡Yo sé lo que les daría!... Nunca quisiste enfrentar ciertas cuestiones. ¿Por qué lo hacés ahora?
- Comenzaste vos, cuando viste ese cardenal en televisión. De todos modos, si esta cosa te malhumora cambiamos de tema.
- Es mejor. Ocupémonos de cosas más importantes. ¿Cómo va la refacción de tu departamento? Ahora que la casa está casi lista te decidirás por fin a establecer la fecha de la boda. Sabés que no veo la hora de llegar a ser abuelo.
- En este período yo y Elena estamos muy ocupados con el trabajo. No tenemos tiempo para organizar la ceremonia.
La voz del coronel se puso rencorosa.
- ¡Siempre pretextos! Seguís aplazando de mes en mes. Ya no me queda mucho tiempo para gozarme a mis nietos. ¿Qué carajo esperás a casarte y hacer hijos? ¿Qué yo reviente?
David bajó la cabeza.
- Mañana voy a hablar con Elena.
Gutiérrez sintió un profundo desprecio. Ese hijo tan diverso de él, así flexible, así claro de piel y de pelo como su madre, lo sentía extraño y molesto.
Sabado por la mañana David fue a buscar a Elena en auto a las diez. Elena tenía veinticinco años y un físico de modelo que amaba poner en evidencia vistiéndose y maquillándose llamativamente.
- ¿Qué programas tenés para hoy? - preguntó la chica.
David, absorto en sus pensamientos, no contestó. Su mente estaba vagando lejos en el tiempo. No lograba no pensar en el pasado, a todo el mal que su padre les había hecho a Gael y a su familia. Los sentimientos de culpa lo destrozaban.
- ¡David! ¿Me escuchás?
David se sobresaltó.
- Te pregunté qué programas tenés para hoy. ¿En qué estabas pensando?
- En nada... ¿Por qué no vamos a la feria de Senigallia?
- ¿A la feria de Senigallia? ¿Te has vuelto loco?
David pronunció la frase instintivamente, sin prever las consecuencias que arrancarían de esto.
- Sólo era una propuesta. Creía que era una idea original para pasar una tarde diferente de las demás. Últimamente vamos siempre a los mismos sitios.
- Si para ti es importante vámonos.
En la feria de Senigallia había mucha gente, pese al mal tiempo. En el cielo, detrás de una cortina de nubes gris, se asomaba la silueta de un pequeño pálido sol. El asfalto estaba todavía lustroso y mojado por la lluvia de los días precedentes. Las personas se apretaban encima los abrigos y las bufandas para protegerse del frío cortante del invierno. En aquella confusión Elena, acostumbrada a hacer adquisiciones en las boutiques más exclusivas, estaba bastante fastidiada.
Sobre el tenderete de Gael estaban expuestos cuadros y esculturas que revelaban un discreto talento artístico. Gabriel estaba sentado en un taburete, con su usual mirada vacua. Soledad estaba de pie junto a él. En el suelo, al lado del puesto, estaban apoyadas algunas esculturas que se parecían vagamente a unas jirafas.
Gael le mostró a su madre un dvd que le había apenas comprado a otro vendedor ambulante.
- ¡Lo encontré! Hace tanto que lo buscaba.
- “La noche de los lápices”.
- Lástima que en nuestra casa no hay un reproductor de dvd.
- En cuanto podamos nos compraremos uno.
Gael quedó muy sorprendido cuando David y Elena se pararon delante de su tenderete.
- ¿Qué representan esas esculturas? - preguntó David acercándose al grupo de jirafas.
Gael lo alcanzó.
- Son jirafas.
- Quisiera hablar contigo. Pero no aquí, en un lugar menos atestado de gente. - dijo David en voz baja.
- Nunca me habría esperado que vendrías.
- En mi oficina, el lunes.
- ¿A qué hora?
- Cuando sos cómodo.
David sacó del bolsillo de su chaquetón una tarjeta de visita y se la pasó furtivamente a Gael.
- Ésta es mi dirección, junto con el número de mi celular. - susurró.
Luego levantó el tono de voz.
- Compro la más pequeña.
Gael se metió la tarjeta en un bolsillo de los pantalones.
- Son 150 euros.
- ¿Qué? - exclamó Elena.
David sacó 150 euros de su billetera y se los alargó a Gael, que en cambio le dio la jirafa junto al dvd.
- Éste es un obsequio. Es una película basada en la verdadera historia de siete estudiantes argentinos raptados y asesinados por los militares durante la dictadura.
- Gracias. Esta noche voy a verla. ¡Hasta luego, Gael!
- ¿Cómo sabés mi nombre?
- Lo recordaba. Nosostros ya nos conocimos, hace muchos años, en Argentina. ¡Chau!
En cuanto David y Elena se hubieron alejado, Soledad le preguntó a Gael:
- ¿Por qué le diste el dvd?
- Ése es el hijo del coronel Gutiérrez. Habita él también en Milán con su viejo. Su madre murió en un accidente de auto hace dos años.
Soledad se inquietó.
- ¿Le dijiste quiénes somos?
- No.
- Si volvés a verlo evitálo. No quiero tener problemas con Gutiérrez. Papá se encuentra mal y necesita tranquilidad.
David y Elena continuaron su paseo entre los tenderetes. La chica no lograba resignarse.
- ¡150 euros por una estatuilla de 20 centímetros! ¿Compraste ese horror por qué te gusta o por qué querías hacer la caridad a esos tres pelagatos?
- Me ha venido un fuerte dolor de cabeza. Volvemos a casa.
- Sí, vámonos. No aguanto más en toda esta escualidez... Vos, en cambio, a lo que parece te encontrás en tu medio.
- ¡Pará de rezongar como una mujerzuela histérica! ¡Me has cansado! - estalló David.
Elena quedó a boca abierta, incrédula frente a su primero arrebato de intolerancia en cuatro años de noviazgo.
- ¿Qué te pasa?
David calló.
- Hoy estás raro.
David y Elena transcurrieron el resto del día en un restaurante a la moda y luego en la casa de una pareja de amigos antipáticos y esnobes. A David le parecía que estaba en un entorno desconocido entre extraños, cuyas voces resonaban innaturales y lejanas. Era una sensación horrible. Mientras los demás discutían animadamente de banalidades hizo un balance de su vida opaca, insignificante y monótona: era desastrosa en todos los frentes. Y el porvenir se anunciaba aún más miserable que el presente.
A la una de la noche regresaron a sus respectivas viviendas. David posó la jirafa sobre su velador, se acostó y, aprovechando el echo que su padre aún estaba fuera con sus amigos, se puso a mirar el dvd que le había regalado Gael. A media hora del inicio de la película Gutiérrez entró de repente en su cuarto, preguntándole:
- ¡Entonces! ¿Fijaron la fecha?
David aferró velozmente el control remoto apoyado sobre las mantas y apagó el televisor. El coronel se chamuscó y le lanzó una mirada penetrante.
- ¿Por qué apagaste? Encendé. Yo también quiero ver.
David se ruborizó y permaneció inmóvil.
- ¡Ah, he comprendido! - exclamó Gutiérrez con un centelleo malicioso en los ojos - Te he pescado con las manos en la masa. Estabas mirando una cinta pornográfica. No sos tan perfecto como intentás hacer creer.
- Es una película histórica.
- ¡Sí, histórica! ¿No te da vergüenza? Esas suciedades no se miran... ¡se hacen! ¡Si yo tuviera tu edad!
El coronel notó la escultura de Gael y la observó con curiosidad.
- ¿Qué es ese garabato?
- Es una jirafa. La compré en un mercadillo.
- ¿Cuánto la pagaste?
David titubeó algunos segundos antes de contestar.
- 50 euros.
- Como de costumbre te jodieron.
- Es una obra de Gael Díaz... ¿Recordás a la familia Bianchi Díaz?
- ¡Pues claro que la recuerdo! Soledad Bianchi fue una de mis acusadoras más encarnizadas, en el juicio. Y mientras lanzaba lodo y calumnias sobre mí los hijos de puta de los jueces le sonreían complacidos. No me atrevo a pensar en cuantos inocentes habrían ido en prisión, si el parlamento no hubiera puesto fin a las persecuciones de la magistratura con las leyes de amnistía.
- Hay jueces que consideran esas leyes inconstitucionales. En los últimos tiempos hicieron detener a muchos militares que habían sido beneficiados con ellas.
David se refería a los magistrados Gabriel Cavallo, Claudio Bonadío y Reinaldo Rubén Rodríguez. El primero que había declarado la incostitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida había sido Cavallo en marzo de 2001, seguido por Bonadío en octubre del mismo año y por Rodríguez en agosto de 2002.
- A mí no me toman ni muerto. ¡Pelotudos! Yo sabría como hacerle bajar el copete a esa canalla.
- ¿Te acordás también del marido de Soledad?
- Ése era una de mis joyas. Una perla. Si todos hubieran sido como él habríamos exterminado la guerrilla en un mes.
- ¿Qué querés decir?
- Que era un traidor. No entendés nada de nada. Sos duro de mollera.
- ¿Por traidor querés decir un colaborador?
- Quiero decir una espía. Para salvar a su chica denunció a media Argentina. Cuando salió de El Circo se escondió en Patagonia, donde acabó en un manicomio, hasta que esa loca se fue a tomarlo. ¡A la fuerza! Le servía un padre para su bastardo.
- ¿Qué bastardo?
- El mocoso que tuvo con un sargento que trabajaba en la cárcel.
- ¿Soledad Bianchi fue violada?
Gutiérrez se dio cuenta de que había metido la pata, pero remedió enseguida.
- Una sola vez. Naturalmente cuando descubrí que se había ocurrido ese vergonzoso episodio tomé enseguida medidas disciplinarias muy severas contra el culpable. Ya te lo dije que los suboficiales estaban al mismo nivel de las bestias. Ignorantes, toscos, violentos. No había manera de tenerlos a raya. Hacían lo que querían.
- Los Díaz vinieran a habitar en Italia. Creo que la pasan muy mal económicamente. El padre es un deprimido crónico y no puede trabajar.
- No es un deprimido crónico. Está loco.
- El hijo es un artista, pero para mantenerse reparte folletos publicitarios.
- ¿Un artista? Entonces es maricón. Artistas, peluqueros, estilistas, curas, son todos maricones. El problema no es el Sida. La verdadera peste de los últimos veinte años se llama mariconería. ¡Ah, en qué tiempos vivimos! Cuando yo era joven no había tantos pervertidos y los pocos que había se escondían. Ahora en cambio desfilan en las calles y se exhiben en televisión.
- ¿Por qué odiás tanto a los homosexuales?
- ¿Qué clase de pregunta es ésta? ¿Te parece normal que un hombre lo meta en el culo y en la boca a otro hombre? Me dan ganas de vomitar sólo si lo pienso.
David se quedó en silencio, con una expresión contrariada. El coronel bufó.
- ¡Qué joda! Cada vez que hablo de maricones, negros o judíos me toca chuparme tu cara torva por una semana. Yo seré racista pero ni siquiera vos sos un santo, querido mío. Vos sos la prueba viviente de que la respetabilidad es la máscara detrás de la que se esconden los porcachones. Te escandalizás por mi lenguaje chocarrero...
Con un gesto de sorpresa Gutiérrez agarró el control remoto de las manos de su hijo y concluyó, con una sonrisa irónica:
- Y mirás las películas porno a escondidas.
Luego encendió el televisor, tropezandose con una escena de tortura con la corriente eléctrica. Su sonrisa se apagó.
- ¿Qué carajo es esto?
- “La noche de los lápices”, del regista Olivera. - dijo David con incomodidad - Me la dio Gael junto a la escultura... Por demasiado tiempo preferí no saber. Ahora siento la exigencia de conocer la verdad hasta el fondo.
- ¿Qué verdad? ¿La de una película de propaganda comunista desleal y facciosa? ¿La verdad de los terroristas?
- Yo opino que tenemos la obligación de escuchar también su versión de los hechos.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
David no contestó.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? - gritó el coronel, en una explosión de furia reprimida - ¡Idiota! ¿Te se secó el cerebro? Dilapidé un dineral para hacerte frecuentar las más prestigiosas escuelas del mundo y al final te convirtiste en un deficiente. Es mejor que me vaya antes de que te rompa esa porquería de jirafa que compraste en la cabeza.
Gutiérrez, cárdeno, salió del cuarto dando un portazo. La mañana siguiente durante el desayuno no le dirigió una sola palabra a su hijo, ni lo dignó de una ojeada. Para desahogarse se fue a entrenarse en el polígono, pero tampoco acribillando a balazos decenas de siluetas logró eliminar toda la bronca que le hervía en el cuerpo.
Gael entró en un establecimiento de la zona industrial de Milán sobre cuya fachada resaltaba el letrero Syntec. En la recepción esperaba a los clientes una mujer joven y atrayente.
- Tengo una cita con David Gutiérrez.
- ¿Usted es el Señor?
- Gael Díaz.
La empleada descolgó el teléfono, marcó un número y anunció:
- ¡Ingeniero! El Señor Díaz ha llegado.
Luego colgó el auricular y se levantó.
- Le acompaño al ingeniero. - dijo encaminándose a lo largo de un pasillo al que daban las puertas abiertas o entornadas de numerosas oficinas, iluminadas por la luz fría y blanquecina de los neones.
Gael la siguió, mirando de reojo a los dependientes atareados a la computadora o con la cabeza gacha sobre el escritorio. La atmósfera que se respiraba era de orden, puntualidad y eficiencia.
La empleada llamó a una puerta cerrada al final del pasillo.
- ¡Adelante! - dijo David.
Gael entró en el despacho con una actitud desconfiada. David lo invitó a sentarse.
- Sentáte.
- No. Me quedo de pie.
Bastante incómodo, David pronunció un breve discurso que se había preparado durante la noche.
- Te pido disculpas por la manera de reaccionar que tuve el otro día en mi casa. No tenía palabras. Me sentía a disgusto... Es necesario que vos sepas que considero el período de la última dictadura militar en Argentina una página negra de la historia, una tragedia terrible que espero que no se repita nunca más.
- ¿Me hiciste venir aquí sólo para decirme esto?
- No. Un cliente nuestro está buscando a empleados administrativos y me he permitido señalarle tu nombre y el de tu madre. Si me dejás vuestros datos os haré contactar para una entrevista.
- ¿No hay sitio para nosotros en tu empresa?
David tuvo una breve vacilación.
- Por el momento el personal está al completo.
- La verdad es que si nos contratás y tu viejo se entera se arma un berenjenal.
- Me gustaría mucho dar una ayuda económica a tu familia.
- No queremos tu limosna.
- No se trata de limosna sino de un acto de reparación.
- No puede haber ninguna reparación. Los muertos no resucitan y las cicatrices de las torturas no se borran.
Gael alcanzó la puerta.
- ¡Gael, esperá! Vi la película que me regalaste.
Gael se paró.
- Me sirvió para comprender tantas cosas... En mi casa nunca hablábamos de la dictadura. Mi madre no quería.
Gael se volvió hacia David y dijo:
- Tengo muchos libros sobre ese argumento. ¿Te interesan?
- Sí, gracias.
- ¡Chau!
- ¡Chau!
Por todo el día David fue presa de una fuerte inquietud. La agitación en él era tal que llegó a desear de dejar plantado a todos y todo y huirse a una isla desierta en medio del océano. Lejos, lejísimo de sus problemas, de su padre, de Elena, de la Syntec, de Gael. Contrariamente a sus costumbres salió muy pronto del trabajo, a las 19. La ciudad estaba envuelta por una espesa capa de niebla. Mientras manejaba en el tráfico tuvo la tentación de irse al aeropuerto y subirse al primer vuelo disponible con destino al Caribe. Allà, sin pensar en nada, transcurriría las horas dejándose mecer por las olas calientes del mar o reposándose a la sombra de una palma en la playa. Contemplaría maravillosos cielos en el ocaso, estriados de rosa y de violeta, sentado en una roca y se dormiría sobre la arena, bajo la bóveda estrellada de las Antillas.
David siguió fantaseando con los ojos abiertos hasta su llegada a casa. En el salón encontró a Gael.
- ¿Te asusté? - le preguntó el chico viéndolo estremecerse - No entré por la ventana. Me abrió la puerta la mucama... Como un verdadero ricachón explotador argentino te tomaste una boliviana.
- Es mi padre quien elije a los domésticos. - se justificó David.
Gael le enseñó dos libros que tenía entre las manos. Les había tomado prestados en una biblioteca.
- Éstos son los libros que me pediste.
- Apoyálos nomás sobre la mesa.
- Esta tarde fui a tu oficina para dártelos, pero no estabas.
- Podías dejarlos a mi secretaria.
Gael se encogió de hombros.
- Abría pasado por esta zona de todos modos por trabajo.
- Tal vez sea preferible que te vayas. Mi padre volverá por momentos.
- ¿Y qué?
Gutiérrez entró en el salón. Al ver los libros sobre la mesa intuyó enseguida que Gael era el hijo de Soledad Bianchi y se endureció.
- ¡Véte! ¡No te quiero en mi casa! - le intimó al joven con tono irritado.
- Ésta es también la casa de David.
- Gael, por favor, andáte ahora. - dijo David, en la inútil tentativa de evitar lo peor.
El coronel arrojó los libros a tierra.
- ¡Me limpio el culo con tus libros!
- ¡Papá! ¡Por favor! - imploró David.
- Tu viejo tiene miedo a que vos descubras la verdad.
- Mi hijo sabe todo. Sos vos quien debe tener miedo a la verdad. Estoy seguro de que nadie te contó que Gabriel Díaz fue internado en un manicomio.
- Ya lo sabía.
La actitud de Gael era de desafío.
- ¿Sabías también que era un traidor y que se volvió loco por el remordimiento? No tuvimos ni siquiera necesidad de torturarlo. Denunció espontáneamente a todos sus compañeros del sindicato. ¡Un admirable ejemplo de fervor revolucionario!
- ¡Papá! ¡Basta ya!
- ¡No! Me provocó él. Ahora viene lo mejor. Gabriel Díaz no es tu verdadero padre. Tu madre fue violada por mis hombres y quedó embarazada de ti. Cuando supo que esperaba un hijo quería morir. No comía y no bebía más. Ella te odiaba.
- No es verdad. - dijo Gael con voz trémula.
- Si no me creés preguntálo a los interesados directos. Me he divertido bastante. ¡Véte! ¡No quiero ver tu cara de maricón por el resto de mi vida!
El coronel lanzó lejos los libros de historia con una patada.
- ¡Y lleváte tu inmundicia!
Gael estaba como paralizado.
- Pensabas que eras listo, ¿no? Pero yo soy más listo que vos.
Gael corrió fuera del salón y se precipitó en la calle, desvaneciéndose en la niebla densa. Después de haber tratado vanamente de alcanzarlo, David enfrentó a su padre.
- ¿Por qué lo hiciste? Díme por qué lo hiciste.
- Y vos díme por qué dejaste que el hijo de una peligrosa pareja de terroristas se colara en nuestra casa.
- Los padres de Gael no eran terroristas. Y aunque lo hubieran sido, no tenías ningún derecho a segregarlos en un centro clandestino de detención.
Gutiérrez a duras penas se retuvo para no propinarle cachetadas a David. No lo había nunca pegado. Si lo hubiera hecho Susan le habría saltado encima con el ímpetu de un tigre en defensa de su cachorro en peligro.
- ¡Pues calláte, sabelotodo de mala muerte! ¿Qué conocés vos de la real situación política de los años ‘70 en la Argentina? Antes tu madre siempre te escondió la verdad, para protegerte, decía ella, y ahora ese chico metido te llenó la cabeza de trápalas y estupideces. Y vos le creiste enseguida, como un pobre mentecato.
- Gael no dice mentiras.
- ¿Ah, no? ¿Entonces el mentiroso soy yo?... ¡No te quedés ahí plantado como un memo! ¡Respondéme! ¡Di lo que pensás! ¿Sos un hombre o un muñeco?
David siguió callando, mirando fijo tercamente los reflejos cobrizos del parquet.
- ¡Qué hijo flojo me ha tocado! ¡Blandengue!... El terrorismo era una amenaza para la democracia y yo nunca me arrepentiré de haber hecho de todo para combatirlo. Cualquier medio es lícito con tal que vencer al enemigo. Vos esas cosas no podés entenderlas porque sos un pusilánime. Aquéllos como vos durante las guerras se quedan pacíficos y contentos en sus casitas y dejan el trabajo sucio a los demás. En la época del gobierno de Videla mientras yo arriesgaba cada día que me explotara una bomba debajo del culo ustedes pasaban su tiempo mirando los partidos de fútbol y los culebrones. La Argentina estaba por caer en manos de los comunistas y ustedes continuaban conduciendo sus existencias insulsas y ociosas sin preocupaciones. Total, de dar caza a los guerrilleros se encargaba el ejército. Luego, cuando la economía empezó a ir mal, transformaron a los militares en chivos expiatorios, llenándose la boca de bellas palabras: derechos civiles, elecciones libres, justicia, nunca más. Con un cinismo repugnante escupían encima de los que hasta pocos meses antes consideraban los defensores de la patria, llamándolos asesinos. Yo nunca me alardeé de haber logrado impedir decenas de atentados salvando centenares de vidas humanas. Me conformaba con la satisfacción de haber cumplido con mi deber de soldado. No pretendía ni honores ni medallas. Sólo me esperaba algo de reconocimiento y respeto. En cambio no recibí más que insultos. Por esto me fui de mi país.
- Actuaste mal tratando a Gael de ese modo.
Las palabras de David hicieron montar en cólera al coronel.
- ¡Pará de juzgarme! No hay sitio para los amigos de los terroristas en esta casa. ¡Meté tu ropa en una valija y véte!
David tomó los libros de Gael del suelo y los puso en su maletín.
- En cuanto a mi plata ¡olvidála! Mañana por la mañana me voy al notario y te desheredo. A mi muerte no tendrás ni un centavo.
David salió de casa. Los gritos de su padre lo alcanzaron hasta en el jardín.
- ¡Tampoco vengas a suplicarme de rodillas no entrarás nunca más en esta casa!
Gael se sentó delante de una computadora del centro social y comenzó a navegar en internet. Sobre el monitor, bajo el título “Torturadores argentinos”, apareció una serie de fotografías de hombres, entre las que la de Gutiérrez con el uniforme. Un click sobre la foto del coronel y la imagen creció hasta ocupar la entera pantalla.
David entró en el local y se le acercó a Gael. Localizarlo no había sido fácil: había debido contactar ocho agencias de distribución de octavillas antes de encontrar aquélla por la que trabajaba. La empleada que había contestado por teléfono le había dado la dirección del centro social Paz.
- Quisiera aclarar algunas cosas.
Gael siguió mirando el monitor.
- No tenemos nada que aclarar.
- La otra tarde, cuando te pedi que te fueras, sólo intentaba evitar que encontraras a mi padre. Por experiencia personal sé que puede llegar a ser muy agresivo y cruel cuando se enfada.
- Entonces ¿por qué a los treinta años y pico todavía habitás con él?
- Desde el día en que peleasteis me trasladé a otro departamento y no volví a verlo.
- ¡Véte! Éste no es un lugar por ti. Es una madriguera de comunistas. Volvé al palacio que te compraste con la plata de mis abuelos.
- Yo no tengo culpa de lo que hizo mi padre. - dijo David.
Saliendo, el chico encontró una sorpresa desagradable: su auto estaba completamente cubierto de pintadas y dibujos colorados.
Después de pocos minutos que David se hubo ido Elena entró en el local y se le acercó a Marco, que estaba discutiendo de música con un grupo de senegaleses. Los dos se dijeron algo, luego se desplazaron a un rincón apartado. Impulsado por la curiosidad, Gael los siguió y escuchó a escondidas su conversación.
Comenzó a hablar ella, con tono inquisidor.
- ¿Por qué no me llamaste?
- Tenía que estudiar. - contestó él con actitud evasiva.
- ¿Tomaste una decisión?
- Todavía no. Estoy confuso. Dáme tiempo.
- No hay más tiempo. Ya estoy al segundo mes.
Marco se quedó en silencio por algunos instantes, luego sentenció:
- Entre nosotros no funcionaría. Somos demasiado diversos.
- ¿Y el nene?
- No lo sé. No lo sé. - dijo negando con la cabeza el joven - Mirá vos.
- ¡Sos un bastardo! Querría no haberte encontrado nunca.
- No te hagás la víctima. ¿Pensás que no lo he comprendido? Vos no quedaste embarazada por descuido. Querías atraparme. Pero te fue mal. Yo no estoy disponible. Andáte a tu novio impotente.
Elena entendió que era inútil insistir y se fue.
Vuelto a sus amigos, Marco comentó:
- Estaba convencida de que nos casaríamos. Está loca.
David almorzó con Elena en un restaurante cerca de la empresa de cosméticos en la que la chica trabajaba como encargada de las relaciones públicas. Al final de la comida, después de haberse dado ánimo, dijo con tono decidido:
- ¡Elena! Ya no existe ningún diálogo entre nosotros. Cuando somos juntos siempre estás de mal humor. Parece casi que yo te fastidio. No podemos continuar así.
Justamente cuando creía que estaba a punto de deshacerse de una carga le cayó sobre la cabeza una aún más pesada. En efecto su novia rebatió que era natural que una mujer en sus condiciones fuera nerviosa y irritable y le anunció con una sonrisa deslumbrante que esperaba un bebé.
David se quedó tan trastornado que cuando Elena le preguntó si le estaba bien el 2 de marzo como fecha de la boda contestó que sí sin objetar. La noticia del embarazo de Elena lo hizo sumirse en una profunda desesperación. No quería casarse con una persona que no amaba y mucho meno quería tener un hijo, pero se sentía obligado a hacerlo. La vida le parecía una jaula de la que sólo la muerte podía liberarlo. ¡Si sólo hubiera tenido la fuerza para acabarla!
Regresado a su despacho se dejó caer sobre la silla, aniquilado. Por toda la tarde, entre una tarea y la otra, siguió tomándose la cabeza entre las manos y pasándose los dedos en el pelo, como por quitarse de encima los problemas que lo agobiaban.
A las nueve de la noche, volviendo a casa del trabajo, vio a Gael, las manos en los bolsillos de los jeans, apoyado contra el muro del condominio en que habitaba. En vez de dirigirse hacia los garajes paró su auto y bajó el vidrio al lado del pasajero. Gael se asomó a la ventanilla.
- Tengo que hablarte.
- Subé.
Gael se sentó en el coche y sin preámbulos dijo:
- Tu novia te traiciona con un amigo mío y espera un hijo de él.
David no tuvo alguna reacción.
- Que quede claro. No te estoy haciendo un favor. Es que no tolero ciertas hipocresías burguesas... Ahora me voy. ¡Chau!
- ¡Esperá! Te acompaño a casa.
- No. Tomo el colectivo.
- ¿Dónde habitás?
- En Ponte Lambro.
Mientras David manejaba rumbo a la periferia de Milán su padre estaba sentado en un sillón del salón delante del televisor apagado, paladeando un licor. Bajo el resplandor rojizo de la única lámpara encendida la figura de Gutiérrez, sumida en pensamientos sombríos, parecía inquietante y siniestra. Cuando en la habitación entró la empleada doméstica, avisando que por aquel día había terminado y que volvería a su casa, el coronel tampoco se percató.
David estacionó su auto en el patio del edificio de Gael. Sin decidirse a bajarse, Gael le preguntó:
- ¿Amás mucho a Elena?
- No la he amado nunca.
- Lo decís sólo porque te traicionó.
- Yo nunca la he amado a ella y ella nunca me ha amado a mí.
- Entonces ¿por qué os juntasteis?
- Por... razones de imagen.
- Quién sabe cuántos ligues tuviste. Las chicas están ciegas por los tipos como vos: ricos, con el fuera de serie.
- No me interesan los ligues. Sólo tuve cuatro novias oficiales. No soy un seductor.
Gael abrió tanto ojo.
- En toda tu vida ¿sólo te acostaste con cuatro mujeres?
- ¿Vos con cuántas te acostaste?
- No sé. Treinta... Yo te estafé. Mi jirafa no valía 150 euros.
- Para mí les valía. Vos poseés un talento extraordinario.
- Lástima que hasta ahora nadie se haya percatado. Me considero un artista incompredido... Siento que te dije todas esas cosas malas. No las pensaba en serio. Bueno, un poquito las pensaba. Exageré. El hecho es que desde que me peleé con Gutiérrez me siento como un perro. Pasé días tremendos, teniéndome todo adentro, sin poder desahogarme con ninguno.
- ¿No hablaste con los tuyos?
- No. Ya tenemos muchos problemas. Con lo poco que ganamos a duras penas logramos sobrevivir. Mi viejo siempre está triste y deprimido. Y como si todo esto ya no fuera tanto nos desahuciaron. Tenemos seis meses de tiempo para encontrar otra casa. Con los precios que hay no sé dónde iremos a parar... Estoy harto de ser pobre... Subé a mi departamento un rato. Quiero hacerte ver algo.
David y Gael se bajaron del coche.
- Preparáte para la escalada. - dijo Gael - Vivo en el quinto piso, sin ascensor.
El edificio en el que vivía Gael había sido construido en los años '60. Ya en el vestíbulo se era asaltados por una sensación de miseria y deterioro. Los buzones o tenían los vidrios rotos o no tenían más vidrios. La escalera era iluminada por la luz tenue de pequeños plafones cubiertos de polvo. David y Gael entraron en un cuarto que servía al mismo tiempo de living y de cocina. David notó que los muebles eran viejos y mal reducidos, las cortinas raídas, las paredes sucias, las baldosas del suelo desteñidas. Gael le enseño un cuadro que representaba un ser monstruoso con el cuerpo mitad humano y mitad animal.
- Mi última obra.
- Interesante. ¿Es un monstruo mitológico?
- No. Es tu viejo.
David rompió a reír.
- Tenés razón. Es él. ¿Cómo no lo he reconocido?
- Dáme el chaquetón que te lo cuelgo.
David se quitó el chaquetón y se lo dio a Gael, que lo colgó junto al suyo en un perchero. Luego Gael tomó un libro apoyado sobre la mesa y se lo dio a David.
- Éste lo escribí yo. Es la historia de mis padres... Sentémonos.
El sofá estaba desfondado. David hojeó algunas páginas del libro.
- ¿ Dónde se conocieron los tuyos? - le preguntó Gael.
- En Florida, el estado de mi madre, en 1970. Mi padre se encontraba allí por trabajo.
- ¿Sabés que los golpistas argentinos habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares de Florida y Panamá? Tu padre se había ido a los Estados Unidos para aprender a matar a los comunistas.
- Es probable... ¿Ya propusiste tu novela a alguna editorial?
- La propuse a decenas de editoriales, sin recibir ni una respuesta.
- Hacéla publicar pagando de tu bolsillo.
- ¿Dónde encuentro la plata?
- Financio yo toda la operación.
- Te costará mucho.
- No importa. Hace tanto que tengo gana de lanzarme en nuevas aventuras. Nunca he amado mi trabajo. Mi padre lo eligió por mí, me lo impuso sin ni siquiera preguntarme cuáles eran mis aspiraciones.
- ¿Cuáles eran tus aspiraciones?
- Ser abogado.
David nunca se había atrevido a decir a sus padres que le habría gustado estudiar jurisprudencia. Gutiérrez detestaba a los abogados, sobre todo a causa de los honorarios que había debido pagar para hacerse defender en el juicio.
- Esas sanguijuelas me han descarnado vivo. ¡Pandilla de bribones! - solía repetir.
En la voz de David se percibió una vena de arrepentimiento.
- Pero ya es tarde.
- No es tarde. Sólo tenés treinta años. Aún estás a tiempo para cambiar tu vida y realizar tus sueños.
- Por ahora pensemos en tu novela.
- Podríamos también abrir una galería de arte.
- Del alquiler y las autorizaciones me encargo yo. Vos ocupáte de encontrar un local adecuado y las obras que expondremos.
- Ya tengo mis cuadros y mis esculturas. Además me gustaría ayudar a jóvenes artistas del tercer mundo a hacerse conocer.
Al improviso se oyó la voz de Gabriel que gritaba:
- ¡Soledad! ¡Soledad! ¡El nene!
- Es mi viejo. Está teniendo una pesadilla. Todas las noches sueña que mi madre es raptada por los militares.
Gael se precipitó en el dormitorio y comenzó a sacudir a Gabriel, que se debatía convulsamente entre las sábanas.
- ¡Papá! ¡Despertáte! ¡Despertáte! Sólo es una pesadilla. Mamá se encuentra bien.
Gabriel se despertó, sudado y confuso.
- ¿Dónde está Soledad?
- Mamá está al trabajo.
- Es mejor que me vaya. - dijo David en la puerta.
- No. Quedáte. Dentro de poco vuelve a dormir.
David se sentó en el sofá. Después de unos minutos Gabriel tomó de nuevo el sueño y Gael volvió al living, sentándose junto a David.
- ¿Se tranquilizó?
- Sí. Ahora duerme... Mi viejo no consigue curarse de la depresión... Me gustaría tanto poder hacer algo por él... Tal vez si halláramos a su nieto se sentiría mejor... Mi primo nació en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Mi tía Leonor lo alumbró en abril de 1977. Hicimos de todo para encontrarlo, pero fue inútil.
- Me dijiste que tus abuelos maternos se quedaron en Argentina.
- Sí. Apenas encuentremos una buena colocación vendrán a vivir con nosotros en Italia. Sólo nos hablamos una vez a la semana pues las llamadas al extranjero son muy costosas... En mi casa la plata siempre ha sido poca... ¿Sabés qué me da más rabia? Qué los militares que reducieron a mi padre en este estado, violaron a mi madre, y robaron a mis abuelos, quedaron libres e impunes.
Gael vio que sus palabras habían puesto incómodo a David y dijo:
- Yo no la tengo tomada contigo. Vos no sos como tu padre.
David se levantó.
- Es muy tarde. Tengo que irme.
- Antes de que hayas llegado a casa es el amanecer. Te conviene quedarte a dormir aquí. Hay el espacio.
Gael transformó el sofá en una cama matrimonial. David habría preferido volver a su departamento, pero para no parecer maleducado se le acostó al lado. Estaba tan cansado que, a pesar del malestar, en pocos minutos cayó en un sueño profundo.
Al regreso del trabajo, la sorpresa de Soledad fue grande al encontrar a David y Gael dormidos en el sofá-cama. Alzó la persiana enrollable de la ventana y los dos chicos se despertaron.
- ¡Hola! ¿Te acordás de David? - le preguntó Gael adormilado.
David y Gael se levantaron. La presencia de David, más que irritar a Soledad, la turbaba, porque desde cuando lo habían visto en la feria de Senigallia Gael hablaba de él continuamente.
Del dormitorio llegó Gabriel, en pijama y despeinado, arrastrando las pantuflas. Soledad le dio un beso en la mejilla.
- Andáte a vestirte. Esta mañana tenemos invitados para el desayuno.
- Papá, él es David Gutiérrez. Nos hemos convertido en amigos. - dijo Gael.
- ¡Hola, David! Gael siempre habla de ti.
Gabriel volvió al dormitorio. Mientras Gael ponía la mesa, Soledad vertió algunas gotas de una medicina en un vaso y metió el vaso delante del plato de la cabecera de la mesa.
- ¿Papá tuvo otra vez pesadillas? - se informó.
- Sí, pero volvió a dormir enseguida.
Gabriel, vestido de manera descuidada, regresó al cuarto y se sentó a la cabecera de la mesa. Soledad, David y Gael también tomaron asiento y empezaron a comer.
- Bebé la medicina. - le dijo Soledad a su marido, acariciandole el pelo - Estás todo despeinado... Luego te hacé la barba.
- ¡No! - dijo él, desganado.
- Sí.
- ¿Qué dice Gael de mí? - preguntó David.
- Que sos un pelotudo capitalista. - contestó Gabriel, con candor desarmante.
- ¡Gabriel! - exclamó Soledad, incómoda.
La escena divirtió bastante a Gael, que le pasó un bollo a su amigo.
- Tomáte otro bollo.
- ¿Me estás atiborrando para decirme luego que soy un gordo chancho burgués? - hipotizó David.
- ¿Vamos a dar un paseo, más tarde? - le propuso Soledad a Gabriel.
- No.
- ¿Por qué no? Salir te sentaría bien. Siempre estás encerrado en casa. Sos perezoso.
Gael interrumpió a sus padres.
- Tengo que dar un anuncio. Yo y David fundamos una sociedad. Él pone la plata, yo mi ingenio. Para comenzar publicaremos mi novela y abriremos una galería de arte. Luego veremos.
Soledad le preguntó a David con aprensión:
- ¿Tu padre está de acuerdo?
- ¿Qué tiene que ver su padre? - intervino Gael.
David contestó con decisión:
- Que lo esté o no, no voy a renunciar a nuestros proyectos.
- Piénsalo bien.
David miró su reloj de pulsera y se levantó.
- Son las ocho. Si no me doy prisa llegaré tarde al trabajo.
- Los jefes pueden presentarse en la oficina a cualquier hora. - le hizo notar Gael.
- No los jefes como yo... ¿Me prestás tu novela?
Gael le dio su libro a David, que ya se había puesto el chaquetón.
- Cuando hayas terminado de leerla házme saber tu opinión.
Los dos jóvenes salieron al descansillo.
- ¿Con tu novia qué tenés intención de hacer? - preguntó Gael.
- Prefiero esperar algún día. Esta semana Elena se someterá a varios exámenes.
- Si mi novia me traicionara y estuviera embarazada de otro hombre la mandaría al diablo sin pensarlo dos veces.
- ¡Chau!
- ¡Chau! ¡Buen trabajo!
En la escalera la luz natural de la mañana ponía de relieve los muros rebozados por huellas negras y los peldaños incrustados de suciedad. También fuera del edificio cundía el deterioro. El patio con el asfalto lleno de agujeros era un depósito de viejos automóviles, ciclomotores desvencijados y bicicletas herrumbrosas.
Parecía todo absurdo e irreal.
Con un respiro de alivio David vio que su coche había salido indemne de las correrías nocturnas de los gamberros. Sobre de él el cielo estaba plomizo y alrededor de él el aire estaba gélido. Al pensamiento que Gael era obligado a vivir en un lugar semejante la tristeza se apoderó de él.
David estaba concentrado en la lectura de un informe cuando de repente la puerta de su despacho se abrió y en el umbral apareció Gutiérrez.
- ¡Hola! Pasaba por esta zona y he aprovechado para hacer una escapada a la fábrica. ¿Estás atareado?
- No. Entra nomás. Sentáte.
El coronel se sentó enfrente de su hijo. Los dos hombres estaban ambos con espinas. Fue Gutiérrez quien rompió el hielo.
- ¿Cómo te va?
- Bastante bien.
- Todavía no fuiste a hacerte cortar el pelo.
- No tuve el tiempo.
El coronel se cansó enseguida de soslayar y fue al grano.
- Supe que vos y Elena se casarán. Pronto serás papá... Siento que es un varón... ¡Qué emoción llegar a ser abuelo! Estoy fuera de mí de alegría. ¿Ya elegieron el nombre de su hijo?
- Todavía no.
- Pensaba que lo llamarían como yo.
David entendió que su padre había dado el primer paso para reanudar las relaciones con él porque quería a su hijo: siempre había deseado a un nieto para exhibirlo a amigos y conocidos. Entonces se le pasó por la mente una idea.
- Necesito una gauchada. Querría que vos localizara a un niño raptado por los militares. Nació en abril de 1977 en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Su madre se llamaba Leonor Díaz.
- ¿Era pariente de Gael Díaz, presumo?
- Sí. Era su tía.
- No conozco a nadie en la armada.
- Pero todavía tenés muchos amigos en el ejército y en la policía también.
- Ahora son todos viejos agilipollados. Es imposible que se acuerden de hechos de hace casi treinta años.
- Sé que existen archivos secretos, en alguna parte.
- Ésta es otra invención de los comunistas. Nunca existió ningún archivo secreto sobre los desaparecidos. ¡Cómo podés creer en ciertas patrañas!
- ¿Entonces no querés ayudarme?
- Pasó demasiado tiempo.
Era más que evidente que Gutiérrez no entendía ceder. De impulso, David dijo con tono perentorio:
- Si no me procurás la información que te pedí, te impediré ver a mi hijo. No te invitaré ni siquiera a mi casamiento.
- ¿Es un chantaje?
David asintió con firmeza.
- Sí.
- ¿Qué te has metido en la cabeza? ¿Hacerme pasar por un traidor?
- Tenés que elegir entre pasar por un traidor y renunciar a tu nieto.
Era la primera vez que David hablaba con tanta determinación a su padre. Él mismo se asombró de su osadía.
Para mí es una obligación moral hallar al primo de Gael.
- Pues ¡qué obligación moral del carajo! - estalló el coronel - Hablás como un jodido beato. Vos no te dás mínimamente cuenta de qué patético sos. Así me hubiera dado un soponcio el día que para contentar a tu madre te mandé a estudiar a los salesianos. Debería denunciarlos de lesiones en el cerebro, a esos curas de mierda.
La aversión de Gutiérrez hacia los religiosos católicos se remontaba a muchos años atrás. Primero había habido el cambio de casaca del cardenal Bucero, su gran amigo, hermano masón y compañero de juerga en los locales nocturnos de Recoleta. Luego los salesianos habían transformado a su hijo en un moralista fanático como su madre.
- Es tiempo perdido intentar explicarte en qué apuro me estás metiendo... En cuanto sepa algo cierto te lo comunicaré. Ahora estarás satisfecho. - concluyó tajante el coronel.
La primera cosa que Gutiérrez hizo volviendo a casa fue llamar a su viejo amigo Raúl Sánchez, ex director del Club Naval de 1976 a 1979, con el pretexto de informarse de su salud. El almirante ante todo le describió los preliminares y las secuelas de la intervención a la próstata que apenas había sufrido, sin ahorrarle el menor detalle. Luego le magnificó las cualidades de su último ligue, una espléndida mujer de cincuenta y cuatros años.
Sánchez, al contrario de Gutiérrez, no había renunciado a las conquistas amorosas. Y para alcanzar su objetivo no reparaba en gastos. Siempre había sido un coleccionista de aventuras. Le gustaban todos los tipos de mujeres: jóvenes, viejas, lindas, feas, gordas, flacas, altas, bajas, ricas, pobres.
A la edad de 72 años estaba convencido de que todavía era un hombre atrayente, dotado de una inteligencia aguda y de una conversación brillante. Las señoras no tenían ninguna excusa válida para negarse a ir a la cama con él al menos una vez.
- Me dijo que soy el hombre más fascinante que nunca haya conocido. - se jactó el almirante.
- Esperemos que cuando te quitarás la ropa y te quedarás en calzoncillos ella no cambie de idea, al ver a un viejastro flácido y decrépito. - pensó divertido el coronel.
Después de media hora Gutiérrez no aguantaba más escuchar, pero se impuso resistir por el bien de su nieto. Su sacrificio no fue vano ya que después del aburridísimo informe clínico-sentimental logró descubrir en pocos segundos lo que le importaba saber sin comprometerse.
- ¡Qué pequeño es el mundo! - exclamó - ¿Sabés a quién encontré aquí en Milán? Un prisionero de El Circo. Gabriel Díaz, el loco. Te hablé de él una vez.
- No me acuerdo.
- Su hermana Leonor estaba contigo en el Club Naval. Estaba embarazada.
- De Leonor Díaz me acuerdo bien.
- Esperaba una nena que luego vendiste al teniente Ruffo.
- Te equivocás, Gustavo. Esperaba un varón que le regalé a mi prima Noemí.
- ¡Muy linda mujer tu prima!
- De joven era linda. Ahora está hecha un loro. El tiempo destruye todo.
- ¡Cojudo! Es fácil joderte. - se regodeó dentro de sí el coronel. Luego continuó la conversación como si nada.
- ¿Y tu cuñado Enrique? ¿Le pusieron la cadera artificial?
Gael no tardó mucho en encontrar un sitio para transformar en galería de arte. Como David le había repetido muchas veces que el precio no era un problema, pudo permitirse elegir un gran negocio desalquilado en una zona central de Milán.
Un sábado por la tarde Gabriel y Soledad visitaron el local. David aprovechó la ocasión para comunicarles que había descubierto dónde se encontraba el sobrino de Gabriel. El chico vivía en la ciudad de Azul, en la Pampa, con los que creía sus padres, Rodrigo y Noemí Camára, quienes lo habían adoptado a través de un pariente almirante. Por el momento no sabía más, pero había encargado a un investigador que hiciera búsquedas y en los próximos días podría seguramente darles otras informaciones.
La noticia trastornó mucho a los Díaz.
- No veo la hora de ir a la Argentina a conocer a mi primo. - dijo Gael.
- Cuando quieras reservo los boletos de avión.
- Hacélo enseguida.
- Les pueden hospedar los abuelos. - sugirió Soledad.
- Su casa es pequeña. En un hotel estaremos más cómodos.
- Hay otras novedades. - añadió David - Antes de partir les devolveré la suma que fue pagada para el rescate de Soledad. Revaluada y con los intereses, claramente.
Gael estaba entusiasta. Pronto conociría a su primo y ahora que ya no tenían problemas de dinero sus abuelos se trasladarían a Italia. Su familia estaba por reunirse.
- Ustedes lo creen todo fácil, como si Gutiérrez no existiera.
Soledad estaba preocupada por la reacción que podría tener el coronel.
- Quedáte tranquila. Mi padre no nos pondrá ningún obstáculo. - le aseguró David.
Gael esperó que sus viejos volvieran a casa para preguntarle a David cómo lo había logrado.
David le contó que había amenazado a su padre con no hacerle ver a su nieto si no hubiera hallado a su primo.
Había otra cosa que le interesaba a Gael.
- ¿La dejaste?
- Todavía no.
- ¿No será que aunque no querés admitirlo estás enamorado de ella?
- No. Esta noche voy a hablarle.
Para David enfrentar a Elena fue menos complicado que lo que pensaba. Ella en un primer momento negó todo, luego, puesta entre la espada y la pared, le rogó que la perdonara. Él fue comprensivo pero inflexible y rompió el noviazgo.
También decirlo a su padre fue para David menos difícil que lo previsto. Al principio el coronel se enfureció y como un volcán en erupción vomitó una avalancha de insultos y amenazas hacia Elena, incluso el augurio de que genere a un hijo mongólico. Luego juró que no se arruinaría los últimos años de vida por culpa de una puta y se calmó.
Dos días antes de la salida David puso al corriente a Gutiérrez que viajaría a la Argentina con Gael, asegurándole que actuaría con la máxima prudencia. Quien denunciaría a los Camára sería la Asociación de las Abuelas de Plaza de Mayo y su nombre no aparecería en ninguna acta oficial.
El coronel le deseó buen viaje con una mueca sarcástica.
En una decena de horas David y Gael pasaron del frío invernal de Milán a la quemazón veraniega de Buenos Aires. Del aeropuerto se fueron directamente a la casa de los padres de Soledad. Andrés y Matilde no lograban comprender por qué querían alojarse en un hotel y intentaron en vano convencerlos a quedarse con ellos.
Por fin, a las nueve de la tarde, entraron en la habitación que habían reservado en un elegante hotel de la Avenida de Mayo. Gael se desvistió y se acostó. David fue al baño y llamó a su padre con el celular.
- Apenas llegué al hotel. El viaje fue bien. - empezó.
- El médico dice que tengo úlcera. - lo informó Gutiérrez con acritud.
- Lo siento.
- Vos me hiciste enfermar. Yo ya no vivo por el terror a que nuestro nombre acabe en la boca de todos.
- Ya te dije que la denuncia contra los Camára será presentada por las Abuelas de Plaza de Mayo.
David estaba demasiado cansado para resistir ulteriormente una conversación de aquel tenor y se despidió.
- Te llamo mañana. ¡Chau!
Vuelto al cuarto se quitó la ropa, se metió bajo las sábanas y apagó la luz. Después de algún minuto Gael encendió la lámpara de su velador y le apoyó una mano en una cadera.
- No logro dormir. - dijo.
Aunque asustado por lo que podría acontecer, David no se movió.
Gael sabía que debía actuar con cautela y lo besó dulcemente, con los labios entornados. Luego lo atrajo sobre de si, continuando besándolo, le levantó la camiseta y le acarició los hombros y la espalda. Conociendo sus problemas no le pidió que usara el preservativo.
- Nunca me acosté con un hombre. - le reveló.
- Tampoco yo.
Hacía tiempo que Gael esperaba aquel momento. El encuentro con el hijo del coronel Gutiérrez había hecho aflorar en su alma pulsiones nuevas. Al principio había sentido atracción física por David, luego, frecuentándolo, había descubierto que a pesar de que eran diferentísimos, en el carácter, en el aspecto y en el vestuario, se encontraba bien junto a él y había comprendido que lo amaba. Antes de conocerlo nunca había manifestado tendencias homosexuales, pero tampoco nunca se había enamorado de ninguna a mujer.
Cuando Gael le puso las manos en el eslip, David comenzó a agitarse.
- No lo consigo. No lo consigo. No lo consigo. - murmuró abatido.
Luego se sentó y volvió la cabeza hacia la ventana, para rehuir la mirada de Gael.
- No te preocupés. A mí también me ocurrió. A todos les ocurre. Es la emoción.
- No es la emoción. Yo sufro de impotencia. Me hice curar por especialistas de medio mundo, sin ningún resultado. Ya probé con todo: psicoterapia, fármacos de cualquier tipo... ¿Entendés ahora por qué Elena me traicionaba? Es inútil iniciar una historia que no tiene porvenir. Dejá estar.
Gael tomó la cara de David entre las manos.
- Irá todo bien.
Se durmieron abrazados. La mañana después se despertaron casi contemporaneamente. La habitación estaba inundada por la luz del sol, caliente y deslumbrante. Se quedaron a deleitarse en la cama por un rato, hasta que David se levantó y dijo que iba a ducharse. Después de unos minutos Gael lo alcanzó en el baño. David al principio se sintió incómodo, luego se acostumbró a su presencia.
Gael estaba seguro de que David se curaría completamente de la impotencia. Aunque reventaba por hacer sexo con él, decidió que no forzaría los tiempos: por ahora no iría más allá de los besos y las caricias.
Por una semana David y Gael recorrieron a lo largo y a lo ancho Buenos Aires, saboreando de nuevo los colores, los olores y los sonidos de la ciudad en la que habían nacido. David volvió a ver los lugares que habían marcado su infancia y su adolescencia y encontró a amigos y conocidos que no veía desde hacía años. Gael lo llevó donde un tiempo surgía El circo. El viejo centro ilegal de detención había sido vendido por el ejército a los particulares, quienes lo habían en parte demolido, en parte transformado en un taller textil. En los locales en los que Gutiérrez hacía torturar a los opositores del régimen, ahora inmigrados bolivianos clandestinos trabajaban doce horas al día a cambio de un puñado de pesos.
Un día, frente a la Casa Rosada, David y Gael se dieron con un grupo de veteranos de las Malvinas que protestaban para conseguir la revaluación de la pensión que les había concedido el presidente Menem.
El más aguerrido en reivindicar sus derechos era un ex teniente de la marina que durante el hundimiento del General Belgrano había perdido un brazo y un pie. Para demostrarle su solidaridad Gael le apretó la mano, sin saber que el hombre era un antiguo conocido de su madre, es decir Joseph Bertin, alias Marcelo Castro.
En otra ocasión David y Gael, sentados a una mesa cerca de la vidriera de un bar de la Avenida de Mayo, asistieron a un cortejo de organizaciones de izquierda. Los manifestantes desfilaban rumbo a la sede del Congreso levantando carteles y pancartas y gritando frases contra el gobierno.
Un anciano cliente del bar, demacrado y amojamado, expresó en voz alta su contrariedad.
- ¡Ablandahigos! ¡Mequetrefes! La policía tedría que intervenir y llevarlos a todos a la cárcel.
Un transeúnte de unos setenta años empezó a despotricar contra los manifestantes, gesticulando animadamente. Un joven se separó del cortejo y le tiró un puñetazo en la cara. Una camarera comentó:
- Ese viejo era un milico. Lo vi en televisión. Se hacía llamar Rubio. Les ha insultado y ellos han reaccionado. ¡Le está bien empleado!
- ¿Por qué no va a defenderlo? - le preguntó Gael al cliente que había hablado antes.
- ¡Se lo ha buscado! ¡Que se la arregle solo! A mí me importan mis dientes.
Otros manifestantes agredieron al Rubio con patadas y empujones. El hombre, tambaleante y con la boca llena de sangre, se refugió dentro del bar, precipitándose en el baño.
Un gruppo de personas del cortejo siguieron al Rubio en el bar, seguidos a su vez por una decena de policías. Los uniformados lograron con mucha dificultad escoltar al ex represor fuera del local y subirlo a una de sus camionetas, que se alejó entre patadas y escupitajos.
- En vez de detenirlo la policía lo protege... El Rubio trabajaba en El Circo. Podría ser él mi padre. - constató Gael, amargado.
David tuvo el impulso de abrazar a su compañero y de consolarlo, pero se retuvo de hacerlo para no escandalizar a los presentes.
Azul, la ciudad de los Camára, se encontraba en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital. David y Gael la alcanzaron en auto. Durante el trayecto a través de llanos que parecían no acabar nunca vieron enormes manadas de ganado que apacentaban. De vez en cuando se cruzaban con un gaucho a caballo.
En Azul muchos edificios tenían la fachada en estilo europeo. En la plaza central se erguían una catedral neogótica y un teatro de arquitectura neoclásica. Al norte de la ciudad corría el río Azul, en torno al que había sido construido un gran parque con un club de remo, un balneario y un campo de polo.
A los hoteles del centro David y Gael prefirieron un estancia que hospedaba a turistas en los alrededores de la ciudad. Su habitación tenía una terraza que daba a la llanura y una ventana asomada a un un patio engalanado de plantas y flores perfumadas.
En la cama, antes de dormirse, David recordó que una vez su padre habría querido llevarlo consigo en la Pampa, a la caza de ciervos y jabalíes, pero su madre se había opuesto taxativamente. Susan era un tipo tradicionalista y rutinario y le gustaba transcurrir las vacaciones siempre en los mismos sitios: Mar del Plata y San Martín de los Andes. Lugares de veraneo ideales por las familias burguesas, frecuentadas por hordas de turistas, detestados por Gutiérrez. Para relajarse el coronel a menudo se concedía partidas de caza con sus amigos, en las cuales en cambio, con su gran pena, David no podía participar.
En la espera de encontrar a los Camára David y Gael decidieron visitar Coros, la aldea natal de Gabriel. Partieron por la mañana temprano. El sol estaba bajo sobre el horizonte y parecía una gran pelota anaranjada.
- Cuando mi primo descubra la verdad no querrá más ver a los Camára. - dijo Gael durante el viaje.
- No es así simple.
- ¿Cómo podría continuar viviendo con los cómplices de los que mataron a sus padres?
David no contestó.
- Yo no sabía que era gay antes de conocerte.
- Yo lo descubrí a los quince años.
- ¿Te confiaste con alguien?
- Sólo con un cura que era también mi profesor de matemáticas.
- ¿Qué reacción tuvo el cura? ¿Estaba escandalizado?
- No. Al contrario. Fue muy comprensivo. Al final del coloquio me recomendó: “Por caridad, no se lo contés a tu padre. Sería capaz de hacerte lobotomizar”.
David y Gael rompieron a reír fragorosamente.
- Las novias que tuve servían para esconder mi omosexualidad a los ojos de la gente.
Ahora se advertía mucha amargura en las palabras de David: siempre había vivido su condición con grande vergüenza y por años había debido escuchar las chanzas de mal gusto de su padre sobre los gay sin reaccionar.
Gael sintió una gran compasión por él y le acarició una mejilla.
David reflexionó que estaba afortundo al tener un compañero como Gael. Nadie había sido nunca tan cariñoso hacia él. Su madre, más que darle cariño, lo sofocaba con sus atenciones de manía y sus preocupaciones exageradas, tanto que cuando había muerto, además que por un dolor devastador, había sido invadido por un incontenible sentido de liberación. En un primer momento Gael le había aparecido como un muchachito descarado y provocador, pero luego se había revelado mucho más serio y maduro de lo que pareciera. David sentía que Gael era sincero con él y que nunca lo traicionaría.
En la única plaza de Coros, delimitada por una iglesia decrépita, seis casas, una fonda con el letrero torcido y una polvorosa tienda de comestibles, flotaba una atmósfera de incuria y desolación. Todo alrededor se extendía la Pampa inconmensurable, sembrada de estancias aisladas.
La fonda "José Luis" era sucia y sin aire condicionado. El tabernero, un hombrachón chorreante de sudor que se taponaba de continuo la cara con un pañuelo, les sirvió a David y a Gael un asado semicarbonizado con una guarnición de verduras recocidas y insípidas.
Después de haber almorzado, David y Gael se fueron al pequeño cementerio del pueblito y recorrieron sus sendas desiertas bajo el sol alto de la primera tarde. El calor mixto con la humedad era asfixiante. La tumba que buscaban estaba recubierta de tierra y de hierbajos, señal de un abandono decenal. Sobre la lápida sin fotografías estaban grabados los nombres y las fechas de nacimiento y de muerte de los padres de Gabriel: Osvaldo Díaz 1920-1980 y Mariana González 1930-1980.
Gael pensó que a diferencia de sus abuelos sus tíos nunca tendrían una tumba. Sus restos probablemente estaban esparcidos en alguna fosa común. O quizás se encontraban sobre el fondo del Río de La Plata, junto a los de millares de otros desaparecidos.
La casa en la que Gabriel había vivido hasta la edad de dieciséis años estaba ahora hecha una ruina. Profundas grietas surcaban las paredes desconchadas y el poco revoque quedado, originariamente celeste, era casi completamente desteñido. A través de los vidrios de las ventanas, cubiertos por una espesa capa de polvo, se podían entrever enormes telarañas pendientes del techo.
- Quiero ver cómo es adentro. Echemos la puerta abajo. - dijo Gael.
- ¿Estás bromeando? Nos arrestarán.
- Aquí no habita más ninguno desde hace años... Yo empujo hacia esta parte y vos hacia la otra.
David consintió con reluctancia, sólo para no pasar por el que siempre dice no.
Las bisagras de la vieja puerta cedieron al primero espaldarazo. Antes rodaron a tierra, luego se ayudaron a levantarse recíprocamente, riendo como niños que apenas han hecho una travesura.
- ¿Todo bien?
- Parece que sí.
En la euforia del momento Gael, convencido de que había llegado el momento justo, unió sus labios a los de David y lo besó como todavía no había hecho, sin frenar su deseo. Luego le desabrochó los pantalones, diciendo que allí nadie los podía ver. David se retrajo.
- ¡No!
- ¿Por qué? Soltáte.
- Es inútil.
David tenía los ojos bajos, mortificado.
- Disculpáme. No quería forzarte.
- No es culpa tuya.
Detrás de la casa había un terreno baldío.
- En este campo sembraban el trigo. - dijo Gael para romper la tensión - Debemos comenzar a pensar en el futuro, en donde iremos a habitar.
- No podemos ir a vivir en la misma casa.
- ¿Por cuál razón?
- Mi padre nunca lo aceptaría. Él desprecia a los gay. Si revelara públicamente mi homosexualidad ya no querría tener nada que ver conmigo... Tratá de entender. Mi padre es todo lo que me queda de mi familia. No tengo corazón para cortar las relaciones con él.
- Habría debido esperarmelo... Yo creía que iríamos a habitar juntos. Quería formar una familia contigo.
- Yo pensaba que vos también...
- ¿Qué? ¿Qué yo también me conformara con una relación clandestina?
- Vivimos en la misma ciudad. Podemos vernos todos los días.
- ¿Fingiendo que sólo somos amigos? Tal vez encontrando a una novia para guardar las apariencias.
Gael aferró a David por los hombros y casi lo suplicó.
- Yo te amo. No dejés que tu padre siga condicionando tu vida.
- No puedo.
- Díme al menos que lo pensarás.
- No. No puedo. - repitió David.
- Es mejor acabarla aquí. Cuando volvamos a Italia cada uno se irá por su calle.
Gael alcanzó el coche. David lo siguió y sólo logró decir:
- Lo siento.
El cielo se oscureció al improviso. El sol desapareció detras de un capa de nubes grises. No se echó a llover, pero durante todas las tres horas que emplearon para regresar a la estancia el fragor del trueno resonó amenazador a lo lejos.
Después de la discusión en el campo detrás de la vieja casa de Gabriel, entre David y Gael bajó un muro de frialdad y de silencio. Apenas se dirigíian la palabra, y sólo por lo estrictamente necesario. En la cama se volvían la espalda todo el tiempo y no se duchaban más juntos. David sobre todo sufría la situación. Era Gael quien lo evitaba.
El encuentro con los Camára tuvo lugar en una habitación de un despacho de abogado de Azul, en una tarde bochornosa y soleada. Rodrigo Camára y su esposa Noemí eran dos individuos bastante grotescos. La mujer, con un pesado maquillaje, parecía embalsamada: culpa según algunos, mérito según otros, de un renombrado cirugiano plástico de Córdoba. El hombre lucía un penoso emparrado de varias mechas trenzadas.
Los Camára eran emprendedores agrícolas: poseían millares de hectáreas de terreno, destinados al cultivo cerealista. Vivían en un grande estancia y tenían decenas de dependientes.
- ¿Qué quieren de mí y mi esposa? - empezó Camára - ¿Por qué nos pidieron que nos reuniéramos en este despacho de abogado?
David y Gael habían resuelto que sólo David hablaría, mientras Gael escucharía.
- Ayer por la mañana fue presentada una denuncia de robo de menor contra ustedes. Por el bien de Pablo, les aconsejo que le conten la verdad sobre su nacimiento, antes de que la descubra por la televisión y los periódicos.
Las palabras de David golpearon a los Camára con la violencia inesperada de un rayo. Los dos pensaban que habían sido contactados a causa de la herencia de una anciana tía que se disputaban desde hece meses con el resto de su familia.
- Pablo es nuestro hijo, no lo raptamos, yo lo parí. Hay las fotos de cuando estaba embarazada, los exámenes médicos, los certificados de la clínica donde nació. - dijo Noemí Camára.
- Es todo falso. No será difícil demostrarlo.
- Mi marido no es un militar. Eran los militares y los policías los que raptaban a los hijos de los desaparecidos. Están cometiendo un error.
- No, señora. El error lo cometió usted hace muchos años... Es inútil que neguen. Tenemos demasiadas pruebas. Les conviene colaborar con la justicia, así obtendrán una condena leve.
Rodrigo Camára intervino en la discusión, con una actitud arrogante.
- Les conviene a ustedes dejarnos en páz si no quieren acabar mal. Tenemos muchos conocidos encumbrados que pueden hacer estancar cualquier investigación de la magistratura y dar una lección a quien se entromete en los asuntos de los demás.
- Ninguno de sus amigos encumbrados les ayudará. Los militares comprometidos con la dictadura ya no tienen el poder que tenían en el pasado y la magistratura ya no sufre su condicionamiento como un tiempo... Confesen. Y asuman sus responsabilidades.
Rodrigo Camára no rebatió. La perspectiva de pasar los siguientes seis o siete años entre aulas de tribunal y celdas penitenciarias lo angustiaba hasta quitarle el respiro. Se sentía como si un peñasco le estuviera aplastando el pecho.
Noemí Camára volvió con la memoria a veintiséis años atrás, cuando, harta de sentirse echar en cara por su marido su esterilidad, había decidido dirigirse a su primo Raúl para obtener a un niño que habría hecho pasar como suyo. Su primo, almirante de la marina militar, una vez le había contado que los hijos de los subversivo eran separados de sus familias, para evitar que se volvieran delincuentes como sus padres. La mujer se había auto convencido que hacerse confiar al hijo de un terrorista no era un expediente para esquivar la restrictiva ley sobre las adopciones vigente en la época en la Argentina: era una buena acción, un servicio hecho por la colectividad, y por encima a su muerte el chico heredaría una montaña de dinero.
Por seis meses había fingido que estaba embarazada, luego se había hecho internar en una clínica de Buenos Aires, donde unos médicos y empleados complacientes habían certificado el nacimiento de su primogénito: un varón de tres quilos y ocho hectogramos de peso. Había vuelto a casa teniendo en brazos al recién nacido que su primo Raúl le había hecho llevar a escondidas a la clínica, después de haberlo arrancado a su madre. Ella y Rodrigo se habían apegado enseguida al niño, que, por un caso afortunado de la suerte, se le parecía vagamente. Desde entonces dudas, virajes, remordimientos: tampoco uno.
David y Gael se levantaron. Antes de salir David concluyó:
- Refieran a Pablo que su primo Gael desea encontrarlo. Nos veremos en el tribunal.
Los Camára fueron incriminados de apropiación de menor y falsificación de documento público. Considerado la cantidad de pruebas en su contra, el juez federal al frente de la causa dispusó la prisión preventiva de ambos.
Cuando dos policías escoltaron a los Camára fuera del despacho del magistrado otros dos policías acompañaron adentro del despacho a un hombre en vestidura talar. Se trataba del sacerdote al que Soledad había pedido ayuda para hallar a Gabriel. Su pelo se había encanecido, pero su barba todavía era roja.
El Padre Renzo, con la promesa de interceder para hacer liberar a sus seres queridos, había estafado notables cifras de dinero a muchos parientes de desaparecidos, acumulando una fortuna, que había invertido en casinos. Pero no era por esto que había sido detenido. Ante la justicia tenía que responder de delitos mucho más graves: secuestros de persona, torturas y homicidios cometidos durante la última dictadura, en complicidad con los militares.
Un numeroso grupo de fotógrafos, periodistas y camarógrafos siguió a los Camára mientras recorrían el pasillo del tribunal, dirigidos hacia la salida, y les sometió a una ráfaga de preguntas.
- Señora Camára, ¿cómo se encuentra?
- ¿Cómo reaccionó su hijo a la noticia que no son sus verdaderos padres?
En el pasillo también estaba Pablo, junto a su novia. El chico tenía una mirada transida. Los Camára no habían encontrado el ánimo para revelarle que era hijo de desaparecidos: lo había descubierto el día de su arrresto.
- Mi primo está destruido. - dijo Gael - Tal vez hubiera sido mejor dejar las cosas como estaban.
David le alentó.
- No debés sentirte en culpa. Pablo tenía el derecho a conocer la verdad.
La cronista de una emisora local, acompañada por un camarógrafo, acosó de preguntas al primo de Gael.
- ¿Usted es Pablo Camára? ¿Cuál es su estado de ánimo en este momento?
- No tengo nada para decir.
- ¿Qué prueba respecto a las personas que la adoptaron ilegalmente? ¿Piensa que un día podrá perdonarlos?
- No tengo nada para decir.
- ¿Ya encontró a su familia biológica?
- ¡Basta ya!
David y Gael se acercaron a la periodista.
- ¡Se vaya! - le intimó David. Pero la mujer estaba tenaz.
- ¿Ustedes quiénes son? ¿Parientes de los verdaderos padres o de los adoptivos?
- Si no te vás te hago tragar el micrófono! - la amenazó Gael, logrando por fin que ella se alejara. Luego se presentó tímidamente a su primo.
- ¡Hola! Yo soy Gael.
Pablo también estaba intimidado.
- ¡Hola!
Gael indicó con la cabeza a David.
- Él es mi amigo David.
Intervino la novia de Pablo.
- ¿No me presentás a tu primo?
- Ella es Denise, mi chica.
- Casi es hora de almorzar. ¿Quieren venir a comer con nosotros? - les propuso Denise a David y a Gael.
- ¡Con mucho gusto!
Gael y Pablo transcurrieron juntos una entera semana, conociéndose y hablando del pasado y del presente. El día de los saludos Pablo dijo que no podía abandonar a sus viejos porque ellos lo habían criado y siempre lo habían tratado bien.
Gael, visiblemente decepcionado, se despidió de su primo abrazándolo, esperando que cambiara de idea.
Manejando hacia la estancia se le llenaron los ojos de lágrimas. David estaba disgustado por él, pero comprendía perfectamente lo que estaba pasando Pablo. Era difícil librarse del condicionamiento de un padre prepotente y violento, como era el suyo y como probablemente era también Rodrigo Camára.
En la habitación inmersa en la penumbra, a través de los postigos cerrados, filtraba un solo rayo de sol.
- Me está bien estar contigo con tus condiciones.
Las palabras de Gael le llegaron a David inesperadas, mientras preparaban las valijas.
Viendo su incomodidad, Gael añadió:
- No es necesario que vos digas nada.
Y volvió a reponer la ropa.
Las cosas se habían arreglado, no como habrían querido, pero eran de nuevo una pareja.
Después de la cena se fueron a la terraza para admirar por última vez el panorama, en el fresco de la tarde.
El espectáculo de la Pampa silenciosa y ilimitada serenó sus ánimos.
David pasó un brazo en torno a los hombros de Gael y lo atrajo a si. Gael se le estrechó aún más. Se quedaron amartelados largo rato, mientras la luz del crepúsculo descoloraba lentamente en el negro de la noche. Tenían muchas cosas para decirse, pero aquel abrazo interminable las puso superfluas.
En la madrugada David fue invadido por la gana de hacer sexo. Empujado por un ardor que nunca había sentido besó a su compañero, que le daba la espalda, en el cuello, despertándolo. Sintiendo su erección Gael se quitó el eslip, se metió boca abajo y abrió las piernas. David le entró adentro sin demasiada fatiga. No duró mucho. Al final se abandonaron supinos en la cama, afanosos. En cuanto recobraron algunas fuerzas se acercaron el uno al otro. Gael apoyó la cabeza en un hombro de David y David le dio un beso en la frente, un beso que era al mismo tiempo una demostración de cariño y de gratitud.
Gabriel, Soledad, Gael, Andrés y Matilde se fueron a vivir todos juntos en un departamento alquilado en un barrio central de Milán, cerca del edificio en donde vivía David.
Gael no necesitó decirle a su familia que amaba a David. Fue Soledad quien afrontó la cuestión.
- ¿Vos y David irán a vivir juntos? - le preguntó, con leve incomodidad.
- No. - contestó Gael
- Pensábamos que...
- Preferimos que nadie sepa de nosotros dos.
Viendo sus miradas serenas, Gael comprendió que sus padres y sus abuelos habían aceptado su relación con David sin traumas.
En realidad Soledad, Andrés y Matilde habían quedado bastante turbados por la descubierta de la omosexualidad de Gael, pero por amor al chico habían decidido esconder su desconcierto. Para Soledad era duro sobretodo aceptar el pensamiento que nunca tendría nietitos. Solo Gabriel, que siempre había tenido una mentalidad bastante abierta, había aceptado la cosa como si fuera la más natural del mundo. Pero, en el fondo, a él también le dolía no poder tener nietos.
Después de muchos virajes, David decidió confesar la verdad a su padre. No teniendo el ánimo para hablarle personalmente, le entregó una carta en la que le contaba que se había enterado de que era homosexual durante la adolescencia y que él y Gael se habían enamorado y le aseguraba que se portaría de modo que ninguno viniera en conocimiento de su unión con otro hombre.
Después de haber leído la carta Gutiérrez se quedó pedrificado, el rostro tenso y contracto semejante a una máscara torva, hasta que su hijo le dijo:
- En breve abriremos una galería de arte. Me gustaría mucho si vinieras a visitarla.
El coronel no profirió palabra. Frente a su mutismo impenetrable, David no pudo hacer otra cosa que saludarlo y irse.
David continuó trabajando diez horas al día en la Syntec. Gael se entregó en cuerpo y alma a decorar la galería de arte y a la publicación de su novela. Se veían a ratos perdidos: después de cenar, el fin de semana. Las veladas las pasaban en el departamento de David. Antes de que el sueño lo venciera, Gael se levantaba de la cama y volvía a su casa. David se sentía en culpa porque entendía que Gael habría querido transcurrir más tiempo junto a él, pero no tenía la fuerza para cambiar las cosas y chocar con su padre.
La galería de arte fue inaugurada en junio. A primeros de agosto Gutiérrez visitó el local durante el horario de cierre.
Frente a la creatividad de cuadros y esculturas de artistas africanos, asiáticos y suramericanos el coronel negó con la cabeza.
- No entiendo de arte contemporánea. No entiendo nada.
- A decir verdad tampoco yo. - admitió David - Estoy contento de que vos hayas aceptado mi invitación.
Gutiérrez esbozó una sonrisa. El retrato que lo inmortalizaba pintado por Gael llamó su atención.
- ¿Qué es éste?
- Una criatura mitológica.
David cambió enseguida de tema. La primera cosa que le vino a la mente fue que en la Argentina apenas había sido nombrado presidente el peronista Néstor Kirchner.
- La Argentina tiene un nuevo presidente. ¿Qué opinás de Kirchner?
- Que es un pelotudo. Con sus insensatas reformas hará caer el país en un abismo.
La pregunta de David no habría podido ser más inoportuna. Kirchner en efecto, desde el día de su elección, se había mostrado determinado a eliminar la impunidad y los privilegios de los que todavía gozaban los militares golpistas. Para demostrar que hacía en serio, en pocas semanas había relevado de su cargo y reemplazado a las cúpulas de las fuerzas armadas y había pasado a retiro a decenas de generales, almirantes y brigadieres. Además, a fines de julio había revocado un decreto de su predecesor De la Rúa que impedía la extradición de los militares argentinos imputados en juzgados extranjeros, consentiendo el arresto de 46 oficiales incriminados por un tribunal de Madrid por la desaparición de personas de nacionalidad española durante la dictadura.
En la firme intención del presidente de renovar la Corte Suprema, haciéndole recuperar la autonomía del poder politico que había perdido durante el gobierno de Menem, Gutiérrez veía segundas intenciones.
- Kirchner es un maldito comunista y quiere vengarse de los militares que mataron a sus amigos terroristas. Primero echará uno a uno a todos los miembros de la Corte Suprema de Justicia y los reemplazará con sus hombres. Una vez obtenido el control absoluto de la Corte hará declarar inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y nos mandará a todos en prisión... ¡Si a las fuerzas armadas hubiera quedado una migaja de orgullo!
David tocò un argumento que le preocupaba bastante.
- El Rubio fue detenido. Lo acusan de haber secuestrado y vendido al hijo de una de las presas de El Circo a otro militar, el capitán Roberto Báez.
Todos los periódicos y los canales de televisión argentinos habían hablado de ese hecho, a causa de una consecuencia trágica. Cuando la policía se había presentado en la casa del matrimonio Báez para arrestarlo, la mujer del capitán por la emoción había tenido un infarto, que la había matado en tres minutos.
- Si el Rubio hiciera tu nombre...
La frase de David se quedó en suspenso.
- No sucedería nada. El Rubio no es más que un miserable sargento y yo un coronel. Aunque me acusara de complicidad ningún juez le creería... ¿Tu socio cómo está?
- Bien. El trabajo le da muchas satisfacciones. En pocos meses vendió casi todas sus obras... La semana que viene será huésped en un famoso programa televisivo para presentar su primera novela.
Gutiérrez hizo un gesto de irritación.
- Carajo, yo no entiendo si vos sos tonto o lo hacés adrede porque la tenés tomada conmigo. Me asegurás que serás discreto y luego mandás a tu amiguito a hacerse entrevistar en televisión delante de millones de personas.
La enésima humillación verbal de parte de su padre se puso la gota que colma el vaso. David sintió subirsele adentro un imparable sentido de rebelión y de rabia, que transparentó en su tono de voz.
- No tenés nada que temer. Gael no hablará de su vida privada.
- Él no, ¿pero los periodistas? Podrían hacer investigaciones. Cuando sospechan que hay podredumbre en alguna parte se le lanzan encima como buitres sobre una carroña. Son gusanos asquerosos. Sienten gusto a hurgar en la basura.
- Mis sentimientos no son basura.
- Si se descubre tu historia con el hijo de los Díaz llegaré a ser el hazmerreír de todos mis amigos. No podré más salir de casa.
- ¿Desde cuándo te importa tanto el juicio de tus semejantes? Nunca escondiste tu pasado de represor.
- Yo no era un represor, era un soldado que combatió y venció una guerra para salvar su patria del terrorismo comunista.
- Te da vergüenza tener un hijo homosexual pero no que sobre tu conciencia recaiga la muerte de miles de seres humanos. Según vos amar a una persona de tu mismo sexo es peor que matar, torturar, robar y violar.
- Ya te dije que eran los suboficiales los que maltrataban a los prisioneros. Y yo no podía hacer nada... Tenés que convencer a Gael a renunciar a la entrevista.
- No. No sería justo.
- ¡Sos un ingrato! Yo me desangré para procurarte una posición importante en la sociedad. Te compré una fábrica a costa de grandes sacrificios.
- ¡Sacrificios! ¿Cuánto fue fatigoso constreñir a madres desesperadas a cederte todo a cambio de la vida de sus hijos?
- ¡Pará, carajo! Tu moralismo ipocrita me da náuseas. ¡Está bien, confieso! Durante la dictadura hice torturar y matar a centenares de subversivos. Soy un despiadado homicida. Pero vos no sos menos culpable que yo, porque aunque en esa época hubieras sido adulto y consciente de lo que estaba aconteciendo, no habrías movido un dedo para salvar a esa gente. ¡Negálo si tenés el coraje!
- No lo niego. Soy un vil. Me doy asco solo porque a causa de aquéllos como yo en la Argentina los delincuentes mandonearon por años.
El silencio que bajó entre él y su padre le permitió a David recobrar la calma y concluir con tono tranquilo pero resuelto:
- Aunque me repudies como hijo, no esconderé más el amor que siento por Gael. Y no volveré más a trabajar en la Syntec.
Antes de irse, Gutiérrez dijo con frialdad:
- Te deseo mucho éxito con tu galería. Llamáme de vez en cuando. Nos vemos.
Gael se le acercó a David. Había escuchado su discusión col coronel en una habitación contigua.
- ¡Perdonáme! ¡Perdonáme! - murmuró David, abrazándolo.
De aquel momento su vida tomó otro curso.
Ya no tuvieron secreta su relación. Gael se trasladó a casa de David. David se matriculó en la facultad de Abogacía. Después de algunos meses volaron a los Estados Unidos, donde adoptaron a un recién nacido de origen hispano a quien llamaron Gabriel y apodaron Gabi para distinguirlo de su abuelo.
David en un principio quedó algo trastornado por la llegada de Gabi: no lograba darse cuenta de que aquella criatura frágil e indefensa era su hijo y se sentía inadecuado como padre. Gael había tenido que insistir mucho para convencerlo a adoptar a un niño. David, en efecto, pensaba que una pareja de gay no era apta para criar a un hijo, porque ofrecía un modelo de padres de un solo sexo, excluyendo la figura materna. Luego, pero, viendo que Gabi crecía sereno y equilibrado, cambiaría de opinión.
Gabriel se apegó a Gabi de manera casi morbosa. Pasaba horas y horas jugando con él, mimándolo o mirándolo dormir. Por la noche se levantaba de la cama varias veces para controlar que respirara bien. En breve tiempo sus condiciones psicológicas mejoraron notablemente. Cuidar a su nieto era para él una terapia que tenía lejos las crisis depresivas.
A fines del año Pablo se fue a Italia para conocer a Gabriel. Gael se sintió como si se hubiera tomado la revancha cuando su primo le confió que sus relaciones con los Camára ya no eran las de antes. El descubrimiento del modo en que había sido adoptado lo había alejado de ellos y había abierto en él una herida que difícilmente se cerraría.
David aprobó sus primeros exámenes universitarios con el máximo de las notas. A menudo el chico pensaba qué opresiva e insoportable habría sido su existencia si la suerte no le hubiera hecho encontrar a Gael. Siguió frecuentando a su padre por el sentido del deber, evitando escrupulosamente hablarle de su relación con su compañero. Fue el coronel quien aludió a la cuestión.
- ¿ En la pareja, vos sos el hombre o la mujer? - preguntó una vez a quemarropa.
David, con un hilo de voz, le contestó "El hombre".
Él comentó cáustico:
- Al menos eso.
Y no volvió nunca más al argumento.
Col pasar de los meses los encuentros entre David y Gutiérrez se pusieron cada vez más fríos, breves y esporádicos, hasta que, después de que la Syntec fue vendida por 10 millones de euros, se interrumpieron definitivamente. Sin embargo David, contra cada lógica, siguió abrigando la ilusión que su viejo un día cambiaría, volviéndose, si no un padre, al menos un abuelo cariñoso.
A consecuencia de la plena confesión de los Camára el almirante Sánchez fue detenido. Por razones de salud le otorgaron enseguida el arresto domiciliario, del que se evadió muchas veces para ir a divertirse en los locales nocturnos con sus amigos.
La cerimonia de conmemoración del 28ø aniversario del inicio de la dictadura en Argentina, el 24 de marzo de 2004, fue caracterizada principalmente por dos eventos. Antes, en el Colegio Militar de Buenos Aires, en presencia del presidente de la república Néstor Kirchner y de los altos mandos militares, el Comandante en Jefe del Ejército Roberto Bendini subió a un banquito y quitó de una pared donde estaban colgadas las fotografías de los directores del colegio los retratos de los ex presidentes Videla y Bignone. Luego Kirchner pidió públicamente perdón por los crímenes cometidos por el estado durante la dictadura y anunció que la Esma, la Escuela de Mecánica de la Armada, sede de uno de los mayores centros clandestinos de detención, sería transformada en un museo de la memoria.
- ¡Hemos caído muy bajo! - dijo Gutiérrez a regañadientes mientras delante de sus ojos cargados de livor pasaban las imágenes más significativas de la ceremonia propuestas por el telediario - Las fuerzas armadas se han hundido en la mierda. Kirchner ha reducido a los oficiales en pinches a su servicio... ¿Por qué nadie se rebela? Los argentinos se han convertido en un hatajo de borregos.
Desde el día en que había asumido en la Casa Rosada Kirchner ya había inferido muchas humillaciones a los militares golpistas. La más grande remontaba a agosto de 2003, cuando la Cámara y el Senado, impulsados por el presidente, habían anulado las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, obligando de este modo la Corte Suprema de Justicia, el único órgano institucional con la facultad para abrogar una ley, a pronunciarse sobre su constitucionalidad.
Aunque David nunca llevò a Gabi a su casa, Gutiérrez vio lo mismo al niño. Era otoño avanzado. El coronel estaba atravesando el parque de la calle Solari junto a dos amigos. En el aire, empujadas por el viento, revoloteaban las hojas secas que caían de las ramas de los árboles.
Ocurrió todo en un puñado de segundos.
Una serie de sonoras y alegres risitas infantiles precedieron la visión de Gabi que trotaba alrededor de los chorros de una fuente, seguido por David y Gael.
Gutiérrez, térreo, cambió enseguida de dirección y aceleró el paso. Sus amigos tuvieron que recurrir a todas sus fuerzas para no romper a reír.
A la vergüenza inicial en el ánimo del coronel sucedió un rencor feroz hacia su hijo, que no le había nunca dado ninguna satisfacción y lo había cubierto de ridículo frente a toda la ciudad.
Desde la Argentina cada día llegaban malas noticias para Gutiérrez, excepto el hecho que la economía lentamente se estaba reactivando.
El proceso de renovación de la Corte Suprema procedía rápidamente. En catorce meses tres miembros del máximo tribunal, para evitar un juicio politico, fueron obligados a renunciar. Uno fue destituido por mal desempeño en sus funciones. Sus cargos, quedados vacantes, fueron ocupados por juristas agradables a Kirchner.
Los militares involucrados en los crímenes de la dictadura estaban cada vez más en dificultad. La sociedad los marginaba y un número cada vez grande de magistrados apelaba a la incostitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final para poder encarcelarlos. La abrogación de esas dos leyes sólo era cuestión de tiempo. La Corte Suprema, a pesar de las presiones de Kirchner, oficialmente aún no había tomado una decisión sobre ese asunto y mostraba que no agradecía las interferencias del presidente. Pero el coronel estaba convencido de que era todo un fingimiento para hacer creer a la opinión pública que el poder judicial era independiente del poder político. En realidad los miembros del máximo tribunal, sometidos a Kirchner que les había hecho nombrar, ya tenían lista la sentencia de incostitucionalidad de las leyes de amnistía y dentro de poco la darían a conocer.
Gutiérrez se preguntaba cuál sería su suerte. ¿Padecería un nuevo juicio o se pondría ejecutiva su condena a veinte años de cárcel? Y luego siempre había la incógnita del Rubio y del capitán Báez. ¿Hasta cuándo funcionarían sus amenazas de hacerlos matar si no hubieran tenido la boca cerrada? El coronel no se sentía más al seguro en Italia. Temía que la magistratura habría concedido su extradición, si algún juez argentino la hubiera solicitado.
También el humor y el físico de Gutiérrez ya no eran los de un tiempo: la garra y el vigor con los que siempre había enfrentado la vida lo estaban lentamente abandonando. El coronel estaba deprimido y habría trompeado a quien decía que la vejez era el periodo más bueno de la existencia humana. ¿Qué había de bueno en tener la dentadura postiza y llevar el pañal? Envejecer es una desventura, pensaba. Tu cuerpo se deforma y tenés dolores por todas partes. Los jóvenes no te consideran. Las mujeres si sos rico sólo se juntan contigo para esquilmarte la cuenta en el banco. Si sos pobre ni te veen. Los hijos no esperan otra cosa que te mueras para apropiarse de tu herencia. Un viejo no es nada para nadie.
Gutiérrez se sentía cansado. No aspiraba a más que a algo de paz y serenidad. Las madres de Plaza de Mayo y el presidente argentino comenzaron a atormentarlo mientras dormía. Kirchner le aparecía en sueño con el morro de un gran ratón con los ojitos malévolos, las Madres con el semblante de viejas brujas desdentadas y arrugadas.
A envenenar la vida del coronel contribuyó también considerablemente la noticia que en la Argentina su viejo colega Francesco Salvio había publicado un libro de memorias titulado “Mis días en el infierno de El Circo”. Subtítulo: “Las sobrecogedoras revelaciones de un ex medico torturador arrepentido”. El primer capítulo estaba enteramente dedicado a él, el sádico y malvado coronel Gustavo Gutiérrez, y lo pintaba como una fiera infernal, sedienta de sangre y famélica de dinero.
El 23 de mayo de 2005 el juicio contra los Camára y el almirante Sánchez se concluyó con una condena a cinco años y seis meses de reclusión para ambos los cónyuges. Noemí Camára obtuvo la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad, así que sus amigos descubrieron que tenía seis años más de los que declaraba. El almirante Sánchez befó la justicia muriendo de cáncer de próstata el día antes del veredicto.
La noticia que Gutiérrez esperaba desde hacía mucho tiempo llegó oficialmente el 14 de junio de 2005, en el 23ø aniversario de la deshonrosa y humillante derrota de las Malvinas, pero estaba en el aire desde hacía semanas. La Corte Suprema argentina había declarado inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, consintiendo la reapertura de los juicios contra alrededor de 400 entre militares y policías involucrados en los crímenes de la dictadura, de los que sólo el diez por ciento aún en actividad. 157 ex represores ya estaban detenidos o cumplían detención domiciliaria por motivos de edad.
El coronel sabía que, a diferencia del pasado, las fuerzas armadas no intervendrían para obstaculizar la justicia. Las viejas generaciones eran demasiado aisladas y debilitadas. Las nuevas eran fieles al presidente.
Gutiérrez casi vomitó al sentir al comandante en jefe del ejército Bendini comentar:
- Anular los indultos tiene que ser el paso que sigue. Yo ya lo expresé muchas veces: hay que juzgar y condenar a los responsables, no sea cosa que vayan presos los subtenientes y los de mayor jerarquía queden en libertad.
Cuando en Canal 13 apareció Kirchner el coronel apagó el televisor.
- ¿Y la empresa es tuya?
- Sí.
- Lo imaginaba. ¿Cuánto cuesta tu auto? ¿50.000 euros?
- No. 40.000.
- ¡Vaya! Yo no tengo ni siquiera la plata para comprarme un ciclomotor usado.
- Mi cuarto se encuentra en el piso superior.
Una ancha escalera de mármol beis claro lustroso comunicaba el salón con los dormitorios. Aquél donde entraron era muy luminoso y en estilo moderno. Del exterior provenía el ruido del chaparrón. Riachuelos de agua corrían a lo largo de los vidrios de las dos ventanas.
Gael se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. El dueño de casa tomó del suelo su ropa y la llevó a un baño contiguo. Luego volvió a la habitación y le dio una toalla.
Gael empezó a secarse y continuó con las preguntas.
- ¿Llevás mucho en Italia?
- Quince años.
- Yo y mis viejos estamos aquí desde hace sólo tres meses. Yo todavía no encontré un empleo fijo. En cambio mi madre, aunque es licenciada en Letras, hace de sirvienta en una casa de reposo por una miseria. Desgraciadamente en este país no reconocen nuestros títulos de estudio.
- ¿Y tu padre?
- Padece de depresión. No está en condiciones de trabajar.
- La depresión es una patología muy común, hoy día.
- ¡Ya!... Aunque reparto folletos publicitarios, en realidad yo soy un artista.
- ¿De verdad?
- Sí. Pinto, escribo, creo esculturas. Toco también la guitarra eléctrica en un grupo rock. Los sabados y los domingos vendo mis obras en los mercadillos. Pero no logro mantenerme con mi arte. Todavía no soy bastante conocido. Para ganar algo más me adapto a hacer trabajitos precarios y mal pagados, como repartir volantes.
- ¿Qué tipo de arte es el tuyo?
- Es difícil de explicar. Tendrías que verlo para entender. Mañana estoy en la feria de Senigallia.
Al improviso una voz masculina tronó desde el salón:
- ¡David! ¿Dónde estás?
- ¡Mi padre! - exclamó el dueño de casa, y se precipitó fuera de la habitación cerrando la puerta.
Tratando de no hacer ruido, Gael entornó la puerta de pocos centímetros. Mirando a través de las columnas de la balaustrada vio al recién llegado. A pesar de que lo había encontrado una sola vez quince años atrás lo reconoció enseguida: era Gutiérrez. Envejecido, engordado, casi calvo, pero con el mismo porte miltar que tenía cuando llevaba el uniforme de coronel del ejército argentino.
- ¿Qué hacés todavía aquí? - le preguntó Gutiérrez a su hijo, que contestó incómodo:
- Estaba buscando unos documentos importantes para llevar a la oficina.
Gael cerró la puerta.
- Se fue. Había olvidado en casa los cigarrillos. - dijo David regresando a su cuarto.
Gael lo miró con hostilidad.
- He aquí donde se habían metido. En Italia dándose la gran vida.
David pareció sorprendido.
- ¿Te dicen algo los nombres Gabriel Díaz y Soledad Banchi?
David, enmudecido, no contestó.
- Son mis padres, dos sobrevivientes de El Circo, el campo de concentración dirigido por tu viejo durante la dictadura.
Con gran incomodidad, David dijo:
- Tengo que irme a trabajar. Tengo una reunión dentro de media hora.
- ¿Vos creés que es justo que los responsables de la muerte de 30.000 personas hayan quedado impunes, mientras sus víctimas no tienen ni siquiera una tumba donde sus parientes puedan llorarlos?
- Pasaron tantos años.
David tomó 50 euros en una billetera que tenía en el bolsillo interno de su chaqueta y los alargó a Gael.
- Éstos son por tus volantes.
Gael reaccionó gritando:
- ¡Dáme mi ropa!
David se metió el billete en el bolsillo. Luego se fue a tomar la ropa de Gael en el baño y la apoyó sobre la cama. Gael se vistió.
- Pensaba que vos eras diverso. Espero no volver a verte nunca más. - dijo antes de salir de la habitación dando un portazo.
Quedadose solo, David fue arrollado por una oleada de recuerdos. En su mente pasaron, sobreponiendose, imágenes y escenas de mundos que ya no existían: Matilde Bianchi en lágrimas sentada en el sofá de su casa, Gael niño en el parque, la deposición de Soledad en el juicio contra su padre, el encuentro con la familia Bianchi Díaz en el bar de la calle Florida. El pasado le había visitado inesperadamente, sin preaviso, haciéndole revivir dolores lejanos pero nunca completamente amodorrados.
Gael entró en el centro social Paz, cuyos locales habían sido por muchos años una fábrica de bicicletas. Su amigo Marco estaba dibujando una heladera sobre una pared, mientras un viejo equipo estéreo difundía música rock.
Marco tenía veintidós años y el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Llevaba una chompa deformada, jeans raídos y rasgados y un par de viejas botas.
Gael encendió un porro y por algún minuto se quedó en silencio, fruncido, luego dijo:
- Aquí en Milán tendría que habitar uno de mis viejos compañeros del colegio de los tiempos del secundario. Se llama David Gutiérrez.
- ¿David Gutiérrez? - preguntó Marco maravillado.
- ¿Lo conocés?
- No en persona. Sólo me acuesto con su chica.
- ¡No!
- Tenés que ver su cuerpo.
- ¿Qué la impulsa a traicionar a mi amigo con un pobretón como vos? David es el dueño de una fábrica.
- Es verdad. Pero tiene también un pequeño defecto. Es impotente.
- ¡No!
- Bueno, no del todo impotente, casi impotente. Elena me contó que sus relaciones duran pocos segundos, sin preservativo, y que a veces él ni siquiera lo consigue. Fue visitado por muchos médicos, en el extranjero también, pero no solucionó nada. Y además es aburrido, previsible, conformista. Hace todo lo que le ordena su padre. Es un débil, uno de esos tipos dóciles, sumisos, serviles.
- ¿Por qué Elena no lo deja?
- Están novios desde hace cuatro años. Aunque ya no lo ama le tiene cariño.
- ¡Pelotudeces! Para mí ésa sólo quiere su dinero.
Gutiérrez se sentó en el sofá del salón y se puso a hacer zappping, fumando un cigarrillo. Una mujer rubia parecida a su esposa guiñó de la pantalla del televisor, sin suscitar en él alguna reacción, ni agradable ni desagradable. Cuando Susan había muerto el coronel se había propuesto no entablar nunca más otras relaciones sentimentales serias o duraderas.
- Una aventura de vez en cuando está bien. - había pensado - Pero cada uno en su casa y en cuanto empieze a romper las pelotas le doy boleta.
También había reflexionado:
- A mi edad si quiero una chica joven y linda tengo que pagarla, y esto no me lo puedo tragar. Una vieja la puedo tener gratis, pero a este punto prefiero una partida de póquer con mis amigos. Quizás sea mejor acabar definitivamente con el otro sexo. A fin de cuentas tuve tantas mujeres.
Y le habían venido a la memoria todas las consortes de sus colegas con las que se había concedido un amorío, empujado por su narcisismo y por la frigidez de Susan.
- Están lejos los tiempos de la caza y de las conquistas. - suspiró con pena y añoranza.
David entró en el salón. Por todo el día no había dejado un solo instante de pensar en Gael y en el pasado. Su padre lo acogió regañándolo.
- Siempre volvés tarde a casa. Sabés que detesto cenar solo.
Gutiérrez no se podía definir un padre cariñoso. Nunca un beso, nunca un abrazo, nunca una caricia. Pero no escatimaba las críticas, también ofensivas. Cuando todavía estaba Susan tenía que retenerse y cuando veía algo que no iba bien la mayor parte de las veces se atrincheraba en un mutismo rencoroso, pero después de la muerte de su esposa por fin había podido empezar a subrayarle a David todo lo que no le gustaba en él.
- Es hora que te hacés cortar el pelo. Te parecés a un maricón.
Como un buen militar Gutiérrez estaba convencido de que un verdadero hombre tiene que llevar el pelo cortísimo.
En el Canal 5 apareció la imagen de un cardenal de aspecto afable y sonriente.
- ¡Quién se ve! ¡El cardenal Arnaldo Bucero!
El recuerdo de su último encuentro con el alto prelado, ocurrido cinco años atrás en el aeropuerto de Malpensa, llenó al coronel de cólera mixta con repulsión.
- ¡Cara de culo! Una vez lo encontré en el aeropuerto y fingió que no me reconocía. Aspira a convertirse en papa, el rufián. Por fortuna sus sucios chanchullos para reunir votos son destinados a fracasar miseramente. Nadie le creió cuando renegó de su amistad con el presidente Videla. Si fuera elegido los paladines de los derechos humanos armarían un jaleo y la iglesia católica es demasiado ávida para correr el riesgo de perder a millones de fieles... Mirá cómo se pavonea, ese panzón engreído. Debo admitir que la pantomima siempre ha sido su fuerte.
Gutiérrez juntó las manos, bajó la cabeza a un lado, adquirió una expresión contrita y dijo con un tonillo lamentoso:
- ¿Cómo podía saber que aquéllos eran corruptos, malhechores, que mataban a sus adversarios políticos? Enfrente mía siempre tuvieron una conducta integérrima. Nunca sospeché de nada.
Luego bajó las manos y rugió con rabia:
- ¡Judas! ¡Les has dado la espalda a tus hermanos por la púrpura pero la tiara sobre tu pelada nunca la meterás!
Después de haber apagado el televisor con el control remoto, despotricó:
- ¡Vete a tomar por el culo vos, el santo padre y todos los parásitos con el hábito!... Ese saco de mierda me ha amargado la velada.
David estaba desconcertado. Nunca había sentido al coronel hablar de aquel modo. La dictadura siempre había sido un argumento prohibido en casa Gutiérrez. Susan no permitía absolutamente que se hablara de ella y cuando en televisión transmitían reportajes periodísticos o documentales sobre el período de la guerra sucia cambiaba de canal. Sin embargo David había asistido al juicio contra su padre y leía los periódicos, por lo tanto de todad maneras le habían llegado informaciones. El chico sospechaba que sus padres habían utilizado plata sacada a los desaparecidos o a sus familias para comprar la fábrica y el chalé. La cifra que habían debido desembolsar era enorme, también por personas nacidas en familias acomodadas como ellos. Otra duda que lo atenazaba concernía su madre. Se preguntaba si la mujer estaba a oscuras de los crímenes de su marido, o bien era su cómplice consciente y silenciosa.
- ¿Durante la dictadura, mamá...
El coronel interrumpió la pregunta de David, precisando resentido:
- En Argentina nunca hubo una dictadura, sino una junta militar... Nuestro cometido consistía en restablecer y mantener el orden y la seguridad en el país. Las fuerzas armadas no eran una banda de gángster.
- En el período de la... lucha contra el terrorismo ¿mamá tenía conocimiento de tus verdaderas tareas?
El tono de Gutiérrez de resentido se hizo amargo.
- No. Y aunque lo hubiera tenido no le habrían importado un carajo los peligros que yo corría. Estaba ansiosa por las heroínas de los culebrones y su marido se le daba un bledo. Era una mujer ferozmente egocéntrica. Amaba solamente a sí misma.
- ¿Ocurrieron casos en que... te encontraste en la necesidad de... torturar a los presos para inducirlos a confesar?
- No. Yo desempeñé exclusivamente cargos administrativos. No entraba nunca en contacto con los subversivos.
El coronel mintió. No podía contar la verdad. David tenía un carácter demasiado sensible. No habría entendido. Desgraciadamente Susan con su educación absurda lo había arruinado y él para vivir en paz siempre la había dejado hacer lo que le gustaba. Habría querido ser ligado a su hijo por una relación de camaradería, de amistad, de complicidad, pero las circunstancias lo habían impedido.
- ¿Quién autorizaba las torturas en El Circo?
- No se trataba de verdaderas torturas. Las llamaría más bien fuertes presiones psicológicas. Los mismos procedimientos utilizados en todas las comisarías del mundo con los sospechosos.
David sabía que se adentraba en un discurso resbaladizo, pero no le gustaba que le tomaran el pelo.
- Si las torturas no eran admitidas, ¿cómo explicás las fosas llenas de cadáveres de desaparecidos con marcas de fracturas?
Gutiérrez se puso nervioso.
- Yo no debo explicar absolutamente nada. Que vos lo creas o no, en mi sección cada abuso era castigado duramente. Yo siempre traté a los detenidos con humanidad. Eran los suboficiales quienes los golpeaban, y a menudo causaban su muerte. Lo hacían a escondidas de sus superiores, para divertirse... Los suboficiales eran incontrolables. Esa gentuza violenta e insubordinada, sin educación ni cultura, además de desacreditar la junta militar nos hizo perder las Malvinas. ¿Cómo se puede ganar una guerra con un ejército de cabezas de chorlito y gallinas? ¡Tropel de incapaces! Y hasta dicen que los abandonaron. ¡Pretenden beneficios, resarcimientos! ¡Yo sé lo que les daría!... Nunca quisiste enfrentar ciertas cuestiones. ¿Por qué lo hacés ahora?
- Comenzaste vos, cuando viste ese cardenal en televisión. De todos modos, si esta cosa te malhumora cambiamos de tema.
- Es mejor. Ocupémonos de cosas más importantes. ¿Cómo va la refacción de tu departamento? Ahora que la casa está casi lista te decidirás por fin a establecer la fecha de la boda. Sabés que no veo la hora de llegar a ser abuelo.
- En este período yo y Elena estamos muy ocupados con el trabajo. No tenemos tiempo para organizar la ceremonia.
La voz del coronel se puso rencorosa.
- ¡Siempre pretextos! Seguís aplazando de mes en mes. Ya no me queda mucho tiempo para gozarme a mis nietos. ¿Qué carajo esperás a casarte y hacer hijos? ¿Qué yo reviente?
David bajó la cabeza.
- Mañana voy a hablar con Elena.
Gutiérrez sintió un profundo desprecio. Ese hijo tan diverso de él, así flexible, así claro de piel y de pelo como su madre, lo sentía extraño y molesto.
Sabado por la mañana David fue a buscar a Elena en auto a las diez. Elena tenía veinticinco años y un físico de modelo que amaba poner en evidencia vistiéndose y maquillándose llamativamente.
- ¿Qué programas tenés para hoy? - preguntó la chica.
David, absorto en sus pensamientos, no contestó. Su mente estaba vagando lejos en el tiempo. No lograba no pensar en el pasado, a todo el mal que su padre les había hecho a Gael y a su familia. Los sentimientos de culpa lo destrozaban.
- ¡David! ¿Me escuchás?
David se sobresaltó.
- Te pregunté qué programas tenés para hoy. ¿En qué estabas pensando?
- En nada... ¿Por qué no vamos a la feria de Senigallia?
- ¿A la feria de Senigallia? ¿Te has vuelto loco?
David pronunció la frase instintivamente, sin prever las consecuencias que arrancarían de esto.
- Sólo era una propuesta. Creía que era una idea original para pasar una tarde diferente de las demás. Últimamente vamos siempre a los mismos sitios.
- Si para ti es importante vámonos.
En la feria de Senigallia había mucha gente, pese al mal tiempo. En el cielo, detrás de una cortina de nubes gris, se asomaba la silueta de un pequeño pálido sol. El asfalto estaba todavía lustroso y mojado por la lluvia de los días precedentes. Las personas se apretaban encima los abrigos y las bufandas para protegerse del frío cortante del invierno. En aquella confusión Elena, acostumbrada a hacer adquisiciones en las boutiques más exclusivas, estaba bastante fastidiada.
Sobre el tenderete de Gael estaban expuestos cuadros y esculturas que revelaban un discreto talento artístico. Gabriel estaba sentado en un taburete, con su usual mirada vacua. Soledad estaba de pie junto a él. En el suelo, al lado del puesto, estaban apoyadas algunas esculturas que se parecían vagamente a unas jirafas.
Gael le mostró a su madre un dvd que le había apenas comprado a otro vendedor ambulante.
- ¡Lo encontré! Hace tanto que lo buscaba.
- “La noche de los lápices”.
- Lástima que en nuestra casa no hay un reproductor de dvd.
- En cuanto podamos nos compraremos uno.
Gael quedó muy sorprendido cuando David y Elena se pararon delante de su tenderete.
- ¿Qué representan esas esculturas? - preguntó David acercándose al grupo de jirafas.
Gael lo alcanzó.
- Son jirafas.
- Quisiera hablar contigo. Pero no aquí, en un lugar menos atestado de gente. - dijo David en voz baja.
- Nunca me habría esperado que vendrías.
- En mi oficina, el lunes.
- ¿A qué hora?
- Cuando sos cómodo.
David sacó del bolsillo de su chaquetón una tarjeta de visita y se la pasó furtivamente a Gael.
- Ésta es mi dirección, junto con el número de mi celular. - susurró.
Luego levantó el tono de voz.
- Compro la más pequeña.
Gael se metió la tarjeta en un bolsillo de los pantalones.
- Son 150 euros.
- ¿Qué? - exclamó Elena.
David sacó 150 euros de su billetera y se los alargó a Gael, que en cambio le dio la jirafa junto al dvd.
- Éste es un obsequio. Es una película basada en la verdadera historia de siete estudiantes argentinos raptados y asesinados por los militares durante la dictadura.
- Gracias. Esta noche voy a verla. ¡Hasta luego, Gael!
- ¿Cómo sabés mi nombre?
- Lo recordaba. Nosostros ya nos conocimos, hace muchos años, en Argentina. ¡Chau!
En cuanto David y Elena se hubieron alejado, Soledad le preguntó a Gael:
- ¿Por qué le diste el dvd?
- Ése es el hijo del coronel Gutiérrez. Habita él también en Milán con su viejo. Su madre murió en un accidente de auto hace dos años.
Soledad se inquietó.
- ¿Le dijiste quiénes somos?
- No.
- Si volvés a verlo evitálo. No quiero tener problemas con Gutiérrez. Papá se encuentra mal y necesita tranquilidad.
David y Elena continuaron su paseo entre los tenderetes. La chica no lograba resignarse.
- ¡150 euros por una estatuilla de 20 centímetros! ¿Compraste ese horror por qué te gusta o por qué querías hacer la caridad a esos tres pelagatos?
- Me ha venido un fuerte dolor de cabeza. Volvemos a casa.
- Sí, vámonos. No aguanto más en toda esta escualidez... Vos, en cambio, a lo que parece te encontrás en tu medio.
- ¡Pará de rezongar como una mujerzuela histérica! ¡Me has cansado! - estalló David.
Elena quedó a boca abierta, incrédula frente a su primero arrebato de intolerancia en cuatro años de noviazgo.
- ¿Qué te pasa?
David calló.
- Hoy estás raro.
David y Elena transcurrieron el resto del día en un restaurante a la moda y luego en la casa de una pareja de amigos antipáticos y esnobes. A David le parecía que estaba en un entorno desconocido entre extraños, cuyas voces resonaban innaturales y lejanas. Era una sensación horrible. Mientras los demás discutían animadamente de banalidades hizo un balance de su vida opaca, insignificante y monótona: era desastrosa en todos los frentes. Y el porvenir se anunciaba aún más miserable que el presente.
A la una de la noche regresaron a sus respectivas viviendas. David posó la jirafa sobre su velador, se acostó y, aprovechando el echo que su padre aún estaba fuera con sus amigos, se puso a mirar el dvd que le había regalado Gael. A media hora del inicio de la película Gutiérrez entró de repente en su cuarto, preguntándole:
- ¡Entonces! ¿Fijaron la fecha?
David aferró velozmente el control remoto apoyado sobre las mantas y apagó el televisor. El coronel se chamuscó y le lanzó una mirada penetrante.
- ¿Por qué apagaste? Encendé. Yo también quiero ver.
David se ruborizó y permaneció inmóvil.
- ¡Ah, he comprendido! - exclamó Gutiérrez con un centelleo malicioso en los ojos - Te he pescado con las manos en la masa. Estabas mirando una cinta pornográfica. No sos tan perfecto como intentás hacer creer.
- Es una película histórica.
- ¡Sí, histórica! ¿No te da vergüenza? Esas suciedades no se miran... ¡se hacen! ¡Si yo tuviera tu edad!
El coronel notó la escultura de Gael y la observó con curiosidad.
- ¿Qué es ese garabato?
- Es una jirafa. La compré en un mercadillo.
- ¿Cuánto la pagaste?
David titubeó algunos segundos antes de contestar.
- 50 euros.
- Como de costumbre te jodieron.
- Es una obra de Gael Díaz... ¿Recordás a la familia Bianchi Díaz?
- ¡Pues claro que la recuerdo! Soledad Bianchi fue una de mis acusadoras más encarnizadas, en el juicio. Y mientras lanzaba lodo y calumnias sobre mí los hijos de puta de los jueces le sonreían complacidos. No me atrevo a pensar en cuantos inocentes habrían ido en prisión, si el parlamento no hubiera puesto fin a las persecuciones de la magistratura con las leyes de amnistía.
- Hay jueces que consideran esas leyes inconstitucionales. En los últimos tiempos hicieron detener a muchos militares que habían sido beneficiados con ellas.
David se refería a los magistrados Gabriel Cavallo, Claudio Bonadío y Reinaldo Rubén Rodríguez. El primero que había declarado la incostitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida había sido Cavallo en marzo de 2001, seguido por Bonadío en octubre del mismo año y por Rodríguez en agosto de 2002.
- A mí no me toman ni muerto. ¡Pelotudos! Yo sabría como hacerle bajar el copete a esa canalla.
- ¿Te acordás también del marido de Soledad?
- Ése era una de mis joyas. Una perla. Si todos hubieran sido como él habríamos exterminado la guerrilla en un mes.
- ¿Qué querés decir?
- Que era un traidor. No entendés nada de nada. Sos duro de mollera.
- ¿Por traidor querés decir un colaborador?
- Quiero decir una espía. Para salvar a su chica denunció a media Argentina. Cuando salió de El Circo se escondió en Patagonia, donde acabó en un manicomio, hasta que esa loca se fue a tomarlo. ¡A la fuerza! Le servía un padre para su bastardo.
- ¿Qué bastardo?
- El mocoso que tuvo con un sargento que trabajaba en la cárcel.
- ¿Soledad Bianchi fue violada?
Gutiérrez se dio cuenta de que había metido la pata, pero remedió enseguida.
- Una sola vez. Naturalmente cuando descubrí que se había ocurrido ese vergonzoso episodio tomé enseguida medidas disciplinarias muy severas contra el culpable. Ya te lo dije que los suboficiales estaban al mismo nivel de las bestias. Ignorantes, toscos, violentos. No había manera de tenerlos a raya. Hacían lo que querían.
- Los Díaz vinieran a habitar en Italia. Creo que la pasan muy mal económicamente. El padre es un deprimido crónico y no puede trabajar.
- No es un deprimido crónico. Está loco.
- El hijo es un artista, pero para mantenerse reparte folletos publicitarios.
- ¿Un artista? Entonces es maricón. Artistas, peluqueros, estilistas, curas, son todos maricones. El problema no es el Sida. La verdadera peste de los últimos veinte años se llama mariconería. ¡Ah, en qué tiempos vivimos! Cuando yo era joven no había tantos pervertidos y los pocos que había se escondían. Ahora en cambio desfilan en las calles y se exhiben en televisión.
- ¿Por qué odiás tanto a los homosexuales?
- ¿Qué clase de pregunta es ésta? ¿Te parece normal que un hombre lo meta en el culo y en la boca a otro hombre? Me dan ganas de vomitar sólo si lo pienso.
David se quedó en silencio, con una expresión contrariada. El coronel bufó.
- ¡Qué joda! Cada vez que hablo de maricones, negros o judíos me toca chuparme tu cara torva por una semana. Yo seré racista pero ni siquiera vos sos un santo, querido mío. Vos sos la prueba viviente de que la respetabilidad es la máscara detrás de la que se esconden los porcachones. Te escandalizás por mi lenguaje chocarrero...
Con un gesto de sorpresa Gutiérrez agarró el control remoto de las manos de su hijo y concluyó, con una sonrisa irónica:
- Y mirás las películas porno a escondidas.
Luego encendió el televisor, tropezandose con una escena de tortura con la corriente eléctrica. Su sonrisa se apagó.
- ¿Qué carajo es esto?
- “La noche de los lápices”, del regista Olivera. - dijo David con incomodidad - Me la dio Gael junto a la escultura... Por demasiado tiempo preferí no saber. Ahora siento la exigencia de conocer la verdad hasta el fondo.
- ¿Qué verdad? ¿La de una película de propaganda comunista desleal y facciosa? ¿La verdad de los terroristas?
- Yo opino que tenemos la obligación de escuchar también su versión de los hechos.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
David no contestó.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? - gritó el coronel, en una explosión de furia reprimida - ¡Idiota! ¿Te se secó el cerebro? Dilapidé un dineral para hacerte frecuentar las más prestigiosas escuelas del mundo y al final te convirtiste en un deficiente. Es mejor que me vaya antes de que te rompa esa porquería de jirafa que compraste en la cabeza.
Gutiérrez, cárdeno, salió del cuarto dando un portazo. La mañana siguiente durante el desayuno no le dirigió una sola palabra a su hijo, ni lo dignó de una ojeada. Para desahogarse se fue a entrenarse en el polígono, pero tampoco acribillando a balazos decenas de siluetas logró eliminar toda la bronca que le hervía en el cuerpo.
Gael entró en un establecimiento de la zona industrial de Milán sobre cuya fachada resaltaba el letrero Syntec. En la recepción esperaba a los clientes una mujer joven y atrayente.
- Tengo una cita con David Gutiérrez.
- ¿Usted es el Señor?
- Gael Díaz.
La empleada descolgó el teléfono, marcó un número y anunció:
- ¡Ingeniero! El Señor Díaz ha llegado.
Luego colgó el auricular y se levantó.
- Le acompaño al ingeniero. - dijo encaminándose a lo largo de un pasillo al que daban las puertas abiertas o entornadas de numerosas oficinas, iluminadas por la luz fría y blanquecina de los neones.
Gael la siguió, mirando de reojo a los dependientes atareados a la computadora o con la cabeza gacha sobre el escritorio. La atmósfera que se respiraba era de orden, puntualidad y eficiencia.
La empleada llamó a una puerta cerrada al final del pasillo.
- ¡Adelante! - dijo David.
Gael entró en el despacho con una actitud desconfiada. David lo invitó a sentarse.
- Sentáte.
- No. Me quedo de pie.
Bastante incómodo, David pronunció un breve discurso que se había preparado durante la noche.
- Te pido disculpas por la manera de reaccionar que tuve el otro día en mi casa. No tenía palabras. Me sentía a disgusto... Es necesario que vos sepas que considero el período de la última dictadura militar en Argentina una página negra de la historia, una tragedia terrible que espero que no se repita nunca más.
- ¿Me hiciste venir aquí sólo para decirme esto?
- No. Un cliente nuestro está buscando a empleados administrativos y me he permitido señalarle tu nombre y el de tu madre. Si me dejás vuestros datos os haré contactar para una entrevista.
- ¿No hay sitio para nosotros en tu empresa?
David tuvo una breve vacilación.
- Por el momento el personal está al completo.
- La verdad es que si nos contratás y tu viejo se entera se arma un berenjenal.
- Me gustaría mucho dar una ayuda económica a tu familia.
- No queremos tu limosna.
- No se trata de limosna sino de un acto de reparación.
- No puede haber ninguna reparación. Los muertos no resucitan y las cicatrices de las torturas no se borran.
Gael alcanzó la puerta.
- ¡Gael, esperá! Vi la película que me regalaste.
Gael se paró.
- Me sirvió para comprender tantas cosas... En mi casa nunca hablábamos de la dictadura. Mi madre no quería.
Gael se volvió hacia David y dijo:
- Tengo muchos libros sobre ese argumento. ¿Te interesan?
- Sí, gracias.
- ¡Chau!
- ¡Chau!
Por todo el día David fue presa de una fuerte inquietud. La agitación en él era tal que llegó a desear de dejar plantado a todos y todo y huirse a una isla desierta en medio del océano. Lejos, lejísimo de sus problemas, de su padre, de Elena, de la Syntec, de Gael. Contrariamente a sus costumbres salió muy pronto del trabajo, a las 19. La ciudad estaba envuelta por una espesa capa de niebla. Mientras manejaba en el tráfico tuvo la tentación de irse al aeropuerto y subirse al primer vuelo disponible con destino al Caribe. Allà, sin pensar en nada, transcurriría las horas dejándose mecer por las olas calientes del mar o reposándose a la sombra de una palma en la playa. Contemplaría maravillosos cielos en el ocaso, estriados de rosa y de violeta, sentado en una roca y se dormiría sobre la arena, bajo la bóveda estrellada de las Antillas.
David siguió fantaseando con los ojos abiertos hasta su llegada a casa. En el salón encontró a Gael.
- ¿Te asusté? - le preguntó el chico viéndolo estremecerse - No entré por la ventana. Me abrió la puerta la mucama... Como un verdadero ricachón explotador argentino te tomaste una boliviana.
- Es mi padre quien elije a los domésticos. - se justificó David.
Gael le enseñó dos libros que tenía entre las manos. Les había tomado prestados en una biblioteca.
- Éstos son los libros que me pediste.
- Apoyálos nomás sobre la mesa.
- Esta tarde fui a tu oficina para dártelos, pero no estabas.
- Podías dejarlos a mi secretaria.
Gael se encogió de hombros.
- Abría pasado por esta zona de todos modos por trabajo.
- Tal vez sea preferible que te vayas. Mi padre volverá por momentos.
- ¿Y qué?
Gutiérrez entró en el salón. Al ver los libros sobre la mesa intuyó enseguida que Gael era el hijo de Soledad Bianchi y se endureció.
- ¡Véte! ¡No te quiero en mi casa! - le intimó al joven con tono irritado.
- Ésta es también la casa de David.
- Gael, por favor, andáte ahora. - dijo David, en la inútil tentativa de evitar lo peor.
El coronel arrojó los libros a tierra.
- ¡Me limpio el culo con tus libros!
- ¡Papá! ¡Por favor! - imploró David.
- Tu viejo tiene miedo a que vos descubras la verdad.
- Mi hijo sabe todo. Sos vos quien debe tener miedo a la verdad. Estoy seguro de que nadie te contó que Gabriel Díaz fue internado en un manicomio.
- Ya lo sabía.
La actitud de Gael era de desafío.
- ¿Sabías también que era un traidor y que se volvió loco por el remordimiento? No tuvimos ni siquiera necesidad de torturarlo. Denunció espontáneamente a todos sus compañeros del sindicato. ¡Un admirable ejemplo de fervor revolucionario!
- ¡Papá! ¡Basta ya!
- ¡No! Me provocó él. Ahora viene lo mejor. Gabriel Díaz no es tu verdadero padre. Tu madre fue violada por mis hombres y quedó embarazada de ti. Cuando supo que esperaba un hijo quería morir. No comía y no bebía más. Ella te odiaba.
- No es verdad. - dijo Gael con voz trémula.
- Si no me creés preguntálo a los interesados directos. Me he divertido bastante. ¡Véte! ¡No quiero ver tu cara de maricón por el resto de mi vida!
El coronel lanzó lejos los libros de historia con una patada.
- ¡Y lleváte tu inmundicia!
Gael estaba como paralizado.
- Pensabas que eras listo, ¿no? Pero yo soy más listo que vos.
Gael corrió fuera del salón y se precipitó en la calle, desvaneciéndose en la niebla densa. Después de haber tratado vanamente de alcanzarlo, David enfrentó a su padre.
- ¿Por qué lo hiciste? Díme por qué lo hiciste.
- Y vos díme por qué dejaste que el hijo de una peligrosa pareja de terroristas se colara en nuestra casa.
- Los padres de Gael no eran terroristas. Y aunque lo hubieran sido, no tenías ningún derecho a segregarlos en un centro clandestino de detención.
Gutiérrez a duras penas se retuvo para no propinarle cachetadas a David. No lo había nunca pegado. Si lo hubiera hecho Susan le habría saltado encima con el ímpetu de un tigre en defensa de su cachorro en peligro.
- ¡Pues calláte, sabelotodo de mala muerte! ¿Qué conocés vos de la real situación política de los años ‘70 en la Argentina? Antes tu madre siempre te escondió la verdad, para protegerte, decía ella, y ahora ese chico metido te llenó la cabeza de trápalas y estupideces. Y vos le creiste enseguida, como un pobre mentecato.
- Gael no dice mentiras.
- ¿Ah, no? ¿Entonces el mentiroso soy yo?... ¡No te quedés ahí plantado como un memo! ¡Respondéme! ¡Di lo que pensás! ¿Sos un hombre o un muñeco?
David siguió callando, mirando fijo tercamente los reflejos cobrizos del parquet.
- ¡Qué hijo flojo me ha tocado! ¡Blandengue!... El terrorismo era una amenaza para la democracia y yo nunca me arrepentiré de haber hecho de todo para combatirlo. Cualquier medio es lícito con tal que vencer al enemigo. Vos esas cosas no podés entenderlas porque sos un pusilánime. Aquéllos como vos durante las guerras se quedan pacíficos y contentos en sus casitas y dejan el trabajo sucio a los demás. En la época del gobierno de Videla mientras yo arriesgaba cada día que me explotara una bomba debajo del culo ustedes pasaban su tiempo mirando los partidos de fútbol y los culebrones. La Argentina estaba por caer en manos de los comunistas y ustedes continuaban conduciendo sus existencias insulsas y ociosas sin preocupaciones. Total, de dar caza a los guerrilleros se encargaba el ejército. Luego, cuando la economía empezó a ir mal, transformaron a los militares en chivos expiatorios, llenándose la boca de bellas palabras: derechos civiles, elecciones libres, justicia, nunca más. Con un cinismo repugnante escupían encima de los que hasta pocos meses antes consideraban los defensores de la patria, llamándolos asesinos. Yo nunca me alardeé de haber logrado impedir decenas de atentados salvando centenares de vidas humanas. Me conformaba con la satisfacción de haber cumplido con mi deber de soldado. No pretendía ni honores ni medallas. Sólo me esperaba algo de reconocimiento y respeto. En cambio no recibí más que insultos. Por esto me fui de mi país.
- Actuaste mal tratando a Gael de ese modo.
Las palabras de David hicieron montar en cólera al coronel.
- ¡Pará de juzgarme! No hay sitio para los amigos de los terroristas en esta casa. ¡Meté tu ropa en una valija y véte!
David tomó los libros de Gael del suelo y los puso en su maletín.
- En cuanto a mi plata ¡olvidála! Mañana por la mañana me voy al notario y te desheredo. A mi muerte no tendrás ni un centavo.
David salió de casa. Los gritos de su padre lo alcanzaron hasta en el jardín.
- ¡Tampoco vengas a suplicarme de rodillas no entrarás nunca más en esta casa!
Gael se sentó delante de una computadora del centro social y comenzó a navegar en internet. Sobre el monitor, bajo el título “Torturadores argentinos”, apareció una serie de fotografías de hombres, entre las que la de Gutiérrez con el uniforme. Un click sobre la foto del coronel y la imagen creció hasta ocupar la entera pantalla.
David entró en el local y se le acercó a Gael. Localizarlo no había sido fácil: había debido contactar ocho agencias de distribución de octavillas antes de encontrar aquélla por la que trabajaba. La empleada que había contestado por teléfono le había dado la dirección del centro social Paz.
- Quisiera aclarar algunas cosas.
Gael siguió mirando el monitor.
- No tenemos nada que aclarar.
- La otra tarde, cuando te pedi que te fueras, sólo intentaba evitar que encontraras a mi padre. Por experiencia personal sé que puede llegar a ser muy agresivo y cruel cuando se enfada.
- Entonces ¿por qué a los treinta años y pico todavía habitás con él?
- Desde el día en que peleasteis me trasladé a otro departamento y no volví a verlo.
- ¡Véte! Éste no es un lugar por ti. Es una madriguera de comunistas. Volvé al palacio que te compraste con la plata de mis abuelos.
- Yo no tengo culpa de lo que hizo mi padre. - dijo David.
Saliendo, el chico encontró una sorpresa desagradable: su auto estaba completamente cubierto de pintadas y dibujos colorados.
Después de pocos minutos que David se hubo ido Elena entró en el local y se le acercó a Marco, que estaba discutiendo de música con un grupo de senegaleses. Los dos se dijeron algo, luego se desplazaron a un rincón apartado. Impulsado por la curiosidad, Gael los siguió y escuchó a escondidas su conversación.
Comenzó a hablar ella, con tono inquisidor.
- ¿Por qué no me llamaste?
- Tenía que estudiar. - contestó él con actitud evasiva.
- ¿Tomaste una decisión?
- Todavía no. Estoy confuso. Dáme tiempo.
- No hay más tiempo. Ya estoy al segundo mes.
Marco se quedó en silencio por algunos instantes, luego sentenció:
- Entre nosotros no funcionaría. Somos demasiado diversos.
- ¿Y el nene?
- No lo sé. No lo sé. - dijo negando con la cabeza el joven - Mirá vos.
- ¡Sos un bastardo! Querría no haberte encontrado nunca.
- No te hagás la víctima. ¿Pensás que no lo he comprendido? Vos no quedaste embarazada por descuido. Querías atraparme. Pero te fue mal. Yo no estoy disponible. Andáte a tu novio impotente.
Elena entendió que era inútil insistir y se fue.
Vuelto a sus amigos, Marco comentó:
- Estaba convencida de que nos casaríamos. Está loca.
David almorzó con Elena en un restaurante cerca de la empresa de cosméticos en la que la chica trabajaba como encargada de las relaciones públicas. Al final de la comida, después de haberse dado ánimo, dijo con tono decidido:
- ¡Elena! Ya no existe ningún diálogo entre nosotros. Cuando somos juntos siempre estás de mal humor. Parece casi que yo te fastidio. No podemos continuar así.
Justamente cuando creía que estaba a punto de deshacerse de una carga le cayó sobre la cabeza una aún más pesada. En efecto su novia rebatió que era natural que una mujer en sus condiciones fuera nerviosa y irritable y le anunció con una sonrisa deslumbrante que esperaba un bebé.
David se quedó tan trastornado que cuando Elena le preguntó si le estaba bien el 2 de marzo como fecha de la boda contestó que sí sin objetar. La noticia del embarazo de Elena lo hizo sumirse en una profunda desesperación. No quería casarse con una persona que no amaba y mucho meno quería tener un hijo, pero se sentía obligado a hacerlo. La vida le parecía una jaula de la que sólo la muerte podía liberarlo. ¡Si sólo hubiera tenido la fuerza para acabarla!
Regresado a su despacho se dejó caer sobre la silla, aniquilado. Por toda la tarde, entre una tarea y la otra, siguió tomándose la cabeza entre las manos y pasándose los dedos en el pelo, como por quitarse de encima los problemas que lo agobiaban.
A las nueve de la noche, volviendo a casa del trabajo, vio a Gael, las manos en los bolsillos de los jeans, apoyado contra el muro del condominio en que habitaba. En vez de dirigirse hacia los garajes paró su auto y bajó el vidrio al lado del pasajero. Gael se asomó a la ventanilla.
- Tengo que hablarte.
- Subé.
Gael se sentó en el coche y sin preámbulos dijo:
- Tu novia te traiciona con un amigo mío y espera un hijo de él.
David no tuvo alguna reacción.
- Que quede claro. No te estoy haciendo un favor. Es que no tolero ciertas hipocresías burguesas... Ahora me voy. ¡Chau!
- ¡Esperá! Te acompaño a casa.
- No. Tomo el colectivo.
- ¿Dónde habitás?
- En Ponte Lambro.
Mientras David manejaba rumbo a la periferia de Milán su padre estaba sentado en un sillón del salón delante del televisor apagado, paladeando un licor. Bajo el resplandor rojizo de la única lámpara encendida la figura de Gutiérrez, sumida en pensamientos sombríos, parecía inquietante y siniestra. Cuando en la habitación entró la empleada doméstica, avisando que por aquel día había terminado y que volvería a su casa, el coronel tampoco se percató.
David estacionó su auto en el patio del edificio de Gael. Sin decidirse a bajarse, Gael le preguntó:
- ¿Amás mucho a Elena?
- No la he amado nunca.
- Lo decís sólo porque te traicionó.
- Yo nunca la he amado a ella y ella nunca me ha amado a mí.
- Entonces ¿por qué os juntasteis?
- Por... razones de imagen.
- Quién sabe cuántos ligues tuviste. Las chicas están ciegas por los tipos como vos: ricos, con el fuera de serie.
- No me interesan los ligues. Sólo tuve cuatro novias oficiales. No soy un seductor.
Gael abrió tanto ojo.
- En toda tu vida ¿sólo te acostaste con cuatro mujeres?
- ¿Vos con cuántas te acostaste?
- No sé. Treinta... Yo te estafé. Mi jirafa no valía 150 euros.
- Para mí les valía. Vos poseés un talento extraordinario.
- Lástima que hasta ahora nadie se haya percatado. Me considero un artista incompredido... Siento que te dije todas esas cosas malas. No las pensaba en serio. Bueno, un poquito las pensaba. Exageré. El hecho es que desde que me peleé con Gutiérrez me siento como un perro. Pasé días tremendos, teniéndome todo adentro, sin poder desahogarme con ninguno.
- ¿No hablaste con los tuyos?
- No. Ya tenemos muchos problemas. Con lo poco que ganamos a duras penas logramos sobrevivir. Mi viejo siempre está triste y deprimido. Y como si todo esto ya no fuera tanto nos desahuciaron. Tenemos seis meses de tiempo para encontrar otra casa. Con los precios que hay no sé dónde iremos a parar... Estoy harto de ser pobre... Subé a mi departamento un rato. Quiero hacerte ver algo.
David y Gael se bajaron del coche.
- Preparáte para la escalada. - dijo Gael - Vivo en el quinto piso, sin ascensor.
El edificio en el que vivía Gael había sido construido en los años '60. Ya en el vestíbulo se era asaltados por una sensación de miseria y deterioro. Los buzones o tenían los vidrios rotos o no tenían más vidrios. La escalera era iluminada por la luz tenue de pequeños plafones cubiertos de polvo. David y Gael entraron en un cuarto que servía al mismo tiempo de living y de cocina. David notó que los muebles eran viejos y mal reducidos, las cortinas raídas, las paredes sucias, las baldosas del suelo desteñidas. Gael le enseño un cuadro que representaba un ser monstruoso con el cuerpo mitad humano y mitad animal.
- Mi última obra.
- Interesante. ¿Es un monstruo mitológico?
- No. Es tu viejo.
David rompió a reír.
- Tenés razón. Es él. ¿Cómo no lo he reconocido?
- Dáme el chaquetón que te lo cuelgo.
David se quitó el chaquetón y se lo dio a Gael, que lo colgó junto al suyo en un perchero. Luego Gael tomó un libro apoyado sobre la mesa y se lo dio a David.
- Éste lo escribí yo. Es la historia de mis padres... Sentémonos.
El sofá estaba desfondado. David hojeó algunas páginas del libro.
- ¿ Dónde se conocieron los tuyos? - le preguntó Gael.
- En Florida, el estado de mi madre, en 1970. Mi padre se encontraba allí por trabajo.
- ¿Sabés que los golpistas argentinos habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares de Florida y Panamá? Tu padre se había ido a los Estados Unidos para aprender a matar a los comunistas.
- Es probable... ¿Ya propusiste tu novela a alguna editorial?
- La propuse a decenas de editoriales, sin recibir ni una respuesta.
- Hacéla publicar pagando de tu bolsillo.
- ¿Dónde encuentro la plata?
- Financio yo toda la operación.
- Te costará mucho.
- No importa. Hace tanto que tengo gana de lanzarme en nuevas aventuras. Nunca he amado mi trabajo. Mi padre lo eligió por mí, me lo impuso sin ni siquiera preguntarme cuáles eran mis aspiraciones.
- ¿Cuáles eran tus aspiraciones?
- Ser abogado.
David nunca se había atrevido a decir a sus padres que le habría gustado estudiar jurisprudencia. Gutiérrez detestaba a los abogados, sobre todo a causa de los honorarios que había debido pagar para hacerse defender en el juicio.
- Esas sanguijuelas me han descarnado vivo. ¡Pandilla de bribones! - solía repetir.
En la voz de David se percibió una vena de arrepentimiento.
- Pero ya es tarde.
- No es tarde. Sólo tenés treinta años. Aún estás a tiempo para cambiar tu vida y realizar tus sueños.
- Por ahora pensemos en tu novela.
- Podríamos también abrir una galería de arte.
- Del alquiler y las autorizaciones me encargo yo. Vos ocupáte de encontrar un local adecuado y las obras que expondremos.
- Ya tengo mis cuadros y mis esculturas. Además me gustaría ayudar a jóvenes artistas del tercer mundo a hacerse conocer.
Al improviso se oyó la voz de Gabriel que gritaba:
- ¡Soledad! ¡Soledad! ¡El nene!
- Es mi viejo. Está teniendo una pesadilla. Todas las noches sueña que mi madre es raptada por los militares.
Gael se precipitó en el dormitorio y comenzó a sacudir a Gabriel, que se debatía convulsamente entre las sábanas.
- ¡Papá! ¡Despertáte! ¡Despertáte! Sólo es una pesadilla. Mamá se encuentra bien.
Gabriel se despertó, sudado y confuso.
- ¿Dónde está Soledad?
- Mamá está al trabajo.
- Es mejor que me vaya. - dijo David en la puerta.
- No. Quedáte. Dentro de poco vuelve a dormir.
David se sentó en el sofá. Después de unos minutos Gabriel tomó de nuevo el sueño y Gael volvió al living, sentándose junto a David.
- ¿Se tranquilizó?
- Sí. Ahora duerme... Mi viejo no consigue curarse de la depresión... Me gustaría tanto poder hacer algo por él... Tal vez si halláramos a su nieto se sentiría mejor... Mi primo nació en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Mi tía Leonor lo alumbró en abril de 1977. Hicimos de todo para encontrarlo, pero fue inútil.
- Me dijiste que tus abuelos maternos se quedaron en Argentina.
- Sí. Apenas encuentremos una buena colocación vendrán a vivir con nosotros en Italia. Sólo nos hablamos una vez a la semana pues las llamadas al extranjero son muy costosas... En mi casa la plata siempre ha sido poca... ¿Sabés qué me da más rabia? Qué los militares que reducieron a mi padre en este estado, violaron a mi madre, y robaron a mis abuelos, quedaron libres e impunes.
Gael vio que sus palabras habían puesto incómodo a David y dijo:
- Yo no la tengo tomada contigo. Vos no sos como tu padre.
David se levantó.
- Es muy tarde. Tengo que irme.
- Antes de que hayas llegado a casa es el amanecer. Te conviene quedarte a dormir aquí. Hay el espacio.
Gael transformó el sofá en una cama matrimonial. David habría preferido volver a su departamento, pero para no parecer maleducado se le acostó al lado. Estaba tan cansado que, a pesar del malestar, en pocos minutos cayó en un sueño profundo.
Al regreso del trabajo, la sorpresa de Soledad fue grande al encontrar a David y Gael dormidos en el sofá-cama. Alzó la persiana enrollable de la ventana y los dos chicos se despertaron.
- ¡Hola! ¿Te acordás de David? - le preguntó Gael adormilado.
David y Gael se levantaron. La presencia de David, más que irritar a Soledad, la turbaba, porque desde cuando lo habían visto en la feria de Senigallia Gael hablaba de él continuamente.
Del dormitorio llegó Gabriel, en pijama y despeinado, arrastrando las pantuflas. Soledad le dio un beso en la mejilla.
- Andáte a vestirte. Esta mañana tenemos invitados para el desayuno.
- Papá, él es David Gutiérrez. Nos hemos convertido en amigos. - dijo Gael.
- ¡Hola, David! Gael siempre habla de ti.
Gabriel volvió al dormitorio. Mientras Gael ponía la mesa, Soledad vertió algunas gotas de una medicina en un vaso y metió el vaso delante del plato de la cabecera de la mesa.
- ¿Papá tuvo otra vez pesadillas? - se informó.
- Sí, pero volvió a dormir enseguida.
Gabriel, vestido de manera descuidada, regresó al cuarto y se sentó a la cabecera de la mesa. Soledad, David y Gael también tomaron asiento y empezaron a comer.
- Bebé la medicina. - le dijo Soledad a su marido, acariciandole el pelo - Estás todo despeinado... Luego te hacé la barba.
- ¡No! - dijo él, desganado.
- Sí.
- ¿Qué dice Gael de mí? - preguntó David.
- Que sos un pelotudo capitalista. - contestó Gabriel, con candor desarmante.
- ¡Gabriel! - exclamó Soledad, incómoda.
La escena divirtió bastante a Gael, que le pasó un bollo a su amigo.
- Tomáte otro bollo.
- ¿Me estás atiborrando para decirme luego que soy un gordo chancho burgués? - hipotizó David.
- ¿Vamos a dar un paseo, más tarde? - le propuso Soledad a Gabriel.
- No.
- ¿Por qué no? Salir te sentaría bien. Siempre estás encerrado en casa. Sos perezoso.
Gael interrumpió a sus padres.
- Tengo que dar un anuncio. Yo y David fundamos una sociedad. Él pone la plata, yo mi ingenio. Para comenzar publicaremos mi novela y abriremos una galería de arte. Luego veremos.
Soledad le preguntó a David con aprensión:
- ¿Tu padre está de acuerdo?
- ¿Qué tiene que ver su padre? - intervino Gael.
David contestó con decisión:
- Que lo esté o no, no voy a renunciar a nuestros proyectos.
- Piénsalo bien.
David miró su reloj de pulsera y se levantó.
- Son las ocho. Si no me doy prisa llegaré tarde al trabajo.
- Los jefes pueden presentarse en la oficina a cualquier hora. - le hizo notar Gael.
- No los jefes como yo... ¿Me prestás tu novela?
Gael le dio su libro a David, que ya se había puesto el chaquetón.
- Cuando hayas terminado de leerla házme saber tu opinión.
Los dos jóvenes salieron al descansillo.
- ¿Con tu novia qué tenés intención de hacer? - preguntó Gael.
- Prefiero esperar algún día. Esta semana Elena se someterá a varios exámenes.
- Si mi novia me traicionara y estuviera embarazada de otro hombre la mandaría al diablo sin pensarlo dos veces.
- ¡Chau!
- ¡Chau! ¡Buen trabajo!
En la escalera la luz natural de la mañana ponía de relieve los muros rebozados por huellas negras y los peldaños incrustados de suciedad. También fuera del edificio cundía el deterioro. El patio con el asfalto lleno de agujeros era un depósito de viejos automóviles, ciclomotores desvencijados y bicicletas herrumbrosas.
Parecía todo absurdo e irreal.
Con un respiro de alivio David vio que su coche había salido indemne de las correrías nocturnas de los gamberros. Sobre de él el cielo estaba plomizo y alrededor de él el aire estaba gélido. Al pensamiento que Gael era obligado a vivir en un lugar semejante la tristeza se apoderó de él.
David estaba concentrado en la lectura de un informe cuando de repente la puerta de su despacho se abrió y en el umbral apareció Gutiérrez.
- ¡Hola! Pasaba por esta zona y he aprovechado para hacer una escapada a la fábrica. ¿Estás atareado?
- No. Entra nomás. Sentáte.
El coronel se sentó enfrente de su hijo. Los dos hombres estaban ambos con espinas. Fue Gutiérrez quien rompió el hielo.
- ¿Cómo te va?
- Bastante bien.
- Todavía no fuiste a hacerte cortar el pelo.
- No tuve el tiempo.
El coronel se cansó enseguida de soslayar y fue al grano.
- Supe que vos y Elena se casarán. Pronto serás papá... Siento que es un varón... ¡Qué emoción llegar a ser abuelo! Estoy fuera de mí de alegría. ¿Ya elegieron el nombre de su hijo?
- Todavía no.
- Pensaba que lo llamarían como yo.
David entendió que su padre había dado el primer paso para reanudar las relaciones con él porque quería a su hijo: siempre había deseado a un nieto para exhibirlo a amigos y conocidos. Entonces se le pasó por la mente una idea.
- Necesito una gauchada. Querría que vos localizara a un niño raptado por los militares. Nació en abril de 1977 en un centro de detención de la marina, el Club Naval. Su madre se llamaba Leonor Díaz.
- ¿Era pariente de Gael Díaz, presumo?
- Sí. Era su tía.
- No conozco a nadie en la armada.
- Pero todavía tenés muchos amigos en el ejército y en la policía también.
- Ahora son todos viejos agilipollados. Es imposible que se acuerden de hechos de hace casi treinta años.
- Sé que existen archivos secretos, en alguna parte.
- Ésta es otra invención de los comunistas. Nunca existió ningún archivo secreto sobre los desaparecidos. ¡Cómo podés creer en ciertas patrañas!
- ¿Entonces no querés ayudarme?
- Pasó demasiado tiempo.
Era más que evidente que Gutiérrez no entendía ceder. De impulso, David dijo con tono perentorio:
- Si no me procurás la información que te pedí, te impediré ver a mi hijo. No te invitaré ni siquiera a mi casamiento.
- ¿Es un chantaje?
David asintió con firmeza.
- Sí.
- ¿Qué te has metido en la cabeza? ¿Hacerme pasar por un traidor?
- Tenés que elegir entre pasar por un traidor y renunciar a tu nieto.
Era la primera vez que David hablaba con tanta determinación a su padre. Él mismo se asombró de su osadía.
Para mí es una obligación moral hallar al primo de Gael.
- Pues ¡qué obligación moral del carajo! - estalló el coronel - Hablás como un jodido beato. Vos no te dás mínimamente cuenta de qué patético sos. Así me hubiera dado un soponcio el día que para contentar a tu madre te mandé a estudiar a los salesianos. Debería denunciarlos de lesiones en el cerebro, a esos curas de mierda.
La aversión de Gutiérrez hacia los religiosos católicos se remontaba a muchos años atrás. Primero había habido el cambio de casaca del cardenal Bucero, su gran amigo, hermano masón y compañero de juerga en los locales nocturnos de Recoleta. Luego los salesianos habían transformado a su hijo en un moralista fanático como su madre.
- Es tiempo perdido intentar explicarte en qué apuro me estás metiendo... En cuanto sepa algo cierto te lo comunicaré. Ahora estarás satisfecho. - concluyó tajante el coronel.
La primera cosa que Gutiérrez hizo volviendo a casa fue llamar a su viejo amigo Raúl Sánchez, ex director del Club Naval de 1976 a 1979, con el pretexto de informarse de su salud. El almirante ante todo le describió los preliminares y las secuelas de la intervención a la próstata que apenas había sufrido, sin ahorrarle el menor detalle. Luego le magnificó las cualidades de su último ligue, una espléndida mujer de cincuenta y cuatros años.
Sánchez, al contrario de Gutiérrez, no había renunciado a las conquistas amorosas. Y para alcanzar su objetivo no reparaba en gastos. Siempre había sido un coleccionista de aventuras. Le gustaban todos los tipos de mujeres: jóvenes, viejas, lindas, feas, gordas, flacas, altas, bajas, ricas, pobres.
A la edad de 72 años estaba convencido de que todavía era un hombre atrayente, dotado de una inteligencia aguda y de una conversación brillante. Las señoras no tenían ninguna excusa válida para negarse a ir a la cama con él al menos una vez.
- Me dijo que soy el hombre más fascinante que nunca haya conocido. - se jactó el almirante.
- Esperemos que cuando te quitarás la ropa y te quedarás en calzoncillos ella no cambie de idea, al ver a un viejastro flácido y decrépito. - pensó divertido el coronel.
Después de media hora Gutiérrez no aguantaba más escuchar, pero se impuso resistir por el bien de su nieto. Su sacrificio no fue vano ya que después del aburridísimo informe clínico-sentimental logró descubrir en pocos segundos lo que le importaba saber sin comprometerse.
- ¡Qué pequeño es el mundo! - exclamó - ¿Sabés a quién encontré aquí en Milán? Un prisionero de El Circo. Gabriel Díaz, el loco. Te hablé de él una vez.
- No me acuerdo.
- Su hermana Leonor estaba contigo en el Club Naval. Estaba embarazada.
- De Leonor Díaz me acuerdo bien.
- Esperaba una nena que luego vendiste al teniente Ruffo.
- Te equivocás, Gustavo. Esperaba un varón que le regalé a mi prima Noemí.
- ¡Muy linda mujer tu prima!
- De joven era linda. Ahora está hecha un loro. El tiempo destruye todo.
- ¡Cojudo! Es fácil joderte. - se regodeó dentro de sí el coronel. Luego continuó la conversación como si nada.
- ¿Y tu cuñado Enrique? ¿Le pusieron la cadera artificial?
Gael no tardó mucho en encontrar un sitio para transformar en galería de arte. Como David le había repetido muchas veces que el precio no era un problema, pudo permitirse elegir un gran negocio desalquilado en una zona central de Milán.
Un sábado por la tarde Gabriel y Soledad visitaron el local. David aprovechó la ocasión para comunicarles que había descubierto dónde se encontraba el sobrino de Gabriel. El chico vivía en la ciudad de Azul, en la Pampa, con los que creía sus padres, Rodrigo y Noemí Camára, quienes lo habían adoptado a través de un pariente almirante. Por el momento no sabía más, pero había encargado a un investigador que hiciera búsquedas y en los próximos días podría seguramente darles otras informaciones.
La noticia trastornó mucho a los Díaz.
- No veo la hora de ir a la Argentina a conocer a mi primo. - dijo Gael.
- Cuando quieras reservo los boletos de avión.
- Hacélo enseguida.
- Les pueden hospedar los abuelos. - sugirió Soledad.
- Su casa es pequeña. En un hotel estaremos más cómodos.
- Hay otras novedades. - añadió David - Antes de partir les devolveré la suma que fue pagada para el rescate de Soledad. Revaluada y con los intereses, claramente.
Gael estaba entusiasta. Pronto conociría a su primo y ahora que ya no tenían problemas de dinero sus abuelos se trasladarían a Italia. Su familia estaba por reunirse.
- Ustedes lo creen todo fácil, como si Gutiérrez no existiera.
Soledad estaba preocupada por la reacción que podría tener el coronel.
- Quedáte tranquila. Mi padre no nos pondrá ningún obstáculo. - le aseguró David.
Gael esperó que sus viejos volvieran a casa para preguntarle a David cómo lo había logrado.
David le contó que había amenazado a su padre con no hacerle ver a su nieto si no hubiera hallado a su primo.
Había otra cosa que le interesaba a Gael.
- ¿La dejaste?
- Todavía no.
- ¿No será que aunque no querés admitirlo estás enamorado de ella?
- No. Esta noche voy a hablarle.
Para David enfrentar a Elena fue menos complicado que lo que pensaba. Ella en un primer momento negó todo, luego, puesta entre la espada y la pared, le rogó que la perdonara. Él fue comprensivo pero inflexible y rompió el noviazgo.
También decirlo a su padre fue para David menos difícil que lo previsto. Al principio el coronel se enfureció y como un volcán en erupción vomitó una avalancha de insultos y amenazas hacia Elena, incluso el augurio de que genere a un hijo mongólico. Luego juró que no se arruinaría los últimos años de vida por culpa de una puta y se calmó.
Dos días antes de la salida David puso al corriente a Gutiérrez que viajaría a la Argentina con Gael, asegurándole que actuaría con la máxima prudencia. Quien denunciaría a los Camára sería la Asociación de las Abuelas de Plaza de Mayo y su nombre no aparecería en ninguna acta oficial.
El coronel le deseó buen viaje con una mueca sarcástica.
En una decena de horas David y Gael pasaron del frío invernal de Milán a la quemazón veraniega de Buenos Aires. Del aeropuerto se fueron directamente a la casa de los padres de Soledad. Andrés y Matilde no lograban comprender por qué querían alojarse en un hotel y intentaron en vano convencerlos a quedarse con ellos.
Por fin, a las nueve de la tarde, entraron en la habitación que habían reservado en un elegante hotel de la Avenida de Mayo. Gael se desvistió y se acostó. David fue al baño y llamó a su padre con el celular.
- Apenas llegué al hotel. El viaje fue bien. - empezó.
- El médico dice que tengo úlcera. - lo informó Gutiérrez con acritud.
- Lo siento.
- Vos me hiciste enfermar. Yo ya no vivo por el terror a que nuestro nombre acabe en la boca de todos.
- Ya te dije que la denuncia contra los Camára será presentada por las Abuelas de Plaza de Mayo.
David estaba demasiado cansado para resistir ulteriormente una conversación de aquel tenor y se despidió.
- Te llamo mañana. ¡Chau!
Vuelto al cuarto se quitó la ropa, se metió bajo las sábanas y apagó la luz. Después de algún minuto Gael encendió la lámpara de su velador y le apoyó una mano en una cadera.
- No logro dormir. - dijo.
Aunque asustado por lo que podría acontecer, David no se movió.
Gael sabía que debía actuar con cautela y lo besó dulcemente, con los labios entornados. Luego lo atrajo sobre de si, continuando besándolo, le levantó la camiseta y le acarició los hombros y la espalda. Conociendo sus problemas no le pidió que usara el preservativo.
- Nunca me acosté con un hombre. - le reveló.
- Tampoco yo.
Hacía tiempo que Gael esperaba aquel momento. El encuentro con el hijo del coronel Gutiérrez había hecho aflorar en su alma pulsiones nuevas. Al principio había sentido atracción física por David, luego, frecuentándolo, había descubierto que a pesar de que eran diferentísimos, en el carácter, en el aspecto y en el vestuario, se encontraba bien junto a él y había comprendido que lo amaba. Antes de conocerlo nunca había manifestado tendencias homosexuales, pero tampoco nunca se había enamorado de ninguna a mujer.
Cuando Gael le puso las manos en el eslip, David comenzó a agitarse.
- No lo consigo. No lo consigo. No lo consigo. - murmuró abatido.
Luego se sentó y volvió la cabeza hacia la ventana, para rehuir la mirada de Gael.
- No te preocupés. A mí también me ocurrió. A todos les ocurre. Es la emoción.
- No es la emoción. Yo sufro de impotencia. Me hice curar por especialistas de medio mundo, sin ningún resultado. Ya probé con todo: psicoterapia, fármacos de cualquier tipo... ¿Entendés ahora por qué Elena me traicionaba? Es inútil iniciar una historia que no tiene porvenir. Dejá estar.
Gael tomó la cara de David entre las manos.
- Irá todo bien.
Se durmieron abrazados. La mañana después se despertaron casi contemporaneamente. La habitación estaba inundada por la luz del sol, caliente y deslumbrante. Se quedaron a deleitarse en la cama por un rato, hasta que David se levantó y dijo que iba a ducharse. Después de unos minutos Gael lo alcanzó en el baño. David al principio se sintió incómodo, luego se acostumbró a su presencia.
Gael estaba seguro de que David se curaría completamente de la impotencia. Aunque reventaba por hacer sexo con él, decidió que no forzaría los tiempos: por ahora no iría más allá de los besos y las caricias.
Por una semana David y Gael recorrieron a lo largo y a lo ancho Buenos Aires, saboreando de nuevo los colores, los olores y los sonidos de la ciudad en la que habían nacido. David volvió a ver los lugares que habían marcado su infancia y su adolescencia y encontró a amigos y conocidos que no veía desde hacía años. Gael lo llevó donde un tiempo surgía El circo. El viejo centro ilegal de detención había sido vendido por el ejército a los particulares, quienes lo habían en parte demolido, en parte transformado en un taller textil. En los locales en los que Gutiérrez hacía torturar a los opositores del régimen, ahora inmigrados bolivianos clandestinos trabajaban doce horas al día a cambio de un puñado de pesos.
Un día, frente a la Casa Rosada, David y Gael se dieron con un grupo de veteranos de las Malvinas que protestaban para conseguir la revaluación de la pensión que les había concedido el presidente Menem.
El más aguerrido en reivindicar sus derechos era un ex teniente de la marina que durante el hundimiento del General Belgrano había perdido un brazo y un pie. Para demostrarle su solidaridad Gael le apretó la mano, sin saber que el hombre era un antiguo conocido de su madre, es decir Joseph Bertin, alias Marcelo Castro.
En otra ocasión David y Gael, sentados a una mesa cerca de la vidriera de un bar de la Avenida de Mayo, asistieron a un cortejo de organizaciones de izquierda. Los manifestantes desfilaban rumbo a la sede del Congreso levantando carteles y pancartas y gritando frases contra el gobierno.
Un anciano cliente del bar, demacrado y amojamado, expresó en voz alta su contrariedad.
- ¡Ablandahigos! ¡Mequetrefes! La policía tedría que intervenir y llevarlos a todos a la cárcel.
Un transeúnte de unos setenta años empezó a despotricar contra los manifestantes, gesticulando animadamente. Un joven se separó del cortejo y le tiró un puñetazo en la cara. Una camarera comentó:
- Ese viejo era un milico. Lo vi en televisión. Se hacía llamar Rubio. Les ha insultado y ellos han reaccionado. ¡Le está bien empleado!
- ¿Por qué no va a defenderlo? - le preguntó Gael al cliente que había hablado antes.
- ¡Se lo ha buscado! ¡Que se la arregle solo! A mí me importan mis dientes.
Otros manifestantes agredieron al Rubio con patadas y empujones. El hombre, tambaleante y con la boca llena de sangre, se refugió dentro del bar, precipitándose en el baño.
Un gruppo de personas del cortejo siguieron al Rubio en el bar, seguidos a su vez por una decena de policías. Los uniformados lograron con mucha dificultad escoltar al ex represor fuera del local y subirlo a una de sus camionetas, que se alejó entre patadas y escupitajos.
- En vez de detenirlo la policía lo protege... El Rubio trabajaba en El Circo. Podría ser él mi padre. - constató Gael, amargado.
David tuvo el impulso de abrazar a su compañero y de consolarlo, pero se retuvo de hacerlo para no escandalizar a los presentes.
Azul, la ciudad de los Camára, se encontraba en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital. David y Gael la alcanzaron en auto. Durante el trayecto a través de llanos que parecían no acabar nunca vieron enormes manadas de ganado que apacentaban. De vez en cuando se cruzaban con un gaucho a caballo.
En Azul muchos edificios tenían la fachada en estilo europeo. En la plaza central se erguían una catedral neogótica y un teatro de arquitectura neoclásica. Al norte de la ciudad corría el río Azul, en torno al que había sido construido un gran parque con un club de remo, un balneario y un campo de polo.
A los hoteles del centro David y Gael prefirieron un estancia que hospedaba a turistas en los alrededores de la ciudad. Su habitación tenía una terraza que daba a la llanura y una ventana asomada a un un patio engalanado de plantas y flores perfumadas.
En la cama, antes de dormirse, David recordó que una vez su padre habría querido llevarlo consigo en la Pampa, a la caza de ciervos y jabalíes, pero su madre se había opuesto taxativamente. Susan era un tipo tradicionalista y rutinario y le gustaba transcurrir las vacaciones siempre en los mismos sitios: Mar del Plata y San Martín de los Andes. Lugares de veraneo ideales por las familias burguesas, frecuentadas por hordas de turistas, detestados por Gutiérrez. Para relajarse el coronel a menudo se concedía partidas de caza con sus amigos, en las cuales en cambio, con su gran pena, David no podía participar.
En la espera de encontrar a los Camára David y Gael decidieron visitar Coros, la aldea natal de Gabriel. Partieron por la mañana temprano. El sol estaba bajo sobre el horizonte y parecía una gran pelota anaranjada.
- Cuando mi primo descubra la verdad no querrá más ver a los Camára. - dijo Gael durante el viaje.
- No es así simple.
- ¿Cómo podría continuar viviendo con los cómplices de los que mataron a sus padres?
David no contestó.
- Yo no sabía que era gay antes de conocerte.
- Yo lo descubrí a los quince años.
- ¿Te confiaste con alguien?
- Sólo con un cura que era también mi profesor de matemáticas.
- ¿Qué reacción tuvo el cura? ¿Estaba escandalizado?
- No. Al contrario. Fue muy comprensivo. Al final del coloquio me recomendó: “Por caridad, no se lo contés a tu padre. Sería capaz de hacerte lobotomizar”.
David y Gael rompieron a reír fragorosamente.
- Las novias que tuve servían para esconder mi omosexualidad a los ojos de la gente.
Ahora se advertía mucha amargura en las palabras de David: siempre había vivido su condición con grande vergüenza y por años había debido escuchar las chanzas de mal gusto de su padre sobre los gay sin reaccionar.
Gael sintió una gran compasión por él y le acarició una mejilla.
David reflexionó que estaba afortundo al tener un compañero como Gael. Nadie había sido nunca tan cariñoso hacia él. Su madre, más que darle cariño, lo sofocaba con sus atenciones de manía y sus preocupaciones exageradas, tanto que cuando había muerto, además que por un dolor devastador, había sido invadido por un incontenible sentido de liberación. En un primer momento Gael le había aparecido como un muchachito descarado y provocador, pero luego se había revelado mucho más serio y maduro de lo que pareciera. David sentía que Gael era sincero con él y que nunca lo traicionaría.
En la única plaza de Coros, delimitada por una iglesia decrépita, seis casas, una fonda con el letrero torcido y una polvorosa tienda de comestibles, flotaba una atmósfera de incuria y desolación. Todo alrededor se extendía la Pampa inconmensurable, sembrada de estancias aisladas.
La fonda "José Luis" era sucia y sin aire condicionado. El tabernero, un hombrachón chorreante de sudor que se taponaba de continuo la cara con un pañuelo, les sirvió a David y a Gael un asado semicarbonizado con una guarnición de verduras recocidas y insípidas.
Después de haber almorzado, David y Gael se fueron al pequeño cementerio del pueblito y recorrieron sus sendas desiertas bajo el sol alto de la primera tarde. El calor mixto con la humedad era asfixiante. La tumba que buscaban estaba recubierta de tierra y de hierbajos, señal de un abandono decenal. Sobre la lápida sin fotografías estaban grabados los nombres y las fechas de nacimiento y de muerte de los padres de Gabriel: Osvaldo Díaz 1920-1980 y Mariana González 1930-1980.
Gael pensó que a diferencia de sus abuelos sus tíos nunca tendrían una tumba. Sus restos probablemente estaban esparcidos en alguna fosa común. O quizás se encontraban sobre el fondo del Río de La Plata, junto a los de millares de otros desaparecidos.
La casa en la que Gabriel había vivido hasta la edad de dieciséis años estaba ahora hecha una ruina. Profundas grietas surcaban las paredes desconchadas y el poco revoque quedado, originariamente celeste, era casi completamente desteñido. A través de los vidrios de las ventanas, cubiertos por una espesa capa de polvo, se podían entrever enormes telarañas pendientes del techo.
- Quiero ver cómo es adentro. Echemos la puerta abajo. - dijo Gael.
- ¿Estás bromeando? Nos arrestarán.
- Aquí no habita más ninguno desde hace años... Yo empujo hacia esta parte y vos hacia la otra.
David consintió con reluctancia, sólo para no pasar por el que siempre dice no.
Las bisagras de la vieja puerta cedieron al primero espaldarazo. Antes rodaron a tierra, luego se ayudaron a levantarse recíprocamente, riendo como niños que apenas han hecho una travesura.
- ¿Todo bien?
- Parece que sí.
En la euforia del momento Gael, convencido de que había llegado el momento justo, unió sus labios a los de David y lo besó como todavía no había hecho, sin frenar su deseo. Luego le desabrochó los pantalones, diciendo que allí nadie los podía ver. David se retrajo.
- ¡No!
- ¿Por qué? Soltáte.
- Es inútil.
David tenía los ojos bajos, mortificado.
- Disculpáme. No quería forzarte.
- No es culpa tuya.
Detrás de la casa había un terreno baldío.
- En este campo sembraban el trigo. - dijo Gael para romper la tensión - Debemos comenzar a pensar en el futuro, en donde iremos a habitar.
- No podemos ir a vivir en la misma casa.
- ¿Por cuál razón?
- Mi padre nunca lo aceptaría. Él desprecia a los gay. Si revelara públicamente mi homosexualidad ya no querría tener nada que ver conmigo... Tratá de entender. Mi padre es todo lo que me queda de mi familia. No tengo corazón para cortar las relaciones con él.
- Habría debido esperarmelo... Yo creía que iríamos a habitar juntos. Quería formar una familia contigo.
- Yo pensaba que vos también...
- ¿Qué? ¿Qué yo también me conformara con una relación clandestina?
- Vivimos en la misma ciudad. Podemos vernos todos los días.
- ¿Fingiendo que sólo somos amigos? Tal vez encontrando a una novia para guardar las apariencias.
Gael aferró a David por los hombros y casi lo suplicó.
- Yo te amo. No dejés que tu padre siga condicionando tu vida.
- No puedo.
- Díme al menos que lo pensarás.
- No. No puedo. - repitió David.
- Es mejor acabarla aquí. Cuando volvamos a Italia cada uno se irá por su calle.
Gael alcanzó el coche. David lo siguió y sólo logró decir:
- Lo siento.
El cielo se oscureció al improviso. El sol desapareció detras de un capa de nubes grises. No se echó a llover, pero durante todas las tres horas que emplearon para regresar a la estancia el fragor del trueno resonó amenazador a lo lejos.
Después de la discusión en el campo detrás de la vieja casa de Gabriel, entre David y Gael bajó un muro de frialdad y de silencio. Apenas se dirigíian la palabra, y sólo por lo estrictamente necesario. En la cama se volvían la espalda todo el tiempo y no se duchaban más juntos. David sobre todo sufría la situación. Era Gael quien lo evitaba.
El encuentro con los Camára tuvo lugar en una habitación de un despacho de abogado de Azul, en una tarde bochornosa y soleada. Rodrigo Camára y su esposa Noemí eran dos individuos bastante grotescos. La mujer, con un pesado maquillaje, parecía embalsamada: culpa según algunos, mérito según otros, de un renombrado cirugiano plástico de Córdoba. El hombre lucía un penoso emparrado de varias mechas trenzadas.
Los Camára eran emprendedores agrícolas: poseían millares de hectáreas de terreno, destinados al cultivo cerealista. Vivían en un grande estancia y tenían decenas de dependientes.
- ¿Qué quieren de mí y mi esposa? - empezó Camára - ¿Por qué nos pidieron que nos reuniéramos en este despacho de abogado?
David y Gael habían resuelto que sólo David hablaría, mientras Gael escucharía.
- Ayer por la mañana fue presentada una denuncia de robo de menor contra ustedes. Por el bien de Pablo, les aconsejo que le conten la verdad sobre su nacimiento, antes de que la descubra por la televisión y los periódicos.
Las palabras de David golpearon a los Camára con la violencia inesperada de un rayo. Los dos pensaban que habían sido contactados a causa de la herencia de una anciana tía que se disputaban desde hece meses con el resto de su familia.
- Pablo es nuestro hijo, no lo raptamos, yo lo parí. Hay las fotos de cuando estaba embarazada, los exámenes médicos, los certificados de la clínica donde nació. - dijo Noemí Camára.
- Es todo falso. No será difícil demostrarlo.
- Mi marido no es un militar. Eran los militares y los policías los que raptaban a los hijos de los desaparecidos. Están cometiendo un error.
- No, señora. El error lo cometió usted hace muchos años... Es inútil que neguen. Tenemos demasiadas pruebas. Les conviene colaborar con la justicia, así obtendrán una condena leve.
Rodrigo Camára intervino en la discusión, con una actitud arrogante.
- Les conviene a ustedes dejarnos en páz si no quieren acabar mal. Tenemos muchos conocidos encumbrados que pueden hacer estancar cualquier investigación de la magistratura y dar una lección a quien se entromete en los asuntos de los demás.
- Ninguno de sus amigos encumbrados les ayudará. Los militares comprometidos con la dictadura ya no tienen el poder que tenían en el pasado y la magistratura ya no sufre su condicionamiento como un tiempo... Confesen. Y asuman sus responsabilidades.
Rodrigo Camára no rebatió. La perspectiva de pasar los siguientes seis o siete años entre aulas de tribunal y celdas penitenciarias lo angustiaba hasta quitarle el respiro. Se sentía como si un peñasco le estuviera aplastando el pecho.
Noemí Camára volvió con la memoria a veintiséis años atrás, cuando, harta de sentirse echar en cara por su marido su esterilidad, había decidido dirigirse a su primo Raúl para obtener a un niño que habría hecho pasar como suyo. Su primo, almirante de la marina militar, una vez le había contado que los hijos de los subversivo eran separados de sus familias, para evitar que se volvieran delincuentes como sus padres. La mujer se había auto convencido que hacerse confiar al hijo de un terrorista no era un expediente para esquivar la restrictiva ley sobre las adopciones vigente en la época en la Argentina: era una buena acción, un servicio hecho por la colectividad, y por encima a su muerte el chico heredaría una montaña de dinero.
Por seis meses había fingido que estaba embarazada, luego se había hecho internar en una clínica de Buenos Aires, donde unos médicos y empleados complacientes habían certificado el nacimiento de su primogénito: un varón de tres quilos y ocho hectogramos de peso. Había vuelto a casa teniendo en brazos al recién nacido que su primo Raúl le había hecho llevar a escondidas a la clínica, después de haberlo arrancado a su madre. Ella y Rodrigo se habían apegado enseguida al niño, que, por un caso afortunado de la suerte, se le parecía vagamente. Desde entonces dudas, virajes, remordimientos: tampoco uno.
David y Gael se levantaron. Antes de salir David concluyó:
- Refieran a Pablo que su primo Gael desea encontrarlo. Nos veremos en el tribunal.
Los Camára fueron incriminados de apropiación de menor y falsificación de documento público. Considerado la cantidad de pruebas en su contra, el juez federal al frente de la causa dispusó la prisión preventiva de ambos.
Cuando dos policías escoltaron a los Camára fuera del despacho del magistrado otros dos policías acompañaron adentro del despacho a un hombre en vestidura talar. Se trataba del sacerdote al que Soledad había pedido ayuda para hallar a Gabriel. Su pelo se había encanecido, pero su barba todavía era roja.
El Padre Renzo, con la promesa de interceder para hacer liberar a sus seres queridos, había estafado notables cifras de dinero a muchos parientes de desaparecidos, acumulando una fortuna, que había invertido en casinos. Pero no era por esto que había sido detenido. Ante la justicia tenía que responder de delitos mucho más graves: secuestros de persona, torturas y homicidios cometidos durante la última dictadura, en complicidad con los militares.
Un numeroso grupo de fotógrafos, periodistas y camarógrafos siguió a los Camára mientras recorrían el pasillo del tribunal, dirigidos hacia la salida, y les sometió a una ráfaga de preguntas.
- Señora Camára, ¿cómo se encuentra?
- ¿Cómo reaccionó su hijo a la noticia que no son sus verdaderos padres?
En el pasillo también estaba Pablo, junto a su novia. El chico tenía una mirada transida. Los Camára no habían encontrado el ánimo para revelarle que era hijo de desaparecidos: lo había descubierto el día de su arrresto.
- Mi primo está destruido. - dijo Gael - Tal vez hubiera sido mejor dejar las cosas como estaban.
David le alentó.
- No debés sentirte en culpa. Pablo tenía el derecho a conocer la verdad.
La cronista de una emisora local, acompañada por un camarógrafo, acosó de preguntas al primo de Gael.
- ¿Usted es Pablo Camára? ¿Cuál es su estado de ánimo en este momento?
- No tengo nada para decir.
- ¿Qué prueba respecto a las personas que la adoptaron ilegalmente? ¿Piensa que un día podrá perdonarlos?
- No tengo nada para decir.
- ¿Ya encontró a su familia biológica?
- ¡Basta ya!
David y Gael se acercaron a la periodista.
- ¡Se vaya! - le intimó David. Pero la mujer estaba tenaz.
- ¿Ustedes quiénes son? ¿Parientes de los verdaderos padres o de los adoptivos?
- Si no te vás te hago tragar el micrófono! - la amenazó Gael, logrando por fin que ella se alejara. Luego se presentó tímidamente a su primo.
- ¡Hola! Yo soy Gael.
Pablo también estaba intimidado.
- ¡Hola!
Gael indicó con la cabeza a David.
- Él es mi amigo David.
Intervino la novia de Pablo.
- ¿No me presentás a tu primo?
- Ella es Denise, mi chica.
- Casi es hora de almorzar. ¿Quieren venir a comer con nosotros? - les propuso Denise a David y a Gael.
- ¡Con mucho gusto!
Gael y Pablo transcurrieron juntos una entera semana, conociéndose y hablando del pasado y del presente. El día de los saludos Pablo dijo que no podía abandonar a sus viejos porque ellos lo habían criado y siempre lo habían tratado bien.
Gael, visiblemente decepcionado, se despidió de su primo abrazándolo, esperando que cambiara de idea.
Manejando hacia la estancia se le llenaron los ojos de lágrimas. David estaba disgustado por él, pero comprendía perfectamente lo que estaba pasando Pablo. Era difícil librarse del condicionamiento de un padre prepotente y violento, como era el suyo y como probablemente era también Rodrigo Camára.
En la habitación inmersa en la penumbra, a través de los postigos cerrados, filtraba un solo rayo de sol.
- Me está bien estar contigo con tus condiciones.
Las palabras de Gael le llegaron a David inesperadas, mientras preparaban las valijas.
Viendo su incomodidad, Gael añadió:
- No es necesario que vos digas nada.
Y volvió a reponer la ropa.
Las cosas se habían arreglado, no como habrían querido, pero eran de nuevo una pareja.
Después de la cena se fueron a la terraza para admirar por última vez el panorama, en el fresco de la tarde.
El espectáculo de la Pampa silenciosa y ilimitada serenó sus ánimos.
David pasó un brazo en torno a los hombros de Gael y lo atrajo a si. Gael se le estrechó aún más. Se quedaron amartelados largo rato, mientras la luz del crepúsculo descoloraba lentamente en el negro de la noche. Tenían muchas cosas para decirse, pero aquel abrazo interminable las puso superfluas.
En la madrugada David fue invadido por la gana de hacer sexo. Empujado por un ardor que nunca había sentido besó a su compañero, que le daba la espalda, en el cuello, despertándolo. Sintiendo su erección Gael se quitó el eslip, se metió boca abajo y abrió las piernas. David le entró adentro sin demasiada fatiga. No duró mucho. Al final se abandonaron supinos en la cama, afanosos. En cuanto recobraron algunas fuerzas se acercaron el uno al otro. Gael apoyó la cabeza en un hombro de David y David le dio un beso en la frente, un beso que era al mismo tiempo una demostración de cariño y de gratitud.
Gabriel, Soledad, Gael, Andrés y Matilde se fueron a vivir todos juntos en un departamento alquilado en un barrio central de Milán, cerca del edificio en donde vivía David.
Gael no necesitó decirle a su familia que amaba a David. Fue Soledad quien afrontó la cuestión.
- ¿Vos y David irán a vivir juntos? - le preguntó, con leve incomodidad.
- No. - contestó Gael
- Pensábamos que...
- Preferimos que nadie sepa de nosotros dos.
Viendo sus miradas serenas, Gael comprendió que sus padres y sus abuelos habían aceptado su relación con David sin traumas.
En realidad Soledad, Andrés y Matilde habían quedado bastante turbados por la descubierta de la omosexualidad de Gael, pero por amor al chico habían decidido esconder su desconcierto. Para Soledad era duro sobretodo aceptar el pensamiento que nunca tendría nietitos. Solo Gabriel, que siempre había tenido una mentalidad bastante abierta, había aceptado la cosa como si fuera la más natural del mundo. Pero, en el fondo, a él también le dolía no poder tener nietos.
Después de muchos virajes, David decidió confesar la verdad a su padre. No teniendo el ánimo para hablarle personalmente, le entregó una carta en la que le contaba que se había enterado de que era homosexual durante la adolescencia y que él y Gael se habían enamorado y le aseguraba que se portaría de modo que ninguno viniera en conocimiento de su unión con otro hombre.
Después de haber leído la carta Gutiérrez se quedó pedrificado, el rostro tenso y contracto semejante a una máscara torva, hasta que su hijo le dijo:
- En breve abriremos una galería de arte. Me gustaría mucho si vinieras a visitarla.
El coronel no profirió palabra. Frente a su mutismo impenetrable, David no pudo hacer otra cosa que saludarlo y irse.
David continuó trabajando diez horas al día en la Syntec. Gael se entregó en cuerpo y alma a decorar la galería de arte y a la publicación de su novela. Se veían a ratos perdidos: después de cenar, el fin de semana. Las veladas las pasaban en el departamento de David. Antes de que el sueño lo venciera, Gael se levantaba de la cama y volvía a su casa. David se sentía en culpa porque entendía que Gael habría querido transcurrir más tiempo junto a él, pero no tenía la fuerza para cambiar las cosas y chocar con su padre.
La galería de arte fue inaugurada en junio. A primeros de agosto Gutiérrez visitó el local durante el horario de cierre.
Frente a la creatividad de cuadros y esculturas de artistas africanos, asiáticos y suramericanos el coronel negó con la cabeza.
- No entiendo de arte contemporánea. No entiendo nada.
- A decir verdad tampoco yo. - admitió David - Estoy contento de que vos hayas aceptado mi invitación.
Gutiérrez esbozó una sonrisa. El retrato que lo inmortalizaba pintado por Gael llamó su atención.
- ¿Qué es éste?
- Una criatura mitológica.
David cambió enseguida de tema. La primera cosa que le vino a la mente fue que en la Argentina apenas había sido nombrado presidente el peronista Néstor Kirchner.
- La Argentina tiene un nuevo presidente. ¿Qué opinás de Kirchner?
- Que es un pelotudo. Con sus insensatas reformas hará caer el país en un abismo.
La pregunta de David no habría podido ser más inoportuna. Kirchner en efecto, desde el día de su elección, se había mostrado determinado a eliminar la impunidad y los privilegios de los que todavía gozaban los militares golpistas. Para demostrar que hacía en serio, en pocas semanas había relevado de su cargo y reemplazado a las cúpulas de las fuerzas armadas y había pasado a retiro a decenas de generales, almirantes y brigadieres. Además, a fines de julio había revocado un decreto de su predecesor De la Rúa que impedía la extradición de los militares argentinos imputados en juzgados extranjeros, consentiendo el arresto de 46 oficiales incriminados por un tribunal de Madrid por la desaparición de personas de nacionalidad española durante la dictadura.
En la firme intención del presidente de renovar la Corte Suprema, haciéndole recuperar la autonomía del poder politico que había perdido durante el gobierno de Menem, Gutiérrez veía segundas intenciones.
- Kirchner es un maldito comunista y quiere vengarse de los militares que mataron a sus amigos terroristas. Primero echará uno a uno a todos los miembros de la Corte Suprema de Justicia y los reemplazará con sus hombres. Una vez obtenido el control absoluto de la Corte hará declarar inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y nos mandará a todos en prisión... ¡Si a las fuerzas armadas hubiera quedado una migaja de orgullo!
David tocò un argumento que le preocupaba bastante.
- El Rubio fue detenido. Lo acusan de haber secuestrado y vendido al hijo de una de las presas de El Circo a otro militar, el capitán Roberto Báez.
Todos los periódicos y los canales de televisión argentinos habían hablado de ese hecho, a causa de una consecuencia trágica. Cuando la policía se había presentado en la casa del matrimonio Báez para arrestarlo, la mujer del capitán por la emoción había tenido un infarto, que la había matado en tres minutos.
- Si el Rubio hiciera tu nombre...
La frase de David se quedó en suspenso.
- No sucedería nada. El Rubio no es más que un miserable sargento y yo un coronel. Aunque me acusara de complicidad ningún juez le creería... ¿Tu socio cómo está?
- Bien. El trabajo le da muchas satisfacciones. En pocos meses vendió casi todas sus obras... La semana que viene será huésped en un famoso programa televisivo para presentar su primera novela.
Gutiérrez hizo un gesto de irritación.
- Carajo, yo no entiendo si vos sos tonto o lo hacés adrede porque la tenés tomada conmigo. Me asegurás que serás discreto y luego mandás a tu amiguito a hacerse entrevistar en televisión delante de millones de personas.
La enésima humillación verbal de parte de su padre se puso la gota que colma el vaso. David sintió subirsele adentro un imparable sentido de rebelión y de rabia, que transparentó en su tono de voz.
- No tenés nada que temer. Gael no hablará de su vida privada.
- Él no, ¿pero los periodistas? Podrían hacer investigaciones. Cuando sospechan que hay podredumbre en alguna parte se le lanzan encima como buitres sobre una carroña. Son gusanos asquerosos. Sienten gusto a hurgar en la basura.
- Mis sentimientos no son basura.
- Si se descubre tu historia con el hijo de los Díaz llegaré a ser el hazmerreír de todos mis amigos. No podré más salir de casa.
- ¿Desde cuándo te importa tanto el juicio de tus semejantes? Nunca escondiste tu pasado de represor.
- Yo no era un represor, era un soldado que combatió y venció una guerra para salvar su patria del terrorismo comunista.
- Te da vergüenza tener un hijo homosexual pero no que sobre tu conciencia recaiga la muerte de miles de seres humanos. Según vos amar a una persona de tu mismo sexo es peor que matar, torturar, robar y violar.
- Ya te dije que eran los suboficiales los que maltrataban a los prisioneros. Y yo no podía hacer nada... Tenés que convencer a Gael a renunciar a la entrevista.
- No. No sería justo.
- ¡Sos un ingrato! Yo me desangré para procurarte una posición importante en la sociedad. Te compré una fábrica a costa de grandes sacrificios.
- ¡Sacrificios! ¿Cuánto fue fatigoso constreñir a madres desesperadas a cederte todo a cambio de la vida de sus hijos?
- ¡Pará, carajo! Tu moralismo ipocrita me da náuseas. ¡Está bien, confieso! Durante la dictadura hice torturar y matar a centenares de subversivos. Soy un despiadado homicida. Pero vos no sos menos culpable que yo, porque aunque en esa época hubieras sido adulto y consciente de lo que estaba aconteciendo, no habrías movido un dedo para salvar a esa gente. ¡Negálo si tenés el coraje!
- No lo niego. Soy un vil. Me doy asco solo porque a causa de aquéllos como yo en la Argentina los delincuentes mandonearon por años.
El silencio que bajó entre él y su padre le permitió a David recobrar la calma y concluir con tono tranquilo pero resuelto:
- Aunque me repudies como hijo, no esconderé más el amor que siento por Gael. Y no volveré más a trabajar en la Syntec.
Antes de irse, Gutiérrez dijo con frialdad:
- Te deseo mucho éxito con tu galería. Llamáme de vez en cuando. Nos vemos.
Gael se le acercó a David. Había escuchado su discusión col coronel en una habitación contigua.
- ¡Perdonáme! ¡Perdonáme! - murmuró David, abrazándolo.
De aquel momento su vida tomó otro curso.
Ya no tuvieron secreta su relación. Gael se trasladó a casa de David. David se matriculó en la facultad de Abogacía. Después de algunos meses volaron a los Estados Unidos, donde adoptaron a un recién nacido de origen hispano a quien llamaron Gabriel y apodaron Gabi para distinguirlo de su abuelo.
David en un principio quedó algo trastornado por la llegada de Gabi: no lograba darse cuenta de que aquella criatura frágil e indefensa era su hijo y se sentía inadecuado como padre. Gael había tenido que insistir mucho para convencerlo a adoptar a un niño. David, en efecto, pensaba que una pareja de gay no era apta para criar a un hijo, porque ofrecía un modelo de padres de un solo sexo, excluyendo la figura materna. Luego, pero, viendo que Gabi crecía sereno y equilibrado, cambiaría de opinión.
Gabriel se apegó a Gabi de manera casi morbosa. Pasaba horas y horas jugando con él, mimándolo o mirándolo dormir. Por la noche se levantaba de la cama varias veces para controlar que respirara bien. En breve tiempo sus condiciones psicológicas mejoraron notablemente. Cuidar a su nieto era para él una terapia que tenía lejos las crisis depresivas.
A fines del año Pablo se fue a Italia para conocer a Gabriel. Gael se sintió como si se hubiera tomado la revancha cuando su primo le confió que sus relaciones con los Camára ya no eran las de antes. El descubrimiento del modo en que había sido adoptado lo había alejado de ellos y había abierto en él una herida que difícilmente se cerraría.
David aprobó sus primeros exámenes universitarios con el máximo de las notas. A menudo el chico pensaba qué opresiva e insoportable habría sido su existencia si la suerte no le hubiera hecho encontrar a Gael. Siguió frecuentando a su padre por el sentido del deber, evitando escrupulosamente hablarle de su relación con su compañero. Fue el coronel quien aludió a la cuestión.
- ¿ En la pareja, vos sos el hombre o la mujer? - preguntó una vez a quemarropa.
David, con un hilo de voz, le contestó "El hombre".
Él comentó cáustico:
- Al menos eso.
Y no volvió nunca más al argumento.
Col pasar de los meses los encuentros entre David y Gutiérrez se pusieron cada vez más fríos, breves y esporádicos, hasta que, después de que la Syntec fue vendida por 10 millones de euros, se interrumpieron definitivamente. Sin embargo David, contra cada lógica, siguió abrigando la ilusión que su viejo un día cambiaría, volviéndose, si no un padre, al menos un abuelo cariñoso.
A consecuencia de la plena confesión de los Camára el almirante Sánchez fue detenido. Por razones de salud le otorgaron enseguida el arresto domiciliario, del que se evadió muchas veces para ir a divertirse en los locales nocturnos con sus amigos.
La cerimonia de conmemoración del 28ø aniversario del inicio de la dictadura en Argentina, el 24 de marzo de 2004, fue caracterizada principalmente por dos eventos. Antes, en el Colegio Militar de Buenos Aires, en presencia del presidente de la república Néstor Kirchner y de los altos mandos militares, el Comandante en Jefe del Ejército Roberto Bendini subió a un banquito y quitó de una pared donde estaban colgadas las fotografías de los directores del colegio los retratos de los ex presidentes Videla y Bignone. Luego Kirchner pidió públicamente perdón por los crímenes cometidos por el estado durante la dictadura y anunció que la Esma, la Escuela de Mecánica de la Armada, sede de uno de los mayores centros clandestinos de detención, sería transformada en un museo de la memoria.
- ¡Hemos caído muy bajo! - dijo Gutiérrez a regañadientes mientras delante de sus ojos cargados de livor pasaban las imágenes más significativas de la ceremonia propuestas por el telediario - Las fuerzas armadas se han hundido en la mierda. Kirchner ha reducido a los oficiales en pinches a su servicio... ¿Por qué nadie se rebela? Los argentinos se han convertido en un hatajo de borregos.
Desde el día en que había asumido en la Casa Rosada Kirchner ya había inferido muchas humillaciones a los militares golpistas. La más grande remontaba a agosto de 2003, cuando la Cámara y el Senado, impulsados por el presidente, habían anulado las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, obligando de este modo la Corte Suprema de Justicia, el único órgano institucional con la facultad para abrogar una ley, a pronunciarse sobre su constitucionalidad.
Aunque David nunca llevò a Gabi a su casa, Gutiérrez vio lo mismo al niño. Era otoño avanzado. El coronel estaba atravesando el parque de la calle Solari junto a dos amigos. En el aire, empujadas por el viento, revoloteaban las hojas secas que caían de las ramas de los árboles.
Ocurrió todo en un puñado de segundos.
Una serie de sonoras y alegres risitas infantiles precedieron la visión de Gabi que trotaba alrededor de los chorros de una fuente, seguido por David y Gael.
Gutiérrez, térreo, cambió enseguida de dirección y aceleró el paso. Sus amigos tuvieron que recurrir a todas sus fuerzas para no romper a reír.
A la vergüenza inicial en el ánimo del coronel sucedió un rencor feroz hacia su hijo, que no le había nunca dado ninguna satisfacción y lo había cubierto de ridículo frente a toda la ciudad.
Desde la Argentina cada día llegaban malas noticias para Gutiérrez, excepto el hecho que la economía lentamente se estaba reactivando.
El proceso de renovación de la Corte Suprema procedía rápidamente. En catorce meses tres miembros del máximo tribunal, para evitar un juicio politico, fueron obligados a renunciar. Uno fue destituido por mal desempeño en sus funciones. Sus cargos, quedados vacantes, fueron ocupados por juristas agradables a Kirchner.
Los militares involucrados en los crímenes de la dictadura estaban cada vez más en dificultad. La sociedad los marginaba y un número cada vez grande de magistrados apelaba a la incostitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final para poder encarcelarlos. La abrogación de esas dos leyes sólo era cuestión de tiempo. La Corte Suprema, a pesar de las presiones de Kirchner, oficialmente aún no había tomado una decisión sobre ese asunto y mostraba que no agradecía las interferencias del presidente. Pero el coronel estaba convencido de que era todo un fingimiento para hacer creer a la opinión pública que el poder judicial era independiente del poder político. En realidad los miembros del máximo tribunal, sometidos a Kirchner que les había hecho nombrar, ya tenían lista la sentencia de incostitucionalidad de las leyes de amnistía y dentro de poco la darían a conocer.
Gutiérrez se preguntaba cuál sería su suerte. ¿Padecería un nuevo juicio o se pondría ejecutiva su condena a veinte años de cárcel? Y luego siempre había la incógnita del Rubio y del capitán Báez. ¿Hasta cuándo funcionarían sus amenazas de hacerlos matar si no hubieran tenido la boca cerrada? El coronel no se sentía más al seguro en Italia. Temía que la magistratura habría concedido su extradición, si algún juez argentino la hubiera solicitado.
También el humor y el físico de Gutiérrez ya no eran los de un tiempo: la garra y el vigor con los que siempre había enfrentado la vida lo estaban lentamente abandonando. El coronel estaba deprimido y habría trompeado a quien decía que la vejez era el periodo más bueno de la existencia humana. ¿Qué había de bueno en tener la dentadura postiza y llevar el pañal? Envejecer es una desventura, pensaba. Tu cuerpo se deforma y tenés dolores por todas partes. Los jóvenes no te consideran. Las mujeres si sos rico sólo se juntan contigo para esquilmarte la cuenta en el banco. Si sos pobre ni te veen. Los hijos no esperan otra cosa que te mueras para apropiarse de tu herencia. Un viejo no es nada para nadie.
Gutiérrez se sentía cansado. No aspiraba a más que a algo de paz y serenidad. Las madres de Plaza de Mayo y el presidente argentino comenzaron a atormentarlo mientras dormía. Kirchner le aparecía en sueño con el morro de un gran ratón con los ojitos malévolos, las Madres con el semblante de viejas brujas desdentadas y arrugadas.
A envenenar la vida del coronel contribuyó también considerablemente la noticia que en la Argentina su viejo colega Francesco Salvio había publicado un libro de memorias titulado “Mis días en el infierno de El Circo”. Subtítulo: “Las sobrecogedoras revelaciones de un ex medico torturador arrepentido”. El primer capítulo estaba enteramente dedicado a él, el sádico y malvado coronel Gustavo Gutiérrez, y lo pintaba como una fiera infernal, sedienta de sangre y famélica de dinero.
El 23 de mayo de 2005 el juicio contra los Camára y el almirante Sánchez se concluyó con una condena a cinco años y seis meses de reclusión para ambos los cónyuges. Noemí Camára obtuvo la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad, así que sus amigos descubrieron que tenía seis años más de los que declaraba. El almirante Sánchez befó la justicia muriendo de cáncer de próstata el día antes del veredicto.
La noticia que Gutiérrez esperaba desde hacía mucho tiempo llegó oficialmente el 14 de junio de 2005, en el 23ø aniversario de la deshonrosa y humillante derrota de las Malvinas, pero estaba en el aire desde hacía semanas. La Corte Suprema argentina había declarado inconstitucionales las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, consintiendo la reapertura de los juicios contra alrededor de 400 entre militares y policías involucrados en los crímenes de la dictadura, de los que sólo el diez por ciento aún en actividad. 157 ex represores ya estaban detenidos o cumplían detención domiciliaria por motivos de edad.
El coronel sabía que, a diferencia del pasado, las fuerzas armadas no intervendrían para obstaculizar la justicia. Las viejas generaciones eran demasiado aisladas y debilitadas. Las nuevas eran fieles al presidente.
Gutiérrez casi vomitó al sentir al comandante en jefe del ejército Bendini comentar:
- Anular los indultos tiene que ser el paso que sigue. Yo ya lo expresé muchas veces: hay que juzgar y condenar a los responsables, no sea cosa que vayan presos los subtenientes y los de mayor jerarquía queden en libertad.
Cuando en Canal 13 apareció Kirchner el coronel apagó el televisor.
NOVELA “LEJOS EN EL TIEMPO” - VERSIÓN PARA ESPAÑA
- Hoy es el primer día de primavera. - anunció Soledad.
Era el 21 de septiembre de 1976. Soledad y sus padres, Andrés y Matilde Bianchi, estaban desayunando en el living de su chalé, en el barrio Palermo de Buenos Aires.
Seis meses atrás, el 24 de marzo, los comandantes en jefe del ejército, general Jorge Rafael Videla, de la armada, almirante Emilio Eduardo Massera y de la fuerza aérea, brigadier Orlando Ramón Agosti con un golpe de estado habían destituido a la presidenta Isabelita Perón instaurando una junta militar, de la que Videla había sido designado presidente. Los golpistas habían declarado el estado de sitio, disuelto el parlamento, removido a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, suspendido la constitución y las actividades políticas y sindicales. El nuevo gobierno militar había obtenido el apoyo, en algunos casos entusiasta, en otros resignado, de muchas fuerzas políticas y de los medios de comunicación y había sido reconocido oficialmente por la mayoría del episcopado argentino y por casi todas las otras naciones.
Desde el inicio del siglo en la Argentina los régimenes civiles y las dictaduras militares se alternaban de continuo, por lo cual el último golpe no había suscitado particulares preocupaciones en la población. Además el gobierno presidido por la viuda de Juan Perón, sucedida a su marido en 1974, había sido fuertemente debilitado por una grave crisis económica y por una guerrilla interna desencadenada por dos grupos armados: los Montoneros, que se inspiraban en las ideas socialistas de Perón y el Ejército Revolucionario del Pueblo, que representaba la izquierda más radical. Un amplio sector de la sociedad, constituido sobre todo por las clases empresariales y más acomodadas, ponía muchas esperanzas en el Proceso de Reorganización Nacional elaborado por la junta, cuyos objetivos principales eran debelar el terrorismo, restablecer la seguridad y el orden social, defender los valores de la moral cristiana y sanear la economía.
- ¿Puedo irme a estudiar a casa de Luisa después de las lecciones? - preguntó Soledad.
- Está bien pero no tardes. - le recomendó su padre.
- Prometo que regresaré antes de las cinco.
Andrés abrigaba mucha confianza en su hija, que siempre se había demostrado obediente y juiciosa. Soledad cursaba el bachillerato en letras y era su orgullo. Tenía dieciocho años, rasgos delicados, la tez clara, el pelo largo, castaño y liso y una mirada dulcísima.
Andrés y Matilde eran funcionarios estatales y como millones de sus connacionales tenían orígenes italianos: sus familias habían emigrado a la Argentina de Lombardia en los años ’20. Los padres de Andrés, partidos con escasos recursos de Meda, en Buenos Aires habían abierto una pequeña fábrica de muebles, gracias a la cual habían podido hacer estudiar a sus dos hijos hasta la licenciatura. El padre de Matilde, en cambio, un ingeniero nacido en Erba, había fondado una de las más renombradas empresas constructoras de la capital.
Soledad se levantó y dio un beso a sus padres.
- Me voy si no pierdo el autobús. - dijo corriendo fuera de la habitación.
Mientras Soledad iba al colegio, en un piso de un elegante condominio del barrio Retiro Gustavo Gutiérrez, coronel del ejército, desayunaba con su esposa Susan y su hijo David, de cinco años.
Gutiérrez tenía cuarenta años, rasgos marcados y los ojos y los cabellos negros azabache, heredados de sus antepasados españoles. Su mujer, de diez años más joven, tenía el pelo rubio, la piel diáfana y los ojos azules.
- Esta noche ¿vemos la televisión juntos? - le preguntó David a su padre.
- No es posible. Hoy tengo que hacer horas extras y volveré tarde a casa, cuando tú ya estarás en la cama.
- ¡No! - exclamó David poniendo hocicos.
- Ningún berrinche. No lo tolero.
- Mamá dice que tú haces un trabajo importante.
- Muy importante. Doy caza a los malos y los capturo, como los shérifs en las películas de vaqueros.
- No des detalles. - intervino Susan - El niño es demasiado pequeño para entender y el único resultado que obtienes es asustarlo.
En el rostro del oficial se dibujó una expresión de asco. El hombre maldijo el día en que se había enamorado de su esposa. La había conocido seis años atrás, con ocasión de un curso de adiestramiento en los Estados Unidos, en Florida. Había sido un flechazo por ambos y tres meses después se habían casado. Susan pertenecía a una adinerada familia católica de la alta burguesía. De una belleza celestial, se parecía a un hadita buena y gentil. Ya durante la luna de miel, pero, se había transformado en una pérfida bruja. Moralista hasta rozar el fanatismo, hacía tragedias interminables por una simple palabrota. Para ella las apariencias eran más importantes que cada otra cosa. Cuando había nacido David, nueve meses después de la boda, se había puesto aún más intransigente e insoportable. Para evitar las quejas de su mujer Gutiérrez en casa tenía que reprimir constantemente su temperamento irascible y impetuoso. Por suerte tenía su trabajo. En la oficina estaba libre de ser él mismo sin censuras y podía desahogar sobre sus subordinados la rabia acumulada entre las paredes domésticas.
El coronel se limpió la boca con la servilleta.
- Me voy. - dijo tirando la servilleta sobre la mesa.
Luego se levantó de un brinco y con pasos rápidos salió de casa.
Regresando de la escuela Soledad y su compañera de clase Luisa pasaron delante de la entrada de un cementificio, precisamente mientras por la cancela estaba saliendo un pequeño grupo de obreros.
- ¡Está ahí! - exclamó Soledad en voz baja, ruborizandose al ver a un chico sobre los veinte años bastante delgado, de mediana estatura y de pelo castaño rizado.
- ¿Te decides o no a saludarlo? - la exhortó Luisa.
- Me avergüenzo. Él tiene que tomar la iniciativa.
- Si es tímido como tú nunca lo hará. Ahora le pregunto qué hora es.
- ¡No! ¡Por favor!
El chico se acercó a las dos jóvenes y se dirigió a Soledad.
- ¡Hola!
Soledad continuó caminando. El chico la siguió, la superó y se le colocó delante para pararla.
- Podrías dignarte a devolver mi saludo. - le dijo - ¿O te sientes demasiado superior a un pobre obrero como yo?
- Yo no te conozco. - replicó Soledad incómoda.
- ¿Cómo no? Llevamos un mes viéndonos todos los días cuando yo salgo de la fábrica y tú del colegio.
Luisa se alejó velozmente, con la excusa que tenía que ir a una cita con el dentista. El chico aprovechó para ofrecerse de acompañar a casa a Soledad.
- A pie, porque el auto no lo tengo.
La joven, aunque titubeante, consintió.
- Está bien.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad... ¿Y tú ?
- Gabriel... Gabriel y Soledad. Suena bien.
El cielo azul estaba límpido. El aire estaba tibio. Las frondas de los árboles susurraban, agitadas por una brisa ligera.
Gabriel propuso a Soledad de dar un paseo en un gran parque que costeaba la calle. En un día tan bonito era una lástima estar encerrados en casa. Ella rechazó su invitación.
- No puedo. Tengo que estudiar.
Gabriel no se dio por vencido y entró en el parque, incitándola:
- ¡Venga! ¡Ven!
Soledad lo alcanzó y se aventuraron juntos entre jacarandás y palmeras y prados bien cuidados. Después de una inmersión de casi una hora en la naturaleza, los dos jóvenes se sentaron en un banco, delante de un pequeño lago artificial.
- Mis padres viven en el campo y cultivan la tierra. - empezó a contar Gabriel - Hasta los dieciséis años yo también trabajé en los campos, luego me trasladé a Buenos Aires para ser obrero. Desde este año concurro al colegio nocturno porque no quiero quedarme un ignorante por siempre.
- Tú no eres para nada ignorante... Debe ser duro trabajar y estudiar al mismo tiempo.
- ¡Ya! Además tengo también otra actividad que me absorbe mucho.
- ¿Cuál?
- Debo confesarte algo. No lo digas a nadie. Soy un revolucionario comunista.
- ¿Qué?
El término revolucionario alarmó a Soledad. La política no la interesaba y la atemorizaba la presencia en su escuela de asociaciones estudiantiles que hablaban de lucha armada y cambios drásticos en la sociedad.
- Bromeaba. - dijo Gabriel - Sólo soy afiliado al sindicato. Me bato para que sean respetados los derechos de los trabajadores, no pongo bombas en los cuarteles.
- No se bromea sobre ciertos argumentos.
- Tienes razón. Discúlpame... El dueño de mi fábrica nos considera los obreros algo más que esclavos. Yo soy el único que se rebela a sus abusos. En cambio mis colegas soportan todo sin resollar. Pero los comprendo. Hoy en día se debe estar muy atento a lo que dice. Sólo por haber expresado sus opiniones, decenas de personas fueron eliminadas.
- ¿Dónde? ¿Aquí en la Argentina?
- Sí.
- No lo sabía.
- No eres la única. La mayor parte de la gente ignora, o finge ignorar, que desde cuando Videla ha llegado a ser presidente comenzó una verdadera persecución hacia la oposición. Quieren hacernos desaparecer. Los militares van por la noche a las casas de los militantes políticos y los raptan, llevándose los documentos, las fotografías, los vestidos, incluso los muebles. Luego las autoridades tratan de convencer a los parientes de los secuestrados que sus seres queridos se alejaron voluntariamente. Pero no es todo. Los pocos afortunados que volvieron contaron que fueron encerrados en prisiones secretas y torturados por días.
Soledad se sintió invadir por una sutil angustia.
- ¡Es terrible! Nunca hablaron de esto en el telediario.
- Y nunca lo harán. Los medios de comunicación son controlados por el gobierno, que es el principal responsable de estas atrocidades.
- ¡Basta ya! Ya no quiero sentir estas cosas.
Soledad estaba trastornada.
- Discúlpame. Debía habérmelo imaginado que mis palabras te asustarían. Desgraciadamente es todo verdadero.
- Podría acontecerte a ti también.
- ¿Te sentiría?
- Sí. Mucho.
- ¿Quieres venir a cenar a mi casa? No pienses mal. No vivo solo. Me hospeda un colega casado.
- Mis padres no me permiten salir por la tarde. Son muy aprensivos conmigo.
- ¿Eres hija única?
- Sí. ¿Tú tienes hermanos?
- Una hermana y un hermano mayores que mí, ya casados. Ellos también viven en Buenos Aires... Pronto me convertiré en tío. Mi hermana está embarazada de dos meses. Espero que dé a luz a un varón.
- Vosotros hombres sólo deseáis a varones. A mí en cambio me gustaría tener una niña.
- A mí también. Pero el primogénito tiene que ser un varón... Di a los tuyos que vas al cine con una amiga.
- Es mejor que no.
- ¿No te fías de mí?
- ¿Por qué no debería fiarme?
- Entonces llámalos.
Gabriel y Soledad se dirigieron hacia un teléfono público. La joven entró en la cabina y marcó un número.
- Mamá, ¿puedo ir al cine con Luisa, esta noche?... Estudiamos todo el día... Sólo por esta noche. ¡Por favor!... Intenta convencerlo... Quédate tranquila. No me sucederá nada. ¡Adiós!
Soledad salió de la cabina con una sonrisa radiosa.
- Dijeron que sí.
Gabriel la llevó de la mano. Después de pocos pasos se paró y la besó delicadamente sobre los labios. Soledad le devolvió su beso. En aquel momento el chico sintió que había encontrado a la compañera que cada hombre busca: la con la que formar una familia y compartir el camino de la vida.
Gabriel habitaba en una humilde vivienda con el techo de chapa y enlucida sólo en el interior. El colega que lo hospedaba tenía dos hijos, un varón de cuatro años y una niña de seis. Su esposa se desempeñaba como empleada doméstica. Soledad sintió cierta incomodidad al compartir la misma mesa con personas desconocidas y tan diferentes de ella: no estaba acostumbrada.
Después de haber cenado Gabriel y Soledad se encerraron en el cuarto del joven y pasaron media hora besándose, hasta que en Soledad prevaleció la sensatez.
- Ahora tengo que irme. Es tardísimo. Si mis padres descubren que estoy aquí contigo no me dejarán más salir de casa.
- Quédate todavía un rato. - le dijo Gabriel tratando de desabrocharle la blusa.
Ella se apartó de su abrazo.
- ¡No! No me siento todavía lista para hacer ciertas cosas. Apenas nos conocemos.
- Estamos juntos desde un mes.
- No es verdad.
- Me has gustado desde el primer momento en que te vi.
- Tú también.
- Entonces estamos juntos desde un mes.
Soledad consideraba la que apenas había nacido con Gabriel su primera relación importante. Siempre había tenido filas de admiradores, por los que se dejaba cortejar por vanidad, concediéndoles a lo más algún casto beso, pero ninguno de sus pretendientes nunca le había hecho palpitar fuerte el corazón como Gabriel. La diferencia de clase no constituía un problema. Sus padres no tenían prejuicios hacia los pobres y nunca se opondrían a su casamiento. Y además Gabriel estaba estudiando para egresar y ella le ayudaría a buscar un trabajo mejor.
Desde la cocina llegaron golpes y gritos. De repente la puerta se abrió y cuatro individuos armados de pistola irrumpieron en el cuarto.
- ¿Eres tú Gabriel Díaz? - preguntó uno de ellos.
- Sí. Ella no tiene nada que ver. Cojan sólo a mí.
Los cuatro hombres esposaron a Gabriel y Soledad de modo brutal y les vendaron los ojos. Gabriel intentó una reacción y gritó:
- ¡No la toquen!
Como castigo recibió un puñetazo en el abdomen. Luego a él y Soledad los arrastraron a la calle y los hicieron tumbar en el fondo de un Ford Falcon verde que partió a toda velocidad. Mientras tanto otras personas saquearon la casa y cargaron los objetos robados, de los que hacían parte los muebles también, en un furgón.
- Gabriel, ¿te hicieron daño? - preguntó Soledad, aterrada y aturdida.
- No te preocupes. Estoy bien. - le dijo el chico para tranquilizarla.
Uno de los secuestradores los acalló amenazando:
- ¡Silencio! u os mato a ambos.
Tres Ford Falcon verdes entraron en el garaje subterráneo de una gran construcción de color marrón oscuro, bajo y escuadrado. Los primeros dos transportaban al colega de Gabriel, su esposa y sus dos hijos. El último transportaba a Gabriel y Soledad.
Diez hombres armados condujeron a los cautivos a lo largo de los pasillos del edificio. La escasa iluminación y el mobiliario vetusto conferían al entorno una atmósfera lúgubre.
En la habitación donde fue hecho entrar Gabriel estaba Gutiérrez, sentado a un escritorio. Una fotografía enmarcada del presidente Videla y un retrato de la Virgen descollaban en el muro, a la espalda del coronel.
Mientras la puerta de su oficina se cerraba, Gutiérrez dijo con una sonrisa amenazadora:
- De ti me ocupo yo, muchacho.
Soledad fue llevada a otra habitación e interrogada con tono duro por un hombre con el uniforme de teniente del ejército.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad Bianchi.
- ¿Cuál es tu nombre de guerra?
- No entiendo. Debe haber habido un error. Yo y Gabriel no hicimos nada malo.
- ¿Cómo se llaman los amigos de tu chico? ¿Dónde se encuentran?
- No conozco a los amigos de Gabriel.
- Si quieres salir de aquí tienes que decirnos todo lo que sabes.
- Yo no sé nada.
El teniente se puso a los hombros de Soledad y le sacó la venda. La joven vio una mesa metálica rectangular en cuyos bordes estaban fijadas unas cuerdas y poco lejos un mueble bajo sobre el que estaba apoyado un generador de corriente eléctrica.
- Mira qué te espera si no hablas. Ésa es una picana. Ahora te ato a la mesa y te hago ver cómo funciona.
La puerta se abrió y entraron dos individuos sobre los cuarenta años con el uniforme de sargento. Uno, apodado Rubio, era achaparrado, con la tez aceitunada y una gran cabellera teñida de rubio platino. El otro, apodado Ramón, larguirucho y de una palidez cadavérica, tenía las mejillas picadas de acné y ralo pelo castaño.
- Tenemos la orden de llevar a la detenida a una celda. - dijo el Rubio.
- ¡Lástima! - exclamó el teniente - Me divertiría con ella.
El Rubio y Ramón colocaron de nuevo la venda a Soledad y la condujeron a un tabuco sucio y sin ventanas. Luego le arrancaron la ropa de encima. Ella gritó y se debatió con todas sus fuerzas, pero en vano, y no pudo impedir que la violaran. Después de diez minutos los dos militares salieron de la celda carcajeándose. Soledad en cambio, acurrucada en el suelo, sollozaba desesperada. La joven recordó las palabras de Gabriel en el parque y entendió: se había convertido en una desaparecida.
Soledad no sabía que se encontraba en un almacén de propiedad del ejército transformado en uno de los 500 centros ilegales de detención en los que eran recluidos los opositores políticos. Ignoraba que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ejército, fuerza aérea, marina y policía federal habían sellado un pacto criminal para eliminar a quienquiera podía representar una voz de disenso a los tráficos turbios de la junta. En realidad la guerrilla había sido casi completamente derrotada ya durante el gobierno de Isabelita Perón por la Alianza Anticomunista Argentina, apodada Triple A, una organización paramilitar fundada en junio de 1973 por José Daniel López Rega, el más estrecho colaborador de Perón y luego de su esposa. Los golpistas interpretaban el papel de los que sacarían la Argentina de sus problemas sociales y económicos, pero su único fin era apropiarse de los puntos clave del poder y enriquecerse.
El centro en que Soledad había sido encerrada se llamaba El Circo.
El director de El Circo era el coronel Gustavo Gutiérrez, apodado Lobo por sus hombres.
Entrampada entre las macizas paredes de El Circo, Soledad pasó del desaliento a la total abulia. Estaba todo el día sentada en el suelo, con la mirada fija en el vacío, sin hablar, comiendo y bebiendo casi nada, indiferente a todo, también a los gritos y a los lamentos que provenían de las celdas adyacentes a la suya. Tampoco descubrir que estaba embarazada sacudió su apatía.
Extrañamente los militares le ahorraban el trato a base de golpizas e insultos que les infligían a los demás detenidos. También el Rubio y Ramón, después del primer día, ya no la habían violado, aunque seguían dirigiéndole piropos vulgares. Además le habían sacado las esposas y la venda, a condición de que nunca los mirara a la cara.
Por tres meses Soledad compartió su celda con otra chica, con la que intercambió poquísimas palabras. Luego su compañera fue trasladada a una cárcel legal.
En El Circo valían las mismas reglas de los otros centros clandestinos de detención. Entrando en esos lugares, generalmente ubicados en el interior de escuelas militares, cuarteles y comisarías, los desaparecidos perdían su identidad y se convertían en un número. No podían decirle a nadie su nombre, siempre estaban vendados o encapuchados y cada día padecían torturas y sevicias sexuales. Después de tres meses de permanencia los mataban. Para no suscitar en ellos sospechas, mientras los llevaban al lugar de la ejecución los carceleros les hacían creer que los estaban trasladando a un penitenciario legal.
Despojar a los desaparecidos de cada su haber era la regla para los militares, que a menudo peleaban furiosamamente a la hora de repartirse el botín. Los presos políticos que poseían propiedades inmobiliarias eran obligados a registrarlas a nombre de sus verdugos.
Los hijos de los desaparecidos eran llevados a un orfanato, o bien eran encarcelados y torturados para constreñir a sus padres a confesar, y en algunos casos morían. Los que eran muy pequeños y los nacidos en prisión eran adoptados por miembros de las fuerzas armadas y de la policía.
Recorriendo el pasillo, David sintió voces procedentes del salón. Impulsado por la curiosidad, el niño miró dentro de la habitación, a través de la puerta quedada entornada. Su madre estaba sentada en un sillón, rígida e impasible. Frente a ella, en un sofá, estaban sentados un hombre y una mujer que nunca había visto.
- Usted es nuestra última esperanza, señora Gutiérrez. - dijo la mujer - Llamamos a todas las puertas, inútilmente. Le suplico, pida a su marido que interceda por nuestra hija. Soledad nunca se ha ocupado de política. Fue arrestada por error.
Andrés y Matilde Bianchi, después de una extenuante e infructuosa búsqueda antes entre los amigos y los compañeros de escuela de su hija, luego en todos los hospitales de Buenos Aires, por fin habían descubierto que la desaparición de Soledad era ligada a la actividad sindical de Gabriel y era obra de las fuerzas armadas. Entonces habían presentado un hábeas corpus en el juzgado, que había sido rechazado, y se habían dirigido a cualquiera institución que pudiera ayudarlos a hallar a la chica: del Ministerio del Interior al Arzobispado, de la Embajada de Italia a la Nunciatura italiana. Sólo habían conseguido rechazos y mentiras, hasta que una conocida les había aconsejado que contactaran a una amiga suya, esposa de un coronel del ejército.
- No puedo ayudarles. Lo siento. - dijo Susan con frialdad.
Matilde empezó a llorar silenciosamente, luego se enjugó las lágrimas con una mano. David entró en el salón y se le acercó.
- ¡David! Vete a jugar en tu cuarto. - le mandó su madre.
- ¿Por qué lloras? - preguntó David, asombrado y al mismo tiempo disgustado.
- Porque se llevaron a mi niña.
Cuando los Bianchi se hubieron ido Susan le ordenó a su hijo que no referiera nunca a nadie, tampoco a su papá, lo que apenas había visto y oído. David obedeció, pero la imagen del rostro transido de dolor de la desconocida le quedaría grabada indeleblemente en la memoria por el resto de su vida.
El Rubió se fue a dar parte a su jefe junto a Ramón.
- Me felicito con vosotros. ¡Un trabajo excelente! - dijo Gutiérrez con un tono impregnado de ironía a los dos sargentos - Capturasteis a la persona equivocada y Carlitos logró escapar.
- Ésos dos se semejan como gotas de agua y tienen también el mismo auto. - se justificó el Rubio.
- No busques excusas, ¡hijo de puta! - estalló el coronel - Ocho meses de investigaciones tirados al retrete. Sois dos gilipollas incapaces. Si continuáis así os hago echar del ejército a patadas en el culo.
Además de considerarlo un imbécil, al igual que todos los otros suboficiales, Gutiérrez sentía repulsión hacia el Rubio. Se le revolvía el estomago a la vista de sus adiposidades desbordantes, de su monstruosa papada, de su uniforme perennemente manchada de sudor, de sus ridículos cabellos, que se había teñido de rubio para parecerse a un famoso divo de las telenovelas.
- ¿El prisionero lo liberamos? - preguntó Ramón.
- No. Se convirtió en un testigo incómodo. Tenerlo aquí por un rato y luego eliminarlo.
Al improviso la puerta se abrió de par en par y un hombre con bata blanca entró en la habitación preguntando en voz alta:
- ¿Dónde está el buró barroco?
- ¡Fuera! - les ordenó Gutiérrez con rabia reprimida al Rubio y a Ramón, quienes volaron.
El coronel nunca se había llevado bien con el doctor Francesco Salvio: lo consideraba una espía y un lameculos, un individuo mezquino, traidor y malévolo, siempre pronto a arrear con todo lo que le caía entre las manos.
- No se permita nunca más entrar en mi oficina sin llamar. El buró lo cogió el teniente Contreras.
Salvio protestó.
- Ese mueble era mío. Lo había prometido a mi esposa. No es justo que usted siempre se coja las cosas más lindas o las venda a sus amigos. Yo también tengo mis derechos.
- Esta cárcel la dirijo yo. A mí me corresponde establecer la utilización y el destino de los bienes secuestrados a los terroristas. Le aconsejo no darme problemas, de lo contrario me veré constreñido a tomar medidas disciplinarias hacia usted. Haga su trabajo y basta, doctor... A propósito de trabajo, ¿cómo está Soledad Bianchi?
- Está muy débil. Rechaza la comida. Quiere dejarse morir.
- Morirá cuando yo lo decida.
- ¿A quién dará al bebé?
- Al mejor oferente. Yo no regalo nada a nadie.
- Lo sé. ¿Ya recibió propuestas?
- Sí, y algunas eran realmente interesantes. Pero pienso que podría sacar mucho más. La chica es deliciosa y parirá de seguro a un hijo sano y precioso.
- Si se parecerá a su padre no será muy precioso. El Rubio y Ramón son repugnantes.
- Creía que Bianchi ya estaba embarazada cuando llegó aquí.
El doctor Salvio sonrió malignamente.
- No, absolutamente no. - dijo negando con la cabeza - Le contaron trolas.
Luego emitió un suspiro.
- Mi querido coronel, lo siento por usted pero temo que deberá conformarse con una suma muy inferior a la que esperaba. Si va a nacer un pequeño monstruo, como es probable, será difícil colocarlo en el mercado. También ofreciéndolo a precios tirados.
El coronel apretó los puños. Sus ojos llameaban como los de un toro embravecido.
Sólo fue la perspectiva de ser despedido a retenerlo de arremeter contra Salvio.
- Levántate y sígueme sin protestar. Tienes que ser trasladada a otra prisión. - le intimó el Rubio a Soledad.
Después de haberla guiada a lo largo de los pasillos de El Circo, el sargento vendó a la joven y la hizo tumbar en el fondo de un auto. Luego se sentó en el asiento trasero. El coche, conducido por un colega suyo, se puso en marcha y salió del patio del edificio, embocando una calle muy traficada y llena de gente. Después de cerca de media hora el vehículo llegó a una plaza desierta y se paró. El Rubio levantó a Soledad por el pelo y la empujó fuera del auto, haciéndola caer a tierra. El coche volvió a partir y se alejó. Soledad se quitó la venda y se miró alrededor, confusa y asustada. Después de algunos minutos llegó a la plaza otro vehículo, que se paró cerca de ella. Los dos ocupantes se bajaron. Eran sus padres.
- ¡Mamá! - exclamó Soledad.
- ¡Soledad! No temas. No te llevarán más. - le alentó su madre, abrazándola.
- No me encuentro bien. ¡El niño! ¡Está por nacer!
Los Bianchi subieron a su auto y se precipitaron en el primer hospital que encontraron a lo largo de la calle.
Pocas horas después Soledad yacía en una cama de un piso de maternidad, débil y dolorida. Los sufrimientos del parto la habían extenuado.
- Apenas vimos al bebé. Es guapísimo. - le dijo su madre.
- ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo dejaron libre?
- No sabemos nada de él.
Soledad cerró los ojos y se esforzó para no pensar en nada. Durante su breve estancia en el hospital, con el pretexto que se sentía cansada, nunca amamantó ni cogió en brazos a su hijo.
El día en que a Soledad le dieron el alta su padre, acompañandola a casa, aparcó el coche delante de un edificio popular y le anunció con cierta incomodidad:
- Ahora habitamos aquí.
Subido las escaleras hasta el tercer piso, los Bianchi entraron en un pequeño piso decorado modestamente. Soledad se miró alrededor asombrada.
- Ven al dormitorio a ver qué bonita cuna compramos por el niño. - la invitó su madre, que tenía en brazos a su nietito recién nacido.
- ¿Nuestra casa, nuestros muebles? - preguntó la chica.
- La cogió un militar, junto a todos nuestros ahorros, a cambio de tu excarcelación. - la informó Andrés tristemente.
- ¿Por qué Gabriel no fue liberado?
- No lo sabemos.
- No me queda nada de mi Gabriel, tampoco una fotografía. - dijo Soledad con la voz quebrada por el llanto.
Matilde trató de confortarla.
- Te queda su hijo.
- ¡Ése no es su hijo! ¡No lo quiero! ¡Llevarlos! ¡No lo quiero! - gritó Soledad, abandonándose a una crisis histérica.
- No hagas así. Es tu niño.
- ¡Lo odio!
El militar que había hecho excarcelar a Soledad era Gutiérrez. El coronel se había dirigido a las únicas personas dispuestas a desembolsar cualquier cifra para obtener al hijo de la joven: sus abuelos. Habría preferido hacer negocios con gente de su mismo entorno, pero nadie quería a los niños feos y morochos. Corría el riesgo de deber reembolsar el dinero ganado, o en el mejor de los casos de conceder un considerable descuento sobre la mercancía. Por lo tanto había decido ir sobre seguro contactando a los Bianchi.
Andrés y Matilde miraron a su nieto, quien dormía plácidamente en su cuna. La mujer embozó la sábana y la manta al pequeño, luego ella y su marido alcanzaron a su hija, tendida sobre el sofá del living.
- Nosotros vamos a trabajar. No hagas esfuerzos. Estás todavía muy débil. - le recomendó a Soledad su padre.
- ¿Por qué no pruebas a amamantar al niño? - le preguntó su madre. - La leche es tan cara.
- Si no tenemos bastante dinero para mantenerlo llevarlo a un orfanato. No creo que cuando Gabriel vuelva querrá cuidarlo. - replicó ella secamente.
En cuanto la puerta de casa se cerró a la espalda de Andrés y Matilde, Soledad se levantó del sofá y se pusó un par de zapatos y un gabán. Luego, después de haberse asomado a una ventana para controlar que los suyos se hubieran alejado, salió del piso, en busca de noticias de su novio.
El empresario de Gabriel se mostró contento de que el joven hubiera desaparecido.
- No tenía ganas de trabajar. Y instigaba a los demás obreros contra mí. Se habrá ido a vivir al mar junto con una bella chica. - le dijo con crueldad a Soledad, haciéndola huir en lágrimas.
El hombre no agradecía la presencia de enlaces sindicales en su fábrica porque quería ser libre de explotar a sus dependientes cómo y cuánto le gustaba. Él había sido quien había hecho secuestrar a Gabriel denunciándolo a los militares como un hostigador marxista. En prueba de gratitud por su contribución a la lucha contra el terrorismo Gutiérrez se había convertido en el amante de su esposa. Sucesivamente lo haría secuestrar y torturar por quince días. Luego lo constreñiría a venderle su fábrica por una suma irrisoria y por fin lo daría como comida a los cerdos.
Cuando Soledad, después de años, se enteró de su muerte horrible sintió un vivo placer.
Al final de la mañana Soledad entró en el confesionario de la iglesia de San José y entrevio el perfil de un hombre de alrededor de treinta años, de contextura robusta, con la barba y el pelo rojo. La joven se sentía angustiada y agotada. Había transcurrido cuatro horas atraviesando en balde la ciudad de una parte a otra. Parecía que a Gabriel se lo hubiera tragado la tierra.
- Necesito su ayuda para hallar a mi novio, padre Renzo. - dijo Soledad - Hace nueve meses fuimos secuestrados. En la prisión a la que nos llevaron habían capellanes del ejército como usted.
- ¿Capellanes del ejército? ¿Estás segura? ¿Les viste personalmente? - le preguntó el sacerdote.
- No, pero otros detenidos hablaron con ellos. Quizás usted los conozca.
- Creo que no... ¿Cuál es el nombre de guerra de tu novio?
- No tiene un nombre de guerra.
- ¿Qué hizo?
- Nada. Gabriel es un bueno chico.
- Entonces ¿por qué fue arrestado?
- No lo sé. Probablemente lo tomaron por otra persona.
- Mi querida hija, si no me cuentas la verdad no puedo ayudarte. Para conseguir localizar a tu novio tengo que conocer su nombre de guerra, los nombres de sus compañeros, los lugares donde se reunían.
- Gabriel no es un terrorista. Le ruego, me ayude. Ya no sé a quién más recurrir. Tengo un hijo con él.
- Se precisará mucho dinero.
- Ya no tenemos dinero.
- Entonces temo que no podré hacer nada por ti.
Después del coloquio con el padre Renzo Soledad volvió a su casa. Desde la planta bajo oyó los chillidos de un recién nacido. En el descansillo de su piso la esperaba una mujer rolliza con la piel marchita, que la atacó:
- Es toda la mañana que el bebé llora. No se deja a una criatura tan pequeña sola por todas estas horas. La próxima vez que sucede llamo a la policía.
Soledad no contestó, sacó un manojo de llaves de su bolso, abrió la puerta y entró en casa. Luego se fue directamente al dormitorio y se acercó a la cuna. El rostro de su hijo estaba contrato en una mueca dolorosa. Sus manitas apretaban el puño.
- ¡Deja! ¡Deja de llorar! ¡Me molestas! ¡Deja! - gritó la chica.
El niño siguió chillando a voz en cuello.
- ¡Soledad! - exclamó Matilde abriendo la puerta, regresando del trabajo junto a su esposo - La vecina me dijo que esta mañana saliste.
Con su gran estupor, Andrés y Matilde encontraron a su hija sentada en el sofá, amamantando a su niño.
En Soledad el amor era más fuerte que el odio.
- No preocuparos. - dijo la joven - Ya no dejaré solo a mi pequeñito. Mirar cuánto chupa. Lloraba porque tenía hambre, pobrecito.
- Debemos pensar en el bautizo. ¿Cómo quieres llamarlo? - le preguntó Matilde.
- Gabriel. Como su padre.
Soledad se puso de repente triste.
- Tengo mucho miedo a que se lo lleven.
- Quédate tranquila. Nadie te hará más mal, ni a ti ni a tu hijo. - le dijo Andrés.
- Hasta que los militares estarán en el poder nunca me sentiré tranquila.
Soledad se dedicó a su hijo con abnegación, sin cuidarse de los chismes y de las maledicencias que su condición de madre soltera suscitaba en la sociedad. El pequeño Gabriel fue apodado Gael. A menudo, mientras lo bañaba o le cambiaba el pañal, Soledad decía suspirando:
- Querría que Gabriel estuviera aquí conmigo, ahora.
La chica sufría terriblemente por no poder compartir con el hombre que amaba el crecimiento de su hijo: su primera sonrisa, su primera palabra, su primer dientito.
En cuanto logró descubrir la dirección de los padres de Gabriel, llevó al niño a conocerlos. Después de un largo viaje en autobús a través de las extensiones inmensas y monótonas de la Pampa, llegó a un soñoliento pueblito de 297 habitantes llamado Coros. De taxi tampoco la sombra, pero afortunadamente la transportó un hombre a la guía de un carrito remolcado por un caballo. La vieja casa de los Díaz, de un solo piso y con el revoque celeste, se encontraba en campo abierto y se alcanzaba recorriendo una callejuela de tierra. Soledad vio el primero a Osvaldo Díaz, a lo lejos, regando un campo de trigo bajo el sol ardiente. Llamó a la puerta y le vino a abrir una mujer de mediana edad.
- Yo soy la compañera de Gabriel. Éste es su hijo. - se presentó.
Mariana Díaz hizo acomodarse a Soledad en el mísero living y llamó a su esposo.
Los Díaz eran gente humilde e inculta pero de buen corazón. Su rostro estaba profundamente marcado por la fatiga y el sufrimiento.
Osvaldo hablaba lentamente, con tono sumiso y monocorde.
- También otros dos hijos nuestros, Leonor e Víctor, desaparecieron. Trabajaban en una fábrica textil de la capital. Leonor estaba embarazada de siete meses... Sus colegas dicen que se los han llevado los militares... Fastidiaban porque estaban comprometidos en el sindicato.
Antes de que repartiera, Mariana le regaló a Soledad una fotografía de Gabriel, sonriente durante la fiesta por su vigésimo cumpleaños. Por mucho tiempo Soledad conservaría esa imagen como una reliquia.
Sin nunca parar de pensar en Gabriel y de buscarlo, Soledad terminó el secundario y se matriculó en la facultad de Filosofia y Letras. Para no pesar demasiado sobre el balance familiar trabajaba como dependienta en una librería.
Un jueves de junio de 1978, mientras en el país se estaban desenvolviendo los campeonatos mundiales de fútbol, Soledad llevó a Gael a ver la Plaza de Mayo. En la plaza más importante y famosa de Buenos Aires, sede del palacio presidencial, la célebre Casa Rosada, al cuyo balcón se asomaba Evita Perón para hablar a los descamisados, la joven asistió a una extraña escena. Un numeroso grupo de mujeres sobre los cincuenta años, con la cabeza cubierta de un pañuelo blanco, estaba desfilando silenciosamente alrededor del Obelisco. Unos policías golpearon a las mujeres con porras y azuzaron a doberman contra ellas para asustarles y hacerles ir, pero las manifestantes no parecían decididas a abandonar el campo. Tampoco cedieron cuando los policías lanzaron los gases lacrimógenos.
Al disolverse del cortejo Soledad, impulsada por la curiosidad, se acercó a una de las manifestantes y le preguntó cuál era el motivo que les empujaba a actuar de aquel modo. Ana Roth, así se llamaba su interlocutora, le explicó que a todas aquellas señoras les unía la misma suerte: sus hijos habían desaparecido después de haber sido secuestrados por miembros de las fuerzas armadas. Desde el 30 de abril de 1977, cada jueves, se encontraban en la Plaza de Mayo pidiendo al gobierno la restitución de sus seres queridos, cuyos nombres estaban escritos sobre el pañuelo que llevaban en la cabeza. Desde el principio habían padecido maltratos de parte de la policía, pero en aquel período las agresiones se habían vuelto aún más violentas: la Argentina se encontraba al centro de la atención mundial por los campeonatos de fútbol y su presencia desprestigiaba la junta militar.
Gracias a Ana Roth, Soledad se puso en contacto con varias organizaciones de partidarios de los derechos humanos que se batían para llevar la cuestión de los desaparecidos a la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Contra el parecer de sus padres, preocupados por su incolumidad, la chica comenzó a participar en demostraciones de protesta frente a la Casa Rosada. A menudo la policía atacaba a los manifestantes con los gases lacrimógenos y los perros para dispersarlos. Aunque aterrorizada por las porras de los policías y por los dientes rechinados de los doberman, Soledad levantaba un cartel con la foto de Gabriel, esperando que sus esfuerzos no serían vanos. Durante los cortejos a menudo sufría contusiones y heridas, pero nunca pensó en renunciar a su lucha.
Entre Soledad y Ana Roth nació una grande amistad. Ana era una mujer tenaz y combativa. Se había unido a las Madres de Plaza de Mayo porque su hija Marlene había sido raptada un año y medio atrás junto a su marido y a su niña de tres semanas. Era hebrea, pero ya no iba a la sinagoga porque todos los rabinos a los que había pedido ayuda la habían acusado de no ser una buena madre y habían sentenciado que su hija se había metido en líos a causa de la educación permisiva y liberal que había recibido.
Ana se apegó mucho a Soledad. Era protectora y atenta con ella y durante las cargas de la policía le daba ánimo y la espoleaba a resistir.
Además que con Ana Roth Soledad entabló amistades también con otros familiares de desaparecidos. Entre ellos había un estudiante simpático y bonito que empezó a cortejarla discretamente. Se llamaba Marcelo Castro y buscaba a su hermana Teresa, militante en la Juventud Universitaria Peronista. Un día, después de una reunión en la casa de una de las Madres, Marcelo se declaró abiertamente a Soledad.
- Yo te quiero como a un hermano, pero no podrá nunca haber nada entre nosotros, porque amo a Gabriel. - le dijo la joven, dolida por herirlo.
Marcelo, decepcionado por su rechazo, se despidió tristemente. Mientras se aprestaba a irse Ana le pidió que la llevara con el coche. Marcelo y Ana salieron juntos. Aquélla fue la última vez que Soledad los vio. Cuando supo que durante el trayecto hacia la casa de la mujer habían sido secuestrados por una patota de militares lloró por una semana entera. El remordimiento por haber hecho sufrir a Marcelo no se aplacó en ella hasta el día en que, de la ventanilla de un autobús, divisó al hombre caminar tranquilamente por la Avenida Santa Fe con encima el uniforme de teniente de la marina.
En realidad Marcelo Castro nunca había existido. Sólo era el personaje interpretado por el capitán de navío Joseph Bertin, ahora promovido al grado de teniente, para infiltrarse entre los parientes de los desaparecidos, controlar sus acciones de cerca y eliminar a los sujetos considerados más peligrosos, como Ana Roth.
Habían pasado tres años desde el rapto de Soledad. El número de los desaparecidos aumentaba de día en día, así como lo de los fallecidos en choques con las fuerzas armadas. Los secuestros, que al inicio de la dictadura ocurrían casi siempre por la noche, ahora se desarrollaban a cualquier hora y en cualquier lugar: calles, casas, escuelas, oficinas, bares, iglesias. Algunos desaparecidos, una pequeña minoría, después de algún mes de cautiverio eran excarcelados o trasladados a institutos penitenciarios legales para que, contando los horrores de los que habían sido testigos, contribuyeran a difundir el miedo en la sociedad. Los militares, por la desaparición y las amenazas, habían impuesto en todo el país un clima de terror. Los familiares de los desaparecidos se sentían desesperados e impotentes porque la policía no tomaba en consideración sus denuncias y los magistrados rechazaban sus hábeas curpus. Además, muchos de ellos eran estafados por militares y civiles sin escrúpulos que se hacían entregar cifras considerables con la falsa promesa que harían volver a casa a sus seres queridos.
Una tarde de septiembre, Soledad y su madre llevaron a Gael a jugar en el parque de la Plaza San Martín. Como a menudo hacía, la joven le enseñó a su hijo una fotografía de Gabriel y le preguntó:
- ¿Quién es éste?
- ¡Papá! ¡Papá! - contestó el niño prontamente.
- ¡Es tu papá!
Soledad vio acercarse a un hombre con el uniforme de coronel del ejército. Era Gutiérrez, en compañía de su esposa y de su hijo. David reconoció en Matilde Bianchi a la desconocida llorante que se había ido una vez a su casa. El muchachito le dio una caricia a Gael y le preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Gael. - contestó el pequeño con una sonrisa.
Soledad cogió en brazos bruscamente a su hijo y gritó:
- ¡No lo toques! ¡No debes tocarlo!
Mientras se alejaba agarrado a Soledad Gael siguió mirando a David. David también lo miraba, con un aire afligido. Para consolarlo la señora Gutiérrez le dijo:
- No llores, corazoncito. Todas las mamás son celosas de sus niños.
Soledad estaba indignada y desalentada.
- Los militares son cada vez más prepotentes y arrogantes. Las personas continúan desapareciendo y nadie hace nada. La televisión y los periódicos no hablan de eso. El partido comunista calla. A la comunidad internacional se le da un bledo lo que está ocurriendo en la Argentina. Tampoco el papa quiere ayudarnos.
Soledad no comprendía el silencio de los medios de comunicación. No comprendía por qué el partido comunista soviético no denunciaba públicamente las persecuciones a las que los militantes argentinos eran sometidos. No comprendía por qué el pontífice Juan Pablo II no quería cumplir con el compromiso tomado por su predecesor Pablo VI de recibir una delegación de las Madres de Plaza de Mayo. No comprendía por qué los argentinos toleraban sin protestar que miles de sus connacionales fueran raptados y tenidos prisioneros por los militares.
Soledad aún no sabía que la junta militar había estipulado relaciones comerciales con muchos estados, entre los que la Unión Soviética, a la cual vendía carne y trigo, lo que explicaba el silencio del partido comunista soviético y de tantas otras naciones respecto a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en la Argentina.
Los Estados Unidos también tenían su parte de responsabilidad en la tragedia de los desaparecidos. En los años '70 la Cia, temiendo una expansión del comunismo en el Cono Sur, había favorecido la formación de régimenes totalitarios de derecha en aquella área geográfica con el envío de armas y dinero. Además los golpistas argentinos, así como los chilenos, habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares estadounidenses de Panamá y Florida.
- Verás que pronto las cosas cambiarán. No debemos estrecharnos de ánimo. - le dijo Matilde a su hija.
Luego le reveló que el coronel encontrado en el parque era el militar que se había ofrecido como intermediario por su liberación.
A partir del fin de los años ’70, los argentinos adquirieron una actitud muy crítica hacia la junta militar, que no había sido capaz de solucionar los problemas económicos del país y había generado violencia y terror en la sociedad. El creciente descontento popular, las primeras demostraciones de masas contra el régimen y las protestas por las violaciones a los derechos humanos que comenzaron a llegar de los otros estados y de la Santa Sede causaron un cambio a nivel político. En marzo de 1981 nació una nueva junta, presidida por el general Roberto Eduardo Viola junto al almirante Armando Lambruschini y al brigadier Omar Rubén Graffigna. En diciembre del mismo año hubo una nueva alternación en las cumbres del poder. El mando presidencial le pasó al general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien fue flanqueado por el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.
Galtieri, en la tentativa de hacerles recobrar a los militares la credibilidad que habían perdido, el 2 de abril de 1982 inició un conflicto contra Gran Bretaña para adueñarse de las islas Falklands, llamadas Malvinas por los argentinos. Las Falklands, territorio británico de ultramar, eran objeto de contienda entre Argentina y Reino Unido desde 1833. Dada su posición servían a ambas las naciones como base logística para las futuras actividades de explotación de los recursos naturales de la Antártida. Los hielos del Polo Sur, en efecto, guardaban inmensas riquezas: metales preciados, diamantes, yacimientos de petróleo, carbón y gas.
Galtieri estaba seguro del apoyo de los Estados Unidos, que pero no intervinieron. Después de haberlas ayudado por años, el gobierno de Washinghton había decidido sacar su sostén a las dictaduras de Latinoamérica, temiendo una remontada del comunismo como reacción a la corrupción y a la violencia de los militares. Además la primera ministra inglesa Margaret Thatcher, más que nunca decidida a no dejarse arrebatar sus preciosas islas, pidió la colaboración de Chile, gobernado por el general golpista Augusto Pinochet.
Flanqueada secretamente por las fuerzas armadas chilenas, la marina británica infligió golpes durísimos a las desprevenidas, desorganizadas y mal pertrechadas tropas argentinas, que perdieron a 649 hombres, la mayoría de los cuales soldados rasos y conscriptos, y contaron a 1.068 heridos. Entre los últimos estaba el teniente de navío Joseph Bertin, cuyo crucero, el General Belgrano, había sido golpeado a traición y hundido por dos torpedos enemigos mientras navegaba en una zona que Gran Bretaña había oficialmente excluido de las operaciones bélicas.
Después de 74 días de guerra, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez declaró la rendición. Los altos mandos militares argentinos, no queriendo admitir sus incumplimientos, atribuyeron las causas de la derrota a la ineptitud y a la cobardía de sus subordinados.
Los ex combatientes de las Malvinas, muchos de los cuales habían quedado mutilados, tuvieron que esperar diez años antes de que les fuera asignada una pensión estatal. A causa de los traumas psicológicos padecidos durante los combates y de la discriminación social que sufrieron a su retorno a la patria, 350 de ellos se suicidaron. Tantos se pusieron deprimidos, alcohólicos o drogadictos.
El desastre de las Malvinas provocó una oleada de protestas populares que aceleró de modo vertiginoso el fin de la dictadura. El primero de julio de 1982 el general Galtieri fue reemplazado por el general Reynaldo Benito Bignone. Éste, dadose cuenta de que la junta ya no gozaba de algún consenso interior ni de aliados exteriores, convocó libres elecciones para el octubre del año siguiente. Antes de dejar su cargo, para asegurarles a los militares la impunidad hizo destruir los archivos que contenían informaciones sobre las actividades represivas ilegales. Además, en marzo de 1983 promulgó la ley de Autoamnistia, que extinguía cada acción penal que pudiera derivar de actos de terrorismo y dirigidos a la lucha al terrorismo.
Se concluyó así un septenio que en los manuales de historia fue muy pronto definido el período de la “guerra sucia” y del “terrorismo de estado”. Entre 1976 y 1983 en Argentina 15.000 civiles habían sido fusilados en enfrentamientos con las fuerzas armadas. 9.000 disidentes políticos habían sido detenidos y encerrados en cárceles legales por períodos más o menos largos. 1.500.000 opositores del régimen para salvarse la vida habían sido obligados a irse en exilio al extranjero. 30.000 personas habían desaparecido.
En diciembre de 1983 el recién elegido presidente del gobierno democrático, el radical Raúl Alfonsín, anuló la ley de Autoamnistia y decretó que la magistratura civil juzgara a los jefes de las tres juntas que habían liderado la Argentina entre 1976 y 1982. Era la primera vez en la historia del país y de Suramerica que dictadores terminaban al banquillo en un aula de tribunal.
El juicio a las juntas empezó el 22 de abril de 1985. Las deposiciones de 833 testigos desvelaron al mundo entero los crímenes aberrantes cometidos por las fuerzas armadas con la complicidad de la policía y de muchos civiles, religiosos y magistrados. Unos 2.300 militares eran culpables de millares de homicidios, secuestros de persona, torturas, violencias sexuales, robos, extorsiones. Las víctimas no eran sólo guerrilleros comunistas. La mayor parte de los desaparecidos eran individuos que se empeñaban pacíficamente para construir una sociedad más justa y solidaria. Entre ellos habían sindicalistas, intelectuales, estudiantes, periodistas, obreros, artistas, monjas y sacerdotes pertenecientes a los sectores más progresistas de la iglesia. Tantos habían sido raptados por error o por venganza personal.
Durante el juicio los imputados justificaron el uso de los secuestros y de las detenciones ilegales sosteniendo que habían actuado en un contexto de guerra civil. Sin mostrar el mínimo arrepentimiento, se defendieron con vehemencia y soberbia, atribuyendo las sevicias y los asesinatos a los excesos y al sadismo de pocos subordinados.
Soledad estaba sentada entre el público que llenaba la Sala de Audiencias de la Cámara Federal cuando, el 9 de diciembre de 1985, el juez Léon Arslanian, a las 17 y 49, comenzó a leer la sentencia. De los imputados sólo estaba presente Graffigna, imperturbable. Los otros esperaban que se cumpliera su suerte en sus celdas. En un clima tensisímo, Arslanian infligió penas mucho menos severas de las pedidas por el fiscal Julio César Strassera: cadena perpetua por Videla y Massera; diecisiete años a Viola, ocho años a Lambruschini, cuatro años y seis meses a Agosti; absolución para Galtieri, Graffigna, Anaya e Lami Dozo.
Las protestas no faltaron y las Madres de Plaza de Mayo abandonaron el aula indignadas antes del fin de la sesión.
La magistratura no entendía limitarse a juzgar a los jerarcas: el punto treinta de la sentencia contra los jefes de las juntas estableció que debían ser procesados también los otros militares involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Más de 500 oficiales y suboficiales, entre los cuales estaba el coronel Gutiérrez, fueron incriminados.
Como era previsible las fuerzas armadas, para interrumpir el curso de la justicia, ejercieron fuertísimas presiones sobre el gobierno y el parlamento, para conjurar el peligro de un nuevo golpe de estado, en diciembre de 1986 fue constreñido a promulgar la ley de Punto Final, que impedía la apertura de nuevos procedimientos a cargo de los militares y de los civiles que todavía no habían sido enjuiciados.
En el living de Soledad sonó el teléfono. La joven, que se encontraba en compañía de su madre, se llevó el auricular a la oreja. Desde el otro cabo del hilo le llegó la voz de un hombre, fría y sin acento.
- Ésta es la última advertencia. Si mañana te presentas en el juicio, no reverás nunca más a tu hijo.
El día siguiente Soledad habría tenido que deponer contra Gutiérrez y las intimidaciones, que duraban desde hacía meses, se habían intensificado.
La chica colgó el auricular y dijo:
- Las acostumbradas amenazas.
- ¿Estás todavía convencida de que quieres testimoniar? - le preguntó Matilde.
- Sí. Es la única posibilidad que me queda para obligar al coronel Gutiérrez a revelar dónde tiene encerrado a Gabriel. ¿Por qué no lo entiendes?
- ¿Y si Gabriel hubiera muerto? No es justo seguir teniendo al niño segregado en casa. Gael necesita frecuentar a sus amigos, ir al colegio, estar al aire libre.
Para cortar el discurso Soledad se fue al dormitorio, donde su hijo estaba jugando con unos coches de juguete. A pesar de los problemas y de las preocupaciones que su familia tenía que afrontar cotidianamente, Gael siempre estaba alegre y sereno.
- ¿Quién había en el teléfono? - le preguntó el niño a Soledad.
- Una señora que se había equivocado de número. - contestó ella, luego cogió un coche de juguete y lo hizo zumbar por la habitación.
Cuando tomó asiento en el banquillo de los testigos, Soledad pensó que por fin había llegado la hora de la verdad. Gutiérrez, puesto frente a la evidencia de los hechos, admitiría sus culpas. Entre el público estaban presentes Andrés Bianchi y la esposa y el hijo del coronel. En el banquillo de los acusados Gutiérrez, el pelo peinado hacia atrás y reluciente de brillantina, fumaba habanos ostentando la expresión seráfica y satisfecha de un turista extendido sobre una tumbona en la ribera del mar. Su abogado defensor, en cambio, descartaba y chupaba ruidosamente un caramelo tras el otro.
Con tono calmo Soledad hizo su deposición y concluyó:
- Esto es todo lo que sé. Espero que mi testimonio les será útil a ustedes y que el coronel Gutiérrez sea condenado a la cadena perpetua por sus crímenes.
- Esa mujer es una mentirosa. - le dijo Susan a David - No entiendo por qué tu padre quiere hacerte asistir a toda costa a este espectáculo indecente.
Aunque su sonrisa insolente no se modificó de un milímetro, Gutiérrez dentro de si estaba lleno de odio y arrepentido de no haber hecho desollar viva a Soledad cuando había tenido la ocasión.
Durante el juicio Gutiérrez rechazó cada acusación y negó haber visto a Gabriel. La decepción de Soledad fue grande, sin embargo la chica siguió buscando a su compañero con tal obstinación que un día Matilde, viendola escribir el enésimo aviso, perdió la paciencia.
- Gastas todo el dinero que ganas en anuncios y llamadas. - le dijo - En diez años de búsquedas no conseguiste nada. Tienes que resignarte. Pasó demasiado tiempo. Gabriel no volverá nunca más.
- No es verdad. - rebatió Soledad - Estoy segura de que todavía está vivo. Quizás se encuentre en un hospital sin memoria y espera que alguien vaya a recogerlo.
- Piensa en el niño. Tu hijo necesita a un padre.
- Gael ya lo tiene un padre. La verdad es que tú no quieres que halle a Gabriel porque es pobre y no estudió.
- ¡Soledad! Acepta la realidad. Eres todavía joven y linda. No es justo que renuncies al amor y al matrimonio para perseguir una ilusión.
- Es inútil que insistas. Gabriel fue y será el único hombre de mi vida. Yo no dejaré nunca de buscarlo y continuaré esperándolo hasta el último de mis días.
Matilde habló con voz firme y sin emoción.
- Siento ser tan dura, pero debo hacerlo por tu bien. Los desaparecidos están todos muertos.
Un terrible presentimiento hizo helar la sangre en las venas de Soledad: no volvería a ver a Gabriel nunca más.
Si bien pocos habían tenido el coraje para testimoniar contra él, Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo no pasó un solo día en la cárcel pues las violentas protestas de una parte de las fuerzas armadas impidieron que la sentencia llegara a ser ejecutiva. Bajo la guía del teniente coronel Aldo Rico los militares más extremistas, apodados carapintadas por el rostro ennegrecido con el betún, se atrincheraron en los cuarteles, amenazando con desencadenar una guerra civil si no hubiera sido acogida su solicitud de anular los juicios contra sus colegas ya en curso antes de la entrada en vigencia de la ley de Punto Final. Esta vez también el presidente Alfonsín fue obligado a doblarse. En junio de 1987 la ley de Obediencia Debida sancionó la caducidad de cada cargas pendiente contra suboficiales y oficiales hasta el grado de coronel que hubieran actuado cumpliendo órdenes impuestos por sus superiores. Gutiérrez entraba en esa casuística y su pena fue suspendida.
Soledad, asomada a la ventana del living, lanzó una mirada velada de melancolía a la única fotografía de Gabriel que poseía, desteñida por el transcurrir del tiempo, y pensó en los breves pero intensos momentos felices que había vivido junto al chico. Más allá de los vidrios se extendía por kilómetros y kilómetros la ciudad de Buenos Aires, hormigueante de personas y automóviles.
Soledad no lograba aceptar que los que se habían llevado a su Gabriel quedaran impunes. Seguía esperando que los desaparecidos todavía estuvieran vivos y se encontraran en prisiones secretas, usados como rehenes por los militares aún detenidos para obtenir la amnistía. Se ilusionaba que un día no lejano todos los desaparecidos serían liberados y que Gabriel volvería a ella.
El teléfono sonó.
- ¿Usted es la Señora Soledad Bianchi? - preguntó una voz masculina.
- Sí. Soy yo.
- Mi nombre es Juan Miguel Guerra. Llamo por ese anuncio.
Soledad rogó que no se tratara de un mitómane.
- ¿Sabe algo de Gabriel?
- Es un dependiente mío.
- ¿Está bien? Me lo pase. Quiero hablarle.
- No, no es posible. Es un tipo extraño. Me lo mandaron de un manicomio. No tiene amigos. Siempre está sólo. De su pasado nunca habla. Si le digo que lo están buscando hay el riesgo que escapes. Venga usted a encontrarlo en persona.
- ¿Cuál es su dirección?
- Ushuaia, en Patagonia.
Soledad se subió al primer avión disponible con destino a la Patagonia. Desembarcó en el aeropuerto de la ciudad de Ushuaia, en la extremidad meridional de la Argentina, y se hizo llevar por un taxi delante de la cancela de un chalé de madera. Se fue a abrirle Miguel Angel Guerra, que la acogió cordialmente.
- ¡Bienvenida en la Tierra del Fuego!
Guerra, un pescador de mediana edad, la acompañó a un patio interior de la vivienda, donde un hombre, de espaldas, estaba reparando una red para pescar. Soledad lo reconoció enseguida por el peinado rizoso: era Gabriel.
- Aquí hay una señora quien quiere hablar contigo. - dijo Guerra y enseguida se alejó.
Gabriel se volvió y al ver a Soledad palideció.
- ¿Te acuerdas de mí? - le preguntó Soledad - Nos conocimos hace diez años.
El chico no contestó y apartó la mirada.
- ¿Por qué nuca me diste noticias tuyas?
- Pensaba que tú me odiabas. Por culpa mía te hicieron mal.
La voz de Gabriel estaba flébil.
- Tú no tienes ninguna culpa.
- En todos estos años siempre pensé en ti, cada instante. Nunca intenté contactarte porque tenía miedo a que tú me rechazaras, que me acusaras de haberte arruinado la vida.
- ¿Cómo podría rechazarte? Yo te amo.
Gabriel volvió tímidamente la cara hacia Soledad y la miró incrédulo.
- ¿De verdad? - balbuceó.
Soledad lo abrazó, estrechándose fuerte a él.
- ¡Amor mío! Sabía que estabas vivo. Aunque todos me decían que debía resignarme nunca paré de buscarte.
- En cambio yo estaba convencido de que te había perdido por siempre.
- Ahora que nos encontramos de nuevo jamás nadie nos separará.
Gabriel y Soledad alcanzaron a pie las aguas gélidas del Canal de Beagle, que lamía la ciudad al sur. Soplaba un fuerte viento. A sus hombros se erguían las cimas irregulares de las montañas nevadas. Sobre los escollos se movían torpemente otarias y cormoranes.
Con los ojos fijos hacia el horizonte, Gabriel revivió los momentos más penosos de su cautiverio.
- Apenas llegados a El Circo los militares me prometieron que si hubiera colaborado no te habrían torturado.
Gabriel recordó la sonrisa inquietante de Gutiérrez, su voz meliflua y sutilmente amenazadora que decía:
- Yo estoy aquí para ayudarte. Piensa en mí como a un padre que trata de reconducir a su hijo al buen camino. Piensa en tu novia, así joven, así linda.
- Hice los nombres de todos mis compañeros del sindicato... Habría sido dispuesto a cualquier cosa para salvarte. Sabía que me estaban controlando. Nunca habría debido implicarte.
- Ahora todo pasó. No te atormentes más.
- Un día conseguí un permiso para encontrarte, pero cuando descubrí que estabas embarazada no tuve el ánimo para entrar en tu celda. - continuó Gabriel - Después de tres años me liberaron y partí para la Patagonia... Nunca supe en dónde acabaron las personas que traicioné.
- No puedes continuar así. Debes enfrentar la realidad y volver a vivir. - lo exhortó Soledad.
- Cuéntame todo.
- Tus hermanos también fueron raptados por los militares. De ellos no hay más noticias desde hache muchos años. Sólo sabemos que tu hermana en la cárcel dio a luz a un varón... Tus padres fallecieron a pocos meses de distancia el uno de la otra, en 1980.
- ¿Y mi colega?
- No reapareció más, ni él ni su esposa y sus hijos.
- Y... ¿el niño?
- Se llama Gabriel como tú, pero todos lo llaman Gael. Le dije que eres su padre. No tuve corazón para contarle la verdad.
- Háblame de él.
- Es un muchachito cariñoso y muy simpático. Sé que todas las mamás piensan que sus hijos son especiales, pero él lo es realmente.
Soledad sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía de Gael y se la enseñó a Gabriel.
- Ésta es su foto. El 19 de junio cumplió diez años... Si no hubiera sido por Gael, nunca habría logrado seguir adelante todo este tiempo sin ti.
- No creo que seré capaz de cuidarlo. Yo estoy enfermo. Pasé ocho meses en un hospital psiquiátrico.
- Serás el mejor padre del mundo.
Soledad abrazó a Gabriel.
- ¡Amor mío! Ahora ya no estás solo. Recomenzaremos otra vez todo, nosotros dos con nuestro niño. Nos casaremos. Tendremos otros hijos. ¡Verás! Encontraremos a tu nieto y lo llevaremos a vivir con nosotros. Él y Gael crecerán como hermanos.
Se fueron a dormir en la vivienda de Gabriel. Más que de una vivienda se trataba de una especie de chabola dotada de un minúsculo baño y decorada con una cama individual, un armario, un hornillo de gas, una mesa y una silla. Una pequeña ventana enmarcaba un pedazo de cielo en el que brillaba una sutil raja de luna, circundada por una miríada de estrellas.
Soledad quitó un camisón de su maleta y le ordenó a Gabriel que se volviera. Gabriel obedeció y se metió debajo de las mantas.
Soledad se desvistió, se puso el camisón y ella también se acostó.
- Estaremos algo incómodos en una cama tan pequeña. - dijo Gabriel, a disgusto como su compañera.
- Es muy frío, aquí.
- Casi estamos en Antártida... Todavía no te pregunté qué hiciste en estos años.
- Desde aquel maldito día en que nos secuestraron mi vida y aquella de mis padres cambió completamente. El coronel Gutiérrez nos llevó todo. Ya no soy la jovencita rica y mimada que conociste hace once años.
- Eres aún más linda de entonces.
Soledad bajó la mirada y sonrió.
- No es verdad.
- ¿Tuviste otros hombres?
- No. Nunca habría podido traicionarte.
- Te amo.
- Yo también te amo tanto.
Gabriel y Soledad se abrazaron y pasaron toda la noche estrechados, por fin unidos y felices después de diez años y diez meses de sufrimientos.
En Buenos Aires Gael, Andrés y Matilde esperaban a Gabriel y Soledad con impaciencia. En cuanto vio a Gabriel, Gael se le colgó del cuello.
- ¡Papá! - gritó eufórico - ¿Quedarás aquí con nosotros por siempre?
- Por siempre.
Gael observó a Gabriel con atención.
- Yo no me parezco a ti.
- Te pareces a mi hermano Víctor.
Gael cogió un álbum de fotografías y se echó a hojearlo, enseñándole las fotos a Gabriel. Ya desde sus primeros meses de vida, Soledad le había tomado centenares de fotografías para inmortalizar cada su cambio, cada fase de su crecimiento.
- ¡Mira! Aquí mamá me amamantaba.
- Esta foto siempre la tendré conmigo, en mi cartera.
- Aquí estaba con tu mamá y tu papá.
Gabriel miró una fotografía que retrataba a sus padres junto a Soledad y Gael y se conmovio.
- ¿Padeces las cosquillas? - le preguntó Gael.
- No.
- No te creo.
Gael empezó a cosquillearle.
- ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Por favor! - imploró Gabriel riendo.
- Ya hicieron amistad. Espero que se lleven bien. - pensó Soledad.
- ¿Me haces ver tus fotos? - le preguntó Gael a Gabriel.
- No tengo ninguna.
- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Papá vivía mucho lejos de Buenos Aires, en Patagonia. - dijo Soledad.
- ¿En Patagonia? ¡Qué bueno! A mí también me gustaría irme.
- Nunca me buscó porque las personas malas que nos secuestraron le hicieron creer que yo había muerto.
- El almuerzo está listo. - anunció Matilde - Gabriel, tu sitio está a la cabecera de la mesa. Ahora eres tú el jefe de la familia.
Gabriel se conmovió de nuevo.
- Yo os agradezco. Sois todos así gentiles conmigo. Me parece que estoy en un sueño.
Soledad le acarició el pelo.
- No es un sueño. Es la realidad.
Por amor a Soledad Andrés y Matilde acogieron a Gabriel en su casa como un hijo, aunque habrían preferido a un yerno con una buena posición social. Gabriel y Soledad se casaron un domingo de agosto de 1987. El día siguiente iniciaron los trámites para hacer cambiar el apellido de Gael de Bianchi en Díaz.
Aunque nunca lo confesó, Soledad era celosa de la relación de confianza que se había creado entre su hijo y Gabriel. Se sentía exclusa cuando los dos se apartaban para hablar de las que ellos llamaban cosas de hombres y estaba segura de que el niño le escondía secretos que sólo le revelaba a su padre.
Gabriel, por su parte, no le regañaba nunca a Gael y le dejaba hacer todo lo que él quería. Era Andrés Bianchi quien revestía el papel de la figura paterna con autoridad para su nieto.
Gutiérrez sacó del armario su uniforme, que siempre ejercía un gran atractivo en las mujeres. Él y su esposa se estaban preparando para ir a cenar al restaurante con amigos.
- Gustavo, es mejor que no lleves más el uniforme fuera del horario de trabajo.
Las palabras de Susan amoscaron al coronel.
- ¿Y por qué?
- Últimamente los militares son algo malmirados.
- ¿Por quién?
- Por la gente.
A Gutiérrez se le exaltó la cólera.
- ¡La gente! ¡La gente! ¡Siempre la gente!
- ¡No grites! ¡Te sienten todos!
- De ahora en adelante llevaré el uniforme día y noche. También lo llevaré en vez del pijama.
- ¡Gustavo!
- ¿Qué carajo me quedo para hacer en esta casa de mierda? Prefiero la muerte antes que vivir así.
David se tapó las orejas con las manos para no sentir más los gritos de su padre, que retumbaban por toda la casa.
El chico había crecido entre las peleas y los contrastes continuos de sus padres, agudizados después del fin de la dictadura, cuando las fuerzas armadas habían sido empapelados y Gutiérrez había comenzado a perder, lentamente pero inexorablemente, el poder que tenía durante la junta militar. Separación o divorcio: ni pensarlo. El coronel sabía bien que su consorte, con la amante del lujo y de las comodidades que era, buscaría de cada modo depredarlo de todos sus haberes, incluso los calzoncillos. Sin contar con que David se quedaría completamente en sus manos. Ya no abrigaba muchas esperanzas de que su hijo cambiara y del adolescente tímido e inseguro que era se transformara en un verdadero hombre. Pero un vislumbre de ilusión todavía le quedaba. Y en todo caso se habría recobrado seguramente con sus nietos.
Un sábado por la tarde, después de un paseo en el centro, Gabriel, Soledad y Gael se fueron a un bar de la calle Florida. Gael apenas había comenzado a comer una copa de helado cuando en el local entraron Gustavo, Susan y David Gutiérrez.
- Hay Soledad Bianchi. Nos ha visto. - bisbiseó Susan al enterarse de que Soledad la estaba mirando fijo.
El coronel se sentó a una mesa y ordenó con tono imperioso:
- ¡Sentaros!
Su mujer y su hijo tomaron asiento junto a él.
Todos los clientes del bar se volvieron para mirar a Gutiérrez, provocando la incomodidad de David y de su madre.
- A pesar de que no me dejas llevar el uniforme me reconocen lo mismo. Soy una persona famosa. - constató el coronel. Luego levantó la voz, para hacerse sentir por todos.
- Quien no agradece mi presencia no está obligado a quedarse.
- ¡Gustavo! - exclamó Susan con desaprobación.
Soledad con gestos nerviosos hurgò en su bolso, sacó del dinero de su cartera y lo tiró sobre la mesa.
- ¡Vayámonos! - dijo levantándose.
- ¡Pues si todavía no he terminado el helado! - protestó Gael.
- Te compraré otro. No estaremos un minuto más en la misma habitación con un criminal.
Gabriel y Gael se levantaron. Soledad hizo volver a su hijo hacia Gutiérrez, quien ostentaba una sonrisa socarrona.
- Observa con atención a ese hombre, Gael. El coronel Gustavo Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo gracias a la ley de Obediencia Debida, en vez de pudrirse en una cárcel para el resto de sus días está completamente libre. Observa su cara y no la olvides nunca. ¡Ésa es la cara de un asesino, un torturador, un ladrón!
Gabriel, Soledad y Gael salieron del local, enseguida imitados por los otros clientes del bar.
- ¡Puta! - exclamó el coronel.
- ¡No digas obscenidades delante del niño! - le regañó su esposa.
- Yo digo lo que me da la gana.
- Es la tercera vez que nos humillan en un local público. No soporto más el desprecio que nos rodea.
- Es un problema tuyo. Me importa un carajo lo que piensan de mí.
- El niño sufre por esta situación.
Gutiérrez ya no logró contener la ira.
- ¿Y tú crees que yo no sufro? Me maté por el trabajo, arriesgué la vida miles de veces por mi país y como recompensa intentaron meterme en chirona.
- Lo sé, pero...
- Lo sabes pero se te da un bledo. Lo único que cuenta para ti es David. Tiene dieciséis años y lo consideras todavía un niño. Lo proteges de todo y de todos. No querías ni siquiera que asistiera al juicio.
- ¡Baja la voz! El camarero nos está mirando.
- No hay nada que me pone cabreado más que tu ipocresía. No hagas esto porque no está bien. No hagas aquello si no te critican. No maltrates a los domésticos si no luego hablan mal de nosotros. No bosteces durante la misa. No digas palabrotas. No grites. Los vecinos nos sienten. ¡Qué se jodan los vecinos!
- ¡Papá! ¡Basta ya! - suplicó David, exasperado.
- Tú siempre estás de parte de tu madre.
- ¡Cálmate! - dijo Susan.
- ¿Qué tendría que hacer para complacerte? ¿Despedirme del ejército, cambiar de nombre, camuflarme con pelucas y bigotes falsos?
- Yo sólo deseo defender a David de la maldad de la gente. Podríamos trasladarnos al extranjero y iniciar una nueva actividad. Montar una tienda...
- Y ser tenderos.
- O comprar una fábrica. El dinero no nos falta.
- ¡No! Quítate esa idea de la cabeza. No dejaré nunca la Argentina.
- Lo haré yo con el niño. Estoy resuelta a todo por el bien de mi hijo. También a pedir la separación.
Después de un largo silencio, el coronel preguntó:
- ¡Vamos a ver! ¿Adónde tienes la intención de irte?
- A los Estados Unidos, cerca de mi familia.
- ¡No! Tus parientes no los quiero más ver ni en fotografía.
- Entonces vámonos a otro lugar cualquiera. Pero lejos de aquí.
A distancia de algunos meses de aquella tarde de noviembre de 1987, Soledad vino en conocimiento de que el coronel Gutiérrez había dejado el país con su esposa y su hijo.
Los años pasaron. En marzo de 1988 la Corte Suprema se pronunció a favor de la constitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, contra las que habían apelado los organismos defensores de los derechos humanos.
Sobre la joven democracia argentina seguía cerniendose la amenaza constante de los militares. Los carapintadas, esta vez capitaneados por el coronel Mohammed Alí Seineldín, fueron protagonistas de nuevas sublevaciones, reprimidas con grandes pérdidas humanas por las fuerzas armadas fieles al gobierno. El sucesor del presidente Alfonsín, Carlos Saúl Menem, exponente del Partido Justicialista, entre octubre de 1989 y diciembre de 1990 firmó once decretos de indulto, que tuvieron como efecto la liberación de los carapintadas rebeldes y de todos los altos mandos militares condenados por los crímenes de la dictadura todavía detenidos.
Los indultos de Menem permitieron a los planificadores del exterminio de 30.000 personas de volver tranquilamente a su casa después de haber descontado sólo cuatro años de cárcel, pero no pudieron impedir que los horrores de la guerra sucia continuaran haciendo discutir.
Poco a poco salió a luz que la junta militar había hecho negocios con muchos países americanos y europeos y se descubrió que los golpistas argentinos habían colaborado con los servicios secretos estadounidenses, franceses e israelís.
Sobre los métodos utilizados por las fuerzas armadas para deshacerse de los cuerpos de los prisioneros políticos surgieron detalles escalofriantes. A cierto punto los cementerios ya no habían logrado contener los cadáveres de los desaparecidos, que eran enterrados en fosas comunes como nn. Para solucionar el problema, la marina había ideado los vuelos de la muerte: 4.500 entre hombres y mujeres habían sido cargados en aviones y arrojados con vida al Río de La Plata, el río sobre el cual sorge Buenos Aires, muriendo ahogados o a causa del impacto con el agua.
En 1991 y en 1994 fueron aprobadas dos leyes de indemnización para los parientes de los desaparecidos y para los ex presos políticos, pero sus verdugos siguieron en libertad. Una cuestión jurídica pero quedaba abierta. El delito de apropiación de menor no era contemplado en las leyes de amnistía y en los indultos. En 1998 82 militares fueron detenidos con la acusación de haber secuestrado a los hijos de los desaparecidos. Entre ellos estaban Videla y Massera, que obtuvieron la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad. Mientras tanto, de los unos 500 niños adoptados ilegalmente por los militares y los policías ya habían sido localizadas algunas decenas.
Los de Menem fueron años de radicales reformas neoliberales en campo económico. El presidente privatizó las principales empresas de servicios e industrias estatales y introdujo una nueva divisa, el peso, equiparándolo al dólar estadounidense. Además aumentó de cinco a nueve el número de los miembros de la Corte Suprema, transformando el máximo tribunal en un instrumento de legitimación de su obra política. Durante los dos mandatos de Menem la tasa de inflación se mantuvo baja y la economía creció, pero la grande deuda exterior y la corrupción imperante desembocaron a fines de los años '90 en una grave crisis económica.
En 1999 fue elegido presidente Fernando De la Rúa, del Partido de la Alianza entre radicales e izquierda, quien fracasó en el intento de sacar el país de la recesión. Temiendo la abolición de la paridad entre peso y dólar, los argentinos comenzaron a retirar su dinero de los bancos, trasladándolo al extranjero. Para contener la pérdida de capitales, a principios de diciembre de 2001 el ministro de Economía Domingo Cavallo impuso restricciones que limitaban drásticamente el acceso a los depósitos bancarios privados y a los sueldos. El conjunto de esas restricciones, que afectaron sobre todo la clase media, fue apodado “corralito”. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga general, a la cual siguieron otras demostraciones en las principales ciudades del país. El presidente proclamó el estado de sitio y hizo reprimir el disenso popular por la policía, que mató a 33 personas. La indignación fue tal que De la Rúa, sintiéndose políticamente aislado, renunció y huyó de la Casa de Gobierno en helicóptero. Después de dos semanas, el primero de enero de 2002, el Congreso nombró nuevo presidente al peronista Eduardo Duhalde.
En los meses siguientes la devaluación del peso y la bancarrota del estado argentino provocaron enfrentamientos entre desocupados y policía y otras dos víctimas. La pobreza se difundió en todas las provincias. Los casos de desnutrición infantil crecieron y los medicamentos empezaron a escasear. La mayor parte de la gente protestaba por las calles de modo pacífico, percutiendo cacerolas con tapaderas, cazos y cucharas.
Gael también tomaba parte en las marchas de los caceroleros. El corralito y la abolición del cambio a tasa fija habían bastante perjudicado a su familia, demediando los pocos ahorros que había logrado acumular con grandes sacrificios. A pesar de las estrecheces económicas en las que siempre había vivido y las recurrentes crisis depresivas de su padre, Gael tenía un carácter extrovertido, vivaracho y optimista. Su único dolor era lo de no haber todavía logrado hallar a su primo, el hijo de la hermana de Gabriel raptado por los militares. Cursaba la Escuela de Bellas Artes y desde la edad de dieciocho años se desempeñaba como almacenero en un supermercado. En el poco tiempo libre que le quedaba participaba en las actividades de la asociación Hijos, constituida por los hijos de los desaparecidos, de los prisioneros políticos, de los asesinados y de los exiliados víctimas de la última dictadura. No se echaba nunca atrás cuando se debía hacer una manifestación de protesta o un escrache, es decir un acto de repudio público, frente a la casa de un ex represor. Afortunadamente se parecía a su madre y no había heredado ningún rasgo somático de su verdadero padre.
Gabriel tenía el pelo entrecano, pero conservaba una cara de muchachito, sólo rayada por unas arrugas. Tomaba regularmente antidepresivos y como consecuencia su expresión siempre era atontada. Se sentía un fracasado porque no trabajaba y eran su esposa y sus suegros los que lo mantenían.
Soledad, después de la licenciatura en Letras, había encontrado una colocación de profesora en un colegio privado. Físicamente se quedaba todavía muy linda, sólo más madura. No había logrado tener otros hijos con Gabriel, y éste era uno de los más grandes dolores de su vida.
La situación económica y social cada día más dramática llevó a Gael y Soledad a la decisión de emigrar al extranjero junto a Gabriel. Irían a vivir en Italia. En Milán residían algunos primos de Andrés que se habían ofrecido para ayudarlos a encontrar una casa y un trabajo, por lo cual resolvieron establecerse en la capital lombarda. Si todo hubiera ido bien, más adelante Andrés y Matilde también los alcanzarían.
Para obtener la ciudadanía italiana indispensable para la expatriación Soledad y Gael tuvieron que esperar horas y horas en cola en el atestadísimo Consulado Italiano en Buenos Aires. Eran millares los argentinos oriundos italianos como ellos que esperaban encontrar en su patria de origen nuevas oportunidades y un futuro mejor.
En Italia los Díaz alquilaron una vivienda de dos piezas de 50 metros cuadrados incrustada en los 60 pisos que componían un enorme edificio color ratón de la periferia de Milán.
Soledad fue contratada en una casa de reposo. Cuidaba a los ancianos y hacía limpiezas durante las horas nocturnas. Al contrario de su madre, Gael no conseguí encontrar una ocupación estable. Como tantos otros inmigrados, trabajaba ocasionalmente y en negro. Por un rato hizo el albañil y el lavaplatos en un restaurante, luego comenzó a repartir octavillas publicitarias. El chico era frustrado porque ganaba poquísimo. Aunque su sueño era ser artista se habría conformado con un puesto de obrero o de dependiente de comercio, con tal que le asegurara un sueldo cierto. Además estaba preocupado por su madre: temía que la mujer se cansara demasiado trabajando por la noche y que se enfermara.
Gael estaba preocupado por su padre también. Gabriel en efecto no se encontraba bien en Italia, a menudo tenía pesadillas y añoraba mucho a sus suegros.
Una fría y oscura mañana de un viernes de enero de 2003 Gael se fue a distribuir octavillas en un elegante barrio residencial de la ciudad. Llovía a cántaros, con violentas ráfagas de viento que estremecían los paraguas. Las luces amarillas del las farolas todavía estaban encendidas cuando Gael embocó una larga avenida costeada por dos hileras de arces desnudos y con el aire espectral. Llegado delante del buzón de un gran chalé señorial al lado de la avenida, se agachó para abrir la bolsa con ruedas llena de folletos que arrastraba. En aquel mismo instante la cancela automática del chalé se abrió de par en par y del jardín salió un auto negro de gran cilindrada que se alejó zumbando, pasando sobre un gigantesco agujero del asfalto y salpicandole encima una gran cantidad de agua.
Después de pocos segundos del jardín salió otro coche de gran cilindrada de color azul oscuro, a velocidad menos alta. Gael fue invertido de nuevo por el agua sucia del charco y imprecó en voz alta.
Un hombre de unos treinta años en traje y corbata se bajó del vehículo y abrió un paraguas para protegerse de la lluvia. Sin dejarle el tiempo de hablar, Gael lo atacó:
- ¿Quién te crees que eres? No tienes ningún respeto por los peatones. Sólo porque viajas en un auto grande como un portaaviones ¿te sientes el patrón de la calle?
- Disculpa. No lo hice adrede. Estaba distraído.
Gael sacó de la bolsa un folleto ensopado.
- Mira mis volantes. Están para tirarlos a la basura.
- Si quieres te doy ropa seca.
- Es el mínimo que tú puedas hacer.
- Vamos a mi casa.
- Tú eres argentino como yo, ¿verdad? Se siente por la tonada.
- Mi padre es argentino. En cambio mi madre había nacido en los Estados Unidos. Yo tengo la doble ciudadanía.
- ¿Tu madre ya no está entre nosotros?
- No. Murió en un accidente de tránsito, hace dos años.
- Lo siento... Yo también tengo la doble ciudadanía pues mis bisabuelos maternos eran lombardos. Es gracias a ella que pude venir a vivir en Italia. En Argentina la crisis económica llevó al hambre a millones de personas y va de mal en peor. Todos los que tienen la posibilidad emigran.
Gael y el propietario del chalé atravesaron un jardín de imponentes magnolias seculares. El terreno estaba cubierto de grava perfectamente nivelada. Una senda de piedras de corte irregular conducía a una escalinata encima de la cual se recortaba una puerta de madera taraceada. Al final del jardín, a la derecha, había una piscina con el trampolín.
Entraron en un amplío salón, dejando huellas mojadas sobre el parquet con las tablas dispuestas a toldilla de barco. El entorno, a causa de los muebles antiguos y del sofá de terciopelo con el mismo color granate de las cortinas, era algo tétrico. Una chimenea apagada emanaba una agradable tibieza. Al centro del cielorraso descollaba una araña con dieciséis brazos de vidrio de Murano.
- ¡Ésta no es una casa! ¡Es un palacio real! - exclamó Gael, impresionado por todo aquel lujo - Debes de estar podrido de dinero. ¿Cuál es tu trabajo?
- Soy directivo en una empresa informática.
- ¿Y la empresa es tuya?
- Sí.
- Lo imaginaba. ¿Cuánto cuesta tu auto? ¿50.000 euros?
- No. 40.000.
- ¡Vaya! Yo no tengo ni siquiera el dinero para comprarme un ciclomotor usado.
- Mi cuarto se encuentra en el piso superior.
Una ancha escalera de mármol beis claro lustroso comunicaba el salón con los dormitorios. Aquél donde entraron era muy luminoso y en estilo moderno. Del exterior provenía el ruido del chaparrón. Riachuelos de agua corrían a lo largo de los vidrios de las dos ventanas.
Gael se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. El dueño de casa recogió del suelo su ropa y la llevó a un baño contiguo. Luego volvió a la habitación y le dio una toalla.
Gael empezó a secarse y continuó con las preguntas.
- ¿Llevas mucho en Italia?
- Quince años.
- Yo y mis padres estamos aquí desde hace sólo tres meses. Yo todavía no encontré un empleo fijo. En cambio mi madre, aunque es licenciada en Letras, hace de sirvienta en una casa de reposo por una miseria. Desgraciadamente en este país no reconocen nuestros títulos de estudio.
- ¿Y tu padre?
- Padece de depresión. No está en condiciones de trabajar.
- La depresión es una patología muy común, hoy día.
- ¡Ya!... Aunque reparto folletos publicitarios, en realidad yo soy un artista.
- ¿De verdad?
- Sí. Pinto, escribo, creo esculturas. Toco también la guitarra eléctrica en un grupo rock. Los sabados y los domingos vendo mis obras en los mercadillos. Pero no logro mantenerme con mi arte. Todavía no soy bastante conocido. Para ganar algo más me adapto a hacer trabajitos precarios y mal pagados, como repartir volantes.
- ¿Qué tipo de arte es el tuyo?
- Es difícil de explicar. Tendrías que verlo para entender. Mañana estoy en la feria de Senigallia.
Al improviso una voz masculina tronó desde el salón:
- ¡David! ¿Dónde estás?
- ¡Mi padre! - exclamó el dueño de casa, y se precipitó fuera de la habitación cerrando la puerta.
Tratando de no hacer ruido, Gael entornó la puerta de pocos centímetros. Mirando a través de las columnas de la balaustrada vio al recién llegado. A pesar de que lo había encontrado una sola vez quince años atrás lo reconoció enseguida: era Gutiérrez. Envejecido, engordado, casi calvo, pero con el mismo porte miltar que tenía cuando llevaba el uniforme de coronel del ejército argentino.
- ¿Qué haces todavía aquí? - le preguntó Gutiérrez a su hijo, que contestó incómodo:
- Estaba buscando unos documentos importantes para llevar a la oficina.
Gael cerró la puerta.
- Se fue. Había olvidado en casa los cigarrillos. - dijo David regresando a su cuarto.
Gael lo miró con hostilidad.
- He aquí donde os habíais metido. En Italia dándoos la gran vida.
David pareció sorprendido.
- ¿Te dicen algo los nombres Gabriel Díaz y Soledad Banchi?
David, enmudecido, no contestó.
- Son mis padres, dos sobrevivientes de El Circo, el campo de concentración dirigido por tu padre durante la dictadura.
Con gran incomodidad, David dijo:
- Tengo que irme a trabajar. Tengo una reunión dentro de media hora.
- ¿Tú crees que es justo que los responsables de la muerte de 30.000 personas se hayan quedado impunes, mientras sus víctimas no tienen ni siquiera una tumba donde sus parientes puedan llorarlos?
- Pasaron tantos años.
David cogió 50 euros en una cartera que tenía en el bolsillo interno de su chaqueta y los alargó a Gael.
- Éstos son por tus volantes.
Gael reaccionó gritando:
- ¡Dáme mi ropa!
David se metió el billete en el bolsillo. Luego se fue a coger la ropa de Gael en el baño y la apoyó sobre la cama. Gael se vistió.
- Pensaba que tú eras diverso. Espero no volver a verte nunca más. - dijo antes de salir de la habitación dando un portazo.
Quedadose solo, David fue arrollado por una oleada de recuerdos. En su mente pasaron, sobreponiendose, imágenes y escenas de mundos que ya no existían: Matilde Bianchi en lágrimas sentada en el sofá de su casa, Gael niño en el parque, la deposición de Soledad en el juicio contra su padre, el encuentro con la familia Bianchi Díaz en el bar de la calle Florida. El pasado le había visitado inesperadamente, sin preaviso, haciéndole revivir dolores lejanos pero nunca completamente amodorrados.
Gael entró en el centro social Paz, cuyos locales habían sido por muchos años una fábrica de bicicletas. Su amigo Marco estaba dibujando una heladera sobre una pared, mientras un viejo equipo estéreo difundía música rock.
Marco tenía veintidós años y el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Llevaba un jersey deformado, jeans raídos y rasgados y un par de viejas botas.
Gael encendió un porro y por algún minuto se quedó en silencio, fruncido, luego dijo:
- Aquí en Milán tendría que habitar uno de mis viejos compañeros del colegio de los tiempos del secundario. Se llama David Gutiérrez.
- ¿David Gutiérrez? - preguntó Marco maravillado.
- ¿Lo conoces?
- No en persona. Sólo me acuesto con su chica.
- ¡No!
- Tienes que ver su cuerpo.
- ¿Qué la impulsa a traicionar a mi amigo con un pobretón como tú? David es el dueño de una fábrica.
- Es verdad. Pero tiene también un pequeño defecto. Es impotente.
- ¡No!
- Bueno, no del todo impotente, casi impotente. Elena me contó que sus relaciones duran pocos segundos, sin preservativo, y que a veces él ni siquiera lo consigue. Fue visitado por muchos médicos, en el extranjero también, pero no solucionó nada. Y además es aburrido, previsible, conformista. Hace todo lo que le ordena su padre. Es un débil, uno de esos tipos dóciles, sumisos, serviles.
- ¿Por qué Elena no lo deja?
- Están novios desde hace cuatro años. Aunque ya no lo ama le tiene cariño.
- ¡Gilipolladas! Para mí ésa sólo quiere su dinero.
Gutiérrez se sentó en el sofá del salón y se puso a hacer zappping, fumando un cigarrillo. Una mujer rubia parecida a su esposa guiñó de la pantalla del televisor, sin suscitar en él alguna reacción, ni agradable ni desagradable. Cuando Susan había muerto el coronel se había propuesto no entablar nunca más otras relaciones sentimentales serias o duraderas.
- Una aventura de vez en cuando está bien. - había pensado - Pero cada uno en su casa y en cuanto empieze a putear le doy boleta.
También había reflexionado:
- A mi edad si quiero una chica joven y linda tengo que pagarla, y esto no me lo puedo tragar. Una vieja la puedo tener gratis, pero a este punto prefiero una partida de póquer con mis amigos. Quizás sea mejor acabar definitivamente con el otro sexo. A fin de cuentas tuve tantas mujeres.
Y le habían venido a la memoria todas las consortes de sus colegas con las que se había concedido un amorío, empujado por su narcisismo y por la frigidez de Susan.
- Están lejos los tiempos de la caza y de las conquistas. - suspiró con pena y añoranza.
David entró en el salón. Por todo el día no había dejado un solo instante de pensar en Gael y en el pasado. Su padre lo acogió regañándolo.
- Siempre vuelves tarde a casa. Sabes que detesto cenar solo.
Gutiérrez no se podía definir un padre cariñoso. Nunca un beso, nunca un abrazo, nunca una caricia. Pero no escatimaba las críticas, también ofensivas. Cuando todavía estaba Susan tenía que retenerse y cuando veía algo que no iba bien la mayor parte de las veces se atrincheraba en un mutismo rencoroso, pero después de la muerte de su esposa por fin había podido empezar a subrayarle a David todo lo que no le gustaba en él.
- Es hora que te haces cortar el pelo. Te pareces a un maricón.
Como un buen militar Gutiérrez estaba convencido de que un verdadero hombre tiene que llevar el pelo cortísimo.
En el Canal 5 apareció la imagen de un cardenal de aspecto afable y sonriente.
- ¡Quién se ve! ¡El cardenal Arnaldo Bucero!
El recuerdo de su último encuentro con el alto prelado, ocurrido cinco años atrás en el aeropuerto de Malpensa, llenó al coronel de cólera mixta con repulsión.
- ¡Cara de culo! Una vez lo encontré en el aeropuerto y fingió que no me reconocía. Aspira a convertirse en papa, el rufián. Por fortuna sus sucios chanchullos para reunir votos son destinados a fracasar miseramente. Nadie le creió cuando renegó de su amistad con el presidente Videla. Si fuera elegido los paladines de los derechos humanos armarían un jaleo y la iglesia católica es demasiado ávida para correr el riesgo de perder a millones de fieles... Mira cómo se pavonea, ese panzón engreído. Debo admitir que la pantomima siempre ha sido su fuerte.
Gutiérrez juntó las manos, bajó la cabeza a un lado, adquirió una expresión contrita y dijo con un tonillo lamentoso:
- ¿Cómo podía saber que aquéllos eran corruptos, malhechores, que mataban a sus adversarios políticos? Enfrente mía siempre tuvieron una conducta integérrima. Nunca sospeché de nada.
Luego bajó las manos y rugió con rabia:
- ¡Judas! ¡Les has dado la espalda a tus hermanos por la púrpura pero la tiara sobre tu pelada nunca la meterás!
Después de haber apagado el televisor con el mando, despotricó:
- ¡Vete a tomar por el culo tú, el santo padre y todos los parásitos con el hábito!... Ese saco de mierda me ha amargado la velada.
David estaba desconcertado. Nunca había sentido al coronel hablar de aquel modo. La dictadura siempre había sido un argumento prohibido en casa Gutiérrez. Susan no permitía absolutamente que se hablara de ella y cuando en televisión transmitían reportajes periodísticos o documentales sobre el período de la guerra sucia cambiaba de canal. Sin embargo David había asistido al juicio contra su padre y leía los periódicos, por lo tanto de todad maneras le habían llegado informaciones. El chico sospechaba que sus padres habían utilizado dinero sacado a los desaparecidos o a sus familias para comprar la fábrica y el chalé. La cifra que habían debido desembolsar era enorme, también por personas nacidas en familias acomodadas como ellos. Otra duda que lo atenazaba concernía su madre. Se preguntaba si la mujer estaba a oscuras de los crímenes de su marido, o bien era su cómplice consciente y silenciosa.
- ¿Durante la dictadura, mamá...
El coronel interrumpió la pregunta de David, precisando resentido:
- En Argentina nunca hubo una dictadura, sino una junta militar... Nuestro cometido consistía en restablecer y mantener el orden y la seguridad en el país. Las fuerzas armadas no eran una banda de gángster.
- En el período de la... lucha contra el terrorismo ¿mamá tenía conocimiento de tus verdaderas tareas?
El tono de Gutiérrez de resentido se hizo amargo.
- No. Y aunque lo hubiera tenido no le habría importado un carajo de los peligros que yo corría. Estaba ansiosa por las heroínas de las telenovelas y de su marido le importaba un carajo. Era una mujer ferozmente egocéntrica. Amaba solamente a sí misma.
- ¿Ocurrieron casos en que... te encontraste en la necesidad de... torturar a los presos para inducirlos a confesar?
- No. Yo desempeñé exclusivamente cargos administrativos. No entraba nunca en contacto con los subversivos.
El coronel mintió. No podía contar la verdad. David tenía un carácter demasiado sensible. No habría entendido. Desgraciadamente Susan con su educación absurda lo había arruinado y él para vivir en paz siempre la había dejado hacer lo que le gustaba. Habría querido ser ligado a su hijo por una relación de camaradería, de amistad, de complicidad, pero las circunstancias lo habían impedido.
- ¿Quién autorizaba las torturas en El Circo?
- No se trataba de verdaderas torturas. Las llamaría más bien fuertes presiones psicológicas. Los mismos procedimientos utilizados en todas las comisarías del mundo con los sospechosos.
David sabía que se adentraba en un discurso resbaladizo, pero no le gustaba que le tomaran el pelo.
- Si las torturas no eran admitidas, ¿cómo explicas las fosas llenas de cadáveres de desaparecidos con marcas de fracturas?
Gutiérrez se puso nervioso.
- Yo no debo explicar absolutamente nada. Que tú lo creas o no, en mi sección cada abuso era castigado duramente. Yo siempre traté a los detenidos con humanidad. Eran los suboficiales quienes los golpeaban, y a menudo causaban su muerte. Lo hacían a escondidas de sus superiores, para divertirse... Los suboficiales eran incontrolables. Esa gentuza violenta e insubordinada, sin educación ni cultura, además de desacreditar la junta militar nos hizo perder las Malvinas. ¿Cómo se puede ganar una guerra con un ejército de cabezas de chorlito y gallinas? ¡Tropel de incapaces! Y hasta dicen que los abandonaron. ¡Pretenden beneficios, resarcimientos! ¡Yo sé lo que les daría!... Nunca quisiste enfrentar ciertas cuestiones. ¿Por qué lo haces ahora?
- Comenzaste tú, cuando viste ese cardenal en televisión. De todos modos, si esta cosa te malhumora cambiamos de tema.
- Es mejor. Ocupémonos de cosas más importantes. ¿Cómo va la refacción de tu piso? Ahora que la casa está casi lista te decidirás por fin a establecer la fecha de la boda. Sabes que no veo la hora de llegar a ser abuelo.
- En este período yo y Elena estamos muy ocupados con el trabajo. No tenemos tiempo para organizar la ceremonia.
La voz del coronel se puso rencorosa.
- ¡Siempre pretextos! Sigues aplazando de mes en mes. Ya no me queda mucho tiempo para gozarme a mis nietos. ¿Qué carajo esperas a casarte y hacer hijos? ¿Qué yo reviente?
David bajó la cabeza.
- Mañana voy a hablar con Elena.
Gutiérrez sintió un profundo desprecio. Ese hijo tan diverso de él, así flexible, así claro de piel y de pelo como su madre, lo sentía extraño y molesto.
Sabado por la mañana David fue a recoger a Elena en auto a las diez. Elena tenía veinticinco años y un físico de modelo que amaba poner en evidencia vistiéndose y maquillándose llamativamente.
- ¿Qué programas tienes para hoy? - preguntó la chica.
David, absorto en sus pensamientos, no contestó. Su mente estaba vagando lejos en el tiempo. No lograba no pensar en el pasado, a todo el mal que su padre les había hecho a Gael y a su familia. Los sentimientos de culpa lo destrozaban.
- ¡David! ¿Me escuchas?
David se sobresaltó.
- Te pregunté qué programas tienes para hoy. ¿En qué estabas pensando?
- En nada... ¿Por qué no vamos a la feria de Senigallia?
- ¿A la feria de Senigallia? ¿Te has vuelto loco?
David pronunció la frase instintivamente, sin prever las consecuencias que arrancarían de esto.
- Sólo era una propuesta. Creía que era una idea original para pasar una tarde diferente de las demás. Últimamente vamos siempre a los mismos sitios.
- Si para ti es importante vámonos.
En la feria de Senigallia había mucha gente, pese al mal tiempo. En el cielo, detrás de una cortina de nubes gris, se asomaba la silueta de un pequeño pálido sol. El asfalto estaba todavía lustroso y mojado por la lluvia de los días precedentes. Las personas se apretaban encima los abrigos y las bufandas para protegerse del frío cortante del invierno. En aquella confusión Elena, acostumbrada a hacer adquisiciones en las boutiques más exclusivas, estaba bastante fastidiada.
Sobre el tenderete de Gael estaban expuestos cuadros y esculturas que revelaban un discreto talento artístico. Gabriel estaba sentado en un taburete, con su usual mirada vacua. Soledad estaba de pie junto a él. En el suelo, al lado del puesto, estaban apoyadas algunas esculturas que se parecían vagamente a unas jirafas.
Gael le mostró a su madre un dvd que le había apenas comprado a otro vendedor ambulante.
- ¡Lo encontré! Hace tanto que lo buscaba.
- “La noche de los lápices”.
- Lástima que en nuestra casa no hay un reproductor de dvd.
- En cuanto podamos nos compraremos uno.
Gael quedó muy sorprendido cuando David y Elena se pararon delante de su tenderete.
- ¿Qué representan esas esculturas? - preguntó David acercándose al grupo de jirafas.
Gael lo alcanzó.
- Son jirafas.
- Quisiera hablar contigo. Pero no aquí, en un lugar menos atestado de gente. - dijo David en voz baja.
- Nunca me habría esperado que vendrías.
- En mi oficina, el lunes.
- ¿A qué hora?
- Cuando eres cómodo.
David sacó del bolsillo de su chaquetón una tarjeta de visita y se la pasó furtivamente a Gael.
- Ésta es mi dirección, junto con el número de mi móvil. - susurró.
Luego levantó el tono de voz.
- Compro la más pequeña.
Gael se metió la tarjeta en un bolsillo de los pantalones.
- Son 150 euros.
- ¿Qué? - exclamó Elena.
David sacó 150 euros de su cartera y se los alargó a Gael, que en cambio le dio la jirafa junto al dvd.
- Éste es un obsequio. Es una película basada en la verdadera historia de siete estudiantes argentinos raptados y asesinados por los militares durante la dictadura.
- Gracias. Esta noche voy a verla. ¡Hasta luego, Gael!
- ¿Cómo sabes mi nombre?
- Lo recordaba. Nosostros ya nos conocimos, hace muchos años, en Argentina. ¡Adiós!
En cuanto David y Elena se hubieron alejado, Soledad le preguntó a Gael:
- ¿Por qué le diste el dvd?
- Ése es el hijo del coronel Gutiérrez. Habita él también en Milán con su padre. Su madre murió en un accidente de auto hace dos años.
Soledad se inquietó.
- ¿Le dijiste quiénes somos?
- No.
- Si vuelves a verlo evítalo. No quiero tener problemas con Gutiérrez. Papá se encuentra mal y necesita tranquilidad.
David y Elena continuaron su paseo entre los tenderetes. La chica no lograba resignarse.
- ¡150 euros por una estatuilla de 20 centímetros! ¿Compraste ese horror por qué te gusta o por qué querías hacer la caridad a esos tres pelagatos?
- Me ha venido un fuerte dolor de cabeza. Volvemos a casa.
- Sí, vámonos. No aguanto más en toda esta escualidez... Tú, en cambio, a lo que parece te encuentras en tu medio.
- ¡Para de rezongar como una mujerzuela histérica! ¡Me has cansado! - estalló David.
Elena quedó a boca abierta, incrédula frente a su primero arrebato de intolerancia en cuatro años de noviazgo.
- ¿Qué te pasa?
David calló.
- Hoy estás raro.
David y Elena transcurrieron el resto del día en un restaurante a la moda y luego en la casa de una pareja de amigos antipáticos y esnobes. A David le parecía que estaba en un entorno desconocido entre extraños, cuyas voces resonaban innaturales y lejanas. Era una sensación horrible. Mientras los demás discutían animadamente de banalidades hizo un balance de su vida opaca, insignificante y monótona: era desastrosa en todos los frentes. Y el porvenir se anunciaba aún más miserable que el presente.
A la una de la noche regresaron a sus respectivas viviendas. David posó la jirafa sobre su velador, se acostó y, aprovechando el echo que su padre aún estaba fuera con sus amigos, se puso a mirar el dvd que le había regalado Gael. A media hora del inicio de la película Gutiérrez entró de repente en su cuarto, preguntándole:
- ¡Entonces! ¿Fijasteis la fecha?
David aferró velozmente el mando apoyado sobre las mantas y apagó el televisor. El coronel se chamuscó y le lanzó una mirada penetrante.
- ¿Por qué apagaste? Enciende. Yo también quiero ver.
David se ruborizó y permaneció inmóvil.
- ¡Ah, he comprendido! - exclamó Gutiérrez con un centelleo malicioso en los ojos - Te he pescado con las manos en la masa. Estabas mirando una cinta pornográfica. No eres tan perfecto como intentas hacer creer.
- Es una película histórica.
- ¡Sí, histórica! ¿No te da vergüenza? Esas suciedades no se miran... ¡se hacen! ¡Si yo tuviera tu edad!
El coronel notó la escultura de Gael y la observó con curiosidad.
- ¿Qué es ese garabato?
- Es una jirafa. La compré en un mercadillo.
- ¿Cuánto la pagaste?
David titubeó algunos segundos antes de contestar.
- 50 euros.
- Como de costumbre te jodieron.
- Es una obra de Gael Díaz... ¿Recuerdas a la familia Bianchi Díaz?
- ¡Pues claro que la recuerdo! Soledad Bianchi fue una de mis acusadoras más encarnizadas, en el juicio. Y mientras lanzaba lodo y calumnias sobre mí los hijos de puta de los jueces le sonreían complacidos. No me atrevo a pensar en cuantos inocentes habrían ido en prisión, si el parlamento no hubiera puesto fin a las persecuciones de la magistratura con las leyes de amnistía.
- Hay jueces que consideran esas leyes inconstitucionales. En los últimos tiempos hicieron detener a muchos militares que habían sido beneficiados con ellas.
David se refería a los magistrados Gabriel Cavallo, Claudio Bonadío y Reinaldo Rubén Rodríguez. El primero que había declarado la incostitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida había sido Cavallo en marzo de 2001, seguido por Bonadío en octubre del mismo año y por Rodríguez en agosto de 2002.
- A mí no me cogen ni muerto. ¡Gilipollas! Yo sabría como hacerle bajar el copete a esa canalla.
- ¿Te acuerdas también del marido de Soledad?
- Ése era una de mis joyas. Una perla. Si todos hubieran sido como él habríamos exterminado la guerrilla en un mes.
- ¿Qué quieres decir?
- Que era un traidor. No entiendes nada de nada. Eres duro de mollera.
- ¿Por traidor quieres decir un colaborador?
- Quiero decir una espía. Para salvar a su chica denunció a media Argentina. Cuando salió de El Circo se escondió en Patagonia, donde acabó en un manicomio, hasta que esa loca se fue a recogerlo. ¡A la fuerza! Le servía un padre para su bastardo.
- ¿Qué bastardo?
- El mocoso que tuvo con un sargento que trabajaba en la cárcel.
- ¿Soledad Bianchi fue violada?
Gutiérrez se dio cuenta de que había metido la pata, pero remedió enseguida.
- Una sola vez. Naturalmente cuando descubrí que se había ocurrido ese vergonzoso episodio tomé enseguida medidas disciplinarias muy severas contra el culpable. Ya te lo dije que los suboficiales estaban al mismo nivel de las bestias. Ignorantes, toscos, violentos. No había manera de tenerlos a raya. Hacían lo que querían.
- Los Díaz vinieron a habitar en Italia. Creo que lo pasan muy mal económicamente. El padre es un deprimido crónico y no puede trabajar.
- No es un deprimido crónico. Está loco.
- El hijo es un artista, pero para mantenerse reparte folletos publicitarios.
- ¿Un artista? Entonces es maricón. Artistas, peluqueros, estilistas, curas, son todos maricones. El problema no es el Sida. La verdadera peste de los últimos veinte años se llama mariconería. ¡Ah, en qué tiempos vivimos! Cuando yo era joven no había tantos pervertidos y los pocos que había se escondían. Ahora en cambio desfilan en las calles y se exhiben en televisión.
- ¿Por qué odias tanto a los homosexuales?
- ¿Qué clase de pregunta es ésta? ¿Te parece normal que un hombre lo meta en el culo y en la boca a otro hombre? Me dan ganas de vomitar sólo si lo pienso.
David se quedó en silencio, con una expresión contrariada. El coronel bufó.
- ¡Qué joda! Cada vez que hablo de maricones, negros o judíos me toca chuparme tu cara torva por una semana. Yo seré racista pero ni siquiera tú eres un santo, querido mío. Tú eres la prueba viviente de que la respetabilidad es la máscara detrás de la que se esconden los porcachones. Te escandalizas por mi lenguaje chocarrero...
Con un gesto de sorpresa Gutiérrez agarró el mando de las manos de su hijo y concluyó, con una sonrisa irónica:
- Y miras las películas porno a escondidas.
Luego encendió el televisor, tropezandose con una escena de tortura con la corriente eléctrica. Su sonrisa se apagó.
- ¿Qué carajo es esto?
- “La noche de los lápices”, del regista Olivera. - dijo David con incomodidad - Me la dio Gael junto a la escultura... Por demasiado tiempo preferí no saber. Ahora siento la exigencia de conocer la verdad hasta el fondo.
- ¿Qué verdad? ¿La de una película de propaganda comunista desleal y facciosa? ¿La verdad de los terroristas?
- Yo opino que tenemos la obligación de escuchar también su versión de los hechos.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
David no contestó.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? - gritó el coronel, en una explosión de furia reprimida - ¡Idiota! ¿Te se secó el cerebro? Dilapidé un dineral para hacerte frecuentar las más prestigiosas escuelas del mundo y al final te convirtiste en un deficiente. Es mejor que me vaya antes de que te rompa esa porquería de jirafa que compraste en la cabeza.
Gutiérrez, cárdeno, salió del cuarto dando un portazo. La mañana siguiente durante el desayuno no le dirigió una sola palabra a su hijo, ni lo dignó de una ojeada. Para desahogarse se fue a entrenarse en el polígono, pero tampoco acribillando a balazos decenas de siluetas logró eliminar toda la rabia que le hervía en el cuerpo.
Gael entró en un establecimiento de la zona industrial de Milán sobre cuya fachada resaltaba el letrero Syntec. En la recepción esperaba a los clientes una mujer joven y atrayente.
- Tengo una cita con David Gutiérrez.
- ¿Usted es el Señor?
- Gael Díaz.
La empleada descolgó el teléfono, marcó un número y anunció:
- ¡Ingeniero! El Señor Díaz ha llegado.
Luego colgó el auricular y se levantó.
- Le acompaño al ingeniero. - dijo encaminándose a lo largo de un pasillo al que daban las puertas abiertas o entornadas de numerosas oficinas, iluminadas por la luz fría y blanquecina de los neones.
Gael la siguió, mirando de reojo a los dependientes atareados al ordenador o con la cabeza gacha sobre el escritorio. La atmósfera que se respiraba era de orden, puntualidad y eficiencia.
La empleada llamó a una puerta cerrada al final del pasillo.
- ¡Adelante! - dijo David.
Gael entró en el despacho con una actitud desconfiada. David lo invitó a sentarse.
- Siéntate.
- No. Me quedo de pie.
Bastante incómodo, David pronunció un breve discurso que se había preparado durante la noche.
- Te pido disculpas por la manera de reaccionar que tuve el otro día en mi casa. No tenía palabras. Me sentía a disgusto... Es necesario que tú sepas que considero el período de la última dictadura militar en Argentina una página negra de la historia, una tragedia terrible que espero que no se repita nunca más.
- ¿Me hiciste venir aquí sólo para decirme esto?
- No. Un cliente nuestro está buscando a empleados administrativos y me he permitido señalarle tu nombre y el de tu madre. Si me dejas vuestros datos os haré contactar para una entrevista.
- ¿No hay sitio para nosotros en tu empresa?
David tuvo una breve vacilación.
- Por el momento el personal está al completo.
- La verdad es que si nos contratas y tu padre se entera se arma un berenjenal.
- Me gustaría mucho dar una ayuda económica a tu familia.
- No queremos tu limosna.
- No se trata de limosna sino de un acto de reparación.
- No puede haber ninguna reparación. Los muertos no resucitan y las cicatrices de las torturas no se borran.
Gael alcanzó la puerta.
- ¡Gael, espera! Vi la película que me regalaste.
Gael se paró.
- Me sirvió para comprender tantas cosas... En mi casa nunca hablábamos de la dictadura. Mi madre no quería.
Gael se volvió hacia David y dijo:
- Tengo muchos libros sobre ese argumento. ¿Te
Era el 21 de septiembre de 1976. Soledad y sus padres, Andrés y Matilde Bianchi, estaban desayunando en el living de su chalé, en el barrio Palermo de Buenos Aires.
Seis meses atrás, el 24 de marzo, los comandantes en jefe del ejército, general Jorge Rafael Videla, de la armada, almirante Emilio Eduardo Massera y de la fuerza aérea, brigadier Orlando Ramón Agosti con un golpe de estado habían destituido a la presidenta Isabelita Perón instaurando una junta militar, de la que Videla había sido designado presidente. Los golpistas habían declarado el estado de sitio, disuelto el parlamento, removido a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, suspendido la constitución y las actividades políticas y sindicales. El nuevo gobierno militar había obtenido el apoyo, en algunos casos entusiasta, en otros resignado, de muchas fuerzas políticas y de los medios de comunicación y había sido reconocido oficialmente por la mayoría del episcopado argentino y por casi todas las otras naciones.
Desde el inicio del siglo en la Argentina los régimenes civiles y las dictaduras militares se alternaban de continuo, por lo cual el último golpe no había suscitado particulares preocupaciones en la población. Además el gobierno presidido por la viuda de Juan Perón, sucedida a su marido en 1974, había sido fuertemente debilitado por una grave crisis económica y por una guerrilla interna desencadenada por dos grupos armados: los Montoneros, que se inspiraban en las ideas socialistas de Perón y el Ejército Revolucionario del Pueblo, que representaba la izquierda más radical. Un amplio sector de la sociedad, constituido sobre todo por las clases empresariales y más acomodadas, ponía muchas esperanzas en el Proceso de Reorganización Nacional elaborado por la junta, cuyos objetivos principales eran debelar el terrorismo, restablecer la seguridad y el orden social, defender los valores de la moral cristiana y sanear la economía.
- ¿Puedo irme a estudiar a casa de Luisa después de las lecciones? - preguntó Soledad.
- Está bien pero no tardes. - le recomendó su padre.
- Prometo que regresaré antes de las cinco.
Andrés abrigaba mucha confianza en su hija, que siempre se había demostrado obediente y juiciosa. Soledad cursaba el bachillerato en letras y era su orgullo. Tenía dieciocho años, rasgos delicados, la tez clara, el pelo largo, castaño y liso y una mirada dulcísima.
Andrés y Matilde eran funcionarios estatales y como millones de sus connacionales tenían orígenes italianos: sus familias habían emigrado a la Argentina de Lombardia en los años ’20. Los padres de Andrés, partidos con escasos recursos de Meda, en Buenos Aires habían abierto una pequeña fábrica de muebles, gracias a la cual habían podido hacer estudiar a sus dos hijos hasta la licenciatura. El padre de Matilde, en cambio, un ingeniero nacido en Erba, había fondado una de las más renombradas empresas constructoras de la capital.
Soledad se levantó y dio un beso a sus padres.
- Me voy si no pierdo el autobús. - dijo corriendo fuera de la habitación.
Mientras Soledad iba al colegio, en un piso de un elegante condominio del barrio Retiro Gustavo Gutiérrez, coronel del ejército, desayunaba con su esposa Susan y su hijo David, de cinco años.
Gutiérrez tenía cuarenta años, rasgos marcados y los ojos y los cabellos negros azabache, heredados de sus antepasados españoles. Su mujer, de diez años más joven, tenía el pelo rubio, la piel diáfana y los ojos azules.
- Esta noche ¿vemos la televisión juntos? - le preguntó David a su padre.
- No es posible. Hoy tengo que hacer horas extras y volveré tarde a casa, cuando tú ya estarás en la cama.
- ¡No! - exclamó David poniendo hocicos.
- Ningún berrinche. No lo tolero.
- Mamá dice que tú haces un trabajo importante.
- Muy importante. Doy caza a los malos y los capturo, como los shérifs en las películas de vaqueros.
- No des detalles. - intervino Susan - El niño es demasiado pequeño para entender y el único resultado que obtienes es asustarlo.
En el rostro del oficial se dibujó una expresión de asco. El hombre maldijo el día en que se había enamorado de su esposa. La había conocido seis años atrás, con ocasión de un curso de adiestramiento en los Estados Unidos, en Florida. Había sido un flechazo por ambos y tres meses después se habían casado. Susan pertenecía a una adinerada familia católica de la alta burguesía. De una belleza celestial, se parecía a un hadita buena y gentil. Ya durante la luna de miel, pero, se había transformado en una pérfida bruja. Moralista hasta rozar el fanatismo, hacía tragedias interminables por una simple palabrota. Para ella las apariencias eran más importantes que cada otra cosa. Cuando había nacido David, nueve meses después de la boda, se había puesto aún más intransigente e insoportable. Para evitar las quejas de su mujer Gutiérrez en casa tenía que reprimir constantemente su temperamento irascible y impetuoso. Por suerte tenía su trabajo. En la oficina estaba libre de ser él mismo sin censuras y podía desahogar sobre sus subordinados la rabia acumulada entre las paredes domésticas.
El coronel se limpió la boca con la servilleta.
- Me voy. - dijo tirando la servilleta sobre la mesa.
Luego se levantó de un brinco y con pasos rápidos salió de casa.
Regresando de la escuela Soledad y su compañera de clase Luisa pasaron delante de la entrada de un cementificio, precisamente mientras por la cancela estaba saliendo un pequeño grupo de obreros.
- ¡Está ahí! - exclamó Soledad en voz baja, ruborizandose al ver a un chico sobre los veinte años bastante delgado, de mediana estatura y de pelo castaño rizado.
- ¿Te decides o no a saludarlo? - la exhortó Luisa.
- Me avergüenzo. Él tiene que tomar la iniciativa.
- Si es tímido como tú nunca lo hará. Ahora le pregunto qué hora es.
- ¡No! ¡Por favor!
El chico se acercó a las dos jóvenes y se dirigió a Soledad.
- ¡Hola!
Soledad continuó caminando. El chico la siguió, la superó y se le colocó delante para pararla.
- Podrías dignarte a devolver mi saludo. - le dijo - ¿O te sientes demasiado superior a un pobre obrero como yo?
- Yo no te conozco. - replicó Soledad incómoda.
- ¿Cómo no? Llevamos un mes viéndonos todos los días cuando yo salgo de la fábrica y tú del colegio.
Luisa se alejó velozmente, con la excusa que tenía que ir a una cita con el dentista. El chico aprovechó para ofrecerse de acompañar a casa a Soledad.
- A pie, porque el auto no lo tengo.
La joven, aunque titubeante, consintió.
- Está bien.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad... ¿Y tú ?
- Gabriel... Gabriel y Soledad. Suena bien.
El cielo azul estaba límpido. El aire estaba tibio. Las frondas de los árboles susurraban, agitadas por una brisa ligera.
Gabriel propuso a Soledad de dar un paseo en un gran parque que costeaba la calle. En un día tan bonito era una lástima estar encerrados en casa. Ella rechazó su invitación.
- No puedo. Tengo que estudiar.
Gabriel no se dio por vencido y entró en el parque, incitándola:
- ¡Venga! ¡Ven!
Soledad lo alcanzó y se aventuraron juntos entre jacarandás y palmeras y prados bien cuidados. Después de una inmersión de casi una hora en la naturaleza, los dos jóvenes se sentaron en un banco, delante de un pequeño lago artificial.
- Mis padres viven en el campo y cultivan la tierra. - empezó a contar Gabriel - Hasta los dieciséis años yo también trabajé en los campos, luego me trasladé a Buenos Aires para ser obrero. Desde este año concurro al colegio nocturno porque no quiero quedarme un ignorante por siempre.
- Tú no eres para nada ignorante... Debe ser duro trabajar y estudiar al mismo tiempo.
- ¡Ya! Además tengo también otra actividad que me absorbe mucho.
- ¿Cuál?
- Debo confesarte algo. No lo digas a nadie. Soy un revolucionario comunista.
- ¿Qué?
El término revolucionario alarmó a Soledad. La política no la interesaba y la atemorizaba la presencia en su escuela de asociaciones estudiantiles que hablaban de lucha armada y cambios drásticos en la sociedad.
- Bromeaba. - dijo Gabriel - Sólo soy afiliado al sindicato. Me bato para que sean respetados los derechos de los trabajadores, no pongo bombas en los cuarteles.
- No se bromea sobre ciertos argumentos.
- Tienes razón. Discúlpame... El dueño de mi fábrica nos considera los obreros algo más que esclavos. Yo soy el único que se rebela a sus abusos. En cambio mis colegas soportan todo sin resollar. Pero los comprendo. Hoy en día se debe estar muy atento a lo que dice. Sólo por haber expresado sus opiniones, decenas de personas fueron eliminadas.
- ¿Dónde? ¿Aquí en la Argentina?
- Sí.
- No lo sabía.
- No eres la única. La mayor parte de la gente ignora, o finge ignorar, que desde cuando Videla ha llegado a ser presidente comenzó una verdadera persecución hacia la oposición. Quieren hacernos desaparecer. Los militares van por la noche a las casas de los militantes políticos y los raptan, llevándose los documentos, las fotografías, los vestidos, incluso los muebles. Luego las autoridades tratan de convencer a los parientes de los secuestrados que sus seres queridos se alejaron voluntariamente. Pero no es todo. Los pocos afortunados que volvieron contaron que fueron encerrados en prisiones secretas y torturados por días.
Soledad se sintió invadir por una sutil angustia.
- ¡Es terrible! Nunca hablaron de esto en el telediario.
- Y nunca lo harán. Los medios de comunicación son controlados por el gobierno, que es el principal responsable de estas atrocidades.
- ¡Basta ya! Ya no quiero sentir estas cosas.
Soledad estaba trastornada.
- Discúlpame. Debía habérmelo imaginado que mis palabras te asustarían. Desgraciadamente es todo verdadero.
- Podría acontecerte a ti también.
- ¿Te sentiría?
- Sí. Mucho.
- ¿Quieres venir a cenar a mi casa? No pienses mal. No vivo solo. Me hospeda un colega casado.
- Mis padres no me permiten salir por la tarde. Son muy aprensivos conmigo.
- ¿Eres hija única?
- Sí. ¿Tú tienes hermanos?
- Una hermana y un hermano mayores que mí, ya casados. Ellos también viven en Buenos Aires... Pronto me convertiré en tío. Mi hermana está embarazada de dos meses. Espero que dé a luz a un varón.
- Vosotros hombres sólo deseáis a varones. A mí en cambio me gustaría tener una niña.
- A mí también. Pero el primogénito tiene que ser un varón... Di a los tuyos que vas al cine con una amiga.
- Es mejor que no.
- ¿No te fías de mí?
- ¿Por qué no debería fiarme?
- Entonces llámalos.
Gabriel y Soledad se dirigieron hacia un teléfono público. La joven entró en la cabina y marcó un número.
- Mamá, ¿puedo ir al cine con Luisa, esta noche?... Estudiamos todo el día... Sólo por esta noche. ¡Por favor!... Intenta convencerlo... Quédate tranquila. No me sucederá nada. ¡Adiós!
Soledad salió de la cabina con una sonrisa radiosa.
- Dijeron que sí.
Gabriel la llevó de la mano. Después de pocos pasos se paró y la besó delicadamente sobre los labios. Soledad le devolvió su beso. En aquel momento el chico sintió que había encontrado a la compañera que cada hombre busca: la con la que formar una familia y compartir el camino de la vida.
Gabriel habitaba en una humilde vivienda con el techo de chapa y enlucida sólo en el interior. El colega que lo hospedaba tenía dos hijos, un varón de cuatro años y una niña de seis. Su esposa se desempeñaba como empleada doméstica. Soledad sintió cierta incomodidad al compartir la misma mesa con personas desconocidas y tan diferentes de ella: no estaba acostumbrada.
Después de haber cenado Gabriel y Soledad se encerraron en el cuarto del joven y pasaron media hora besándose, hasta que en Soledad prevaleció la sensatez.
- Ahora tengo que irme. Es tardísimo. Si mis padres descubren que estoy aquí contigo no me dejarán más salir de casa.
- Quédate todavía un rato. - le dijo Gabriel tratando de desabrocharle la blusa.
Ella se apartó de su abrazo.
- ¡No! No me siento todavía lista para hacer ciertas cosas. Apenas nos conocemos.
- Estamos juntos desde un mes.
- No es verdad.
- Me has gustado desde el primer momento en que te vi.
- Tú también.
- Entonces estamos juntos desde un mes.
Soledad consideraba la que apenas había nacido con Gabriel su primera relación importante. Siempre había tenido filas de admiradores, por los que se dejaba cortejar por vanidad, concediéndoles a lo más algún casto beso, pero ninguno de sus pretendientes nunca le había hecho palpitar fuerte el corazón como Gabriel. La diferencia de clase no constituía un problema. Sus padres no tenían prejuicios hacia los pobres y nunca se opondrían a su casamiento. Y además Gabriel estaba estudiando para egresar y ella le ayudaría a buscar un trabajo mejor.
Desde la cocina llegaron golpes y gritos. De repente la puerta se abrió y cuatro individuos armados de pistola irrumpieron en el cuarto.
- ¿Eres tú Gabriel Díaz? - preguntó uno de ellos.
- Sí. Ella no tiene nada que ver. Cojan sólo a mí.
Los cuatro hombres esposaron a Gabriel y Soledad de modo brutal y les vendaron los ojos. Gabriel intentó una reacción y gritó:
- ¡No la toquen!
Como castigo recibió un puñetazo en el abdomen. Luego a él y Soledad los arrastraron a la calle y los hicieron tumbar en el fondo de un Ford Falcon verde que partió a toda velocidad. Mientras tanto otras personas saquearon la casa y cargaron los objetos robados, de los que hacían parte los muebles también, en un furgón.
- Gabriel, ¿te hicieron daño? - preguntó Soledad, aterrada y aturdida.
- No te preocupes. Estoy bien. - le dijo el chico para tranquilizarla.
Uno de los secuestradores los acalló amenazando:
- ¡Silencio! u os mato a ambos.
Tres Ford Falcon verdes entraron en el garaje subterráneo de una gran construcción de color marrón oscuro, bajo y escuadrado. Los primeros dos transportaban al colega de Gabriel, su esposa y sus dos hijos. El último transportaba a Gabriel y Soledad.
Diez hombres armados condujeron a los cautivos a lo largo de los pasillos del edificio. La escasa iluminación y el mobiliario vetusto conferían al entorno una atmósfera lúgubre.
En la habitación donde fue hecho entrar Gabriel estaba Gutiérrez, sentado a un escritorio. Una fotografía enmarcada del presidente Videla y un retrato de la Virgen descollaban en el muro, a la espalda del coronel.
Mientras la puerta de su oficina se cerraba, Gutiérrez dijo con una sonrisa amenazadora:
- De ti me ocupo yo, muchacho.
Soledad fue llevada a otra habitación e interrogada con tono duro por un hombre con el uniforme de teniente del ejército.
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad Bianchi.
- ¿Cuál es tu nombre de guerra?
- No entiendo. Debe haber habido un error. Yo y Gabriel no hicimos nada malo.
- ¿Cómo se llaman los amigos de tu chico? ¿Dónde se encuentran?
- No conozco a los amigos de Gabriel.
- Si quieres salir de aquí tienes que decirnos todo lo que sabes.
- Yo no sé nada.
El teniente se puso a los hombros de Soledad y le sacó la venda. La joven vio una mesa metálica rectangular en cuyos bordes estaban fijadas unas cuerdas y poco lejos un mueble bajo sobre el que estaba apoyado un generador de corriente eléctrica.
- Mira qué te espera si no hablas. Ésa es una picana. Ahora te ato a la mesa y te hago ver cómo funciona.
La puerta se abrió y entraron dos individuos sobre los cuarenta años con el uniforme de sargento. Uno, apodado Rubio, era achaparrado, con la tez aceitunada y una gran cabellera teñida de rubio platino. El otro, apodado Ramón, larguirucho y de una palidez cadavérica, tenía las mejillas picadas de acné y ralo pelo castaño.
- Tenemos la orden de llevar a la detenida a una celda. - dijo el Rubio.
- ¡Lástima! - exclamó el teniente - Me divertiría con ella.
El Rubio y Ramón colocaron de nuevo la venda a Soledad y la condujeron a un tabuco sucio y sin ventanas. Luego le arrancaron la ropa de encima. Ella gritó y se debatió con todas sus fuerzas, pero en vano, y no pudo impedir que la violaran. Después de diez minutos los dos militares salieron de la celda carcajeándose. Soledad en cambio, acurrucada en el suelo, sollozaba desesperada. La joven recordó las palabras de Gabriel en el parque y entendió: se había convertido en una desaparecida.
Soledad no sabía que se encontraba en un almacén de propiedad del ejército transformado en uno de los 500 centros ilegales de detención en los que eran recluidos los opositores políticos. Ignoraba que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ejército, fuerza aérea, marina y policía federal habían sellado un pacto criminal para eliminar a quienquiera podía representar una voz de disenso a los tráficos turbios de la junta. En realidad la guerrilla había sido casi completamente derrotada ya durante el gobierno de Isabelita Perón por la Alianza Anticomunista Argentina, apodada Triple A, una organización paramilitar fundada en junio de 1973 por José Daniel López Rega, el más estrecho colaborador de Perón y luego de su esposa. Los golpistas interpretaban el papel de los que sacarían la Argentina de sus problemas sociales y económicos, pero su único fin era apropiarse de los puntos clave del poder y enriquecerse.
El centro en que Soledad había sido encerrada se llamaba El Circo.
El director de El Circo era el coronel Gustavo Gutiérrez, apodado Lobo por sus hombres.
Entrampada entre las macizas paredes de El Circo, Soledad pasó del desaliento a la total abulia. Estaba todo el día sentada en el suelo, con la mirada fija en el vacío, sin hablar, comiendo y bebiendo casi nada, indiferente a todo, también a los gritos y a los lamentos que provenían de las celdas adyacentes a la suya. Tampoco descubrir que estaba embarazada sacudió su apatía.
Extrañamente los militares le ahorraban el trato a base de golpizas e insultos que les infligían a los demás detenidos. También el Rubio y Ramón, después del primer día, ya no la habían violado, aunque seguían dirigiéndole piropos vulgares. Además le habían sacado las esposas y la venda, a condición de que nunca los mirara a la cara.
Por tres meses Soledad compartió su celda con otra chica, con la que intercambió poquísimas palabras. Luego su compañera fue trasladada a una cárcel legal.
En El Circo valían las mismas reglas de los otros centros clandestinos de detención. Entrando en esos lugares, generalmente ubicados en el interior de escuelas militares, cuarteles y comisarías, los desaparecidos perdían su identidad y se convertían en un número. No podían decirle a nadie su nombre, siempre estaban vendados o encapuchados y cada día padecían torturas y sevicias sexuales. Después de tres meses de permanencia los mataban. Para no suscitar en ellos sospechas, mientras los llevaban al lugar de la ejecución los carceleros les hacían creer que los estaban trasladando a un penitenciario legal.
Despojar a los desaparecidos de cada su haber era la regla para los militares, que a menudo peleaban furiosamamente a la hora de repartirse el botín. Los presos políticos que poseían propiedades inmobiliarias eran obligados a registrarlas a nombre de sus verdugos.
Los hijos de los desaparecidos eran llevados a un orfanato, o bien eran encarcelados y torturados para constreñir a sus padres a confesar, y en algunos casos morían. Los que eran muy pequeños y los nacidos en prisión eran adoptados por miembros de las fuerzas armadas y de la policía.
Recorriendo el pasillo, David sintió voces procedentes del salón. Impulsado por la curiosidad, el niño miró dentro de la habitación, a través de la puerta quedada entornada. Su madre estaba sentada en un sillón, rígida e impasible. Frente a ella, en un sofá, estaban sentados un hombre y una mujer que nunca había visto.
- Usted es nuestra última esperanza, señora Gutiérrez. - dijo la mujer - Llamamos a todas las puertas, inútilmente. Le suplico, pida a su marido que interceda por nuestra hija. Soledad nunca se ha ocupado de política. Fue arrestada por error.
Andrés y Matilde Bianchi, después de una extenuante e infructuosa búsqueda antes entre los amigos y los compañeros de escuela de su hija, luego en todos los hospitales de Buenos Aires, por fin habían descubierto que la desaparición de Soledad era ligada a la actividad sindical de Gabriel y era obra de las fuerzas armadas. Entonces habían presentado un hábeas corpus en el juzgado, que había sido rechazado, y se habían dirigido a cualquiera institución que pudiera ayudarlos a hallar a la chica: del Ministerio del Interior al Arzobispado, de la Embajada de Italia a la Nunciatura italiana. Sólo habían conseguido rechazos y mentiras, hasta que una conocida les había aconsejado que contactaran a una amiga suya, esposa de un coronel del ejército.
- No puedo ayudarles. Lo siento. - dijo Susan con frialdad.
Matilde empezó a llorar silenciosamente, luego se enjugó las lágrimas con una mano. David entró en el salón y se le acercó.
- ¡David! Vete a jugar en tu cuarto. - le mandó su madre.
- ¿Por qué lloras? - preguntó David, asombrado y al mismo tiempo disgustado.
- Porque se llevaron a mi niña.
Cuando los Bianchi se hubieron ido Susan le ordenó a su hijo que no referiera nunca a nadie, tampoco a su papá, lo que apenas había visto y oído. David obedeció, pero la imagen del rostro transido de dolor de la desconocida le quedaría grabada indeleblemente en la memoria por el resto de su vida.
El Rubió se fue a dar parte a su jefe junto a Ramón.
- Me felicito con vosotros. ¡Un trabajo excelente! - dijo Gutiérrez con un tono impregnado de ironía a los dos sargentos - Capturasteis a la persona equivocada y Carlitos logró escapar.
- Ésos dos se semejan como gotas de agua y tienen también el mismo auto. - se justificó el Rubio.
- No busques excusas, ¡hijo de puta! - estalló el coronel - Ocho meses de investigaciones tirados al retrete. Sois dos gilipollas incapaces. Si continuáis así os hago echar del ejército a patadas en el culo.
Además de considerarlo un imbécil, al igual que todos los otros suboficiales, Gutiérrez sentía repulsión hacia el Rubio. Se le revolvía el estomago a la vista de sus adiposidades desbordantes, de su monstruosa papada, de su uniforme perennemente manchada de sudor, de sus ridículos cabellos, que se había teñido de rubio para parecerse a un famoso divo de las telenovelas.
- ¿El prisionero lo liberamos? - preguntó Ramón.
- No. Se convirtió en un testigo incómodo. Tenerlo aquí por un rato y luego eliminarlo.
Al improviso la puerta se abrió de par en par y un hombre con bata blanca entró en la habitación preguntando en voz alta:
- ¿Dónde está el buró barroco?
- ¡Fuera! - les ordenó Gutiérrez con rabia reprimida al Rubio y a Ramón, quienes volaron.
El coronel nunca se había llevado bien con el doctor Francesco Salvio: lo consideraba una espía y un lameculos, un individuo mezquino, traidor y malévolo, siempre pronto a arrear con todo lo que le caía entre las manos.
- No se permita nunca más entrar en mi oficina sin llamar. El buró lo cogió el teniente Contreras.
Salvio protestó.
- Ese mueble era mío. Lo había prometido a mi esposa. No es justo que usted siempre se coja las cosas más lindas o las venda a sus amigos. Yo también tengo mis derechos.
- Esta cárcel la dirijo yo. A mí me corresponde establecer la utilización y el destino de los bienes secuestrados a los terroristas. Le aconsejo no darme problemas, de lo contrario me veré constreñido a tomar medidas disciplinarias hacia usted. Haga su trabajo y basta, doctor... A propósito de trabajo, ¿cómo está Soledad Bianchi?
- Está muy débil. Rechaza la comida. Quiere dejarse morir.
- Morirá cuando yo lo decida.
- ¿A quién dará al bebé?
- Al mejor oferente. Yo no regalo nada a nadie.
- Lo sé. ¿Ya recibió propuestas?
- Sí, y algunas eran realmente interesantes. Pero pienso que podría sacar mucho más. La chica es deliciosa y parirá de seguro a un hijo sano y precioso.
- Si se parecerá a su padre no será muy precioso. El Rubio y Ramón son repugnantes.
- Creía que Bianchi ya estaba embarazada cuando llegó aquí.
El doctor Salvio sonrió malignamente.
- No, absolutamente no. - dijo negando con la cabeza - Le contaron trolas.
Luego emitió un suspiro.
- Mi querido coronel, lo siento por usted pero temo que deberá conformarse con una suma muy inferior a la que esperaba. Si va a nacer un pequeño monstruo, como es probable, será difícil colocarlo en el mercado. También ofreciéndolo a precios tirados.
El coronel apretó los puños. Sus ojos llameaban como los de un toro embravecido.
Sólo fue la perspectiva de ser despedido a retenerlo de arremeter contra Salvio.
- Levántate y sígueme sin protestar. Tienes que ser trasladada a otra prisión. - le intimó el Rubio a Soledad.
Después de haberla guiada a lo largo de los pasillos de El Circo, el sargento vendó a la joven y la hizo tumbar en el fondo de un auto. Luego se sentó en el asiento trasero. El coche, conducido por un colega suyo, se puso en marcha y salió del patio del edificio, embocando una calle muy traficada y llena de gente. Después de cerca de media hora el vehículo llegó a una plaza desierta y se paró. El Rubio levantó a Soledad por el pelo y la empujó fuera del auto, haciéndola caer a tierra. El coche volvió a partir y se alejó. Soledad se quitó la venda y se miró alrededor, confusa y asustada. Después de algunos minutos llegó a la plaza otro vehículo, que se paró cerca de ella. Los dos ocupantes se bajaron. Eran sus padres.
- ¡Mamá! - exclamó Soledad.
- ¡Soledad! No temas. No te llevarán más. - le alentó su madre, abrazándola.
- No me encuentro bien. ¡El niño! ¡Está por nacer!
Los Bianchi subieron a su auto y se precipitaron en el primer hospital que encontraron a lo largo de la calle.
Pocas horas después Soledad yacía en una cama de un piso de maternidad, débil y dolorida. Los sufrimientos del parto la habían extenuado.
- Apenas vimos al bebé. Es guapísimo. - le dijo su madre.
- ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo dejaron libre?
- No sabemos nada de él.
Soledad cerró los ojos y se esforzó para no pensar en nada. Durante su breve estancia en el hospital, con el pretexto que se sentía cansada, nunca amamantó ni cogió en brazos a su hijo.
El día en que a Soledad le dieron el alta su padre, acompañandola a casa, aparcó el coche delante de un edificio popular y le anunció con cierta incomodidad:
- Ahora habitamos aquí.
Subido las escaleras hasta el tercer piso, los Bianchi entraron en un pequeño piso decorado modestamente. Soledad se miró alrededor asombrada.
- Ven al dormitorio a ver qué bonita cuna compramos por el niño. - la invitó su madre, que tenía en brazos a su nietito recién nacido.
- ¿Nuestra casa, nuestros muebles? - preguntó la chica.
- La cogió un militar, junto a todos nuestros ahorros, a cambio de tu excarcelación. - la informó Andrés tristemente.
- ¿Por qué Gabriel no fue liberado?
- No lo sabemos.
- No me queda nada de mi Gabriel, tampoco una fotografía. - dijo Soledad con la voz quebrada por el llanto.
Matilde trató de confortarla.
- Te queda su hijo.
- ¡Ése no es su hijo! ¡No lo quiero! ¡Llevarlos! ¡No lo quiero! - gritó Soledad, abandonándose a una crisis histérica.
- No hagas así. Es tu niño.
- ¡Lo odio!
El militar que había hecho excarcelar a Soledad era Gutiérrez. El coronel se había dirigido a las únicas personas dispuestas a desembolsar cualquier cifra para obtener al hijo de la joven: sus abuelos. Habría preferido hacer negocios con gente de su mismo entorno, pero nadie quería a los niños feos y morochos. Corría el riesgo de deber reembolsar el dinero ganado, o en el mejor de los casos de conceder un considerable descuento sobre la mercancía. Por lo tanto había decido ir sobre seguro contactando a los Bianchi.
Andrés y Matilde miraron a su nieto, quien dormía plácidamente en su cuna. La mujer embozó la sábana y la manta al pequeño, luego ella y su marido alcanzaron a su hija, tendida sobre el sofá del living.
- Nosotros vamos a trabajar. No hagas esfuerzos. Estás todavía muy débil. - le recomendó a Soledad su padre.
- ¿Por qué no pruebas a amamantar al niño? - le preguntó su madre. - La leche es tan cara.
- Si no tenemos bastante dinero para mantenerlo llevarlo a un orfanato. No creo que cuando Gabriel vuelva querrá cuidarlo. - replicó ella secamente.
En cuanto la puerta de casa se cerró a la espalda de Andrés y Matilde, Soledad se levantó del sofá y se pusó un par de zapatos y un gabán. Luego, después de haberse asomado a una ventana para controlar que los suyos se hubieran alejado, salió del piso, en busca de noticias de su novio.
El empresario de Gabriel se mostró contento de que el joven hubiera desaparecido.
- No tenía ganas de trabajar. Y instigaba a los demás obreros contra mí. Se habrá ido a vivir al mar junto con una bella chica. - le dijo con crueldad a Soledad, haciéndola huir en lágrimas.
El hombre no agradecía la presencia de enlaces sindicales en su fábrica porque quería ser libre de explotar a sus dependientes cómo y cuánto le gustaba. Él había sido quien había hecho secuestrar a Gabriel denunciándolo a los militares como un hostigador marxista. En prueba de gratitud por su contribución a la lucha contra el terrorismo Gutiérrez se había convertido en el amante de su esposa. Sucesivamente lo haría secuestrar y torturar por quince días. Luego lo constreñiría a venderle su fábrica por una suma irrisoria y por fin lo daría como comida a los cerdos.
Cuando Soledad, después de años, se enteró de su muerte horrible sintió un vivo placer.
Al final de la mañana Soledad entró en el confesionario de la iglesia de San José y entrevio el perfil de un hombre de alrededor de treinta años, de contextura robusta, con la barba y el pelo rojo. La joven se sentía angustiada y agotada. Había transcurrido cuatro horas atraviesando en balde la ciudad de una parte a otra. Parecía que a Gabriel se lo hubiera tragado la tierra.
- Necesito su ayuda para hallar a mi novio, padre Renzo. - dijo Soledad - Hace nueve meses fuimos secuestrados. En la prisión a la que nos llevaron habían capellanes del ejército como usted.
- ¿Capellanes del ejército? ¿Estás segura? ¿Les viste personalmente? - le preguntó el sacerdote.
- No, pero otros detenidos hablaron con ellos. Quizás usted los conozca.
- Creo que no... ¿Cuál es el nombre de guerra de tu novio?
- No tiene un nombre de guerra.
- ¿Qué hizo?
- Nada. Gabriel es un bueno chico.
- Entonces ¿por qué fue arrestado?
- No lo sé. Probablemente lo tomaron por otra persona.
- Mi querida hija, si no me cuentas la verdad no puedo ayudarte. Para conseguir localizar a tu novio tengo que conocer su nombre de guerra, los nombres de sus compañeros, los lugares donde se reunían.
- Gabriel no es un terrorista. Le ruego, me ayude. Ya no sé a quién más recurrir. Tengo un hijo con él.
- Se precisará mucho dinero.
- Ya no tenemos dinero.
- Entonces temo que no podré hacer nada por ti.
Después del coloquio con el padre Renzo Soledad volvió a su casa. Desde la planta bajo oyó los chillidos de un recién nacido. En el descansillo de su piso la esperaba una mujer rolliza con la piel marchita, que la atacó:
- Es toda la mañana que el bebé llora. No se deja a una criatura tan pequeña sola por todas estas horas. La próxima vez que sucede llamo a la policía.
Soledad no contestó, sacó un manojo de llaves de su bolso, abrió la puerta y entró en casa. Luego se fue directamente al dormitorio y se acercó a la cuna. El rostro de su hijo estaba contrato en una mueca dolorosa. Sus manitas apretaban el puño.
- ¡Deja! ¡Deja de llorar! ¡Me molestas! ¡Deja! - gritó la chica.
El niño siguió chillando a voz en cuello.
- ¡Soledad! - exclamó Matilde abriendo la puerta, regresando del trabajo junto a su esposo - La vecina me dijo que esta mañana saliste.
Con su gran estupor, Andrés y Matilde encontraron a su hija sentada en el sofá, amamantando a su niño.
En Soledad el amor era más fuerte que el odio.
- No preocuparos. - dijo la joven - Ya no dejaré solo a mi pequeñito. Mirar cuánto chupa. Lloraba porque tenía hambre, pobrecito.
- Debemos pensar en el bautizo. ¿Cómo quieres llamarlo? - le preguntó Matilde.
- Gabriel. Como su padre.
Soledad se puso de repente triste.
- Tengo mucho miedo a que se lo lleven.
- Quédate tranquila. Nadie te hará más mal, ni a ti ni a tu hijo. - le dijo Andrés.
- Hasta que los militares estarán en el poder nunca me sentiré tranquila.
Soledad se dedicó a su hijo con abnegación, sin cuidarse de los chismes y de las maledicencias que su condición de madre soltera suscitaba en la sociedad. El pequeño Gabriel fue apodado Gael. A menudo, mientras lo bañaba o le cambiaba el pañal, Soledad decía suspirando:
- Querría que Gabriel estuviera aquí conmigo, ahora.
La chica sufría terriblemente por no poder compartir con el hombre que amaba el crecimiento de su hijo: su primera sonrisa, su primera palabra, su primer dientito.
En cuanto logró descubrir la dirección de los padres de Gabriel, llevó al niño a conocerlos. Después de un largo viaje en autobús a través de las extensiones inmensas y monótonas de la Pampa, llegó a un soñoliento pueblito de 297 habitantes llamado Coros. De taxi tampoco la sombra, pero afortunadamente la transportó un hombre a la guía de un carrito remolcado por un caballo. La vieja casa de los Díaz, de un solo piso y con el revoque celeste, se encontraba en campo abierto y se alcanzaba recorriendo una callejuela de tierra. Soledad vio el primero a Osvaldo Díaz, a lo lejos, regando un campo de trigo bajo el sol ardiente. Llamó a la puerta y le vino a abrir una mujer de mediana edad.
- Yo soy la compañera de Gabriel. Éste es su hijo. - se presentó.
Mariana Díaz hizo acomodarse a Soledad en el mísero living y llamó a su esposo.
Los Díaz eran gente humilde e inculta pero de buen corazón. Su rostro estaba profundamente marcado por la fatiga y el sufrimiento.
Osvaldo hablaba lentamente, con tono sumiso y monocorde.
- También otros dos hijos nuestros, Leonor e Víctor, desaparecieron. Trabajaban en una fábrica textil de la capital. Leonor estaba embarazada de siete meses... Sus colegas dicen que se los han llevado los militares... Fastidiaban porque estaban comprometidos en el sindicato.
Antes de que repartiera, Mariana le regaló a Soledad una fotografía de Gabriel, sonriente durante la fiesta por su vigésimo cumpleaños. Por mucho tiempo Soledad conservaría esa imagen como una reliquia.
Sin nunca parar de pensar en Gabriel y de buscarlo, Soledad terminó el secundario y se matriculó en la facultad de Filosofia y Letras. Para no pesar demasiado sobre el balance familiar trabajaba como dependienta en una librería.
Un jueves de junio de 1978, mientras en el país se estaban desenvolviendo los campeonatos mundiales de fútbol, Soledad llevó a Gael a ver la Plaza de Mayo. En la plaza más importante y famosa de Buenos Aires, sede del palacio presidencial, la célebre Casa Rosada, al cuyo balcón se asomaba Evita Perón para hablar a los descamisados, la joven asistió a una extraña escena. Un numeroso grupo de mujeres sobre los cincuenta años, con la cabeza cubierta de un pañuelo blanco, estaba desfilando silenciosamente alrededor del Obelisco. Unos policías golpearon a las mujeres con porras y azuzaron a doberman contra ellas para asustarles y hacerles ir, pero las manifestantes no parecían decididas a abandonar el campo. Tampoco cedieron cuando los policías lanzaron los gases lacrimógenos.
Al disolverse del cortejo Soledad, impulsada por la curiosidad, se acercó a una de las manifestantes y le preguntó cuál era el motivo que les empujaba a actuar de aquel modo. Ana Roth, así se llamaba su interlocutora, le explicó que a todas aquellas señoras les unía la misma suerte: sus hijos habían desaparecido después de haber sido secuestrados por miembros de las fuerzas armadas. Desde el 30 de abril de 1977, cada jueves, se encontraban en la Plaza de Mayo pidiendo al gobierno la restitución de sus seres queridos, cuyos nombres estaban escritos sobre el pañuelo que llevaban en la cabeza. Desde el principio habían padecido maltratos de parte de la policía, pero en aquel período las agresiones se habían vuelto aún más violentas: la Argentina se encontraba al centro de la atención mundial por los campeonatos de fútbol y su presencia desprestigiaba la junta militar.
Gracias a Ana Roth, Soledad se puso en contacto con varias organizaciones de partidarios de los derechos humanos que se batían para llevar la cuestión de los desaparecidos a la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Contra el parecer de sus padres, preocupados por su incolumidad, la chica comenzó a participar en demostraciones de protesta frente a la Casa Rosada. A menudo la policía atacaba a los manifestantes con los gases lacrimógenos y los perros para dispersarlos. Aunque aterrorizada por las porras de los policías y por los dientes rechinados de los doberman, Soledad levantaba un cartel con la foto de Gabriel, esperando que sus esfuerzos no serían vanos. Durante los cortejos a menudo sufría contusiones y heridas, pero nunca pensó en renunciar a su lucha.
Entre Soledad y Ana Roth nació una grande amistad. Ana era una mujer tenaz y combativa. Se había unido a las Madres de Plaza de Mayo porque su hija Marlene había sido raptada un año y medio atrás junto a su marido y a su niña de tres semanas. Era hebrea, pero ya no iba a la sinagoga porque todos los rabinos a los que había pedido ayuda la habían acusado de no ser una buena madre y habían sentenciado que su hija se había metido en líos a causa de la educación permisiva y liberal que había recibido.
Ana se apegó mucho a Soledad. Era protectora y atenta con ella y durante las cargas de la policía le daba ánimo y la espoleaba a resistir.
Además que con Ana Roth Soledad entabló amistades también con otros familiares de desaparecidos. Entre ellos había un estudiante simpático y bonito que empezó a cortejarla discretamente. Se llamaba Marcelo Castro y buscaba a su hermana Teresa, militante en la Juventud Universitaria Peronista. Un día, después de una reunión en la casa de una de las Madres, Marcelo se declaró abiertamente a Soledad.
- Yo te quiero como a un hermano, pero no podrá nunca haber nada entre nosotros, porque amo a Gabriel. - le dijo la joven, dolida por herirlo.
Marcelo, decepcionado por su rechazo, se despidió tristemente. Mientras se aprestaba a irse Ana le pidió que la llevara con el coche. Marcelo y Ana salieron juntos. Aquélla fue la última vez que Soledad los vio. Cuando supo que durante el trayecto hacia la casa de la mujer habían sido secuestrados por una patota de militares lloró por una semana entera. El remordimiento por haber hecho sufrir a Marcelo no se aplacó en ella hasta el día en que, de la ventanilla de un autobús, divisó al hombre caminar tranquilamente por la Avenida Santa Fe con encima el uniforme de teniente de la marina.
En realidad Marcelo Castro nunca había existido. Sólo era el personaje interpretado por el capitán de navío Joseph Bertin, ahora promovido al grado de teniente, para infiltrarse entre los parientes de los desaparecidos, controlar sus acciones de cerca y eliminar a los sujetos considerados más peligrosos, como Ana Roth.
Habían pasado tres años desde el rapto de Soledad. El número de los desaparecidos aumentaba de día en día, así como lo de los fallecidos en choques con las fuerzas armadas. Los secuestros, que al inicio de la dictadura ocurrían casi siempre por la noche, ahora se desarrollaban a cualquier hora y en cualquier lugar: calles, casas, escuelas, oficinas, bares, iglesias. Algunos desaparecidos, una pequeña minoría, después de algún mes de cautiverio eran excarcelados o trasladados a institutos penitenciarios legales para que, contando los horrores de los que habían sido testigos, contribuyeran a difundir el miedo en la sociedad. Los militares, por la desaparición y las amenazas, habían impuesto en todo el país un clima de terror. Los familiares de los desaparecidos se sentían desesperados e impotentes porque la policía no tomaba en consideración sus denuncias y los magistrados rechazaban sus hábeas curpus. Además, muchos de ellos eran estafados por militares y civiles sin escrúpulos que se hacían entregar cifras considerables con la falsa promesa que harían volver a casa a sus seres queridos.
Una tarde de septiembre, Soledad y su madre llevaron a Gael a jugar en el parque de la Plaza San Martín. Como a menudo hacía, la joven le enseñó a su hijo una fotografía de Gabriel y le preguntó:
- ¿Quién es éste?
- ¡Papá! ¡Papá! - contestó el niño prontamente.
- ¡Es tu papá!
Soledad vio acercarse a un hombre con el uniforme de coronel del ejército. Era Gutiérrez, en compañía de su esposa y de su hijo. David reconoció en Matilde Bianchi a la desconocida llorante que se había ido una vez a su casa. El muchachito le dio una caricia a Gael y le preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Gael. - contestó el pequeño con una sonrisa.
Soledad cogió en brazos bruscamente a su hijo y gritó:
- ¡No lo toques! ¡No debes tocarlo!
Mientras se alejaba agarrado a Soledad Gael siguió mirando a David. David también lo miraba, con un aire afligido. Para consolarlo la señora Gutiérrez le dijo:
- No llores, corazoncito. Todas las mamás son celosas de sus niños.
Soledad estaba indignada y desalentada.
- Los militares son cada vez más prepotentes y arrogantes. Las personas continúan desapareciendo y nadie hace nada. La televisión y los periódicos no hablan de eso. El partido comunista calla. A la comunidad internacional se le da un bledo lo que está ocurriendo en la Argentina. Tampoco el papa quiere ayudarnos.
Soledad no comprendía el silencio de los medios de comunicación. No comprendía por qué el partido comunista soviético no denunciaba públicamente las persecuciones a las que los militantes argentinos eran sometidos. No comprendía por qué el pontífice Juan Pablo II no quería cumplir con el compromiso tomado por su predecesor Pablo VI de recibir una delegación de las Madres de Plaza de Mayo. No comprendía por qué los argentinos toleraban sin protestar que miles de sus connacionales fueran raptados y tenidos prisioneros por los militares.
Soledad aún no sabía que la junta militar había estipulado relaciones comerciales con muchos estados, entre los que la Unión Soviética, a la cual vendía carne y trigo, lo que explicaba el silencio del partido comunista soviético y de tantas otras naciones respecto a las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en la Argentina.
Los Estados Unidos también tenían su parte de responsabilidad en la tragedia de los desaparecidos. En los años '70 la Cia, temiendo una expansión del comunismo en el Cono Sur, había favorecido la formación de régimenes totalitarios de derecha en aquella área geográfica con el envío de armas y dinero. Además los golpistas argentinos, así como los chilenos, habían frecuentado cursos de adiestramiento en las bases militares estadounidenses de Panamá y Florida.
- Verás que pronto las cosas cambiarán. No debemos estrecharnos de ánimo. - le dijo Matilde a su hija.
Luego le reveló que el coronel encontrado en el parque era el militar que se había ofrecido como intermediario por su liberación.
A partir del fin de los años ’70, los argentinos adquirieron una actitud muy crítica hacia la junta militar, que no había sido capaz de solucionar los problemas económicos del país y había generado violencia y terror en la sociedad. El creciente descontento popular, las primeras demostraciones de masas contra el régimen y las protestas por las violaciones a los derechos humanos que comenzaron a llegar de los otros estados y de la Santa Sede causaron un cambio a nivel político. En marzo de 1981 nació una nueva junta, presidida por el general Roberto Eduardo Viola junto al almirante Armando Lambruschini y al brigadier Omar Rubén Graffigna. En diciembre del mismo año hubo una nueva alternación en las cumbres del poder. El mando presidencial le pasó al general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien fue flanqueado por el almirante Jorge Isaac Anaya y el brigadier Basilio Lami Dozo.
Galtieri, en la tentativa de hacerles recobrar a los militares la credibilidad que habían perdido, el 2 de abril de 1982 inició un conflicto contra Gran Bretaña para adueñarse de las islas Falklands, llamadas Malvinas por los argentinos. Las Falklands, territorio británico de ultramar, eran objeto de contienda entre Argentina y Reino Unido desde 1833. Dada su posición servían a ambas las naciones como base logística para las futuras actividades de explotación de los recursos naturales de la Antártida. Los hielos del Polo Sur, en efecto, guardaban inmensas riquezas: metales preciados, diamantes, yacimientos de petróleo, carbón y gas.
Galtieri estaba seguro del apoyo de los Estados Unidos, que pero no intervinieron. Después de haberlas ayudado por años, el gobierno de Washinghton había decidido sacar su sostén a las dictaduras de Latinoamérica, temiendo una remontada del comunismo como reacción a la corrupción y a la violencia de los militares. Además la primera ministra inglesa Margaret Thatcher, más que nunca decidida a no dejarse arrebatar sus preciosas islas, pidió la colaboración de Chile, gobernado por el general golpista Augusto Pinochet.
Flanqueada secretamente por las fuerzas armadas chilenas, la marina británica infligió golpes durísimos a las desprevenidas, desorganizadas y mal pertrechadas tropas argentinas, que perdieron a 649 hombres, la mayoría de los cuales soldados rasos y conscriptos, y contaron a 1.068 heridos. Entre los últimos estaba el teniente de navío Joseph Bertin, cuyo crucero, el General Belgrano, había sido golpeado a traición y hundido por dos torpedos enemigos mientras navegaba en una zona que Gran Bretaña había oficialmente excluido de las operaciones bélicas.
Después de 74 días de guerra, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez declaró la rendición. Los altos mandos militares argentinos, no queriendo admitir sus incumplimientos, atribuyeron las causas de la derrota a la ineptitud y a la cobardía de sus subordinados.
Los ex combatientes de las Malvinas, muchos de los cuales habían quedado mutilados, tuvieron que esperar diez años antes de que les fuera asignada una pensión estatal. A causa de los traumas psicológicos padecidos durante los combates y de la discriminación social que sufrieron a su retorno a la patria, 350 de ellos se suicidaron. Tantos se pusieron deprimidos, alcohólicos o drogadictos.
El desastre de las Malvinas provocó una oleada de protestas populares que aceleró de modo vertiginoso el fin de la dictadura. El primero de julio de 1982 el general Galtieri fue reemplazado por el general Reynaldo Benito Bignone. Éste, dadose cuenta de que la junta ya no gozaba de algún consenso interior ni de aliados exteriores, convocó libres elecciones para el octubre del año siguiente. Antes de dejar su cargo, para asegurarles a los militares la impunidad hizo destruir los archivos que contenían informaciones sobre las actividades represivas ilegales. Además, en marzo de 1983 promulgó la ley de Autoamnistia, que extinguía cada acción penal que pudiera derivar de actos de terrorismo y dirigidos a la lucha al terrorismo.
Se concluyó así un septenio que en los manuales de historia fue muy pronto definido el período de la “guerra sucia” y del “terrorismo de estado”. Entre 1976 y 1983 en Argentina 15.000 civiles habían sido fusilados en enfrentamientos con las fuerzas armadas. 9.000 disidentes políticos habían sido detenidos y encerrados en cárceles legales por períodos más o menos largos. 1.500.000 opositores del régimen para salvarse la vida habían sido obligados a irse en exilio al extranjero. 30.000 personas habían desaparecido.
En diciembre de 1983 el recién elegido presidente del gobierno democrático, el radical Raúl Alfonsín, anuló la ley de Autoamnistia y decretó que la magistratura civil juzgara a los jefes de las tres juntas que habían liderado la Argentina entre 1976 y 1982. Era la primera vez en la historia del país y de Suramerica que dictadores terminaban al banquillo en un aula de tribunal.
El juicio a las juntas empezó el 22 de abril de 1985. Las deposiciones de 833 testigos desvelaron al mundo entero los crímenes aberrantes cometidos por las fuerzas armadas con la complicidad de la policía y de muchos civiles, religiosos y magistrados. Unos 2.300 militares eran culpables de millares de homicidios, secuestros de persona, torturas, violencias sexuales, robos, extorsiones. Las víctimas no eran sólo guerrilleros comunistas. La mayor parte de los desaparecidos eran individuos que se empeñaban pacíficamente para construir una sociedad más justa y solidaria. Entre ellos habían sindicalistas, intelectuales, estudiantes, periodistas, obreros, artistas, monjas y sacerdotes pertenecientes a los sectores más progresistas de la iglesia. Tantos habían sido raptados por error o por venganza personal.
Durante el juicio los imputados justificaron el uso de los secuestros y de las detenciones ilegales sosteniendo que habían actuado en un contexto de guerra civil. Sin mostrar el mínimo arrepentimiento, se defendieron con vehemencia y soberbia, atribuyendo las sevicias y los asesinatos a los excesos y al sadismo de pocos subordinados.
Soledad estaba sentada entre el público que llenaba la Sala de Audiencias de la Cámara Federal cuando, el 9 de diciembre de 1985, el juez Léon Arslanian, a las 17 y 49, comenzó a leer la sentencia. De los imputados sólo estaba presente Graffigna, imperturbable. Los otros esperaban que se cumpliera su suerte en sus celdas. En un clima tensisímo, Arslanian infligió penas mucho menos severas de las pedidas por el fiscal Julio César Strassera: cadena perpetua por Videla y Massera; diecisiete años a Viola, ocho años a Lambruschini, cuatro años y seis meses a Agosti; absolución para Galtieri, Graffigna, Anaya e Lami Dozo.
Las protestas no faltaron y las Madres de Plaza de Mayo abandonaron el aula indignadas antes del fin de la sesión.
La magistratura no entendía limitarse a juzgar a los jerarcas: el punto treinta de la sentencia contra los jefes de las juntas estableció que debían ser procesados también los otros militares involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Más de 500 oficiales y suboficiales, entre los cuales estaba el coronel Gutiérrez, fueron incriminados.
Como era previsible las fuerzas armadas, para interrumpir el curso de la justicia, ejercieron fuertísimas presiones sobre el gobierno y el parlamento, para conjurar el peligro de un nuevo golpe de estado, en diciembre de 1986 fue constreñido a promulgar la ley de Punto Final, que impedía la apertura de nuevos procedimientos a cargo de los militares y de los civiles que todavía no habían sido enjuiciados.
En el living de Soledad sonó el teléfono. La joven, que se encontraba en compañía de su madre, se llevó el auricular a la oreja. Desde el otro cabo del hilo le llegó la voz de un hombre, fría y sin acento.
- Ésta es la última advertencia. Si mañana te presentas en el juicio, no reverás nunca más a tu hijo.
El día siguiente Soledad habría tenido que deponer contra Gutiérrez y las intimidaciones, que duraban desde hacía meses, se habían intensificado.
La chica colgó el auricular y dijo:
- Las acostumbradas amenazas.
- ¿Estás todavía convencida de que quieres testimoniar? - le preguntó Matilde.
- Sí. Es la única posibilidad que me queda para obligar al coronel Gutiérrez a revelar dónde tiene encerrado a Gabriel. ¿Por qué no lo entiendes?
- ¿Y si Gabriel hubiera muerto? No es justo seguir teniendo al niño segregado en casa. Gael necesita frecuentar a sus amigos, ir al colegio, estar al aire libre.
Para cortar el discurso Soledad se fue al dormitorio, donde su hijo estaba jugando con unos coches de juguete. A pesar de los problemas y de las preocupaciones que su familia tenía que afrontar cotidianamente, Gael siempre estaba alegre y sereno.
- ¿Quién había en el teléfono? - le preguntó el niño a Soledad.
- Una señora que se había equivocado de número. - contestó ella, luego cogió un coche de juguete y lo hizo zumbar por la habitación.
Cuando tomó asiento en el banquillo de los testigos, Soledad pensó que por fin había llegado la hora de la verdad. Gutiérrez, puesto frente a la evidencia de los hechos, admitiría sus culpas. Entre el público estaban presentes Andrés Bianchi y la esposa y el hijo del coronel. En el banquillo de los acusados Gutiérrez, el pelo peinado hacia atrás y reluciente de brillantina, fumaba habanos ostentando la expresión seráfica y satisfecha de un turista extendido sobre una tumbona en la ribera del mar. Su abogado defensor, en cambio, descartaba y chupaba ruidosamente un caramelo tras el otro.
Con tono calmo Soledad hizo su deposición y concluyó:
- Esto es todo lo que sé. Espero que mi testimonio les será útil a ustedes y que el coronel Gutiérrez sea condenado a la cadena perpetua por sus crímenes.
- Esa mujer es una mentirosa. - le dijo Susan a David - No entiendo por qué tu padre quiere hacerte asistir a toda costa a este espectáculo indecente.
Aunque su sonrisa insolente no se modificó de un milímetro, Gutiérrez dentro de si estaba lleno de odio y arrepentido de no haber hecho desollar viva a Soledad cuando había tenido la ocasión.
Durante el juicio Gutiérrez rechazó cada acusación y negó haber visto a Gabriel. La decepción de Soledad fue grande, sin embargo la chica siguió buscando a su compañero con tal obstinación que un día Matilde, viendola escribir el enésimo aviso, perdió la paciencia.
- Gastas todo el dinero que ganas en anuncios y llamadas. - le dijo - En diez años de búsquedas no conseguiste nada. Tienes que resignarte. Pasó demasiado tiempo. Gabriel no volverá nunca más.
- No es verdad. - rebatió Soledad - Estoy segura de que todavía está vivo. Quizás se encuentre en un hospital sin memoria y espera que alguien vaya a recogerlo.
- Piensa en el niño. Tu hijo necesita a un padre.
- Gael ya lo tiene un padre. La verdad es que tú no quieres que halle a Gabriel porque es pobre y no estudió.
- ¡Soledad! Acepta la realidad. Eres todavía joven y linda. No es justo que renuncies al amor y al matrimonio para perseguir una ilusión.
- Es inútil que insistas. Gabriel fue y será el único hombre de mi vida. Yo no dejaré nunca de buscarlo y continuaré esperándolo hasta el último de mis días.
Matilde habló con voz firme y sin emoción.
- Siento ser tan dura, pero debo hacerlo por tu bien. Los desaparecidos están todos muertos.
Un terrible presentimiento hizo helar la sangre en las venas de Soledad: no volvería a ver a Gabriel nunca más.
Si bien pocos habían tenido el coraje para testimoniar contra él, Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo no pasó un solo día en la cárcel pues las violentas protestas de una parte de las fuerzas armadas impidieron que la sentencia llegara a ser ejecutiva. Bajo la guía del teniente coronel Aldo Rico los militares más extremistas, apodados carapintadas por el rostro ennegrecido con el betún, se atrincheraron en los cuarteles, amenazando con desencadenar una guerra civil si no hubiera sido acogida su solicitud de anular los juicios contra sus colegas ya en curso antes de la entrada en vigencia de la ley de Punto Final. Esta vez también el presidente Alfonsín fue obligado a doblarse. En junio de 1987 la ley de Obediencia Debida sancionó la caducidad de cada cargas pendiente contra suboficiales y oficiales hasta el grado de coronel que hubieran actuado cumpliendo órdenes impuestos por sus superiores. Gutiérrez entraba en esa casuística y su pena fue suspendida.
Soledad, asomada a la ventana del living, lanzó una mirada velada de melancolía a la única fotografía de Gabriel que poseía, desteñida por el transcurrir del tiempo, y pensó en los breves pero intensos momentos felices que había vivido junto al chico. Más allá de los vidrios se extendía por kilómetros y kilómetros la ciudad de Buenos Aires, hormigueante de personas y automóviles.
Soledad no lograba aceptar que los que se habían llevado a su Gabriel quedaran impunes. Seguía esperando que los desaparecidos todavía estuvieran vivos y se encontraran en prisiones secretas, usados como rehenes por los militares aún detenidos para obtenir la amnistía. Se ilusionaba que un día no lejano todos los desaparecidos serían liberados y que Gabriel volvería a ella.
El teléfono sonó.
- ¿Usted es la Señora Soledad Bianchi? - preguntó una voz masculina.
- Sí. Soy yo.
- Mi nombre es Juan Miguel Guerra. Llamo por ese anuncio.
Soledad rogó que no se tratara de un mitómane.
- ¿Sabe algo de Gabriel?
- Es un dependiente mío.
- ¿Está bien? Me lo pase. Quiero hablarle.
- No, no es posible. Es un tipo extraño. Me lo mandaron de un manicomio. No tiene amigos. Siempre está sólo. De su pasado nunca habla. Si le digo que lo están buscando hay el riesgo que escapes. Venga usted a encontrarlo en persona.
- ¿Cuál es su dirección?
- Ushuaia, en Patagonia.
Soledad se subió al primer avión disponible con destino a la Patagonia. Desembarcó en el aeropuerto de la ciudad de Ushuaia, en la extremidad meridional de la Argentina, y se hizo llevar por un taxi delante de la cancela de un chalé de madera. Se fue a abrirle Miguel Angel Guerra, que la acogió cordialmente.
- ¡Bienvenida en la Tierra del Fuego!
Guerra, un pescador de mediana edad, la acompañó a un patio interior de la vivienda, donde un hombre, de espaldas, estaba reparando una red para pescar. Soledad lo reconoció enseguida por el peinado rizoso: era Gabriel.
- Aquí hay una señora quien quiere hablar contigo. - dijo Guerra y enseguida se alejó.
Gabriel se volvió y al ver a Soledad palideció.
- ¿Te acuerdas de mí? - le preguntó Soledad - Nos conocimos hace diez años.
El chico no contestó y apartó la mirada.
- ¿Por qué nuca me diste noticias tuyas?
- Pensaba que tú me odiabas. Por culpa mía te hicieron mal.
La voz de Gabriel estaba flébil.
- Tú no tienes ninguna culpa.
- En todos estos años siempre pensé en ti, cada instante. Nunca intenté contactarte porque tenía miedo a que tú me rechazaras, que me acusaras de haberte arruinado la vida.
- ¿Cómo podría rechazarte? Yo te amo.
Gabriel volvió tímidamente la cara hacia Soledad y la miró incrédulo.
- ¿De verdad? - balbuceó.
Soledad lo abrazó, estrechándose fuerte a él.
- ¡Amor mío! Sabía que estabas vivo. Aunque todos me decían que debía resignarme nunca paré de buscarte.
- En cambio yo estaba convencido de que te había perdido por siempre.
- Ahora que nos encontramos de nuevo jamás nadie nos separará.
Gabriel y Soledad alcanzaron a pie las aguas gélidas del Canal de Beagle, que lamía la ciudad al sur. Soplaba un fuerte viento. A sus hombros se erguían las cimas irregulares de las montañas nevadas. Sobre los escollos se movían torpemente otarias y cormoranes.
Con los ojos fijos hacia el horizonte, Gabriel revivió los momentos más penosos de su cautiverio.
- Apenas llegados a El Circo los militares me prometieron que si hubiera colaborado no te habrían torturado.
Gabriel recordó la sonrisa inquietante de Gutiérrez, su voz meliflua y sutilmente amenazadora que decía:
- Yo estoy aquí para ayudarte. Piensa en mí como a un padre que trata de reconducir a su hijo al buen camino. Piensa en tu novia, así joven, así linda.
- Hice los nombres de todos mis compañeros del sindicato... Habría sido dispuesto a cualquier cosa para salvarte. Sabía que me estaban controlando. Nunca habría debido implicarte.
- Ahora todo pasó. No te atormentes más.
- Un día conseguí un permiso para encontrarte, pero cuando descubrí que estabas embarazada no tuve el ánimo para entrar en tu celda. - continuó Gabriel - Después de tres años me liberaron y partí para la Patagonia... Nunca supe en dónde acabaron las personas que traicioné.
- No puedes continuar así. Debes enfrentar la realidad y volver a vivir. - lo exhortó Soledad.
- Cuéntame todo.
- Tus hermanos también fueron raptados por los militares. De ellos no hay más noticias desde hache muchos años. Sólo sabemos que tu hermana en la cárcel dio a luz a un varón... Tus padres fallecieron a pocos meses de distancia el uno de la otra, en 1980.
- ¿Y mi colega?
- No reapareció más, ni él ni su esposa y sus hijos.
- Y... ¿el niño?
- Se llama Gabriel como tú, pero todos lo llaman Gael. Le dije que eres su padre. No tuve corazón para contarle la verdad.
- Háblame de él.
- Es un muchachito cariñoso y muy simpático. Sé que todas las mamás piensan que sus hijos son especiales, pero él lo es realmente.
Soledad sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía de Gael y se la enseñó a Gabriel.
- Ésta es su foto. El 19 de junio cumplió diez años... Si no hubiera sido por Gael, nunca habría logrado seguir adelante todo este tiempo sin ti.
- No creo que seré capaz de cuidarlo. Yo estoy enfermo. Pasé ocho meses en un hospital psiquiátrico.
- Serás el mejor padre del mundo.
Soledad abrazó a Gabriel.
- ¡Amor mío! Ahora ya no estás solo. Recomenzaremos otra vez todo, nosotros dos con nuestro niño. Nos casaremos. Tendremos otros hijos. ¡Verás! Encontraremos a tu nieto y lo llevaremos a vivir con nosotros. Él y Gael crecerán como hermanos.
Se fueron a dormir en la vivienda de Gabriel. Más que de una vivienda se trataba de una especie de chabola dotada de un minúsculo baño y decorada con una cama individual, un armario, un hornillo de gas, una mesa y una silla. Una pequeña ventana enmarcaba un pedazo de cielo en el que brillaba una sutil raja de luna, circundada por una miríada de estrellas.
Soledad quitó un camisón de su maleta y le ordenó a Gabriel que se volviera. Gabriel obedeció y se metió debajo de las mantas.
Soledad se desvistió, se puso el camisón y ella también se acostó.
- Estaremos algo incómodos en una cama tan pequeña. - dijo Gabriel, a disgusto como su compañera.
- Es muy frío, aquí.
- Casi estamos en Antártida... Todavía no te pregunté qué hiciste en estos años.
- Desde aquel maldito día en que nos secuestraron mi vida y aquella de mis padres cambió completamente. El coronel Gutiérrez nos llevó todo. Ya no soy la jovencita rica y mimada que conociste hace once años.
- Eres aún más linda de entonces.
Soledad bajó la mirada y sonrió.
- No es verdad.
- ¿Tuviste otros hombres?
- No. Nunca habría podido traicionarte.
- Te amo.
- Yo también te amo tanto.
Gabriel y Soledad se abrazaron y pasaron toda la noche estrechados, por fin unidos y felices después de diez años y diez meses de sufrimientos.
En Buenos Aires Gael, Andrés y Matilde esperaban a Gabriel y Soledad con impaciencia. En cuanto vio a Gabriel, Gael se le colgó del cuello.
- ¡Papá! - gritó eufórico - ¿Quedarás aquí con nosotros por siempre?
- Por siempre.
Gael observó a Gabriel con atención.
- Yo no me parezco a ti.
- Te pareces a mi hermano Víctor.
Gael cogió un álbum de fotografías y se echó a hojearlo, enseñándole las fotos a Gabriel. Ya desde sus primeros meses de vida, Soledad le había tomado centenares de fotografías para inmortalizar cada su cambio, cada fase de su crecimiento.
- ¡Mira! Aquí mamá me amamantaba.
- Esta foto siempre la tendré conmigo, en mi cartera.
- Aquí estaba con tu mamá y tu papá.
Gabriel miró una fotografía que retrataba a sus padres junto a Soledad y Gael y se conmovio.
- ¿Padeces las cosquillas? - le preguntó Gael.
- No.
- No te creo.
Gael empezó a cosquillearle.
- ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Por favor! - imploró Gabriel riendo.
- Ya hicieron amistad. Espero que se lleven bien. - pensó Soledad.
- ¿Me haces ver tus fotos? - le preguntó Gael a Gabriel.
- No tengo ninguna.
- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Papá vivía mucho lejos de Buenos Aires, en Patagonia. - dijo Soledad.
- ¿En Patagonia? ¡Qué bueno! A mí también me gustaría irme.
- Nunca me buscó porque las personas malas que nos secuestraron le hicieron creer que yo había muerto.
- El almuerzo está listo. - anunció Matilde - Gabriel, tu sitio está a la cabecera de la mesa. Ahora eres tú el jefe de la familia.
Gabriel se conmovió de nuevo.
- Yo os agradezco. Sois todos así gentiles conmigo. Me parece que estoy en un sueño.
Soledad le acarició el pelo.
- No es un sueño. Es la realidad.
Por amor a Soledad Andrés y Matilde acogieron a Gabriel en su casa como un hijo, aunque habrían preferido a un yerno con una buena posición social. Gabriel y Soledad se casaron un domingo de agosto de 1987. El día siguiente iniciaron los trámites para hacer cambiar el apellido de Gael de Bianchi en Díaz.
Aunque nunca lo confesó, Soledad era celosa de la relación de confianza que se había creado entre su hijo y Gabriel. Se sentía exclusa cuando los dos se apartaban para hablar de las que ellos llamaban cosas de hombres y estaba segura de que el niño le escondía secretos que sólo le revelaba a su padre.
Gabriel, por su parte, no le regañaba nunca a Gael y le dejaba hacer todo lo que él quería. Era Andrés Bianchi quien revestía el papel de la figura paterna con autoridad para su nieto.
Gutiérrez sacó del armario su uniforme, que siempre ejercía un gran atractivo en las mujeres. Él y su esposa se estaban preparando para ir a cenar al restaurante con amigos.
- Gustavo, es mejor que no lleves más el uniforme fuera del horario de trabajo.
Las palabras de Susan amoscaron al coronel.
- ¿Y por qué?
- Últimamente los militares son algo malmirados.
- ¿Por quién?
- Por la gente.
A Gutiérrez se le exaltó la cólera.
- ¡La gente! ¡La gente! ¡Siempre la gente!
- ¡No grites! ¡Te sienten todos!
- De ahora en adelante llevaré el uniforme día y noche. También lo llevaré en vez del pijama.
- ¡Gustavo!
- ¿Qué carajo me quedo para hacer en esta casa de mierda? Prefiero la muerte antes que vivir así.
David se tapó las orejas con las manos para no sentir más los gritos de su padre, que retumbaban por toda la casa.
El chico había crecido entre las peleas y los contrastes continuos de sus padres, agudizados después del fin de la dictadura, cuando las fuerzas armadas habían sido empapelados y Gutiérrez había comenzado a perder, lentamente pero inexorablemente, el poder que tenía durante la junta militar. Separación o divorcio: ni pensarlo. El coronel sabía bien que su consorte, con la amante del lujo y de las comodidades que era, buscaría de cada modo depredarlo de todos sus haberes, incluso los calzoncillos. Sin contar con que David se quedaría completamente en sus manos. Ya no abrigaba muchas esperanzas de que su hijo cambiara y del adolescente tímido e inseguro que era se transformara en un verdadero hombre. Pero un vislumbre de ilusión todavía le quedaba. Y en todo caso se habría recobrado seguramente con sus nietos.
Un sábado por la tarde, después de un paseo en el centro, Gabriel, Soledad y Gael se fueron a un bar de la calle Florida. Gael apenas había comenzado a comer una copa de helado cuando en el local entraron Gustavo, Susan y David Gutiérrez.
- Hay Soledad Bianchi. Nos ha visto. - bisbiseó Susan al enterarse de que Soledad la estaba mirando fijo.
El coronel se sentó a una mesa y ordenó con tono imperioso:
- ¡Sentaros!
Su mujer y su hijo tomaron asiento junto a él.
Todos los clientes del bar se volvieron para mirar a Gutiérrez, provocando la incomodidad de David y de su madre.
- A pesar de que no me dejas llevar el uniforme me reconocen lo mismo. Soy una persona famosa. - constató el coronel. Luego levantó la voz, para hacerse sentir por todos.
- Quien no agradece mi presencia no está obligado a quedarse.
- ¡Gustavo! - exclamó Susan con desaprobación.
Soledad con gestos nerviosos hurgò en su bolso, sacó del dinero de su cartera y lo tiró sobre la mesa.
- ¡Vayámonos! - dijo levantándose.
- ¡Pues si todavía no he terminado el helado! - protestó Gael.
- Te compraré otro. No estaremos un minuto más en la misma habitación con un criminal.
Gabriel y Gael se levantaron. Soledad hizo volver a su hijo hacia Gutiérrez, quien ostentaba una sonrisa socarrona.
- Observa con atención a ese hombre, Gael. El coronel Gustavo Gutiérrez fue condenado a veinte años de reclusión, sin embargo gracias a la ley de Obediencia Debida, en vez de pudrirse en una cárcel para el resto de sus días está completamente libre. Observa su cara y no la olvides nunca. ¡Ésa es la cara de un asesino, un torturador, un ladrón!
Gabriel, Soledad y Gael salieron del local, enseguida imitados por los otros clientes del bar.
- ¡Puta! - exclamó el coronel.
- ¡No digas obscenidades delante del niño! - le regañó su esposa.
- Yo digo lo que me da la gana.
- Es la tercera vez que nos humillan en un local público. No soporto más el desprecio que nos rodea.
- Es un problema tuyo. Me importa un carajo lo que piensan de mí.
- El niño sufre por esta situación.
Gutiérrez ya no logró contener la ira.
- ¿Y tú crees que yo no sufro? Me maté por el trabajo, arriesgué la vida miles de veces por mi país y como recompensa intentaron meterme en chirona.
- Lo sé, pero...
- Lo sabes pero se te da un bledo. Lo único que cuenta para ti es David. Tiene dieciséis años y lo consideras todavía un niño. Lo proteges de todo y de todos. No querías ni siquiera que asistiera al juicio.
- ¡Baja la voz! El camarero nos está mirando.
- No hay nada que me pone cabreado más que tu ipocresía. No hagas esto porque no está bien. No hagas aquello si no te critican. No maltrates a los domésticos si no luego hablan mal de nosotros. No bosteces durante la misa. No digas palabrotas. No grites. Los vecinos nos sienten. ¡Qué se jodan los vecinos!
- ¡Papá! ¡Basta ya! - suplicó David, exasperado.
- Tú siempre estás de parte de tu madre.
- ¡Cálmate! - dijo Susan.
- ¿Qué tendría que hacer para complacerte? ¿Despedirme del ejército, cambiar de nombre, camuflarme con pelucas y bigotes falsos?
- Yo sólo deseo defender a David de la maldad de la gente. Podríamos trasladarnos al extranjero y iniciar una nueva actividad. Montar una tienda...
- Y ser tenderos.
- O comprar una fábrica. El dinero no nos falta.
- ¡No! Quítate esa idea de la cabeza. No dejaré nunca la Argentina.
- Lo haré yo con el niño. Estoy resuelta a todo por el bien de mi hijo. También a pedir la separación.
Después de un largo silencio, el coronel preguntó:
- ¡Vamos a ver! ¿Adónde tienes la intención de irte?
- A los Estados Unidos, cerca de mi familia.
- ¡No! Tus parientes no los quiero más ver ni en fotografía.
- Entonces vámonos a otro lugar cualquiera. Pero lejos de aquí.
A distancia de algunos meses de aquella tarde de noviembre de 1987, Soledad vino en conocimiento de que el coronel Gutiérrez había dejado el país con su esposa y su hijo.
Los años pasaron. En marzo de 1988 la Corte Suprema se pronunció a favor de la constitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, contra las que habían apelado los organismos defensores de los derechos humanos.
Sobre la joven democracia argentina seguía cerniendose la amenaza constante de los militares. Los carapintadas, esta vez capitaneados por el coronel Mohammed Alí Seineldín, fueron protagonistas de nuevas sublevaciones, reprimidas con grandes pérdidas humanas por las fuerzas armadas fieles al gobierno. El sucesor del presidente Alfonsín, Carlos Saúl Menem, exponente del Partido Justicialista, entre octubre de 1989 y diciembre de 1990 firmó once decretos de indulto, que tuvieron como efecto la liberación de los carapintadas rebeldes y de todos los altos mandos militares condenados por los crímenes de la dictadura todavía detenidos.
Los indultos de Menem permitieron a los planificadores del exterminio de 30.000 personas de volver tranquilamente a su casa después de haber descontado sólo cuatro años de cárcel, pero no pudieron impedir que los horrores de la guerra sucia continuaran haciendo discutir.
Poco a poco salió a luz que la junta militar había hecho negocios con muchos países americanos y europeos y se descubrió que los golpistas argentinos habían colaborado con los servicios secretos estadounidenses, franceses e israelís.
Sobre los métodos utilizados por las fuerzas armadas para deshacerse de los cuerpos de los prisioneros políticos surgieron detalles escalofriantes. A cierto punto los cementerios ya no habían logrado contener los cadáveres de los desaparecidos, que eran enterrados en fosas comunes como nn. Para solucionar el problema, la marina había ideado los vuelos de la muerte: 4.500 entre hombres y mujeres habían sido cargados en aviones y arrojados con vida al Río de La Plata, el río sobre el cual sorge Buenos Aires, muriendo ahogados o a causa del impacto con el agua.
En 1991 y en 1994 fueron aprobadas dos leyes de indemnización para los parientes de los desaparecidos y para los ex presos políticos, pero sus verdugos siguieron en libertad. Una cuestión jurídica pero quedaba abierta. El delito de apropiación de menor no era contemplado en las leyes de amnistía y en los indultos. En 1998 82 militares fueron detenidos con la acusación de haber secuestrado a los hijos de los desaparecidos. Entre ellos estaban Videla y Massera, que obtuvieron la detención domiciliaria por sobrevenidos límites de edad. Mientras tanto, de los unos 500 niños adoptados ilegalmente por los militares y los policías ya habían sido localizadas algunas decenas.
Los de Menem fueron años de radicales reformas neoliberales en campo económico. El presidente privatizó las principales empresas de servicios e industrias estatales y introdujo una nueva divisa, el peso, equiparándolo al dólar estadounidense. Además aumentó de cinco a nueve el número de los miembros de la Corte Suprema, transformando el máximo tribunal en un instrumento de legitimación de su obra política. Durante los dos mandatos de Menem la tasa de inflación se mantuvo baja y la economía creció, pero la grande deuda exterior y la corrupción imperante desembocaron a fines de los años '90 en una grave crisis económica.
En 1999 fue elegido presidente Fernando De la Rúa, del Partido de la Alianza entre radicales e izquierda, quien fracasó en el intento de sacar el país de la recesión. Temiendo la abolición de la paridad entre peso y dólar, los argentinos comenzaron a retirar su dinero de los bancos, trasladándolo al extranjero. Para contener la pérdida de capitales, a principios de diciembre de 2001 el ministro de Economía Domingo Cavallo impuso restricciones que limitaban drásticamente el acceso a los depósitos bancarios privados y a los sueldos. El conjunto de esas restricciones, que afectaron sobre todo la clase media, fue apodado “corralito”. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga general, a la cual siguieron otras demostraciones en las principales ciudades del país. El presidente proclamó el estado de sitio y hizo reprimir el disenso popular por la policía, que mató a 33 personas. La indignación fue tal que De la Rúa, sintiéndose políticamente aislado, renunció y huyó de la Casa de Gobierno en helicóptero. Después de dos semanas, el primero de enero de 2002, el Congreso nombró nuevo presidente al peronista Eduardo Duhalde.
En los meses siguientes la devaluación del peso y la bancarrota del estado argentino provocaron enfrentamientos entre desocupados y policía y otras dos víctimas. La pobreza se difundió en todas las provincias. Los casos de desnutrición infantil crecieron y los medicamentos empezaron a escasear. La mayor parte de la gente protestaba por las calles de modo pacífico, percutiendo cacerolas con tapaderas, cazos y cucharas.
Gael también tomaba parte en las marchas de los caceroleros. El corralito y la abolición del cambio a tasa fija habían bastante perjudicado a su familia, demediando los pocos ahorros que había logrado acumular con grandes sacrificios. A pesar de las estrecheces económicas en las que siempre había vivido y las recurrentes crisis depresivas de su padre, Gael tenía un carácter extrovertido, vivaracho y optimista. Su único dolor era lo de no haber todavía logrado hallar a su primo, el hijo de la hermana de Gabriel raptado por los militares. Cursaba la Escuela de Bellas Artes y desde la edad de dieciocho años se desempeñaba como almacenero en un supermercado. En el poco tiempo libre que le quedaba participaba en las actividades de la asociación Hijos, constituida por los hijos de los desaparecidos, de los prisioneros políticos, de los asesinados y de los exiliados víctimas de la última dictadura. No se echaba nunca atrás cuando se debía hacer una manifestación de protesta o un escrache, es decir un acto de repudio público, frente a la casa de un ex represor. Afortunadamente se parecía a su madre y no había heredado ningún rasgo somático de su verdadero padre.
Gabriel tenía el pelo entrecano, pero conservaba una cara de muchachito, sólo rayada por unas arrugas. Tomaba regularmente antidepresivos y como consecuencia su expresión siempre era atontada. Se sentía un fracasado porque no trabajaba y eran su esposa y sus suegros los que lo mantenían.
Soledad, después de la licenciatura en Letras, había encontrado una colocación de profesora en un colegio privado. Físicamente se quedaba todavía muy linda, sólo más madura. No había logrado tener otros hijos con Gabriel, y éste era uno de los más grandes dolores de su vida.
La situación económica y social cada día más dramática llevó a Gael y Soledad a la decisión de emigrar al extranjero junto a Gabriel. Irían a vivir en Italia. En Milán residían algunos primos de Andrés que se habían ofrecido para ayudarlos a encontrar una casa y un trabajo, por lo cual resolvieron establecerse en la capital lombarda. Si todo hubiera ido bien, más adelante Andrés y Matilde también los alcanzarían.
Para obtener la ciudadanía italiana indispensable para la expatriación Soledad y Gael tuvieron que esperar horas y horas en cola en el atestadísimo Consulado Italiano en Buenos Aires. Eran millares los argentinos oriundos italianos como ellos que esperaban encontrar en su patria de origen nuevas oportunidades y un futuro mejor.
En Italia los Díaz alquilaron una vivienda de dos piezas de 50 metros cuadrados incrustada en los 60 pisos que componían un enorme edificio color ratón de la periferia de Milán.
Soledad fue contratada en una casa de reposo. Cuidaba a los ancianos y hacía limpiezas durante las horas nocturnas. Al contrario de su madre, Gael no conseguí encontrar una ocupación estable. Como tantos otros inmigrados, trabajaba ocasionalmente y en negro. Por un rato hizo el albañil y el lavaplatos en un restaurante, luego comenzó a repartir octavillas publicitarias. El chico era frustrado porque ganaba poquísimo. Aunque su sueño era ser artista se habría conformado con un puesto de obrero o de dependiente de comercio, con tal que le asegurara un sueldo cierto. Además estaba preocupado por su madre: temía que la mujer se cansara demasiado trabajando por la noche y que se enfermara.
Gael estaba preocupado por su padre también. Gabriel en efecto no se encontraba bien en Italia, a menudo tenía pesadillas y añoraba mucho a sus suegros.
Una fría y oscura mañana de un viernes de enero de 2003 Gael se fue a distribuir octavillas en un elegante barrio residencial de la ciudad. Llovía a cántaros, con violentas ráfagas de viento que estremecían los paraguas. Las luces amarillas del las farolas todavía estaban encendidas cuando Gael embocó una larga avenida costeada por dos hileras de arces desnudos y con el aire espectral. Llegado delante del buzón de un gran chalé señorial al lado de la avenida, se agachó para abrir la bolsa con ruedas llena de folletos que arrastraba. En aquel mismo instante la cancela automática del chalé se abrió de par en par y del jardín salió un auto negro de gran cilindrada que se alejó zumbando, pasando sobre un gigantesco agujero del asfalto y salpicandole encima una gran cantidad de agua.
Después de pocos segundos del jardín salió otro coche de gran cilindrada de color azul oscuro, a velocidad menos alta. Gael fue invertido de nuevo por el agua sucia del charco y imprecó en voz alta.
Un hombre de unos treinta años en traje y corbata se bajó del vehículo y abrió un paraguas para protegerse de la lluvia. Sin dejarle el tiempo de hablar, Gael lo atacó:
- ¿Quién te crees que eres? No tienes ningún respeto por los peatones. Sólo porque viajas en un auto grande como un portaaviones ¿te sientes el patrón de la calle?
- Disculpa. No lo hice adrede. Estaba distraído.
Gael sacó de la bolsa un folleto ensopado.
- Mira mis volantes. Están para tirarlos a la basura.
- Si quieres te doy ropa seca.
- Es el mínimo que tú puedas hacer.
- Vamos a mi casa.
- Tú eres argentino como yo, ¿verdad? Se siente por la tonada.
- Mi padre es argentino. En cambio mi madre había nacido en los Estados Unidos. Yo tengo la doble ciudadanía.
- ¿Tu madre ya no está entre nosotros?
- No. Murió en un accidente de tránsito, hace dos años.
- Lo siento... Yo también tengo la doble ciudadanía pues mis bisabuelos maternos eran lombardos. Es gracias a ella que pude venir a vivir en Italia. En Argentina la crisis económica llevó al hambre a millones de personas y va de mal en peor. Todos los que tienen la posibilidad emigran.
Gael y el propietario del chalé atravesaron un jardín de imponentes magnolias seculares. El terreno estaba cubierto de grava perfectamente nivelada. Una senda de piedras de corte irregular conducía a una escalinata encima de la cual se recortaba una puerta de madera taraceada. Al final del jardín, a la derecha, había una piscina con el trampolín.
Entraron en un amplío salón, dejando huellas mojadas sobre el parquet con las tablas dispuestas a toldilla de barco. El entorno, a causa de los muebles antiguos y del sofá de terciopelo con el mismo color granate de las cortinas, era algo tétrico. Una chimenea apagada emanaba una agradable tibieza. Al centro del cielorraso descollaba una araña con dieciséis brazos de vidrio de Murano.
- ¡Ésta no es una casa! ¡Es un palacio real! - exclamó Gael, impresionado por todo aquel lujo - Debes de estar podrido de dinero. ¿Cuál es tu trabajo?
- Soy directivo en una empresa informática.
- ¿Y la empresa es tuya?
- Sí.
- Lo imaginaba. ¿Cuánto cuesta tu auto? ¿50.000 euros?
- No. 40.000.
- ¡Vaya! Yo no tengo ni siquiera el dinero para comprarme un ciclomotor usado.
- Mi cuarto se encuentra en el piso superior.
Una ancha escalera de mármol beis claro lustroso comunicaba el salón con los dormitorios. Aquél donde entraron era muy luminoso y en estilo moderno. Del exterior provenía el ruido del chaparrón. Riachuelos de agua corrían a lo largo de los vidrios de las dos ventanas.
Gael se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. El dueño de casa recogió del suelo su ropa y la llevó a un baño contiguo. Luego volvió a la habitación y le dio una toalla.
Gael empezó a secarse y continuó con las preguntas.
- ¿Llevas mucho en Italia?
- Quince años.
- Yo y mis padres estamos aquí desde hace sólo tres meses. Yo todavía no encontré un empleo fijo. En cambio mi madre, aunque es licenciada en Letras, hace de sirvienta en una casa de reposo por una miseria. Desgraciadamente en este país no reconocen nuestros títulos de estudio.
- ¿Y tu padre?
- Padece de depresión. No está en condiciones de trabajar.
- La depresión es una patología muy común, hoy día.
- ¡Ya!... Aunque reparto folletos publicitarios, en realidad yo soy un artista.
- ¿De verdad?
- Sí. Pinto, escribo, creo esculturas. Toco también la guitarra eléctrica en un grupo rock. Los sabados y los domingos vendo mis obras en los mercadillos. Pero no logro mantenerme con mi arte. Todavía no soy bastante conocido. Para ganar algo más me adapto a hacer trabajitos precarios y mal pagados, como repartir volantes.
- ¿Qué tipo de arte es el tuyo?
- Es difícil de explicar. Tendrías que verlo para entender. Mañana estoy en la feria de Senigallia.
Al improviso una voz masculina tronó desde el salón:
- ¡David! ¿Dónde estás?
- ¡Mi padre! - exclamó el dueño de casa, y se precipitó fuera de la habitación cerrando la puerta.
Tratando de no hacer ruido, Gael entornó la puerta de pocos centímetros. Mirando a través de las columnas de la balaustrada vio al recién llegado. A pesar de que lo había encontrado una sola vez quince años atrás lo reconoció enseguida: era Gutiérrez. Envejecido, engordado, casi calvo, pero con el mismo porte miltar que tenía cuando llevaba el uniforme de coronel del ejército argentino.
- ¿Qué haces todavía aquí? - le preguntó Gutiérrez a su hijo, que contestó incómodo:
- Estaba buscando unos documentos importantes para llevar a la oficina.
Gael cerró la puerta.
- Se fue. Había olvidado en casa los cigarrillos. - dijo David regresando a su cuarto.
Gael lo miró con hostilidad.
- He aquí donde os habíais metido. En Italia dándoos la gran vida.
David pareció sorprendido.
- ¿Te dicen algo los nombres Gabriel Díaz y Soledad Banchi?
David, enmudecido, no contestó.
- Son mis padres, dos sobrevivientes de El Circo, el campo de concentración dirigido por tu padre durante la dictadura.
Con gran incomodidad, David dijo:
- Tengo que irme a trabajar. Tengo una reunión dentro de media hora.
- ¿Tú crees que es justo que los responsables de la muerte de 30.000 personas se hayan quedado impunes, mientras sus víctimas no tienen ni siquiera una tumba donde sus parientes puedan llorarlos?
- Pasaron tantos años.
David cogió 50 euros en una cartera que tenía en el bolsillo interno de su chaqueta y los alargó a Gael.
- Éstos son por tus volantes.
Gael reaccionó gritando:
- ¡Dáme mi ropa!
David se metió el billete en el bolsillo. Luego se fue a coger la ropa de Gael en el baño y la apoyó sobre la cama. Gael se vistió.
- Pensaba que tú eras diverso. Espero no volver a verte nunca más. - dijo antes de salir de la habitación dando un portazo.
Quedadose solo, David fue arrollado por una oleada de recuerdos. En su mente pasaron, sobreponiendose, imágenes y escenas de mundos que ya no existían: Matilde Bianchi en lágrimas sentada en el sofá de su casa, Gael niño en el parque, la deposición de Soledad en el juicio contra su padre, el encuentro con la familia Bianchi Díaz en el bar de la calle Florida. El pasado le había visitado inesperadamente, sin preaviso, haciéndole revivir dolores lejanos pero nunca completamente amodorrados.
Gael entró en el centro social Paz, cuyos locales habían sido por muchos años una fábrica de bicicletas. Su amigo Marco estaba dibujando una heladera sobre una pared, mientras un viejo equipo estéreo difundía música rock.
Marco tenía veintidós años y el pelo largo hasta la mitad de su espalda. Llevaba un jersey deformado, jeans raídos y rasgados y un par de viejas botas.
Gael encendió un porro y por algún minuto se quedó en silencio, fruncido, luego dijo:
- Aquí en Milán tendría que habitar uno de mis viejos compañeros del colegio de los tiempos del secundario. Se llama David Gutiérrez.
- ¿David Gutiérrez? - preguntó Marco maravillado.
- ¿Lo conoces?
- No en persona. Sólo me acuesto con su chica.
- ¡No!
- Tienes que ver su cuerpo.
- ¿Qué la impulsa a traicionar a mi amigo con un pobretón como tú? David es el dueño de una fábrica.
- Es verdad. Pero tiene también un pequeño defecto. Es impotente.
- ¡No!
- Bueno, no del todo impotente, casi impotente. Elena me contó que sus relaciones duran pocos segundos, sin preservativo, y que a veces él ni siquiera lo consigue. Fue visitado por muchos médicos, en el extranjero también, pero no solucionó nada. Y además es aburrido, previsible, conformista. Hace todo lo que le ordena su padre. Es un débil, uno de esos tipos dóciles, sumisos, serviles.
- ¿Por qué Elena no lo deja?
- Están novios desde hace cuatro años. Aunque ya no lo ama le tiene cariño.
- ¡Gilipolladas! Para mí ésa sólo quiere su dinero.
Gutiérrez se sentó en el sofá del salón y se puso a hacer zappping, fumando un cigarrillo. Una mujer rubia parecida a su esposa guiñó de la pantalla del televisor, sin suscitar en él alguna reacción, ni agradable ni desagradable. Cuando Susan había muerto el coronel se había propuesto no entablar nunca más otras relaciones sentimentales serias o duraderas.
- Una aventura de vez en cuando está bien. - había pensado - Pero cada uno en su casa y en cuanto empieze a putear le doy boleta.
También había reflexionado:
- A mi edad si quiero una chica joven y linda tengo que pagarla, y esto no me lo puedo tragar. Una vieja la puedo tener gratis, pero a este punto prefiero una partida de póquer con mis amigos. Quizás sea mejor acabar definitivamente con el otro sexo. A fin de cuentas tuve tantas mujeres.
Y le habían venido a la memoria todas las consortes de sus colegas con las que se había concedido un amorío, empujado por su narcisismo y por la frigidez de Susan.
- Están lejos los tiempos de la caza y de las conquistas. - suspiró con pena y añoranza.
David entró en el salón. Por todo el día no había dejado un solo instante de pensar en Gael y en el pasado. Su padre lo acogió regañándolo.
- Siempre vuelves tarde a casa. Sabes que detesto cenar solo.
Gutiérrez no se podía definir un padre cariñoso. Nunca un beso, nunca un abrazo, nunca una caricia. Pero no escatimaba las críticas, también ofensivas. Cuando todavía estaba Susan tenía que retenerse y cuando veía algo que no iba bien la mayor parte de las veces se atrincheraba en un mutismo rencoroso, pero después de la muerte de su esposa por fin había podido empezar a subrayarle a David todo lo que no le gustaba en él.
- Es hora que te haces cortar el pelo. Te pareces a un maricón.
Como un buen militar Gutiérrez estaba convencido de que un verdadero hombre tiene que llevar el pelo cortísimo.
En el Canal 5 apareció la imagen de un cardenal de aspecto afable y sonriente.
- ¡Quién se ve! ¡El cardenal Arnaldo Bucero!
El recuerdo de su último encuentro con el alto prelado, ocurrido cinco años atrás en el aeropuerto de Malpensa, llenó al coronel de cólera mixta con repulsión.
- ¡Cara de culo! Una vez lo encontré en el aeropuerto y fingió que no me reconocía. Aspira a convertirse en papa, el rufián. Por fortuna sus sucios chanchullos para reunir votos son destinados a fracasar miseramente. Nadie le creió cuando renegó de su amistad con el presidente Videla. Si fuera elegido los paladines de los derechos humanos armarían un jaleo y la iglesia católica es demasiado ávida para correr el riesgo de perder a millones de fieles... Mira cómo se pavonea, ese panzón engreído. Debo admitir que la pantomima siempre ha sido su fuerte.
Gutiérrez juntó las manos, bajó la cabeza a un lado, adquirió una expresión contrita y dijo con un tonillo lamentoso:
- ¿Cómo podía saber que aquéllos eran corruptos, malhechores, que mataban a sus adversarios políticos? Enfrente mía siempre tuvieron una conducta integérrima. Nunca sospeché de nada.
Luego bajó las manos y rugió con rabia:
- ¡Judas! ¡Les has dado la espalda a tus hermanos por la púrpura pero la tiara sobre tu pelada nunca la meterás!
Después de haber apagado el televisor con el mando, despotricó:
- ¡Vete a tomar por el culo tú, el santo padre y todos los parásitos con el hábito!... Ese saco de mierda me ha amargado la velada.
David estaba desconcertado. Nunca había sentido al coronel hablar de aquel modo. La dictadura siempre había sido un argumento prohibido en casa Gutiérrez. Susan no permitía absolutamente que se hablara de ella y cuando en televisión transmitían reportajes periodísticos o documentales sobre el período de la guerra sucia cambiaba de canal. Sin embargo David había asistido al juicio contra su padre y leía los periódicos, por lo tanto de todad maneras le habían llegado informaciones. El chico sospechaba que sus padres habían utilizado dinero sacado a los desaparecidos o a sus familias para comprar la fábrica y el chalé. La cifra que habían debido desembolsar era enorme, también por personas nacidas en familias acomodadas como ellos. Otra duda que lo atenazaba concernía su madre. Se preguntaba si la mujer estaba a oscuras de los crímenes de su marido, o bien era su cómplice consciente y silenciosa.
- ¿Durante la dictadura, mamá...
El coronel interrumpió la pregunta de David, precisando resentido:
- En Argentina nunca hubo una dictadura, sino una junta militar... Nuestro cometido consistía en restablecer y mantener el orden y la seguridad en el país. Las fuerzas armadas no eran una banda de gángster.
- En el período de la... lucha contra el terrorismo ¿mamá tenía conocimiento de tus verdaderas tareas?
El tono de Gutiérrez de resentido se hizo amargo.
- No. Y aunque lo hubiera tenido no le habría importado un carajo de los peligros que yo corría. Estaba ansiosa por las heroínas de las telenovelas y de su marido le importaba un carajo. Era una mujer ferozmente egocéntrica. Amaba solamente a sí misma.
- ¿Ocurrieron casos en que... te encontraste en la necesidad de... torturar a los presos para inducirlos a confesar?
- No. Yo desempeñé exclusivamente cargos administrativos. No entraba nunca en contacto con los subversivos.
El coronel mintió. No podía contar la verdad. David tenía un carácter demasiado sensible. No habría entendido. Desgraciadamente Susan con su educación absurda lo había arruinado y él para vivir en paz siempre la había dejado hacer lo que le gustaba. Habría querido ser ligado a su hijo por una relación de camaradería, de amistad, de complicidad, pero las circunstancias lo habían impedido.
- ¿Quién autorizaba las torturas en El Circo?
- No se trataba de verdaderas torturas. Las llamaría más bien fuertes presiones psicológicas. Los mismos procedimientos utilizados en todas las comisarías del mundo con los sospechosos.
David sabía que se adentraba en un discurso resbaladizo, pero no le gustaba que le tomaran el pelo.
- Si las torturas no eran admitidas, ¿cómo explicas las fosas llenas de cadáveres de desaparecidos con marcas de fracturas?
Gutiérrez se puso nervioso.
- Yo no debo explicar absolutamente nada. Que tú lo creas o no, en mi sección cada abuso era castigado duramente. Yo siempre traté a los detenidos con humanidad. Eran los suboficiales quienes los golpeaban, y a menudo causaban su muerte. Lo hacían a escondidas de sus superiores, para divertirse... Los suboficiales eran incontrolables. Esa gentuza violenta e insubordinada, sin educación ni cultura, además de desacreditar la junta militar nos hizo perder las Malvinas. ¿Cómo se puede ganar una guerra con un ejército de cabezas de chorlito y gallinas? ¡Tropel de incapaces! Y hasta dicen que los abandonaron. ¡Pretenden beneficios, resarcimientos! ¡Yo sé lo que les daría!... Nunca quisiste enfrentar ciertas cuestiones. ¿Por qué lo haces ahora?
- Comenzaste tú, cuando viste ese cardenal en televisión. De todos modos, si esta cosa te malhumora cambiamos de tema.
- Es mejor. Ocupémonos de cosas más importantes. ¿Cómo va la refacción de tu piso? Ahora que la casa está casi lista te decidirás por fin a establecer la fecha de la boda. Sabes que no veo la hora de llegar a ser abuelo.
- En este período yo y Elena estamos muy ocupados con el trabajo. No tenemos tiempo para organizar la ceremonia.
La voz del coronel se puso rencorosa.
- ¡Siempre pretextos! Sigues aplazando de mes en mes. Ya no me queda mucho tiempo para gozarme a mis nietos. ¿Qué carajo esperas a casarte y hacer hijos? ¿Qué yo reviente?
David bajó la cabeza.
- Mañana voy a hablar con Elena.
Gutiérrez sintió un profundo desprecio. Ese hijo tan diverso de él, así flexible, así claro de piel y de pelo como su madre, lo sentía extraño y molesto.
Sabado por la mañana David fue a recoger a Elena en auto a las diez. Elena tenía veinticinco años y un físico de modelo que amaba poner en evidencia vistiéndose y maquillándose llamativamente.
- ¿Qué programas tienes para hoy? - preguntó la chica.
David, absorto en sus pensamientos, no contestó. Su mente estaba vagando lejos en el tiempo. No lograba no pensar en el pasado, a todo el mal que su padre les había hecho a Gael y a su familia. Los sentimientos de culpa lo destrozaban.
- ¡David! ¿Me escuchas?
David se sobresaltó.
- Te pregunté qué programas tienes para hoy. ¿En qué estabas pensando?
- En nada... ¿Por qué no vamos a la feria de Senigallia?
- ¿A la feria de Senigallia? ¿Te has vuelto loco?
David pronunció la frase instintivamente, sin prever las consecuencias que arrancarían de esto.
- Sólo era una propuesta. Creía que era una idea original para pasar una tarde diferente de las demás. Últimamente vamos siempre a los mismos sitios.
- Si para ti es importante vámonos.
En la feria de Senigallia había mucha gente, pese al mal tiempo. En el cielo, detrás de una cortina de nubes gris, se asomaba la silueta de un pequeño pálido sol. El asfalto estaba todavía lustroso y mojado por la lluvia de los días precedentes. Las personas se apretaban encima los abrigos y las bufandas para protegerse del frío cortante del invierno. En aquella confusión Elena, acostumbrada a hacer adquisiciones en las boutiques más exclusivas, estaba bastante fastidiada.
Sobre el tenderete de Gael estaban expuestos cuadros y esculturas que revelaban un discreto talento artístico. Gabriel estaba sentado en un taburete, con su usual mirada vacua. Soledad estaba de pie junto a él. En el suelo, al lado del puesto, estaban apoyadas algunas esculturas que se parecían vagamente a unas jirafas.
Gael le mostró a su madre un dvd que le había apenas comprado a otro vendedor ambulante.
- ¡Lo encontré! Hace tanto que lo buscaba.
- “La noche de los lápices”.
- Lástima que en nuestra casa no hay un reproductor de dvd.
- En cuanto podamos nos compraremos uno.
Gael quedó muy sorprendido cuando David y Elena se pararon delante de su tenderete.
- ¿Qué representan esas esculturas? - preguntó David acercándose al grupo de jirafas.
Gael lo alcanzó.
- Son jirafas.
- Quisiera hablar contigo. Pero no aquí, en un lugar menos atestado de gente. - dijo David en voz baja.
- Nunca me habría esperado que vendrías.
- En mi oficina, el lunes.
- ¿A qué hora?
- Cuando eres cómodo.
David sacó del bolsillo de su chaquetón una tarjeta de visita y se la pasó furtivamente a Gael.
- Ésta es mi dirección, junto con el número de mi móvil. - susurró.
Luego levantó el tono de voz.
- Compro la más pequeña.
Gael se metió la tarjeta en un bolsillo de los pantalones.
- Son 150 euros.
- ¿Qué? - exclamó Elena.
David sacó 150 euros de su cartera y se los alargó a Gael, que en cambio le dio la jirafa junto al dvd.
- Éste es un obsequio. Es una película basada en la verdadera historia de siete estudiantes argentinos raptados y asesinados por los militares durante la dictadura.
- Gracias. Esta noche voy a verla. ¡Hasta luego, Gael!
- ¿Cómo sabes mi nombre?
- Lo recordaba. Nosostros ya nos conocimos, hace muchos años, en Argentina. ¡Adiós!
En cuanto David y Elena se hubieron alejado, Soledad le preguntó a Gael:
- ¿Por qué le diste el dvd?
- Ése es el hijo del coronel Gutiérrez. Habita él también en Milán con su padre. Su madre murió en un accidente de auto hace dos años.
Soledad se inquietó.
- ¿Le dijiste quiénes somos?
- No.
- Si vuelves a verlo evítalo. No quiero tener problemas con Gutiérrez. Papá se encuentra mal y necesita tranquilidad.
David y Elena continuaron su paseo entre los tenderetes. La chica no lograba resignarse.
- ¡150 euros por una estatuilla de 20 centímetros! ¿Compraste ese horror por qué te gusta o por qué querías hacer la caridad a esos tres pelagatos?
- Me ha venido un fuerte dolor de cabeza. Volvemos a casa.
- Sí, vámonos. No aguanto más en toda esta escualidez... Tú, en cambio, a lo que parece te encuentras en tu medio.
- ¡Para de rezongar como una mujerzuela histérica! ¡Me has cansado! - estalló David.
Elena quedó a boca abierta, incrédula frente a su primero arrebato de intolerancia en cuatro años de noviazgo.
- ¿Qué te pasa?
David calló.
- Hoy estás raro.
David y Elena transcurrieron el resto del día en un restaurante a la moda y luego en la casa de una pareja de amigos antipáticos y esnobes. A David le parecía que estaba en un entorno desconocido entre extraños, cuyas voces resonaban innaturales y lejanas. Era una sensación horrible. Mientras los demás discutían animadamente de banalidades hizo un balance de su vida opaca, insignificante y monótona: era desastrosa en todos los frentes. Y el porvenir se anunciaba aún más miserable que el presente.
A la una de la noche regresaron a sus respectivas viviendas. David posó la jirafa sobre su velador, se acostó y, aprovechando el echo que su padre aún estaba fuera con sus amigos, se puso a mirar el dvd que le había regalado Gael. A media hora del inicio de la película Gutiérrez entró de repente en su cuarto, preguntándole:
- ¡Entonces! ¿Fijasteis la fecha?
David aferró velozmente el mando apoyado sobre las mantas y apagó el televisor. El coronel se chamuscó y le lanzó una mirada penetrante.
- ¿Por qué apagaste? Enciende. Yo también quiero ver.
David se ruborizó y permaneció inmóvil.
- ¡Ah, he comprendido! - exclamó Gutiérrez con un centelleo malicioso en los ojos - Te he pescado con las manos en la masa. Estabas mirando una cinta pornográfica. No eres tan perfecto como intentas hacer creer.
- Es una película histórica.
- ¡Sí, histórica! ¿No te da vergüenza? Esas suciedades no se miran... ¡se hacen! ¡Si yo tuviera tu edad!
El coronel notó la escultura de Gael y la observó con curiosidad.
- ¿Qué es ese garabato?
- Es una jirafa. La compré en un mercadillo.
- ¿Cuánto la pagaste?
David titubeó algunos segundos antes de contestar.
- 50 euros.
- Como de costumbre te jodieron.
- Es una obra de Gael Díaz... ¿Recuerdas a la familia Bianchi Díaz?
- ¡Pues claro que la recuerdo! Soledad Bianchi fue una de mis acusadoras más encarnizadas, en el juicio. Y mientras lanzaba lodo y calumnias sobre mí los hijos de puta de los jueces le sonreían complacidos. No me atrevo a pensar en cuantos inocentes habrían ido en prisión, si el parlamento no hubiera puesto fin a las persecuciones de la magistratura con las leyes de amnistía.
- Hay jueces que consideran esas leyes inconstitucionales. En los últimos tiempos hicieron detener a muchos militares que habían sido beneficiados con ellas.
David se refería a los magistrados Gabriel Cavallo, Claudio Bonadío y Reinaldo Rubén Rodríguez. El primero que había declarado la incostitucionalidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida había sido Cavallo en marzo de 2001, seguido por Bonadío en octubre del mismo año y por Rodríguez en agosto de 2002.
- A mí no me cogen ni muerto. ¡Gilipollas! Yo sabría como hacerle bajar el copete a esa canalla.
- ¿Te acuerdas también del marido de Soledad?
- Ése era una de mis joyas. Una perla. Si todos hubieran sido como él habríamos exterminado la guerrilla en un mes.
- ¿Qué quieres decir?
- Que era un traidor. No entiendes nada de nada. Eres duro de mollera.
- ¿Por traidor quieres decir un colaborador?
- Quiero decir una espía. Para salvar a su chica denunció a media Argentina. Cuando salió de El Circo se escondió en Patagonia, donde acabó en un manicomio, hasta que esa loca se fue a recogerlo. ¡A la fuerza! Le servía un padre para su bastardo.
- ¿Qué bastardo?
- El mocoso que tuvo con un sargento que trabajaba en la cárcel.
- ¿Soledad Bianchi fue violada?
Gutiérrez se dio cuenta de que había metido la pata, pero remedió enseguida.
- Una sola vez. Naturalmente cuando descubrí que se había ocurrido ese vergonzoso episodio tomé enseguida medidas disciplinarias muy severas contra el culpable. Ya te lo dije que los suboficiales estaban al mismo nivel de las bestias. Ignorantes, toscos, violentos. No había manera de tenerlos a raya. Hacían lo que querían.
- Los Díaz vinieron a habitar en Italia. Creo que lo pasan muy mal económicamente. El padre es un deprimido crónico y no puede trabajar.
- No es un deprimido crónico. Está loco.
- El hijo es un artista, pero para mantenerse reparte folletos publicitarios.
- ¿Un artista? Entonces es maricón. Artistas, peluqueros, estilistas, curas, son todos maricones. El problema no es el Sida. La verdadera peste de los últimos veinte años se llama mariconería. ¡Ah, en qué tiempos vivimos! Cuando yo era joven no había tantos pervertidos y los pocos que había se escondían. Ahora en cambio desfilan en las calles y se exhiben en televisión.
- ¿Por qué odias tanto a los homosexuales?
- ¿Qué clase de pregunta es ésta? ¿Te parece normal que un hombre lo meta en el culo y en la boca a otro hombre? Me dan ganas de vomitar sólo si lo pienso.
David se quedó en silencio, con una expresión contrariada. El coronel bufó.
- ¡Qué joda! Cada vez que hablo de maricones, negros o judíos me toca chuparme tu cara torva por una semana. Yo seré racista pero ni siquiera tú eres un santo, querido mío. Tú eres la prueba viviente de que la respetabilidad es la máscara detrás de la que se esconden los porcachones. Te escandalizas por mi lenguaje chocarrero...
Con un gesto de sorpresa Gutiérrez agarró el mando de las manos de su hijo y concluyó, con una sonrisa irónica:
- Y miras las películas porno a escondidas.
Luego encendió el televisor, tropezandose con una escena de tortura con la corriente eléctrica. Su sonrisa se apagó.
- ¿Qué carajo es esto?
- “La noche de los lápices”, del regista Olivera. - dijo David con incomodidad - Me la dio Gael junto a la escultura... Por demasiado tiempo preferí no saber. Ahora siento la exigencia de conocer la verdad hasta el fondo.
- ¿Qué verdad? ¿La de una película de propaganda comunista desleal y facciosa? ¿La verdad de los terroristas?
- Yo opino que tenemos la obligación de escuchar también su versión de los hechos.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
David no contestó.
- ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? - gritó el coronel, en una explosión de furia reprimida - ¡Idiota! ¿Te se secó el cerebro? Dilapidé un dineral para hacerte frecuentar las más prestigiosas escuelas del mundo y al final te convirtiste en un deficiente. Es mejor que me vaya antes de que te rompa esa porquería de jirafa que compraste en la cabeza.
Gutiérrez, cárdeno, salió del cuarto dando un portazo. La mañana siguiente durante el desayuno no le dirigió una sola palabra a su hijo, ni lo dignó de una ojeada. Para desahogarse se fue a entrenarse en el polígono, pero tampoco acribillando a balazos decenas de siluetas logró eliminar toda la rabia que le hervía en el cuerpo.
Gael entró en un establecimiento de la zona industrial de Milán sobre cuya fachada resaltaba el letrero Syntec. En la recepción esperaba a los clientes una mujer joven y atrayente.
- Tengo una cita con David Gutiérrez.
- ¿Usted es el Señor?
- Gael Díaz.
La empleada descolgó el teléfono, marcó un número y anunció:
- ¡Ingeniero! El Señor Díaz ha llegado.
Luego colgó el auricular y se levantó.
- Le acompaño al ingeniero. - dijo encaminándose a lo largo de un pasillo al que daban las puertas abiertas o entornadas de numerosas oficinas, iluminadas por la luz fría y blanquecina de los neones.
Gael la siguió, mirando de reojo a los dependientes atareados al ordenador o con la cabeza gacha sobre el escritorio. La atmósfera que se respiraba era de orden, puntualidad y eficiencia.
La empleada llamó a una puerta cerrada al final del pasillo.
- ¡Adelante! - dijo David.
Gael entró en el despacho con una actitud desconfiada. David lo invitó a sentarse.
- Siéntate.
- No. Me quedo de pie.
Bastante incómodo, David pronunció un breve discurso que se había preparado durante la noche.
- Te pido disculpas por la manera de reaccionar que tuve el otro día en mi casa. No tenía palabras. Me sentía a disgusto... Es necesario que tú sepas que considero el período de la última dictadura militar en Argentina una página negra de la historia, una tragedia terrible que espero que no se repita nunca más.
- ¿Me hiciste venir aquí sólo para decirme esto?
- No. Un cliente nuestro está buscando a empleados administrativos y me he permitido señalarle tu nombre y el de tu madre. Si me dejas vuestros datos os haré contactar para una entrevista.
- ¿No hay sitio para nosotros en tu empresa?
David tuvo una breve vacilación.
- Por el momento el personal está al completo.
- La verdad es que si nos contratas y tu padre se entera se arma un berenjenal.
- Me gustaría mucho dar una ayuda económica a tu familia.
- No queremos tu limosna.
- No se trata de limosna sino de un acto de reparación.
- No puede haber ninguna reparación. Los muertos no resucitan y las cicatrices de las torturas no se borran.
Gael alcanzó la puerta.
- ¡Gael, espera! Vi la película que me regalaste.
Gael se paró.
- Me sirvió para comprender tantas cosas... En mi casa nunca hablábamos de la dictadura. Mi madre no quería.
Gael se volvió hacia David y dijo:
- Tengo muchos libros sobre ese argumento. ¿Te